Me siento algo incómoda cada vez que pongo la palabra "coger" por lo que significa en argentina ¿no os pasa? Así que evito usarla, pero en ocasiones me es imposible. Chicos, recordad; en España coger significa agarrar algo.
Le costó reconocerlo, pero si, se sentía atraído por ese pirata de la familia de Barbablanca. Prefería a las mujeres que le llegaran a la altura de los hombros mínimo y pechos generosos con caderas redondeadas. Pero algo había en el talle de ese hombre que despertaba su pasión. Contempló su rostro un par de minutos, para él, Ace si era hermoso. Y bajando más los ojos, sus dedos ya anhelaban estrujar esos pectorales y juguetear con sus pezones. Pellizcó suavemente su mejilla rosada salpicada de pecas marrones. Le asaltó el terrible y pecaminoso deseo de besarlo. Rezaba como cura luchando contra los impuros deseos de la tentación. No podía dejar que descubriera su horrenda boca, o entonces no le quedaría más opción que matarlo ahí mismo. Justo ahora que había pensado un plan para salvarlo de la ira de su madre y sus hermanos por unas horas más.
No era su deber. Su objetivo para con su banda y familia era perseguir el sueño de su madre y cuidar de sus hermanos.
Ace acarició con la yema de los dedos los bíceps del General dulce, bajando con sinuosas curvas hasta su mano. Le tomo la mano y la guió a su abdomen. Katakuri le pellizcó un pezón. Un cosquilleo recorrió el cuerpo de Ace cual escalofrío. Katakuri no podía aguantar más, quería degustar ese delicioso néctar. En particulares ocasiones, las flores más pequeñas contenían el perfume más embriagador.
Retuvo sus ansias, pero la presión en sus pantalones se hacía cada vez más insoportable.« Cómo habré llegado a esto». Se preguntó. Tampoco explicaba que el atrevido polizonte compartiera la misma tentación. ¿O sólo estaba fingiendo para obtener más tiempo? En cualquier caso, tiempo es lo que estaba obteniendo.
—¿Amo Katakuri? ¿qué ocurre? —importunó un soldado golpeando la puerta.
Katakuri agradeció que ninguno se atreviera a abrir las puertas, aunque dudaba que interpretaran la situación a lo que en realidad sucedía. De sorpresa, Ace pasó sus piernas por los muslos del hombre mochi. Atrayendolo a sus caderas.
—Que osado—. contestó.
Ya había pasado cerca de una hora desde que Katakuri se encerró en los almacenes y Tamago y el resto de soldados estaban algo preocupados. No sabían lo que estaba pasando, por mucho que pegaran la oreja a las paredes, no se oía nada. Entonces unos firmes nudillos tocaron la puerta desde dentro.
—Si, amo Katakuri. —respondió el soldado y abrió la puerta. El general dulce no pronunció palabra alguna, pero sabían de sobras que era el único que podía llamar a la puerta. Por supuesto, quien o qué hubiera entrado ahí no tenía oportunidades de salir del almacén con vida.
El general dulce subió a la cubierta con un pegote de mochi en el brazo.
—¿Qué era eso? —curioseó Tamago.
—Un sucio pirata que se pasó de listo.
—¿Un pirata? ¿de qué bando? Hay que informar a Mamá de esto.
—De eso me encargo yo. —respondió con altivez, categórico.
—claro… —Tamago se encogió de hombros, arrepentido de su osada insistencia.
—La bodega a sufrido algunos desperfectos, pero nada grave. Algunos dulces se han echado a perder, pero aún quedan bastantes, apresúrense y descarguen. —imperó—. Me desharé del cadáver ahora.
Los piratas de bajo rango obedecieron la orden del general sin rechistar.
Al fin en casa: en su mansión en la isla Komugi.
Retiró el mochi que cubría el cuerpo de Ace y lo dejó en el suelo. Ace tosió, le costaba respirar con todo ese mochi. Si había sido inteligente al aceptar la ayuda de quien le intentaba matar hace menos de un día lo sabría ahora.
—¿Donde estoy? —increpó mirando a los lados. Estaba en la entrada de un recibidor grande aparentemente normal, pero las paredes rosas tenían capa de crema, como un pastel. Y olía a dulce y crema pastelera. El deliciosos olor le despertó el apetito y su estómago volvió a gruñir.
Katakuri le dedico una mirada reprobatoria.
—Lo siento… —se acarició el abdomen, no podía hacer nada para remediarlo, salvo comer.
—Vamos al baño, necesitamos una ducha. —dejó las botas en la entrada y Ace lo imitó. Con tantos hermanos, le sobraban zapatillas para los invitados. Aunque la talla más pequeña le venía algo grande.
—¿Vamos a bañarnos juntos?
