7. De las veces que la dejó ir.
Prompt 7. —We grew up together. You just never noticed I existed.
La primera vez que Eriol Hiragizawa dejó ir a Tomoyo Daidouji, fue sin darse cuenta.
Era su cumpleaños número dieciséis, durante una noche fresca de primavera y la mansión familiar ya estaba a reventar de gente.
Todos los años era lo mismo; sus padres se afanaban en dar la fiesta del siglo, convirtiendo de alguna manera su celebración de cumpleaños en una reunión de negocios.
Eriol lo detestaba.
Lo único que hacía llevadero aquel día era la compañía de cierta persona. La chica con la que solía escabullirse en medio de la reunión.
Se habían criado juntos desde muy pequeños, pues los padres de ambos no solo eran socios de negocios, si no también buenos amigos.
Así, la presencia de uno en el cumpleaños del otro era casi obligada.
Cuando niños, sus escapadas eran de lo más divertidas, pues solían corretear de aquí para allá, entrando a las cocinas a robar uno que otro postre antes de tiempo, o yendo a la biblioteca a desordenar el meticuloso acomodo de los libros.
Los últimos años, sin embargo, se habían limitado a dar paseos clandestinos por los jardines. Hablando de todo y de nada.
Era de esperarse, pensaba Eriol, que a esas alturas asaltar las cocinas ya no fuera del todo bien visto.
Después de todo, él estaba cumpliendo dieciséis años, y ella...
Sintió unos ligeros golpecitos en el hombro que interrumpieron sus pensamientos, haciéndolo desentenderse de la no tan interesante conversación que llevaba con su padre y con unos viejos socios de éste.
Aliviado por el rescate, Eriol giró con la mejor de sus sonrisas, solo para darse de lleno con el efusivo abrazo de una figura femenina que le era bastante familiar.
—¡Feliz cumpleaños, Eriol! —escuchó el susurro de una tierna y apacible voz en su oído, acción que le erizó la piel por completo. Ella llevaba, además, ese delicioso perfume que le había obsequiado la navidad pasada.
Tomoyo Daidouji, era su nombre. Era hija única de un adinerado matrimonio propietario de la empresa de juguetes más importante de todo Japón, contaba con una excelente habilidad para diseñar y confeccionar ropa, tenía veinte años y era su mejor amiga.
Le devolvió el abrazo con el mismo ímpetu, dejándose envolver por la inexplicable calidez que la presencia de Tomoyo siempre le transmitía.
Y no la habría soltado pronto, de no haber sido por el fuerte carraspeo que se dejó escuchar a espaldas de ella.
Se separaron, él con una mirada contrariada, ella con una sonrisa apenada.
—¿No planeas presentarme, Tommy? —preguntó una voz masculina. Eriol frunció el ceño, detestando de inmediato el ridículo diminutivo con el que habían llamado a su amiga.
Esperó a que ella corrigiera al desconocido con su tono categórico de siempre, pero en su lugar, se apresuró a alejarse de él y a colocarse a un lado del sujeto, tomándole la mano con una confianza que Eriol creía, solo tenía con su padre y con él mismo.
Notó, además, ese curioso brillo en los ojos y una sonrisa soñadora que no le había visto nunca antes.
—Lo lamento tanto —dijo a modo de superflua disculpa—. Eriol, quiero presentarte a Ren Nakamura... mi novio.
La mente de Eriol se quedó en blanco por un segundo y sintió como si hubiera sido transportado a otra dimensión; una donde desconocía totalmente el significado de la palabra "novio" y todo lo que aquello implicaba.
Pero fue apenas un segundo, pues en cuanto el acompañante de Tomoyo extendió la mano para saludarlo, él no dudo en responderle en un acto de inercia, bastante automático.
Entonces la realidad de las cosas le dio una sonora bofetada.
Ese sujeto rubio y de ojos grises que tenía en frente, era el novio de Tomoyo.
—Mis más sinceras felicitaciones, Hiragizawa —dijo "el novio" con una sonrisa cortés, pero algo había en su fachada que a Eriol no le daba buena espina—. Tommy me ha hablado tanto de ti. Su pequeño mejor amigo.
Y él tuvo que hacer un esfuerzo para no rodar los ojos ante la molesta y fastidiosa manía de Tomoyo de presentarlo como si no fuera más que un niño.
Luego de aquello, las cosas se fueron sucediendo en una vorágine extraña que en las memorias de Eriol se mostraban difusas.
Ren Nakamura le había sugerido a Tomoyo ir por una copa y ella había aceptado gustosa, aun cuando lo cierto era que ella no tomaba una sola gota de alcohol. Nunca.
Se habían marchado con la promesa de volver y él se había quedado enfrascado de nuevo en la aburrida conversación de negocios con su padre y los socios. Sobra decir que Tomoyo no se volvió a acercar en toda la velada, ni cuando fue momento de ofrecer el primer baile (que acostumbraba llevar a cabo con ella todos los años, en pos de evitarse a cualquier niña hija de empresarios interesados que después no se soltaría de su cuello), ni cuando dio el momento en que solían escabullirse a las cocinas, o al jardín, o a donde quiera que fuera.
Tomoyo simplemente no volvió a dirigirle una mirada en toda la noche.
Él, por otro lado, solo se había limitado a seguir sus movimientos a la distancia, con una intensidad desconocida y un calorcillo abrasador en el pecho todavía más extraño, que surgía cada vez que "el novio", como lo había bautizado, tocaba el cuerpo de su amiga en una caricia, en un abrazo, en una tomada de manos.
Y en medio de su desconocimiento adolescente, Eriol optó por ignorar el nacimiento de unos incipientes celos sin nombre, así como ignoró el momento en que Tomoyo se marchó de la fiesta sin despedirse.
Esa noche de sus dieciséis años, su mejor amiga se fue por primera vez de su vida y él la dejo ir sin darse cuenta.
2.
La segunda vez que Eriol Hiragizawa dejó ir a Tomoyo Daidouji, fue porque no había nada que se pudiera hacer.
