Un capitulo por fin. Pretendo subir la siguiente parte pronto, es solo que estoy un poco atorada y me cuesta colocarme a escribir.
kai. vp: Muchas gracias! Espero que sus monólogos no se vuelvan algo aburridos con el tiempo!
Procrastinacion: Habrá más NH :) (o en realidad habrán peleas primero, ay de mí, pero prometo nada demasiado rompecorazones, porque este fic ya tiene suficiente de eso!). Los adolescentes son una cosa compleja, Boruto también tiene las mismas preguntas.
secretlistener: I hope the same thing :(
Para chicos con problemas
Parte I
…
.
¿Ustedes piensan que somos capaces de conocer realmente a una persona?
Hablo de conocerla por completo, claro. De ser capaces de predecir sus acciones, de saber lo que siente, lo que piensa, de poder entenderla totalmente solo con mirarla a los ojos. De conocer a alguien tan bien que no haya espacio para secretos y mentiras.
Así que, ¿lo creen?, ¿creen conocer realmente a alguien, una sola persona?
Yo no lo creo. No en realidad.
Porque todo el tiempo cambiamos, ¿saben? Lo que sentimos, lo que creemos, lo que deseamos… cambia. Así que la persona que fuiste hoy no es la misma persona que eras ayer, y eso sucede con todos a tu alrededor.
Es por esa razón que creo es imposible pretender conocer a alguien de verdad.
Y, también, es ingenuo querer intentarlo… porque, ¿qué haces si depositas toda tu confianza en una persona a la que crees conocer? ¿Y que sucede si se trata de la persona equivocada?
Con aquella última reflexión, suspiro.
Pensar tanto en ese tipo de cosas termina deprimiéndome. Así que abro mis ojos, para -en secreto-, inspeccionar al chico rubio que se encuentra justo frente a mí. Solo para descubrirlo devolviéndome la mirada sin disimulo alguno, a través de sus ojos azules.
Mi primera impresión sobre él… es que es joven. Quince años a lo mucho.
Pienso en que quiero conocerlo. Quiero hacerle preguntas sobre su familia, sus amigos, la escuela. Sobre si le gusta alguna chica y si es correspondido. Pero no lo hago, porque también creo que sería inútil querer sostener una conversación con él. Parece estar muy cansado como para hablar.
De todas maneras, continúo espiándolo, inspeccionándolo.
Su rostro -severamente golpeado, debo añadir-, deja ver también una expresión agotada y un gesto de desgano mientras que me observa de vuelta, tal vez preguntándose si acaso yo sería capaz de darle un poco de la tranquilidad que tanto parece anhelar. Pero creo que probablemente solo se decepcionaría al saber que soy incapaz de darle lo que, en silencio, parece suplicarme.
Así que siento lastima por él. Tanta lastima como de seguro él la siente por mí.
Vuelvo a suspirar y, finalmente, aparto mi mirada del espejo. Me doy cuenta que no sirve de nada hacerlo, porque inmediatamente recuerdo la razón por la cual, en primer lugar, estoy viendo mi propio reflejo.
Porque necesito ver que tan golpeado estoy está vez, tras la estúpida pelea en la que me vi envuelto con Iwabee hoy en la escuela. O más bien, por la estúpida trampa que me tendió. Me recuerdo que de nada sirve enfadarme conmigo mismo por lo sucedido, y solo entonces vuelvo a levantar la mirada y a enfrentarme al espejo, a mi reflejo.
Lo primero que distingo es el pequeño corte en uno de mis pómulos, casi imperceptible. No cae sangre y tampoco parece que vaya a necesitar puntadas, sin embargo, es suficiente como para dejarme una pequeña cicatriz. Además de eso, tengo la nariz inflamada también. Y aunque duele, no está rota. Iwabee, en cambio, no tuvo la misma suerte que yo. Algo que podría considerarse una victoria, de no ser por los nuevos moretones en mi rostro, que se marcan justo encima de los viejos.
Un violeta más claro que resalta sobre la piel oscurecida, dejando al fondo -y olvidado-, el color natural de mi rostro. Es algo artístico, si quieren verlo de esa forma. O no, tal vez no lo piensen así.
Sé lo que piensan. Yo creo lo mismo.
Por alguna razón verme al espejo en este segundo… es decepcionante.
¿Realmente llegué a creer que mis moretones estaban desapareciendo?
Siendo sinceros… ¿qué pensarán las personas al verme ahora?
"Un delincuente"
- ¿En que piensas?
Sentada junto a mí, mamá revisa con atención el botiquín que hay sobre sus piernas, mientras busca el antiséptico para sanar mis heridas. Puedo notar como mueve sus manos con cierto nerviosismo, suspirando de vez en cuando conforme va sacando las cosas que no necesitamos.
