Si alguien está leyendo esto, les agradezco de corazón:

En primer lugar, les debo una enorme disculpa. Ha sido una desaparición prolongadísima. Dos meses desde la última actualización. Una suma de cosas que podrían explicarlo todo, la universidad, el trabajo, la familia. Desgraciadamente, mis amigos, todo se redujo a lo más terrible que le puede pasar a un escritor: El bloqueo, la falta de ideas, el callejón sin salida. Durante semanas estuve entrampado en este capítulo con la obsesiva idea de que debía narrarse de una forma y eso me impidió avanzar. No fue sino hasta el momento en que decidí negociar que descubrí otro punto de vista y eso me obligó a descartar un enorme trabajo. Fue rabia. Fue pena. Pero siempre quise regresar. Porque esta historia debe continuar.

Antes de comenzar, quiero agradecer a todos los que me dieron una oportunidad con su lectura, los que esperaron este capítulo a pesar de mi desconsiderado silencio y los que aún desean seguir este viaje. Y especialmente quiero dedicar este capítulo a mi amiga Gozihr Izaro. Gracias por, a pesar de todo, nunca dejar de insistir en que encontrara ese punto del cual agarrarme para seguir.

Así pues, después de tanto, a lo que vinimos. Bienvenidos a la lectura.


VII

–Sirius…

Puede que tuviera que reconocerlo.

Muchas veces no pensó en qué terminaría todo metiéndose donde se metía.

Él siempre ha sido una prueba viviente.

De no considerar todas, absolutamente todas las posibilidades partiendo de uno, un solo caso.

Puede que nadie lo dijera con esas palabras. Que él mismo apenas si lo considerara en ese segundo. Pero está seguro, ahora que la idea ha adquirido forma en su cabeza, que la misma, de un modo u otro, ha rondado en todos aquellos que forman o formaron parte, en algún segundo, de su ahora cada vez más mermado círculo íntimo.

Puede que el chico que acaba de interrumpir su solitaria cena lo tuviera como una remota posibilidad que no se atreviera a abrazar del todo en favor del enorme afecto que le ha profesado y del cual, en más de un sentido, se ha sentido indigno.

Porque para empezar, de no haber sido como sabe que es, así como muchos consideran, él no estaría ahí. Acudiendo al menos adecuado en cualquier caso.

Y él mismo no lo habría perdido todo. Ni se encontraría frente a él en ese segundo, en esa lúgubre cocina, pensando en aquello que jamás regresará y que el chico, a sus quince años, parece reflejar sin quererlo.

Y probando, de pasada, el punto.

Él no tendría que estar en esa posición. Al asumir esa responsabilidad, la tomó como el honor en tanto su mejor… no, su hermano se quedaba con la responsabilidad. Muy cómodo.

Entonces él fue lo bastante estúpido. Le arrebató todo al más inocente. Por un acto de ingenuidad.

Y con una explosión, todo le fue arrebatado de las manos.

El chico frente a él, más que un consuelo, le representa un recordatorio.

Aún no es tiempo de descansar.

Lo cual tiene su gracia. Está seguro de no haber rozado aún la expectativa de vida y así y todo, se siente tan… cansado…

–¿Harry?

–Perdona, yo…

–No es nada, dame un momento –de un mordisco acaba con lo que queda del pastel de carne que Molly parece recordar como el plato que tanto le fascina. No se molesta en disfrutarlo, pero tragarlo con un sorbo de agua casi resulta desagradable. Así que mira el plato vacío casi con nostalgia–. Siempre he querido saber prepararlo, pero… nunca me queda igual.

–Podrías pedirle a la señora Wesley que te enseñe.

–¿Cómo crees que lo he preparado en primer lugar? –Dedica a su ahijado una expresión entre azorada y burlona–. Algo tienen sus manos que no me puede enseñar.

–Tal vez sea la práctica –opina el muchacho, aún en pijama, al tiempo que toma asiento junto a él en la aportillada mesa.

–Cuando estás dispuesto a tragarte entero un hipogrifo, lo último que deseas es practicar.

–Supongo que no contaba con eso –algo divertido, el chico dedica una ojeada a la manchada blancura del plato–. Y… ¿Cuál es tu plato favorito, Sirius?

–¿A qué viene el interés, Harry? –Retruca el padrino, con gesto burlón.

