Un cordial saludo a todos.
Este capítulo en particular me costó muchísimo. He querido cerrar el arco del cuarto libro y vieran que fue complejo lograrlo. Debo haber repasado el borrador algunas veces, sin terminar de convencerme. Y casi temiendo de que me pueda arrepentir, aquí les entrego un nuevo paso en este viaje, esperando sinceramente que sea de su agrado. A partir del siguiente, empezaremos a cubrir el periodo de tiempo del quinto libro.
Gracias una vez más a todos los que me dan una oportunidad con su lectura y muy especialmente a arturus pendragon, Satsujin Boken, Zeros Perevell, joss93, eudog3, Chiara Polairix Edelstein, sebas12, DTanatos y Fitsulon. En verdad agradezco cada oportunidad que me dan y espero, sinceramente, estar a la altura de sus expectativas.
De antemano quiero pedir disculpas por las líneas en francés. Se me da fatal y he hecho lo que he podido. Cualquier error gramatical, es mi exclusiva culpa y les pido perdón por ello.
Y sin nada más que agregar, los invito a la lectura y les doy la bienvenida.
V
A grandes rasgos, la noticia es la misma.
La muerte de un campeón de Hogwarts. El momentáneo secuestro del otro. El regreso de uno de los magos tenebrosos más peligrosos del último tiempo. El peligro que se cierne sobre todos.
En su mente, todos los detalles, los escasos detalles filtrados, dan forma a una suerte de grotesco bucle. Como todos aquellos medianamente enterados de la noticia, jamás pensó que el mismo chico que viera el fin del mago tenebroso, presenciara también esa suerte de oscura resurrección.
Asumiendo, por supuesto, que estuviera muerto alguna vez.
Lo que ahora mismo, comienza a cuestionar.
Pero el cuestionamiento no da demasiado de sí. Porque tiene otras preocupaciones.
Como el hecho mismo de que él haya estado también ahí.
Y por un momento, a la muerte de ese compañero y rival, se sobrepone la certeza del inmenso peligro que ha corrido.
Porque ahora, tiene lógica. Tiene la más grotesca de las lógicas.
El muchacho es el símbolo de su caída. Tiene sentido que quiera eliminarlo, ya que ha regresado. Y demostrar así, que nadie, nadie en absoluto puede entorpecer su camino a la cima.
Comprenderlo no le toma mucho. Apenas unos minutos tras escuchar las malas nuevas.
Lleva ya algún tiempo sin ser la misma. Empieza a creer que otros lo sospechan. Pero lo peor fue que su madre, al visitarla antes de la prueba, así lo manifestara. Dio igual que intentara distraerla aparentando interés en el pelirrojo que se había presentado como "visita familiar" del inesperado segundo campeón de Hogwarts. O no puso en ello demasiado ahínco o definitivamente, su madre sí era capaz de ver bajo el agua, como siempre ha dicho su padre.
Y no le gustó la advertencia que leyó en los ojos de Apolline Delacour.
La advertencia mezclada con sorpresa. La sorpresa mezclada con cierta tristeza.
–Il est marqué –pronunció, como si se tratara de una sentencia. Sabiendo que iba más allá del distintivo rasgo en su frente. Poco antes de endurecer esa triste mirada–. Ma fille, de toutes les possibilités…
–C'était toujours cette possibilité –replicó la joven con inesperada ferocidad, casi asustando a su hermana menor–. Toujours.
Ahora, en cambio, apenas si recuerda las explicaciones innecesarias que, aun así, tuvo que dar, rebatidas a su vez por abatidas advertencias, algunas más contundentes que otras. De hecho, el posterior desconcierto de su hermana y madre parece visto a través de un cristal trizado.
Aún ahora, las palabras resuenan. El efecto de las circunstancias permite que su eco pierda intensidad, pero no desaparecen.
En parte por su importancia. En parte porque las palabras jamás variarán. El mismo camino. Los mismos temores. Las mismas posibilidades. Y el mismo ejemplo, la misma maldita historia, aquella que condensa el nombre de Isabelle, cuya familiaridad lleva diluida demasiado tiempo por todo cuanto acarrea…
La misma que recupera tan de golpe que siente que le tiemblan las rodillas.
Y es que han pasado tantas cosas que apenas si puede creer que no hayan transcurrido más de veinticuatro horas.
Y que la imagen más próxima que tenga de él sea ésa. La del durmiente. El que duerme en el vacío.
