Un cordial saludo a todos.

He vuelto con relativa rapidez sí, y es que este capítulo, a pesar de todo, ha sido uno de los que más he disfrutado escribir. Finalmente, nos metemos en el arco que abarca el quinto libro de la saga y eso me obliga a hacer algunas aclaraciones:

Primero, que buena parte de los diálogos, si resultan familiares y tienen sus sospechas, es porque están en lo cierto. Son literales. De hecho, se podría decir que buena parte de esta entrega es una revisión de una escena en particular. Lo encontrarán muy, muy conocido.

Segundo, podrá parecer, dentro de todos los capítulos, el más enredado. Léanlo pensando que se trata de una muñeca rusa llama matrioshka y tal vez eso los oriente un poco más.

Una vez más, por supuesto, gracias a quienes me dan una oportunidad con su lectura y muy especialmente a Chiara Polairix Edelstein, Fitsulon, DTanatos y Rotex, por sus amables comentarios. Cualquier crítica, no duden en hacerla saber. Esta historia vive por ustedes.

Y sin nada más que agregar, los invito a la lectura. Bienvenidos.


VI

Al cabo de unos días se calma.

Todos terminan calmándose.

Salvo cuando gritan en sueños.

Y él grita.

En sueños. En la vigilia.

Y siempre son los mismos nombres.

Los mismos rostros.

Pero está consciente. Está lúcido.

La obsesión lo salva. En la forma de aquellos a quienes les falló.

Y quien lo traicionó.

Y la llama encendida.

La razón para vivir…

Las razones.

Como su padre. Salvo en los ojos, sí, los ojos son…

Y la llama. La llama que le permite dormir.

La llama que calma sus gritos.

El sonido ronco que emite antes de ceder ante el cansancio…

Isabelle…


No sabe cuánto ha transcurrido desde el fin de la reunión. Sólo sabe que, tras aparecer en la Sala Común, los únicos que la ocupan son sus amigos. En tanto Ron intenta terminar sus deberes, Hermione avanza en una carta que no parece terminar nunca a juzgar por su extensión.

Parpadea por un momento, intentando acostumbrarse a la tonalidad anaranjada del entorno, fruto tal vez del mobiliario. O las llamas que crepitan alegremente en la chimenea, algo tiene que acentuar la molesta sensación de haber escapado de la profundidad.

–¿Por qué has tardado tanto? –Inquiere Ron, tras verlo tomar asiento en la butaca junto a Hermione.

Quiere soltar una excusa. Cualquiera serviría. En cambio, hay tal estrechez en su garganta que teme que cuanto pueda salir de sus labios se asemeje a un graznido más que a otra cosa.

–¿Estás bien, Harry? –Interroga Hermione a su vez, teniendo el aludido la impresión de ser transparente ante el interés de esos ojos marrones.

Se encoge de hombros. Porque no sabe cómo sentirse. Porque no tiene idea de cómo darle cuerpo a una emoción. Si acaso las palabras bastarán. Si acaso los hombros hacen todo el trabajo o su expresión añade cotas impensadas.

–¿Qué pasa? ¿Te ha ocurrido algo? –Nuevamente, la voz de Ron resumiendo todo en un par de preguntas.

Porque sí. De pasar, ha pasado. De ocurrir… de aún ocurrir. De acompañarlo tras escalar desde las profundidades. Más que un nudo, tiene vidrio adherido a la garganta. Tiene dolor. Ardor. Tiene un cúmulo que podría ser físico o mental. Y Hermione es la primera en lanzar el primer dardo:

–¿Es Cho? –Casi le asusta la seriedad de su amiga. Al tiempo que casi la agradece tamaña… tamaña solidez, si es que ésa es la palabra–. ¿Se te acercó después de la reunión?

Muy próximo al alivio, asiente con la cabeza. Escucha una risita que calla en cuanto la muchacha mira con severidad al pelirrojo, el mismo que se obligó a recuperar la compostura e inquirir, con fingida indiferencia:

–¿Y… qué quería? –Fracasando miserablemente en su actuación, casi arrancando una sonrisa al recién llegado, casi aliviando su tensión.

