Si están leyendo esto, muchas gracias por la oportunidad.

Seré breve. Tal vez no haya demasiadas historias con esta pareja, pero esta idea no me la pude quitar. En principio, tiene que ser algo breve que abarcaría un espacio de tiempo que arranca en el cuarto libro. No pretendo reescribir toda la historia, de manera que sólo alteraría hechos particulares de la línea original en favor de la historia. Más que la lucha que todos conocemos, pretendo contar una historia de amor y todo lo que eso significa. Cualquier crítica, no duden en hacerla, la recibo con gusto.

Y sin más que agregar, comencemos.


"No hay hombre tan cobarde a quien el amor no haga valiente y transforme en héroe".

Platón

I

Algo tiene el agua. Además de formas, muchas formas, claro está.

Algo que trae consigo mucho. Demasiado. No es como que tenga ocasión de pensarlo. No ahora al menos.

Entre toses, sin embargo, sabe que lo recuerda. Que no puede evitarlo.

Recuerda la lluvia. Los días lluviosos de su infancia. Antes. Mucho antes de saber quién es realmente. Aun cuando cuanto pudiera quedarle de familia guardar la absurda ocurrencia de negarlo a su mundo, darle una vida "normal" y esperar que estuviera agradecido de ello.

A veces lo piensa. No demasiado. Qué habría pasado. Hasta dónde habría llegado. Después de los dieciocho. A los dieciocho con exactitud. Entonces ya lo pensaba. Tampoco se trataba de una perspectiva distante. Ahora, sin embargo, se permite acariciar la perspectiva. A veces le agrada. En parte por las obvias diferencias.

Pero la lluvia siempre estará. Tanto entonces como ahora. Aunque entonces supusiera la promesa de algo más de calma. Como quien deja caer silencio a través de las gotas. Como quien ve apaciguado el infierno a causa de la humedad. Y ni el relámpago bastaría para arrancarlo del sopor.

Antes de tener su habitación. Imaginando la forma de las gotas. Porque algo de mágico debía tener un niño que aprendiera lo más básico teniéndolo todo en contra.

No sabe por qué, pero ahora la recuerda. La lluvia de la infancia. Antes de saber la verdad. La lluvia de antes y después.

Antes suponía relajo. A nadie le gustaba la lluvia. Por añadidura, él supo apreciar su encanto. Entonces nadie le gritaba. Entonces casi resultaba más cómodo ignorar su presencia. Entonces bien podía sentir la libertad del fantasma, en tanto no hiciera ruido.

Entonces… era lo más cerca que estaba de disfrutar.

Tampoco daba señales de ello. La más mínima y cualquiera dentro de la casa harían lo posible por hacerlo cambiar de parecer.

No es como hiciera falta, piensa con amargura.

Sí. Porque recuerda. Ahora entiende a qué viene el recuerdo. En tanto intentan que una toalla sobre los hombros baste para paliar el frío del que recién es consciente.

Hay muchas diferencias. Para empezar, entonces no hubo toalla. Pero la sensación es bastante parecida.

Absurda. Una suerte de alivio, incredulidad… y ridículo…

Pero de eso hace ya tanto…

No, puede que tampoco haga tanto. Pero la frontera que separa la infancia de sus mejores recuerdos…

Se permite una sonrisa irónica. Tampoco es como que se viera librado hasta la fecha de las peores cosas y aún tiene cara para creer que esa etapa tiene algo de mejor…

Tal vez… sólo tal vez… esa pizca de autonomía que le da el saber, en buena medida, quién es realmente…

Por mucho que ahora esté haciendo cosas que no debería…

En serio, ¿cómo pudo tan siquiera fantasear con la posibilidad de competir en semejante torneo de locos? No, mejor aún, ¿quién tuvo la ocurrencia de que un torneo semejante sería una buena idea para estrechar lazos entre escuelas? ¿No podían pensar en algo menos mortífero? ¿Desde cuándo la magia debía ser sinónimo de desastre y peligro mortal?

