Este fic es para el reto de Genee en el foro Proyecto 1-8.
Ecuaciones, contradicciones y pelirrojos
6. Aquel verano
Julio llega con el deleite que traen las vacaciones de verano, la promesa de tardes libres y un campamento que los espera el siguiente mes. Taichi no sabe qué le entusiasma más y sonríe su mejor sonrisa mientras le cuenta a su madre lo bien que le está yendo en el club a Koushiro, a pesar de su inseguridad.
—Todavía tiene algunas fallas técnicas, pero... ¡siempre sabe cómo vencer al otro equipo! Dice que hace cálculos, pero igual le digo que es un genio.
Taichi se está dedicando más a la escuela, también, porque Koushiro y Sora no lo dejan hacer otra cosa. Si están los tres juntos y él se distrae, ellos fingen ignorancia. Koushiro es mejor en ello que Sora.
—¿Y del campamento? ¿Han hablado algo más en tu escuela?
—Solo la fecha. En agosto, el primero.
Está deseando que llegue.
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Hikari levanta la mirada de su libro y acaricia a Miko sin decir mucho. Mira por la ventana con las cejas fruncidas y Taichi la imita solo por curiosidad.
Él no ve nada.
—¿Qué pasa?
—Me pareció ver... —Hikari lo mira con una expresión que le recuerda vagamente a Koushiro. La intriga no arde en los ojos de su hermana, aunque él se pregunta si tiene que ver con lo oscuro en los ojos de su amigo-, hermano, ¿recuerdas algo de nuestra vieja casa? El por qué nos mudamos.
Taichi se encoge de hombros y Hikari suspira. Hay veces que él no la entiende en absoluto.
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Koushiro sonríe cuando el programa termina de instalarse. La conexión a Internet es eficiente y en poco tiempo, podrá conectarse con muchas personas alrededor del mundo. No importa que Mimi ya no le hable en el salón, que se sienta solo en un banco. Él tiene a Taichi, tiene a Sora y ellos... Son.
Sus días en la escuela no son aburridos, sus horas en el club son lo mejor del día. Las noches en su casa, a veces, lo abruman.
Él no puede olvidar que una noche, un tiempo atrás, escuchó una conversación que no debería haber oído. Las palabras están grabadas a fuego en su mente y cuando lo alcanzan, queman.
La computadora se enciende y todo lo que está fuera de la pantalla es irrelevante.
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Sora parpadea cuando ve a Yamato en el patio de la escuela, en un rincón. Es el último día de clases y él se ve inusualmente... triste. Quiere acercarse, pero duda. Ishida Yamato no es más que otro niño de quinto, uno amable pero tranquilo, pero hay una soledad en sus ojos que le apena. Y algo que no había visto antes.
No escucha a Taichi llegar a su lado, pero ella siente su presencia. Es difícil ignorarla, la fuerza que se imprime y la calidez.
Ella le sonríe.
—¿Quieres que vayamos con él? —pregunta, en serio.
Sora duda.
—... No. Creo que quiere estar solo.
Taichi la mira y luego a Yamato. Sonríe.
—¡Yamato! Tenemos que tener una guerra de nieve como la última.
Yamato lo mira como si le hubiera crecido otra cabeza. Tal vez sea porque están en pleno verano y la idea es tonta (aunque los cambios de clima suenan en las noticias podrían refutarlo) o simplemente está sorprendido porque Taichi acaba de gritarle sin razón alguna.
Sora puede ver una pequeña sonrisa, una genuina, en los labios del niño melancólico y ella... se siente mejor.
El timbre suena y el día de clases, el último por el momento, vuela.
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—¿Un campamento? ¿Qué campamento?
—¿Dónde vives, Koushiro? El campamento de verano, del que estuvimos hablando los últimos días. Iremos a Mikami Canyon.
—Ah...
Taichi mueve su pie, da pequeños golpes en el suelo.
—¿Y?
—¿Y, qué?
—¿Vas a ir?
—Yo...
—Oh, vamos, ¡no puedes faltar! ¡Tienes que venir! No puedes faltar. Bueno, sé que no es obligatorio pero el maestro Fujiyama quiere que vayan muchos chicos porque piensa que es una buena actividad. Sería genial que vinieras también. ¿Por mí? ¿Por Sora?
—Pero...
En el fondo, Koushiro no tiene una elección. No le puede decir que no a ese rostro ilusionado.
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A veces, Taichi se recuerda que no todo el mundo disfruta de las mismas cosas. Hikari odia los deportes, aunque tiene buenos reflejos. Él no la culpa, por los deportes, en sus primeros años, la fatigaban mucho. Pero a ella le gusta ver las competencias, le gusta ver los movimientos del ballet, la gracia del patinaje sobre hielo. Es tan distinta a Sora, él piensa que debe tratarla diferente también.
