Quisiera en realidad que no hubiese transcurrido tanto tiempo. Ha sido muy frustrante no poder sentir ganas de dedicarme a terminar esta historia, cuando le tengo un montón de cariño y le he dedicado muchísimo tiempo. Las cosas en mi vida van mejor, así que he podido sentarme a leer, trabajar y corregir este capítulo (lo juro, estuve tres noches solo redactando y volviendo a redactar la primera parte). Realmente quería que fuese especial.
Alluren: espero que la espera valga la pena ajaja :(
Caro: Entre Boruto y Sarada hace falta una conversación para resolver algunos conflictos pasados y presentes. Y así de paso nosotros también nos enteramos de qué se traen.
Gabe Logan: También pienso que es triste que la única forma de obtener un beso sea mediante un engaño. La idea de la fiesta era que, bajo tanto ruido, su voz fuera difícil de entender. Si te fijas en realidad casi no habló con nadie, menos ante su hermana. Y sí, al verdad es que siempre me salen muy sufridos los protagonistas. ¿Alguien quiere ya rezarle a la Virgencita de Guadalupe?
Iiam de Centeno: ¿Sigo siendo cruel, pero justa? ajajaja :( No, no, no, ya he hecho sufrir bastante a este muchacho, lo dejaré tener su primer beso tranquilo.
Secretlistener: Thanks! Boruto are make the same question about Inojin. Sometimes his friend, sometimes looks more like a enemy.
XXXIII
Cumplido por los dioses
…
.
Sus labios… son suaves, pequeños y delgados.
Su aliento es cálido, realmente dulce. A fresas y chocolate, de la fiesta.
Besarla es… ah, no tengo palabras. Creo que ni siquiera estoy pensando con claridad.
Seguramente no estoy pensando en lo absoluto. Todo lo que sé es que…
Más.
…algo se agita dentro de mí, dolorosamente hambriento.
Quiero más.
De sus labios, de ella.
Mucho más.
No puedo parar. Se trata, después de todo, de mi perverso deseo concedido por los dioses; de la única oportunidad que tendré en mi vida. Y quiero tomarla.
Muerde, la entusiasta voz me susurra, y yo obedezco. Mis dientes presionan su labio y mi recompensa es aquel jadeo sorprendido mientras ella abre su boca.
Que sonido más maravilloso.
Mi corazón late tan fuerte que por un instante temo vaya a estallar. La sensación que me recorre es tan intensa, es electricidad en mis venas.
La idea de tener que separarme de ella se vuelve intolerable, y me pregunto cómo demonios voy a volver a respirar una vez que se aparte de mí, una vez que deje de sentir el sabor de su boca, de nuestros alientos entremezclados. Estoy tan aterrado, aterrado de que ella se desvanezca de un segundo a otro, como si todo este tiempo se hubiese tratado de una ilusión.
Quédate conmigo, por favor.
Su lengua presiona la mía, y todo se vuelve un millón de veces mejor de lo que jamás he podido fantasear.
Mi excitación crece. Muy pronto, muy rápido. Antes de notarlo mis manos la sostienen para acercar su cuerpo al mío.
Más.
No quiero parar. Ni siquiera quiero pensar en parar.
Más.
Tan solo necesito estar más cerca de ella.
Mi cuerpo se mueve por voluntad propia. En un instante termino colándome entre sus piernas. Levanto su cuerpo, tan liviano, y la aproximo a mi regazo. La tela de su falda se arremolina alrededor.
De seguro a este paso… ah, es tarde, estoy teniendo una erección. Y de seguro ella puede sentirla. Quizás debería… No, no quiero parar. Más bien, lo que quiero es…
Mi corazón amenaza con estallar mientras empujo su cuerpo contra el mío, su pelvis contra mi cadera.
Porque quiero que me sienta, quiero que sepa lo duro que me pone, que me ha puesto siempre.
Quiero que sienta lo que he tenido que controlar desde la primera noche en que soñé con ella.
E Hima gime.
No es un jadeo. Puedo escucharla claramente, mientras se remueve sobre mí. Y son los segundos más intensos y completos de toda mi vida.
El sabor de su boca, la presión de su lengua, su voz entrecortada escapando, el calor de su piel, sus pequeñas manos apoyadas sobre mi pecho, la forma de su cuerpo definida bajo su inocente disfraz, sus piernas alrededor de mi cintura, el roce con su pelvis.
Es la mejor puta sensación de toda mi vida.
Más, por favor.