Ahora no es como que tenga alternativa. Es más, no tiene sentido hacerlo. ¿Para qué o qué? La escuela ya tiene un representante más que digno. Competente no, puede que de los mejores. ¿Y él? ¿Qué tiene él? ¿Acaso la etiqueta de accidental héroe lo vuelve invencible? ¿Acaso el maldito torneo necesita más publicidad?

Vuelve a toser. Escupe agua. ¿Qué tan difícil puede ser negarse a hacer algo más? Se burlarán… ya lo hacían antes de todos modos. No tendría nada de vergonzoso. En verdad no quiere más. ¿Qué es lo peor que podría pasar?

Bueno, dos de tres, piensa. Pero la primera… demonios, es la segunda, no quiere ni soñar lo que vendrá después. Nunca ha querido imaginarlo. Todo el asunto es una pesadilla. No tendría que estar ahí. Después de tres años al borde de la muerte, ¿qué tan difícil puede ser pedir uno, un solo maldito año normal?

Pero no. Ahí tiene que estar, volviendo a habituarse a la realidad más allá del frío lago mientras piensa en la última vez que se sintió tan empapado…

Claro, el partido en que se desmayara, bajo la lluvia… el año pasado, tenía que ser…

Pero no dependió de él. No. No guardaba relación. De otro modo, lo habría recordado primero.

En cambio, la memoria viajó lejos. Demasiado lejos.

Bueno, quizá no tanto. Es sólo que… de un tiempo a esta parte, cualquier cosa que guarde relación con la incertidumbre de no saber a ciencia cierta quién es…

Y ya en aquel tiempo, parecía demasiado pedir un momento normal.

Pero tampoco tenía la culpa de llegar tan tarde ese día, habiendo escapado de su primo y compinches por enésima vez, todos tan dispuestos siempre a desarmarlo a golpes… algo de agilidad debía tener, pero de ahí a tan siquiera suponer que no le permitirían entrar a casa…

No es como que fuera la primera vez. En esos casos, podía recurrir a la chiflada vecina que, justo en ese segundo, brillaba por su ausencia.

Mal momento para ponerse a llover.

No es que deseara dar lástima ni mucho menos, pero era consciente a sus… ¿Ocho? ¿Nueve años? ¿Diez? Nueve u ocho debían ser. Y ya sabía que no tenía sentido esperar en el porche y golpear hasta pelarse los nudillos. Lo disfrutarían y él, con todo, no estaba dispuesto a darles esa satisfacción.

Por mucho que tuviera que correr bajo el agua que caía a baldazos en busca de un refugio. Por mucho que tuviera que esperar a que arreciara el temporal.

Entonces… entonces sí. Ocho o nueve años. Y ropa a la que le sobraba un par de tallas. Dos o tres. Y la agilidad ganada como veterano de persecuciones. Y la velocidad. Que nadie alcanzara a preguntarse qué hacía un niño de su edad con esa ropa y ese clima, lejos de casa.

Asumiendo que alguien, después de tanto tiempo, mostrara semejante interés.

¿Y cuánto corrió? ¿Cuántas calles cubrió? Distancia recorrida… pasos dados… zancadas dadas… velocidad alcanzada… ¿La humedad tendría algo que ver?

Habrá sido una distancia más que respetable, concluye en tanto se pone en pie a duras penas, con algo de ayuda. No es como que cerca de esa casa existieran espacios así. Para aquel momento, su indomable cabello se le pegaba, uniforme, al cráneo, en tanto las gafas le ofrecían cierta protección al tiempo que estorbaban.

Pero tuvo que detenerse. No fue así para siempre. Tuvo que frenar. Frenar y encontrar refugio al alero de alguna casa o edificio… ¿Edificio? ¿Tanto se había alejado? Al parecer, sí. De otro modo, no podría recordar esas alargadas formas, el hecho de permitirse un respiro al amparo de ellas.

