Un cordial saludo a todos.

En primer lugar, quiero agradecer el apoyo brindado y la respuesta a esta historia. En verdad me alegra el corazón ver que, por el momento, se pisa un buen camino. Tenía mis dudas de publicar una historia en la que considero es una de las razones por las cuales el fanfiction tiene la fuerza de la actualidad. Tenía más dudas de seguir escribiendo y veo, por ustedes, que en verdad vale la pena intentarlo una vez más.

Antes de comenzar, quiero agradecer a quienes me dieron una oportunidad con su lectura, muy especialmente a PenguinArrow, Chiara Polairix Edelstein, Fitsulon, un cordial anónimo, Armanduxbstds, Smakovka, Daisasuke Kurogane y Silicerus. Hacen que esta travesía sí valga la pena. Espero estar a la altura de vuestras expectativas.

Descargos aparte (como el hecho de que nada me pertenece aquí), demos comienzo al viaje.


II

Así como la práctica totalidad de su generación, la primogénita de la familia Delacour creció con la leyenda del Niño que sobrevivió.

A pesar de no haber vivido de primera mano los horrores causados por el yugo del hechicero oscuro más terrible de los últimos años, el país se hallaba lo bastante cerca para temer una invasión de haber caído el vecino, más aún con el recuerdo fresco del que fuera el paso de su antecesor inmediato a nivel de maldad y poder.

La muchacha, sin embargo, fue parte de aquel segmento de la población que tuvo la fortuna de recibir información de fuentes confiables, alcanzar a vislumbrar el fantasma del temor en aquellos en quien más confiaba y en última instancia, con los años, entrar en contacto con la historia a través de los clásicos objetos de estudio.

E incluso estado a cierta distancia y haberse visto, en cierta forma, beneficiada por la aparente ausencia de un conflicto abierto, el alcance… las dimensiones de aquella mítica figura que pusiera fin a ese reinado de oscuridad no resultaban menores.

De un día para el otro, el mayor tirano del último siglo desaparecía y todo se le debía a ese involuntario salvador. Un inesperado mesías cuyo nombre todos parecían conocer. Cuyos rasgos todos parecían dominar y cuyo reconocimiento parecía de extrema facilidad.

Desprovista, hasta cierto punto, de la capital importancia que parecía tener para sus compatriotas, la muchacha, una chiquilla por entonces, no podía evitar albergar la esperanza secreta, acaso minúscula, ínfima, de poder ver conocer al gran héroe en la que fuera su primera vez en la isla, decisión tomada por sus padres con extremo cuidado, temerosos de que fuera a pervivir el remanente de aquello tan temido en su momento…

De aquella primera vez, la ahora joven conserva apenas lo justo y necesario. En sí misma, aquella primera incursión mantiene su importancia, el peso de los acontecimientos y la facilidad con que el recuerdo adquiere solidez si se concentra y percibe la humedad de entonces y el aterrador gruñido que…

Pero no puede compararla con la situación que la tiene ahora representando a su escuela en una absurda competición diseñada para decidir, mediante absurdos métodos, cuál de las tres escuelas más importantes de Europa es, en definitiva, la mejor.

Cualquiera, por otra parte, con un mínimo de conocimiento actual, sabría que el tan mencionado salvador, el Niño que sobrevivió y tantos otros nombres dependiendo del alcance de la noticia y de la simplicidad del idioma, aún estudia en la escuela anfitriona de un torneo que parecía olvidado hasta este momento.

No es que la joven, la primogénita de la familia Delacour, esperara conscientemente algo de él. Sin embargo, se sorprendió a sí misma albergando ciertas expectativas en cuanto las mismas saltaron por los aires con un estallido.

La primera impresión que le causó se puede resumir en una serie de puntos, ninguno especialmente favorable.

En principio, un niño. Un chiquillo. Demasiado flaco, demasiado enclenque para su edad… ¿Catorce? Como fuera. Demasiado… poca cosa. No es que tuviera que significar algo en sí, pero teniendo en cuenta la reputación que le precedía… las proporciones de la leyenda que pudiera antecederle… atribuirle todo eso a alguien tan… tan poca cosa equivalía, en el mejor de los casos, a un chiste de pésimo gusto.

Más aún teniendo en cuenta que, de un tiempo a esa parte, la joven tenía establecida la imagen más próxima a un héroe.

Por tanto, en cuanto tuvo la oportunidad, la joven apenas si se molestó en dedicarle una mirada desde su ubicación. Nada del otro mundo salvo lo necesario para comprobar que esos rasgos físicos tan divulgados estaban en su posición. El cabello negro tan peculiar, el color de los ojos tan específico y por sobre todo, la particular cicatriz en la frente.

