Sin importar donde estuviera, o a cuantas personas nuevas conociera; Anna siempre aparecía en su mente. Aferrada en lo más profundo de su interior, recordando claramente cada roce y caricia que esa hermosa chica le dio en esa mágica noche.
Ahora que su mente se encontraba completamente despejada, recordó todo lo que habían hecho. El cómo Anna le rasguñaba la espalda mientras la embestía como si no hubiera un mañana, cómo sus pareces aprisionaban deliciosamente su miembro cada vez que llegaba al orgasmo, la forma tan erótica y extasiada en la que gritaba su nombre; como un mantra tan sagrado y antiguo que sus labios recitaban con devoción.
Y así, a pesar de haber pasado cuatro años de ese encuentro, aún ocupada su mente y sus sueños. Asechándola día y noche, buscando entre la multitud esa hermosa cabellera rojiza en dos trenzas.
Ahora, en cada concierto al que daba, le pedía a los encargados de la iluminación mantener las luces enfocadas en la audiencia; rogando con toda su alma que esa hermosa chica se encontrara entre la multitud…
Rogando que esos hermosos ojos turquesa se toparan con sus orbes zafiro.
En un intento por saber donde se encontraba Anna, le había pedido a Hans que contratara a alguien para buscar su paradero, que le diera una pista de donde podría estar, a lo que Hans simplemente le dijo que dejara de perder el tiempo con una posible fan que simplemente la había buscado para una noche de sexo.
Y así estuvo, por cuatro largos años, con la idea de querer encontrar a esa pelirroja que le había robado su corazón. Sintiendo cómo sus esperanzas se iban agotando con cada concierto que daba, con cada ciudad a la que visitaba, con cada fan que conocía en las firmas de autógrafos.
Cada vez se encerraba más en su camerino. Los conciertos ya no eran tan animados como lo fueron anteriormente. Hans estaba como loco, reprendiéndola por su falta de actitud en su actuación. Alegando que la prensa estaba lanzándoles piedra tras piedra por su falta de compromiso en el escenario.
Al ver todo esto, y el comportamiento de Elsa en esos años decaer, se tomo la decisión de darle un descanso de tantas giras por el mundo. Kai, su agente, le comento que ya no habrían más conciertos por lo menos en un tiempo, hasta que se sintiera mejor o que solucionara lo que sea que la tenia de esa forma.
No fue la mejor decisión…
Ahora se encontraba siempre en su mansión, caminando de una habitación a otra, sintiéndose encerrada en esa jaula que llamaba hogar. Los sirvientes iban y venían, preguntándole si había algo que pudieran hacer para hacerla sentir mejor, pero ella solo los alejaba; diciendo siempre la misma frase que ahora parecía ser un mantra para ella.
- Todo está bien… Estoy bien.
Extrañaba a su familia, el sentimiento de vacío que se había ido alojando en su interior el día que ellos murieron en un accidente de habían, parecieron haberse multiplicado.
El ver la televisión le hacía desear tener su propia familia. Al verlos tan felices, compartiendo cada momento que podían al lado de la persona añorada, era algo que anhelaba con cada célula de su ser.
La fama, el dinero, los lujos no eran nada a comparación de las ganas que tenía por formar su propia familia.
Sintiendo que se volvería loca si pasaba un minuto más en esa enorme y vacía casa; subió a su habitación a ponerse unos jeans negros, una chamarra azul marino, unos Converse grises y una gorra emprendió su camino hacia su garaje.
Agarró las primeras llaves que encontró, sin importarle que carro fuera, y salió a las calles de Los Ángeles. Sintiendo cómo el sol acariciaba su piel después de saber cuánto tiempo encerrada en su casa, la brisa golpeando su rostro haciendo que la trenza francesa que había comenzado a hacerse al recordar las trenzas de Anna bailaba sobre su espalda.
Manejó, sin importarle a donde iba, sin importar cuánto tiempo lo había hecho, solamente deseando tener un momento de paz en su solitaria existencia.
Cuando el sol se había puesto sobre su cabeza, marcando claramente que era medio día, decidió hacer una parada en un pequeño restaurante que llamo su atención cuando su estomago clamó por algo de sustento.
Aparcó el carro lo más cercano al restaurante que pudo, acomodando más la gorra sobre su cabeza a modo que ocultara sus facciones para que nadie la reconociera. Bajo, caminando por la calle con la cabeza gacha, hasta que vislumbro su objetivo.
