8. Regalo de San Valentín

Prompt 8. She took a deep breath and walked towards him.


Acunó su rostro en las palmas de sus manos, permitiendo que el peso recayera proporcionadamente sobre los codos, mismos que estaban firmemente apoyados en el banco de madera.

De repente, era muy consciente de la presencia de esa persona.

La manera en que permanecía de pie, totalmente erguido y con una confianza que le daba un aire de elegancia que casi resultaba aristocrática.

Movía sus manos de forma enérgica, pero no exagerada, imprimiendo en las palabras que estaba diciendo una fuerza que era imposible de ignorar.

Luego, estaban sus cejas, tan oscuras, pobladas y expresivas. Se contraían en un ceño fruncido o se arqueaban con asombro, incluso una de ellas se alzaba de vez en cuando, cada que él hacía un comentario ingenioso o formulaba una pregunta retórica.

Daidouji...

Después estaba su boca, de labios delgados y pálidos, apetecibles. Soltaba una retahíla de palabras que no alcanzaba a comprender, pero sabía bien que era un tema apasionante, ya que la sombra de una sonrisa emocionada estaba siempre presente, provocándole ese atractivo hoyuelo en la comisura izquierda del labio.

Daidouji...

Y al final se encontraban sus ojos, imposiblemente azules, de un tono profundo, velados por un manto de picardía que siempre la intrigaba, casi como si constantemente él supiera cosas que los demás no. A veces era una lástima que aquellos ojos estuvieran parcialmente cubiertos por esas gafas cuadradas.

Aunque si lo pensaba bien, eso solo le daba un aspecto de intelectual que resultaba irresistible.

Y hablando de irresistible, ¿Cómo podría ella siquiera pensar en poner atención a la clase cuando tenía a semejante sujeto dirigiéndole una de esas miradas intencionadas solo a ella?

Un momento...

—¡Daidouji!

Tomoyo alzó la cabeza de sus manos, saliendo abruptamente de sus pensamientos al tiempo en que sentía un fuerte sonrojo apoderarse de sus mejillas. De fondo, escuchaba las risas divertidas de algunos de sus compañeros.

—Gracias por volver con nosotros —dijo con calma la voz profunda de su profesor—. Tus compañeros y yo nos preguntábamos si podías compartirnos tu opinión sobre la novela que estamos discutiendo.

Tomoyo pasó saliva discretamente, la multitud de alarmas en su cabeza disparándose mientras se ponía de pie con lentitud.

No tenía idea sobre qué iba la clase. Su cerebro se había desconectado hacía cosa de una hora y claro que ella culpaba enteramente de eso al profesor que tenía enfrente.

Siempre era lo mismo.

Terminó de ponerse de pie, irguiéndose con una seguridad que no sentía y con la mente trabajando a mil por hora, preparada para soltar un puñado de palabras genéricas que podrían aplicar a cualquiera de las novelas clásicas que analizaban en la clase de literatura. Pretender que decía algo coherente era su única salvación en esos momentos.

—Yo...

Eso, o el sonido retumbante del timbre que marcaba el fin de la clase.

Soltó lentamente el aire que había retenido.

—Salvada por la campana, Daidouji —dijo su profesor de forma divertida, mientras sonreía de lado. Ahí estaba de nuevo el hoyuelo—. Muy bien, no olviden que la próxima clase comenzaremos con la obra de Dickens. Disfruten su fin de semana.

Aliviada, procedió a guardar sus materiales en la mochila y a encaminarse hacia la salida del salón junto al resto de alumnos. Estaba a punto de internarse en los pasillos cuando escuchó el mismo chillido escandaloso de todos los días.

—¡Profesor Hiragizawa! No hemos entendido la historia, ¿podría explicarnos de nuevo?

Tomoyo suspiró y se apresuró a salir del salón antes de ser testigo de la misma escena ridícula de siempre. Aquel grupito de cinco chicas eran parte del "club de fans" del profesor de literatura y usualmente hacían hasta lo imposible para retenerlo después de clase.

El profesor de literatura... Eriol Hiragizawa.

Había ingresado justo al inicio de ese año escolar como remplazo del profesor Hashimoto, causando revuelo entre todo el alumnado femenino por su indudable atractivo y juventud.