Sí. Sí era él. Nada del otro mundo. Una leyenda demasiado inflada. Acaso el producto de un descomunal e inexplicable golpe de suerte. Escoltado, era que no, por ese pelirrojo disparatado y esa niña con dientes de castor. Con algo de buena voluntad, cualquiera de ellos habría resultado más llamativo que ese pobre tipo, tan dispuesto de buenas a primeras a desaparecer entre la multitud a la primera oportunidad.

Así que sí. Todo en él englobaba cierta decepción natural. De otro manera no sabía explicar la desazón que le produjo tan corriente sujete en el breve instante que le tomó examinarlo, el mismo en que él se percatara a través de la distancia y ella misma, con toda la naturalidad y el descaro forjado a través de los años, desviaba la mirada con toda la naturalidad que le cupo en el miserable gesto.

Porque sí. La joven Delacour jamás se ha molestado en disimular o en tan siquiera apartar la mirada con nerviosismo. Siempre ha sabido que una mirada suya basta para hacer temblar a cualquiera. Que no necesita aparenta un examen detallado y con el simple gesto, dictaminar el valor del sujeto en cuestión. Y el Niño que sobrevivió no es la excepción, por mucho que, más que turbación, de refilón perciba en su semblante cierto desconcierto resignado subrayado con un encogimiento de hombros, como si él… como si estuviera…

Demasiado acostumbrado a la atención ajena para darle más importancia ahora de la que jamás ha tenido.

Demasiado acostumbrado a ser el centro de atención como para ahora, en este segundo, desear otra cosa que no sea lo de siempre.

Arrogante.

Porque claro, él no necesitaba demostrar nada. En sí mismo él ya era un estandarte que representaba a toda la escuela… no, qué decía, a todo un país. Sintiendo acaso que, ante ella, no merecía el esfuerzo sostenerle nada, porque prácticamente venía de la cuna con el peso de su nombre mientras ella se encontraba precisamente en su escuela, debiendo demostrar ante esos ojos y los de los demás que ella era perfectamente capaz y digna de dejar el nombre de su institución bien alto. Aplastar a los anfitriones. A cualquiera que hiciera falta.

Así que con esto en mente, el hecho de que el Cáliz también seleccionara su nombre como representante de su escuela en el Torneo no hizo más que alimentar las llamas de una verdad que amenazaba con devorarlo todo.

Y deseó escupírselo en la cara, desgraciado engreído, ¿qué se creía? ¿A quién creía que engañaba con esa expresión que mezclaba el desconcierto con el desamparo? ¿Creía que alguien compraría que no deseaba competir en el mayor torneo interescolar del mundo mágico? Por supuesto que no, tenía que proyectar esa imagen, alimentar el mito de la debilidad que vence todo en el último segundo y de alguna manera, lo hizo saber.

Por supuesto que sus palabras no reprodujeron del todo su sentir, pero sí que bastaron para dejar clara su posición. Y si tenía que participar, tanto mejor. Más disfrutaría destruir el mito, dejarlo como el farsante que debía ser… por mucho que, a través de esa capa de falsa inseguridad, la muchacha detectara un matiz inquietante que no atinaba a descifrar.

Aunque para eso tuviera que pasar sobre un dragón.

Como literalmente tuvo que hacer.

Por mucho que la perspectiva pudiera parecerle más próxima a la amplificación de la peor de sus pesadillas. Por mucho que, en conocimiento de la noticia, le resultara casi imposible mostrar resolución, claridad, frialdad en última instancia, independiente de no estar obligada a vencer al dragón en cuestión, bastando con burlarlo, por mucho que, en tanto esperara, la perspectiva amenazara con destruir no sólo esa seguridad, también sus nervios.

Como buena representante de su escuela, sin embargo, lo hizo. Tal vez no con toda la pulcritud requerida, pero a esas alturas nadie podía ya cuestionar no sólo su competencia, también los méritos requeridos para representar a su institución… a su institución y a su país, por supuesto. Su país, su institución, su buen nombre, su familia… todas sus raíces. El poderío mismo que podría encerrar su sangre y su apellido.

Era la primogénita de los Delacour. Era la ocasión perfecta para vencer. Era el momento, además, en que la bestia debía morir. Derrotar el recuerdo, ponerlo en la balanza, inclinarla a su favor e invertir los roles. Si burlaba al dragón… si conseguía ponerlo a su merced, entonces esa enorme fiera que la arrinconara alguna vez…

Era el momento idóneo, en definitiva, para estar ella misma a la altura del parámetro que llevara acompañándola hacía ya tanto. Aspirando acaso al reconocimiento lógico de sus proezas.

Porque la incesante pregunta a la que se solía aferrarse en la adversidad, surgió en ese segundo con mayor claridad que nunca.

De haber estado en la misma situación, ¿qué habría hecho…?