Su ceño, levemente fruncido, y el pequeño mohín en sus labios son pruebas claras de que las cosas no están bien. Sin embargo, no se trata del gesto de una persona enojada, sino que más bien me recuerda a… a la expresión de alguien que tiene frente a si un problema que no sabe cómo resolver y con el cual no desea lidiar.
Supongo que lo entienden, ¿cierto?
Para mamá… yo soy ese problema.
Es por eso que, para comenzar, estamos ambos en su habitación. Para que de esta forma Himawari tampoco vea el desastre de hermano mayor que tiene, al menos no hasta que mis heridas estén cubiertas. Mamá cree que sería un mal ejemplo para ella dejar que me vea completamente golpeado. Aunque, con sinceridad, lo encuentro una precaución algo absurda. Porque mi hermana no es estúpida, solo le bastará verme media segundo para notar mi rostro y adivinar que volví a provocar una pelea.
De todas formas, no repliqué la decisión de mamá, porque tampoco me gusta la idea de que precisamente sea Himawari quien me vea tan golpeado, ¿saben?
Me haría sentir patético, bueno, más de lo que ya me siento en este momento.
- Encontré el antiséptico -mamá habla nuevamente. Su rostro muestra -por primera vez desde que nos encontramos en la escuela, horas atrás, en la oficina del director-, algo de alivio. Incluso se permite formar una ligera sonrisa-. Tendrás que aguantar un poco, ¿de acuerdo? -añade entonces, observándome a los ojos-, arderá.
Como ven, inclusive estando enfadada mamá no puede evitar preocuparse y ser amable, como siempre.
Papá, por el contrario, va a matarme en cuanto llegue a casa y me vea. Eso es seguro.
A continuación, en silencio la veo colocar el antiséptico sobre una bola de algodón, para luego, con cuidado, comenzar a dar pequeños golpes suaves sobre el corte que tengo el pómulo.
- Mi nariz está inflamada aún-ttebasa -hablo, por primera vez. No sé porque lo hago en verdad, cuando me he prometido a mí mismo enfrentar esto en completo silencio.
Supongo que porque, ahora que lo experimento, cualquier cosa es mejor que el incómodo silencio que se ha formado entre mamá y yo.
Supongo, también, que es porque espero -secretamente-, que ella me reconforte, como cuando era un niño…
Solo que ya no soy un niño, ¿cierto?
- No hemos hablado sobre lo sucedió -mamá me mira los ojos, por primera vez desde que volvimos a casa. Deja el algodón de lado por fin y casi de inmediato siento el antiséptico arder sobre mis heridas-. ¿Me dirás por qué golpeaste a ese chico?
- Porque es un idiota -mi respuesta es automática. No digo nada más, porque comprendo que sería perder el tiempo.
Mamá no va a creerme, no importa lo que le diga.
- Boruto.
Aparto mi vista para evitar enfrentarla, dejándola caer en cambio en el espejo sobre la cama.
Mi rostro cansado e hinchado se refleja nuevamente, mirándome. Como no soporto verme en este momento, aparto mi mirada de nuevo.
La coloco entonces en mis manos adoloridas y en la piel rota de mis nudillos.
- Boruto -mamá me vuelve a llamar. Puedo ver sus manos frente a las mías, delicadas y suaves, sin ninguna herida en ellas. La diferencia me abruma-, este chico, al que golpeaste, ¿fue quién te golpeó la última vez?, ¿quién te dejó el rostro tan golpeado?
Al decirlo levanta una de sus manos. Acaricia mi rostro con lentitud, con suavidad.
Yo me aparto.
- No quise pelear -respondo por fin. Mi voz se escucha exhausta, pero decirlo en voz alta me causa cierta sensación de alivio-. Le dije que me dejara en paz, pero siguió insistiendo.
- No debiste golpearlo de vuelta -determina ella. No lo dice enojada, sino que más bien me habla con preocupación-. Tienes un problema es muy serio en la escuela. Además, tu abuelo no te enseñó a pelear para que golpees a alguien más.
- El abuelo me enseñó a defenderme. Eso hice-dattebasa.
Mamá guarda silencio muchos segundos, sin darme ninguna respuesta. No me deja saber que es lo que opina al respecto, así que en silencio me pregunto si estará decepcionada de mí.
Es probable que sí, muy probable.
Finalmente, decide no responderme. En vez de eso, la veo moverse para sostener mis manos entre las suyas, con sumo cuidado. Las acaricia un poco y, a continuación, vuelve a tomar la pequeña bola de algodón.
Ambos estamos en silencio los siguientes minutos mientras que mamá, con lentitud, me aplica el antiséptico con pequeños golpes alrededor de la piel rota. Arde, pero no me quejo porque es necesario.