Ella iba a casarse.
La fecha había sido dispuesta para un caluroso día de verano. Uno de esos días en los que el sudor escurría a chorros por todos los poros de la piel y era un completo suplicio andar de esmoquin.
Era uno de esos días, creía Eriol, en los que una boda de playa habría sido la elección ideal.
En su lugar, estaba en medio de una ostentosa boda de jardín, enfundado en un costoso traje que calentaba un infierno y con unas ganas terribles de arrancarse el estúpido corbatín que lo estaba asfixiando desde hacía media hora.
No era necesario conocerlo demasiado para darse cuenta que aquel día cargaba un mal humor terrible.
—¡Eriol! —el grito ahogado de aquella voz que conocía tan bien, le hizo alzar una ceja, curioso, mientras giraba el rostro en dirección al llamado.
Ahí venía Sakura Kinomoto a trompicones debido al largo y extraño (pero no menos horripilante) vestido de dama de honor.
Había sido inevitable el soltar una carcajada en el momento mismo en que la vio, hacía cosa de media hora atrás.
Y es que aunque era de sobra conocida aquella ridícula idea donde las damas de honor debían verse "menos glamurosas" para no opacar a la novia, Eriol jamás hubiera pensado que tuvieran que lucir como... bueno, como sacadas de una historia de fantasmas.
No es que Sakura se viera fea (la chica era demasiado bonita para verse mal en lo que fuera), el problema es que literalmente parecía una pequeña alma en pena que deambulaba de aquí para allá, ultimando los detalles de los inicios de una boda con demasiados invitados.
Se trataba de un vestido tipo cortina en el que uno no alcanzaba a dilucidar dónde empezaban las piernas de la chica y dónde la cintura; llevaba unos pliegues curiosos a la altura del busto que solo daba la idea de estar "mal sujetado" y, por si fuera poco, el pálido color lavanda no hacía más que opacar el natural tono tostado de su piel. Ni hablar de lo desapercibidos que pasaban sus bonitos ojos esmeralda.
Eriol comenzó a esbozar una sonrisilla sabionda mientras la veía. Cuando ella estuvo lo suficientemente cerca para darse cuenta, compuso un mohín de molestia y alzó un dedo acusador.
—¡Suficiente con lo del vestido! —dijo fastidiada—. Ya tengo bastante con las burlas de Shaoran y de mi hermano.
—Bueno, pequeña Sakura, es difícil no reírse cuando andas corriendo por ahí con esa cortina encima —respondió divertido, pero siendo capaz de controlar su postura esta vez.
Era curioso que precisamente él llamara "pequeña" a esa chica. Después de todo, tanto ella como Li Shaoran, su novio, eran de la misma edad que Tomoyo. Los tres se habían conocido en la universidad hacía cinco años, y con el tiempo la heredera de los Daidouji los había presentado. Eran más cercanos a Tomoyo que a él, en realidad, pero Eriol les tenía gran estima y confianza.
—¿Sabes? Para tener veintiuno, hablas como todo un anciano, Eriol —respondió Sakura con ambas cejas alzadas, en una expresión bastante cómica.
Él tan solo negó con la cabeza. No era la primera vez que alguien le decía eso.
Pero no podían culparlo, la vida le había obligado a madurar prematuramente a raíz de la muerte de su padre.
Muchas cosas cambiaron en casa. Había remplazado su sueño de ser un concertista de piano para abocar todos sus esfuerzos y estudios a la administración de empresas y a las finanzas, pues su madre había sido clara: ella sucedería a su padre en la administración de la empresa familiar solo de manera temporal. Hasta que él mismo pudiera hacerse cargo.
Eriol prácticamente había abandonado su adolescencia de fiestas de piscinas para sustituirlas por elegantes fiestas de salón. Había cambiado sus pantalones vaqueros y sus camisetas de bandas musicales por un eterno traje negro y corbatas de sobrios colores.
Había aprendido a ser un adulto aun antes de convertirse en uno realmente.
Y lo cierto es que no se quejaba, no demasiado; muy en el fondo sabía que aquel sería su destino tarde o temprano. Los tiempos se le habían adelantado un poco, era todo.
—¿Necesitabas algo, pequeña Sakura? —preguntó amable, ignorando categóricamente el último comentario de la chica.
Ella no alcanzó a percatarse de ello, pues de repente pareció como si se hubiera acordado de algo de suma importancia.
—¡Es cierto! Se trata de Tomoyo —dijo en un susurro apenas audible. Eriol cambió su expresión a una de preocupación—. Tienes que ir a hablar con ella. No sé si son los nervios, pero ha estado muy rara la última hora.
No necesitó que le explicaran nada más, le pidió con prisa a Sakura que lo guiara hacia Tomoyo, y ella, sin vacilaciones, lo condujo dentro de la casona que se alzaba allá donde empezaban los jardines. Era la mansión particular de la futura familia política de Tomoyo, una casa inmensa tanto fuera como por dentro, que un extraño se perdería fácilmente.
Suerte que Sakura había estado ahí metida las últimas dos semanas, alistando los preparativos finales.
Alcanzaron juntos el último peldaño de una escalera de caracol que daba a un pasillo con multitud de puertas de madera, y frente a la primera del lado izquierdo, estaba recargado un muchacho castaño con el ceño fruncido.
Eriol sintió un pinchazo de envidia al notar que Li Shaoran no parecía tan incomodo en su traje como él en el suyo.
—¿Qué pasa Shaoran? —preguntó Sakura asustada al ver el semblante solemne de su novio.
Él se separó de la pared y soltó un suspiro, relajando un poco la expresión.
—Tomoyo se encerró ahí apenas te fuiste y se niega a abrir —soltó de tajo.
Sakura parecía que se iba a desmayar del estrés.
Dio dos fuertes pasos, y una vez plantada frente a la puerta, alzó la mano derecha en un puño, dispuesta a aporrear la madera.