–Tal vez yo sí te pueda enseñar –afirma él con inesperada seguridad–. Supieras todo lo que se aprende en una cocina…

Y Sirius no está seguro de querer saber en qué circunstancias su ahijado, el hijo de sus mejores amigos, pudo haberse convertido en un competente cocinero dispuesto a enseñarle, sin magia, de lo que es capaz. Lo último que quiere… no, en verdad desea aparecerse en la casa de cierta gente y darle razón a los medios, una legítima, de poner un precio sobre su cabeza.

–Cuando has pasado hambre, cualquier plato puede ser tu favorito –reflexiona el último Black, ensombreciendo su semblante y arrancándole un estremecimiento al muchacho a su lado.

–Lo… lo siento –vuelve a mirar el plato y un atisbo de la misma oscuridad del mayor cruza el perfil del más joven–. Sé… sé a lo que te refieres.

No.

No tendría que entenderlo. No así.

No a su edad.

Nada tendría que ser así.

Y entonces casi le alegra que ninguno de ellos esté presente.

Le faltaría el valor para mirarlos a los ojos y darles una explicación.

–Es un poco tarde para enseñarme, de todos modos –se obliga a articular Black, tragando el nudo y alojándolo entre sus costillas.

–Casi tanto como para que estés comiendo –retruca el joven a su vez, obligándolo a sonreír.

–Y a mí me parece que eso era lo que buscabas.

No. Harry no pierde la sombra. Pero la misma parece titilar bajo las débiles luces.

Luce mayor de lo que es. Y por contradictorio que parezca, también más vulnerable.

Tiene la impresión de que intenta mantener la seriedad. Que está a poco de derrumbarse. En realidad, siempre siente que el muchacho está realizando un esfuerzo permanente.

Y por seguro que pueda estar, mantenerlo en el cuartel no es la mejor forma de contribuir a ese estado.

–Sirius… ¿Puedo preguntarte algo?

–¿No lo estás haciendo ya?

–Quiero decir, se… se trata de algo… algo personal.

El padrino se obliga a parpadear más de una vez. Cualquiera diría, con apenas una ojeada, que la escena de condice más con un muchacho tenso y en extremo tímido que está tratando con un desconocido por primera vez y lo peor de todo, que lo intimida. Y tiene su gracia, piensa con sombrío humor. La primera vez que lo viera en persona, su ahijado quiso matarlo y él no colaboró especialmente, en un comienzo, a mejorar semejante primera impresión.

¿Cómo pueden cambiar tanto las cosas en tan poco tiempo? Ahora está bastante seguro de que no es él el que tiene a su muchacho… su muchacho, por las barbas de… si hasta suena como un…

No, no. Jamás lo será, piensa con amargura. Apenas un consuelo y aun así…

–Bueno, ¿me dirás de qué se trata o esperamos toda la noche? No tendría problemas si fuera así –espera relajar el ambiente, pero tiene que vivir con el eco de un fracaso más. Apenas una tibia reacción de su chico…

–Tú… ¿Te has enamorado alguna vez?

Hubiera preferido cualquier cosa. Cualquier pregunta. La que fuera. Ahora, sin embargo, tiene la imperiosa obligación de vivir siendo él mismo y lo suficiente para responder a una triste pregunta que, sin saberlo su autor, parece haber hecho saltar por los aires demasiadas certezas…

Demasiadas cosas. Y no precisamente buenas.

Pero Harry no tiene por qué saberlo. Ni él ni nadie. Nadie tendría por qué sentir culpa tras contemplar el semblante que parece encarnar la derrota misma. Porque el truco siempre fue muy sencillo.

Hay cosas de las que puedes hablar. Palabras que puedes pronunciar. Nombres que puedes evocar.

Y otros que sencillamente evitas. No tanto por rencor. Más bien porque el tiempo ha transcurrido y no has visto en ti ningún avance. Nada que se pueda acercar a una mejora. En cambio, el peso de los años parecer ser una fuerza que te hunde en una miseria que intentas olvidar.

Cuando parece que has olvidado el dolor, el puño de la pregunta hunde un poco más el puñal que te ha acompañado desde entonces.

Pero no. Sirius no culpa a Harry. Es el menos culpable. El que nada tiene que asumir cuando ya ha asumido demasiado desde la más tierna infancia.

