Creo que Katakuri es uno de los mejores personajes que existen en una obra shonen. No es especialmente complejo pero tiene matices. Espero que Oda decida convertirlo en el nuevo protagonista. Porque honestamente, no se unirá a la tripulación de los Mugiwara (¿Os imagináis que al final si?) Entonces tendré que editar este comentario Ja ja ja ja

Ace en muchos aspectos es muy contrario a Katakuri, por eso creo que su lado divertido e impulsivo combinan con la personalidad calmada y mente fría de Katakuri.

En fin, que yo creo que los dos son como el pescado y las patatas: saben bien por separado, pero juntos están mejor. (?)


Reconoció el barco de la Yonkou, Big mon; Con más de quince metros de eslora, el colorido barco emanaba un olor a dulce y azúcar que hacía salivar a cualquier niño y adulto con apreciación al dulce. No se trataba solo de la apariencia a tarta, buena parte del exterior estaba echa de ingredientes comestibles. Y aparte del exterior, dentro del barco, en su almacenes, estaba a rebosaba de dulces deliciosos y cuidadosamente seleccionados para saciar los antojos del caprichoso paladar de Big Mom.

Ace observó como el colosal y pintoresco barco arribaba en el puerto de la ciudad. Ace y su división estaban de viaje por algunas islas protegidas con la bandera de padre. Estaban comiendo en una taberna cuando alguien gritó: "los piratas de Big Mom están aquí." Ace quiso dar la cara, pero sus compañeros lo disuadieron a tiempo, aconsejando al joven pirata que nunca es bueno empezar una trifulca. Ace no estaba de acuerdo, pero decidió esperar. Los ciudadanos se mostraron temerosos, pero la bandera de Barbablanca les otorgaba cierta seguridad y no todos se escondieron en sus casas cuando los piratas estrafalarios pisaron tierra firme. Era por la tarde en un día corriente en la ciudad portuaria, los negocios no iban a cerrar sus puertas ni echar las persianas porque unos piratas llegasen. Tenían miedo, pero también fe en poder hacer negocios con extranjeros que arribaban el navío en el puerto después de quien sabe cuantas semanas o meses de viaje en alta mar.

Los piratas se mostraban magnánimos al tiempo que altaneros, pero su trato con la gente fue cordial, pues solo quería comprar algunos dulces para llenar más las arcas de deliciosos regalos para la emperatriz del mar. La ciudad había ganado cierta fama por unos donuts de vainilla y crema. Los dulces habían atraído a muchos turistas, era cuestión de tiempo que la mujer más golosa de los mares quisiera algunos. Ace había ido a la pastelería a comerlos antes. A el solo le dieron una caja gratis de seis. Deliciosos, pero se los acabó en dos parpadeos y no le darían más a menos que pagase en mano primero. La gente de la zona ya conocían a Ace y su manía de comer sin pagar. Aquella gente les debía mucho a Barbablanca, pero si tenían que dejar que Ace tomara todo lo que quisiera sin pagar, se quedarían en números rojos. —Además, Edward les dijo que avisaran si algunos de sus hijos se dedicaba a hacer el "gamberro" en su territorio.—

Los piratas de Big mom no llegaron a ver a los de Barbablanca, que permanecieron en la taberna esperando a ver si se iban de buenas.

—Voy al baño. —avisó el comandante de la segunda división.

—¿Adonde vas? —preguntó uno.

—Ya lo he dicho, al baño. —repitió señalando la puerta que daba al baño.

Su compañero estrechó los ojos y lo miró, desconfiado.

—He bebido mucho, me hago pis.

—vale, vale… —le indicó con un además que se fuera—. Pero no tardes mucho, Ace. —aunque Ace fuera su comandante, todos sus compañeros lo consideraban como un amigo y se permitían tutearle.

—Bueno, puede que también me entren ganas de hacer lo "otro". —y se encerró en el baño.

El baño de la taberna tenía una estrecha ventana rectangular donde apenas le cabría la cabeza y un brazo, pero estaba abierta y él era el hombre de fuego. Escapó por la ventana convertido en una ráfaga ardiente no sin antes dejar una nota encima del lavamanos.

Mientras cargaban los dulces al barco y los bajaban a la despensa, Ace aprovechó para colarse en el barco. El crepitar de las flamas llamó la atención de algunos oídos atentos, pero gracias a sus habilidades y suerte increíble consiguió llegar a la despensa sin llamar ser visto.

Era mejor de lo que imaginaba. Montañas de deliciosos dulces apilados en cajas y bandejas que llegaban hasta el techo. El único espacio libre estaba reservado para los pasillos. Hacia algo de frío, pues era una nevera gigantesca, pero Ace sabía regular su temperatura corporal.