Eriol se apresuró a detenerla. Un gesto comprensivo se transmitía en sus facciones.
—Permíteme encargarme, Sakura. Para eso me trajiste ¿no?
—Tiene que prepararse para salir ya, Eriol. La boda empieza en quince minutos.
—Ustedes esperen al pie de la escalera, déjame hablar con ella. Te prometo que en diez minutos estará contigo.
Sakura le observó largamente, y Eriol se preguntó si ella estaría decidiéndose en si sería capaz de calmar los ánimos de una mujer nerviosa. Al final, pareció creerlo competente, pues sin decir nada dio media vuelta y arrastró a Li Shaoran con ella, ambos perdiéndose al bajar las escaleras.
Eriol sonrió levemente antes de tomar su turno y enfrentarse a la puerta cerrada. Dio dos suaves golpes sin dudar.
Silencio.
Golpeó de nuevo.
—Somos solo tu y yo, Tomoyo. Puedo estar aquí todo el día hasta que decidas abrir, ángel.
El muchacho recordó la historia detrás de ese mote que no había usado en años.
Había comenzado como un juego cuando eran niños, uno donde la nombraba como la "Princesa Ángel" y él se denominaba a sí mismo como el caballero encargado de cuidarla. Con el tiempo habían dejado de jugar a aquella ridiculez, pero usaba el mote de "ángel" de vez en cuando solo para molestarla.
Dejó de pronunciarlo cuando Tomoyo inició su noviazgo.
Ahora, sin embargo, le había salido tan natural que parecía correcto.
Se disponía a golpear de nuevo, cuando escuchó el pestillo del pomo ser retirado y la puerta abierta.
Y entonces ahí estaba ella.
Y Eriol pensó que realmente se encontraba frente a un ángel.
El vestido blanco era vaporoso, pero sencillo; tan esponjoso que ella parecía una princesa. Llevaba un intrincado bordado en la parte del torso y un elegante escote en forma de corazón que delineaba perfectamente su busto. Los tirantes de encaje se ajustaban al inicio de los brazos, lo que dejaba sus hombros y ese estilizado cuello completamente desnudos, incitando en la mente de Eriol una perturbadora imagen en la que deliberadamente pasaba su lengua sobre ellos.
Con el cabello negro recogido en un complicado moño, y ese maquillaje natural, Tomoyo Daidouji se veía totalmente maravillosa.
—Te ves hermosa —y él, embelesado como estaba, no pudo evitar soltar las palabras en un ahogado jadeo.
Claro que la sonrisa amarga que ella le devolvió, lo trajo de nuevo a la realidad.
A punto estaba de preguntar qué sucedía, cuando Tomoyo simplemente se lanzó a sus brazos, estrujándolo con una fuerza desesperada.
Hacía tanto que ella no lo abrazaba de esa manera, que casi había olvidado la calidez que lo embargaba cuando la tenía así de cerca.
Cuando era un adolescente, Eriol no lo había entendido. No había entendido la felicidad irracional que sentía cuando estaba con Tomoyo, ni las sonrisas bobas que soltaba cuando ella contaba uno de sus malos chistes, tampoco había entendido el fuerte deseo de protegerla, ni esa furia que se apoderaba de él cuando ella estaba con otro sujeto.
Entonces, había sucedido de repente hacía dos años, mientras estaba tirado en la cama viendo el techo de su habitación.
Cuando la imagen de Tomoyo se le vino a la cabeza, totalmente de la nada, lo supo: estaba enamorado de su mejor amiga.
Y la epifanía lo dejó fuera de combate unos minutos, abrumado como estaba; pero una vez volvió en sí mismo, se percató de otro detalle importante: Tomoyo tenía novio y a él solo lo veía como su "pequeño mejor amigo".
Eriol recordaba que en aquel entonces, casi lloraba por lo irónico de la situación.
Lloraba justo como lo hacía la chica que en esos momentos seguía aferrada a su cuerpo.
—¿Qué sucede, Tomoyo? —preguntó pacientemente mientras que, con cuidado, arrastraba a la chica dentro de la habitación y cerraba la puerta. Se recargo en ella, trayendo a Tomoyo consigo.
La vio alzar la cabeza, y la mirada angustiada que reflejaban sus brillantes ojos amatista, le destrozó el corazón.
—Esta boda es un desastre —murmuró bajito, como si temiera que alguien más fuera a escucharla.
—¿Peleaste de nuevo con Nakamura?
Ella asintió descuidada, y él suspiró cansado. Esos dos habían estado peleando demasiado los últimos meses. Todos lo habían atribuido a los nervios de la pronta boda, pero Eriol no se tragaba el cuento.
—No solo eso —continuó Tomoyo—. ¿Has visto todo este circo? Allá abajo hay doscientos invitados, Eriol. ¡Doscientos! Y puedo asegurarte que no conozco ni a la mitad. La decoración es exagerada y el banquete que servirán tiene un nombre tan complicado que no puedo ni pronunciarlo. ¿Y has visto a Sakura? ¡Se ve terrible con ese vestido que no le favorece nada!
Eriol no pronunció palabra, solo acunó el rostro de Tomoyo en su mano derecha y ella se dejó hacer, cerrando los ojos. Lucía exhausta.
Hasta donde él sabía (principalmente por Sakura), su amiga le había dado bandera blanca a la madre del novio para organizar la boda. Grave error.
De no haber sido porque Tomoyo se había aferrado a la idea de confeccionar su propio vestido de bodas, probablemente en esos momentos estaría luciendo algún modelito de mal gusto y no esa preciosidad de traje.
—Tomoyo.
Su amiga abrió los ojos, pero no retiró el rostro de su mano ni tampoco soltó el agarre de su cuerpo. Había una peculiar intimidad en el ambiente, en esa posición, en el hecho de tener sus rostros tan cerca.
Un pensamiento absurdo se cruzó por la mente de Eriol, uno donde él era el novio que se escabullía a ver antes de tiempo a la mujer que sería su esposa.