¿O a esa edad cualquier cosa parecía demasiado grande? Puede ser. De hecho, ahora mismo, en tanto no se sacude el malestar de la inmersión, todo parece distorsionado. Bien podría tratarse del mismo sentir de ese segundo, conformándose con ver desfilar vehículos y personas en tanto se esforzaba por pasar desapercibido…

Mientras el ruido siga ahí. Y regrese. Sí. Había mucho ruido. Lluvia, ruedas, voces y más y más lluvia…

¿Cómo fue capaz de oír?

Tampoco se prodigaba de la fineza del oído. Sólo oyó. Como suele oír. Cosas. Demasiadas cosas. Algunas indeseadas. Así ha sido siempre. Voces. Demasiadas voces. Y estando cuerdo… porque sí lo está, ¿verdad? Y en ese segundo, sí lo estaba al menos. Lo bastante cuerdo para oírlo.

El gruñido. El ladrido. El grito.

Ni siquiera es que sintiera que algo malo podía ocurrir… bueno, sí, también hubo algo de eso. Y algo de curiosidad. Y algo que le decía que… algo que lo empujaba a correr. ¿Pero qué? ¿Qué podía hacer él? ¿Por qué hacía lo que hacía? Tampoco es que mediara demasiado tiempo entre el grito, el ladrido y su reacción.

No. Su yo de entonces sabía… o sentía sin saber explicarlo. Que algo debía hacer. Que ya que estaba ahí, quieto no podía quedarse. Y se movió. Aunque no tardara en descubrir… aunque pensara, por un instante, que todo lo tenía en contra. Porque no podía ser de otra forma. Si corría, se debía única y exclusivamente a que todo lo tenía en contra. Si algo pasaba, con seguridad sería algo malo.

Ni siquiera supo cuantas vueltas dio entre callejones. Puede que apenas fuera una. Una o dos. Pero las que hayan sido, terminaron por llevarlo a su destino.

Al enorme perro gris que acorralaba a una figura. Una niña, fue lo poco que pudo distinguir. Tampoco es como que tuviera demasiado tiempo para pensar las cosas. Sólo corrió. Corrió y agarró lo primero que encontró, las tapas sueltas de dos cubos de basura. Y corrió. Corrió hacia el perro con eso que no sabía que se llamaba adrenalina golpeando en sus orejas, en su corazón, en sus brazos y piernas…

–¡Oye! ¡Déjala!

Gritando. Gritando a pesar de faltarle el aire. Apenas captando la atención del perro antes de embestirlo con todo su cuerpo, sabiendo que era él mismo muy poca cosa para semejante bestia, pero qué más podía hacer si una patada sería tan poca cosa…

Pero funcionó. La embestida, en realidad. Sí funcionó. Lo bastante para apartar al perro un par de metros de la niña. Lo bastante para hacerlo perder el equilibrio, aun sosteniendo las tapas de los cubos y sabiendo que el perro se incorporaría, volvería a atacar…

–¡Corre! –Gritó el chiquillo a la niña, hecha un ovillo en un rincón. Misma que parecía demasiado asustada para acatar o hacer algo más.

Ni siquiera la miró. El perro le gruñía. En el fondo sabía. Ella no correría tan rápido como él. La dejaría a merced de ese monstruo. En cambio, si atinaba a reaccionar de una vez… si le daba tiempo… un poquito de tiempo y espacio…

El niño de entonces casi sonrió. Casi prefería enfrentarse a su enorme primo y sus amigos bravucones.

Demonios. Sonreír. Casi sonreír. Porque el miedo… no, no tenía miedo. No tanto por sí mismo. Esa niña atrás… bueno, si no se movía pronto, las cosas en verdad se pondrían feas…

Más feas si acaso era posible.

–¡Corre! –Volvió a gritar al tiempo que corría al encuentro del perro, que se abalanzaba sobre él con un potente ladrido.

El niño no lo pensó. Más que usar una de las tapas como escudo, pensó en qué haría su enorme primo. No fue difícil. Daría un puñetazo. Pero claro, con esos puños como jamones, no le costaría trabajo darle vuelta la cabeza a esa fiera. Tampoco disponía de muchas alternativas, sólo esa cosa martillando en su cabeza… en todo su cuerpo, en realidad, acallando el miedo de siempre, dejándolo en blanco…

Con algo tan parecido al alivio.

