Un cordial saludo a todos.
Nuevamente aquí me encuentro con un nuevo capítulo. Para los que se pregunten, sí, el plan en un comienzo es alternar puntos de vista de los protagonistas obvios de esta historia. Lo que no quiere decir que, tarde o temprano, también abarque otros puntos ofrecidos por personajes conocidos por todos, siempre en pos de ofrecer una visión más completa de lo que aún esta por venir.
Antes de comenzar, quiero agradecer sinceramente a Fitsulon, Chiara Polairix Edelstein, DTanatos, Jellal D. Otsusuki, dadarik1989 y dannaduro, por darme una oportunidad con sus comentarios y seguimientos, y muy especialmente a mi querida amiga Gozihr Izaro, por acompañarme en el proceso de terminar este capítulo. Y también a todos los que me honran con su lectura. Este capítulo va para ustedes. Cualquier comentario, no duden en hacerlo saber.
Y sin nada más que agrega, vamos al viaje.
III
No se puede decir que a Harry le falten referentes.
Sí que tal vez los mismos faltaron en instancias cruciales.
A cualquier edad que abarque el crecimiento, es normal albergar una serie de preguntas.
Los años de infancia son cruciales en la vida de cualquiera. Adquieres los hábitos o en última instancia, el atisbo de los mismos que, con los años, te definirán como el tipo que tendrá un lugar en la sociedad.
Cualquiera familiarizado con el Harry Potter leyenda, el campeón de su escuela… bueno, uno de los campeones de su escuelas… cualquiera familiarizado con la imagen alimentada por la historia, la euforia y exacerbada por la irracionalidad que acarrea el alivio, le habría sorprendido esa aparente muestra de modestia, casi de humildad de la cual hacía gala más allá de su íntimo círculo, propenso a largos silencios. A melancólicas pausas. A sombrías miradas.
De hecho, junto a cualquiera de sus amigos más cercanos, suponía cierto contraste. Ambos tan propensos a hablar. Él, en el mejor de los casos, más propenso a esperar antes de lanzarse. Con cierta temeridad, sí, pero una característica fácil de confundir con el cálculo.
Cualquiera, sin embargo, que tenga mayor conocimiento de la figura más allá del mito viviente… cualquiera que, en última instancia, se dé el trabajo de escarbar un poco sobre la superficie, sabrá que la verdad de sus orígenes sí resultó poderosa, pero esperar borrar, con cuatro años de magia, prácticamente once años de pesar, acentuando además cuatro años con cargas estrafalarias, terminará por comprender que el disfraz de virtud, en última instancia, encierra un yugo extremo.
El niño Harry Potter creció acostumbrado a callar las preguntas, conformarse con las respuestas más rudimentarias. Alegrarse con la invisibilidad al compararla con el maltrato. Acostumbrarse a la soledad y a pesar de la misma, aprender a desarrollarse con una aparente y más que sorprendente falta de rencor.
Puede que no sea más que el cansancio. El cansancio ante la falta de habitualidad de preguntas. La aparente ausencia de respuestas. Aprendiendo, después de los once años, que las preguntas en sí mismas jamás serán malas siempre que aprendas que no es momento para las respuestas o en última instancia, las mismas llegarán cuando las mismas preguntas ya han destrozado, literalmente, una parte de ti.
Por supuesto que el cuarto año de escuela de Harry Potter… el cuarto año de su verdadera vida no podía ser la excepción y pensar lo contrario, ahora sabe, fue pecar de una ingenuidad estratosférica.
Hay momentos en que desearía no ser él mismo. Más que un estado de ánimo, parece una constante a la que se ha acostumbrado desde el momento en que descubrió, a través de un regaño para variar, cuál ha sido su nombre desde siempre.
Se pregunta si otro sería capaz de llevar consigo la carga y no es como que le importe obtener la respuesta. Al fin y al cabo, piensa con amargura, no es como que las mismas destaquen por ser oportunas. Teme dejar una interrogante revoloteando cerca. Que la misma le destroce otra vez y esperar que la respuesta le dé algo de paz.
Acostumbrarse a la ignorancia. Dios, si Hermione llega a saberlo…
Sonríe, irónico, antes de lanzar la piedra al lago. Sentado, ésta ha llegado lejos.
Ahora tiene demasiadas preguntas. Preguntas que una parte de sí no quiere responder. De un tiempo a esta parte, todas las respuestas resultan nefastas. Siempre termina arrepintiéndose. La curiosidad, por su parte, parece un reflejo, ajena a su voluntad.
