Con mucho esmero y cargado de paciencia, sin que el hombre pudiera advertir su objetivo, Ace consiguió cambiar posiciones. Ahora Katakuri yacía tumbado boca arriba sobre la cama y él estaba sentado a horcajadas sobre su torso.

—Estás muy bien. —comentó juguetón. Katakuri tenía la cara y el cuello rojo de excitación mezclado con vergüenza. En un mismo día, se había expuesto vulnerable ante una persona, y no podía estar más agradecido.

Pasó la lengua por las líneas coloreadas del tatuaje que cubría el torso de Katakuri. Bajando poco a poco, sus intrépidos dedos se colocaron en el miembro erecto antes que la carnosa y húmeda punta de su lengua. Katakuri se estremeció de emoción. ¿Se la iba a chupar? Esperaba que si, después de todo, lo estaba dejando hacer. Algo debía servir que le brindase tomar la posición de activo.

Ace lamió de arriba abajo el pene duro y resbaladizo de Katakuri. Lo midió cuidadosamente con las manos y se sorprendió más todavía de su tamaño. Y pensar que el tio quería meterle esa porra por donde él hacía sus necesidades. Se guardó sus pensamientos y siguió lamiendo con el mismo frenesí que comía un cucurucho de helado de cinco bolas en plena tarde de verano. Ya lo había echo antes en su primera vez, y criticaron su forma de hacerlo por falta de experiencia. Esta sería su segunda vez y no esperaba hacerlo perfecto, pero si mejor que la primera, pues aunque le molestaban las críticas escuchó todos los consejos que le dieron.

El glande era una parte muy sensible del aparato reproductor masculino, cosa que no le costaba comprender. Así que besó la punta apretando los labios. Katakuri dio un respingo de gusto. Ace se concentraba en las partes sensibles, acariciándolas, lamiéndolas con ímpetu y besándolas imprimiendo presión en los labios. Pero cuando intento metersela en la boca —ya entendía que no iba a caber entera— casi se atraganta antes de llegar a la mitad.

—¿Estás bien? —preguntó Katakuri preocupado al verlo toser.

—No voy a poder meterla en la boca… —confesó.

Katakuri se lamentó un poco. Y empezó a preocuparse de verdad de la diferencia de estatura.

—No importa, me gusta todo lo que estás haciendo. —contestó comprensivo.

—Pásame la vaselina. —pidió tendiendo la mano abierta.

—¿En serio?

—que si hombre.

—Me llamo Katakuri, por cierto. —se le olvidó presentarse. Antes pesó que solo sería un aquí te pillo aquí te mato, sin necesidad de dar nombres. (Igual planeaba matarlo después) pero ahora los nombres cobraron importancia.

—Y yo…

—Ace. —se adelantó Katakuri. No podía evitarlo.

—¿Lo sabías? —le brillaron los ojos.

—Si, eres famoso. —Mintió. No había visto su cartel de recompensa de la Marina, pero no quería que supiera que usó el Haki de observación para predecir su nombre. De pronto, el uso de esos trucos eliminaban la gracia del encuentro.

Ace sonrió muy contento y le brillaron los ojos de orgullo. Se estaba haciendo un pirata reconocido. Abrazó a Katakuri en un arrebato de euforia. Katakuri sonrió enfático. Si hacía feliz a Ace, todo era válido.

Los abdominales de Ace empujó el miembro de Katakuri contra su estómago. El arropo entre los dos cuerpos excitaron aún más a Katakuri.

—Pásame la vaselina, anda. —volvió a pedir con tono paciente.

Katakuri le alcanzó el tubo de vaselina. Se prometió que no usaría el Haki para desvelar sorpresas. Aunque a veces no podía evitarlo, aunque durante el coito le resultaba muy difícil por no decir imposible. Encontrar la calma cuando estaba de camino a la cúspide del orgasmo era una hazaña que todavía no podía cumplir.

Ace se echó una porción generosa de sustancia en la mano. Y sin vacilar, deslizó la yema de los dedos por el recto de Katakuri.

El general dulce casi brinca de la impresión. ¿Qué estaba sucediendo? ¿La vaselina no era para él?

—¿Qué estás haciendo? —sentía como los pequeños dedos de Ace se removían en su interior.

—Prepararte un poco. —respondió con una sonrisa en los labios.

—No quiero…

—Te vas a sentir bien, lo prometo.