La cara de Katakuri se puso roja como el tomate. ¿En qué estaba pensando? No podía dejar que le viera las costuras de la boca ni esos dientes anormalmente afilados.
—Mejor tu primero. ¿Necesitas que te enseñe como va la ducha?
—No puedo oler tan mal, apenas hace dos semanas desde la última vez que me di una ducha.
—Ve al baño ahora.
—Que sepas que el que me ha puesto pringoso eres tu. —replicó con aire de suficiencia.
—¿Esto es tuyo? —Katakuri le mostró el sombrero naranja que había cogido del suelo.
—Si tio, gracias. —le sonrió.
Antes de tocarlo, Katakuri retiró el sombrero poniéndolo fuera del su alcance.
—Te lo dejaré en la mesa del salón. Ahora tienes que labarte.
Ace lo miró dubitativo. No le gustaba recibir órdenes, pero tampoco encontró objeción alguna.
—Está bien. Supongo que debo agradecerte por dejarme usar tu baño.
«Tienes que agradecerme muchas cosas». pensó para si mismo.
Ace se dio una larga ducha de agua caliente. Ya no le gustaba sumergirse en la bañera como antaño, pero todos necesitaban cuidar su higiene personal. Ace salió del baño con más ánimo que cuando entró con una toalla prestada sujeta al cinto. Se le antojó un poco de leche fría y no dudó en pedirle a su anfitrión. Katakuri gruñó molesto en respuesta a la petición osada del joven, pero no dudó en regalarle un botella de leche bien fría. Ace bebió con avidez.
—Te he puesto comida. Espérame. —señaló una fuente de fruta fresca y alimentos ligeros sin extra de azúcares. Ace corrió a por la comida y empezó a engullir. Quería carne o pasta más que otra cosa, pero no iba a negar una ofrenda igual de generosa.
Katakuri se metió en el baño tranquilo. Aunque Ace tuviera intensiones de escapar, no lo haría mientras tuviera hambre y él comida que darle. Se apuró en ducharse intuyendo que al moreno se ventilaba un plato lleno en dos suspiros. Cuando salió con el albornoz puesto y una toalla que le tapaba la boca descubrió a un Ace con el estómago lleno y somnoliento que se había comido hasta la mesa de galleta y chocolate.
—Mi mesa… —abrió los ojos, espantado.
—Estaba buenísima. —eructó—. Lo siento.
La vena de la frente empezó a hincharse, pero se controló. Podía mandar a hacer otra.
—No es tiempo de reposar, vamos a hacerlo. —cogió a Ace en brazos y se lo llevó a su cuarto y lo acostó en la cama. Su cama medía seis metros de altura y cuatro de ancho. Los dos cabían perfectamente.
Ace, que quería descansar como un león después de comer, se acomodó entre las sábanas rosadas y violetas y cerró los ojos.
—Nada de dormir. —le quitó de un tiró la toalla que usó para secarse y taparse.
—Ah… ¿no dormiremos un poco? —No había descansado bien los últimos tres días y quería echar una buena siesta. Porque aunque tenía ganas de hacerlo, se encontraba algo cansado y las cómodas sábanas de esa enorme cama le daba sueño.
Faltaba menos de tres horas para que diera comienzo la fiesta de cumpleaños. No podía permitirse echar una cabezada, menos teniendo un invitado desnudo en la cama.
Katakuri no esperó más y estrujó los pectorales de Ace; suaves y duros. Pellizcó los pezones y los acarició con el pulgar.
—Ugh… —arrugó el entrecejo y se mordió el labio inferior. Su expresión podía interpretarse como molesta, pero los movimiento esporádicos de su cuerpo revelaban sus ansias.
Abrió las piernas y adelantó sus caderas. Katakuri, pendiente de sus estremecimientos, bajó una mano a su entrepierna y presionó un poco con el pulgar la entrada del joven.
—Ah… —Ace se estremeció y se retiró un poco.
—¿Es tu primera vez con un hombre? —para él no lo era. Si bien prefería a las mujeres, no era la primera vez que sentía atracción por un cuerpo masculino y acababa desfogándose con algún que otro varón en las islas que visitaba.
—No… —Negó. Y era la verdad. Su primera vez fue con un hombre no hace mucho. Y si acababa haciéndolo con ese grandullón, sería su segunda vez en su vida. Pero era inevitable ponerse nervioso, sobre todo cuando parecía querer meterle un dedo.
—Tranquilo —sacó un tubo de vaselina del cajón de la cómoda al lado de la cama.
—Oh, que bien. —se alegró Ace.
—No hay que ir con prisas aunque tengamos un tiempo limitado. —se impregnó los dedos de vaselina y se acercó a la abertura de Ace.
—Oye. —protestó.
—¿Qué ocurre?
—No pienso dejarme meter nada. —advirtió endureciendo la mirada.