Me alejo finalmente de su boca. No sé cómo sobrevivo el segundo completo que me toma llegar hasta su cuello. Mi recompensa es su voz elevándose, justo en mi oído.
Esto es un sueño, ¿cierto?, seguramente lo es, y en cualquier momento despertaré en mi cama con una erección. Pero, por favor, solo quiero unos segundos más, solo un par de segundos más antes de tener que despertar.
Y si en verdad todo se trata de un sueño, entonces yo puedo… yo podría…
Quiero tocarla.
Deshacerme del guante me toma una eternidad, pero vale la pena en cuanto consigo rozar el borde de su falda. Puedo sentir su sobresalto mientras alcanzo su piel, tan suave y tersa, la forma en que se estremece mientras recorro su pierna.
Su muslo. Y, más arriba…
- Por… por favor…
Hima se detiene. Distingo el temblor de sus piernas, de su cuerpo completo; su respiración agitada, su pecho subiendo y bajando apresuradamente; su voz trémula, mientras jadea por la falta de aire.
¡Te amo!
¡Te amo!
¡Te amo! Mi corazón lo grita, con cada latido feroz que da. Palpita tan deprisa y fuerte que seguramente ella debe notarlo, así como yo puedo sentir el movimiento frenético que viene desde su pecho, como si se tratara de una pequeña ave intentando escapar.
Retiro mi mano y cierro mis ojos, tratando de extender todo lo que puedo este tiempo robado. Tengo tanto miedo de que en cuanto vuelva a abrirlos ella ya no esté aquí.
Te amo, decido contarle, con cada pequeño beso que deposito sobre su piel. Su pequeño cuerpo se estremece, mientras recorro el camino de vuelta hasta su delicado mentón. Y ella tan solo me espera, paciente, aunque no lo merezco.
Te amo, quiero confesárselo en voz alta. Pero como en un cuento de hadas, he perdido mi voz a cambio de una oportunidad de estar con ella.
Te amo, mi girasol.
El último beso es tan suave. Nuestros labios presionándose ligeramente, casi tímidamente.
En cuanto me aparto, inmediatamente dejo caer mi cabeza sobre su hombro, sometido a su total voluntad, mientras trato de recuperarme de la intensa sensación que aún provoca que la punta de mis dedos tiemble.
Y respiro profundo, porque quiero memorizarlo.
Todo, hasta el más pequeño detalle. Necesito memorizarlo. Incluso cuando sé que jamás podré volver a tenerlo, incluso si recordarlo pudiera dañarme más adelante.
Un consuelo para mis sentimientos que jamás serán correspondidos, resignados a esperar para siempre.
Por eso, en silencio, le rezo a los dioses una última vez.
Todo esto, por favor, permítanme conservarlo en mi memoria para siempre.
- Yo…
No me doy cuenta de lo firme que la estoy sosteniendo entre mis brazos hasta que tengo que dejarla ir. La voz de mi consciencia, la que los últimos minutos ha permanecido en silencio, comienza a recobrar su fuerza.
¡Déjala, déjala, déjala! ¡Suéltala ya!
Tengo que morder mi labio para no disculparme. Ella por fin se aparta, provocándome una repentina sensación de vacío. Se levanta con rapidez, toma distancia y -por el sonido casi imperceptible de la tela- me doy cuenta de que se encuentra ordenando la falda de su vestido. No habla, y me imagino que es a causa de lo avergonzada, nerviosa y asustada que debe sentirse en este instante.
Después de todo, un desconocido acaba de besarla en un armario. No, más que eso. La ha tocado sin preguntar y le ha restregado su erección.
¡Ha tenido que ser aterrador!
- Es… es solo que… -su voz rompe nuestro silencio. Quiero escuchar el resto, incluso si se trata de lo mucho que me detesta por lo que acabo de hacer, pero entonces la puerta del armario se abre.
Los siete minutos por fin han terminado.
El cuarto vuelve a iluminarse y las risas que surgen llegan a ocultar incluso el fuerte ruido de la música. Me levanto del suelo con rapidez, sin saber qué hacer.
¡Sal de aquí!, la orden de mi cerebro pone en marcha el resto de mi cuerpo. Pero resulta que he olvidado como caminar, y mientras retrocedo a trompicones hacía la salida no consigo nada más que desatar risas a mi alrededor.
En cuanto por fin abandono el armario, un chico golpea mi espalda y arroja una felicitación al aire. Pese a que no ocupa tanta fuerza, estoy tan fuera de mí que termino tropezando hacia delante.
