Un cordial saludo a todos.
La tardanza por este capítulo se puede resumir de la siguiente forma: Tres exámenes en una semana y la dificultad que encerró la decisión del punto de vista que englobaría este capítulo. Fue difícil, pero debo decir que he disfrutado especialmente con esta perspectiva y espero de corazón que puedan ustedes disfrutar de esta lectura. Como notarán, aún nos centramos en el cuarto libro, pero esta historia debería ir más allá en la cronología
Antes de comenzar, quiero agradecer encarecidamente a DTanatos, Fitsulon, SilverPhantomn, Nekovale07, danisay4lopezrosas, jorgejonathanrs, xotug, sebas12 y todos aquellos que me han dado una oportunidad con su lectura. Cualquier comentario o crítica, será bienvenida. Esta historia vive por ustedes.
Y sin nada más que agregar, les doy la bienvenida a la lectura.
IV
Naturalmente, cuando su familia descubrió su verdadera naturaleza, pensaron que muchas cosas cambiarían. Por supuesto que estaban (y aún están) encantados, por mucho que la primera carta distara de ser algo completamente creíble y que, a medida que transcurrió el tiempo y el conocimiento en torno a ese mundo sólo alimentara una serie de preguntas que ni ella misma ha sabido responder.
Sin embargo, algunas cosas permanecieron en su sitio. Supieron hacer la transición. Y la lectura siempre ha sido una de ellas.
Claro que la lectura en un sentido más… utilitario. Porque lo cierto es que la muchacha no recuerda la última vez que se sentara con un libro de ficción entre las manos y lo disfrutara a conciencia. Sí, la lectura puede y debe ser un placer para ella, siempre y cuando la misma acarree consigo un fin utilitario. Que el proceso se pueda resumir en conocimientos. Saber que ha avanzado un poco más en el eterno proceso de responder a sus inquietudes.
De manera que ese día en particular no se le puede encontrar en otro sitio que no sea ése, preparando exámenes que a vista de cualquiera, resultan todavía muy lejanos. Y cualquiera que diga conocerla sabrá que si no la encuentra leyendo en el lugar más cercano, definitivamente estará refugiada en la biblioteca. Y sí, las burlas siguen, pero con el tiempo ha sabido lidiar mejor con las mismas. Asumido como una parte de su identidad, las cosas son mucho más llevaderas.
Y qué saca con negarlo. Necesita paz. Y necesita, a veces, sentirse ella misma. Y ése siempre será el único lugar donde pueda alcanzar ambos objetivos. Fuera de ahí, en cambio…
–¿Puedo sentagme?
La muchacha, por cierto, también es buena manteniendo la compostura. Siempre que no se trate de una situación que encierre un peligro enorme. Así que ante la pregunta, puede mantener el semblante sereno. Incluso al voltear ligeramente para contemplar la imagen de la aparecida que le formula la pregunta.
En realidad, ha sabido de quién se trataba con solo escucharla. Ese acento en particular…
Y desde que la oyera, ha tenido que guardar las apariencias.
Porque por dentro, todos sus sentidos han dado el salto y están a la expectativa.
–Lo harás de todos modos –suelta la aludida con desdén, al tiempo que vuelve a la lectura y finge que no analiza sus movimientos.
En circunstancias normales no tendría que preguntarse qué demonios hace ella ahí. Si se esfuerza por olvidar cuán despectiva se ha mostrado siempre respecto al castillo y sus instalaciones, casi pasaría por alto el hecho de que tome asiento junto a ella con ese libro en particular.
Pensaría que busca prepararse para futuras pruebas. Ella, siempre tan autosuficiente…
Y podría hacerlo de no echar una mirada alrededor y concluir que es una de esas jornadas en que la biblioteca está inusualmente vacía. Podría sentarse en cualquier lugar…
Y ahí la tiene, sin embargo. Abriendo un libro sobre seres fantásticos por la mitad y fingiendo que lee…
Bueno, lo hace bastante bien. Fingir que lee. Se lo creería de no ser porque su respiración, a ratos errática, se ve contenida y está casi segura que le echa una mirada de tanto en tanto.
