Descendientes © Disney


7: The Messenger


El camino de vuelta a Auradon resultó ser con ánimos completamente diferente a los de un inicio. Para empezar, si bien Mal seguía callada, ya no parecía muy complacida en compañía de su padre, mientras que él había optado por una actitud más pasiva y silenciosa, contrarrestando con esa jocosa y socarrona, la cual mantenía cuando se dirigían hacia la Isla.

Hades jamás llegó a imaginar que su hija se sentiría así de mal luego de volver del escondrijo en que mantenía cautiva a su madre. Siendo sincero, para él tampoco había resultado una experiencia muy grata viéndola en semejantes condiciones por mucho que proclamara detestarla.

De cualquier modo el daño ya estaba hecho, y padre e hija ya se encontraban en tierra firme, bajándose de la motocicleta para disponerse a regresar al palacio.

No obstante, a Hades se le estaba haciendo incómodo ver que su Malie ahora estuviera tan deprimida. Después de lo sucedido quería evitar hablar del tema, pero quizás si aclaraba sus dudas eso también la ayudaría a ella.

―¿Sabes? He estado pensando…

―¿Pensando qué? ¿Alguna otra brillante condición con la que ponerme a prueba? ―le cuestionó Mal llena de cansancio y mal humor.

―…Acerca del contrahechizo de tu madre ―respondió serio él, ignorando las palabras mal intencionadas de su hija―. ¿Cómo funciona exactamente? ¿Su mente sigue intacta o se reduce a la de un simple animal sin capacidad de razonar?

La chica de cabello azul y púrpura no podía creer que su padre osara continuar con el tema haciéndole ese tipo de preguntas. Después de haberla llevado de mala gana allí y ver lo deprimida que se había puesto al verla, ahora pretendía fingir que le importaba Maléfica tras haberse mofado de ella en su presencia.

―¡¿Por qué insistes tanto en querer averiguar de esto?! ―le recriminó Mal, más que indignada―. ¡¿No te bastó con todo lo que le dijiste a mamá en mi presencia para que ahora vengas a preocuparte por ella y de su hechizo?!

―¡No me interesa tu madre, Mal, me interesas tú! ―le aclaró él con firmeza.

Ambos quedaron unos segundos en silencio. Aunque Mal no debería estar sorprendida, ciertamente lo estaba viendo a su padre expresarse de esa forma.

―Mira… Lamento haberte presionado a hacer todo esto ―le dijo el dios griego, ya más tranquilo―. Pero sólo quería hacerme una idea de lo que te estaba pasando y cómo te sentías respecto a tu madre y a mí. Lo que me dijiste ayer me dejó pensando, es todo.

―Bueno, ya lo viste… ¿Satisfecho? ―le remarcó la chica dragón sin mostrarse nada comprensiva.

Sin más, la futura reina de Auradon se adelantó en dirección al palacio, dejando a su padre a solas e inerte en el lugar mientras que él sólo la observaba marcharse. Por ahora lo mejor sería guardar un poco la distancia.

Y es que su hija podía ser igual de testaruda que su primo Hércules.


El atardecer caía sobre Auradon y Ben se encontraba algo atareado dentro de su oficina, contestando llamados y firmando algunos papeles. El día había sido frustrante desde que habló con Jane y Lonnie acerca de Audrey. Ninguno de los de su clase quería escuchar algo sobre ella, mucho menos hablar de perdonarla en vista de todo el daño que había hecho como la Queen of Mean.

Mortificado de pensar en ella, sacó una fotografía que estaba guardada en su escritorio y lo mostraba a él, a Chad y a Audrey cuando eran solo unos niños. Se quedó mirando la imagen por largo rato, preguntándose en qué momento había cambiado todo.

Aunque él lo sabía. Fue también el día en que conoció al amor de su vida: Mal Igna. A pesar que sabía que la llegada de los hijos de los villanos supondría una decisión arriesgada que conllevaría una serie de cambios, no solo para el Reino sino que también para su gente, nunca imaginó tal caos desatado por una de sus amigas más cercanas en torno a enamorarse de la hija de Maléfica. Claro que había una serie de matices allí, aunque claro, tampoco era como si eso fuera a exculpar los crímenes cometidos por Audrey.

―Permiso… ¿Ben? ―se oyó de repente la voz frágil de una joven, sacándolo de sus pensamientos.

Al dirigir su mirada hacia la puerta, Ben se encontró con la heredera de Arandelle, asomándose tímidamente en su oficina.

―Oh, Eliana, qué bueno verte ―se alegró el hijo de Adam, poniéndose de pie para recibirla―. No sabes la cantidad de gente que me ha estado preguntando por ti y desea conocerte. Si fueras tan amable, ¿te importaría reunirte con las chicas de mi clase? En serio están ansiosas por hablart-

―¡Por favor, no! ―lo interrumpió la chica de cabello blanco, un tanto alterada, desconcertando completamente al joven monarca.