Si acaso llegará un momento en que le faltará cansancio para no sentirse triste.
En cambio, las preguntas afloran por sí solas.
Él ya no quiere más respuestas.
Estar enterado no lo hizo menos… doloroso.
Sabe… cree, en el fondo, que frente a la maraña de problemas que le ha generado su sola existencia, una pena de ese calibre no debe tener cabida.
Bueno, cualquier joven corriente podría regodearse con ese minúsculo tormento.
Y él sabe que está lejos de ser corriente. Por mucho que se empeñe en convencerse de lo contrario. Es un campeón. No hay forma que no se lo recuerden a diario. Y por si fuera poco, una maldita leyenda viviente por algo que no recuerda cómo haber hecho y en última instancia, jamás sería capaz de lograr. Con todo lo que podría acarrear.
Así que lo último que necesita es la pena del adolescente promedio. La pena que tarde o temprano, tendrá que sobrellevar cualquier adolescente promedio.
Demonios, ¿tanto sería pedir la falta de la misma? Una compensación frente a tanta… cosa.
O mejor. Después de tantos años… sentir algo, cualquier cosa, tendría que ser más complicado. Más dominable si acaso. La bendita y ridícula, al parecer, posibilidad de contemplar las cosas con frialdad, la imparcialidad del espectador casual…
La segunda piedra supera la marca de la anterior.
Pero lo comprende. Cualquier cosa que pueda beneficiarlo tan siquiera o es demasiado o acarrea un costo realmente elevado.
Se sorprende casi añorando el dolor de la cicatriz. Eso necesita. Un dolor más grande. Más importante. Algo que ahogue el dolor actual.
Nada le costaba tomar otro camino, otro pasillo, el maldito castillo está lleno de ellos, conoce algunos secretos, los ha memorizado, fruto del estudio del mapa en las horas muertas. Podría haberlo sugerido a sus amigos, pero ninguno tenía forma de saber… claro que no, ni él mismo.
Así que toparse con una pareja a unos metros de distancia compartiendo un momento tan íntimo… un beso, qué demonios. Con un castillo tan grande… con tantos, tantísimos estudiantes… llevar la cuenta de esos encuentros habría sido darle la importancia que no merecía, acostumbrados como estaban todos a pasar de largo y ni siquiera interrumpir la charla por tontería semejante. No tenía por qué ser diferente entonces…
A menos que la pareja te resulte conocida. Muy conocida. Entonces te obligarías a disimular la sorpresa inicial y seguir como si nada.
A menos que la chica que ves besando al chico al dar vuelta en la esquina con tantísima confianza haya sido la primera chica a la que invitaste a salir.
Aunque haya sido un jodido baile que te diera tantísimos quebraderos de cabeza… invitarla a ella lo volvía importante. Estúpidamente importante.
Y en vez de ello, sólo se volvió un recordatorio.
No le correspondía. Nada. Nada de eso.
Como en todo lo demás, Cedric Diggory había llegado primero.
Tercera piedra. Juraría que es la misma distancia de la anterior.
Alcanza a reprocharle. La mínima parte lógica que aún le queda. No se trata de llegar primero. Se trata de saber llegar. Y Cedric está en su derecho. El sentido de pertenencia no tiene cabida en el baile… baile, demonios, mejor buscar otra analogía.
Y Cedric ha sabido hacer las cosas. Y Harry no puede sentirse más estúpido. Porque claro que tiene sentido. La invitó al baile, no hay otra palabra posible, le dijeron que sí. Bailaron toda la noche. Y Cedric tuvo que rescatarla del lago. Claro que tiene sentido. Tiene todo el sentido del mundo.
Si aquí sale sobrando cualquier sonrisita que pudiera haberle lanzado Cho. O en última instancia, los gestos serían inocuos si él no hubiera cimentado sus sentimientos valiéndose de esas señales como piedras angulares.
Está acostumbrado. Tendría que doler menos, por tanto. Si incluso cuando sus amigos pelean, sabe… siente que tendría que estar a unos metros de distancia. No hubo peleas de por medio esta vez. Ambos lo vieron. Se pregunta cuál habrá sido su expresión. O la de Hermione al decirle a Ron, sin palabras, que más valía dejarlo solo.