Dormir sin sueños.
Dormir con facilidad.
Porque cualquiera experimentaría una enorme dificultad. Porque las pesadillas bastarían para que a cualquiera pudiera aterrarle la sola idea de cerrar los ojos.
Recuerda, a veces, lo que experimentara al despertar, en medio de la noche, a causa de una pesadilla particularmente grotesca. Hoy los detalles los diluye el tiempo, pero la sensación de angustia y de desamparo… de amenaza permanente no se la puede sacudir si se concentra un poco, así como la sensación de consuelo que supuso, para ella, la calma presencia de su madre.
Así que la pregunta es inevitable. Así como la congoja que trae consigo.
Ahora no hay padres que estén ahí para afirmar que todo estará bien. No hay una mano que ilumine la oscuridad y un abrazo cálido que le confirme esas sencillas palabras. Sí, todo saldrá bien.
En cambio, ha tenido que vestirse de héroe una vez más. Ha tenido que mirar a la cara las pesadillas. Ser tocado por ellas. Y están los amigos. Los profesores. La familia de los amigos. Todos deseosos de confirmar que sí. Todo saldrá bien. Y una poción. Para dormir sin sueños. Para dormir sin pensar. Para apartarlo del pensamiento. Y dormir con facilidad.
Pero Fleur sabe que no es lo mismo.
No duda del afecto genuino. No puede. No quiere dudar de ello. Pero sabe que todos lo piensan. Que no puede ser lo mismo. Que esas personas que has conocido en el camino… pero… ¿Y los lazos que te acompañan desde que naces? ¿Qué haces cuando tiras de la cuerda con que vienes a este mundo y descubres que nadie espera en el otro extremo?
Sabe que hubo otras pesadillas. Que el niño, despojado de sus padres o de cualquier cosa que los acercara, tuvo pesadillas alguna vez.
Cuántas veces las lloró.
Cuánto hará que se cansó de llorar.
Y ahora mismo, no puede. No puede hacerlo. Inmerso como está en el sueño vacío. Escapando de sí mismo.
O al menos es lo que alcanza a ver tras internarse en la enfermería del castillo. Tras desconcertar a quienes acompañan al durmiente, junto a su lecho. El chico alto y pelirrojo y la mujer que ha de ser su madre si se considera el parecido. Son ellos los que se muestran más sorprendidos de verla, pero Hermione Granger, en cambio, muestra algo diferente. Un desconcierto inicial que muta en algo que Fleur no se atreve del todo a identificar del todo como alivio.
A la mujer de mayor edad, la madre del pelirrojo, no le cuesta demasiado adoptar el semblante que por momentos, a la francesa, le resulta ya familiar. Con la ligera variante de, por una vez, entender la desconfianza, incluso la postura protectora al casi impedirle que dé un paso más con la sola mirada.
En otras circunstancias, Fleur no dudaría. Afrontaría eso y mucho más. No temería armar mayor escándalo. Pero ella misma está cansada. Muy cansada y dolorida, a pesar del tratamiento recibido tras ser rescatada del laberinto. Pero también abatida. También aplastada por una carga invisible. La misma que encuentra una manifestación en…
–Ella –suelta la mujer. Fleur casi sonríe. Al parecer, sí la conoce y mucha gracia no le causa su presencia–. ¿Qué se supone que hace ella…?
–Señora Wesley, tranquila, ella… iba a venir tarde o temprano –tranquiliza Hermione, con ambas manos sobre los hombros de la mujer. Lo siguiente que le dice es un susurro al oído de la mayor de los presentes. Un susurro que le causa extrañeza, a juzgar por la alternativa mirada que le dedica a ambas muchachas antes de permitirle a Hermione adelantarse, ignorando por completo la alelada expresión de Ron, un par de pasos más atrás.
Vista más de cerca, Granger no parece más entera que el resto. Cualquiera diría que no ha descansado lo suficiente. Que incluso podría faltarle comer. Así y todo, aparenta aplomo al poner una mano sobre su brazo. Gesto que Fleur lamenta. Lo último que quiere es que sienta el temblor bajo la tela.
–Tranquila –musita Hermione, mirándola a los ojos. Le hace falta usar la otra mano. En definitiva, ambas para sujetarla con firmeza y endureciendo la mirada oscura–. Él va a estar bien.
