Este fic es para el reto de Genee en el foro Proyecto 1-8.


Ecuaciones, contradicciones y pelirrojos

11. Contradicciones


¿No te parece irónico? —Sora aprieta los dientes y espera. En realidad no sabe quién es exactamente el otro digimon con el que hablaba PicoDevimon pero sabe que no debe creer en lo que le diga, no debe confiar, porque lo ha escuchado hablar desde las penumbras. Ha hablado sobre sus amigos, sobre ellos, sobre sus emblemas. De su caída—... Eres la que lleva el emblema del amor y no sabes lo que significa el amor. has crecido sin amor y tu emblema nunca brillará.

Nadie lo niega. (Porque ella está sola).

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Los primeros días sin Taichi se sienten como una acusación.

Sora apenas duerme la primera noche, a pesar que está agotada y que la adrenalina la dejó sin más que una maraña de nervios y desgana. Sus manos tiemblan por un momento ante el recuerdo (estuvo tan, tan, tan cerca de alcanzar a Taichi y tan lejos a la vez) y ella las aprieta contra su pecho, contra las plumas rosadas de Piyomon.

La siguiente noche es igual de mala. Y la siguiente. Y la siguiente.

Hay un silencio profundo, un silencio agobiante y estresante y... derrotado. La llena. La envuelve.

Sora quiere llorar otra vez.

Se queda quieta, no obstante, y trata de no seguir derramando lágrimas mudas.

—No creo que debamos quedarnos aquí mucho tiempo más. —La voz de Yamato es apenas un susurro y, aún así, a ella le araña el corazón.

—Yamato... —Jou suena igual de cansado de lo que ella se siente—. Ya hablamos de esto.

—Pero no podemos seguir quedándonos aquí —insiste—. No digo que nos marchemos, que abandonemos... a... que nos- no digo eso. No quiero eso.

El nombre de Taichi es más fuerte en su cabeza porque ninguno de ellos se atreve a pronunciarlo.

—Solo digo... solo digo que Sora no puede tomar esa decisión por todos... no podemos pedirle eso, dejar que lo haga. Corremos peligro. Ella... sabemos lo importante que es para ella.

Sora está de espaldas, pero siente claramente el peso de las miradas de sus amigos —de los que están despiertos, al menos— y aprieta los dientes. Quiere decirle, a Yamato, que no hable. Que haga silencio. Que no la conoce. Que ella no es lo que cree.

Quiere preguntarle qué haría él en su lugar... Si se tratase de Takeru.

Pero no puede. No lo hará.

Esa pregunta sería cruel.

(Cruel es la ausencia de su padre, la ausencia de Taichi y ella... ella nunca es cruel. Nadie diría que es cruel. Pero Sora no es lo que todos creen que es.

Ella no quiere ser cruel).

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Tres semanas más en ese mutismo mezclado con angustia pusieron a prueba todos sus nervios.

Su resolución.

Su templanza.

Sora siente que, incluso, no puede mirar a Koushiro a la cara. No puede mirar a Yamato por mucho tiempo tampoco, pero por razones completamente diferentes. Sus ojos azules estarían llenos de tristeza firme ("¿Entiendes por qué tomo estas decisiones, ¿cierto? Tú también lo ves") y no sabría qué responder. El rostro de Koushiro permanece vacío y Sora no sabe qué le pasa por la mente.

Luego están los demás. Takeru es un bálsamo, un consuelo, y Mimi es algo menos frágil que eso. Y más delicado también. No puede encontrar alivio en Jou porque Jou está más ocupado tratando de aplacar a Yamato y cuidar a Mimi y a Koushiro y queriendo decidir qué era lo mejor para ellos. Sora se siente mal viéndolo marchitarse bajo el peso del liderazgo. Gomamon le había pedido ayuda una vez con él. El resultado había sido obvio. Jou no podría...

Jou no es Taichi. No los podría inspirar como él ni los impulsaba como él. Y Yamato tampoco es Taichi. Y Koushiro está tan lejos de ser Koushiro que Sora ni puede hablar con él sin sentirse culpable.

Ella se sabe culpable.

(¡No hare caso a tus locuras, yo vine aqui para rescatar a Sora!)

Ella no pudo salvarlo.

"Es mi mejor amigo, también, ¿sabes? Fue mi mejor amigo antes que tuyo y no tienes derecho a... a..."

Pero también era cruel pensar en ello también. Despues de todo, ella era la responsable que Taichi no estuviese allí.

Si ella hubiera sido más fuerte...

Pero ella no es lo que todos creen que es.