Casi refrescando el ardor en su garganta. Lo bastante para permitirle abrir la boca y atreverse a articular:

–Bueno… bueno… ella…

–¿Se besaron? –Interrumpe Hermione con tal brusquedad que a Harry le corta el poco aliento reunido.

Ron, en tanto, parece movido por un resorte tras la interrogante, incorporándose con violencia y derramando un frasco de tinta en el proceso.

–Bueno, ¿qué? –Le suelta el pelirrojo, ya incapaz de disimular su ansiedad.

La aparente pompa de ansiedad que a sus amigos parece rodear se revienta en tanto él suspira. No tendría que significar algo si no fuera porque, incluso para el más obtuso de los adolescentes, la expresión de Harry en ese segundo es la definición física del abatimiento.

–¿Harry? –Pregunta Hermione, ya con más suavidad, apenas rozando el hombro de su amigo–. ¿Qué ocurre?

No es que no quiera explicarlo. Es que no sabe cómo.

En su cabeza, en cambio, cada paso está ahí. Independiente de la reacción que traigan consigo, ahí siguen.

La iluminada Sala de los Menesteres, siempre acorde al ambiente navideño. Aquella clase y despedida antes de marcharse todos por las vacaciones de invierno. El ambiente festivo que parecía impregnarlo todo y por supuesto, él, buen profesor, esperando que todos se marcharan y poniendo orden sobre todo el desmadre posterior a la enseñanza…

–No, ve tú primero.

Y la voz que reconoció de inmediato. La voz que sabía a quién se dirigía. El ligero cosquilleo que percibió al escucharla al tiempo que los pasos se alejaban y él terminaba de acomodar o de fingir…

Antes de romper la quietud el sollozo.

Antes de voltear y encontrarla ahí. En medio de la sala, cubriéndose el rostro con las manos. Sacudiéndose en silencio. Teniendo el muchacho la vista de su espalda curvada y casi… casi la imagen de las lágrimas colándose entre sus dedos.

–¿Qué…? –Tragó saliva, preguntándose con cierta sorpresa en qué segundo se le había secado tanto la boca–. ¿Qué te pasa?

Cho apenas si movió la cabeza, casi dando a entender que sí lo había oído, en tanto se secaba las lágrimas con la manga.

–Lo siento… –consiguió la muchacha articular a duras penas–. Supongo que… es que… aprender todas estas cosas… Me imagino… que si él las hubiera sabido… todavía estaría vivo.

A la mente del muchacho acudieron demasiadas imágenes con tal violencia que casi percibió el temblor de sus rodillas, a punto de ceder ante el peso de las memorias.

Cho y Cedric bailando en el Gran Salón, vestidos con tal elegancia que…

Cho y Cedric besándose a la vuelta de esa esquina… y él… él sin saber hacia dónde correr…

Cedric rescatando a una fantasmagórica Cho de la verdosa profundidad del lago…

Cedric tendido en la hierba tras una explosión de luz verde… los ojos abiertos, vacíos… la inexpresividad de sus marcadas facciones…

Su voz… su voz… dándole fuerzas…

¡Aguanta, Harry!

Pidiéndole… casi rogando…

Harry… lleva mi cuerpo, ¿lo harás? Llévales el cuerpo a mis padres…

Los señores Diggory, aplastados por la pena… por el dolor…

Cho llorando en silencio en el acto conmemorativo…

Y él…

Él ahí. Contemplando, tan lejos de todo eso, a esa muchacha con los ojos rojos e hinchados, las lágrimas dejando su huella en las mejillas. Y él. Sintiéndose más miserable de lo que jamás se había sentido.

Buscando en lo profundo de su desolación la fuerza, el aplomo requerido para hablar, no tanto ya para consolar. Para al menos… no guardar silencio.

–Él sabía hacer estas cosas –le sorprendió su entereza. La verdad en cada sílaba–. Era muy bueno en defensa; si no, no habría llegado al centro de aquel laberinto. Pero si Voldemort se propone matarte, es muy difícil evitarlo.