Y en el fondo, Harry lo agradece. No le alcanza el ánimo para fingir que se cree cualquier palabra de aliento. Ron no tiene la culpa de saber tanto o menos que él sobre el área. En realidad, nadie podría. Y es mejor el silencio que ver confirmada lo que, por ahora, sigue siendo una teoría con demasiado asidero.
Sería más sencillo de poder odiarlo, pero no. La alternativa es ridícula. Incluso sin ser uno de sus amigos, Cedric es la epítome del buen tipo. Si te desagrada, es que el imbécil en la conversación eres tú. Por principio de cuentas, es un tipo de honor. De honor de verdad. Y bien sabe que algo así hace tanta falta…
La cuarta piedra llega más lejos.
Le daría cierta absurda satisfacción de haberla lanzado él.
En cambio, se descubre volteando, casi por reflejo, en busca del autor del lanzamiento.
El esfuerzo que debe hacer para que la mandíbula no se le descuelgue es enorme.
–Ese ha sido un buen tigo, ¿no?
Antes de poder responder, le dedica una sonrisa y camina un par de pasos antes de llegar a la orilla, junto a él. Bueno, los separa un metro. Un metro y medio. Pero están más o menos a la misma altura y más cuando decide sentarse ahí, tan cerca del agua.
Ahí. Junto a él.
El muchacho traga saliva. En su cabeza, la campeona de la Academia Beauxbatons puede ser capaz de muchas cosas, menos de ver el lado divertido o incluso relajante a lanzar piedras y superar una marca de distancia. En cambio, ahí la tiene, desafiando las expectativas, mirando la vasta extensión del lago y con otra piedra entre sus finos dedos.
–Qué sogpgesa, Hagy
De refilón ve su discreta sonrisa. Él apenas si puede hacer eco de ella. En parte por todo lo anterior. En parte porque su presencia trae consigo un pesado cúmulo de nervios. Harry supone que los mismos serían insoportables de no contar con ese maldito peso previo. Le importaría más, de hecho, que pudiera oírse el paso de la saliva por su garganta.
–Imaginaba que Hogwarts seguía más gande –una pausa, piensa Harry, para recuperar la fluidez de un inglés aún esquivo–. Pego veo que… no le fagtan lugagues agadables.
Harry sabe que debería decir algo. El esfuerzo de la joven por romper el hielo es admirable, pero él sencillamente no tiene el ánimo. Sabe… no, cree conocer la trayectoria del pensamiento de la francesa y poco le falta para decírselo. No tiene que sentirse obligada, todo eso no hace falta. Está bien, pasó lo que pasó, pero nada más. No tiene que existir un compromiso de por medio.
Le basta… le basta al final con no sentir hostilidad de por medio. Lo demás viene sobrando.
Y sin embargo, ahí está. Mirándola de refilón. Cómo contempla el lago y disfruta de la tranquilidad… resplandeciendo como el agua…
Y asume que es natural. Es un hombre. Por primera vez lo piensa abiertamente. Así. Y el solo pensamiento lo desconcierta.
Claro. Es un hombre. En los primeros estadios, con camino por recorrer, pero… demonios, es normal sentir esas cosas. Es normal ceder ante ciertos estímulos. Por mucho que las consecuencias se limiten a una mirada. Debería sentirse orgulloso. Otros chicos dan cada espectáculo frente a ella… Ron, sin ir más lejos…
–No es pog nada, pego si estuviegas en Beauxbatons… no queguías magchagte.
Ante el comentario, el joven se permite una sonrisa algo más abierta, al tiempo que atrapa una piedra solitaria y la desliza entre los dedos.
–No dudo que Beuxbatons… disculpa, ¿lo dije bien?
–Tganquilo, tienes buena pgonunciación.
–No dudo que pueda ser más grandioso –acto seguido, lanza la piedra con apenas las fuerzas necesarias para alejarse un par de metros–. Pero… éste es mi hogar, no creo que eso se pueda cambiar.
Ambos guardan silencio. En ese punto muerto, Fleur lanza su propia piedra. A Harry le sorprende la fuerza del tiro, la distancia alcanzada… la satisfacción de la joven. La misma que, cuando guarda silencio… cuando relaja la postura y no parece tan empeñada en llamar la atención del entorno al tiempo que lo ahuyenta con un carácter terrible… entonces puede verse tan…
Tan… bonita…
El muchacho no tarda en abofetearse mentalmente. ¿Desde cuándo él piensa que…?
–Tal vez queguías estag solo –A Harry le sorprende en esa voz algo suave, algo ronca, tan marcada por su propio acento, tan altanera en ocasiones, pronuncie algo tan próximo a una disculpa–. A veces eso ayuda, pego… también es bueno hablag un poco.