Sin embargo, no puedo apartar mi mirada mientras lo hace.
Pienso entonces en que mis manos nunca se han visto peor.
¿Cómo debo sentirme sabiendo eso?
- ¡Estoy en casa!
Siento un escalofrió al escuchar la puerta principal cerrándose, para luego oír los gritos entusiasmados de Hima.
- Es papá -digo, lo que ya es obvio. Mi corazón se acelera levemente, asustado.
Maldición. Estoy muerto.
Papá va a castigarme con solo verme el rostro.
- Estarás bien, hijo -mamá habla, probablemente al ver mi preocupación. Siento sus manos sobre mis hombros, y cuando volteo a verla la descubro mirándome fijamente-. Tu padre lo entenderá si se lo explicas, si eres honesto con él sobre lo que sucedió.
- ¿Tú crees?
Ella asiente.
- No lo sabes, pero él era igual a ti -afirma. Sonríe entonces, tal vez recordando algo en específico-. Realmente era un muchacho muy conflictivo en su juventud.
No me malentiendan, pero creerle a mamá resulta imposible.
¿Mi padre igual a mí?
- ¿Papá un revoltoso? Eso parece imposible.
- Tu padre es mucho más de lo que puedes ver, Boruto -mamá suspira, tranquila-. Ahora es un hombre muy serio y responsable, pero solía ser alguien completamente opuesto cuando tenía tu edad.
Siento curiosidad, pero no soy capaz de confesarlo. Y aunque tía Hanabi haya dicho algo parecido antes, continúa siendo muy difícil imaginarlo.
En serio. Mi tonto padre a mi edad… ¿cómo habrá sido?, ¿qué preocupaciones habrá tenido?
¿Qué lo habría hecho cambiar tanto?
- Suena a un papá más divertido que el que tengo-dattebasa.
Mamá vuelve a suspirar, para luego sonreírme otra vez.
- Habla con él, dile la verdad -pide, finalmente. Alza su mano para acariciar mi cabello. Es solo un segundo, pero me reconforta-. Confía en tu padre, hijo. Podría sorprenderte lo bien que puede entenderte.
- Ah, mamá… -resoplo. Voy a quejarme, cuando ella se coloca de pie finalmente.
- Tengo que ver la cena -me informa, sonriendo de nuevo-. Puedes vendar tus manos tu solo, ¿cierto? Lleva el botiquín en cuanto termines. Y no lo aplaces, la cena estará lista dentro de poco. Preparé hamburguesas.
Suspiro. No hay nada que hacer.
- Si, mamá.
Ella sale de la habitación, cerrando la puerta tras de sí y dejándome solo.
Vuelvo a ver mis manos heridas y, rápidamente, me apresuro para vendarlas. No me toma mucho y, al terminar, solo tengo que guardar todo dentro del botiquín.
Con mis nudillos por fin vendados, recojo el botiquín y doy vuelta para irme. Recuerdo el espejo sobre la cama, pero decido no volver a buscar mi reflejo en él.
No hay mucho que hacer por mi rostro. Sé que tarde o temprano deberé enfrentar a papá -la verdad es que me gustaría que fuese más tarde que nunca-, así que decido que es mejor hacerlo rápido.
- Espero que mamá tenga razón-dattebasa…
Salgo al pasillo, cierro la puerta con cuidado.
El olor de la cena me llega, mi apetito se abre. De la misma manera, puedo oír las risas de Hima y las de papá venir desde el comedor. Algo divertido deben estar haciendo juntos.
Dudo entonces.
¿Será una buena idea ir? ¿Interrumpir ese ambiente tan ameno?
Sinceramente, ¿qué voy a hacer? Sentarme para cenar y decir "bueno, hoy inicie una pelea en la escuela" no se oye como algo productivo.
Tal vez deba irme a mi cuarto, ¿no?, encerrarme allí el resto de la noche. Pero entonces papá iría a buscarme y me descubriría de igual manera.
No hay forma de escapar de esto, ¿cierto?
Suspiro, decaído.
Voy a ser castigado, aunque no debería sorprenderme. Probablemente esta vez papá me quite mis videojuegos o incluso la computadora.
¿Pueden creer mi mala suerte?
De todas formas, no hay nada que hacer. Este es un camino sin salida.
Avanzo un paso para dirigirme a mi inminente muerte, cuando me doy cuenta de algo importante.
Por alguna razón, la puerta del estudio de papá -la puerta que siempre está cerrada-, está abierta.
"Si buscas en su habitación y registras sus cosas puedes hallar una respuesta, genio, no es tan difícil"
Las palabras de Sarada, las que me ha dicho hoy por la mañana, regresan entonces.
