El corazón de Anna golpeaba con ímpetu dentro de su pecho mientras corría por el pasillo que la llevaba al exterior del castillo. En uno de los bolsillos de su vestido sentía el peso de la carta que entregaría. Al llegar a la salida repuso su respiración y pasó la mano sobre su cabeza en un intento de recuperar su peinado.

Al salir se encontró con Elsa, de espaldas, sentada a la orilla de las aguas y con la nariz enterrada en uno de los libros que Anna solía "pedir prestados" para ella. La princesa se acercó con alegres zancadas que sonaron contra el pasto haciendo notar su presencia. La otra joven esbozo una corta sonrisa a modo de saludo e interrumpió la lectura cerrando el libro.

—Oh Elsa— exclamó Anna aún poco agitada de la carrera sentándose a su lado—. Esperé todo el día para encontrarme contigo.

—¿En serio?— las cejas se alzaron en sorpresa pero luego volvieron a su sitio incrédulas—. ¿Alguna razón en particular?

—Aquí— la princesa rebuscó en sus bolsillos sacando el sobre levemente maltratado—. Léelo.

Elsa tomó la carta y la inspeccionó rápidamente. Su nombre en una fina caligrafía la anunciaba como destinatario. De un tirón liberó el contenido y comenzó a leerlo. A medida que avanzaba su serio rostro se descompuso en una expresión de asombro y alegría.

—¿Estás invitándome fiesta de cumpleaños?

—Sí— chilló Anna efusiva—. Por fin cumplo los dieciocho años— Se retorció de júbilo—. Nunca había tenido una fiesta de cumpleaños, bueno quiero decir, solía comer un pastel con mis padres pero nunca tuve una con invitados. Tú eres a la primera persona que invito, digo, personalmente. Por protocolo tuve que enviar un montón de cartas a otros países.

—Yo… Gracias.— respondió conmovida—. Dieciocho años—Reflexionó—.Realmente ha pasado mucho tiempo, ¿verdad?

La princesa se sobresaltó por momento, ¡tenía razón había pasado muchísimo tiempo! Elsa había sido su amiga desde hacía diez años y su única compañía desde la muerte de sus padres hace no mucho. Sostuvo su mano entre las suyas y le sonrió agradecida.

—Estoy muy feliz por ti Anna.

Para Anna la atmosfera cambió de pronto. Tomar consciencia del tiempo le hizo cambiar de perspectiva y notar como la mujer frente a ella también había florecido: sus ojos que te antaño rehuían al contacto visual ahora eran dos profundos océanos sobre una piel de mármol. Los cabellos dorados cono el trigo se movían de manera casi imperceptible por la brisa del verano. Los labios tan rojos como las rosas coloreadas por los ruiseñores, curvados en una sonrisa que las doncellas de los cuadros del palacio envidiarían.

—Ah, pero, ¿en serio está bien que vaya?— preguntó Elsa apartándose y con eso dispersó los pensamientos de Anna—. Nunca he estado en un lugar con tanta gente, no tengo modales ni etiqueta o algo parecido. Creo que ni siquiera tengo que ponerme— admitió apenada.

—Ah eso…—Anna cerró los con fuerza necesitaba concentración para mejorar su memoria. Si mal no recordaba entre sus múltiples armarios había un vestido que solía ser de su madre y que a ella le quedaba demasiado grande, pero en Elsa encajaría a la perfección—. Te prestaré algo, nos colaremos en el palacio: los guardias estarán muy ocupados con la puerta principal y escoltando a los invitados.

—¿Estas segura? , la última vez sentí que me desmayaría del susto.

Después de tantos años de conocerse, no es como si Anna nunca hubiera invitado a Elsa dentro del palacio o ella misma hubiera intentado salir al pueblo. Hubo varias ocasiones que terminaron cerca de ser sorprendidas por los guardias. Anna no quería exponer su escondite y Elsa tenía una aversión por las emociones intensas así que simplemente dejaron de intentarlo.

—Sí. Además, si alguien te ve puedes decir que te perdiste camino al gran salón o mejor aún, fingir que hablas en un idioma extranjero— terminó con una carcajada.

—Es en serio.

—Por favor Elsa, créeme. Además necesito que estés ahí.

El énfasis en la última frase doblegó a la joven, que asintió mientras se encogía de hombros.

—Es un día importante para mí— continúo la princesa—. Las leyes de mi padre por fin expirarán. Por fin recuperaré mi libertad, nadie decidirá por mí que es lo mejor para mí.

Anna suspiró y se quedó en silencio, contemplando el estanque que levantaba diminutas olas por el viento y distorsionaban su reflejo. Entendía que todo lo que habían hecho por ella era para protegerla pero a la par entendía que había perdido la dicha de conocer el mundo a causa del miedo, un miedo que ni siquiera era suyo.

—Dime Elsa, ¿le crees a la profecía?

La joven frunció el ceño y apretó los labios como si la pregunta fuera de índole existencial y también observó su imagen en las aguas. Después se concentró en sus manos y torció un poco los dedos. Anna le pareció un extraño gesto, pero lo dejó pasar.

—No— respondió con un tono muy firme no había pronunciado jamás—. Honestamente, no concibo a nadie tal que le haría daño a una persona tan…— Elsa no se había quedado sin palabras simplemente sintió que eran tantas las formas de describirla que usar solo un adjetivo era un sinsentido—. A alguien como tú, quiero decir.

—Gracias— respondió sonrojada desviando la mirada.

La tranquilidad del momento se esfumó junto con las aves tras el sonido de las campanas que anunciaban que una hora más había pasado. Anna perdió el rubor en su rostro y algo más de color mientras se levantaba de un salto.

—¡Dios mío, mi clase de física! — exclamó sacudiendo el pasto de sus atuendos— Perdóname Elsa tengo que irme. ¿Te espero mañana a las doce, sí?— sonrió apenada mientras se alejaba.

—De acuerdo— Elsa levantó una mano a modo de despedida—. ¡No llegues tarde!

La princesa hizo un puchero antes de desaparecer en la entrada de piedra. La rubia se quedó a solas en silencio y se puso de pie para marcharse también. Observó la carta en su mano la llevó cerca de su pecho y la estrechó como quién se aferra a un ser querido.

—Mañana termina todo.