Katakuri frunció el ceño, enfadado. Pasó demasiadas cosas por alto para conseguir un polvo oportuno, pero si al final no podía conseguir eso…
—Tu te comiste los pasteles y mis donuts. Prácticamente me has dejado sin tarta en mi cumpleaños. Si no puedo merendar lo que me gusta, al menos te tendré a ti. —Lo que dijo y la forma en que lo dijo le estaba avisando de antemano a Ace lo que le esperaría. Y si se negaba aún, el enemigo resurgiría en la adusta mirada de ojos rojos de Katakuri.
—¿No eran para un niño? —le agarró los brazos.
Abochornado, su rostro se tiñó de rojo.
—Iba a formar parte de la tarta de cumpleaños… mi tarta. —y la de sus hermanos trillizos.
—Bueno… —desvió la mirada. También a él le parecía embarazosa la situación—. Pues felicidades… —sonrió débilmente.
Detrás de su vergüenza, quedaba mucha lujuria por aplacar. Su miembro palpitaba en deseos. Necesitaba prepararlo enseguida. Volvió a las caricias, despacio acarició las nalgas del joven y rozó su entrada. Ace cerró las piernas.
—No quiero eso. —espetó con tono de advertencia.
—Pero eso es lo que yo quiero.
—Y yo quiero estar arriba.
—¿Arriba? —profirió con desdén sintiéndose ultrajado.
—Si. —insistió con tono meloso. Siguió las líneas del dibujo tatuado en el brazo de Katakuri.
—¿Estás tonteando conmigo? —siempre se consideró un hombre paciente, menos para la comida. Pero entre los juegos de Ace y la asistencia obligatorio de su propio cumpleaños y sus hermanos trillizos lo estaban sacando de sus casillas. Claro que le gustaría tener la tarde y la noche libre para discutir con ese apuesto hombre que encontró en el almacén como caído del cielo, pero el tiempo se le echaba encima y llevaba mucho sin follar y no quería hacerlo apurado a última hora.
—Quiero estar encima, me siento agobiado estando aquí abajo, eres muy grande. —confesó—. Quiero estar arriba y moverme como quiera.
Katakuri no daba crédito a lo que oía. Menuda rata osada. ¿Acaso se creía que era su consolador?
Hastiado, le agarró las piernas y lo obligó a separarlas. Contempló la erección del joven, también estaba excitado e impaciente por buscar alivio. Lo único que no le complacía era su descabellada petición de macho alfa.
—Como es tu cumple, daré lo mejor de mi. —esbozó una media sonrisa socarrona.
—Te burlas de mi.
Ace tiró del albornoz y estiró la espalda y acortó la distancia entre los dos. Tiró de la toalla que cubría el cuello y le plantó un beso en los labios. Katakuri tembló de excitación. Casi nunca tenía oportunidad de dar besos en la boca, ni siquiera cuando vendaba los ojos de las mujeres se sentía lo suficientemente capaz. Ace lamió los labios y los pequeños dientes afilados que sobresalían de la comisura. Pprofirió un gemido de insistencia, exigiendo con lamidas que quería profundizar. Katakuri entreabrió los labios, dubitativo. Ae pasó los brazos por el grueso cuello del general dulce y lo atrajo hacia si. Introdujo la lengua en el interior de la boca de Katakuri; caliente y húmeda con un sabor a harina y bizcocho.
—ugh… —gimió Ace.
Katakuri se apartó de pronto. Temía que hubiera sucedido: que sus afilados dientes interrumpieran la vorágine de besos y placer y que el miedo de herir lo sobrepasara tanto que perdería toda la concentración y la pasión. En ese momento se maldijo; No quería taparle los ojos, deseaba ver con detalle cada expresión del sensual moreno. Y ahora le estaba pasando factura.
Ace lo miró con expresión de inquietud. Katakuri estaba acongojado. Lo estaba viento, tal cual era: feo y con horrendas cicatrices que dividían su boca.
El impulso de arrancar ese miedo de cuajo lo despertó del sueño. Él no debía permitir esto ni un segundo más. Levantó la mano y… Ace se se reclinó para volver a besarlo.
—No puedes pensar tanto tu próximo movimiento. Tienes que dejarte llevar. —se relamió los labios al separarse para tomar un poco de aire.
Katakuri lo abrazó. La espalda del joven eran ancha y fuerte, pero comparado con su brazos solo era un tronquito blando y caliente. Sin embargo, jamás antes se había sentido tan cercano y unido a nadie. Ya nada era igual, su concepto de "estar con alguien" cambió para siempre. Sintió como si esta fuera la primera vez que abrazaba a alguien de verdad, hasta entonces, solo rodeaba con sus brazos cuerpos calientes que prestaban su carne, a diferencia de ahora, que podía notar la calidez del alma de la persona que estaba tocando.