Hima evita mi caída.
Sostiene mi muñeca, tira de ella y me ayuda a recuperar el equilibrio. Frente a frente, recuerdo por fin su abrumadora fuerza y me pregunto en silencio por qué no la ha usado para detenerme antes.
- ¡Parece que ha nacido una nueva pareja! -el grito nos hace reaccionar, pero para nuestra fortuna la indeseada atención del resto pasa pronto a la siguiente pareja que hace uso del armario.
Observo a la chica frente a mí, que aún sostiene mi muñeca pese a que ya no necesita hacerlo. Distingo el tono carmesí de sus mejillas y su vista clavada en el suelo, evadiendo avergonzada el momento de enfrentarme.
Si yo me tratase de cualquier otro chico o si ella fuese cualquier otra chica, seguramente ahora me disculparía adecuadamente; si mi mente no estuviera tan confundida, de seguro me presentaría, preguntaría su nombre y me atreverá a iniciar una conversación con ella; si incluso fuera lo suficientemente valiente, en lugar de sentir tanto miedo, la invitaría a salir.
Sin embargo, no es así.
La chica frente a mí no es nadie más que mi pequeña hermana menor.
Con eso en mente, doy un paso atrás, hasta que mi muñeca se desliza de entre sus manos. Ella alza su rostro ante mi acción. Sus ojos azules, idénticos a los míos, observándome indecisos.
Algo más sucede entonces. Una de las amigas de mi hermana repentinamente da un paso al frente para empujarla hacía mí. Ella apenas consigue girar sobre su propio eje, en medio de una réplica que no termina.
Cuando pierde el equilibrio, esta vez es mi turno de sostenerla. Mis manos en sus hombros se aseguran de detener su caída con suavidad. Cuando mi hermana alza su mirada, buscándome, algo se remueve en mi interior.
Sus labios, brillantes y ligeramente entreabiertos, como si me invitaran a tomarlos de nuevo.
¿En qué piensas, Hima?
- Lo… lo siento -ella se aparta por fin, gira para verme, sin embargo, casi inmediatamente su rostro vuelve al suelo, avergonzada. Me recuerdo a mí mismo que debo alejarme, cuando su voz nuevamente se abre paso-. ¡Disculpa! -alza su brazo con prisa. Incluso si ni siquiera consigue tocarme, aquello es suficiente para detenerme-. Puede… puede ser algo repentino, pero… ¿te gustaría…? Quiero decir… -mi vista va al mechón de su cabello, con el que ahora juega-. ¿Puedo… saber tu nombre?
¿Por qué no me has alejado allí dentro, Hima?, la pregunta martilla con más fuerza en mi cabeza, y me llega a producir un zumbido en los oídos.
De pronto, al imaginar la respuesta, me falta el aire.
La ínfima posibilidad de que mi hermana pueda estar interesada en mí me produce un pánico desconocido que surge a borbotones desde lo más hondo de mí.
¿Qué mierda estoy haciendo? ¡Yo no debo estar aquí!
No me contengo. Apenas consigo negar con mi cabeza y murmurar algo ininteligible, antes de dar media vuelta y alejarme de ella. Mi cabeza está inundada de los más horribles escenarios ante la idea de que ella o alguien más pueda descubrir quién soy.
El impulso me lleva hacia la puerta, trastabillando entre los invitados. Ignoro las quejas, los codazos y los insultos que dejo al pasar.
Corro hacia la entrada. Está repleta de gente, pero de todas formas consigo abrirme paso entre ellos y cruzar la puerta principal.
El aire fresco de la noche me golpea, pero solo sirve para generarme una sensación nauseabunda que se une al pánico en mi interior.
¿Dónde voy? ¿Cómo salgo de aquí? ¿Debería volver al cuarto de Inojin?
Miro de vuelta hacía la entrada… y descubro a Himawari de pie en el umbral, observándome indecisa.
- ¿Te encuentras bien? -pregunta. Da un paso hacía mí, y yo pierdo el aire como si me hubiera recibido un golpe en el estómago. Retrocedo hacía la calle, antes de escucharla alzar su voz-. ¡Un segundo, por favor!
Me invade el impulso de detenerme solo para regañarla por lo que está haciendo.
¡Cielos, Hima! ¡No conoces a este sujeto, no lo persigas tú sola!
Piso el asfalto, escuchándola abrirse paso detrás. Los chicos en la entrada ríen, pensando que debemos estar jugando o algo por el estilo.