Sólo así Fleur se percata del estremecimiento permanente que azota su cuerpo. De las piedras que parecen descansar en lo profundo de su pecho, impidiéndole respirar. De que el aire parece quedarse a mitad de camino y las lágrimas recorren un camino demasiado largo…
Las lágrimas… Dios santo, las lágrimas…
O el labio inferior que terminará sangrando si lo sigue mordiendo así…
O el hecho de ser aferrada por Hermione Granger, que no deja de mirarla.
Como si supiera con exactitud no sólo lo que pasa por su mente… por todo ella.
Como si conociera la naturaleza de aquello que le resulta imposible controlar y supiera que esa y sólo esa es la forma de refrenarla.
Como teniendo plena conciencia que el solo hecho de sentir, para Fleur Delacour, puede ser tan… tan…
–Lleva durmiendo un buen rato –le explica Hermione casi con dulzura, sin soltarla–. La poción… bueno, esa poción tiene un efecto duradero –parece debatirse antes de formular la siguiente pregunta–. Fleur… ¿Cómo te sientes?
Y la aludida va a responder. Quiere hacerlo. Sólo que hay algo que no se lo permite. Algo que puede estallar en cuanto abra la boca. Y el hecho de ser observada de esa manera por esos ojos oscuros… como sabiendo de la lucha interna, instándola a continuar…
–No pensagás… que estoy peog que él, ¿o sí? –medio musita la francesa, sabiendo que ese intento suyo por mostrar seguridad ha fracasado de forma miserable. Otra cosa no explica la sonrisa triste que le dedica Granger.
–Pienso que por algo estás aquí –de ser otras las circunstancias, claro que odiaría que una chica menor que ella le hable en ese tono. Claro, tendría que ser otro el momento. Otras las personas. No Hermione. No ella. No él–. Ven, vamos.
Todo se convierte en una nebulosa en adelante.
Los contornos de las camas, la estancia… incluso ella misma y sus pasos, quienes pudieran estar… todos se desdibujan y pierden luz y color al momento de tomar asiento en la silla que, supone, alguien le acerca. La silla próxima a la cama. La cama del joven que duerme sin soñar. Apenas respirando. Con el rostro vacío de toda emoción.
Y no. No sabe cuánto lleva ahí. Sólo sabe que, por una vez, todo se reduce a él durmiendo. Respirando. Pausa y pausa. Obligándose a escuchar. Sí, ahí está su respiración. Obligándose a adivinar. No, no tiene que hacerlo. Incluso si presta un poco de atención, sabe que las huellas prevalecen, ajena ahora al hecho de que los presentes no se encuentran, quizá dándole espacio, por recomendación de una inesperadamente persuasiva Hermione… misma cuya voz lleva un rato escuchando de lejos… explicándole, a grandes rasgos, qué es lo que ha ocurrido…
Por mucho que quizá se pregunte si ha hecho falta persuadir a alguien.
Por mucho que quizá se pregunte.
Porque siente las preguntas rondar, pero las ignora. O las mismas parecen incapaces de llegar hasta donde ella se encuentra.
Decidiendo quizá, sólo quizá, dejarla sola por esta vez.
Desconociendo de dónde surge la claridad que le permite permanecer sentada junto a esa cama y apenas parpadear…
No. No saca nada con mentirse. Claro que sabe de dónde surge, pero no tiene fuerzas para soltar esa respuesta.
–Me han… contado lo que pasó –musita Fleur, acercándose un poco al dormido rostro del muchacho. De cerca parece mucho más pálido–. Magos con más años… magos con más expeguiencia no habguían sabido qué haceg.
Se siente ridícula. Como si aprovechara el saberlo dormido para no darle la cara. Como si temiera hablarle estando despierto. Como si la sola idea no le provocara ese extraño malestar. A ella. Pero la sensación tampoco dura demasiado. No alcanza a agradecerlo.
–Nunca… te he pedido pegdón… pog decig que egas un niño.
Ocasiones no faltaron. No después de la conversación en el lago, al menos. No después de descubrir que es su primera opción cuando parece que la realidad lo alcanza más allá de lo que puede soportar. Asumiendo que tenga un límite establecido. Que las circunstancias no lo empujen a ir más allá. Como empieza a creer…
Claro que no fue la única ocasión. Pero cada vez, las palabras murieron. Además, tampoco ha querido invadir cada espacio. No, de querer quiere, siempre ha querido. Mas no ha dado el paso. Porque sería excesivo. Porque si debe ser honesta consigo misma, es la primera vez en demasiados sentidos y eso la coloca en la temida situación.