De verdad, ¿acaso no hay un día en que ella no me deje tranquilo?, ¿qué demonios hice para que ella me deteste tanto?
No me agrada. Y es que últimamente no hago más que detestar a la chica que, alguna vez, fue mi mejor amiga. Comienzo a odiarla, por seguir insistiendo con aquella tonta broma, por plantar horribles dudas en mi cabeza a propósito y por incentivarme a cometer estupideces como registrar el estudio de mi padre.
O no, no es cierto. La verdad es que no se trata solo de las palabras de Sarada.
Este soy yo en verdad. Lleno de dudas y temores, los suficientes como para no detenerme a pensar antes empujar la puerta del estudio y encender la luz para ver al interior.
Sé que no debería hacerlo, porque he acordado confiar en papá y ahora estoy rompiendo ese acuerdo.
No me culpen, por favor.
Dentro, avanzo un par de pasos observando alrededor rápidamente. Llevo muchos años sin entrar al estudio de mi padre. Cuando era un niño, lo hacía todo el tiempo, ya sea para despertarlo cada vez que se quedaba dormido o para llamarlo cuando la cena estuviera lista. Ahora que soy un adolescente, solo tengo los recuerdos de esos agradables momentos.
Momentos que no volverán a repetirse.
Mientras avanzo, lo primero que noto es que todo sigue exactamente como siempre. Incluso con los años, nada ha cambiado. A la derecha del cuarto un sofá -dónde papá acostumbraba a dormir sus siestas-; y a la izquierda, el enorme librero lleno de textos de derecho y otros temas igual de aburridos. El mismo librero que yo solía escalar para saltar sobre él cada vez que dormía. Al fondo del cuarto está el escritorio de papá, con archivos encima.
Lo único que llama mi atención es una caja llena de papeles, dejada con deliberación en medio del cuarto. Me aborda la curiosidad, pero paso de ella.
Sí. Sé que no debería estar aquí. Pero antes de poder pensarlo con claridad me encuentro buscando con la mirada por sobre el escritorio de papá, solo para descubrir que, como siempre, está perfectamente ordenado.
Me acerco más, hasta estar justo al frente. Paso mi mano por encima y aparto algunos informes. Pero no encuentro nada. Nada que llame mi atención realmente.
De cualquier forma, ¿que estoy buscando exactamente?
Papeles en inglés, ¿cierto?, ¿alguna inscripción para una academia militar?, ¿algún cheque destinado a Estados Unidos?
Busco, pero no encuentro nada de eso. Solo papeles en japonés y archivos de los casos que debe revisar.
Papá es realmente un abogado muy aburrido.
Voy hasta su asiento. Reviso los cajones del escritorio, pero no encuentro nada que parezca importante. Tampoco hay algún cajón cerrado con llave como pasa en las películas, ni ninguna llave misteriosa dando vueltas.
No, papá simplemente no está ocultando nada.
Estoy haciendo una estupidez, pero no me detengo. Porque si lo hago, si continúo revisando el resto de su estudio, podré convencerme de que realmente no hay nada que encontrar. Por fin dejaré de preocuparme de las palabras de Sarada, porque me demostraré que está jugando conmigo.
Estoy tomando una decisión arriesgada, pero ganaré mucho con ella.
Al menos hasta que papá me descubra registrando sus cosas…
Con aquel último pensamiento, me veo obligado a detenerme. Solo imaginar los problemas que me causaría ser descubierto ahora, es suficiente como para llenarme de inseguridad.
Cierto. Que papá me encuentre dentro de su estudio no me ayudaría en nada, ¿verdad?, solo conseguiría que pierda la poca confianza que le queda en mí.
Sí. Así es. No es una buena idea lo que estoy haciendo.
Tengo que irme.
Cierro los cajones, vuelvo a enderezar las pilas de papeles y rodeo el escritorio para diririgirme hacia la puerta. Mientras lo hago, temo que en cualquier segundo papá vaya a entrar y atraparme, pero parece que la buena suerte está de mi lado porque consigo salir del estudio sin que él aparezca.
Llevo el botiquín conmigo y me aseguro de apagar la luz antes de irme, recordándome que no he cometido ninguna imprudencia que pueda delatarme.
Parece que ver tantas películas de suspenso sí ayuda en estos casos.
- Todo un ninja-dattebasa.
Solo cuando consigo cerrar la puerta me permito por fin respirar aliviado. Pero la sensación solo me dura el segundo que me toma percibir que no estoy solo.
Porque justo ahora, papá está en el pasillo, caminando directamente a mí.
Mirándome.
- ¿Boruto? ¿Qué estás haciendo?
Mierda. Mierda.
Definitivamente no estoy teniendo ni un poco de buena suerte.
CONTINUARÁ…
