Este fic es para el reto de Genee en el foro Proyecto 1-8.


Ecuaciones, contradicciones y pelirrojos

8. El viaje de caminos enredados


El viaje empezó años atrás, pero ellos no lo recuerdan. Es un acontecimiento desdibujado que no logran alcanzar. Empezó con una niña mirando la pantalla de una computadora en una noche despejada. Empezó con un niño y un gesto de amistad. Empezó con un ave enorme y un cielo rasgado. Empezó con el sonido de un silbato.

Cuatro años atrás, la mayoría de ellos eran desconocidos y ahora están perdidos en una isla con los caminos entrelazados en una estela borrosa.

Taichi mira a Agumon a la luz de la hoguera que encendieron junto al vagón de un tren abandonado y se pregunta por qué le es tan familiar.

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A veces, Sora siente que todo a su alrededor se mueve en círculos que no la tocan, que están demasiado lejos para alcanzarlos y, aunque extiende los brazos para romper la distancia, está sola. El matrimonio entre dos personas que no comprende y que tiene el sabor de la soledad y la ausencia. La decepción de un grupo de niñas que confiaban cuando en ella cuando no debían (aunque sí), un mundo desconocido que los traga sin aviso y unos niños asustados de los que se siente responsable aún cuando no los conoce a todos.

Está cansada de lo que vio ese día, ese eterno día, de los monstruos que atacan sin razón y las amenazas que llegan desde el aire y la tierra. Quiere volver a casa. No le gusta sentirse tan... frágil.

Suspira cuando Piyomon se acurruca de lado para dormir sueños rosados como plumas.

No quiere ser responsable, prefiere correr bajo la lluvia con Taichi. Prefiere ayudar a Koushiro a lograr algo que ella no soporta. Quiere ver a su madre, aunque duela. Desea escribir una carta a su padre, como acordaron hacer érase una vez.

No puede decepcionar a otra persona, quizás tampoco a un digimon, y no puede evitar sentir que Piyomon no aceptará eso fácilmente.

A veces quisiera ser menos... Sora. Pero no puede.

Le da la espalda a su digimon, añorando ropa limpia en el fondo de sus sueños. Añorando una vida que en realidad le sabe a decepción.

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Koushiro quiere explorar el mundo, las posibilidades, los imposibles. Sus manos en el teclado, su mente lejos de lo que pasa a su alrededor, perdida en la información que todo lo conforma. El mundo se extiende amplio y vivo y él está allí para descubrirlo.

Con cada nuevo dato, él se olvida un poco de por qué está tan absorbido y con cada nueva pregunta, una respuesta es buscada hasta ser hallada.

Quiere saberlo todo, excepto quién es Izumi Koushiro.

—¿No quieres dormir un poco, Koushiro-han?

Duda, antes de contestar. —Estoy bien. Gracias, Tentomon.

El digimon hace un ruido que suena a protesta y Koushiro se congela en el recuerdo que despierta. Su madre.

—No tienes que ser tan formal conmigo.

Él no puede evitarlo. Él calla.

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Taichi es el primero en hacer digievolucionar a su compañero, desde luego.

Sora suspira su alivio cuando lo ve sano y salvo, libre de Shellmon. Está un poco pálido, no tanto como Koushiro que parece haber visto un fantasma, pero su mejor amigo sonríe al mirarla y sólo quiere gritarle por ser tan inconciente.

No pueden darse el lujo de perderlo. Ella no puede darse el lujo de perderlo.

Taichi-baka.

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Koushiro no se sorprende cuando Sora se queda atrás en la aldea de las Pyokomon y suspira, preocupado al verla en medio de la conmoción, preocupado por la cercanía del peligro que no los abandona. Él no está acostumbrado a la sensación, al miedo y al temor, y ese viaje despierta lados de él que no quiere que despierten.

Se siente bien cuando puede esconderse en la computadora y alejar todas sus inquietudes con simpleza. A veces, él piensa, debería estar asustado por perderse y no poder salir del laberinto que significa.

En el cielo azul, un ave con alas de fuego es una pintura fantasiosa. Sora siente que la puede alcanzar.

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El superior Jou comentó sobre las constelaciones con Taichi y Sora. Ellos saben que están bajo la noche de un mundo diferente, todo en ese lugar es curioso.

Koushiro piensa que puede ser artificial, que alguien los llevó allí para algo... pero, ¿lo sabrán en el campamento? ¿sus padres, sus profesores? ¿Acaso nadie se pregunta por su consentimiento?

—Tienes que dormir un poco —dice Sora, en voz baja. Sus ojos se ven preocupados a la luz de las llamas—. Te quedarás dormido en tu turno.

—Lo siento —se disculpa.

Ella sonríe, cierra los ojos. —Descuida. Trata de descansar. Mañana vamos a movernos otra vez.

Se pregunta si van a detenerse.

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Koushiro se encierra cada vez más. Su prisión no es siempre literal porque él es su propio carcelero, en ocasiones. Su prisión es parte de su libertad, dos verdades que colisionan con pensamientos y recuerdos. Lo que quiere saber desesperadamente, lo que no lo deja tranquilo cuando se pregunta de dónde vino. Los temores a su alrededor, aquellos que brotan en el interior, son tan fuertes que a veces trata de olvidarlos. Y se hunde.

Tentomon se queda a su lado y él descubre una forma de digievolucionar sin estar necesariamente en peligro.

A veces, él cree, todo sería más sencillo si no tuviera que despejarse de la computadora.

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Si Koushiro tuviese que pensar en su peor momento junto a Mimi, él piensa en ella dentro de un laberinto.