—Si me dejas a mi, también te lo prometo. —replicó.

—Tu pene es un poco grande para mi.

—Seguro que tu culo se dilata mejor que tu boca.

—Pues yo no aguanto más. —hizo caso omiso a la frase mordaz del hombre. Sacó los dedos y se frotó el miembro resbaladizo. Ya estaba muy cargado de sangre y lujuria. Si no la podía meter, enloquecería.

—Espera… —pidió Katakuri un tanto temeroso. Ace, con un alarde de fuerza, separó las largas e inmensas piernas de katakuri, sosteniéndolas, y con ayuda de una mano y un poco de empuje, consiguió introducirla.

—Ah… —sintió un espasmo.

Ace empezó a mover las caderas con pasmosa lentitud. No sabía como se encontraba Katakuri. Había sido muy impulsivo, apenas lo había preparado, pero sabía también como él que su miembro no supondría demasiada dificultad ni presión para un tipo tan inmenso.

Antes, pensaba que si se la llegaba a meter no notaría nada, pero ahora que se estaba moviendo dentro, la notaba perfectamente, como iba y venía y acariciaba su interior blando. Observó la cara de Ace y descubrió a un joven con la tez roja ardiente de pasión y deseo, que gemía más que respiraba. Esa preciosa visión le ayudó a combatir la vergüenza, y poco a poco, comenzó a dejarse llevar. Hoy, en riguroso secreto lo había perdido todo; su control, la calma, todas las leyendas que hablaban de su ilustre persona se habían echo añicos en un sólo día. Y no podía ser más feliz. Lo único que le faltaban eran los donuts y un pastel de cumpleaños, que esta misma tarde tendría y completaría el mejor día de todos.

Ace aceleró más y se abrazó a las anchas caderas de Katakuri, aplastando de nuevo el miembro contra su estómago. La fricción y el traqueteo entre los dos cuerpos calientes le hizo sentirse pletórico y plenamente estimulado. Gozaba más que cuando era él quien embestía y descargaba la tensión apretando un par de tetas.

Besó y pasó la lengua por los recovecos de los abdominales de Katakuri, frotó las caderas y el abdomen con unas manos ansiosas en busca de estímulo. Pasado unos minutos, la postura ya no le parecía tan cómoda y tuvo que parar de arremeter por unos segundos para posicionarse. Durante la pausa, Katakuri se planteó someter al moreno ahora que tenía una oportunidad, pero su cuerpo solo respondió abriendo más las piernas. No quería cambiar nada, solo quería que Ace continuara. Ace pasó las piernas por los muslos de Katakuri y presionó las rodillas como pinzas que se asían. Guió su miembro hacia el agujero húmedo y dilatado y empujó, moviéndose al mismo ritmo donde lo había dejado.

Katakuri gemía gozoso. Dobló la espalda y abrazó con fuerza moderada la espalda de Ace. El avance del miembro del joven y la presión de su miembro entre los dos cuerpos lo embriagaban de éxtasis. Ya no pensaba en lo bien que lo estaba pasando; porque no pensaba, solo se dejaba llevar por los impulsos de una pasión carnal que lo sumergían en un remolino de deseo y orgasmos.

—Voy a correrme, no pienso apartarme. —anunció Ace con los labios fruncidos.

Katakuri no quería que lo soltara todo en su recto. Por otra parte, su cuerpo se estremeció notablemente tras escuchar las entrecortadas palabras de Ace. Y en vez de negar su descarada afirmación, intensificó los movimientos de sus caderas y ordenó sin reparo:

—Más fuerte…

Ace obedeció y subió el ritmo hasta que no aguantó más y eyaculó dentro.

Descansó unos segundos para recobrar el aliento y la sacó, pringada de su esperma y vaselina. Katakuri resollaba cansado, igual que Ace, pero el joven, a pesar de haberse movido más que el, todavía no había acabado. Y además, Katakuri no había echo lo suyo aún.

—Ponte boca abajo. —pidió el moreno con voz entrecortada.

Katakuri lo miró largo y tendido. ¿Desde cuando él obedecía órdenes de alguien menor que él sin tener su sangre? Pero antes de erguirse, Ace subió para alcanzar la boca de Katakuri y besarlo con fogosidad.

Le costaba contenerse, pues como él, Katakuri quería arremeter con fuerza y devolverle los besos con más pasión. Pero no podía ser.