Le recuerda un poco al momento en que Viktor le pidió que le acompañara al baile. Salvando las enormes diferencias del caso, obviamente.
Porque no. Duda que Fleur Delacour se esté molestando, a estas alturas, en conocerla mejor. No tendría por qué, de hecho.
No así ella, quien se ha molestado en averiguar todo lo posible referente a su particular ascendencia. Un aspecto fascinante, concluyó en su momento. Algo que ofreció muchas explicaciones. Y más con el recuerdo fresco de lo terribles que pueden llegar a ser esos seres… ¿Es correcto llamarlas así? No está segura, tendrá que averiguarlo pronto. Con esa herencia, sin embargo…
Es fuerte, ya lo sabe. Una herencia, un legado muy fuerte. Que sabe prevalecer, independiente de que se trate de la tercera generación, los efectos se ven suavizados apenas una mínima parte. Tanto lo bueno como lo malo puede salir a la luz con demasiada fuerza si no se le controla y sabe que la herencia humana apenas si basta para equilibrar ligeramente las cosas.
Así que sí. Conoce. O mejor dicho, cree saber bastante de Fleur Delacour. O de su herencia, en última instancia. Lo bastante como para saber que hacerla enfadar no es, ni de lejos, la idea más apropiada, no importa dónde esté o de qué formas pueda, potencialmente, contrarrestar la amenaza.
Pero tampoco se lo quiere poner fácil delatando su curiosidad. Así que continúa adherida a ese aburrido tratado de Aritmancia, tomando notas en su libreta y plasmando preguntas que espera responder más adelante. Le enerva la lentitud de sus manos. Lo haría con más rapidez si no estuviera recuperándose de las heridas que le provocaron esas estúpidas cartas.
El recuerdo hace que bulla más rabia de la usual. En verdad necesita calmarse o terminará partiendo en dos la pluma.
A la francesa, por su parte, le resulta cada vez más complejo aparentar una lectura absorta. A esa velocidad es imposible que lea las dos páginas que se abren ante sí. Casi resulta divertido. Casi se relame el gusto de ponerla contra las cuerdas, a ella y toda su seguridad. No ha tenido demasiados momentos agradables, pero debe reconocer que esto lo está disfrutando. Y con ganas.
Es un largo suspiro que escapa de la joven la que le advierte que el juego ha llegado a su fin.
–Egues Egmione, ¿vegdad?
Bien, piensa la aludida. Ha hecho los deberes. Al menos mi nombre tiene la importancia para que lo recuerde, añade con sarcasmo. Con calma deja la pluma y voltea a mirarla.
–No veo a otra por aquí.
La joven francesa le devuelve la mirada. En efecto, luce incómoda. El pensamiento parece estampado en su frente. Daría cualquier cosa por estar en otro sitio, el que sea. Y ahí está. Mirándola de frente. Y Hermione Granger lo reconoce. Es hermosa. Realmente hermosa. Esa clase de belleza que también genera incomodidad. La clase de luz que te enceguece, sin importar tu orientación sexual.
Y en ese sentido, la joven Granger tiene absoluta seguridad, pero en esa posición se sorprende tragando saliva con disimulo al tiempo que piensa, para su sorpresa, que vista de cerca puede comprender, hasta cierto punto, que los chicos se derritan por ella. Que Ron, por ejemplo, parezca un idiota cuando…
Bueno, piensa con amargura, a Ron puede resultarle extremadamente sencillo actuar como un idiota. Esta francesa no ha venido a inventar la rueda.
Pero no es el caso. Incluso con el rosto sin esa sobrecarga de presunción que siempre la ha caracterizado…
–Cgees… ¿Cgees que podamos hablag?
–¿No lo estamos haciendo ya?
–Sabes a qué me guefiego.