Desechó la idea de inmediato.
—¿Estas así solo porque la fiesta no es de tu agrado? —preguntó a consciencia, presionando los botones que podrían hacer hablar a Tomoyo—. Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad?
Ella guardó silencio un momento, y en esos pocos minutos, Eriol consiguió ver el destello de la inseguridad que habitaba en el interior de la chica. La inseguridad y un deseo extraño de algo, como un anhelo que no alcanzó a descifrar, pues al siguiente parpadeo, aquella puerta a su alma se había cerrado.
Eriol supo que ella no le diría nada.
—Estoy bien. Creo que solo han sido los nervios que me han jugado una mala pasada.
Él no le creyó y ella lo supo, pero los golpes en la puerta rompieron con la atmosfera que se había creado.
Era Sakura Kinomoto preguntando desesperada si todo estaba bien, que debían salir ya, que todas las personas estaban en sus lugares.
Observó la manera en que Tomoyo se limpió el rostro, con cuidado de no arruinar su maquillaje. Entonces se separó de él y le dedicó una bonita sonrisa.
—Me harás el favor que te pedí, ¿cierto?
A él le costó devolverle la sonrisa.
—Sabes que no te fallaría.
Aquel día Eriol tocó la marcha nupcial en el piano de la familia Nakamura. Con cada nota que sus largos dedos ejecutaban, sentía que un trocito de su corazón se partía. Éste terminó de romperse cuando la vio caminar desde aquella posición privilegiada a un lado de la tarima que había sido adaptada como altar.
Tomoyo estaba preciosa, pero en ningún momento le dirigió una mirada. Ni a él ni a nadie, en realidad. En su vida, nunca volvería a ver a una novia tan ausente como ella.
Entonces la pareja dio el "sí acepto", y supo que todo se había terminado.
3.
La tercera vez que dejó ir a Tomoyo Daidouji, no fue porque quisiera. Fue porque ella lo rechazó abiertamente.
No era el momento.
El otoño había comenzado tan solo hacía un par de semanas, pero ya el fresco del ambiente obligaba a enfundarse en algún abrigo ligero.
Eriol acababa de volver de un largo viaje al extranjero, y aunque no había pasado ni una semana, ya extrañaba el sol cálido de aquellas tierras extrañas.
Echaba de menos a la gente también. En su paso por el extranjero, era solo un director general más; un poco demasiado joven tal vez, pero seguía perteneciendo a ese gran grupo de emprendedores, un tanto anónimos, un tanto del montón.
En este lugar, sin embargo, no solo era excesivamente inexperto para desempeñar el puesto, sino que además, todo mundo esperaba a que diera su primer paso en falso, todo mundo esperaba que cometiera un pequeño error para salir corriendo a contarle a su madre y que ésta viniera a salvarle el pellejo.
Había tomado las riendas de las empresas familiares hacía dos años, y aun cuando había conseguido incrementar las ganancias de la corporación a un nivel histórico, la junta directiva todavía no se fiaba del todo de su gestión.
El correo electrónico que estaba leyendo en esos momentos, donde se le solicitaba a una junta para que rindiera cuentas sobre los pormenores del viaje, lo dejaba bastante claro.
Eriol se quitó los lentes y estrujó sus ojos con cansancio, de repente bastante abrumado por la imposibilidad de dirigir su propia empresa a sus anchas.
Entonces, en medio de su hastío, lo escuchó.
Se trataba de un alboroto justo afuera de su oficina, algo que comenzó como unos murmullos bastante indiscretos y que rápidamente se convirtieron en sendos gritos escandalosos.
A punto estaba de levantarse de su silla para ir a ver qué sucedía, cuando la gran puerta de roble se abrió con un estrepito y por ella entró, casi como un bólido, una figura de largo cabello negro, seguida de su enojada secretaria.
Eriol se quedó petrificado, a medio camino entre la silla y el erguirse por completo en su estatura.
—¡Señor Hiragizawa, lo lamento tanto! —expresó su secretaria—. Le he dicho a esta mujer que usted se encontraba ocupado, pero ella ha decidido entrar por la fuerza.
No respondió de inmediato, pues la sola imagen de Tomoyo Daidouji, de pie frente a él con esos tacones elegantes y el traje sastre hecho a medida, lo habían dejado totalmente sin palabras. Se veía agitada y con el cabello revuelto, tal vez producto del altercado con su secretaria, pero sin duda alguna lo que más llamó la atención de Eriol, fue el color opaco de sus ojos amatista, otrora resplandecientes como dos faros en medio de la noche.
Terminó de ponerse de pie por completo mientras se relamía los labios discretamente, de repente sintiendo la boca seca.
¿Cuándo fue la última vez que había visto a Tomoyo?
Hacía aproximadamente cuatro años, se dijo a sí mismo. En la fiesta de su primer aniversario de bodas, si la memoria no le fallaba, y sabía bien que no lo hacía.
Su amistad había ido en decadencia desde meses anteriores a eso. Ella era una mujer casada y como tal, se debía totalmente a su marido, o al menos eso dictaban las tradicionalistas creencias del sujeto con quien su mejor amiga se había casado; unas creencias para las que no era admisible la presencia de otro hombre en la vida de su mujer, aun cuando el hombre en cuestión no fuera más que el "pequeño mejor amigo".
Había visto los celos desmedidos de Ren Nakamura hacia su persona, así como los escándalos y las peleas que le montaba a Tomoyo, "que si Hiragizawa esto, que si Hiragizawa lo otro". Entonces Eriol había tomado la decisión por los dos: alejarse de la vida de la amatista.
La despedida fue difícil, pero ambos concordaron en que era lo mejor.
Había sido de gran ayuda el hecho de que él se mudara a Tokio para terminar sus estudios de administración, así como la decisión de implementar una filial de la empresa en la capital, desde donde ejercería su gestión.