Katakuri abrió más la boca de lo que el moreno podía separar la mandíbula y sus lengua se entrelazaron libremente. Pararon cuando Ace necesitó tomar aire. Volvió a la carga pasando la lengua por el grueso cuello de Katakuri, bajando más, se encontró con un pezón y empezó a succionar la tetilla. Katakuri se estremeció un poco, pero lo que realmente le fascinó fueron esos dedos calurosos que le apretaban los pectorales y se deslizaban hacia abajo, palpando con ansias hasta hallar su miembro.

Ace tenía una clara idea de lo que quería hacer, pero se quedaba corto de altura y se vio obligado a bajar el cuerpo entero un par de centímetros. Juntó los dos penes y empezó a masturbarlos a la vez con la ayuda de sus dos manos. Había una diferencia notable de altura y anchura que beneficiaba mas bien a Ace en la práctica. Ace tenía mucho recorrido, estaba encima y podía maniobrar con libertad y sus pulgares cubrían bien el tema, pero no podía hacer lo mismo con el miembro de Katakuri, que este notaba todas las partes que se estaba dejando sin acariciar apropiadamente. A pesar de que no podía ser como le gustaría, la realización de la práctica le daba morbo y aumentaba su excitación.

A Ace no le quedaba mucho para volver a eyacular y no quería hacerlo fuera, sino cubierto en un sitio caliente y cómodo. Bajó un poco más y pidió otra vez que se diera la vuelta. Katakuri, más sosegado y hambriento de más experiencias, obedeció. Ace levantó los faldones del albornoz blanco y separó un poco las nalgas del hombre y arremetió contra sus duro y suave trasero.

Se aferraba a la almohada y mordía con ganas el tejido con relleno de plumas. La estaba destrozando, pero no le importaba. Los movimientos de Ace, ágiles y enérgicos, le brindaron tanto o más placer que antes. Katakuri redondeaba con sus caderas los movimientos monótonos del joven. Aunque controlaba bien los ritmos, su repertorio de movimientos de caderas era escaso. No tendría mucha experiencia, pero su juventud jugaba a su favor haciéndole más fuerte e incansable. Katakuri estaba encantado, exuberante, pletórico de alegría y placer desmedido. Había posiciones imposibles para los dos porque Ace no daba la talla —literalmente—, pero eso no evitó que Ace continuara con las mismas ganas que al inicio durante una hora. Katakuri suplía la falta de experiencia del moreno dando consejos oportunos en el momento conveniente entre jadeos y gemido, y su experimentadas y trabajadas caderas consiguió despertar más sensaciones al movimiento enriquecido por ambas partes. Ace aprendió mucho durante esa sesión de sexo, y acabo exhausto al eyacular por segunda vez.

Estaba apunto de caer tumbado sobre el colchón y echarse una larga y reparadora siesta hasta que Katakuri se volvió para mirarlo con ojos tristes y mirada suplicante. Él aún no había llegado. A pesar de todo el placer que le dio, a Katakuri todavía le quedaba un poco para llegar al culmen. Cambiaron de postura y quedaron sentados, uno frente al otro. Solo Katakuri podía mirarlo al rostro, Ace no tenía tanta fuerza para subir la mirada mientras lo hacían.

Apresurado, Ace estrechó bien los costados del general dulce e hizo acopio de fuerza de voluntad y lujuria para regalarle los últimos empujones que podía dar. Sintió los espasmos del miembro del hombre contra su abdomen seguido de un chorro de esperma que salió disparado y salpicó los cuerpos de ambos.

Ace había quedado medio muerto. Ya no podía más. Cayó rendido sobre las piernas de Katakuri, impregnado de semen.

En ese momento, Katakuri sopesó bien todo su abanico de posibilidades: Podía matarlo ahora sin ningún reparo, de forma limpia y sin rastro de sangre, pero… no podía. Echar la culpa a su agotamiento no sería mentir del todo a si mismo, pues se encontraba cansadísimo, pero podía mantenerse despierto y, obvio le quedaban fuerzas para darse una ducha y vestirse para acudir a su infaltable fiesta de cumpleaños. Pero, cuando más miraba esa cara risueña y esas mejillas rosadas y cubiertas de pecas, una ternura desbordante asaltaba su corazón. Le acarició el cabello oscuro y Ace refunfuñó algo en sueños. Aquello no había sido dolo sexo, fue algo más que aplacar el lívido de cada uno. Katakuri recordó que, cuando Ace quería besarlo, no dudaba en cesar un momento para alcanzar sus labios y devorar su boca a besos, acariciar sus hombros y estrujar sus pectorales, apretarle los pezones y restregar su rostro contra el hueco sus pechos. Para él, que hiciera algo así era una muestra de cariño y atención considerable.