Sí. La campeona de Beauxbatons parece ligeramente descolocada. Incluso, Hermione se permite creer que ese débil tinte sobre sus mejillas está lejos de hallar su explicación en el juego de luces ambarinas que inunda la biblioteca.
–De acuerdo, te escucho, Fleur.
Y sí. Parece sorprenderla también la aparente tranquilidad con que recibe la solicitud. Ajena al hecho de que Hermione se encuentra, en su asiento, desgranando a toda velocidad en su cabeza todas las posibilidades, todos los escenarios, todas las más pequeñas circunstancias, hasta el último cabo, cualquier cosa que le permita explicar que, de la noche a la mañana, a Fleur Delacour le resulte tan tremendamente necesario hablarle a solas.
–Me he entegado… quiego decig… he escuchado algunas cosas –lo difícil sería que no escucharas, piensa irónica Hermione, aunque ocupada como estás en tu propio mundo, no me extrañaría en lo más mínimo–. Le vegdad… es que quisiega sabeg… qué guelación tienes con Hagy Potteg.
A pesar de su juventud, Hermione puede afirmar que pocas han sido las veces en que la han sorprendido a tal nivel que las palabras no bastan para describir su estado de ánimo. Puede que el día en que recibiera su carta a Hogwarts esté en el primer lugar, pero sin lugar a dudas, las palabras de la francesa campeona de Beauxbatons estarían, si no en los cinco primeros, definitivamente en los tres lugares de honor.
Quiere decir, no es que se le pasara por alto que, después de lo del lago, a Delacour le diera por mostrarse más amable con Harry, pero de ahí a tan siquiera imaginar que llegaría un día en que…
Y si ha sido considerada la más inteligente de su generación no se debe sólo a esa desmedida afición por la lectura. Sabe cosas. Deduce otras tantas. Considera los tres mil mundos contenidos en un instante de vida. Cuándo una pregunta puede ofrecer infinitas lecturas. Cuándo la misma interrogante te puede llevar por un solo camino.
Y la explicación, la única posible, se le antoja descabellada de buenas a primeras. Así y todo, no puede darle todo preparado. Necesita cerciorarse. Necesita saber qué tan acertada está y qué tan lejos llega el acierto mismo.
–¿Y por qué te interesa saberlo? –Suelta así Hermione, aparentando más confianza de la que siente en realidad. Sin poder creer, en realidad, lo que está a punto de hacer–. Que sea tu oponente no quiere decir que puedes atacarlo con su vida privada.
–Yo no…
–Además… lo que pueda haber entre Harry y yo es un asunto exclusivamente nuestro.
Percibe el ligero temblor que mana de la francesa. Percibe incluso el cambio en su semblante. En su mirada. Extrañamente oscurecida. Endurecida. Y lo peor, juraría, es que ni ella misma parece consciente del cambio. Muy por el contrario. Mantiene la respiración pausada, casi tranquila. Nadie diría que se avecina una tormenta de no ser porque nadie, podría casi asegurar Hermione, al menos en ese castillo, ha visto una mirada como ésa y mucho menos en ella.
–Ya veo –susurra Fleur con voz inusualmente enronquecida–. Entonces… ustedes…
–No sé qué ganarías con saberlo –interrumpe Hermione, gritándole la voz lúcida de su interior que se detenga si no quiere acabar achicharrada en el mejor de los casos–. Lo único que te puedo decir es que tanta fama a un pobre tonto como él le queda bastante grande…
A fuerza de tratar con tipas tan huecas a lo largo de los años, a la muchacha no le resulta complejo bordar la mejor imitación de lo que creen que es.
Y mucho antes de poder asquearse de sus propias palabras, Hermione la siente.
Más que una mano, es una garra que se cierra con violencia alrededor de su muñeca derecha. Aún resiente el daño de esas fanáticas enloquecidas, así que debe concentrar toda su voluntad en la penosa labor de contener el grito más potente que pueda proferir.