Claro que era un gran deleite para la vista pasar de la imagen de Hashimoto, un hombre de sesenta años, calvo y de perenne mal humor, a la imagen de Eriol Hiragizawa, carismático, guapo y que además hacía la clase bastante entretenida.

No le extrañaba que en medio de un montón de adolescentes con las hormonas alborotadas, hasta hubieran creado un clandestino club de fans.

Y aunque no se incluía en ese grupo, tampoco podía negar el hecho de que sí pertenecía a las otras muchas que lo querían en secreto.

Lo cierto es que a Tomoyo Daidouji le gustaba su profesor de literatura, y muy a su pesar, le gustaba mucho.

No se podía evitar después de todo. El hombre era enigmático de una forma bastante peculiar y ella se sentía irremediablemente atraída hacia él.

Llegó a la entrada principal de la preparatoria Seijo y esperó paciente recargada en la barandilla, viendo con aparente desinterés hacia las enormes puertas de doble hoja de la institución.

Tuvieron que transcurrir un buen par de minutos antes de que lo viera aparecer; llevaba ese caminar tranquilo de siempre, portafolio en una mano, saco en la otra. Iba acompañado de una mujer pelirroja con la que parecía hablar confiadamente: Kaho Mizuki, la profesora de matemáticas.

Discretamente siguió su recorrido hacia el auto negro, donde él caballerosamente le abría la puerta del copiloto. Ella por otro lado, apretaba descuidadamente su brazo antes de entrar. No era necesario hacer uso de su malsana percepción para darse cuenta que aquello era un coqueteo barato. A esas alturas, toda la escuela lo había notado.

Tomoyo no se consideraba a sí misma una acosadora (no demasiado al menos), pero lo cierto era que si podía ver de nuevo a su profesor favorito mientras esperaba la salida de sus amigas, ella definitivamente no iba a desperdiciar la oportunidad.

—Me pregunto si estarán saliendo —escuchó una voz a sus espaldas. Giró levemente para encontrarse con las figuras de Sakura, Chiharu, Rika y Naoko ya reunidas, todas observando atentamente la escena que se desarrollaba frente a ellas. La que dio voz a la interrogante que todo Seijo se hacía a diario, fue Naoko Yanagisawa.

—No lo creo —respondió Chiharu cruzándose de brazos, en una postura analítica—. Es obvio que a ella le gusta, pero él no parece darse por enterado.

Compuso una expresión divertida ante las conjeturas de las dos chicas más cotillas del grupo. Las apreciaba demasiado, pero existían cosas que simplemente no podían negarse.

—Deberíamos irnos ya —dijo Rika rodando los ojos y entrelazando los brazos con cada una de las primeras dos chicas, casi llevándoselas a rastras—. A esta hora la tienda de dulces debe estar totalmente llena.

Las tres comenzaron a caminar a la par entre risas y quejas, adelantándose unos cuantos pasos.

Sakura y ella las siguieron tranquilamente.

—Lamento haberte arrastrado a esto, Tomoyo —su amiga castaña le dedicó una mueca de disculpa—. Sé que tenías cosas pendientes por hacer.

La amatista sonrió para tranquilizarla.

—Hacía mucho tiempo que no salíamos todas juntas. Además... —giró una última vez hacia el estacionamiento, justo a tiempo para ver al carro negro arrancando y saliendo de las instalaciones de la preparatoria—, estuve pensando en lo que me dijiste el otro día y creo que seguiré tu consejo.

— ¿¡Te vas a declarar!?

La exclamación de sorpresa de Sakura la hizo abrir sus ojos como platos al tiempo en que un escalofrío nervioso le recorría la espalda.

A duras penas alcanzó a cubrirle la boca con una mano para impedir que soltara algo más comprometedor. Tenía suerte de que las demás estuvieran tan concentradas en su propia algarabía que no se habían dado por enteradas del alboroto.

Tomoyo suspiró.

—No voy a declararme. Eso es... demasiado impropio —espetó—. Tomaré tu otro consejo y le haré un obsequio el lunes.