La de tomar la iniciativa. Y en última instancia, no tener la más mínima idea de qué hacer.
Porque no importa lo que haga o diga, es inevitable vislumbrar en esa mirada la desconfianza. El fruto de la primera impresión. Los primeros pasos mal dados.
La imposibilidad de volver atrás. La misma que ha deseado tanto…
De haber sido cualquier otro, no tendría… no habría de qué preocuparse, pero…
Pero maldita sea, su madre vuelve a tener razón. Él, de todas las posibilidades…
Él está marcado. Y puede que ni él mismo lo note. Que su actitud, suponga, responda a otras razones.
Lo nota estando dormido. Lo nota sabiendo lo sabido. En el lago o en la lechucería, donde descubrió su refugio. Donde el guardabosque, que tan amigo parecía ser de Madame Maxime, que le dirige miradas desconfiadas, como si leyera sus intenciones al verla en las proximidades, percibiendo (no, sabiendo) que aquel encuentro casual no fue fruto de la casualidad. Como si deseara una última excusa para retener al muchacho… impedir, sí, impedir que esté a su alcance…
Como si todos estuvieran de acuerdo en esa mala impresión…
–Tu amigo paguece un poco gudo –comentó Fleur esa vez, consiguiendo hacer el camino de vuelta al castillo junto con un Harry que, tras la visita a la cabaña, parecía de mejor humor que de costumbre.
–Supongo que tienes que conocerlo mejor –soltó el muchacho como si tal cosa–. Pero… no te negaré que sí puede serlo… a veces.
–No quisiega estag cegca cuando se enoja.
–Puede ser divertido –comentó él, esbozando una sonrisa nostálgica que no se condecía con la razón. Eso antes de verlo hacer una pausa antes de decidirse a preguntar–. Cómo… ¿Cómo está tu hermana?
–No paga de hablag de ti –contestó la bruja, medio fastidiada, medio divertida ante el bochorno mostrado por el chico. ¿Cómo demonios alguien podía reunir temple y timidez en un solo paquete? Mejor así. Porque no estaba dispuesta a revelar la naturaleza de las preguntas hechas por la chiquilla.
Desde luego, la familia era un tema que se tocaba poco. Puede que a él no le molestara, pero ella no se sentía dispuesta a exponerlo a ese martirio.
En cambio, podía encontrárselo en la misma orilla del lago, lanzando piedras en soledad. Porque sin importar cuán pegados pudieran estar sus amigos a él, necesitaba de esos momentos de calma. Momentos para sí. Consigo mismo, una piedra y la quietud de un lago invadido por quién sabe qué cosas.
Y a veces… más de una vez, Fleur se permitía creer que en ese lapso, Harry esperaba por ella.
A juzgar por la discreta sonrisa que solía dedicarle tras aparecer.
Y siempre. Siempre los separaba el mismo metro y medio. El mismo que ella moría por romper como en el primer encuentro, pero que decidió, instancia tras otra, mantener, a juzgar por esa comodidad que a él tanto parecía agradarle.
El día antes de la nefasta prueba del laberinto, la atmósfera se mantuvo. Como si el final de aquello que pudiera haberlos reunido no se cerniera sobre ellos. Como si fuera otro encuentro en apariencia casual. Como si no hubiera prisas. La misma orilla. Las mismas piedras. El mismo metro y medio.
–Es… tu último año, ¿verdad? –Preguntó entonces Harry, temiendo recibir una burla por la obviedad que pudiera encerrar la pregunta. En cambio, sólo encontró un asentimiento en la joven que no apartó la mirada de él–. Y… ¿Qué piensas haces? Cuando… cuando termines, digo.
–No lo había pensado hasta ahoga –reconoció la joven, desbaratando una vez más su apariencia calculadora–. Pego… supongo que volvegué a Inglatega.
–Yo creía que la odiabas –confesó el muchacho, ahogando una risita. Lo cierto es que algo había de verdad en su declaración, pero no tenía por qué tener absoluta claridad. No entonces al menos.
–He… cambiado de pagueceg –la detectó con facilidad. La curiosidad en la mirada del joven. El vivo interés. Era demasiado tentador. Y al mismo tiempo… una voz más fuerte le exigía cautela–. Hay buenas gazones paga volveg.