En cambio él…

Más te vale que guegueses a mí…

Harry es sólo un muchacho abrumado por culpas ajenas. El chico que ahora parece descubrir lo que debe vivir alguien de su edad… de cualquier edad, ¿quién podría vivir sin conocer algo así? Un cabrón profundamente miserable, por supuesto. Pero incluso eso parece ser demasiado para él y busca ayuda en el adulto menos adecuado.

Porque él…

Siguius…

–Sirius… estás…

–Sí.

Lo afirma con tal contundencia… con tal seguridad que por un momento, cree percibir el semblante descolocado de su ahijado. Y casi, casi le resulta divertido. Pero no tiene fuerzas para hacerlo saber. Porque descubre, de pronto, que todo su ser parecía estar aguardando ese momento.

La pregunta. La respuesta. El todo lo que ello pueda acarrear…

–Tú…

–Sí, Harry, yo… me enamoré una vez.

–Vaya, eso… eso fue…

–¿Inesperado? –Es ahora que el padrino se permite una sonrisa triste–. Por algo preguntas, algo tendrías que esperar mí.

–Tal vez… que le dieras vueltas…

–Sí, ¿verdad? Pero tú más que nadie se merece a que, por una vez, no lo lleven por las ramas –antes de continuar, Sirius se permite disfrutar la gratitud de su ahijado.

–Y… ¿Cómo fue? Es decir… cómo supiste que…

–¿Cómo supe que era amor y no otra cosa? Sí, ¿verdad? Puede que esa sea la parte más difícil de todo el asunto… de cualquier asunto en realidad, pero… cuando eso paso, tu padre también vino a echarme una mano –acto seguido, deja caer una mano paternal sobre el huesudo hombro de un desconcertado Harry–. Alguna vez me fastidió verlo babeando tanto por tu madre, ¿sabes? Lily… sí, era una chica divertida, hermosa… pero James podría haber estado con quien quisiera… y mira que, en principio, lo tuvo todo cuesta arriba, así que… ¿Qué la volvía tan especial a sus ojos? ¿Lo inalcanzable? ¿Ese puñado de virtudes? ¿Alguna cosa que se me estuviera escapando?

Deja escapar algo de aliento tras recuperarlo y sonríe con nostalgia. La presencia de Harry, tan parecido a su padre, no lo ayuda a conciliar el torrente de recuerdos. De hecho, si se concentra lo necesario, será como volver a tener esa conversación. Agradece que su muchacho no abra la boca o estará convencido de oír al mismísimo James.

–Tu padre aprendió, fue perseverante, ella supo verlo y yo… yo me quedé con la duda, ¿sabes? Cómo tan siquiera era posible… James, ¿cómo estuviste tan seguro desde el comienzo que estabas enamorado y no encaprichado con un imposible? Y tu padre… el muy desgraciado no tuvo reparos en contestarme con una sonrisa –acto seguido, Sirius adopta una postura que, Harry comprende, evoca a su padre en esos felices años de juventud–. En principio no lo sabía, Sirius, tuve la misma duda por años, pero cuando la besé por primera vez… cuando la abracé por primera vez… cuando supe que esa sonrisa era por y para mí… comprendí que el mayor miedo de mi vida, el más grande de todos los temores es y será perderla, yo… ¿Cómo podría vivir después de ella?

Se pregunta cómo no se le ha escapado una lágrima al recordar. El mismo Harry parece descolocado. Sabe que agradece ese pequeño relato. Que podría ser la respuesta que busca. Porque en última instancia, sus padres siguen siendo figuras muy queridas, pero etéreas. Necesita respuestas y sobre todo, las necesita cercanas, directas. No a través de recuerdos de terceros.

Ante todo, necesita alguien en quien pueda confiar.

–Yo acababa de salir de Hogwarts –empieza Sirius con cierta dificultad, sabiendo que en ningún segundo ha perdido la atención de su muchacho–. Entonces Voldemort ya tenía demasiada fuerza y la Orden… bueno, la Orden ya llevaba un tiempo, pero éramos conscientes de que debíamos ser más que rápidos en nuestros movimientos si no queríamos ser aplastados; nos hacía falta ambición, escala y no sé… no sé quién fue el primero en darse cuenta, pero claro que Dumbledore secundó esa postura.