Y es que, de pronto, la francesa hace gala de una fuerza descomunal. La joven Granger, aterrada, comprende que no le ha roto un hueso porque antes quiere dejar claro su punto. De poder, puede. De querer, quiere. Y con todas sus ganas. Esos ojos oscurecidos que parecen tallados en piedra no le dejan lugar a dudas.
Acaba de ir demasiado lejos intentando aclarar lo evidente y ahora empieza a discurrir la mejor manera de zafar del olímpico desmadre en que se halla sumergida.
–Vuelve a decig eso y te gompegué los huesos de la mano… uno por uno, ¿oíste?
–Así que… te crees lo primero que dicen, ¿eh? –Suelta Hermione a duras penas, sin saber cómo consigue esbozar esa sonrisa a pesar del dolor. Un poco de presión más y sabe que no podrá resistir–. O… lo primero que lees…
–¡¿Me oíste?! –Al tiempo que gruñe, Fleur hace lo que Hermione lleva temiendo. Y le sorprende su propia tolerancia al dolor.
–Perfectamente –cegada como está, es obvio que Delacour no vea la varita apuntando bajo la mesa. Un sencillo hechizo basta para que suelte la muñeca de la joven como si su piel ardiera. Incluso su herencia no se resiste a la eficacia de ese encantamiento–. Es… mentira.
–¿Qué? –Es gracioso. Cómo una palabra puede desarmar a cualquiera con tanta facilidad si la usas bien.
–Todas esas… tonterías que obviamente leíste… en Corazón de Bruja… son mentiras.
–Entonces pog qué tú…
–Apenas te conozco –en verdad la herencia veela es aterradora. La muñeca le palpita con escándalo y aún no recupera del todo el aliento–. Eres… oponente de Harry, ¿por qué… iba a importarte… recién ahora?
En realidad, cree saberlo, pero necesita respuestas. A todo. Para todo. No le sirve contemplar a esa muchacha abochornada. Recién consciente del numerito que acaba de montar. Conservando ese encantador tono ambarino que bien podría atribuir a la iluminación. Deseando, al aparecer y con todas sus fuerzas, poder desaparecer de ahí de no tener la completa (y acertada) certeza de que, aún de lograrlo, Hermione Granger la rastreará por cielo, mar y tierra y le sacará las respuestas del modo que haga falta.
–Guescató a mi hegmana pequeña –masculla la francesa entre dientes, consiguiendo que la joven Gryffindor bufe con sorna.
–Pues un "gracias" ya bastó para aclarar el punto, ¿no crees? –Sonríe con irónica satisfacción. Ya no teme sacar de sus casillas a la huésped del castillo. Muy en el fondo, ese algo que le advirtiera del peligro que pudiera encerrar provocarla, ahora le grita que tiene el viento a su favor–. Sabes… en mi mundo sólo un tipo de mujer actuaría como tú lo has hecho y si no es tu caso, te sugiero que encuentres un buen argumento en esa bonita cabeza tuya que logre convencerme.
–¿O qué? ¿Piensas hechizagme? –Inquiere Fleur con renovada confianza, al tiempo que la varita también aparece en una de sus delicadas manos.
Confianza que Hermione tambalea al ladear un tanto su sonrisa.
–Pienso alejar a Harry de tu alcance.
Las palabras suenan rotundas. Sabe que ha hecho los deberes. Conoce… o en última instancia, cree saber que tiene un rol fundamental en la vida del mago en cuestión. Más que una advertencia, de su boca parece una sentencia que a Delacour le resulta complejo cuestionar.
Granger, por su parte, espera una protesta. Una rabieta. La amenazante sombra de su herencia familiar. En esos ojos aterradores. En la mueca depredadora. En la fuerza más allá de todo parangón. Y todo lo que tiene enfrente es a una muchacha que busca con desesperación la compostura, algo que la devuelva a su sitio o le permita, por último, recuperar algo de la seguridad que pudiera intimidar al oponente…
Algo. Lo que sea. Lo que sea que no la delate frente a una Hermione que parece más que encantada con los descubrimientos hechos, no dudando en usarlo a su favor.