Creyó en ese segundo que nunca la había mirado tanto como en ese segundo. Llegó a preguntarse si acaso había entendido el trasfondo de sus palabras. Muy en el fondo…
–¿Y tú Hagy? –Preguntó tanto por interés como por desviar ligeramente la atención del muchacho–. ¿Qué piensas haceg cuando tegmines?
–Marcharme –respondió sin dudar un segundo y con tal seguridad que Fleur, de no haber visto antes de lo que podía ser capaz, se habría quedado pasmada–. No sé adónde, tampoco lo que haré, pero… lo único que quiero es sentir que puedo hacerlo, irme, no mirar atrás y… y no regresar nunca.
Entonces Fleur creyó entenderlo.
Ahora, sentada a su lado y sin saber del tiempo transcurrido, comprende lo lejos que siempre estuvo de captar su trasfondo.
Incluso tras atreverse a aferrar una de sus manos frías y apoyarla en su frente. Incluso tras esperar sin saber a ciencia cierta qué, pestañeando, rindiéndose por momentos al cansancio. Y volviendo a verlo dormir. Así, una hora tras otra, pensando en el vacío…
En dormir sin soñar.
En marcharse y no mirar atrás.
Y no regresar…
–¿Fleur?
No es más que un susurro, pero la vuelve consciente de su situación y más cuando percibe unos dedos cercanos a su oreja. El contraste de temperaturas la asusta más que el llamado. Y es que sin importar lo cubierto de mantas que esté, él está tan frío…
Tan perdido en su propio mundo a pesar de llamarla a despertar…
–Hagy –articula ella con voz adormilada aún, consciente de no haber soltado su mano ni un momento.
–Qué… ¿Qué haces aquí?
Le toma un segundo contestar. Contestar y tragarse el nudo en la garganta tras contemplarlo entero, despierto… y destruido en más de un sentido. O al menos eso le dice el brillo mortecino de esa vida clara. Tan diferente sin los anteojos… tan… tan él mismo, a pesar de la ausencia…
A pesar del daño.
A pesar de ser posible rastrear en su rostro las huella de un dolor sordo.
Una huella que jamás se irá.
Porque su madre tiene razón. Él está marcado.
–Debeguía… debeguía seg obvio, ¿no?
Las palabras salen atropelladas, torpes. Quizá se confunda con agresividad.
Intenta transmitir lo contrario esbozando una sonrisa trémula, sin soltar la mano de un joven que intenta apartarse a regañadientes.
–Temí pog ti.
–No… no sabías que yo…
–Cuando Viktor me lanzó la maldición… lo compgendí –interrumpe ella, no queriendo traer a colación el último recuerdo del laberinto, pero obligándose a rastrear ese maldito pasaje perdido–. Tú… yo… Cedgic… –el nombre parece destruir parte del poco temple reunido por el chico, maldiciéndose Fleur en todos los idiomas posibles mentalmente–. Todos sabíamos la clase de peligo enfgentábamos, pego… cgeo que tú también lo compgendiste cuando lo migaste… que ega algo difeguente.
No sabe si ha aprendido a conocerlo o él es demasiado fácil de leer. Como quiera que sea, sus expresiones delatan lo que no se atreve a articular. El hecho de casi aferrar con mayor fuerza su mano incluso confirma todo lo demás.
Sabe por qué se muerde el labio. Sabe por qué mira en otra dirección. Incluso los párpados apretados…
–Hagy –musita la muchacha, percibiendo la tensión del puño que aprieta sus pulmones–. ¿Pog qué te ocultas de mí?
–Tú… sabes qué fue lo que pasó, ¿cierto?
Lo sabe. A grandes rasgos, tal vez con imprecisiones. Pero lo sabe. Claro que lo sabe. Y no sabe por dónde comenzar a desenmarañar el nudo de emociones que le provoca saber todo aquello. Porque la parte del alivio parece tener un acuerdo con el orgullo al tiempo que el pánico y el dolor disputan una parte del botín.
El desastre, sin embargo, es elocuente. No sabe si es su capacidad o ella se las ingenia para transmitir una respuesta afirmativa…
Porque lo último que quiere es arriesgarse a destruirlo contándolo otra vez.
–Me dijiste… antes de la prueba… que cuando terminaras todo, te gustaría volver a Inglaterra.
–Pego eso ahoga qué tiene que…
–Necesito… pedirte algo –casi puede escucharlo tragar saliva y Fleur está segura que de poder, apretaría su mano un poquito más–. No vuelvas.