Éramos los integrantes más recientes en unirse a la lucha –continuó Sirius, moviendo las manos cada tanto para darle mayor énfasis a su relato–. Pero estábamos dispuestos a todo y en lo que a mí respecta… si ser un Gryffindor fue una vergüenza, si largarme de casa era demasiado… comprometerme con la Orden… comprometerme contra Voldemort hasta ese punto era un orgullo descomunal… porque supongo que si la idea siempre fue avergonzarlos, siempre pude contar con ellos… y con gusto veía a los Black como mi familia.

Harry casi sonríe divertido. Es más un eco a la expresión socarrona de su padrino. El mismo que se sorprende revelando motivaciones que creía olvidadas y que, a través de las palabras, parecen dotadas de la misma fuerza de entonces.

–Y eso creo que Dumbledore… la Orden misma supo verlo… ¿Qué cosa? Que incluso habiendo renegado de ellos, seguía siendo un Black… un Black con todo lo que ello conlleva, pero esa herramienta… porque sí, siempre se trató de una herramienta, de nada serviría si no la empleábamos con ambición, así que en ese sentido… debíamos pensar como el enemigo.

–¿Qué quieres decir?

–Bueno… sabíamos que si no nos movíamos pronto y con fuerza, pronto Voldemort sentiría que Reino Unido le quedaba pequeño y eso parecía saberlo toda Europa, las noticias siempre circularon con rapidez, pero si el tipo no hacía amago de acercarse, ¿para qué mover un dedo si bastaba con manifestar cierta solidaridad o neutralidad en última instancia si no querías problemas? Semejante actitud no nos ayudaba y por qué no decirlo, ellos serían los principales perjudicados y eso había que decirlo.

–Entonces tú…

–Sí Harry, tuve el honor de convertirme en el embajador de la Orden y su causa en Europa –y desearía no decirlo con ese grado de sarcasmo, pero le resulta inevitable–. Por supuesto que todo el continente era demasiado para una persona, no fuimos pocos los que tuvieron la misión, pero a mí… se me encomendó una zona específica, dado que la formación de todo buen Black involucraba saber francés… y mira que a los viejos no les agradaba en lo más mínimo ese país, ¿te lo puedes creer? Pero mantener una absurda tradición me llevó a cruzar el canal y llegar hasta allá.

Espera preguntas de Harry, pero está demasiado ocupado procesando lo oído y más importante, intentar imaginar un relato como ése. No le extrañaría, de hecho, que la primera pregunta del muchacho sea si en verdad es posible que sepa hablar francés. Sería hasta divertido escucharla, pero sabe que prefiere dejarlo continuar.

–Tampoco es como que me agradara en un comienzo, por mucho que fuera una buena idea… ya me conoces, imaginarás que por entonces… me sentiría más útil blandiendo la varita, haciendo caer a un pobre desgraciado que lo mereciera y no… comportarme como el buen Black que mi querida familia siempre esperó que fuera, por mucho que… decidiera seguir el camino contrario, no dejaba de sentirse como… una extraña manera de darles en el gusto, incluso sin ellos saberlo.

Deja escapar una risa seca de la que su muchacho hace eco. Porque es mejor verlo de esa manera. Porque es mejor reír en cuanto se tenga la ocasión, por mucho que el rastro de humor se aproxime más al desprecio, a la repugnancia que le despierta la sola idea.

Además, tiene que reconocer en Harry a un excelente oyente, un magnífico espectador. En realidad no sabe a qué atribuirlo. No lo imagina como el estudiante más destacado de su generación (sabe a la perfección que dicho honor le corresponde a alguien más), así que no puede atribuirlo a una hipotética capacidad de retención suya.

Quizás él esté genuinamente interesado. O desesperado por conocer la respuesta. O los Black, quién sabe, poseen el don de la oratoria más desarrollado de lo que alguna vez se creyó. O la historia es interesante en sí misma.

O la alegría que supone… el alivio que significa ser escuchado después de tantos años lamentando el silencio en silencio…

O en el mejor de los casos, un poquito de esto, un poquito de aquello…

–Estarás en lo cierto si imaginaste a todos esos franchutes sin demasiados deseos de escuchar de las desgracias que ocurrían del otro lado del océano, porque en tanto no les tocara demasiado, ¿qué demonios tenían que fingir? Les habría dado igual que nos matáramos, a la gran mayoría, y con las historias que corrían sobre Voldemort… supongo que he tardado, pero entonces me costaba entenderlos… tantas… tantísimas dudas…

Suspira. Porque lo ha alargado. Porque no puede alargarlo más. Porque roza con los dedos y el aliento…

Tanto gusto, Siguius… pogque no cgeo que pgefiegas Log Black, ¿vegdad?