Hikari es su hermana pequeña, frágil. Sora es... Sora. En algún lugar del camino, Sora empezó a describirse así misma como única en su tipo.
Eso está bien para él.
—¿Estás contenta por ir al campamento? —le pregunta a su hermana.
Hikari se ilumina.
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Aunque no lo planea, el campamento llega como un regalo. Sora mira el permiso que le dio su profesor y se pregunta cómo decirle a su madre que quiere ir porque sus conversaciones ultimamente son tensas. Todas ellas. Su padre faltó a su cumpleaños, meses atrás, y su última llamada telefónica la deja extrañamente triste. Él no le dio una fecha de regreso, algo que anhelaba. Su madre intentó decir algo pero se contuvo y a Sora la dejó vacía.
La relación con su madre es aún peor de lo que era unos meses atrás, piensa. Sora recuerda la decepción en la cara de las chicas del equipo, de las personas a quiénes les falló y la voz de su madre diciéndole que Taichi parecía ser mala influencia para ella, que cada vez estaba más rebelde.
El colmo había sido escaparse de la casa por un partido de fútbol. Hay mucho detrás, mucho más. Hay decepción, hay tristeza, hay soledad... Hay falta.
Sora guarda su uniforme del club en su guardarropa y mira con disgusto el kimono que su madre le regaló para el último festival. Es hermoso, en realidad, oscuro y con flores coloridas pintadas en la tela como si estuviesen volando hacia un cielo y hubiesen quedado apresadas. Sora piensa que es hermoso pero lamenta la intención que representa.
Lamenta que las flores estén tan atrapadas como ella se siente.
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Anomalías climáticas. Las palabras se quedan en su mente desde que las escucha en el noticiario. Koushiro no recuerda el nombre de la periodista que da el reporte, aunque sus ojos se deslizan por la pantalla. En pleno verano, América se cubre con un manto de nieve, Oriente Medio es azotado por fuertes lluvias y en Asia, una sequía abraza sus tierras del este.
Es extraño, inusual. A Koushiro le gusta lo curioso del asunto aunque no dispone de medios para reunir datos empíricos. Las imágenes son insuficientes y los testimonios de las personas suenan alternadamente con inquietud líquida o preocupación descarada.
Su madre sirve el desayuno con mano firme y eficiente, y Koushiro le da las gracias. Ella le sonríe, gentil y cariñosa y algo dentro de él duele para devolverle la sonrisa. Sus labios se quedan a medio camino, los entorpece una burbuja de dolor que no tiene nombre.
—Están diciendo que es el cambio climático —comenta su padre, bebiendo su café con parsimonia. En vacaciones de verano, la rutina devora a Koushiro y lo dominios todo se siente monótono.
No es eso, piensa. Pero en la mesa, sus padres hablan de otro tema y todo queda olvidado.
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Sora saluda a su madre con cortesía que le parece helada y se detiene bruscamente cuando escucha un suspiro. No sabe de quién fue porque ella estaba tratando de no exhalar la punzada de frustración. Se gira un poco, tímidamente, y espía por encima de su hombro. Takenouchi Toshiko, cabeza de la familia, y heredera de la tradición no se ve tan diferente a cómo una mamá se vería.
Sora a veces hace una diferencia, un lado estricto y un corazón cálido, pero el abismo entre ellas es tan grande últimamente que Sora se pregunta qué tan fuerte tiene que gritar para alcanzarla.
—Espero que tengas un buen viaje —es lo que Toshiko dice y su mano hormiguea para alcanzar a su hija. Pero se mantiene quieta.
Sora le agradece y eso es todo.
Piensa en Taichi, en si se habrá dejado algo olvidado, y en Koushiro, en si habrá recordado que tenía que salir de su casa. Piensa en el campamento con sabor a promesa.
Piensa en su madre, en una casa solitaria y ella se siente culpable por haber ansiado distancia.
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—¿Estás bien? —Taichi odia la fiebre de Hikari, la que la tiene temblando en su cama en la oscuridad cuando el sol brilla afuera y los espera el campamento que llevan esperando casi un mes.
Ella sonríe —Sí.
Lo siento, piensa. No lo dice porque no puede soportar lo que implica, el recuerdo que hace florecer, y tampoco será apreciado por ella. Odia los resfríos de verano, que llegan más repentinos que en el invierno, y toman tanto de su hermana pequeña.
—Tienes que salir, Taichi —dice su madre, desde la puerta—... O llegarás tarde.
Mira a Hikari una vez más y no sonríe cuando la deja atrás. La escucha pronunciar una palabra, la misma que dijo en la mañana cuando miraban el noticiario.
Digimon.
Tal vez debería saber qué significa. Tal vez.
N/A: Con mi resolución de terminar mis long fic, este es el siguiente en la lista. Los capítulos siguientes van a ser un poco diferentes. Me tardé en decidir como llegar a esta parte ;)
¡Muchas gracias por leer!
