Dentro del almacén de Queen Mama Chanter:
Oculto en una esquina, Ace intentaba descansar el estómago y su cuerpo.
Antes de darse cuenta, el enorme barco de la Yonkou zarpó de vuelta a casa y Ace se había quedado en la bodega refrigerada picoteando tan despreocupadamente. Y cuando salió a hurtadillas a la cubierta, ya estaban en alta mar. Podría haber cogido un bote e intentar escapar, pero el log pose que podía orientalo en el nuevo mundo estaba en su mochila, la que se dejó en la taberna para no levantar sospechas. Tan seguro estaba de que todo saldría como se imaginaba en su cabeza, que de los nervios por no saber como saldría ahora de este enredo, retornó al almacén y comió más. Y así paso casi tres días, hinchándose de dulces y hurtando alguna que otra carne de la cocina. Había comido tantos dulces que ya le empezaban a sentar mal, también quemaba bastante al ser un refrigerador gigante su lugar de escondite. Pero en general no tenía nada en particular que hacer, salvo dormir y mantener su cuerpo caliente, y cuando cerraba los ojos, nunca se dormía del todo permaneciendo en alerta. Y eso le estaba empezando a pesar factura, pues se sentía somnoliento la mayor parte del tiempo.
Esa tarde estaba oyendo mucho ajetreo afuera. Muy probablemente, estaban preparándose para conducir el barco a puerto. Al fin tierra firme y una nueva esperanza de salir de esta. Había aguantado mucho durante todo esos días, pensando si debía o no enfrentarse a ellos. Ganas no le faltaban, pero no quería meter a padre en un conflicto con otro yonkou. Haría todo lo posible para salir de este lío sin necesidad de usar la violencia.
Pero justo ahora se había dado otro atracón de dulces y se sentía pesado. Así que decidió descansar un poco escondido en su fuerte de cajas vacías oculta tras una esquina de los pasillos que dividían el almacén en segmentos. Su intención era descansar un poco, pero no quedarse dormido.
Katakuri entró en el almacén. El aire estaba frío y el vaho se desprendía de su bufanda al espirar. Llevaba su lanza a mano. Las espuelas de sus botas tintineaban a cada paso que daba. El haki de observación le ayudó a ver el futuro próximo. Sabía lo que hacer.
A mitad del pasillo, se otorgó un segundo y suspiró hondo. Si caminaba como lo estaba haciendo, el polizonte lo advertiría y una inexplicable ráfaga de fuego pasaría por su izquierda y le rozaría la bufanda, prendiéndole fuego. ¿Qué hacer para no llamar su atención? Escrutó por el rabillo del ojo y observó a los asustando pero atentos espectadores que lo observaban detrás de las puertas. Katakuri les indico con un ademán que se alejara y cerraran las puertas. Los hombres obedecieron y cerraron las dos puertas despacio, pero eran grandes y pesadas y los goznes chirriaron levemente. Afortunadamente, nada extraño pasó luego de que quedaran encerrados. Terció en el segundo pasillo. Las bandejas de dulces no se habían movido de sitio, era más seguro esperar que Katakuri solucionara el problema con la rata antes de empezar a descargar. Existía el riesgo de que se fastidiaran los aperitivos, pero Katakuri no iba a permitir que se desperdiciaran ni un solo pastel más.
—Espero que hayas disfrutado lo comido, porque era tu última cena. —Se atrevió a amenazar. El polizonte estaba acorralado. levantó su lanza, en guardia.
Alguien rezongó en la última esquina y escuchó movimiento. Si hacía el mínimo ruido, aún podría cogerlo desprevenido. Matar a una bestia dormida carecía de interés, pero cuanto antes acabara con el problema de forma limpia, mejor.
