Este fic es para el reto de Genee en el foro Proyecto 1-8.


Ecuaciones, contradicciones y pelirrojos

7. Un inicio en tres actos


I.

Cuando despierta, Taichi piensa que está soñando. Puede que todo haya sido un parte del mismo evento, una porción de irrealidad. Ya desde el inicio del día de nieve en pleno verano, la aurora boreal que no debería estar en Japón y el muro de agua que los envuelve y arrastra hasta un mundo diferente todo se siente fantástico y lejano.

Pero él está despierto.

Una masa rosada, con ojos grandes color borgoña y con unos dientes que sobresalen de su boca es lo primero que ve.

Taichi grita.

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Koushiro es un rostro bienvenido, asomándose entre los árboles, con pasos tímidos que llegan de ninguna parte. El rojo de su pelo resalta contra el verde y Taichi está aliviado de encontrarlo a pesar que parece uno de esos collage que arma Hikari donde una imagen se recorta y se pega en un fondo que no se corresponde.

Koushiro le dice que está contento de haberlo encontrado, de no estar solo más, aunque nunca lo estuvo. Motimon dice que ha estado con él desde que cayó del cielo.

Ellos sonríen.

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El bosque los rodea, espeso y misterioso, y Taichi se trepa en los árboles cuando escucha que están en una isla abandonada. La isla File, dicen sus nuevos acompañantes.

Koromon lo sigue, saltando y trepando entre las ramas con una agilidad impropia para su forma.

Taichi no puede reconocer una cosa en la lejanía con su catalejo y, sinceramente, no está sorprendido.

En los sueños, poco tiene lógica después de todo.

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Koromon salta delante de él para salvarlo cuando un insecto carmesí, anormalmente grande, se vuelve hacia él y Taichi no quiere que haga eso.

Eso se siente muy parecido a cuándo Hikari se disculpó por estar enferma.

Igual está agradecido.

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En el fondo, Taichi no cree que sea un sueño. Toma a Koushiro por el brazo y corre lejos de Kuwagamon.

Ellos se esconden.

Sora los encuentra.

Eso se convertirá en un patrón aún cuando no puedan saberlo todavía.

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A veces, Taichi piensa en el día que su abuelo le regaló los goggles y se pierde en su significado. Son lentes pero encierran un mensaje, son gafas pero él las mantiene como recordatorio.

Él no va a huir por culpa del miedo. Curioso como eso es, él va a correr para salvar a otros.

Eso lo empuja más que la adrenalina.

Sus compañeros siguen sus pasos. Lo harán siempre, desde entonces.

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Koromon lo mira con ojos grandes y curiosos y algo dentro de su pecho se estremece.

Una vez Miko lo rasguñó cuando él estaba defendiendo a un Koromon pero eso él no lo recuerda.

Una vez un Koromon estuvo pegado a su cara en una señal de amistad que no conocía pero él lo olvidó.

Una vez un Koromon se transformó en una criatura gigante que destruyó Hikarigaoka para salvarlos de un ave enorme.

Él no recuerda eso, pero su pecho igualmente duele cuando ve a Koromon saltar para defenderlo.

A su alrededor, sus amigos gritan.

A sus espaldas, un acantilado.

En el frente, un arcoiris. Muchos de ellos.

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Caen al vacío, ellos siete. Y ese es el verdadero inicio.


II.

Cuando abre los ojos, Sora está en un lugar desconocido. Lo último que recuerda son los colores de la aurora, cálidos colores contra un manto de frío blanco. Se pregunta dónde está, pero la cuestión es vaga y lejana.

Abre los ojos y una figura rosa y azul, con grande ojos, la mira desde el otro lado con intensa atención.

—¡Sora! —dice alegremente y ella se siente extraña por no estar asustada—. Hola

Parpadea y no tiene idea de dónde está.

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Hay un fugaz recuerdo. La voz de la niña del sombrero rosado, Tachikawa Mimi, feliz por el día de nieve. A su alrededor, no hay un copo de nieve y se pregunta súbitamente si los otros no estarían en problemas... El superior Jou, Yamato y el niño de verde. Koushiro... Taichi.

Se levanta.

Camina.

—¿Dónde están los otros? — pregunta, pese a que la mente estaba llena de otras cosas.

—¡Sora! ¡No me dejes atrás!

No está sola, recuerda. No está sola.

—¿Quién eres tú?