Sora nunca es suficiente. No para cuando importa. No lo fue para su madre. Ni para su equipo. Ni para Taichi.

Ella es una farsa.

Sora hunde su rostro en sus rodillas y el tiempo pasa.

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Algunas noches no sueña con un manto de agua que se la traga y el silencio de un bosque. No sueña con fantasmas que la rodean y voces distantes. No sueña con el sitio vacío que siempre espera que se llene. Sueña con Taichi, que le sonríe su mejor sonrisa falsa, y con su madre. Toshiko Takenouchi, en toda su fría gloria, no sonríe. Y las flores en sus manos se marchitan.

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Recuerda el haberse acercado a Taichi tras el incidente con SkullGreymon. Recuerda su rostro apagado y culpable. Recuerda sus palabras ("Creo en ti, Taichi"). Y la sonrisa forzada que él le regaló un cambio. Nunca había sido tan poco sincero con ella como esa vez. Recuerda las palabras de él ("No te preocupes por mí"). Y sus ojos llenos de auto-recrimonación. Su mirada llena de vergüenza. Recuerda que, luego, él fue a buscarla. Y la salvó. Recuerda todo eso, cada detalle. Y el cómo ella le falló.

Lo siento, quiere decirle a Taichi. A Taichi y a su madre. Y a su padre. Y a sus amigos. Lo siento. Lo siento.

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Marcharse no es una elección fácil. Ni tampoco es tan difícil como debería ser.

Si Taichi no hubiera desaparecido, todos seguirían juntos. Posiblemente. Al menos, cree, no estaría considerando la decisión de alejarse de sus amigos.

Nunca lo sabrá.

Elige la noche. Quizá sea una decisión cobarde —es una decisión cobarde—, pero ella sabe que no podrá marcharse a la luz del día. Es mejor hacerlo mientras todos duermen, mientras son ajenos a la despedida y están libres de pensamientos. Los mira a todos por un momento, perdidos en sueños —el ceño de Yamato parece tan perpetuo como la dulzura de Takeru; la angustia de Mimi y la preocupación de Jou apenas alcanzan a cubrir la distancia de Koushiro— y se pregunta qué pasaría si alguno quisiera pararla. No le han pedido que deje de esperar a Taichi —todos ellos lo esperan—, pero tampoco han entendido que ella necesita buscarlo.

Necesita... necesita hacer algo más que ser una sombra que no puede mirarlos a la cara.

No quiere seguir siendo una farsa.

—Sora —Piyomon dice su nombre una vez, una sola vez, y ella inhala profundamente. Hay una pregunta enredada en la voz de su digimon.

—Sí —dice.

Sora se despide de Tokomon con una suave sacudida. Y se aleja.

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Encontrar a Taichi. Y volver.

No debería ser una misión difícil.

Excepto que lo es.

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Quiere decir que no mira atrás, que encontrar a Taichi es una imposición tan certera en su pecho que nada más es mportante en su cabeza. Pero no está segura que sea verdad. Lo es, en cierto modo. Nunca renunciaría a su mejor amigo —nunca, nunca, nunca— pero sus pasos se sienten pesados y más de una vez, más de unas cuantas veces, Sora se pregunta si tomó la decisión correcta. Se pregunta, una parte de ella, si está huyendo.

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—¿Tienes frío, Sora?

—Estoy bien, Piyomon. No te preocupes por mí.

—... No debimos habernos marchado sin despedirnos.

—Piyomon.

—Sora.

Suspiro. —Fue mejor así.

¿Por qué?

—...

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Es que no entiendo. ¿Por qué no pudimos quedarnos con los demás?

—Los estaba reteniendo, Piyomon. No dejaba que... Yamato tenía razón. La tiene. Debíamos alejarnos del lugar... pero yo no...

¿No podías?

—Cuando encontremos a Taichi, volveremos. Todo será mejor.

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Algunas noches no sueña con agujeros negros y manos que no alcanza. Ni sueña con rostros vacíos y acusadores. No sueña con Taichi ni con su madre ni con los rostros familiares que añora. Esas noches Nanomon cierra su mano metálica alrededor de su brazo —su tacto era frío, tan frío como sus ojos— y sus palabras resuenan en su cabeza.

Sora abre los ojos y mira sus muñecas tras esa pesadilla repetida.

El recuerdo de estar atrapada le hunde el estómago. La imagen de otra Sora, una copia que no es ella, le hace dudar de las sombras.

Piyomon no puede espantar toda su oscuridad.

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PicoDevimon no la conoce. No la conoce. Nadie la conoce.

Ella es una farsa.

Y su emblema nunca brillará.

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