Con lentitud y cautela, llegó a una pila de cajas y bandejas vacías. Quitó dos cajas de en medio y lo descubrió a un joven de pelo oscuro, hombros anchos complexión fuerte y músculos trabajados que dormía profundamente en posición fetal. Un sombrero naranja le ocultaba parte del rostro. Se agachó y estiró el brazo para descubrir su rostro tranquilo y mejillas marcadas con pecas. No le sonaba, pero algo le decía que no era una rata cualquiera. Ningún hombre con juicio osaría a colarse en un barco pirata y darse un atracón de las arcas personales de Big Mom.
Ace se revolvió de espaldas en sueños y tiró algunas cajas de un manotazo. El ruido lo despertó de sopetón.
—¡Ah! —se sorprendió.
Katakuri abrió los ojos como platos. Ese símbolo tatuado en la espalda era de…
—¿Y mi sombrero? —se llevó la mano a la cabeza.
El general dulce echó el brazo hacia atrás y el acero de mogura refulgió. El impacto abrió una brecha en el suelo. Ni sangre ni cuerpo, solo tablones de madera astillados.
—Oye, ¿le podrías decir a esa gente que abrieran las puertas? —Ace se había colocado detrás de Katakuri.
—Eres rápido. —y él había sido imprudente al no activar el haki antes de dar el golpe.
—Gracias. Oye, no quiero problemas, si les pide que me abran la puerta, me voy pitando y no me volveréis a ver más ¿entendido? —apuntó con el pulgar detrás de su espalda.
—Si no buscabas problemas, ¿qué haces aquí entonces? —desclavó el arma del suelo. No le gustaba dañar el barco.
—¿Una confusión? —se encogió de hombros.
—O eres muy ingenuo, o extremadamente tonto. —observó Katakuri.
—No era mi intención quedarme aquí encerrado. —negó con un aspaviento.
—No tienes idea de lo que has echo.
—Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón.
—Me das pena. Tu tontería te llevará a una dolorosa muerte.
—Podemos arreglar las cosas por las buenas. —No tenía fe en sus propias palabras, pero su voz estaba cargada de la confianza propia de un pirata que sabe que no es precisamente débil.
—Pero solo hay una forma de que pueda perdonarte por tu crimen. —zanjó.
El cuerpo de Ace se prendió en llamas. Podía recorrer un extremo a otro en cuestión de segundos y carbonizar la madera de la puerta no le habría supuesto mucha dificultad. Ese podría ser un buen plan de escape, pero no podía huir. No solo porque quisiera plantarle cara; la mirada de ese hombre decía a viva voz que no lo dejaría en paz hasta los confines del mundo.
Al ver el refulgir del fuego, Katakuri analizó la situación y actuó en consecuencia; Oleadas de mochi se cernieron sobre el hombre de fuego y él, quedando encerrados en una cúpula. Ace intentó derretir el mochi, pero Katakuri lograba reparar los agujeros más deprisa de lo que Ace lograba derretir. Avió el fuego y convirtió las paredes de dulce arroz inflado en llamas sofocantes. Katakuri sudaba a mares, y el humo no tenía donde salir. Si seguía así, el humo acabaría por dañar su pulmones. Pero tenía que aguantar un poco más.
Aquello se había convertido en un horno al rojo vivo, pero incluso la llama más alta se extinguiría en un parpadeo sin se quedaba sin oxígeno que alimentarse. Arriesgado, pero no era el único expuesto al peligro.
Y el fuego de Ace se apagó. Se había consumido todo el oxígeno de la cúpula y su cuerpo cayó agotado envuelto en humo y oscuridad. El mochi derretido goteaba de las paredes y pringó a Ace, Haciendo más difícil resurgir otra llama. No lo entendía. Sabía que aquel tipo lo encerró con él, ¿acaso podría aguantar estar ahí con las llamas apunto de quedarse sin aire que respirar?
—¿Se te han bajado los humos? —Katakuri se acercó a él. Tenía el cuerpo perlado en sudor y sus brazos y torso descubiertos estaban sucios de hollín al igual que su ropa.