—Soy Pyokomon. ¡Que bueno que estás aquí, Sora!

Ella no está segura que lo sea.

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Recuerda a Kenji preguntando por Taichi, se recuerda preguntando por Hikari. Pero mira hacia todas partes y sabe que el campamento se ha vuelto irrelevante.

Mira su ropa, llena de tierra, y suspira. Pyokomon sigue sus pasos en lugar que Sora desconoce y eso no le hace sentir mejor.

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Ella los escucha gritar. No tarda mucho en hallar a Taichi y a Koushiro escondidos dentro del tronco de un árbol falso.

Curioso como es, se traga la inquietud por lo que los rodea y sonríe.

—Eso estuvo cerca —dice, tranquila.

Escucha la risa de un niño y el nudo en su estómago se afloja.

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Hay dos Soras, ella sabe, pero no está segura cuál le gusta más, cuál quiere ser. La que sonríe a sus amigos asustados para calmarlos o la que deseaba un campamento para no sentir la opresión que oscurece las nubes sobre su cabeza cuando está en casa. Se siente culpable de cualquier manera, como si algo pesado ocupase un lugar en los hombros.

Por el momento, eso no debería preocuparle. Taichi está con ella, y con eso, Sora está bien.

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Ellos corren para salvar sus vidas, corren hacia un abismo que no puede salvarlos, corren y caen pero vuelven a levantarse.

Sora no suelta a Mimi.

Sora se aferra a Pyokomon cuando le dice que irá con sus amigos a enfrentar a Kuwagamon.

Con sus brazos vacíos, ella ve a un ave de plumas rosas y se imagina libre. Las alas sirven para volar más allá de las telas que la apresan en su casa.

Pero el pensamiento vuela antes de que pueda darle una oportunidad para asentarse en sus pensamientos.

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Ellos caen. Y no es más que el comienzo.


III.

Koushiro se levanta del suelo sin dejar de mirar a la criatura que le dio la bienvenida. Sus ojos son oscuros y a su cuerpo lo forman curvas suaves, no es grande pero no es nimio. Tiene la tentación de tomar su laptop y revisar lo que puede encontrar de esa criatura, de ese lugar.

—Mis amigos me llaman Motimon.

La mente de Koushiro corre hacia las únicas personas que reconoce como amigos. Una niña con el cabello del cielo al atardecer, y un niño que lleva las goggles como insignia.

—¿Dónde estoy?

—En la Isla File.

Y eso responde a nada.

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A veces, él teme no entender. El saber es algo más que conocer los hechos, también es reconocerlos como parte de un todo, lo que significan dentro de eso.

Koushiro no sabe quién es, no se reconoce como Izumi aunque ese sea el apellido por el que lo llaman. No se reconoce como japonés auténtico por los rasgos que lo hacen distinguido: el color de sus ojos, el rojo que quema su cabello. No se reconoce como hijo de sus padres, porque él no los conoce y no se reconoce como un niño común porque lo llaman prodigio.

Pero él se reconoce como amigo de Taichi y Sora. Se reconoce como alguien que le gusta investigar.

El quiere saber todo excepto una cosa.

Olvidar debería ser sencillo.

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Taichi es como un hermano mayor, uno que nunca tuvo, aunque tampoco es exactamente la definición que le daría. Taichi, que cree en él y que lo alienta y que lo mira sin juzgar. Transparente, en esencia, pero con zonas turbias que él puede ver con claridad.

Sora es como una caja de secretos, suyos y ajenos, y encierra un corazón tan cálido que brilla a través de sus ojos rubíes y derriten todo el hielo que se atraviesa en su camino. Sora que se siente insegura para decir por qué le gusta usar un gorro azul pero que no se preocupa en decirle que está bien siendo como es.

Koushiro los mira y no se siente tan fuera de contexto.

Entonces, llega Motimon y un mundo nuevo se abre ante sus ojos.

Él espera descubrir todo.

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A veces, cuando recuerda, el principio es lo más borroso. Son niños en un campamento, siete niños comunes entre tantos otros, y ante ellos caen siete misteriosos meteoritos que caben en la palma de su mano. Koushiro no sabe de qué se trata, en principio, o por qué están allí.

Él enciende la computadora y sus manos se mueven sobre el teclado.

Está aliviado de no estar solo.

Está aliviado de que sus amigos lo acompañen mientras cae.

Los tres caen. Pero no son los únicos, todos caen.

El final está lejos todavía.