Los ojos esmeraldas de Sakura brillaron con lo que ella interpretó como ilusión. La castaña era toda una soñadora y tal vez por eso, o por el hecho de que era su mejor amiga desde la primaria, es que Tomoyo le había contado sobre su pequeña atracción hacia el profesor de literatura un par de meses atrás.

Había sido desde entonces que la chica le insistiera sin descanso sobre la idea de declararse. Todo bajo el simple argumento de que al ser su primer amor, no era algo que pudiera guardarse para sí misma.

Eso, y el hecho de que era la única en el grupo que no tenía novio.

Para Sakura era sencillo decirlo; después de todo, Li Shaoran, su novio, iba a la misma clase que ella y se había declarado hacía un par de años. Chiharu salía con Yamazaki, otro alumno de Seijo, y el novio de Naoko era un chico del club de lectura al que ella pertenecía.

Solo Rika salía con alguien mayor, pero hasta donde todas sabían, el chico en cuestión era un alumno de segundo año de universidad.

Así que su situación no era tan sencilla como la de las demás; gustaba de un hombre de 25 años, nueve años más que ella y que además era su profesor.

Tomoyo era lo suficientemente realista como para admitir que Eriol Hiragizawa estaba fuera de su liga.

Y la situación no hubiera pasado de sus ensoñaciones en clase y de sus miradas a la distancia, de no haber sido de nuevo por Sakura, quien luego de haberse rendido en su cometido de hacerla declararse, le había sugerido la idea de hacerle un regalo al profesor el día de San Valentín.

"Todas le daremos algo a nuestra persona especial", habían sido las palabras de su amiga hacía un par de semanas.

Se había negado en rotundo, desde luego, pero después de que Sakura la invitara el día anterior a acompañarlas a la tienda de dulces donde todas comprarían su regalo, Tomoyo se lo pensó dos veces.

Había tomado la decisión ese mismo día por la mañana cuando analizó la situación: una declaración de amor era demasiado comprometedora, pero un pequeño detalle el día de San Valentín probablemente no significaría nada; no después de la multitud de regalos que el profesor Hiragizawa seguramente recibiría.

Entonces ahí estaba, siguiendo por primera vez el consejo de su amiga y no al revés.

Mphmh...

Tomoyo salió de sus cavilaciones cuando el ruido amortiguado de Sakura se dejó escuchar.

La soltó de inmediato.

—¡Lo siento!

La castaña negó con la cabeza.

—Fue mi culpa, la verdad es que me sorprendí bastante —dijo sonriente—. Pero me alegro de que te hayas decidido, Tomoyo. Estoy segura que al profesor Hiragizawa le gustará tu regalo.

—Así como seguramente le gustarán el resto de regalos que reciba de las otras chicas —respondió la amatista encogiéndose de hombros. Notó el ceño fruncido de Sakura, quien estaba dispuesta a replicar, de no haber sido por el grito de Chiharu a la distancia. Ya se habían adelantado demasiado.

—¿¡Van a venir o no!?

Tomoyo aprovechó la distracción para seguir caminado, seguida de una enfurruñada Sakura que solo atinó a rodar los ojos.

Adoraba a su amiga, y aun cuando entre las del grupo era precisamente ella la voz de la razón, existía un hecho indudable:

Tomoyo Daidouji podía ser demasiado testaruda cuando se lo proponía.


2.

La campana que anunciaba el fin de las clases casi la hizo llorar de alivio.

No podían culparla, había sido un día horrible.

Empezando con el hecho de que su primera clase había sido la de educación física y ella había estado tan concentrada en otro asunto que olvidó por completo soltar su excusa de todas las semanas para no participar en la actividad diaria.

Que si tenía cólicos, que si le dolía la cabeza, que si un problema de asma había aparecido repentinamente en su sistema...

El asunto era, que Tomoyo había olvidado hablar con la entrenadora y en consecuencia, se había visto en la obligación de correr las 10 vueltas a la cancha reglamentarias, además de participar en un terrible juego de quemados que seguramente le dejarían un buen par de moretones en la piel.

Así, apenas podía ordenarles a sus piernas que se movieran de lo adoloridas que estaban.