Antes de que el círculo de fuego se cerrara, Katakuri se cubrió la boca con una improvisada máscara de mochi con un cordón conectado a la cúpula que se deshizo en menos de un minuto por el calor de las llamas, pero le sirvió para aguantar unos segundos extras. La falta de aire le provocaba mareo.
—¿Eso era un chiste? —Rezongó. Agotado, todavía le quedaba humor a pesar del cansancio. Había estado una semana ahí tirado, atiborrándose a medida que consumía fuego para calentarse. Perdió la forma, pero aún no quemó todo el azúcar—. ¡HIGAN! —disparó una bala de fuego directo al corazón de Katakuri.
La llama pasó sin rozar el agujero que se abrió en el pecho del hombre.
—¡HOTARUBI! —las chispas se dispersaron como luciérnagas de noche. A Katakuri no le hizo falta el arrojo de luz para conocer los movimientos de su oponente, pero un vistazo al futuro lo alarmó de sobremanera—. ¡HIDARUMA! —las luciérnagas acariciaron con calidez la piel de Katakuri, y acto seguido estallaron todas a la vez generando una explosión que reventó la cúpula de mochi viscoso.
Las paredes y los pasteles que estaban en primera fila quedaron impregnados de mochi. La masa de arroz dulce empezó a deslizarse y juntarse hasta formar un cuerpo de cinco metros.
—Eres duro. —resolló Ace. Aunque estaba fatigado, su cuerpo era puro combustible para su fuego. Cruzó los dedos formando una cruz—. ¡JUUYIKA! —la masa amorfa de mochi se dividió en dos como las aguas al ser golpeadas por una vara, esquivando el ataque. —EN…
—Deberías pararte a pensar antes de lanzar ataques a lo loco.
Ace giró tan rápido sobre su eje que trastabilló y casi cae. El general dulce estaba detrás suya, empuñando el tridente. Rápidamente, Ace se dispuso a preparar otro ataque de fuego, pero algo le aferró los tobillos y lo hizo caer estrepitosamente de espaldas. El suelo se lo estaba tragando.
—¿Cómo? —protestó. Intentó arrastrarse hacia fuera, pero descubrió que el suelo se había convertido en una masa pegajosa que envolvía sus talones. Más masa de arroz dulce se aferró en torno a sus brazos y muñeca. Ace forcejeó, pero cuando más se movía, más oleadas de mochi se unían para enterrar su torso. Empezó a sentirse pesado y le costaba respirar.
—Puedo convertir todo lo que esté a mi alrededor en mochi.
—¿Mochi? —bocabajo, lamió el grillete de mochi echo con los tablones del suelo—. Se parece, pero sabe raro.
Esa probada con la lengua, como si lamiera un helado, hizo estremecer a Katakuri. Que sus enemigos probasen o comieran su mochi le dejaba templado, pero algo había en ese gesto que hacía aletear las mariposas en su estómago.
—Depende de lo que "convierta" sabe distinto. —explico. Acto seguido, se preguntó cómo es que le daba explicaciones fútiles al hombre que debía matar—. No tengo tiempo. —atribulado, puso más mochi sobre la espalda del joven. Ace ahogó un grito, apenas podía respirar. Cuando Katakuri empezaba a preguntarse qué hacía que no se convertía en fuego para intentar escapar de la prisión de mochi, el rugido de un estómago hambriento retumbó por el almacén.
—¿Cómo te atreves? —que acto más reprensible, pensó—. ¿Cómo puedes tener hambre después de todo lo que te has comido?
Ace no estaba para replantearse su comportamiento, aunque debería. Pero la cabeza empezaba a darle vueltas y creyó que ese podría ser su fin si no hacía algo para llegar oxígeno a su adormilado cerebro.
—Encima te los comiste tú todos los donuts. —se había comprobado que aunque faltaba un poco de todo, de lo que no quedaba ni una migaja eran esos preciados y novedosos donuts que se usarían como elemento sorpresa para el pastel que toda su familia esperaba con ansias—. A mamá no le importará empezar una pelea con otro yonkou sabiendo tu pecado.
