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Personajes: Oliver Wood y Katie Bell
Ese cielo tan azul
Aquel día, el contorno de las espesas y blancas nubes relucía en dorados por la luz del sol que se escondía tras ellas. La brisa fresca y primaveral se abría paso entre el murmullo lejano de los estudiantes y le acariciaba el cuerpo, haciendo bailar sus cabellos castaños.
El muchacho se había recostado sobre el césped, húmedo por el rocío de la noche anterior. Alzaba ambos brazos sosteniendo, así, un libro ligero y pequeño que cabría en el bolsillo de cualquier túnica. Tan enfrascado estaba en su lectura que no se percató de que alguien lo miraba desde arriba, hasta que una suave risa le llegó a los oídos.
Apartó el libro y la vio. Ya no eran las nubes las que cubrían el sol, sino ella, y la luz se reflejaba en su silueta sin dejarle ver la expresión en su rostro.
Él arrugaba el ceño, esforzándose por enfocar la imagen de Katie Bell. Pero aunque no pudiera ver sus ojos, estaba seguro de que brillaban. Los ojos de Katie Bell siempre brillaban.
Ella le dio un puntapié amistoso en la rodilla.
—¿Las escobas ya te consumieron el cerebro?
Llevaban más de dos años entrenando en el mismo equipo. Oliver todavía recordaba aquella primera prueba en la que la vio jugar, como si no hubiera pasado el tiempo, había sentido su pasión y talento, por eso la eligió y volvió a elegirla los años siguientes. Jamás se arrepentiría de esa decisión.
Katie se sentó junto a él, cruzando las piernas, como dando por seguro que era invitada aunque Oliver no lo haya dicho. Si era invitada, pensó él, siempre lo era. Ambos lo sabían.
Sin decir nada le ofreció una caja de colores extravagantes. Oliver tomó una grajea con los ojos cerrados. Él ya le había comentado que eran sus favoritas porque cada vez que sacaba una era una aventura enfrentarse al sabor que demandaba el azar.
Ella sonrió leve, desde una comisura, cuando se encontró con la expresión de profundo asco que Oliver Wood intentaba ocultar en vano. Aun así, con aquel sabor inundando su boca, tragó. El reflejo del sol se manifestó en los ojos de la chica.
—Moco —respondió Oliver a la pregunta del silencio.
La sonrisa de Katie Bell valía millones de galeones.
Oliver terminó por dejar a un lado el libro sobre Quidditch que leía, sin importarle no haber marcado en qué página se había quedado. Ella se dejó caer mirando al cielo con un dejo anhelante.
—Ansío el próximo entrenamiento como ni te imaginas —le soltó, más a las nubes que a él.
Oliver rio un poco.
—Pertenecemos allí arriba.
Y extendió un brazo hacia el cielo, ese cielo tan azul, con el puño cerrado.
—¿Crees que si me convirtiera en animaga podría ser un ave?
Oliver se giró un poco para poder observarla. Ella no se volteó, la mirada se le había prensado al azul vivo.
—Te acompañaría.
—No querría bajar.
El muchacho volvió la vista al inmenso y profundo cielo.
—Mejor aún.
Ella rio. Corta y suave, como un suspiro que se fundió en la brisa y se perdió para siempre.
—Estoy más que segura —dijo despacio—. Este año nos llevarás a la victoria.
Oliver rio a carcajada limpia y abierta, tan sonora que algunas aves alzaron vuelo precipitado cerca de ellos.
—Si Merlín te escucha, te pagaré con gusto una cerveza de manteca.
—Es un trato.
¡Gracias por leer!