Y golpeó. Ayudado por la tapa. Y sorprendentemente, el golpe tuvo la fuerza necesaria para impulsar a ese monstruo hacia atrás, profiriendo un gemido de dolor. No bastó. No alcanzó a maravillarse con su logro. Porque ahí volvía al ataque. Esta vez derribándolo. Apenas impidiendo con una de las tapas que esa cosa le arrancara la cabeza de un mordisco. Recordando que tenía las piernas libres para aplastarle el pecho al animal con las rodillas…

Como terminó haciendo, volviendo a arrancarle un gemido de dolor al animal. Apartándolo de encima. Sabiendo que no bastaría. Porque ahí estaba, a pesar de todo, volviendo al ataque…

Y reaccionando. Reaccionando de una forma. Y otra. Pensando en qué haría su primo. Recibiendo arañazos de esas enormes garras. Volviendo a levantarse. Volviendo a atacar. Tal vez no fueran tantas veces. Tal vez no duró tanto, pero fue… fue tan largo…

Tampoco pudo ser tanto, no después del último puñetazo… no, tapazo con que buscó aplastar el hocico del animal. No fue tanto. No le quedaban fuerzas, pero el daño en el perro había alcanzado lo intolerable y bastó para que terminara por alejarse de ahí, corriendo con lo poco que pudiera quedarle de energía, dejando al fin al chico contemplar su lomo alejarse veloz…

Al fin… al fin… al fin…

Soltando las tapas que no recordaba sostener hasta ese segundo…

Al fin… al fin…

Abandonando el martilleo su cabeza y siendo consciente del cansancio… del dolor…

Al fin…

De rodillas. Las manos contra el suelo mojado. Recibiendo toda la lluvia. Respirando con la boca grandes bocanadas. Una vez. Y otra. Esperando se calmara de una vez… ese tremendo dolor…

No es como que supiera cuándo duró en esa posición. Sólo… sólo pudo ser lo suficiente para ver esos zapatos tan de cerca, obligándolo a levantar la vista…

Al fin…

Al fin se ponía de pie, la niña. No sabía si era su impresión, pero era alta. Al menos más alta que él. Debía ser mayor, pensó entre bocanadas. Y… y… bueno, muy bonita. En verdad era muy bonita. Muy rubia y muy pálida, tal vez por el frío. Y no dudaba el chiquillo que esa ropa tan linda… ese vestido que parecía hacer juego con unos ojos que brillaban tanto a pesar del agua…

Habrá sido un lindo vestido, pensó el chiquillo, quizá deseoso de distraerse del dolor. Todo mojado, sin embargo…

Qué importaba. Ella era bonita. Realmente bonita. El chico tenía sus compañeras. Ya entonces escuchaba decir lo bonitas que podían ser y él, naturalmente, no tenía que esforzarse demasiado en permanecer apartado. Lo cierto es que nadie lo quería cerca. Y esa niña, obviamente, venía a ser la excepción.

Y sí, volvió a pensar el muchacho, pudiendo enumerar las costillas a causa del dolor. Es bonita. Con todo lo mojada, pálida y asustada, es realmente bonita.

Y le sorprendió. La fuerza de ese pensamiento. La primera vez que pensó algo así. De una niña, en particular…

–Estás… estás… ¿Bien?

Pero la niña no respondió. Una lástima. Bastante le costó articular esas palabras. En cambio, sí se agachó hasta estar a su altura, ayudándolo a incorporarse. Haciendo evidente la diferencia de estatura. Tampoco ayudaba la dificultad del chiquillo de enderezar la postura. Tanto dolor repentino, en realidad…

–Te… ¿Perdiste?

Nada de nuevo. Bien, aquello resultaba incómodo. Y puede que la misma sensación lo llevara a recoger una de las tapas y entregársela. Estaban magulladas, pero servirían. Eso sí pareció entenderlo en cuanto vio que él la llevaba sobre su cabeza, impidiendo que se mojara más, si acaso aquello era posible.