—Ah…
—Le has jodido la ilusión a un niño en su cumpleaños. —el que estaba hablando, era su niño interior, rabioso y triste de no poder comer su dulce favorito. Dijo niño porque no iba a revelar (ni a un futuro cadáver) que era él, el adulto que estaba gruñón y enojado porque no recibiría lo que le habían prometido.
—tio… lo siento. —empezó a llorar. Katakuri se echó hacia atrás, sorbresaltado, y dejó de ejercer presión con su poder—. Si hubiera sabido que era para el cumpleaños… de un niño… no lo habría echo. Perdón.
Las espuelas de sus botas tintinearon al acercarse al comandante de la segunda división de Barbablanca. Con un ademán, el mochi se apartó de la espalda del joven, y acarició el tatuaje.
—No lo toques. —vociferó, molesto.
—¿Qué no quieres que toque? ¿el símbolo, o a ti? —deslizó los dedos sobre la musculada espalda de Portgas. Su palma le cubría la mitad de la espalda. Ace se estremeció con el tacto, el tejido raído del guante le hacía consquillas,
Katakuri reflexionó; era su deber matarlo, pero si empezaban una guerra con otro yonkou sería malo para el imperio creciente de madre, tampoco quería involucrar a sus hermanos se vieran envuelto en tal guerra. Por supuesto sopesó la idea de echar las culpas a otros, pero si Barbablanca descubría la verdad estarían en la mismas y puede que atacara con más rencor.
Se quitó el guante algo destrozado y acercó un dedo a los labios de Ace. Esos labios habían probado sus anhelados donuts. —hacía media hora no sabía que adornarían la tarta, pero estaba tan decepcionado como si hubiera estado contando los días para que llegara la hora del pastel— Acarició esos carnosos y cálidos labios y Ace profirió un gruñido de protesta, pero no tenía intención de morder. Se llevo el dedo a la boca. Sabía dulce, demasiado dulce; una mezcolanza de toda la confitería que había pasado por su boca.
Ace ya no sentía presión, tenía el pulso acelerado y respiraba con fiereza, no sabía qué pasaría, pero tenía que salir de esta. Su oponente era inteligente, quizás demasiado para un chico obstinado con medir su fuerza. Padre decía que debías observar bien a tu enemigo antes de atacar, pero Ace solo se quedaba con una idea superficial de sus enseñanzas. Como joven imprudente que era, no sabía medir sus límites.
La fuerza no residía en su tamaño. El hombre tenía una poderosa lanza, una pasmosa intuición y un control abrumador sobre su poder. Se había enfrentado a rivales grandes y fuertes, y hasta un barco de la marina, pero ninguno tenía ni punto de comparación con el general dulce. Como sea, Ace no dudaba ni un segundo de que no fuera capas de poder con ese tio de cinco metros a pesar de que las circunstancias no lo favorecían.
De momento, no atacaba porque quería observar la situación. Katakuri lo mantenía aferrado al suelo pegajoso de mochi, pero ya no lo presionaba para asfixiarlo ¿por qué? ¿a que venía inspeccionar su tatuaje? ¿estaba buscando algún rastro en sus labios? ¿de qué? ya sabía que él se los había comido. Su comportamiento le parecía muy extraño.
Katakuri se agachó y acercó su nariz a la melena oscura y brillante de Ace. El joven soltó un quejido, incómodo. A este punto, ni siquiera el general dulce podía explicar su manera de actuar. Pero algo había; no sabía si era su olor, el sabor melifluo de sus labios, o algún aspecto de su constitución que le hacía dudar cada segundo al tiempo que no dejaba de mirarlo con más anhelo.
Pasó el dedo índice anular por su cuello, deslizándolos hacia abajo siguiendo su columna como guía. Hasta toparse con el pliegue del pantalón. Dudó un instante. Y finalmente apretó una de sus nalgas; suaves y firme.