A cualquiera le turba ese nombre. Cho no fue la excepción. Y a pesar de sus hipidos bruscos, no parpadeó. Ahí estaba su mirada. Clavada en él. Obligándolo a permanecer ahí…

–Tú sobreviviste cuando sólo eras un bebé –apenas un hilo de voz que escapó de los labios de la muchacha, pero en la aparente inmensidad de la sala, se sintió como si lo hubiera proferido a voces…

Como si, más que palabras, hubiera recibido maleficios en el pecho.

Como si cada golpe le cortara la respiración.

Como si no hubiera pensado por un segundo… por un maldito segundo, ahogado en el dolor de una pesadilla tras otra… que si hubiese sido él… él y no Cedric…

Él. Porque a él lo quería. Sólo a él lo quería. Porque no había una razón… no, no había una maldita razón salvo el lugar y momento equivocado…

Y… y…

Vamos los dos.

¿Qué?

La cogeremos los dos al mismo tiempo. Será la victoria de Hogwarts. Empataremos.

Se preguntó cómo la violencia del impacto no lo dejó de rodillas. Cómo Cho pareció no notar la dificultad que tenía para permanecer en pie… para no doblarse sobre sí mismo en última instancia…

–Sí, tienes razón –consiguió articular al tiempo que caminaba hacia la salida, sabiendo que el fastidio disfrazaba el enorme dolor con escalofriante eficacia–. Pero no sé por qué, no lo sabe nadie, de modo que no es nada de lo que pueda estar orgulloso.

–¡No, no te vayas!

Debió dar un paso más allá del umbral. Debió seguir. Ignorar el llamado. La voz llorosa una vez más. No aferrarse al quicio. No voltear. No volver a verla ahí, parada en medio del salón, con los ojos húmedos y las nuevas lágrimas brotando. Perdiéndose en el borde de su cara…

–Perdona que me haya puesto así… no era mi intención… –y sí, atinó a pensar Harry por un segundo. Sin saber de dónde venían las fuerzas que le permitían mirarla. Sí se veía hermosa, a pesar de la hinchazón y el enrojecimiento de los ojos. A pesar de sentirse inmensamente desgraciado–. Ya sé que tiene que ser horrible para ti que yo mencione a Cedric porque tú lo viste morir… –al tiempo que continuaba, la muchacha volvió a secarse las lágrimas con la manga–. Supongo que te gustaría olvidarlo.

Sí. Más que nada en el mundo. Más que cualquier otra cosa. Habría dado de buena gana todo lo que tenía con tal de garantizar el olvido perfecto. Claro que no lo iba a decir en voz alta. No habría sido capaz de lidiar con esas consecuencias.

–Eres un profesor estupendo, Harry –aquella sonrisa débil por parte de Cho pareció requerir un esfuerzo titánico–. Yo nunca había podido aturdir a nadie.

–Gracias –articuló él. Porque necesitaba disimular el bochorno. Porque no quería que la boca se le secara más.

Porque el silencio parecía gritar demasiado.

Porque lo último que quería era seguir ahí. Al mismo tiempo que los pies no le respondían…

Como si la mirada de Cho lo adhiriera a su ubicación…

–Mira, muérdago –la voz ya más serena de la muchacha y el gesto, obligándolo a levantar la cabeza.

A mirar el ramillete que colgaba del techo.

–Sí –afirmó él, más por hablar. Más por no pensar en su boca seca–. Pero debe estar lleno de nargles.

–¿Qué son nargles? –Y la repentina curiosidad de ella lo volvió consciente del absurdo que escapó de él por no pensar.

–No tengo idea –reconoció con cierta presteza. Mejor eso a aceptar que, por no pensar, estaba dispuesto a hacer cualquier tontería… que terminar de procesar que Cho sí se estaba acercando a él–. Tendrás que preguntárselo a Luna

Se preguntó si así sonaría una risa mezclada con un sollozo.

Si Cho había estado tan cerca antes de parpadear…

Si era normal poder contar las pecas de su nariz…

–Me gustas mucho, Harry.

Si la distancia que pudiera separarlos podía reducirse ya… ya tanto como para…

Para sentir ese aliento algo…

Algo salado, sí. Un aliento salado tan cerca de su nariz…

Salado. El aliento de Cho era salado. No tenía que ver con las lágrimas.

Sí. Sí era salado. Y no. No era dulce. Ni por asomo dulce. Porque dulce era…

Era…

–¿Harry?