–Entonces no llamé demasiado la atención… no desperté la pasión de demasiados, y por mucho que me dijeran que el número era lo de menos mientras… mientras hubiera quienes estuvieran dispuesto a unirse… cualquier número estaría bien –suspira. Incluso ahora tiene enormes dificultades para reconocerlo. Aunque sea ante sí mismo–. Por sí sola… no creo que ella fuera del grupo de los interesados, pero me escuchó hablar… y al menos mostró curiosidad…

–Sirius, de quién…

–La acompañaba su hermana, yo estaba… demonios, a veces se me diluye la escena, ¿sabes? –Lo agradece en el fondo, no quiere imaginar el daño que podría causar un mayor número de detalles–. Has… ¿Has visto mujeres hermosas, Harry? Siento decírtelo, pero no creo que alguna de ellas estuviera a la altura.

Sonríe sin saber lo que piensa su ahijado. Sonríe sabiendo que vuelve a un momento impreciso de su memoria. A la…

–Reuní a los interesados en una cafetería bastante popular, ¿de qué nos íbamos a esconder? –Ahora lo afirma. Le alivia casi. Y a su ahijado le descoloca la expresión–. Se parecía a Las Tres Escobas, pero más pretencioso, como buen francés, de otro modo no le habrían puesto al local un nombre como La Antigua Luz.

–A mí me suena elegante –opina Harry con cierto humor mal disimulado, del que hace eco su padrino.

–Y como no se trataba de una junta secreta… ya sabes, la idea era hacer ruido y… ese local era bastante concurrido por la juventud, qué irónico, así que… no podría explicar de otra forma que ella… estuviera con su hermana ahí…

Ahí… sentada a unas mesas de distancia, bebiendo algo sin alcohol, quizá… dirigiendo su mirada franca hacia él… que encabezaba la reunión, ignorando momentáneamente a su hermana…

–Era la mujer más hermosa que he visto nunca, Harry, con perdón de tu madre… ella…

Lo miró tras su taza con simpleza, como sabiendo que su sola mirada bastaba para paralizar una idea al vuelo…

–Me dejó sin palabras, no le costó nada, pero… no fui capaz de acercarme a su mesa…

Porque en teoría, nada era más importante que convencer a esos jóvenes entusiastas…

–Así que… durante toda la reunión… hablé con el temor de perderla de vista…

Cosa que pasó… mordiendo tanta… tanta frustración…

–He conocido muchas chicas, Harry, pero ninguna se adhirió a mi cabeza con tanta fuerza como ella.

Haciéndolo volver una y otra vez a esa cafetería durante la semana con la absurda esperanza de verla regresar…

–¿Y la volviste a ver, Sirius?

El padrino sonríe. Claro que sí.

Por supuesto. Cuando las esperanzas parecían perdidas. Cuando regresó más por costumbre que por esperarlo de verdad. Cuando decidió aparecer sola y tomar la misma mesa, buscándolo a él en su solitaria localización con una sola mirada, como sabiendo de antemano que sólo ahí lo encontraría.

–Por entonces habría… habría demolido medio París con tal de encontrarla –comprueba que su muchacho lo mira con franco asombro. Casi le divierte–. ¿Qué? ¿Tan raro suena?

–No, es sólo que… nunca te imaginé… que dirías… que pensarías…

–Yo tampoco, Harry, pero ella… Isabelle… cambió tantas cosas… y me hizo ver… que podía ser capaz de tantas otras…

Aún era una chiquilla cuando la conoció.

Había mucho de mujer. Pero independiente de la mínima diferencia de edad… ella aún vivía con sus padres…

Sin temer por su vida a cada hora… rodeada de comodidad…

Y con una hermana que la protegía…

Por supuesto, esa fuerte herencia que volvía loco al hombre más cuerdo…

Tú me migas, Siguius y puedo migagte a los ojos.

–¿Se llamaba Isabelle?

Sí, piensa. Sí, dice en silencio. Sí, sabiendo que le duele. Que el nombre parece formar parte de sus tejidos. Que el nombre es mucho más que eso. Es su sangre. Es una chispa que brilla en medio de un inmenso telón de negrura.