En sus pesadillas, ella grita y él no la escucha. En la realidad, ellos son amigos de nuevo. En sus pesadillas, Koushiro desearía ser capaz de apartar la mirada del ordenador y fijarse en el sombrero rosa, encontrar una salida para salvarla.

Él no lo hace.

Nunca.

Despierta, sudando. Pero Mimi está a salvo, en la realidad. Eso hace la diferencia.

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Taichi es el primero en encontrar su emblema, desde luego. Es un sol, por supuesto, y parece brillar en su corazón.

El orgullo hincha su pecho hasta que Koushiro no lo reconoce ni un poco. Él nunca ha sido así, tan absorto en sí mismo y temerario. Bajo su piel, había calidez y ahora sólo quedan rastros de luz de sol. Jou había tenido actitudes frías en el principio, cuando no quiso compartir la comida para ellos y era igual de inflexible que con todo lo demás; Yamato tiene bordes afilados a los que solo Takeru es inmune y ajeno, y Mimi es tan Mimi como en la escuela.

Taichi... parece otro. Es distinto al Taichi que llegó con ellos.

Koushiro va a buscar a Sora, la única que puede entender, la única que puede notar el oro y ella se ve tan preocupada como él.

No terminará bien, ese viaje de arrogancia.

A veces, odia tener razón.

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SkullGreymon aparece y Taichi se marchita frente a sus ojos. Él no puede hacer nada más que mirarlo retroceder, culpable y herido y triste.

—Fue un accidente —le dice Koushiro con toda la ferocidad que uno esperaría de cualquier otro. En la mitad de la noche pueden pretender que así fue—... Fue un error de cálculo. Fue...

—Casi nos destruye a todos —Taichi responde y es oscuro, tan oscuro como el aura del digimon que amenazó con destrozarlo todo. Quiere retroceder. Es como ver un eclipse sin protegerse los ojos.

Koromon se ve triste. —Taichi...

No volverá a pasar, piensa con desesperación mientras sacude la cabeza para que no sigan hablando. Escucha la voz de Hikari disculpándose por no poder jugar con él y se le revuelve el estómago. Recuerda la mirada en los ojos de su madre, el dolor de un golpe que sangra en gris.

No volverá a traerle dolor a nadie más.

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Sora suspira y se sienta junto a Taichi, cuando ya no puede más. Están sumando días en ese extraño mundo y lo único que quiere es a su mejor amigo de regreso.

Ella lo echa de menos.

No quiere reconocer que siente las miradas de todo el grupo en su espalda, apilándose como ladrillos.

—No serías tú si te rindieras así, tan fácil. No necesitas perdón alguno. —No está muy segura sobre qué decir después—. Confío en ti, Taichi.

Te necesitamos.

Vuelve.

Taichi se sacude, en rechazo como si las palabras dolieran y es como si una nube sombría cayera sobre todos ellos cuando él está mal.

Sora se aleja, aunque antes tiene una cosa más. —... Si te hace sentir mejor, te perdonamos.

Lo hace.

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—¿Va a estar bien? —pregunta Yamato. Está apoyado en uno de los árboles, sus ojos fijos en Taichi.

Sora se muerde el labio, porque no tiene una respuesta.

Piyomon suspira, triste. A ella no le gusta ver a Sora tan apagada. Parece que ella extraña la luz de Taichi, también. Quizás es como cuando el sol ilumina al firmamento.

—Él es fuerte —dice Gabumon y los tres dan un respingo al escucharlo. En general, es un digimon tímido—. Va a estar bien. Necesita un poco de tiempo.

Yamato ve a Taichi mirando en su dirección y suspira. Quisiera tener palabras para decir.

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—¿Puedo sentarme aquí? —pregunta Takeru, se hace un lugar junto a Koromon. Taichi parpadea hacia el pequeño de ojos tan azules que le recuerdan el cielo que se extiende sobre sus cabezas.

—¿Sucede algo, Takeru? —dice, por instinto. Algo le recuerda vagamente a Hikari en ese tono.

—Tuve una pesadilla —murmura y es casi, casi silencioso. Sus ojos se oscurecen.

Angemon, Taichi supone. Se recuerda que no es el único con pesadillas.

—¿Quieres hablar con tu hermano? Él estará haciendo las guardias y...

Takeru se niega, enseguida. Él es rotundo. No quiero que mi hermano piense que soy débil. Su mirada es casi tan acuosa como la de Mimi cuando algo le emociona. —Quiero quedarme aquí, ¿puedo? Me siento a salvo.

Taichi se congela. Traga saliva.

—Sí, sí. Está bien.

Duda un minuto y luego sonríe, un poco. Takeru se duerme enseguida.

La mirada de dolor en otros ojos azules, esa, nadie la nota.

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Jou, que había encontrado su emblema, reflexiona sobre lo que debe hacer. Él no es un líder, aunque debería. Él no se hace escuchar, aunque trata. Él no sabe cómo decirle a sus padres que le preocupa su futuro.

—¿Crees que Taichi está bien? —le pregunta a Koushiro, cuando ellos cambian el turno. Sus amigos, el extraño grupo que los rodea, duermen plácidamente. El fantasma de SkullGreymon aún persiste en el rostro de Taichi. Pero Takeru se acurruca a su lado y duerme.

Jou nunca pensó que le costaría tanto perdonarse un error, a Taichi. Koushiro parece extrañamente apático.

Vuelve a mirar el cielo que los rodea, una vez más, y se pregunta qué seguirá después.