Segundo, su día solo se había ido en picada desde el almuerzo, cuando le cayó la realización de que aquel día era 14 de febrero y lo que eso significaba en su grupo de amigos.

Todavía le entraban escalofríos solo de recordar lo melosas que se habían puesto las tres parejitas en la mesa de la cafetería. Rika había estado todo el almuerzo mandando mensajes con su novio, lo que la dejaba a ella como la sobrante en aquel grupo que casi vomitaba corazones.

Había optado por engullir su comida en tiempo récord antes de salir disparada de ahí, bajo la discreta excusa a Sakura de que tenía un regalo que entregar.

Y aquello era cierto, aunque claro que Tomoyo no contaba con el hecho de que encontrar a su profesor de literatura iba a convertirse en una tarea imposible.

Era como si se lo hubiera tragado la tierra, o como si no hubiera asistido a la escuela (si dejaba su dramatismo un poco de lado y era más realista).

Pero aun cuando Tomoyo no había sido capaz de encontrar su auto en el estacionamiento de maestros, los chismes de pasillo decían que el profesor Hiragizawa sí andaba rondando por las instalaciones; lleno de regalos y cartas de amor, supuestamente, pero andaba por ahí, en algún lado.

Era una lástima que no hubiera sido capaz de encontrarlo durante el almuerzo, y era todavía peor que anduviera por los pasillos de la preparatoria aferrada a una bolsita de regalo roja.

Para esas alturas del día los regalos ya habían sido entregados y era patético que ella todavía cargara con el suyo.

Suspiró. Se había dado por vencida.

Llegó hasta el pasillo que la conduciría al salón de música. Era de las aulas más alejadas de la preparatoria y dado que muchos clubes (incluido el coro) habían suspendido sus actividades en pos de pasar un buen San Valentín, el área estaba bastante solitaria.

Se había ofrecido a recoger el itinerario de canciones que el maestro había dejado ahí por la mañana. Pronto sería el festival de primavera y debían preparar el número que presentarían.

Estaba a unos metros del salón, cuando lo escuchó.

El piano de cola de la preparatoria era tocado magistralmente, y aun cuando su compañero Kimura era bastante habilidoso, era imposible que desempeñara la experimentada pieza que se escuchaba detrás de las puertas.

Curiosa por la identidad de la persona que estaría tocando, Tomoyo llegó hasta la entrada del salón de música y abrió la puerta despacio, casi con cautela, no queriendo interrumpir.

Casi le fallaban las rodillas al darse cuenta que el pianista no era otro que Eriol Hiragizawa, su profesor de literatura.

Lo observó embelesada, pues era imposible no perderse de la misma manera en la que él parecía perdido en la melodía. Tenía los ojos cerrados y se mecía al ritmo de una agradable canción que a Tomoyo le recordaba a esas fiestas de salón que su madre solía ofrecer cuando era niña.

Era maravilloso y sumamente atrayente.

Se fue acercando con lentitud, quedando a unos metros del piano y de su profesor.

Se deleitó en silencio hasta que la canción llegó a su fin y no pudo evitar aplaudir ligeramente.

Él abrió los ojos sorprendido, consciente de que tenía compañía.

—Toca de manera esplendida —susurró admirada. Cuando notó que seguía viéndola con asombro, un incipiente sonrojo se apoderó de su rostro—. Y-yo... ¡Siento mucho haber entrado así! Vine por el itinerario de canciones y... y... ¡Me iré de inmediato!

Tomoyo nunca se había considerado una persona torpe, sin embargo, atolondrada como estaba, sus nervios la hicieron tropezar con sus propios pies, llevándola a una inminente caída que la hizo cerrar los ojos.

Estaba segura que el golpe habría dolido como el demonio, de no haber sido por unas fuertes manos que consiguieron impedir su tan desafortunado incidente.

—¿Te encuentras bien, Daidouji? —fue la pregunta preocupada que se escuchó sobre su cabeza.

Era demasiado consciente del brazo masculino que pasaba sobre sus hombros y de la firme mano que sostenía su cintura. Estaba envuelta en un abrazo demasiado inesperado.

Solo fue capaz de asentir, temiendo que su voz saliera como un agudo chillido de lo nerviosa que estaba.