Solo alcanzo a correr algunos metros antes de obligarme a frenar. Porque no sé qué demonios debería hacer ni en dónde esconderme.
El misero segundo de incertidumbre que me ataca es todo lo que mi hermana necesita para darme alcance.
- ¡Espera! -su voz, tan llena de una inmerecida preocupación, me paraliza por completo-. Tú… ¿quién eres?
Respirar se vuelve inmensamente doloroso entonces, con ella a solo un par de metros tras de mí.
Si decide avanzar, sé que estaré a su merced. Bajo la intensa luz de la farola no podré engañarla. Incluso con el antifaz puesto, ella podrá ver claramente mi rostro.
Y entonces lo sabrá.
A esta altura no puedo pretender fingir que no la reconocí. Y ella definitivamente no puede saber que el chico que ha robado su primer beso es su hermano mayor.
¿Qué hago? ¿Qué se supone que debo hacer?
- ¡Himawari!
Doy un salto que no consigo controlar. La voz de mamá, atravesando el ruido proveniente de la fiesta y la calle, se abre paso imperante. La costumbre me obliga a voltear y, para mi alivio, me doy cuenta de que ha sucedido lo mismo con Hima. Mi hermana -ahora de espaldas a mí- parece haberse olvidado momentáneamente del chico vestido de mosquetero.
No la culpo, después de todo, jamás he escuchado a mamá emplear ese tono para llamarla.
La veo entonces, abriéndose paso para llegar hasta la calle. Apenas tengo tiempo para escabullirme por el pequeño callejón a un costado de la farola, el mismo en dónde he dejado aparcada la bicicleta al llegar.
Oculto junto a los contenedores de la basura, lucho contra una nauseabunda sensación atorada en mi garganta, mientras los latidos en mi pecho golpean tan fuerte que me parece increíble nadie consiga escucharlos.
- Ma… Mamá… -la voz asustada y sorprendida de mi hermana llega hasta dónde estoy. Tengo el estúpido impulso de correr a su lado solo para asegurarme de que estará bien, así que me clavo las uñas en los antebrazos en un esfuerzo por recordar en dónde me encuentro y por qué no puedo salir de mi escondite.
- ¡Nos vamos! -y no me cuesta imaginar a mamá, caminando hacia ella para tirar de su brazo.
Incluso sin entender lo que está sucediendo, me inunda algo parecido a una ola de alivio al comprobar que sus pasos se marchan en dirección contraria a donde me encuentro. De todas formas, decido permanecer en silencio, hasta comprobar que ya no se encuentran, antes de volver a moverme.
- ¡Hinata! -una tercera voz emerge en la oscuridad. La madre de Inojin, puedo apostar-. ¿En serio te irás por algo tan simple?
Distingo el golpe seco de un par de pies tropezando contra el asfalto. ¿Habrá sido Hima al verse detenida tan abruptamente por mamá? El ruido de tacones avanzando por la calzada, pasos firmes y marcados, como los que doy yo al enfadarme.
- No me hables como si yo estuviera haciendo una especie de… ¡berrinche! -en cierta forma se me hace extraño saber que la voz tan enfadada e indignada que estoy escuchando es la de mamá. Incluso sabiendo lo aterradora que puede llegar a ser, me cuesta imaginar su expresión en este momento-. No tenemos quince años, Ino. No creas que me quedaré sentada en silencio mientras hablas mal de mi familia.
- Pero yo no he…
- Lo hiciste -su tono cortante, y el hecho de que parece no importarle quién más pueda oír su discusión, me impresiona-. Creí ser capaz de ignorar tus palabras, solo por nuestra vida de amistad, pero sucede que ya no soy una niña. No permitiré que hables de mi hijo de la misma forma en que solías referirte a Naruto-kun cuando íbamos a la escuela.
Contengo la respiración, paralizado por la discusión que estoy seguro no debería estar presenciando.
Es cuando, por el rabillo del ojo, veo la bicicleta en la que llegue, de vuelta en el lugar en dónde la he dejado. Imagino entonces a Inojin, a salvo en su cuarto, lo que significa que por fin puedo largarme de este lugar.
- Y puede que Boruto sea complicado, sí -las palabras de mamá me obligan a permanecer en mi lugar, mientras mi corazón da un desagradable vuelco-, puede que tenga conflictos y que se meta en problemas más de lo que los chicos comunes hacen. Pero es un buen muchacho, no miente ni engaña para conseguir lo que quiere, y siempre se preocupa por su familia. Es mi hijo y lo defenderé cuando tenga que hacerlo.