Había mucho donde elegir, pero lo más cercano a su vista y mano era una bandeja de profiteroles rellenos que no dudó en engullir. Estaban para tirar cohetes de lo ricos y fríos que estaban. Cierto es que no había terminado de comer en la taberna, aun le quedaban veinte platos que no habían salido de la cocina, pero ¿en qué lugar encontraría tantos postres sino aquí? Tendría que cambiar algunos entrantes por pastelitos, pero no le importaba, después de todo, había comido mucha carne y ensalada de patatas. Se estaba dejando llevar por la gula, pues sabía de sobra que aunque cogiera un poco de cada y recolocara las cosas para rellenar los huecos, acabarían por darse cuanta que faltaba víveres cuando hicieran recuento. Y aún sabiéndolo no podía parar, cada dulce nuevo que probaba le parecía más delicioso y refinado que el anterior

—¡Que rico! —gritó de felicidad.

Todos los rellenos estaban buenos, todas las coberturas; crujientes blandas o gelatinosas estaban para morirse, no podía dejar de comer.

En la ciudad portuaria:

—¡¿Pero qué pasa aquí! ¡EH! —Tuvo que entrar, nadie tardaba más de una hora en el baño. Encima, no respondían cuando tocaba a la puerta. Y tuvo que ser el quien descubrió la carta en el baño—. "voy a ir por unos postres, no os preocupéis, no tardaré, disculpa." —leyó.

—¿Pasa algo? —preguntó uno de sus compañeros que fue a ver. Todos habían terminado de comer y esperaban a que Ace regresara del baño.

—Ace nos la ha liado. —se desbordaron unas lágrimas de impotencia.

Cuando sus compañeros salieron pitando de la taberna —sin pagar— descubrieron que la pesadilla era real: El barco de Bog Mom se había marchado y no se veía su silueta en el mar.

Nuevo Mundo. Totto Land:

En unas horas llegaría el Queen Mama Chanter a Whole Cake y todos los ayudantes y Hommies esperaban a las órdenes del amo Perospero. Es mejor tener los preparativos listos antes que tarde. A Mamá no le gustaban los retrasos.

Dentro del castillo ya se estaban organizando para la fiesta.

Los hijos de Big Mom ya habían llegado, pero solo los organizadores estaban atareados, aunque el resto, si querían, aceptaban pequeños encargos. Todo iba según lo planeado; habían terminado de decorar el salón de baile y habían traído las fuentes cargadas de deliciosos donuts con glaseado y otros aperitivos dulces. Faltaba otro cargamento por llegar; el más importante porque era el que llevaba los ingredientes y postres más valiosos.

A Katakuri le hubiera gustado decir que no, pero su madre, que siempre estaba hambrienta de festejos y azúcar, no desaprovecharía ningún cumpleaños de cualquiera de sus hijos; y menso de sus primeros trillizos: Katakuri, Daifuku y Oven.

A muchos les daba vergüenza celebrar su cumpleaños cuando llegaban a cierta edad, pero mejor estar de acuerdo con los deseos de su madre antes que arriesgarse a una fiesta sorpresa. Porque las fiestas de cumpleaños sorpresas organizadas por mamá tenían tendencias infantiles: decoraciones animadas y estridentes, fuentes de los dulces favoritos de madre repartidas en cada esquina e invitados que estaban demás. Por eso, antes que exculparse y decir algo como: "No me apetece una fiesta, mejor salgo con mis hermanos a tomar algo por ahí." Mamá podría fingir entender las razones de sus hijos mayores, pero en su mente ya estaba gestando la forma de la tarta e imaginando la decoración. Pero la tarta siempre era un acierto. Ningún cumpleañero elegía los sabores de su tarta, pues mamá ya había realizado el pedido por cada uno de sus hijos para los próximos veinte años de adelanto, y a nadie le molestaba porque la elección de sabores nunca defraudaba. Al menos, madre conocía los gustos de sus hijos y Streusen era un gran pastelero capaz de cumplir la orden de sabores más inconexas y hacer que combinaran en u delicioso pastel de cumpleaños.

Una sorpresa al final de la fiesta que merecía una paciencia entusiasta.

Un pastel que supiera a Donuts, era por lo único que estaba dispuesto a dejar que su madre le organizara una fiesta —sin sorpresas— con su madre y sus hermanos de invitado. Quizás asistiría algún sobrino, y si madre tenía un nuevo marido, también estaba invitado, pero este año no sería el caso. Una fiesta familiar muy concurrida, pero sin decoraciones chillonas y atracciones ni eventos que él ni sus hermanos trillizos no habían pedido. «Solo quiero una fiesta formal» le había dicho a su madre un mes antes cuando le preguntó a él y sus hermanos si quería hacer algo especial para su cumpleaños.