Desde luego que no temblar de pies a cabeza, como amenazaba con hacer su cuerpo al momento de abrirse paso al peligro. Desde luego que no dudar ni un segundo, por mucho que la bestia tuviera una lógica ventaja en absolutamente todos los sentidos. Tampoco se trata de ponerlo fuera de combate, se recordaba incesantemente, quizá un burdo consuelo. Porque más que la situación que ella misma buscó, su estado de ánimo…

Así y todo, aquello funcionó. Lo hizo. Supo hacerlo. Tal vez no con toda la pulcritud y seguridad requeridas, pero lo hizo. Supo superar la prueba.

E increíblemente, ese mocoso al que todos idolatraban absurdamente, el Niño que sobrevivió, también lo logró y de una manera espectacular, según se dijo. Sacándole ventaja en la puntuación.

Así que claro que eso terminaría por encender la llama de la competitividad. Claro que ese asunto pasaría a ser algo personal. Por un puñado considerable de razones perfectamente válidas, puede que una más que otra. Empezando porque aquel no era su lugar. Partiendo porque no haber hecho nada que lo hiciera merecedor de su rol de campeón…

Partiendo porque ella llevaba demasiado tiempo sabiendo lo que es un héroe como para reconocer a uno con facilidad. Como para saber que ese niño no era más que un chiste.

Como para disponerse, de buena gana, a desgranar esa maldita máscara.

De manera que demasiado no le tomó descifrar el misterio que encerraba el huevo de oro. Mucho antes de prestarse para el espectáculo de ese baile de navidad, al que fue acompañada de un tipo del cual costó sacar de su permanente aturdimiento, incapaz acaso de creer que sí, estaba al lado de semejante mujer y por momentos, demasiado extasiado de su propia suerte como para mirarla a los ojos y no a los…

Tampoco resultaba sorprendente si de un tiempo a esa parte, el poder de su sangre ya se hacía sentir. Incluso antes de cumplir los quince, la misma ya le causaba problemas. Lo cual tenía su gracia, entonces no pareció afectar…

Claro, solía pensar la chica. Entonces hubo adrenalina y miedo de por medio.

Pero no siempre fue así, volvía a contradecirse. Hubo un momento de calma. Hubo instantes en que se vieron separados por barreras idiomáticas…

No, no tanto, y aun así, él tenía que…

No tendría que ser tan difícil retener esos detalles, pero a la muchacha no le hacía ningún bien intentarlo en tanto tuviera que dar todo de sí.

Después de todo, de ahí sacaba fuerzas en los momentos críticos. De ahí las sacó cuando tuvo que sumergirse en las frías aguas de ese oscuro lago en cuanto supo que, más que la gloria, estaba en juego la vida de su queridísima hermana menor.

Cómo podía ser que las cosas llegaran a tales extremos…

Y lo peor de todo, cómo pudo ser que fallara en ese preciso instante…

Que se viera sobrepasada por las bestias marinas en el trayecto hacia su hermana…

Cómo… cómo…

La humillación de su propio rescate quedó a un lado en cuanto se vio tan lejos de su hermanita. En cuanto fue incapaz de volver por ella, perdiendo cualquier atisbo de compostura, importándole poco y nada su reputación ante la sola idea de que algo le pudiera pasar a su pequeña…

Idea que se vio reforzada en cuanto murió el tiempo establecido y ella seguía batallando, fuera de sí, con los profesores que intentaban impedir que cometiera una locura…

Hasta que lo vio.

Emerger de las profundidades tras una larga espera. Sin saber que lo esperaba en realidad. De lejos, una cabeza. Con mayor detalle, una figura demasiado delgada arrastrando dos bultos. A mayor cercanía, mayor definición y…

Era él. Claro que era él. Quién más podía ser, llegando tras la última campanada. Arrastrado la alargada figura del pelirrojo que nunca se le separaba y…

Y…

¡Gabguielle! ¡Gabguielle! ¿Está viva? ¿Está heguida?

Creyó escuchar una respuesta mezclada con una tos, pero no hizo caso, preocupada como estaba por su pequeña, la misma que terminó de reaccionar en cuanto su hermana mayor puso las manos en sus mejillas y la miró a los ojos con una mezcla de emociones que sólo alcanzó a manifestar abrazándola entre sollozos.

–Fue pog los guindylows… me atacagon… ¡Ah, Gabguielle, pensé… pensé…!

La pequeña, por su parte, no se enteraba de nada. Acababa de despertar empapada, sin recordar demasiado de las últimas horas, sin saber dónde estaba y abrazada por su hermana mayor, que no paraba de sollozar, atinando a duras penas a intentar consolarla, sin saber exactamente la razón.

De alguna manera, se respiró un alivio colectivo, mismo que permitió a los profesores levantar a las hermanas Delacour y llevarlas para brindarles la debida atención.