―¿Qué-qué tienes, Eliana? ¿Por qué te pones así? ―le preguntó él con una sonrisa nerviosa, sin entender el motivo de su reacción.

―Yo… Lo lamento, pero estar con muchas personas a la vez resulta demasiado abrumador para mí ―se explicó Eliana, apenada―. Por eso te agradecería no someterme a ese tipo de cosas a menos que sea estrictamente necesario, ¿está bien?

―Oh… De acuerdo ―murmuró Ben, demasiado extrañado como para responder algo más―. Entonces les diré que te encuentras algo indispuesta y no puedes exponerte a contagiar al resto.

―Te lo agradezco ―musitó ella, dejándose caer en uno de los sillones completamente aliviada.

La consternación en la cara de Ben no daba abasto. Era demasiado sospechoso el comportamiento de su invitada. Sin embargo, debía respetar sus deseos, ya que intuía que algo desolador se escondía en sus palabras y actitud que no le permitían relacionarse abiertamente con otros.

―Mira… Si quieres hablar estaré más que gustoso de escucharte cualesquiera sean tus problemas ―le ofreció gentilmente el joven rey, sentándose en otro sillón frente a ella―. Puede que no tenga traumas con mis padres, pero sé bien lo que es mantener las expectativas de todo un Reino.

Eliana esbozó una débil sonrisa que parecía estar llena de tristeza. Durante mucho tiempo había estado tratando de cumplir con los estándares que suponía ser la hija de la Reina Elsa. Claro que el asunto iba más allá de sólo expectativas. Y eso era algo que la aterraba, puesto que era bien sabido el inmenso poder de la Reina de Hielo.

―Imagino que ser hija de la Reina Elsa no ha de ser sencillo ―continuó Ben, tratando de esa forma de acercarse a la muchacha de cabellera blanca.

―No… ―contestó ella casi en un susurro―. Pero no significa que tenga algún tipo de resentimiento contra ella. Es… complicado ―terminó por decir mientras se frotaba sus guantes y los miraba como si se trataran de un castigo.

―Eliana… Quiero que sepas que aquí nadie te presionará a hacer algo que tú no quieras ―le explicó Ben con delicadeza al momento que ponía su mano sobre la de ella―. Tienes mi palabra.

Eliana miró sus manos(cubiertas por los guantes) y luego a Ben, sintiéndose algo avergonzada ante el gesto y palabras tan dulces del monarca del Reino. No estaba acostumbrada a ese tipo de contacto y demostraciones de afecto, por lo que no pudo evitar sonrojarse un poco por ello.

―Oh, perdón, parece que los estoy interrumpiendo ―dijo de pronto una voz familiar que acababa de llegar a la oficina empleando un tono sarcástico.

―¡Mal! ―exclamó Ben, poniéndose inmediatamente de pie al verla―. Me preguntaba cuando llegarías. Estaba preocupado por ti.

―Sí… puedo verlo ―expresó ella con malicia sin quitarles la vista de encima a él y a Eliana―. Pensé que estarías ocupado, pero no de este modo.

Se produjo un silencio incómodo en el que ni Ben ni Eliana supieron qué decir. Tampoco era como si fuera una situación demasiado comprometedora, pero era evidente que la futura reina de Auradon estaba celosa ante la escena.

―Creo que es mejor que me retire ―dijo finalmente Eliana mientras que Ben solo podía emitir balbuceos―. Gracias por escucharme y entender mi problema, rey Ben. Ahora es mejor que los deje solos.

Y antes de que Ben pudiera decir algo, Eliana ya atravesaba la puerta dejando solos a los futuros reyes.

―Claro… ¡Nos vemos después! ―alzó la voz Ben esperando que ella lo escuchara. Luego de esto, miró a Mal, quien seguía de brazos cruzados, mirándolo como si todavía esperara una explicación―. ¿Qué?

―Quizá la juzgué muy pronto para decir que era tan introvertida como se veía.

―Oh vamos, hace poco llegó a mi oficina. Está teniendo problemas para lidiar con su fama como hija de la Reina Elsa ―explicó Ben con una sonrisa que variaba entre lo divertida y nerviosa―. ¿Acaso crees que podría fijarme en alguien más cuando tengo a la chica perfecta a mi lado?

―¡Hmpf! No exageremos. Ya sabes lo que pienso de eso de ser la chica perfecta ―contestó Mal sonriendo divertida ahora que su prometido se ponía cariñoso con ella, abrazándola de su cintura.

―Y dime ¿Ya terminaste de convencer a tu padre? ¿Aceptó en ir al Olimpo contigo?

El rostro de Mal cambió a uno de fastidio y desaliento, apartándose un poco de Ben para mirar a otro lado con la misma expresión alicaída que había mostrado en la Isla.

―Sí… Pero no estoy de humor para hablar de eso.