Y hablando de cumpleaños; lo que no podía faltar en una celebración así aparte de la tarta: eran los regalos. Sus hermanos y su madre obvio le regalarían algo. —Él tenía un regalo para Daifuku y Oven, y ellos traerían algo para los otros dos. Su pequeña tradición entre hermanos trillizos— Pero no tendría más de ochenta regalos por tener ochenta y cinco hermanos y una madre atenta. A veces, muchos de ellos se juntaban para hacer un único regalo especial.

No buscaba nada especial este año, estaba bien con la tarta y el bufete de pasteles y donuts. Pero no desdeñaría ningún regalo bien intencionado de sus hermanos. Aunque, si alguno le trajera una mujer de pechos generosos y de altura considerable, estaría más que agradecido. Meneó la cabeza con reproche, no estaba bien pensar esas cosas. Ni siquiera Daifuku y Oven, los trillizos con los que había crecido conocían su faceta lujuriosa.

En su camino al castillo, la gente salía de sus casas para saludarlo y felicitarle. Katakuri se limitaba a agradecerles magnánimo. La gente de Totto Land caía semi-desmayados a sus pies. No podían soportar tanta grandeza ni belleza junta. Katakuri los miraba sin prestar mucha atención a los ciudadanos, pero cuando veía una mujer con curvas y grandes senos, fijaba su mirada en su cintura y escote. Lamentablemente, aunque había muchas mujeres guapas con buen cuerpo, a su lado le hacían parecer un monstruo. Aunque había mujeres piernas largas que no se veían una miniatura a su lado, no significaba que iría a meter ficha, pues, era demasiado arriesgado. Tenía una reputación que mantener y un secreto guardado con el más cauto de los recelos. Aunque sabía que podía tener a cualquier mujer de cualquier isla del país, —salvando a sus hermanas— se abstenía por seguridad. Prefería aprovechar bien sus pequeñas aventuras como pirata, escasas, pero la oportunidad estaba en las islas ajenas a al reino de su madre, donde nadie lo conocía realmente. Incluso en el extranjero encontraba muchas pretendientes. La única condición que ponía era; que tenía que aceptar vendarse los ojos. Si desobedecían, juraba que algo malo les pasaría, esa amenaza velada les hacía replantearse la oferta y reducía los tonteos de algunas jóvenes en exceso atrevidas. Y la mujer que osara desobedecer encontraría la muerte.

—Hermano katakuri. —se acercó Opera.

Katakuri, dentro del castillo dejó que los peones se llevaran su capa negro azabache.

—¿Que pasa, Hermano Opera? —su hermano se veía apurado y una sombra de miedo oscurecía su rostro cubierto de crema blanca.

—Nos acaban de informar que faltan dulces.

—¿Qué falta? —enarcó una ceja.

—Tamago nos acaba de llamar desde Queen Mama Chanter. Dijo que desde hace unos días, la despensa se veía más vacía. Fueron al almacén de los dulces y empezaron a contar, y falta casi la mitad del cargamento. —explicó con alteraciones en la voz que revelaban su nerviosismo.

—Hum… —la merienda no era por el, sino por mamá. Odiaba que las cosas no salieran según lo planeado. Si llegaba a descubrirlo, se enfadaría bastante—. ¿Por qué no hacen traer más? No importa de donde vengan, lo importante es que podamos cumplir el cupo. —sabía que había algo raro, pero lo importante era solventar el problema antes de que mamá le diera una rabieta.

—Pero…

—¿Qué?

La crema de Opera se derritió más y miró a su hermano mayor directamente a los ojos, serio.

—Falta un poco de todo, pero hay algo que definitivamente desapareció… —esperó un momento—Los donuts de vainilla y crema…

Katakuri abrió los ojos como plato. ¿Qué estaba escuchando?

—¿Qué dices? —donuts de vainilla y crema, un tipo de donuts especiales que solo había en dos pastelerías del mundo. Sospechaba que los tendría para su cumpleaños, pero le habían robado la ilusión como a un niño que le prometen que esa tarde irá al parque de atracciones pero se pone a llover.

—Mamá no me perdonará que te lo haya dicho —se llevó una mano a la cabeza—. Pero tu probaste esos donuts, si pusiéramos otros en vez de esos en la tarta, lo notarías, pero mamá no los probó aún, por eso...

—Está bien. —levantó una mano para indicar que parase.

—Hermano…

—Dime ¿el barco ha llegado ya?

—No, pero está apunto de llegar al muelle.

—Está bien. —giró sobre sus talones y se dispuso a salir del castillo. No hacía ni dos segundo que había llegado y ya tenía trabajo que hacer. El elemento sorpresa de la tarta había sido tan prontamente descubierto como arruinado. Y alguien pagaría por ello; aquel impertinente glotón podía darse por muerto.