Aquello lo mantenía lo suficientemente alejado de los socios de su natal Inglaterra, y lo bastante ocupado como para no pensar en el recuerdo de la que alguna vez fue su mejor amiga. Después de todo, manejar una empresa desde una filial y no desde la matriz, no era un trabajo sencillo.
Pero entonces, ahí estaba, con los socios bombardeándolo de correos casi como si los tuviera todos los días en la sala de juntas, y con Tomoyo Daidouji de pie frente a él, dedicándole una mirada que lo intrigaba y lo confundía a partes iguales.
—Permítame llamar a seguridad, señor Hiragizawa —la voz de su secretaria lo trajo de nuevo a la realidad. La había olvidado por completo.
Eriol hizo un gesto con la mano, pero no volteó a verla, sus ojos azules clavados en los amatista de Tomoyo.
—Eso no es necesario. La señorita Daidouji es una vieja amiga —Eriol al fin se dignó a prestarle atención a su angustiada secretaria—. Déjenos solos, por favor.
La mujer no parecía del todo convencida, seguramente pensando que no era buena idea dejar a su preciado jefe en compañía de una loca como aquella, sin embargo, carente de la autoridad para contradecir a nadie, solo se limitó a dar una profunda reverencia y a salir de la oficina, cerrando la puerta con un suave clic.
Entonces Eriol decidió que era buena idea acercarse.
—Tomoyo, ¿Qué…
—Me he divorciado de Ren.
La contundente declaración de Tomoyo solo lo había dejado avanzar tres pasos, no obstante los suficientes para quedar frente a ella.
Eriol abrió los ojos como platos.
—¿Qué es lo que dijiste?
—Lo que has escuchado, Eriol. Me divorcié de Ren. Firmamos los papeles hace dos días.
Quiso pronunciar un montón de palabras. Preguntar por qué, dar algún tipo de consuelo, incluso asegurarse que ella estaba bien, pero el impacto de la noticia lo dejó sin nada que decir. Solo lo mantuvo ahí, de pie y con una expresión de sorpresa que seguramente hubiera sido muy cómica en otro contexto.
Tomoyo le regaló una triste sonrisa.
—No había nada que hacer. Ese matrimonio estaba muerto desde hacía mucho tiempo.
La vio agachar la mirada y juguetear con sus delgadas manos, en un acto nervioso. Ella nunca había sido de las del tipo nervioso; educada y sosegada siempre, pero tímida jamás. Fue entonces cuando Eriol se preguntó si la mujer que tenía enfrente seguía siendo la misma Tomoyo Daidouji que él conocía.
—Lamento llegar así, sin avisar. Sé que ha pasado tiempo —continuó hablando, aun sin levantar la mirada—. Yo solo quería... necesitaba hablar contigo.
Y ahí estaba de nuevo, el latir desbocado de su corazón ante unas simples palabras, el cosquilleo en el estómago y la imperiosa necesidad de esbozar una sonrisa boba.
Era patético que aun a pesar de tantos años, no fuera capaz de superar su amorío por Tomoyo.
Eriol suspiró, pero no dudó en volver por su abrigo y su maletín, dedicándole una sonrisa tranquila a Tomoyo al final.
—Vayamos a casa a hablar.
Ella alzó la mirada al fin y una pequeña, pero sincera expresión de felicidad se dibujó en su bonito rostro.
Aquel día Eriol Hiragizawa canceló todas sus juntas y se fue temprano de la oficina, ante la mirada atónita de su secretaria y todos sus empleados.
Viajó acompañado en su auto, envuelto en un cómodo silencio, y cuando por fin llegaron al departamento que alquilaba en Tokio, se apresuró a preparar dos tazas de té y a colocar algunas galletas en la mesita de centro de la sala.
Aquel día fue cuando con tristeza descubrió que Tomoyo, su Tomoyo, ya no existía.
Frente a sí tenía a una mujer rota, tan golpeada por la vida que no podía hacer si no admirar su entereza, pues en todo el rato que estuvieron juntos, no derramó ni una sola lagrima.
Ella le contó sobre el infierno que había vivido en matrimonio. Cómo había pasado a convertirse en una bonita muñeca que solo servía para ser presentada en las reuniones de sociedad de su marido, cómo había abandonado sus sueños, sus metas, incluso su libertad, ante los celos histéricos de un hombre que en cinco años no había sido capaz de confiar en ella.
También, Tomoyo le contó sobre las múltiples infidelidades de Ren Nakamura.
Le narró con detalle el dolor que experimentó la primera vez que lo encontró con otra mujer que no era ella, así como la fría indiferencia que sintió cuando la cuenta ascendió a la novena amante.
Eriol la vio agitar la mano descuidadamente cuando terminó de contar su historia, casi como si le quitara importancia al hecho de que había desperdiciado cinco años de su vida a lado de un sujeto que nunca la había apreciado lo suficiente.
Entonces dio un delicado sorbo a su taza de té y con una sonrisa que no llegó a sus ojos, le preguntó por él mismo.
Notó la insistencia de Tomoyo por actuar como si nada estuviera pasando, como si ella no estuviera atravesando un momento difícil, como si no se hubieran distanciado por cuatro años, cada quien haciendo su vida.
Y por alguna extraña razón, quiso darle el gusto. Tal vez porque quería evitar que ella terminara por romperse, o simplemente porque quería evitarse a sí mismo la situación de consolar a una mujer que ya no conocía.
Así, le contó sobre su llegada al alto cargo ejecutivo en las empresas, le contó de los bienes que su nueva posición económica le había permitido costearse. Le platicó sobre sus metas a futuro para la compañía y sobre su deseo de comenzar una estabilidad personal en algunos años. Le habló de sus planes de una casa más grande, de una pareja, de hijos y un perro.
Todavía, en la actualidad, Eriol no entendía por qué razón había comentado lo último. Dada la situación de Tomoyo en ese entonces, no había sido lo más apropiado.
Ella lo observó un largo rato después de eso, en silencio, como queriendo descifrar un complicado enigma.
Fue ahí cuando soltó una risa espontánea y Eriol se preguntó si se había vuelto loca.