No hace falta darle demasiadas vueltas. Esa señal es clara. La habría esperado de cualquiera… qué demonios, sólo la habría esperado de una persona. Dos con suerte. Pero ahí está una vez más la representante de una academia de la que jamás oyera antes, confirmando su existencia y de paso, haciendo saltar sus expectativas por los aires.
No tendrían por qué tener esa conversación. ¿Desde cuándo a ella…?
No. Hay una razón de peso. Y el muchacho casi cree distinguir cierto atisbo de sinceridad… la hay, a pesar de ese marcado acento que…
–Son tonterías –se escucha decir, poniendo demasiado de sí por creer esas palabras–. A todos les pasan, ya pasará.
–Que sea común no quiegue decig que sea menos impogtante.
Contiene un agradecimiento irónico. Porque sabe que es así. No, por un maldito segundo no puede importarle menos que a cualquier otro le haya pasado lo mismo. Es tan simple como que ahora mismo, la empatía no aliviará el dolor.
–Supongo que no –termina por conceder Potter, aún reticente de abrir más la boca para…
–Entonces… no debeguías temeg sentigte así, no te hace débil –no disimula la mirada y Harry sabe que debe devolvérsela. Radiante, es la primera palabra que acude a su mente–. Egues más que eso.
Está seguro de que no se trata del mayor descubrimiento ni el máximo ejemplo de sabiduría, pero esas palabras remecen algo. Y asume, por un segundo, que la vulnerabilidad cortesía de su estado de ánimo tiene algo que ver. Tarda un poco en procesar las palabras y el estremecimiento que parece remecer cada fibra despierta de la que dispone.
Cuando sale a flote del descubrimiento, entiende qué pasa. Y no le agrada. No le agrada sentir que hace un esfuerzo. No le agrada la textura del nudo en su garganta. No le agrada tener que desviar la mirada hacia el lago, rogando internamente porque ella no haya descubierto el cambio en sus ojos, que los mismos no lo hayan delatado…
Está acostumbrado. Aunque le sorprende. Claro que ha sentido miedo. Muchas veces. Demasiadas para considerarse dentro del rango razonable. Y sin embargo, no recuerda con claridad la última vez que tuviera que ponerle un freno a las lágrimas. Puede que antes de aparecer Fleur, todo consistiera en un proceso por dominar ese dolor. Ahora, sin embargo, está bastante seguro de derrumbarse si no hace algo al respecto.
Frente a nadie… mucho menos frente a ella, que…
–No me importa… lo que pueda o deje de ser –se escucha confesar Harry con el hilo de voz que le queda, la firmeza aún viva–. Sólo… me gustaría… que no se sienta así…
–¿Cómo?
–No lo sé –reconoce él con frustración, apretando los puños contra la hierba–. Tan… tan grande y… tan… tan doloroso… tan… tan extraño… tan… tan…
Hasta él tiene que contener una mueca de vergüenza. Jamás se le han dado los grandes discursos o la locuacidad. Piensa, sin embargo, que incluso siendo esa clase de persona, semejante sentir se le escaparía del rango. Ni siquiera se siente del todo dispuesto a expresarle a esa chica el verdadero motivo, a él mismo, como si no tuviera ya suficiente con el padecer… da igual, pero se parece… se parece…
Podría parecerse a esa lejana vez, de pequeño, en que recibiera el impacto de un balón en el entrepierna, con la fortuna de tener cerca su primo y su camarilla de descerebrados riéndose de su padecer, haciendo que otros amplificaran el alcance de la humillación, quedándole apenas la satisfacción de ese día no haber derramado ni una lágrima.
Porque eso había aprendido. No sólo la humillación alimentaba el monstruoso ego de su primo. No sólo la comida chatarra. No sólo las risas. No sólo el dolor infligido. También las lágrimas ajenas. La máxima manifestación de una tortura bien ejecutada. Asimilando, desde temprano, que podía tener de él demasiadas cosas. Él y sus tíos, sí, podían obtener demasiadas cosas, pero nunca un grito. Nunca una queja. Nunca un gemido. Nunca una miserable lágrima de su parte.
Una especie de pelea silenciosa que sigue al día de hoy. Incluso con ellos tan distantes. Incluso con él peleando consigo mismo y ese dolor que apenas si puede comparar con ese pelotazo y se queda corto. Porque el dolor físico se extingue. Porque aún no conoce el límite del dolor que puede soportar. Porque está cansado, año tras año, de ver cómo hay algo que lo obliga a superar esa marca.