No se percató de haber apartado ligeramente la cabeza.

Tampoco de haber contenido la respiración.

Menos de la tan próxima mirada húmeda de Cho, ligeramente consternada ante la postura del muchacho.

El mismo que parecía incapaz de mantener la posición ante el peso de la memoria…

La misma que pareció desencadenarse ante el súbito descubrimiento.

Que el aliento de Cho no podía ser dulce porque dulce era…

Era…

–Lo… lo siento, Cho –articuló el muchacho con voz enronquecida, colocando una mano sobre su hombro. Apartándola con suavidad–. Yo… no… no…

La mirada desconcertada de la joven volvió a humedecerse. Las lágrimas volvieron a aflorar.

Sí… sí se veía hermosa, incluso a través del llanto, pero no… no era tan… tan…

Tan bonita…

–Harry…

–No… no puedo, Cho –y contrario a sus expectativas… contrario a cualquier escenario planteado con antelación, aquellas palabras fluyeron con una facilidad pasmosa.

–Pero… yo… yo creí…

–Lo sé, yo… yo también –reconoció el joven con una pizca de amargura.

–¿E… entonces?

Sí…

Sí…

¿Entonces?

¿Entonces qué?

Entonces el frío que experimentaba al contacto de la mano de Cho…

Que en nada se parecía al calor…

Al ardor al sentirlo…

Al sentirlos. En cada mejilla…

Y aún bajo la lluvia…

Como esas palabras. Esas últimas palabras. Que no tenía por qué pensar. Que, sin embargo, pensó.

Y ahí se quedaron. Demoliendo todo lo demás.

Con una fuerza familiar. Tan parecida a la respuesta… a la respuesta a su carta…

La carta…

La carta. Sí. La misma que escribió en casa de sus tíos. La misma que escapó de su pluma mucho antes de que pudiera hacer nada al respecto.

Antes del dementor…

Ahogado por el maldito silencio que todo parecía devorarlo…

Sin una noticia que le dijera qué estaba ocurriendo tras el regreso del asesino de sus padres y de tantos otros…

Vistas en ese segundo, cuatro semanas…

Cuatro terribles semanas… aislado de todo… sin nada… sin nadie…

Dejando, por una vez, que la tinta hablara por él…

Pero claro. Todas las cartas caían en el vacío. Ni Hermione. Ni Ron. Ni Sirius. Ni nadie. Todo. Todas. Las ahogaba el silencio.

Entonces su nombre apareció…

No. No apareció. Siempre estaba ahí. Bastaba con entregarse al silencio. Con cerrar los ojos. Y por un segundo, si deslizaba los dedos sobre su cicatriz…

Entonces no todo parecía tan terrible.

Porque con rozarla podía volver a sentir ese aliento dulce…

No debeguías temeg sentigte así, no te hace débil.

No, pensó mientras escribía.

Sin importar que la carta también pudiera ser devorada por el silencio.

Porque cuando escribía su nombre…

Egues más que eso.

Entonces el abismo podía llenarse de luz y color.

Aunque nunca lo había escrito…

Querida Fleur…

Ni siquiera pasó por su mente la pregunta. En el fondo siempre supo qué decirle. Algo como…

No sé dónde estás, pero espero que, dondequiera que hayas decidido seguir, estés segura.

O como…

Tal vez sea muy pronto para escribirte, pero lo cierto es que me acordé de ti…

No… no, ni cerca. En realidad…

Siempre me acuerdo de ti…

Tampoco. Si debía ser sincero…

Pienso en ti…

No… no…

Siempre pienso en ti.

Sí…

Porque cuando lo hago…

Sí… ¿qué?

Cuando lo hago, siento que todo brilla.

Sí…

No me cuesta nada recordarte, es como si estuvieras aquí.

Sí. No podía decirlo de otro modo.

Pero también…

¿Cómo estás tú?

Sí, eso… eso era importante, saber…

¿Estás en casa?

O…

¿De verdad estás aquí?

Pero claro. La amargura volvía. A veces le bastaba escribirle. La misma carta que repasaba una y otra vez. Temeroso de exponerse a…

Lo siento, Hagy.

¿A qué exactamente?