Pero siendo tanto… duele… carajo, duele…

–Y la volví a ver, Harry, La Antigua Luz… se convirtió en nuestro lugar de encuentro.

Hoy, como mañana y como siempre.

De haber podido, de enero hasta diciembre. Pero la cafetería se convirtió en eso. En el refugio de seis a nueve.

Primero una charla. Después una sonrisa. Después el nombre. Después el suyo propio. Un café…

La sonrisa de una chica rubia…

Háblame de Hogwagts.

Rubia. Alta. Pálida. Unos ojos celestes que parecían ver más allá.

Una risa que estremecía hasta su última fibra.

Nunca he sido feliz. Ahora que te escucho…

¿De dónde salió ese pensamiento?

Su inglés con acento. Su forma de hablar. Su forma de mirar. Su forma de reír…

Ustedes los Megodeadogues… tan locos…

Como si con su sola presencia, lo instara a sacar… a entregarle lo mejor de sí mismo…

Pero sigue siendo tu familia, Siguius

Y después de tantos encuentros, una rosa.

Y otro café.

Y rozar sus dedos.

Él. Especialista en llevarse a la cama a cualquier chica en tiempo récord. Él. Enloquecido con un roce de sus dedos. En el dorso de su mano. En su mejilla al despedirse…

Tras el primer beso. En la mejilla. Que amenazó con derribarlo ahí mismo.

No dejes de migagme, Siguius, quiego veg tus ojos.

Porque nadie parecía capaz de mirarla. De querer mirar más allá. De querer ahondar. Cuando él…

Cuando él sólo quería llevarse sus miedos. Llevarla consigo. Un día tras otro. Cada vez más y más convencido de que más allá de ella…

¿Cómo había podido vivir sin ella?

Isabelle… yo…

Siguius… ¿estás bien?

No, es decir… es decir, sí…

No. no pudo. No tuvo el valor. No esa noche. Ni la siguiente. No fue capaz. Sencillamente no fue capaz de decirlo. De romper la magia. De romper ese halo que la rodeaba justamente esa noche, lejos ambos de las cafeterías, deambulando por calles cuyo nombre no tardó en olvidar, más concentrado en cómo sonaba su voz intentando explicarle tantas cosas sobre la ciudad, el país… su historia…

–Y… ¿Cómo se lo dijiste? A Isabelle, quiero decir, cómo… le dijiste que tú…

Qué vergüenza.

–Lo cierto es, Harry, que yo… nunca tuve el valor…

–Pero… entonces… cómo ustedes…

Sí, ¿verdad? Qué buena pregunta.

Pero siempre le faltó el valor. Siempre delante de ella, sus rodillas temblaron. Incluso esa noche…

¿Cómo demonios habían llegado a esa azotea? Bueno, la distancia entre ambos… ¿Desde cuándo era tal? Y ella, ciñéndose el abrigo que mitigaba el frío viento, no así el movimiento de esas doradas hebras…

Siguius… ¿Extrañas Inglatega?

Es mi hogar a pesar de todo –no se le escapó esa expresión sombría de su mirada casi transparente.

A pesag del peligo…

Por eso lo defiendo, porque es mi hogar.

Se arrepintió de decirlo. Porque tras esas palabras, le pareció ella tan distante por segundos… a pesar de intentar sonreír…

Siempge he cgeído que uno constguye su hogag –confesó ella, siempre rodeada de ese halo melancólico–. También seguías feliz aquí.

Tendría que tomarme un tiempo para acostumbrarme –tanteó el joven Black, permitiéndose una sonrisa socarrona, más una burla para sí mismo.

Ella, sin embargo, no pareció verlo así. A juzgar por ese destello…

¿Te quedaguías aquí?

Una. Diez. Cien. Mil veces… no… no…

Con ella tan… tan lejos a pesar de la cercanía…

Cómo resistir estar tan cerca de su solo halo sin caer en…

Pues… es… es un buen plan…aunque necesito una buena razón.

¿Y yo, Siguius? –Tanta resolución… tanta fuerza en una sola pregunta…

A tan… tan poca distancia a pesar de sentirse él…

Él… tan lejos…

¿Tú qué?

Acaso… ¿No soy gazón suficiente?