–Hagy…
–Quédate en casa, Fleur, allá sí estarás segura, pero aquí… ahora… ahora que él ha vuelto…
–Ahoga que volvió, como dices…
–Fleur –reúne valor para mantener la mirada. Para transmitir a través de ella, ahora entiende, todo aquello que nunca se atrevió a decir cada vez que se sentaban junto al lago–. No quiero… no quiero que sufras aquí… o que… te pueda pasar algo.
¡Corre!
Y Fleur no sabe qué sentir.
Porque la inflexión… esa pequeña vacilación en su argumento acaba por delatarlo.
Y quiere creer que cualquier otra estallaría. Ella misma quiere estallar.
Porque puede que ni el mismo Harry sea capaz de comprender el alcance de lo que acaba de decir.
Porque sólo tiene miedo. Pero no por él, sino por…
Él está marcado, mi niña.
Porque no la suelta.
Porque incluso tras afrontar en carne la peor de sus pesadillas, vuelve a enfrentar al enorme perro negro.
Vuelve a ser el niño que la mira bajo la lluvia.
–Lo siento, Hagy –articula la joven con calma, desarmando por completo al mago.
–Fleur…
–No puedes haceg nada, es una decisión que está tomada.
–Pero… pero… ¿Acaso no sabes que él…?
–Clago que lo sé, no sé pog quién me tomas, pego lo sé –la respuesta, por su parte, parece tambalear el temple del chico.
–¡Entonces! Fleur… piensa… piensa en tu familia, piensa… piensa en ti que…
–También ese día… te dije que había buenas gazones paga gueguesar, ¿verdad?
–Fleur, ninguna… ninguna razón puede valer tanto como para que tú…
Pero se calla. Lo calla al levantarse. Al soltar su mano y no dejar de mirarlo. Y sabe que vuelve a sentirlo. Que algo lo obliga a callar y a buscar en su memoria. Dónde ha sentido algo similar. Cómo lo ha sentido. Cómo es posible que, después de tantos años, ese mismo sentir pueda manifestarse con tanta claridad…
Y cómo. Cómo es que no distingue. Cómo es que no comprende que las diferencias, al final del día, son mínimas. Porque él sigue cargando con más de lo que corresponde a su edad. Y ella sigue sintiendo el extraño alivio que viene tras el miedo.
Tras comprender que ha tomado una decisión.
Sin la lluvia para disimular las lágrimas que ya se deslizan por su mejillas.
Siempre ahí, siempre presentes.
Incluso cuando unos finos dedos se aventuran tras el mechón rebelde que oculta esa célebre cicatriz con forma de rayo. La única huella de la maldición que debió matarlo.
La manifestación física de un sentimiento que fue más allá de la vida y la muerte.
Un dedo fino que traza el contorno de esa huella, sabiendo que el portador contiene el aliento, intentando comprender.
Él está marcado.
De alguna manera, no lo ha estado. Siente, sin embargo, que ahora lo estará.
Sin importar cuánto tiempo puedan permanecer esos labios posados sobre la cicatriz.
Ahora lo sí lo está. De eso se está encargando.
Imaginando tal vez Fleur Delacour cómo Harry Potter cierra los ojos ante el contacto, sin espacio entre el pecho y la espalda para albergar otra emoción, tan solo dejándose llevar.
Segura ella, más que nunca, del orgullo que puede sentir.
Más aún cuando apoya brevemente su frente en la de él y le acaricia la mejilla. Sin dejar de mirarlo. Sin quitar él sus ojos de ella. Incluso, lo sabe, tras darle la espalda y caminar hacia la puerta de la enfermería.
Porque debe descubrirlo. Porque no importa cuánto le tome, tiene que descubrirlo y sabe que tendrá que esperarlo. Porque entonces y sólo entonces, tendrá él que tomar la decisión.
Y buscarla. Y elegirla.
Porque su herencia no dicta otra cosa.
Pero sabe que lo hará. Del mismo modo que ahora que él comprende, en su inabarcable estupor, que siempre una la razón de ella para regresar. A pesar de la enorme incredulidad que le impide mover un músculo. No importa quién haya regresado. No importa lo que pueda llegar.
Ésa siempre fue la posibilidad, madre, piensa ella, tras apoyar la espalda del otro lado de la puerta.
Siempre.