Tampoco puede negar que tal vez sea muy pronto, pero no importa la marca ajena. Y es que lo cierto es que ahora mismo, está cansado de pelear.
Pero la mirada… la presencia de Fleur Delacour… la belleza que parece devorar el oxígeno de su entorno… la luz que parece desprender el cabello rubio, opacando la naturalidad del paisaje… toda ella, sentada a un metro y medio, más o menos… ¿Qué tan difícil puede ser dejarlo solo? ¿Qué tan malo sería pedirle que le deje a solas rendirse?
–¿Qué sabes de mí, Hagy?
Decir que el desconcierto que experimenta al oír esa pregunta es enorme no sería exagerado. No es que quiera que la conversación gire en torno a él, eso lo detesta, pero… ¿En serio? Puede intentar distraerlo hablando de cualquier cosa. No es que lo desee, pero puede que lo agradezca, muy en el fondo. Pero… ¿En serio? De todos los tópicos posibles, ¿ninguno le parece mejor que ella misma?
Y sin embargo, ahí está, sobreponiéndose al aturdimiento e intentando enumerar, como si de un examen se tratara…
–Pues… que eres estudiante de Beauxbatons… que… que eres la campeona de tu escuela… y… eres de Francia, ¿no? Tienes… tienes al menos una hermana pequeña y… bueno… tu varita…
–Antes de mí… ¿Qué sabías de las veelas?
–Sólo… las he visto una vez… en el Campeonato Mundial…
–¿Qué pensaste de mí? La pgimega vez… ¿Qué pensaste?
Harry no entiende adónde quiere llegar. Más allá de la incertidumbre, prefiere callar. Porque la última pregunta no es algo que esté dispuesto a contestar. No importa que entre ambos exista esa suerte de cese de hostilidades. Lo cierto es que los primeros recuerdos están frescos y por respeto a esa tregua, no se siente capaz de hablarle del impacto que le causó su belleza, la terrible combinación que hacía con ese carácter presuntuoso… ni qué decir del desprecio, el desdén con que lo tratara…
Decirme "niño", además…
Sabe que el gesto pensativo no ha de reflejar la mejor de las impresiones, pero está demasiado cansado para importarle nada. El hecho de ser Fleur misma la que saque el tema, además… y en esas circunstancias…
Así y todo, casi le sorprende comprobar que Fleur no pierde esa ligera sonrisa, la misma que adquiere un cariz casi nostálgico antes de volver a contemplar el lago.
–Cuando la palabga veela apaguece en una convegsación… es difícil que alguien pueda manteneg la seguiedad –comenta Fleur en un tono una octava más bajo–. No es como que el guesto de las mujegues confíe o… quiega confiag en una veela… ni es como que los hombgues quiegan escuchag algo, pogque no guecuegdan que tienen un ceguebgo.
Le gustaría detectar una pizca de presunción en sus palabras, pero lo cierto es que Harry experimenta un desagradable vacío en el estómago al contemplar esa inesperada melancolía en el semblante de una joven que siempre se ha mostrado excesivamente segura de sí misma. Por un segundo, casi no le molestaría que vuelva esa misma chica.
–Pero… pero tú no eres…
–Sí, digás que pog seg mi abuela… yo no debeguía teneg tantos pgoblemas, pego… hay cosas que no cambian, cosas… que no puedo evitag –le dirige una mirada y al joven se le encogen los pulmones al ver la tristeza en esa mirada–. Mi heguencia es muy fuegte, lo habgás notado, incluso sin quegueglo… no puedo evitaglo.
–Fleur…
–Las mujegues no confían en mí y… los hombgues… bueno, ni siquiega se molestan en escuchag lo que quiego decir –sonríe, pero más que sonreír, parece una dolorosa mueca temblorosa–. Incluso… egues afogtunado de podeg sufguig pog esa chica.
–Dis… ¿Disculpa? –La palabra sale a trompicones de sus labios. Harry está bastante seguro de que la cara le arde en ese segundo casi tanto como cuando Fleur le dio…
No… ¡No! ¡Concéntrate!
No… no. Más importante, ¿cómo va a ser afortunado de sufrir por…?
No… no. Más importante aún, ¿cómo demonios sabe ella… eso?