—Dime, Eriol —intentó decir en medio de la carcajada. Tuvieron que pasar algunos segundos antes de que ella consiguiera calmarse de nuevo—. Dime... ¿Por qué no me enamoré de ti?
Y de todas las interrogantes que Tomoyo pudo hacerle, formuló precisamente esa. Esa misma que él se había cuestionado tantas veces tantos años antes y para la que nunca había encontrado respuesta.
Le fue imposible saber si aquella era una pregunta retórica o no, pues ella siguió hablando.
—Eres exitoso, metódico, sabes exactamente lo que quieres —enumeró con sus delgados dedos, sin dejar de verlo a los ojos—. Habríamos sido perfectos ¿verdad? Hubo un tiempo en el que sabíamos todo del otro. Nos teníamos confianza, y esa es la base de una buena relación. Crecimos prácticamente juntos.
Eriol sonrió y bajó la mirada a su taza de té. El líquido ya estaba frío.
—Crecimos juntos. Solo que tú nunca te diste cuenta de que yo existía —murmuró con aire ausente, imaginándose en un instante múltiples escenarios en los que ambos compartían una vida juntos.
Habrían funcionado muy bien.
Unas manos pálidas entraron en su campo de visión, retirándole con delicadeza la taza y colocándola en la mesita de centro.
Volvió su atención a Tomoyo, de repente estaban demasiado cerca.
—Tu siempre fuiste mi pequeño mejor amigo, Eriol —dijo con voz suave y contenida—. El chico cinco años menor que siempre estuvo ahí para mí, ayudándome en lo que necesitaba, complaciéndome en todo. Cuando noté al hombre en el que te habías convertido, yo ya tenía puesto un vestido de novia y había doscientos invitados esperando a que diera el "sí acepto".
A la memoria de Eriol acudió con rapidez el recuerdo de aquel día, ese momento tan íntimo que ambos compartieron, donde ella gustosa aceptó su contacto. Y al final... al final estaba esa mirada anhelante que le regaló durante apenas un parpadeo.
Entonces las cosas cobraron sentido y se sintió tan molesto, con él mismo por no haber sido más insistente y con Tomoyo por haber sido tan cobarde.
Pero al verla de nuevo, con esa expresión de desasosiego, Eriol comprendió que no era el único que estaba sufriendo. Ambos habían tomado sus decisiones y era estúpido juzgar ahora los caminos por los que éstas los habían llevado.
Se atrevió a acunar la mejilla femenina justo como aquella vez, y sin detenerse a preguntar, acabó con la pequeña distancia que había entre los dos, uniendo sus labios en un suave beso que había imaginado por años.
Claro que sus ensoñaciones no le hacían justicia a la realidad de besar a Tomoyo Daidouji por primera vez.
Tuvo que suprimir una sonrisa cuando ella le respondió con la misma cadencia; sin prisas, explorando despacio la calidez de la boca del otro, conociéndose de aquella manera en la que tantos años de amistad no lo había permitido.
Ahí, con los ojos cerrados, entregándose totalmente al tacto, Eriol pensó de manera fugaz que ese beso sabía a gloria.
Se separaron lentamente y compartieron una larga mirada. Tomoyo tenía un furioso sonrojo en su rostro, parecía una chiquilla.
—Estoy siendo muy egoísta, ¿verdad? —preguntó en un susurro.
—Lo estas siendo —estuvo de acuerdo con ella—. Pero a estas alturas, Tomoyo, realmente no me interesa.
Intentó acercarse de nuevo, pero la amatista le colocó una mano en el pecho, deteniéndolo.
—A mí sí me interesa. No puedo venir después de todo este tiempo y entrar en tu vida así como así, esperando que me aceptes como si nada hubiera pasado, Eriol. En estos momentos no soy más que una mujer rota, y mientras no consiga recuperarme, no voy a ser capaz de ofrecerte nada.
No tuvo replica para aquello y conforme el tiempo siguió pasando y las palabras siguieron escurriéndose de los labios de Tomoyo, alcanzó a comprender que ella realmente tenía razón.
Si es que existía alguna posibilidad para los dos, sabía perfectamente que la amatista no se entregaría en su situación actual. Él mismo tampoco quería a una mujer a medias.
Ambos se merecían más.
El tema no volvió a relucir, pero las miradas cómplices que compartieron toda la tarde, las sonrisas y las caricias robadas, le dieron a Eriol un atisbo de esperanza que creía perdido.
Tal vez, solo tal vez, las cosas no se habían terminado todavía.
4.
La última vez que Eriol Hiragizawa dejó ir a Tomoyo Daidouji, la dejó irse con un portazo a la entrada principal del departamento.
El momento en cuestión había sucedido algunos meses después de que ella se presentara en su oficina y le anunciase sobre su divorcio.
Habían sido días difíciles para ambos, en aquel entonces. Después de todo, en Japón ser una mujer divorciada no era cosa sencilla.
Recordaba la manera en que su amiga había sido duramente juzgada; primero por la antigua familia política y después por la prensa local. Ser hija de empresarios importantes y haber sido esposa de uno igual, la había mantenido siempre en el foco de cierto sector de la sociedad.
Eriol había intentado apoyarla en todo. La había acompañado un tiempo de vuelta a Tomoeda, a finiquitar cualquier proceso legal que estuviera pendiente. Había estado ahí en sus momentos de quiebre, consolándola, brindándole palabras de aliento.
Pero al final, él tenía sus propios problemas con la empresa y un grupo de socios que no confiaban en que un muchacho de veintiséis años manejara su capital.
Además, y por mucho que les costara admitirlo a ambos, lo cierto es que se habían convertido en un par de desconocidos.
Lo intentaron, los dos, muy fuertemente, apenas unas semanas después de aquel primer beso; pero cuando las caricias y las noches que compartieron desnudos en la cama, alcanzaron su punto álgido, no les quedó más que la cruda realidad.
