Aquí publicando de la nada.
XXVI
Labios
…
.
Observo la tonalidad de tonos purpuras que en este momento decoran mi ojo izquierdo, y no puedo evitar arrojar un quejido alto.
El moretón, mi condena silenciosa, se presenta con orgullo y ajeno a mi dilema.
Para empezar, ¿por qué fue que creí que podría tener una pelea y salir ileso de ella?
"¡En el rostro no!". Ya no existe el honor entre caballeros, eso es seguro.
- ¿Hermano?
Giro. Hima me mira desde la entrada del baño. En sus manos lleva una bolsa de verduras congeladas, que no duda en extenderme.
- Gracias -tengo que aclarar mi garganta. A esta altura dudo que haya mucho por hacer para evitar la inflamación, pero de todas formas cubro mi ojo con ella. Para mi sorpresa, el plástico frío resulta un alivio momentáneo.
- ¿Cómo fue que sucedió? -ella consulta. Yo tengo que contenerme para no responder lo que tengo en la punta de la lengua.
Que esto, mi ojo morado, es la esperada consecuencia de ser un idiota presumido y hablador.
"Así es, nada menos que el primer lugar, ¿qué hay de ti?, ¿repetirás otro año, Iwabee?".
Yo podría ser el tipo de chicos que acepta sus victorias en silencio, pero en lugar de eso tengo la extraña necesidad de presumir mis victorias. Incluso si no son mías, realmente. A menos que, en un sentido perverso, haber conseguido el primer lugar haciendo trampa pueda considerarse una victoria.
- Me golpee contra una puerta -mi evidente mentira consigue que mi hermana esboce una pequeña sonrisa, como si estuviese diciendo "ay, hermano, ¿por qué te gusta tanto meterte en líos?".
Y por mirar esa sonrisa, es que no consigo notar los pasos en la escalera sino hasta que es tarde.
- Himawari, ¿qué has hecho con…?
Mamá entra en el pasillo, justo a tiempo para sorprenderme con la bolsa de vegetales congelados cubriendo parte de mi rostro.
Bueno, ya he sido descubierto.
Ella avanza hasta nuestra dirección, mientras que Hima se retira en silencio directo hacia su propio cuarto. Supongo que ni siquiera su terrible terquedad y su monstruosa fuerza es suficiente para intentar enfrentar el terror que puede ser mamá al enojarse.
Suspiro y busco a mamá con la mirada de una buena vez.
- Boruto… -y en la forma de decir mi nombre encuentro enfado y decepción.
- Lo siento, mamá -su mirada se ablanda entonces, y se vuelve amable y comprensiva incluso si no lo merezco.
- ¿Qué sucedió esta vez? ¿Ese chico volvió a lastimarte? -su preocupación me hace sentir tremendamente culpable, tanto que soy incapaz de mentir. Supongo que entonces es como ella se da cuenta de que me he metido en un lío por mi cuenta-. Boruto, sabes que cuando tu padre vea ese golpe…
- Lo sé. Estaré en problemas con el viejo.
Ella aprieta sus labios con fuerza. Lo que sea que esté pensando, decide omitirlo. Pienso en todas las veces que la he visto hacer ese gesto por causa de papá, y en lo terrible que soy por ser el causante en esta ocasión.
- ¿Puedes prometerme que no volverá a ser cómo antes?
Estoy seguro de que por "antes" debe referirse a las veces que volví a casa repleto de golpes que no desaparecieron en meses. No hace tanto tiempo, en realidad.
A mamá debe preocuparle que volvamos a esa rutina. No solo por mí, sino también por los problemas que hubo con papá en aquel momento.
Después de todo, el internado militar siempre seguirá siendo una amenaza silenciosa para mí.
Entonces, ¿debería prometer algo así?
- Lo prometo -no sé si ella ve mi duda. Si lo hace, no dice nada, tan solo se dedica a suspirar y se dirige hacia las escaleras nuevamente.