Y volvía a rozar la cicatriz con los dedos. Y volvía el aliento dulce.

Y volvía el ardor…

Y la sensación de esos labios sobre su…

Te dije que había buenas gazones paga gueguesar, ¿verdad?

Esa sensación…

Esa bendita sensación y ese aroma…

El mismo que lo acompañara cuando la carta se la llevó su lechuza, sin saber cuándo regresaría…

Y que revivió cuando el dementor amenazaba con devorarlo todo…

¡Merci! ¡Merci!

Atraído por el miedo… por la desdicha…

Tú la has salvado… aunque no ega tu guetenida.

Pero por alguna razón… incapaz de llevarse lo dulce de su aliento…

O la suavidad de sus labios sobre su cicatriz…

Merci, Harry.

O el brillo de sus ojos…

De su sonrisa…

A pesar de las lágrimas…

O de la lluvia…

Tan bonita…

–¡Expecto patronum!

El grito resonó entonces con la misma potencia en la callejuela. Y su eco reverberó en cada uno de sus huesos tras parpadear y verse enfrentado a una llorosa Cho Chang. Sin luz. Sin color. En lo más profundo. Manteniéndola apartada con una mano.

Y aquella inesperada respuesta recibida poco después de irse de la casa de sus tíos. La respuesta que descansaba en lo profundo del bolsillo. Junto a su pecho. Como un talismán que lo guiaba más allá del abismo en que se hallaba inmerso.

–Tú no tienes la culpa –articuló el joven, deslizando un mechón azabache rebelde detrás de la oreja de la chica–. Soy… soy yo, esto… esto es culpa mía.

–Harry…

–Yo… en verdad lo siento, Cho, lo siento mucho…

Masculló unas disculpas más. Antes de terminar de aceptar que le faltaba el temple para seguir contemplándola…

Aunque ya no hubiera nada más que decir.

Así y todo, su propia miseria parece más llevadera en la sala común. Amparado por la ambarina iluminación y el alegre crepitar. Ante el desconcierto de su mejor amigo tras escuchar el relato. Ante la indescifrable expresión de su mejor amiga.

–Llevas babeando por ella desde que tengo uso de razón… ¿Y terminaste haciendo qué?

Más que hablar, da la impresión de que Ron escupe las palabras. Sobreponiéndose a su propio estupor. A su propia indignación. Como si él mismo pudiera haberse comportado mejor en tales circunstancias.

–No… no me hagas repetirlo –gruñe Harry, avergonzado sin saber de qué a ciencia cierta.

–¡Pues repítemelo, a ver si se me escapó algo! –Replica Wesley, levantándose de su asiento con ímpetu–. ¡A ver si consigo entender lo que hiciste! No, qué digo… ¡Lo que no hiciste!

–¡No pude hacerlo! Es… sí, demonios, tienes razón, fantaseé con la posibilidad…

–Y a la hora de la verdad, el miedo pudo contigo.

–¡No tuve miedo, Ron!

–¡Pues mucho se te notó!

–¡Te estoy diciendo que…!

–¡Chicos, basta!

Ahí está Hermione. Tan buena siempre a la hora de poner paños fríos. Considerando la ocasión digna de dejar atrás la labor de escritorio, ponerse de pie y acercarse a su atribulado amigo. Mirándolo. Traspasando la protección de las gafas…

Haciéndolo sentir irremediablemente expuesto.

–Harry…

–Creo… que no tenía la cabeza ahí, Hermione.

–Mucho más que la cabeza –y para su sorpresa, sonríe. Y el chico no sabe qué decir–. Harry… de verdad la extrañas.

Si tan solo lo preguntara. Y no lo afirmara con el grado de certeza que le da el ser una sabelotodo, como suele decir Ron…

Como parece subrayar posando un dedo en su pecho…

No. En el bolsillo de su pecho.

Arrancando el crujido del pergamino. Tan parecido a un talismán y tan cerca de su…

–Hermione –grazna Harry, mirándola casi temeroso–. Cómo… cómo es que sabes…

Conoce esa mirada. Tanto Ron como él mismo la conocen lo suficiente como para callar antes de sentirse más estúpidos.