- ¿No crees que eres algo ingenua si piensas eso?
El pesado silencio a continuación me impide respirar.
Necesito asomarme, necesito asomarme y ver qué sucede, pero mis piernas no responden a mi orden.
- ¡Ino! -esa es la voz de la madre de Sarada. Por el tono, puedo deducir que también está enfadada-. Hinata, ¿qué estás…?
- Si vuelves a decir algo malo sobre mi esposo o mi hijo, Ino, haré algo más que solo romper esa preciosa nariz que tanto presumes.
Yo no puedo creerlo.
¡¿Esa ha sido mamá?!
- Hinata, no eres una niña como para ese tipo de amenazas.
- ¡Ino, basta ya!
- Mejor preocúpate por tu hijo -la escucho añadir-. Crees que es un muchacho muy bueno y encantador, ¿verdad?, pero más de la mitad de los problemas que Boruto ha tenido el último año han sido en su compañía.
Y tras decir eso, vuelvo a escuchar sus firmes pisadas, alejándose por la calle.
- ¡Hinata!
- ¡Adiós!
No sé cuánto tiempo me mantengo en el mismo sitio.
Permanezco en silencio, mientras siento sus pasos alejarse por la calle. Escucho la discusión de la señora Yamanaka y de tía Sakura, quienes entre susurros furiosos regresan al interior de la casa.
Puedo sentir la fría pared de piedra en contacto con mi piel caliente, pero, de todas maneras, no consigo el alivio que busco.
Cuando por fin consigo moverme, mis extremidades entumecidas se quejan. Camino por el callejón, con el corazón aún agitado.
Las palabras de mamá siguen repitiéndose en mi cabeza, una y otra vez. Mi estómago comienza a doler. La presión en mi pecho se ve acompañada del sudor frío en mi espalda, que no hace más que generarme escalofríos. Una nauseabunda sensación que conozco bien me invade.
No intento reprimir las arcadas. En su lugar, me inclino contra un contenedor para vomitar los restos de mi almuerzo y lo que sea que haya conseguido devorar en las últimas horas.
Escupo, porque no soporto el sabor en mi propia boca. Jadeo y, tembloroso, me deshago del disfraz que he usurpado. La estúpida capa se desliza de mis manos antes de terminar en el suelo, junto al sombrero, el guante y el antifaz.
La sensación de los labios de Hima sobre los míos reaparece. El recuerdo es intenso, aún conservo la sensación exacta, y me hace olvidar que acabo de vomitar.
Sacudo mi cabeza. Me tambaleo hasta alcanzar la bicicleta.
Me obligo a montarla, recordándome con furia que tengo que llegar a casa antes de que mi madre y hermana lo hagan. Porque, se supone, estoy en mi propio cuarto, castigado.
Mientras pedaleo por las calles, volviendo por la ruta que he escogido, todo lo que tengo en la cabeza es el beso y las palabras de mamá al defenderme.
Por primera vez desde que puedo recordar, el aire fresco de la noche es incapaz de aliviarme. Mi corazón late tan fuerte que temo se me vaya a salir del pecho, y la sensación nauseabunda no consigue desaparecer a pesar de que ya he vomitado.
Estoy enfermo, el pensamiento es repulsivo. Nunca me he sentido más horrorizado o asqueado de mí mismo.
Es demasiado. Y, seguramente, tampoco lo estoy procesando bien. Me cuesta respirar y mi pecho ha comenzado a doler.
Con cada metro que avanzo en el camino, lo único que consigo sentir es una profunda desesperación.
Las lágrimas me escuecen los ojos, nublan mi vista. Y ya no puedo prestar atención al camino como debería.
Yo, en realidad, quiero llorar. Llorar y gritar, lo más fuerte que pueda hasta deshacerme de esta nauseabunda sensación que no deja de recorrerme.
Quiero vomitar nuevamente, mientras pienso en las palabras de mamá y en la forma en la que le he robado su primer beso a mi pequeña hermana.
"No miente ni engaña para conseguir lo que quiere, y siempre se preocupa por su familia"
Te equivocas, mamá. Yo no soy así.
No soy alguien bueno, nunca lo he sido. Les miento y los engaño todo el tiempo. Y hay un horrible monstruo en mí que solo quiere lastimar a nuestra familia.
No soy alguien bueno.
No soy nada bueno.
Y lo siento. Lo siento tanto.
De verdad desearía no estar así de enfermo.
CONTINUARÁ…