Vuelvo a mi propio cuarto, y tomo asiento sobre la cama con la bolsa de vegetales aún en mi rostro, congelando mis dedos. Miro la hora en mi teléfono celular y calculo el tiempo que falta antes de que papá llegué a cenar y tenga que castigarme.
Cielos, ¿por qué tuve que abrir mi boca justo en uno de sus días libres?
Toc, toc, toc
Los pequeños golpes tan clásicos de Hima me hacen levantar la vista. Ella se deja ver a través del marco de la puerta abierta.
- Hermano, ¿puedo pasar? -su voz es segura, porque ella en realidad ya se ha tomado el permiso de hacerlo.
- ¿Qué sucede? -la veo caminar directo hasta dónde estoy, con una seguridad que desconozco. La sorpresa me impide apartarme, sino hasta sentir como acaricia mi rostro con la yema de sus dedos.
Su tacto suave me produce un escalofrió, así que me alejo con urgencia.
- ¿Qué haces? -mi corazón ha iniciado su usual carrera al notar lo cerca que se encuentra de mí.
- Papá no puede ver tu rostro golpeado, ¿cierto? -ella pregunta. Vuelve a inclinarse sobre mí y a sostener mi rostro, esta vez con mucha más firmeza que antes. Me obliga a girarlo, mientras examina el sitio en donde he recibido el golpe. Finalmente, cuando llevo un minuto contando los latidos de mi corazón, se aparta. Necesito reprimir el suspiro de alivio que me causa su distancia-. Oí a mamá, cuando dijo que estarías en problemas si él lo ve.
- Sí. Algo así.
Pienso en el folleto del internado americano, grabado para siempre en mi memoria, así como pienso en las hileras de chicos problemático -iguales a mí- formados en línea, con gestos serios y posturas firmes. ¿Cómo me vería yo usando aquel uniforme?
- Entonces, ocultémoslo.
- ¿Ocultarlo? -necesito un segundo para procesar su idea- Pero ¿cómo…?
Hima sonríe. Da media vuelta y se marcha de mi habitación, sin decir ninguna palabra. Es tan inesperado que me toma un momento pensar en si debería seguirla o no, hasta que la veo volver nuevamente al cabo de solo medio minuto.
Esta vez, con una pequeña caja en sus manos.
- Debes confiar en mí, hermano -ella dice, y sus palabras son suficiente para hacerme sentir lo contrario de lo que pide.
- ¿Qué es eso? -y no puedo evitar pensar en lo que aquella caja podría esconder. Por suerte, mi hermana no tiene intenciones de ocultarme su plan.
- Es mi maquillaje.
Ni hablar.
- Primero muerto, ¿me has escuchado?
- Si de verdad piensas así solo habrá que esperar a papá -ella sonríe, sin insistir en su idea. Tan solo toma asiento sobre la cama, junto a mí, y me observa fijamente-. Vaya, no sabía que la piel podía tener ese color -murmura finalmente, fingiendo sorpresa y preocupación.
Ah, ¡demonios!
- ¿Maquillaje para qué, en cualquier caso?
- Es base -ella responde. Mi gesto debe reflejar mi desconcierto, porque entonces ella ríe y niega con su cabeza-. Cubrirá el golpe, parecerá que no tienes nada.
- Eso es imposible.
- Claro que es posible -ella replica, tan convencida que me hace dudar. A continuación, abre la caja y rebusca hasta extraer un pequeño frasco con un líquido en su interior. Lo agita y, con cuidado, aplica una pasta clara sobre el dorso de su mano. Base, recuerdo entonces la palabra, que se esparce sobre su piel sin mancharla en lo absoluto-. ¿Ves? Solo elimina las manchas e imperfecciones, y puede cubrir ese golpe.
Y entonces me mira, derribando por completo cualquier tipo de argumento que podría utilizar. Yo simplemente soy incapaz de negarme a ella.