Una realidad donde los besos suaves no eran suficientes, donde él estaba demasiado sumido en el trabajo y donde ella estaba demasiado rota todavía como para aventurarse en una nueva relación.
Y entonces lo inevitable había sucedido.
Eriol no recordaba del todo bien el motivo de la discusión. Algo que había empezado con una mermelada descompuesta y que había terminado con unos gritos acusadores en los que Tomoyo le reclamaba no estar lo suficiente para ella.
Él mismo había dicho un montón de estupideces aquel día, pero supo que cruzó la línea en el momento en que Tomoyo salió disparada del departamento.
Había cuestionado tan burlonamente su pésima elección de marido y el desastre que eso había causado en su vida.
De eso eran ya cuatro años.
Y no había ido detrás de ella en aquel entonces, ni siquiera cuando días después le hizo una escueta llamada anunciándole que no volvería con él, que necesitaba tiempo.
No la había buscado porque la verdad era que estaba sumamente cansado. Cansado del revuelo que Tomoyo Daidouji siempre causaba en su vida. Cansado de estar tantos años a la espera de que ella lo notara, casi mendigando unas migajas de un amor que ciertamente nunca había encontrado su rumbo.
Sin embargo, ella no había desaparecido de su vida del todo, no está vez.
Cuando el enojo de ambos había pasado y cuando el tiempo les permitió pensar con la cabeza fría, era normal para él recibir llamadas de parte de Tomoyo donde le contaba sobre su día y le preguntaba por el propio.
Unas llamadas en las que mantenían las conversaciones que habían dejado de compartir en persona, donde se contaban todo, como el par de cómplices que habían sido cuando eran jóvenes.
Así, poco a poco, habían vuelto a reconocerse como los amigos que siempre fueron, y Eriol pudo notar, por el entusiasmo que Tomoyo imprimía en sus palabras, que ella también estaba sanando. Se estaba recuperando a sí misma.
Entonces cierto sábado por la noche, en una de esas llamadas, la amatista le hizo saber sobre su decisión de tomar un curso en el extranjero. Aquello le permitiría al fin dar inicio a la agencia de modas con la que tanto había soñado.
Eriol recordaba bastante bien la despedida en el aeropuerto. Ella se veía radiante, ilusionada de nuevo como una adolescente. Se abrazaron fuertemente, se dieron un último fugaz beso que sorprendió tanto a familiares como a amigos, y finalmente, Tomoyo le hizo prometer que cuando volviera, dentro de dos años, se habría convertido en un gran director general y le habría cerrado la boca a todos los socios inversionistas.
No mencionaron en ningún momento su difusa relación, y pasado un tiempo las llamadas entre ambos se volvieron tan esporádicas y tan rápidas, que apenas si tenían oportunidad de platicarse lo más importante de sus días.
Inevitablemente, la vida continuó su curso, y en un año determinado, cuando Eriol Hiragizawa contaba ya con 30 años, se vio a sí mismo dentro de una cafetería dando sorbos distraídos a un chocolate caliente, en un intento desesperado de llevar algo de calidez al tempano de hielo que era su cuerpo.
Eriol odiaba el frio, y aquel invierno en particular estaba resultando ser de los más gélidos en la historia de Japón.
Colocó con cuidado la taza de nuevo en la mesa, cuando la campanilla de la entrada del local se dejó escuchar.
Dirigió su mirada por inercia, y no pudo si no sonreír ante la imagen que se presentaba ante sus ojos.
Era ella de nuevo, pero al mismo tiempo, no lo era en absoluto.
Vestía de manera sencilla; unos vaqueros ajustados y un largo abrigo negro que parecía mantenerla resguardada del frío del exterior. Su cabello, antes tan largo, ahora a duras penas rozaba sus hombros, dándole un aspecto juvenil que hacía juego con la sonrisa pícara que dibujaban sus labios.
Eriol no dudó en ponerse de pie para darle la bienvenida a Tomoyo con un fuerte abrazo.
—Estoy en casa —la escuchó murmurar mientras recargaba la cabeza cómodamente en su hombro.
—Bienvenida de vuelta —respondió alegremente sin atreverse a soltarla, aun cuando sabía que esta vez ella no se iría a ninguna parte.
Había vuelto a Japón un día antes y ambos acordaron verse en aquella cafetería del centro de Tokio.
Hablaron largo y tendido. Tomoyo había conocido a mucha gente en el extranjero y volvía con un montón de patrocinadores que le servirían para la futura agencia de modas que abriría ahí mismo en Tokio.
Eriol por su parte, había cumplido con su promesa de convertirse en un extraordinario director general, no solo manteniendo contentos al grupo de socios, sino también en vistas de expandir el negocio a nuevos territorios extranjeros.
Pero cuando el tema profesional no dio para más, llegó la hora de hablar del gran elefante en la habitación.
Fue ella quien empezó.
—Te eché mucho de menos, Eriol —dijo sin desviar la mirada—. Estar fuera me ayudó a reflexionar sobre muchas cosas y a arreglar el desastre que era en aquel entonces. No dejé de pensar en nosotros y en todas las cosas que te diría cuando te viera de nuevo.
—Tomoyo, yo...
—Pero eso ya no importa —continuó sin darle tiempo a interrumpirla. Una ligera sonrisa resignada se instaló en sus labios y él tuvo unas ganas tremendas de borrársela—. Ya no importa porque ya no hay un nosotros, ¿cierto?
Eriol abrió la boca, pero se encontró con una incapacidad de hallar su voz a la que no le había hecho frente en muchos años.
Cuando consiguió poner en orden sus ideas, le habló a Tomoyo con toda la sinceridad de la que fue capaz. Era su mejor amiga después de todo.
—Su nombre es Kaho. Kaho Mizuki —empezó, devolviéndole la misma mirada decidida que ella le daba—. La conocí poco después de que te fueras de Japón. Ella solo... solo estuvo ahí en todo momento. Apoyándome, escuchándome, haciendo los días más llevaderos. Aun hoy en día no estoy seguro en qué momento las cosas cambiaron entre nosotros.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó, y en su tono Eriol alcanzó a distinguir un sutil reproche—. Fue Sakura quien me lo comentó hace algunos meses e incluso ella no supo decirme desde cuando están juntos.