Sin perder más tiempo, entró al local escuchando una campanita sonar cada vez que un nuevo cliente entraba. Rápidamente busco una mesa vacía, agradeciendo su suerte que en un rincón alado de una ventana, se encontraba una.
Rápidamente se sentó, dándole la espalda a todo el mundo. Podía escuchar el ruido de las personas que se encontraban ahí por el mismo motivo que ella; algunas charlando animadamente, niños riendo de las travesuras que le hacían pasar a sus padres, y los característicos sonidos de la cocina le llenaban de tranquilidad.
- Yohoo… ¿Deseas ordenar algo, jaa? – una voz masculina le llegó alado de ella.
Rápidamente volteo a ver, encontrándose con un enorme hombre. Tan alto que tuvo que alzar un poco la vista para poder mirarlo a los ojos. Sus ojos eran de color azul cielo, su cabello era castaño claro, tenía un curioso bigote y una amistosa sonrisa en los labios.
A pesar del poco calor que se sentía en el establecimiento, el señor se encontraba usando un suéter tejido que, seguramente, te hacia sudar mares. Sus manos estaban juntas sosteniendo una pequeña libretita y un lapicero, listos para anotar su orden.
- Veo que eres nuevo aquí, ¿jaa? ¿Te gustaría que te remiende el especial del día? – aunque su tamaño era intimidante, su voz era tan suave como una caricia.
Elsa no supo que decir, la combinación de su tamaño corporal con el tono de su voz la habían dejado momentáneamente confundida. Sacudió su cabeza, aclarando su garganta para poder hacerla un poco más profunda.
- No, gracias. Un chocolate caliente estaría bien por ahora.
- ¡A la orden! – anotó rápidamente, haciéndola sonreír con la forma tan animada que desprendía.
No tardó mucho en que una enorme taza de chocolate fuera depositado entre sus manos. Agradeció, dándole el primer sorbo que la hizo suspirar de alegría al sentir esa deliciosa bebida acariciar sus pupilas gustativas con cada sorbo.
Se sintió en paz después de saber cuánto tiempo, nada más con el sonido de fondo y la taza de chocolate entre sus manos. Su vista fue hacia donde estaba la ventana, viendo a las personas ir y venir. Preguntándose qué era lo que cada individuo tenía en su mente en ese momento.
El tiempo dejó de tener sentido para ella, la taza vacía que yacía entre sus manos fue rellenada de nuevo sin que se diera cuenta. Hasta que a la tercera taza, logró salir de ese pequeño trance al que se había sumergido.
Se tomó el último sorbo que le quedaba, escuchando las animadas conversaciones y la campanada de la puerta anunciando a un nuevo cliente. No queriendo que el mesero hiciera un viaje innecesario a su mesa para levantar la taza vacía y el pago de la misma, Elsa se levantó dirigiéndose hacia la caja.
Depositó la taza vacía a un lado, tratando de sacar el dinero necesario para pagar, cuando de pronto sintió como alguien chocaba contra ella.
No fue precisamente que le doliera o algo; es más, el golpe no había sido más alto que donde sus piernas llegaban. Bajó la vista, encontrándose a una pequeña niña quejándose por el impacto.
Aún estaba sentada en el suelo, sin levantar la vista hacia la causante de su pequeño accidente.
Sin pensarlo, se agacho para cargar a la niña, haciendo lo posible para que no empezara a llorar y la acusara con su madre. Pero en el instante en que sus miradas se encontraron, todo aire en los pulmones de Elsa desapareció.
Una hermosa niña; con la piel tan blanca como la nieve, cabello rubio platinado con un mechón de color rojizo, ojos de color zafiro, unas sutiles pecas en su mejilla y nariz le devolvió la mirada. Su mente quedo en blanco, viendo el reflejo de ella misma cuando era niña.
La única diferencia era el mechón rojizo que, extrañamente, adornaba su cabeza; de ahí era la viva imagen de ella cuando era pequeña.
Al parecer, ella no era la única que se dio cuenta de esos detalles, ya que la pequeña entre sus brazos la vio con los ojos abiertos de la impresión. Cuidadosamente, su pequeña manita fue hacia su mejilla, acariciándola con lentitud, descubriendo su tacto frío en ese momento.
¿Cómo era posible que la pequeña tenga tanto parecido a ella?
La pregunta quedó volando en el aire en su mente al escuchar una voz. Esa hermosa y mágica voz que creyó jamás volvería a escuchar en la vida, llamando un nombre que hasta ese día no había vuelto a usar.
- ¿Eliza, cariño?