Sin embargo tenía que hacerlo. Ace osó a contemplar su rostro al descubierto, lo besó con picardía embriagado de lujuria sin ningún reparo.

Probablemente el joven no se detuvo a mirarlo detenidamente aunque notara algo raro, pues saciar sus ganas era lo primero. Puede que realmente no le importara el aspecto de sus fauces y que no pensara ni por asomo que era algo por lo que asustarse y mucho menos para poner freno a lo que estaban haciendo. En cualquier caso, Ace lo vio, y ese echo irreversible desembocaría en su condena final.

El joven se retorció en sueños. No estaba en una buena postura. Katakuri se recostó sobre los almohadones húmedos y destrozados. Dejó que Ace subiera —adormalidado— un poco más arriba y buscara un hueco acogedor y cálido entre el brazo y el costado de Katakuri. El general dulce no lo pensó dos veces y encajó su brazo en torno al cuerpo del chico, que dormía profundamente a pesar del olor a sudor y lo pegajoso que debía de sentir la piel.

Katakuri cogió el despertador que tenía en la cómoda y activó la alarma para que sonara dentro de una hora. Aún le quedaba tiempo para acudir a la fiesta sin retrasos. Quería descansar un poco antes de prepararse. Su intención no era dormir, sino pensar, y eso es lo que hizo; pensar y pensar…

La alarma estridente del reloj sonó perturbando el profundo sueño de Katakuri. Dio un respingo al despertarse de sopetón y estiró el brazo para alcanzar el reloj que vibraba al sacudir las campanas de latón como panderetas. La habitación se quedó en calma y Katakuri dio un largo y sonoro bostezo. Se levanto y las sábanas se le quedaron pegadas al cuerpo, estaba pegajoso y no olía muy bien. Echó la vista atrás y escudriñó entre los pliegues de la sábana.

No estaba.

Se levantó y estiró la columna y los brazos. Tenia que prepararse ya. Caminó hasta el cuarto de baño y lo repasó con la mirada. El suelo estaba mojado y las toallas desordenadas. Abrió el cesto de la ropa sucia y encontró su ropa negra de cuero.

Sin más demora, abrió el grifo del agua caliente y se dio una corta ducha. Era agradable quitarse todo el sudor y la suciedad de encima. Pero aunque le relajaba sentir el agua arrastrando la suciedad y frotarse con la esponja hasta hacer espuma, existía un pensamiento que no se desprendía ni se dejaba arrastrarse por el sumidero.

Ya sabía que Ace, si llegaba a despertarse mientras el dormía, se escaparía. Eso estaba bien, porque no quería lidiar con la carga de su muerte. No quería matarle, por nada del mundo. Lo único que esperaba ahora; es que el chico fuera lo bastante prudente —más listo que cuando se atrevió a meterse en la despensa de un barco pirata ajeno— para escapar sin ser atrapado. Seguro alguien lo descubriría, el mar que rodeaba las islas que conformaban Totto Land estaba lleno de espías acuáticos. La suerte lo acompañaría si salía de ese mar airoso.

Al pasar por el vestíbulo, reparó en un nuevo elemento depositado sobre el mueble del recibidor: un donut encima de una nota que rezaba: "Gracias por todo. Siento haberme comido todos esos donuts, pero guardé uno. No me acuerdo del motivo, pero supongo que a esto lo llaman destino. Espero que aún sepa bien."

Katakuri sostuvo el donut, luego de unos momentos de solemne silencio le dio un bocado. Estaba buenísimo. Nunca olvidaría el sabor de ese donut ni ese día en particular. El mejor cumpleaños de su vida.


Si alguien se pregunta qué pasó con la tarta de cumpleaños, Streusen hizo sus propia versión de los donuts de vainilla y crema. En apariencia eran idénticos pero sabían algo distintos, pero igualmente sabían bien.

Y Ace consiguió reunirse con su banda —obvio— y recibió un sermón pasajero de Barbablanca y Marco.

Disfruté escribiendo este fic, lo tenía planteado desde hace mucho, pero no sé si me quedó como debería. Un saludo a los que hayan llegado a leer este comentario!