Nunca podrá entenderlo. Si es que las cosas están siempre ahí… ¿Cómo es que escapan de su vista? ¿O eligen revelarse sólo ante ella?

¿Por qué siempre parece que ella ve más allá de todo? ¿O la torpeza está inscrita en su sangre a la par del sacrificio de su madre?

–Dime que no le has enviado sólo una carta –casi amenaza la muchacha, arrancando un estremecimiento en el joven y, sin saberlo, en su pelirrojo amigo.

–No, pero… pero… las respuestas…

–Sí sabes que ella está aquí, ¿verdad? –Y antes de que pueda responder, la voz de Hermione se percibe ligeramente amenazante–. No serás tan ciego para pasar por alto la única razón que tiene para quedarse, ¿o sí?

Teme, por un segundo, que la respuesta pueda costarle un brazo. O una pierna. O ambos. O la cabeza.

–Ella… no debería… estar –articula el joven con un hilo de voz, temiendo que su amiga pueda convertirlo en un puzle andante.

De manera que le sorprende el agarre suave en su brazo y la mirada indulgente que le dedica. Le sorprende a la par que le conmueve. Le conmueve al tiempo que casi le ofende.

–Ron tiene razón, llevas ya años babeando y de repente, decides retroceder –y por el tono en que lo dice, vuelve a experimentar la misma sensación de desgracia de minutos antes–. Puede haber un puñado de razones más o menos válidas para lo que hiciste, más o menos nobles, pero no sacas nada con engañarte, siempre será la misma explicación.

–Pero… yo no… no puedo, Hermione, ella…

–Ella tomó su decisión y ya es tiempo de que tomes la tuya, Harry Potter –la indulgencia mutó en una ineludible severidad–. Y te aseguro que esas decisiones no te van a esperar por siempre.

–Es que… Voldemort…

–Seguro estás solo en eso, ¿eh? –El cariz sarcástico de la muchacha contribuye a acentuar el malestar–. Ahora no sólo se trata de ella, se trata de ti, Harry, hazte el favor… y no te permitas ser un estúpido, ¿quieres? Porque no te imaginas el daño que puedes causar a ambos.

Con todas sus letras. Con tanta dureza que Harry cree no estar ante su amiga. Y a juzgar por la expresión de Ron, comparte el sentimiento.

Viniendo de cualquier otro, la ofensa habría supuesto un choque irreversible. Viniendo de ella, es lo que necesita para parpadear y no tardar demasiado en unirse a la escritura junto a ella, quien lo mira con una mezcla de satisfacción y alivio, mientras su pelirrojo amigo aún intenta procesar lo que ocurre y las respuestas que aún le faltan.

Harry tendrá que darles una explicación a ambos. Pero no es el momento. No ahora que todo color brilla y toda luz lo enceguecen.

Pero le muestra el camino. Una mujer tomó su decisión. Ha pasado algún tiempo desde que se escribieran. Es tiempo de recuperar lo perdido.

Y rezar, sí. Rezar porque nunca… nunca sea tarde.


En un extremo, el dolor muta en risa.

Cruzando el mar, primero viene el grito.

El grito que alerta a la mujer.

La que apenas tiene tiempo de agradecer.

Porque su hija y esposo han salido. Un peso menos.

Antes de correr al interior.

Antes de ya saber de dónde viene el grito.

Y encontrarla en esa habitación.

Con la palidez espectral. Con los ojos enrojecidos. Húmedos. No, el rostro húmedo. Desencajado. Enmarcado por el rubio cabello revuelto.

Isabelle…

Con las manos aferrando el destrozado periódico. Antes de mirarla.

Tanta… tantísima pena… cómo cabe…

No es cierto…

Qué…

Dímelo…

Isab…

¡Dime que es mentira!

Tiene que correr hacia ella. Tiene que abrazarla. Tiene que impedirle soltarse. Tiene que impedir que se derrumbe. Como termina haciendo. Llorando. A gritos. Contra su pecho.

Como la niña que fue. Como la niña que vuelve a ser.

Mientras encuentras en el periódico destrozado, en el piso, la razón.

Las muertes. La responsabilidad. La condena.

No… no puede ser…

Tiene que ser mentira.

Tiene que serlo.

No…

Él no…