–No podgías…
–¿Quién me lo va a impedir? ¿Tú? Créeme cuando te lo digo, claro que puedo –Hermione, en tales circunstancias, poco le importa que su varita resulte más visible–. Puede que tardara un poco más en descubrirlo, pero lo habría hecho de todos modos, tú sólo has acelerado el proceso.
–No tienes ningún deguecho…
–Tengo el derecho por ser su mejor amiga, él mismo te lo confirmará, ve y pregúntale si quieres, ¿cuánto quieres perder? –La sonrisa se diluye en el rostro de la inglesa. Sabe que está mostrando más rabia de lo que jamás ha manifestado. Sabe que está bajo control. Incluso ella sabe que jamás ha sido tan jodidamente peligrosa como en ese segundo–. Dime… ¿Cuántos llevas ya?
–¿Disculpa? –Fleur parpadea, sorprendida. A Hermione le falta paciencia para creerse el gesto.
–¿Crees que no se nota? Cómo disfrutas… con todos esos babosos corriendo tras de ti… pero claro, Harry es diferente, ¿no? Demasiada fuerza de voluntad… lo vuelve más interesante, ¿cierto?
–Cómo… cómo te atgeves…
–Harry se vería bien en tu historial, ¿no es así? Apuesto que pasarías a la historia… como la veela de Beauxbatons que dobló la rodilla del Niño que sobrevivió…
–Te equivocas, yo… yo no…
–No me importa, Fleur, ya tuve suficiente, no me quedaré quieta esta vez –dirige la punta de la varita al mentón de la desencajada campeona de Beauxbatons, aprovechando que nadie las puede ver–. Estoy harta… harta de ver cómo todas creen… creen que pueden jugar con sus sentimientos creyendo que no tendrán que pagar el precio.
–Er… Ermione, yo… escucha, yo…
–Escucha tú, sólo lo diré una vez –presiona con la punta de la varita la delicada piel de la joven francesa. Vista de afuera, pensaría que no es ella misma, pero Hermione no ha mentido al afirmar que está harta–. No te quiero ver cerca de Harry, ni un paso, porque como sepa que intentaste hacerle daño… desearás enfrentarte al dragón sin varita cuando te encuentre, ¿me oíste?
Y Hermione espera. Espera con la punta de la varita presionando la piel. Espera sin aparta la mirada marrón de esos ojos claros que le devuelven el gesto con algo que tarda en identificar debido a la rabia que le brota de los poros. Algo que no tiene relación con la imagen que siempre ha ofrecido la muchacha y que ahora, más que nunca, parece extraído de un mundo aparte.
Esos ojos tan claros reflejando una profunda impotencia. Una inabarcable aflicción.
La misma que se manifiesta cuando, transcurrido quizá demasiado, se decide a despegar los labios:
–Entonces… ¿Pog qué Cho Chang sigue tan tganquila?
La pregunta cala hondo en Hermione. Porque se la ha hecho mil veces. Porque siente que su conciencia ha adoptado una forma inusual de soltarle el reproche que lleva cargando consigo ya bastante. En concreto, desde que Harry se ha vuelto incapaz de disimular su tristeza.
Es un instante, una ligera vacilación que Fleur no duda en aprovechar:
–No hay día en que no desee… hacegle tantas cosas pog jugag así… pego tú lo has dicho, tienes el deguecho, egues su mejog amiga, entonces… ¿Pog qué no has hecho nada?
De un momento a otro, Hermione se sorprende tragando el tenso nudo que le rodea la garganta.
Se le ocurren un puñado de explicaciones. La necesidad de independencia. El orgullo de su amigo. La vida íntima. La privacidad. La soledad para crecer…
Pero soledad… en un muchacho como él… demonios, ¿qué más soledad quiere ya? ¿Cuánta más necesita?