Tal vez es de otro país, pensó el chiquillo. Sabía que a veces las palabras se le escapaban, pero de ahí a hablar tan mal como para que no le entendieran… a menos, claro, que esa chiquilla no fuera… no, no parecía serlo. Algo se lo decía. Así y todo, sí entendió el gesto. La tapa sobre la cabeza, apenas tocar su hombro con una mano temblorosa y señalarle el camino con la cabeza…

No. Nada del otro mundo. Salvo caminar lento. Caminar hasta encontrar la calle principal. Dejar atrás el callejón. Y ver a la niña mirar entre la multitud que circulaba, indiferente a los dos niños detenidos tras una serie de pasos en el sector, sin saber exactamente qué buscar… sin saber él exactamente qué hacer salvo… no, no dejarla sola, no…

Y una vez más, el fino oído del niño. Escuchando una palabra. Una palabra que no entendía. No. No tenía por qué entenderla. Pero la oyó a pesar de todo. La oyó y la niña también. Lo que bastó para iluminar el semblante de la chiquilla. Devolverle tal brillo que por segunda vez, el muchacho se sorprendió pensando en lo bonita que era…

¡Maman! ¡Papa! –Y estúpidamente, en lo bonita que también parecía sonar su voz, ajeno al hecho de que, a pesar de la urgencia del llamado, ella encontró tiempo para mirarlo…

Mirarlo… sí, no era la primera vez, pero… esos ojos claros, tan de cerca… y esa sonrisa agradecida, emocionada, conmovida… alegre… ¿Cuántas cosas más? ¿Ésas eran lágrimas, el sudor o la lluvia?

¡Merci! ¡Merci!

–Yo… yo…

Y antes de tener chance de decirle que no entendía qué rayos quería decir, lo sintió.

Mejor dicho, los sintió.

En cada mejilla. Dos en cada una, de hecho. Dos sonoros besos que parecieron devolverle el calor perdido tras esa… esa pelea, la primera pelea de su vida y con un perro. De hecho, no le habría extrañado que, a pesar del agua que no dejaba de caer, en ese segundo la cabeza se le incendiara a causar del ardor que parecía nacer… nacer de esa chiquilla al besarlo dos veces en cada mejilla…

Ajena al aturdimiento del muchacho y sin dejar de sonreír, la chiquilla volvió a gritar las mismas palabras, al tiempo que recibía una respuesta entre la multitud y el chico pudo ver cómo entre ella se abría paso un hombre y una mujer que miraban directamente a la niña.

Y ella… ella volteó a verlo… sin dejar de sonreír… a la espera de ellos…

Ellos… los que tenían que ser sus…

Y él lo comprendió.

Lo bastante rápido para intentar sonreír. Sonreír y balbucear algo que ella, asumió, jamás entendería.

Balbucear y dar media vuelta.

Echarse a correr.

A pesar de lo que identificó como los gritos de la niña en otro sentido. Seguir corriendo. No dejar de correr. Esconderse si era preciso. Correr de regreso.

Porque esos padres estarían felices de haber encontrado a su hija. Y tal vez… sólo tal vez, quisieran darle las gracias, buscando la forma de hacerse entender. Y tratarían de saber su nombre. Y querrían saber sobre sus padres.

Y no tardarían en descubrir su verdad.

Y entonces… entonces sí que tendría problemas.

Porque en el mejor de los casos, sus tíos se enfadarían mucho de saber lo que acababa de hacer. Sería una vergüenza y quién sabía cuántas cosas más. Y en el mejor de los casos, una vez más, lo dejarían sin cenar esa noche… no, qué decía, por supuesto que lo dejarían sin cenar si no lo dejaron entrar. Entonces tal vez lo hicieran al día siguiente. Y volverían a encerrarlo…

Y de buena gana estaría deseando que el perro sí le hubiera arrancado la cabeza de un mordisco.