El agarre de Hiragizawa se fue soltando de a poco, y cuando volvió al banquillo del piano, totalmente alejado de ella, Tomoyo consiguió respirar con normalidad.

—El que debería disculparse soy yo —dijo encogiéndose de hombros, totalmente ajeno a la inquietud que había causado en la amatista—. No debería estar aquí, es solo que...

Lo vio pasarse una mano por el cuello, al tiempo en que desviaba su mirada hacia el piano de cola.

No lo había notado cuando recién entró, hipnotizada por la atrayente figura de aquel hombre, pero encima del instrumento musical había una gran bolsa transparente llena de lo que parecían ser regalos de San Valentín; había desde peluches ridículos hasta cajas de chocolates.

A un lado de la bolsa, también, había una pila de cartas en papeles de colores.

—...Ha sido un día ajetreado, como puedes ver. Necesitaba un respiro —concluyó en un murmullo, volviendo su atención a ella.

Tomoyo parpadeó una, dos veces, encontrando alucinante la popularidad de su profesor. Era fácil entender por qué el hombre había optado por esconderse. Ser acosado todo el día no debía ser nada agradable.

Apretó el agarre en su propia bolsa de regalo, y lo más discretamente que pudo la colocó detrás de ella, en un intento de hacerla pasar desapercibida.

Dadas las cosas, entregarle su regalo sería un caso perdido. Sabía que él lo aceptaría, pero entre tantos y tantos objetos, su chocolate casero pasaría a formar parte del montón.

—Muchas alumnas lo tienen en gran estima, profesor Hiragizawa —dijo con una sonrisa. Dio dos pasos hacia atrás, dispuesta a emprender su retirada—. Bueno, creo que debo ir...

—¿Ese de ahí es un regalo para tu novio?

Tomoyo se congeló.

Él ladeó la cabeza, curioso, mientras sus ojos azules se llenaban de un cuestionamiento bastante inocente. Le pareció muy tierno.

Soltó un suspiro derrotado mientras colocaba la bolsa de nuevo frente a ella. No tenía caso ya intentar esconderla.

—No en realidad —respondió —. Yo no tengo novio. El regalo era para alguien a quien admiro mucho. Pero... creo que ya es tarde para entregárselo.

—El día todavía no termina, ¿sabes? —comentó como si tal cosa—. Y estoy seguro que esa persona se alegrará de recibir un regalo.

—Esa persona ya ha recibido muchos regalos.

Se cruzó de brazos y alzó los ojos al techo, casi como si ahí estuvieran las palabras que buscaba.

—Bueno, siempre está la posibilidad de que sea tú regalo el que haya estado esperando todo el día. Eso lo hace más importante, ¿no?

No pudo evitar que su corazón se saltara un latido, emocionado. Sabía bien que aquello era imposible, no había manera de que Eriol Hiragizawa estuviera esperando un regalo de ella en particular. Sin embargo, sus suaves y comprensibles palabras, lo suficientemente prácticas, le dieron el valor que había perdido a lo largo del día. ¿Qué más daba?

Cerró los ojos un momento, cuando los abrió, tomó un profundo respiro y caminó hacia él.

Una vez lo bastante cerca, se inclinó en una respetuosa reverencia y ofreció la bolsa de regalo.

—Por favor acepte este obsequio de mi parte, profesor Hiragizawa.

Le pareció eterno el tiempo transcurrido antes de que unas manos grandes rosaron las suyas y tomaron con cuidado la bolsa.

Cuando Tomoyo volvió a erguirse, su profesor de literatura la veía con una sonrisa.

—¿Puedo? —preguntó haciendo un gesto hacia el regalo que ahora tenía entre manos.

Ella asintió.

Lo vio abrir la bolsa lentamente y de ella sacar una caja llena de diferentes trufas de chocolate. Un brillo apreciativo inundó sus ojos al notar el sofisticado regalo.

—Tienes que comer una de estas conmigo —dijo resuelto mientras dejaba el envoltorio en el piso y abría la caja. Se la acercó para que tomara uno.

—No, yo... son para usted —murmuró nerviosa de nuevo. No se esperaba esa acción.

—Vamos, Daidouji. Es mi regalo y quiero compartirlo contigo.