–No quiego veglo llogag otga vez –musita Delacour. La pena deforma sus facciones. Como si el sentimiento resultara casi tangible. Como si su voz ligeramente quebrada alterara una fibra del aire que las rodea. Como si las sílabas rasparan su garganta–. Tú… ¿Sabes lo que se siente? Veglo… veglo llogag…
Y Hermione siente que el peso de los tres mil mundos que puede encerrar un instante de vida la aplastan, inmisericordes.
Porque cae en la cuenta.
Porque en esos cuatro años de inquebrantable amistad… de haber compartido un lazo a prueba de todo y todos… sí… sí, han pasado por mucho… él, él ha pasado por mucho con demasiada entereza. Quizá con demasiado orgullo, con extraordinarias cotas de dolor…
Y ni una lágrima. Ni una sola lágrima.
–No me impogta… que un hombgue pueda llogag –articula Fleur, haciendo acopio de fuerza para restaurar la entereza de su voz–. Lo único que sé… es que nunca pensé… que su dolog… que también… me doleguía tanto.
–Fleur…
–Temo… tanto como tú… lo que le pueda pasag, pego… ¿Cgees que me escuchagá? Ya ha llegado muy lejos… solo –Hermione casi siente el impacto de la lágrima de la francesa en su propia varita–. Siento habeg pensado mal de ti, pego… la sola idea de que… tú también le hiciegas daño me… me hizo… pegdeg la cabeza.
–Acaso… acaso tú…
–No me impogta lo que digas, ya… ya lo dejé ig una vez, no vogvegué a cometeg ese egog, ¿me oíste?
Y Hermione se pregunta si Fleur es consciente de lo que acaba de decir. De la serie de interrogantes que disemina esa suerte de advertencia. Del alcance de sus propias palabras. Las mismas que parecen ejemplificar lo que leyó alguna vez sobre veelas y su herencia. Las palabras mayores que jamás pensó, llegaría a atestiguar.
Tal vez sea muy pronto para creerlo. Tal vez no exista tiempo o espacio para creer nada. Pero duda que la mujer con el perfil que ha trazado se molestaría en llegar a esos extremos únicamente por un capricho…
No. Claro que es posible. Con la pequeña salvedad que Delacour no es cualquier mujer. Por fuerza, su herencia la obliga a tomar un camino. Una decisión. Y escoger palabras muy, muy específicas.
Las mismas que la llevaron a bajar la varita. No así la mirada sobre la joven francesa.
–Él… es mi familia, Fleur –articular la joven Gryffindor, manteniendo una cuota considerable de frialdad–. Más te vale recordarlo… antes de dar cualquier paso… porque en verdad… puedo hacer que lo lamentes.
Las lágrimas, a esas alturas, corres libres por las mejillas de la francesa, pero ella se urgen en enjugarlas con cierta brusquedad con la manga de su túnica. Claro que no luce ni la mitad de segura que al comienzo, pero Hermione detecta en ella una especie de alivio… una suerte de… de llorosa alegría casi… casi infantil…
Una emoción que la hace pensar, por primera vez, en lo hermosa que es siendo ella misma.
–No quiego vivig lamentando nada más, Ermione.
Lo sabe. Lo puede imaginar.
Porque Hermione ha leído bastante sobre las veelas. Sobre su herencia. Sobre lo maldito que puede resultar para alguien ese linaje, al menos hasta la tercera generación.
Y el hecho de quedar Fleur en evidencia, sin importarle ante quien, confirma esa impresión. Misma que parece mutar en verdadero temor.
Porque puede que la misma Fleur no se haya percatado del alcance de sus palabras, pero las mismas no dejan lugar a dudas.
Más que la suerte echada, la decisión está tomada. Ha demostrado una parte de lo peligrosa que puede llegar a ser.
Y aunque cumplirá su advertencia de tener vigilada a la campeona de Beauxbatons, Hermione no puede evitar sentir un irónico rastro de compasión.
No importa cómo se lo diga. Da igual cómo lo plantee. Lo cierto es que Harry no tiene ni la más mínima idea de lo que le espera.