Bajo el barniz sombrío, la joven parece divertida. Bajo el desconcierto, Harry experimenta una humillación similar a la experimentara tras la prueba del lago. Y peor, que ella sonría así… y a costa de su…
–Cómo la migas en el Gan Salón… dugante las comidas… es demasiado evidente –no lo mira al decirlo, pero sabe que nota su enorme bochorno–. Pego… también todos saben… que ella no siente lo mismo.
Bien.
Lo único que faltaba y ahí lo tiene.
Harry percibe la bilis. No, es más amargo. Es su propia rabia entre la lengua y el paladar. La rabia que se mezcla con la pena.
Como si no tuviera ya bastante con que ella describa su humillación, viene y también precisa el alcance casi inabarcable de la misma. Como si se tratara de un hecho notorio y evidente para cualquier estudiante en Hogwarts… e incluso para cualquier recién llegado que Cedric y Cho… y sobre todo, él mismo…
–Las veelas… y sus descendientes… hasta cierta generación… se dice que sólo pueden enamogagse una vez en la vida –la ironía se presenta en las facciones de Fleur. Las endurece, piensa Harry con sorpresa. La amargura la marca. La endurece. La vuelve ligeramente… temible–. No es del todo ciegto, pego… puede pasag… que si nos enamogamos con vegdadega intensidad… pego no somos coguespondidas… si nos gompen el cogazón… si nos tgaiciona esa pegsona amada… el dolog puede seg tan… tan gande que nos mata… litegalmente.
Harry traga saliva. Y es que Fleur lo dice… lo suelta con tal rotundidad que…
Vuelve a mirarla. No. No puede decir que la conoce demasiado, pero el peso de esas palabras… siente que encierran tanta verdad… casi diría que tiene la contundencia de una sentencia…
Que literalmente las mata.
Una de las razones. Una de tantas razones. De una chica que, de pronto, no resulta ser tan imponente como al comienzo. E incluso al comienzo…
Incluso la imagen de entonces no parece la misma.
Apostaría que por esa cabeza ha circulado un pensamiento similar.
Momentos en los que desearía no ser…
Y por supuesto que no le deja de doler. Es muy difícil que le deje de doler. Pero Harry no puede negar que, tras esas palabras, se siente capaz de mirar sus circunstancias desde otra perspectiva. Que incluso puede cargar con su propio bulto un poco más. Porque a diferencia de ella, a él lo puede matar cualquier cosa.
Literalmente cualquier cosa. Excepto, hasta donde sabe, su propio sentir.
Porque así ha sido por años. Ha dominado sus emociones. Pero incluso si las deja correr, no tendría por qué ser mortal…
O al menos de eso se convence cuando siente un par de lágrimas escapar de sus ojos.
A esas alturas, la razón de las mismas tiende a ser difusa, pero no se molesta en enjugarlas de inmediato. Porque está cansado. Porque al final, no es como que importe que alguien lo vea. No ahora al menos. No mientras no sea Malfoy o cualquiera que se le parezca. Y a esa distancia, no parece factible albergar ese temor…
Y más a esa distancia de…
–No… no te preocupes, Fleur –se escucha articular Harry, mirándola desde su ubicación. Llamando sutilmente su atención con una débil sonrisa entre el rastro de lágrimas–. Creo que… el que te conozca… el que sepa de ti… jamás te haría daño.
–Hagy…
–Se sentiría… el hombre más afortunado del mundo.
–¿Cgees…?
–Sí –le sorprende su propia convicción. La facilidad con que responde. Con que se encuentra él mismo dando aliento–. Lo creo.
Porque tras oírla, su propia carga no parece tan pesada. Porque en su presencia, casi siente que cualquier problema es más pequeño. O en última instancia, la humillación parece más llevadera. No se atreve a darle una palmadita en el hombro o en el brazo, pero espero que el resto de su lenguaje baste para suplir esa carencia.
Por lo pronto, le basta con la expresión suavizada de Fleur Delacour. Con esa trémula sonrisa y los ojos ligeramente húmedos. Gratitud. Una gratitud diferente a la que apreciara tras terminar la segunda prueba. Que no se acerca a la que él mismo experimenta en ese segundo. Que le permite ver su rostro incluso mientras mira fijamente el lago. Ajeno a la distancia que se estrecha…
Ocupado curvando los labios en una tímida sonrisa.
Tan… bonita…
Hasta que lo siente. Antes de que ella se marche de súbito.
Uno. Un beso muy sonoro. En la mejilla derecha.