—¡HEY! —protestó. Ace dobló el cuello observando pon el rabillo del ojo donde se estaba posicionando esa manaza.
Apunto estuvo de tirar del cinturón de cuero del muchacho hasta que su consciencia lo detuvo. «No, aquí no. No debo.»
El estómago de Ace volvió a aquejarse con sonoros gruñidos, y el enfado de Katakuri, casi extinto, volvió a fulgurar en sus ojos y arrugó su entrecejo. Ace estaba apunto de convertirse en fuego, pero tenía mucha hambre. Aunque aun quedaba muchos dulces, lo que le apetecía realmente era algo salado; pasta o carne.
Se sentó a horcajadas encima del joven moreno. La sombra de su gran torso cubría el metro ochenta y cinco que constituía la estatura de Ace. La arruga en el ceño de Katakuri se dobló y aumentó su enojo. Ace respiraba con fuerza. Había pagado su fuego casi por completo y el frío de la despensa empezó a penetrar en su piel. Cuando Katakuri se posiciono encima suya, cierto calor corporal le cobijó, pero tenía los nervios a flor de piel. Sentía un aura muy pesada sobre el, pero ni rastro de intenciones asesinas que lo obligaran a incendiarse aunque le quedaran pocas fuerzas.
Katakuri bajó su caderas con cuidado y rozó la bragueta con la costuras del pantalón del joven. Ace ahogó un gemido de sorpresa. Katakuri movió la cintura con cuidado, emulando los movimientos del coito. Ace no podía expresar con palabras la incómodo que se sentía y soltó un gruñido a modo de protesta. El general dulce tampoco estaba conforme, no había encontrado la posición adecuada y eso le fastidiaba de sobremanera. Ace era demasiado bajo comparado con el, como una rata al lado de un gato.
Inclinándose más hacia abajo, los cabellos oscuros del joven le hacían cosquillas en los pectorales. Si Ace doblara las rodillas para alzar su culo estaría mejor. Entonces, unos locuaces pensamientos le sobrevino, despertandolo del sopor. Y comprendió con repulso lo que estaba haciendo. Dejó más espacio entre su torso y el cuerpo tembloroso recostado del moreno. Apartó el mochi de las piernas y los brazos de Ace y le ayudó a ponerse boca arriba. Despacio, Katakuri volvió a posicionarse y se impactó al descubrir también que Ace abría las piernas, permitiendo el paso su entrepierna, que ya la estaba sintiendo muy apretada. Apenas lo había tocado y ya estaba ardiendo en deseo de intimar con ese enano pecoso. Ace agarró el dobladillo de la chaqueta de cuero. Podía haberle prendido fuego, pero se abstuvo. Katakuri agachó la cabeza y subió la mirada del joven con gentileza. Su cuerpo le hacía sombra, pero a través de las sombras los colores encendidos de su mejillas sobresalían sobre su piel bronceada por el sol.
Hacía frío, ambos desprendían vaho entre sus labios, pero ninguno tenía frío.
—¿Qué haces? —le preguntó.
—¿Y tu? Te has puesto a manosearme. —la verdad era que Ace, después de tanto tiempo encerrado en el barco, intentando matar el aburrimiento con dulces y más bollos, surgió en el un imperioso deseo de necesidad antes horas antes que el general dulce le atacara de improvisto y que reprimió con voluntad. El hombre que tenía delante no podía describirse como atractivo a ojos de Ace, pero no pudo evitar estremecerse cuando le tanteó la espalda, y la forma que le acarició sus labios le resultó tierno. Pero las ganas de aquel gigantón quedaron expuestas cuando le tocó la nalga, y Ace, aparte de sobresaltado, las ganas de aliviar su fuero interno acudieron a él.
Puede que no fuera ni el momento ni el lugar, pero cuando el calentón acudía era difícil de controlar.