Sonrió resignada ante la mueca juguetona de su profesor. No tuvo más remedio que tomar entre los dedos uno de los chocolates y darle una pequeña mordida.

Hiragizawa hizo lo mismo, con la diferencia de que él lo engulló sin ningún preámbulo.

Una expresión de delicia se dibujó en los rasgos masculinos mientras que un sentimiento cálido se instalaba en su pecho.

—¿Tú los has hecho? —preguntó asombrado después de que terminó de comerlo. Ella asintió—. ¡Están deliciosos, Daidouji! Hacía años que no probaba un chocolate tan bueno.

Tomoyo sonrió y terminó de comer su propia trufa.

—Me alegra que le hayan gustado, profesor Hiragizawa.

Él abrió los labios de nuevo, seguramente para responder, cuando repentinamente algo captó su atención.

Ni en sus mejores sueños Tomoyo se esperaba que su profesor de literatura se acercara a su rostro como lo hizo y con una confianza deliberada usara su pulgar para limpiar la comisura de sus labios.

De repente el tiempo pareció correr de una manera sumamente lenta; no apartaba su mano y estaban tan cerca que fácilmente podía sentir la respiración de él golpear contra sus labios entreabiertos. Y sus ojos color zafiro la miraban directamente, con una intensidad descarada que le aceleraba el corazón y le llenaba el rostro de un calor involuntario.

—¿Profesor...? —su voz abandonó su boca en un débil susurro, pero fue lo suficientemente audible para que Eriol Hiragizawa saliera del trance en el que también estaba y se apartara de ella como si su piel le quemara.

Carraspeó incomodo, incapaz de verla a los ojos.

—Yo... tenías un poco de chocolate en la cara.

—E-entiendo... gracias, profesor Hiragizawa —asintió exageradamente en un intento de aligerar el ambiente. No lo consiguió—. Creo que será mejor que me vaya.

No se quedó a esperar respuesta. Dio una reverencia apresurada y casi salía corriendo del salón de música, de no haber sido por la voz masculina que la detuvo de nuevo.

—¡Daidouji!

Tomoyo cerró los ojos apenas una fracción de segundo antes de voltearse a medias.

Ahí estaba su profesor de literatura, con un peculiar sonrojo en las mejillas que era imposible de ocultar y con la caja de chocolates en la mano.

—Gracias por el regalo. Me ha gustado mucho.

Le sonrió de una manera encantadora sin ser apenas consciente, y con un leve asentimiento salió del salón de música, llena de una fuerte y cálida emoción que le abrazaba el corazón.

Eriol Hiragizawa, por otro lado, soltó el aire que había retenido mientras una suave expresión inundaba sus rasgos y bajaba la vista hacia la caja de trufas.

Se sentía como un tonto adolescente de nuevo, pero mentiría si dijera que no había estado esperando todo el día por un regalo de Tomoyo Daidouji.

Sonrió. Mentiría si dijera que esa chica no lo estaba volviendo loco.


Notas de la autora: Un regalo de San Valentín bastante tardío. Tenía tiempo queriendo explorar la idea del romance alumno-profesor desde hacía tiempo, por lo que aproveché la ocasión. Dado el drama que había estado predominando en las últimas viñetas también decidí hacer de esta historia algo mucho más sencillo, inocente, espero que haya sido de su agrado.

Paso a responder a las personas a las que no puedo hacerlo en privado, y como siempre, agradeciéndoles a todos por sus reviews del capítulo pasado. Espero volver pronto, saludos!

Nozomi: Es una pena que el final anterior haya dejado esa sensación tan amarga! Como dices, ambos debieron haber dado ese "extra" para que la relación funcionara, pero supongo que el miedo ganó en esta ocasión y solo se quedaron con el "que hubiera pasado si...". Espero es que esta historia compense un poco el dramón anterior. Como siempre, muchas gracias por tomarte el tiempo de dejarme un review. Saludos!

Guest: Muchas gracias por el review! No espero cansarme pronto, así que me tendrán por aquí seguido con una que otra historia disparatada de este par jaja. Saludos!

James Birdsong: Thanks! As always a big thank you for giving my stories some of your time.