- De acuerdo -sus ojos brillan. En tan solo un minuto y con un par de pasadores, aparta los mechones de mi cabello que cubren mi rostro. Sigo con cuidado sus movimientos, mientras va escogiendo el maquillaje y aplicándolo sobre el dorso de su propia mano, como hizo antes.
- Hermano, tienes que cerrar tus ojos -ella me indica de pronto, su voz es una mezcla entre una petición y una orden. Mi mirada va sin querer al resto de pequeños frascos al interior de la caja, intentando examinar su contenido.
- Escúchame, ni siquiera pienses en gastarme una broma, o destrozaré tus cosas-ttebasa -le advierto.
Una sonrisa divertida se forma en sus labios ante mi amenaza.
- Vaya, no lo había pensado -ella dice, fingiendo inocencia.
Ugh, tan diabólica.
Cierro mis ojos y me abandono a sus caprichos. Estoy derrotado.
Pasan los segundos y, entonces, algo suave roza mi parpado, algo suave y frío.
- Espera, ¿qué es eso? -no puedo evitar sobresaltarme, aunque no estoy seguro de si lo que lo causa es la sensación del maquillaje al ser aplicado o el hecho de saber que ella se encuentra realmente cerca de mí.
- No abras tus ojos -ella me regaña, con un mohín, como si fuese obvio. Vuelvo a obedecer, intentando eliminar el golpeteo de mi corazón.
Porque esto es lo más cerca que he estado jamás de ella.
- Esto es la base -ella va hablando, describiendo el proceso en detalle mientras aplica la crema sobre mi rostro-. Que suerte que compartamos el mismo tono de piel, ¿no crees?
No sé que sea lo que me ha traído aquí con ella, pero no sabría si llamarlo suerte.
Pasan los minutos. No sé cuántos, no consigo contarlos, mientras ella sigue con su trabajo.
- Un segundo -de pronto, siento su peso abandonar la cama en cuanto se levanta. Me pregunto a dónde se dirige, hasta que la siento moverse hasta estar de pie frente a mí. Su pierna roza con la mía y necesito contener el escalofrío que me recorre por ello.
El siguiente minuto es una tortura, mientras ella vuelve a sostener mi rostro y a inclinarse sobre mí para trabajar.
Su aroma dulce me inunda y me provoca el insano deseo de abrazarla para poder acércala más a mí, así que me aseguro de sostener la colcha de mi cama con la mayor firmeza posible para no cometer una estupidez. El roce de su pierna con la mía, sin embargo, es algo que no consigo evadir. Su muslo descansando contra mí, alterándome por completo sin siquiera sospecharlo. Haciéndome desear mucho más de lo que tengo permitido pensar. Y, justo en el instante en el que creo que no aguantaré más de esta pequeña tortura, ella se aparta de mí tan rápido que siento que me falta el aire a causa de su ausencia.
- Listo -asegura. Me toma un instante volver a abrir mis ojos, pero en cuanto lo hago puedo encontrarme con mi propio reflejo gracias al espejo que mi hermana está sosteniendo para mí.
Mis ojos buscan automáticamente el moretón que he visto hace solo un rato, sin embargo, y para mi real sorpresa, no consigo encontrarlo.
¡Es increíble! ¡El golpe ha desaparecido por completo!
¿Qué clase de magia es esta?
- Ni siquiera consigo notarlo -por más que busco, no encuentro nada -Hima asiente, conforme con su trabajo.
- Te dije que era posible.
- Gracias -lo digo con mucha sinceridad, y mi escueto agradecimiento para ser más que suficiente para ella. Su mirada reluce del orgullo que debe estar sintiendo.
- Un segundo, falta algo más -ella parece recordarlo de pronto. Vuelve a inclinarse sobre la caja, repitiéndome su orden nuevamente-. Cierra tus ojos.
Obedezco, preguntándome de que se tratará en esta ocasión. Me preparo para el tacto sobre mi rostro, pero en lugar de eso su mano sostiene mi mentón con cierta delicadeza.
Y, entonces, algo roza mis labios.