De eso… de eso hace tanto…

Bueno, no tanto, pero parece una vida. Toda una vida. Tantas… tantas cosas de por medio…

En realidad, no tan diferente a pesar de todo, piensa el ahora joven con amargura. Por supuesto que a la niña no la dejarían ahogarse en medio del lago, rodeada de sirenas y tritones, pero una vez más, ahí, la adrenalina… sí, ahora sí sabe cómo demonios se llama ese algo que martilla en su cabeza con el peligro ahogándolo…

Y aun así, se retrasó… se obstinó en llevarla consigo, movido por un terror similar al de…

Al menos ahora hay mantas, piensa el joven con sorna, apretado como está por la gruesa tela y tan, tan agotado que no puede levantar ni un párpado más de la cuenta, maldiciendo su ingenuidad por enésima vez… pero con tanto pánico, cómo iba a tan siquiera imaginar…

–Tú la has salvado –articula con dificultad, de pronto, una voz frente a él, arrancándolo de su amargo ridículo–. Aunque no ega tu guetenida.

De haber sido otras las circunstancias, de buena gana el muchacho ladraría un agradecimiento por recordarle su magna estupidez.

En cambio, se encuentra levantando la cabeza para ver mejor a la joven que le mira con los ojos azules enrojecidos e hinchados, pálida más allá de la tez clara, la túnica con un respetable número de cortes y arañazos y el rubio cabello platinado dispuesto de cualquier manera.

Por supuesto que es bonita… no, la palabra no es esa. Es hermosa. Realmente hermosa. Como para enloquecer a cualquiera. Como su amigo, por ejemplo. Su mejor amigo, que la mira con tal nivel de aturdimiento…

¿Qué sería de él mismo? ¿Acaso la humillación es el paliativo perfecto para contrarrestar la influencia que esa joven parece tener en todos? ¿O es la sorpresa que le inspira la posición?

Porque tiene que parpadear. Recordarse que no tiene ocho o nueve años y no, no está de rodillas bajo la lluvia tras haber sobrevivido por los pelos al perro más grande que viera nunca hasta… bueno, tampoco ése era un perro, en realidad, pero…

No. No está en ese callejón recuperando el aliento. No está mojado por la lluvia. Acaba de salir del lago, de enfrentarse sirenas y tritones, de comportarse como un estúpido guiado por el pánico y la adrenalina…

Y a pesar del impacto inicial, esta chica no le ayuda a ponerse de pie y lo más importante, le entiende… sí le entiende, ¿verdad?

Vuelve a parpadear. No sabe cuánto lleva parada frente a él, sólo… parece esperar algo, pero… ¿Qué?

–Sí –articula el joven con un asentimiento, recuperando la humillante sensación que creía disipada…

Hasta que lo siente.

Mejor dicho, los siente.

En cada mejilla. Dos en cada una, de hecho. Dos sonoros besos que parecen devolverle el calor perdido tras esa… esa pelea, la primera pelea submarina de su vida, la más inútil en más de un sentido. Ardiéndole prácticamente toda la cara ante el contacto, mareándolo casi. Lo bastante para apenas distinguir cómo ocurre más o menos lo mismo con su mejor amigo tras algunos largos segundos de espera.

Pero… ¿Cuánto hace de la última vez de semejante sentir? Demasiado. No es algo que se haya repetido en su vida con demasiada regularidad. De hecho, le vuelve a sorprender el estúpido impulso de escapar otra vez… pero no puede mover un músculo. En cambio, tiene que quedarse en su sitio mientras ella vuelve a voltear desde su distancia y le dedica la sonrisa más radiante que el muchacho recuerde haber visto jamás, a pesar de todo…

Merci, Harry.

Y al aludido, alelado, apenas si le quedan fuerzas para tragar saliva y asentir. Viendo su espalda mientras se aleja a paso lento. Viendo… casi distinguiendo el halo de majestad que parece conferirle su particular herencia.

Algo tiene el agua, piensa el niño que sobrevivió, aún aturdido. Además de formas, muchas formas, claro está.

Algo que trae consigo mucho. Demasiado. No es como que tenga ocasión de pensarlo. No ahora al menos.

Pero lo piensa. Y una tímida sonrisa curva los labios de Harry Potter.

Qué… bonita.