―¿Por qué? Creí que era lo que más querías en estos momentos. Así podrás hablar a favor de la Isla y ver la posibilidad de integrarla en los Juegos Olímpicos.

―Es… complicado ―respondió ella con cansancio. Y Ben, por su lado, se preguntaba si tanto Mal como Eliana se habrían puesto de acuerdo para dar respuestas tan escuetas―. Solo puedo decirte que papá no me lo puso fácil.

Ben la quedó mirando por unos segundos, lleno de intriga y preocupación. Después de todo, ya le conocía aquellos gestos cada vez que su prometida se enfrentaba a una crisis y optaba por guardárselo para sí misma para no preocupar al resto.

―Mal… Lo que sea que te pase puedes decírmelo sin miedo, pero si no estás lista para hacerlo lo entenderé y esperaré ―le dijo él con ternura, poniendo las manos sobre sus hombros en señal de querer reconfortarla.

Mal pensaba contárselo, aún cuando en verdad no quería hacerlo ya que deseaba dejar el tema de su madre atrás. Pero bien sabía que no podía seguir ocultándole secretos a su futuro esposo, ya que tal y como le dijo su padre, era una pésima forma para dar comienzo a su vida de felices por siempre.

De modo que optó por contarle que había ido a ver a su madre-lagartija a petición de su padre, por muy duro que resultaba siquiera recordar lo desagradable que fue, sin mencionar el cargo de conciencia que todavía le producía el tenerla guardada en su viejo apartamento con apenas lo necesario para que ésta pudiera sobrevivir.

―Bueno, Ben… La verdad es que…

Entonces, justo en ese preciso instante, el sonido de alguien tocando el vidrio llamó por completo la atención de la pareja real para concentrarse en la identidad del sujeto que estaba al otro lado de la ventana.

Allí, la figura delgada de un joven de piel pálida, de cabello azul rizado y que llevaba consigo unos lentes semioscuros junto a un casco y zapatillas doradas, las cuales lo mantenían flotando en el aire, se veía a través del vidrio para total sorpresa de Mal y Ben que apenas sí podían creer la presencia del extraño personaje que se había presentado tan súbitamente en el palacio.

―Buenas, señor y señora de Auradon ―les saludó el muchacho con una sonrisa cordial―. He oído que tienen un mensaje para el Olimpo y en nombre de los dioses he venido a darles respuesta, así que… ¿Me permiten pasar?

Ben y Mal seguían estupefactos, sin pronunciar palabra alguna, dejando a su interlocutor de lo más confuso y divertido de sus expresiones.

―Tomaré eso como un sí ―dijo aquel extraño joven de toga blanca y zapatillas aladas mientras se encogía de hombros al no contar con una respuesta.

Lo siguiente que sucedió, fue que una nube de humo brillante apareció en el interior de la oficina de Ben, trayendo consigo unas cuantas luces multicolores de las que emergió el mismo joven que había estado afuera hace un momento.

―Mucho mejor, ¿no creen? Ahora… ¿en qué estábamos?

―Dis-Disculpe, pero, usted es… ―apenas sí pudo pronunciar Ben sin dejar de verse atónito ante la llegada de quien sabía venía directamente del Olimpo y suponía una presencia divina.

―Oh sí, perdonen mi falta de educación, aunque supongo que ya tendrían que conocerme ―les reprendió traviesamente el joven de cabello azul sin dejar de sonreír, rebosante de su peculiar ánimo al momento de hacer una fina reverencia con un pequeño bastón de alas que mantenía en una de sus manos―. Hermes: mensajero de los dioses y del Olimpo. Un gusto.


¡Sí! Finalmente aparecen nuestros divertidos y polémicos dioses griegos xD Al menos uno de ellos (Digan hola a Hermes) Sobre los dioses del Olimpo, como dije esta historia contendrá participación de algunos OCs. Aunque Zeus y los demás dioses son canon dentro del mundo de Disney, (y por tanto de Descendientes), pero al no tener participación alguna en las películas, excepto por Hades, me tomaré algunas libertades con respecto a ellos. Desde ya, aviso que los únicos dioses que tendrán una participación más o menos relevante son Zeus, Hera, Poseidón, Afrodita y dos diosas más que imagino ya adivinarán quienes son (Va a arder Troya, querido(a)s lectores) XD Digo esto, porque en lo personal no me gusta el uso excesivo de personajes ajenos metidos en los fics. Quiero enfocarme en lo esencial y en el desarrollo y los problemas que tendrán los personajes principales con lo que estoy trabajando :D

Agradecimientos especiales a KandraK y sailor-v por su gentil apoyo. También a Guest(puedo llamarte de otra forma?) que indicó algunas faltas con la historia. Hablando de esto, pronto pretendo corregir el resto de capítulos al formato que tengo ahora(guiones largos, capítulos un poco más extensos y agregar alguno que otro detalle) Ya lo tenía presupuestado, pero he ido postergándolo u.u De modo que quizá la siguiente actualización muestre ya los cambios :D

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