Un beso.
Mi corazón inicia una carrera ante esa inexistente posibilidad, para después darme cuenta de que se trata de algo imposible.
Mi hermana jamás me besaría.
¿Entonces qué es?
Algo… ¿algo frio? No, es tibio y duro. Recorriendo mis labios, como si los examinara detalladamente.
Y solo dura un simple instante. Un tortuoso segundo.
- Ahora sí -ella susurra. Su cálido aliento roza mi mentón.
Abro mis ojos apresuradamente. Me encuentro con sus ojos brillantes y la sonrisa que suele dedicarme solo a mí. Antes de poder decir algo medianamente coherente, ella retrocede un paso atrás.
- Hima -mi voz la hace detenerse-, ¿qué acabas de…?
No término mi pregunta. El sonido de la puerta principal abriéndose me interrumpe. De un momento a otro la sonrisa de Hima no hace más que ensancharse.
- ¡Papá llegó! -grita. Y yo recuerdo que, para comenzar, esta es una de sus noches libres en dónde viene a casa para cenar juntos.
No hay nada que hacer, mi hermana desaparece de mi cuarto y lo siguiente que escucho son sus pisadas bajando la escalera con rapidez. Suspiro, me obligo a dejar de lado lo que sea que sucedió en el último minuto, y la extraña sensación que se ha formado en mi estómago a causa de ello, y me dispongo a seguirla.
Pienso en mi ojo golpeado y respiro profundo para quitarme el nerviosismo mientras me deshago de los pasadores que sujetan mi cabello. Necesito actuar con calma durante el resto de la cena para conseguir pasar desapercibido. Así que, bajo las escaleras, convenciéndome de que mi maquillaje está bien y no se saldrá.
Cielos. Estoy usando maquillaje.
Bueno, es normal, ¿no? Digo, mientras ninguno de mis amigos llegue a enterarse. Además, no tiene que ser algo raro mientras yo no piense que lo es.
Mejor debería llamarlo "pintura de guerra".
Eso es mejor. Sí, suena mejor.
Entro en el comedor sacudiendo mi cabeza para acabar con mi discusión interna, justo a tiempo para ver a mamá tomar el maletín que papá ha dejado sobre el sofá.
- La cena está casi preparada -ella le informa. Él lanza un suspiro agotado.
- Gracias.
- ¡Papá, bienvenido a casa! -Hima salta a sus brazos entonces y el viejo apenas consigue sostenerla dos segundos en el aire antes de tener que bajarla-. Tengo que hacerte una pregunta.
- Ah, Himawari, ten cuidado con tu padre -mamá llama su atención. Yo por otro lado no puedo resistir la carcajada que se escapa al ver a papá derrotado por solo un abrazo
- Cielos, papá es un anciano-ttebasa -mamá me regaña con su mirada por mi comentario, pero entonces algo cambia en su gesto. Giro para ver a papá, tras de mí, quién solo se dedica a arrojar un suspiro cansado.
- Y pensar que solo tengo… -se detiene entonces, justo tras fijar sus ojos en mí al igual que mamá. Por algún motivo que desconozco papá me queda viendo en silencio. Su gesto de sorpresa me revuelve el estómago-. Boruto…
Es solo que… me mira como si no me conociera.
¿Acaso he pasado a llevar el maquillaje sobre mi ojo sin querer?
- Papá, yo… yo puedo explicarlo…
- ¿Por qué llevas pintalabios?
No consigo procesar la pregunta, sino hasta que veo a mi hermana conteniendo la risa tras papá, con el pequeño tubo del pintalabios en su mano.
No lo hizo.
Claro que sí.
Busco lo primero en la habitación que consiga reflejar mi rostro. No consigo reconocer mis labios, ahora tan rojos y brillantes a causa de la broma en la que tan absurdamente caí. Prácticamente me he regalado en bandeja a ella.
Mi avergonzado corazón no tarda en reaccionar.
- ¡Himawari!
CONTINUARÁ…