Ahogó un suspiro.
—No pretendía hacer de ello un secreto —dijo tranquilo—. Solo que nunca parecía el momento adecuado para decirte.
Se sumieron en un frágil silencio, solo roto por el habitual sonido de una cafetería a medio llenar.
Por un momento le pareció que el tiempo se detenía. Observó la manera en que la respiración acompasada de Tomoyo hacía que su cuerpo subiera y bajara ligeramente. Observó la manera en que ella desvió su atención hacia la calle y casi con descuido reposó la barbilla en la palma de la mano. Se quedó un rato así, y en el reflejo de sus ojos amatista alcanzó a vislumbrar el cumulo de pensamientos y emociones que ella tan duramente parecía querer ocultar.
Entonces habló de nuevo y el tiempo volvió a su curso normal.
—¿La amas?
Eriol sonrió amargamente, ¿Por qué se hacían esto?
—Soy feliz con ella. Pretendo pedirle matrimonio el próximo año.
Y la noticia sacó de su letargo a Tomoyo, quien no mencionó nada al respecto, pero sí volvió la vista de nuevo a él.
—Eso no responde mi pregunta.
Había olvidado lo astuta e insistente que podía llegar a ser su amiga.
—La quiero, Tomoyo. La quiero demasiado —contestó, rindiéndose ante la mirada inquisitiva de la mujer frente a él—. Pero no he llegado a amarla todavía... no al menos como lo hago contigo.
—¿Por qué entonces ya no hay un nosotros?
Él le tomó las manos sobre la mesa, casi como si representaran el último anclaje a una historia a la que estaba a punto de darle final.
—Porque aunque te amo, estoy cansado de esperarte. Estoy cansado de lo imprevisible contigo. Estoy cansado de detener mi vida para que tú soluciones la tuya.
Ella lo contempló un rato, con una mirada tan intensa y tan elocuente, que lo hacían querer retractarse de lo que acababa de decir. Tomoyo siempre había tenido ese efecto en él; bastaba apenas una mirada, una sonrisa, y él le perdonaría todo. Ella podría pedirle que lo esperara una eternidad y haría falta tan solo una pequeña caricia para que estuviera de acuerdo. Tomoyo lo consumía de maneras que ella ni siquiera alcanzaba a comprender.
Era precisamente de ese efecto del que buscaba deshacerse y Kaho Mizuki, la mujer que había sido su novia el último año y medio, conseguía ayudarlo perfectamente en ese cometido.
Con Kaho todo era simple, tranquilo, nada se salía de control y sabía exactamente qué esperar en todo momento. Cierto era que no la amaba con la intensidad destructiva con la que amaba a Tomoyo Daidouji, pero tenía confianza en que lo haría en su momento, a su tiempo y de la manera previsible y sencilla que él estaba aguardando.
Tal vez Tomoyo llegó a la misma conclusión, o tal vez no, nunca lo sabría, pero un ligero apretón en sus manos lo sacó de sus cavilaciones.
Cuando se dio cuenta de lo que sucedía, la amatista ya se inclinaba sobre la mesa y depositaba un ligero beso en la comisura de sus labios.
Algo le dijo a Eriol que aquel sería el último.
—Durante el tiempo que estuvimos juntos, solía tener la sensación de que nuestro momento había pasado y no nos dimos cuenta —susurró ella, observando reflexiva sus manos entrelazadas—. Tal vez si hubiera tenido las agallas de cancelar la boda y decirte lo que sentía, nuestros caminos no se habrían distanciado tanto.
—Los hubiera no existen.
—Yo sé eso mejor que nadie —dijo con una triste sonrisa mientras volvía a verlo a los ojos—. Espero que seas muy feliz, mi querido mejor amigo.
Eriol sabía que lo decía de corazón. Tampoco pasó por alto el hecho de que deliberadamente había evitado usar la palabra "pequeño" en su frase.
Eso le dejaba saber que Tomoyo ya no lo consideraba un niño.
Y no hubo nada más que decir. Ella solicitó su cuenta, aun a pesar de las insistencias de él de correr con todo el gasto. Lo mandó a callar con un movimiento de la mano mientras colocaba el importe exacto y se ponía de pie.
Él hizo lo mismo.
Se despidieron con la promesa de volver a reunirse, aun cuando ambos sabían que pasaría mucho tiempo antes de que aquello sucediera, y que probablemente, Eriol no asistiría solo.
Compartieron un abrazo y ella se fue con el mismo tintinear de la campanilla de la cafetería.
La última vez que Eriol Hiragizawa dejó ir a Tomoyo Daidouji, el mundo no se detuvo para él como antaño; por el contrario, éste siguió su curso, tan tranquilo o tan rápido según desde la perspectiva en que se mirara.
La última vez que dejó ir a Tomoyo Daidouji, Eriol se quedó en aquella cafetería del centro de Tokio hasta que a su celular llegó un mensaje de texto.
Sonrió cálidamente antes de dejar el pago en la mesa y marcharse.
Su novia ya lo esperaba en casa.
Notas de la autora: Se suponía que esta historia sería sencilla, el cliché donde a nuestro querido Eriol lo mandaban a la friendzone y se solucionaba de alguna u otra manera romántica. Sin embargo, cuando me di cuenta ya tenía entre manos un drama que iba un poco más allá de los mejores amigos enamorados, de ahí que se retrasara tanto su publicación.
En fin, esta historia en particular me ha dejado un sabor agridulce y no sé bien por qué, espero sin embargo que a ustedes les haya gustado, y como siempre, infinitas gracias por sus reviews! Nunca me cansaré de agradecerles, pues es bastante gratificante saber que alguien por ahí se toma algo de su tiempo para leer lo que una tiene que contar.
Espero volver pronto, saludos!