La joven, por su parte, atinó a encontrar algo más de calma a medida que la levantaban y recuperaba el aliento. Fue un segundo en que desvió la mirada de su hermana. Apenas el instante que necesitó para…

–Atienda a Gabguielle –articuló la joven, ya en pie, mirando más allá de los profesores.

Derechamente dándoles la espalda.

Demasiado ocupada mirándolo.

A él. Envuelto en las mantas. Aún empapado. Pálido y tembloroso, a pesar de las primeras atenciones. El cabello negro usualmente revuelto pegado a la cabeza, impidiendo que se viera la cicatriz. No dejando mayor cabida que a los rasgos faciales…

A su mirada.

La mirada de cansancio.

La mirada del alivio.

La mirada decidida.

–Tú la has salvado –le dijo, casi sin aliento–. Aunque no ega tu guetenida.

Él, desde su posición, aún incapaz de usar las piernas e inmovilizado por la mata, también intentando recuperar el aire, apenas si pudo levantar la cabeza y mirarla.

Entonces, Fleur Delacour ni siquiera tuvo que esforzarse en traer de vuelta el recuerdo.

Porque en ese preciso segundo, el recuerdo había sabido atravesar la frontera del tiempo y la memoria para estar ahí, frente a ella…

Para, una vez más, devolverle la mirada.

Para devolverle el alma al cuerpo.

Esta vez, a través de la vida de su hermana menor.

Una certeza de tal intensidad que a punto estuvo de volver a doblar sus rodillas. Sí le quitó el poco aliento recuperado. Sí le devolvió el temblor de su recuerdo. El familiar temblor del alivio. Y el temblor que la misma certeza le confería…

C'est toi…

–Sí –articuló el joven en respuesta, parco, exhausto… casi estrangulado. Sin dejar de mirarla, como si…

Estás… estás… ¿Bien?

Le quedaban lágrimas. Lo supo en cuanto el ardor volvió con renovada intensidad. Cuando se vio a sí misma mirándolo a través de ese filtro acuoso. Sabiendo que esa nueva sensación poco y nada tenía que ver con el alivio de ver su hermana sana y salva. Puede que se confundieran debido a la magnitud, pero no… no…

Te… ¿Perdiste?

Se obligó a tragar saliva antes de acercarse a él…

Si c'est toi…

Sabiendo que en toda su vida, sólo había querido besar a alguien fuera de su familia con aquella intensidad una vez. Una sola vez que le pareció lejana hasta ese momento. Dos prolongadas veces en cada mejilla, casi memorizando el contacto, la sensación, aguantando las ganas de aferrar sus hombros…

Descubriendo que sí era la misma sensación… más allá de la familiar humedad…

La misma mirada aturdida tras el contacto. El movimiento de su cuello al tragar saliva y la boca entreabierta en un gesto casi cómico.

En algún momento, el entorno recuperó el volumen y eso arrancó a la joven Delacour de su abstracción. Volviéndola consciente de su posición. De su actuar. El mismo que cualquiera interpretaría como simple gratitud si se limitara a mirar la superficie y no…

Con tal rapidez se levantó que el vértigo fue inevitable. Su instinto jamás se equivocaba…

Qué demonios, acababa de quedar demostrado cuán equivocada estaba y más de un sentido. En todos los malditos sentidos, pero…

Tampoco sabía a ciencia cierta qué intentaba disimular. Sólo caminó hacia el pelirrojo y le dedicó una rápida mirada, atendiendo al aparente desconcierto del entorno…

Ir más allá…

–Tú también la ayudaste –le dijo al pelirrojo, que mantenía una ilusionada cara de bobo.

–Sí, un poco.

Mentira. Pero no lo iba a cuestionar. En ese caso, fueron besos rápidos, brevísimos, pero bastaron para equilibrar las cosas. Para tranquilizarse ella misma. Para, en última instancia, reducir en buena medida el desconcierto que, sabía, dominaba… lo dominaba…

A él.

Al mismo al que sorprendió mirándola. Aún incapaz de volver a tierra…

¡Merci! ¡Merci!

Yo… yo…

Se pregunta si estarán en el mismo lugar… ese que no parece tan lejano…

Incluso… después de haber sido con él como fue…

Fleur sonríe a pesar de que la memoria inmediata la devora por dentro…

Tú… me has salvado.

Y le sonríe sin reparo. Aún a riesgo de perder el esfuerzo de equilibrar las cosas.

Merci, Harry.

Y esta vez, su instinto no se equivoca. Sabe, incluso al darle la espalda, que a pesar de faltarle las fuerzas, Harry Potter esboza una tímida sonrisa.

No. No Harry Potter, se dice mientras sonríe para sí, a pesar de sus lágrimas. No el Niño que sobrevivió. Ni siquiera Harry.

Mon héros.