Debió pensarlo antes.

Demonios. Debió… debió pensar antes tantas cosas en lugar de sólo…

Sentir tanto… ¿Cómo era posible sentir tanto con su sola voz?

Con sus palabras… o…

Con poder estirar los brazos… y saberse capaz de poder tocarla y…

Atraerla contra sí… y sentirla respirar en su pecho…

Y cómo… cómo demonios era posible que ella fuera tan… tan real… ella, tan diferente… tan inalcanzable…

Pidiéndole en otras palabras… que él… él y nadie más se…

Soy yo el que nunca será suficiente para ti –confesó con voz ronca, incapaz de creer que esa chiquilla pudiera devolverle el abrazo con tanta fuerza…

Como si en ese segundo ya temiera que…

Suficiente o no… según quien sea… tú egues todo lo que quiego, Siguius.

–Sirius… estás…

No alcanza a atraparla antes de desprenderse de su mentón. Perdiéndose en la mesa. Sí detiene el avance de otras. Sí aprieta los párpados y traga el nudo. Sí se las ingenia para regresar al aquí y el ahora. Con un muchacho que lo mira con culpa y dolor. Sintiéndose responsable de su estado…

No, Harry, tú menos que nadie…

–Lo… lo siento, no debí…

–Amar le pasa a todos, Harry –interrumpe Sirius, aterrado ante el enronquecimiento de su voz que intenta apagar con más palabras–. Le pasa a todos, tarde o temprano… no es un hecho cuestionable, ¿sabes?

–Pero… tú…

–Lo que pudo haber pasado… no fue culpa del sentimiento, sólo fui… siempre he sido… un maldito imbécil –como para subrayar su razonamiento, deja caer una mano huesuda sobre el hombro de su muchacho, estremeciéndose ante un contacto tan desolado–. Harry, amar es algo especial, pasa… pasa y nada ni nadie te puede preparar, puedes cometer tantos… tantos errores, pero al final… lo que importa es…

Si… ¿Qué importa al final?

Más te vale que guegueses a mí…

–Si al mirarla… no sólo sientes que se queda siempre ahí… incluso si cierras los ojos… si a pesar de tener cosas maravillosas… en verdad… en verdad sientes que lo puedes todo, incluso lo más difícil, porque ella lo es todo y… de alguna manera te aterra perderla porque no puedes pensar en ser feliz después de ella…

–Eso…

–Eso es amar para mí, Harry, las definiciones pueden variar según la persona, la forma de sentir, pero una cosa es segura –sonríe con afecto a su muchacho, súbitamente azorado–. Puedes engañar al mundo, a tus amigos, a mí, a Dumbledore, por qué no, pero jamás podrás contigo mismo si se trata de tu propia felicidad.

Porque no le importa nada. Ni lo que diga Dumbledore. O Molly. O Remus. O nadie. Nada ni nadie. Porque duda que alguien entienda el peso que carga el chico en sus hombros. El mismo que apenas si se atreve a apretar con su mano aquella que le aprieta el hombro con afecto.

Él siente. Todos le han convencido que no es lo correcto. De uno u otro modo.

Pero es un muchacho. Por una vez. Por una noche. Ni siquiera es el hijo de sus amigos. No es él, el último Black, un pobre consuelo. Hoy es lo que tiene. Y él es su muchacho.

El mismo que lo ha obligado, sin saberlo, a tener el valor que no tuvo cuando debió. Más al ver el temblor… la duda en el rostro de un muchacho demasiado acostumbrado a pensar en los demás…

Permitiéndose como único acto egoísta ahondar propio de todos. Una duda razonable. Por mucha irracionalidad que pueda traer consigo.

No. Hoy Sirius no quiere redención. No quiere ser un alivio. Quiere ser un grito. Quiere ser el empuje. Quiere ser el reflejo de aquello que no debe ser. Porque su ahijado entenderá el silencio. Porque él tiene la capacidad de mejorar esos errores.

Y si ha sido necesario, para que su muchacho pueda decidir abrazar esa chispa de vida que ha visto brillar, abrazar… reconocer el dolor… la herida que nunca dejará de sangrar, lo vale. Él lo vale…

Lo vale todo.

Aunque Isabelle hiciera algún comentario sobre sus lágrimas…

Asumiendo, preciosa, que me hayas perdonado alguna vez.