Si queda alguien aún, un cordial saludo:
Sí. Esta vez tardé mucho más. ¿De qué podría servir una explicación? Lo cierto es, chicos, que a la dificultad que podía encerrar un capítulo, me vi enfrentado a mis propios demonios.
En mi país, Chile, estalló en octubre, como muchos sabrán, el descontento del pueblo de la peor forma y desde entonces, nada ha sido lo mismo. Esto nos ha afectado en todos los niveles y muy particularmente a mí como escritor y persona. No sólo ha sido un impacto terrible ver las consecuencias de la violencia en la gente y en la ciudad, esta situación me ha dificultado encontrar el ánimo necesario para escribir. Eso por no mencionar que esta situación me pilló en mitad del último semestre de mi carrera antes de egresar y embarcarme en la preparación del examen final (que puede tomar alrededor de un año). Para que se hagan una idea, recién esta semana pasada hemos cerrado definitivamente un semestre con enormes dificultades. Así pues, no la tuve a favor tanto en lo académico como en lo emocional.
Sin embargo, he sabido volver. Nada es como solía, pero cuando empecé esta historia, lo hice con el propósito de convertirla en una de las de esta pareja plenamente terminada. Es lo que haré. Porque ustedes le han dado vida con sus lecturas, comentarios y mensajes. No importa lo que pase o lo que tome. Terminaré esta historia y tienen mi palabra. Es una meta desde que conozco los fanfics y Harry Potter (casi al mismo tiempo).
Quiero, pues, agradecer de corazón a cada lector que ha aportado su granito de arena dándole una oportunidad a esta obra. A quienes han comentado amablemente y a quienes han enviado un mensaje. Nunca los olvido. No podría. A ustedes les debo la vida de esta historia. Les pido disculpas por esta espera. Les pido disculpas si no he sabido estar a la altura.
Así pues, sin nada más que agregar (salvo que el universo mágico de Harry Potter es el fruto del trabajo de J.K Rowling), los invito a la lectura y les doy la más cordial de las bienvenidas.
VIII
En casi quince años, es la segunda vez que vuelve.
Nadie en su familia se lo reprocha. Por el contrario, la comprenden.
En esta ocasión, no hace tanto de la última vez. A diferencia de la primera. Entonces fue demasiado lejos postergando lo inevitable. Tampoco le ayudó demasiado afrontar el arrepentimiento.
Sabe que se lo debe. Que no puedes escudarte eternamente en la promesa de que ellos siempre te acompañarán. Es mejor pensar que un lugar así no será su última morada, pero es bueno, de vez en cuando, hacerles compañía. Por muy lejos que puedan estar, asume que es un bonito gesto de su parte hacer el mínimo esfuerzo.
Así que no se aparece cuando podría hacerlo. En cambio, disfruta el trayecto hasta su destino. Casi se deleita con cada paso sobre la hierba hasta llegar a la placa que permanece ahí. Asume que las proporciones no la distancian del resto. Asume que, a sus ojos, incluso ahora, siempre será especial.
Puede que el mismo halo la acompañe allá donde se encuentre su nombre. Puede que el mismo tenga un peso desconocido, más allá del que pueda acarrear el afecto que pudiera haberle profesado. Porque la quiso. Claro que la quiso. La quiso más que a nada. Más que a nadie.
Y eso es lo último que necesita recordar.
Porque ha pasado tanto… pero nunca parece ser suficiente. Y a veces, lo que necesita con urgencia, es resignarse a esa ausencia. Ese vacío.
Hasta que vuelve el miedo.
El miedo a que eso pase y con ello, a que su imagen se desdibuje, convirtiéndose apenas en la sombra de un hermoso recuerdo cuya procedencia resulta incierta. Entonces sí. Podría dejar de llorarla. De sufrirla. Pero sería también dejarla partir…
Y no quiere olvidarla. No quiere que así lo sienta. Que, dondequiera que esté, no se sienta sola nunca más.
Que descanse, allá donde esté. Porque ella la piensa. La recuerda. No la dejará nunca. La cuidará en su descanso. Ya ha sufrido demasiado. En verdad… todo sería mejor si pudiera convencerse de que, allá donde esté, está por encima del dolor mismo.
Es curioso, pero ha dejado de buscar explicaciones. Porque comparten muchos recuerdos. Porque tal vez sea uno de los aspectos más luminosos del pasado. Y así y todo, apenas si es capaz de desenterrar algo que no sea los peores momentos.
Cuando el trayecto concluye, se ve contemplando la placa antes de acomodar las flores junto a ella. Sí, ha sido bien cuidada. Nadie diría que ha tardado tanto en regresar. Tiene algo de simbólico. Sabe que no está aquí. Sabe que no depende de la piedra y el grabado para encontrarla. Podría buscarla cada noche o confundirla con una estrella, convencerse a punta de voluntad, llegar a creerlo…
Pero ha pasado tiempo. Han pasado cosas. Y lo cierto es que hay momentos en que Apolline Delacour no está segura de dónde descansas sus creencias. Pero así ha sido siempre. Puede que la seguridad que ostenta ahora sea consecuencia lógica de años de maternidad, vida familiar…
O el legado de Isabelle. Porque ella siempre tuvo una carencia de miedo casi patológica. Ahora puede atribuirlo a un rasgo virtuoso. Pero por aquel entonces…
Pero no le habla cada noche. No busca su consuelo. No se atreve. Cómo es posible que, teniendo tantas bellas imágenes de ella, la única que acuda a su memoria es la de los últimos tiempos, cuando la pena terminó de consumirla al punto de volverla incapaz de levantarse sin ayuda de alguien, ni siquiera un maldito bastón…
Nunca necesitó un ejemplo gráfico de la maldición que pudiera encerrar su sangre. Ni siquiera hacía falta para convencerla del peligro que podía encerrar que se relacionara con un tipo como ese Black…
No. Ni siquiera tenía que ver su apellido o su pinta de cazador al acecho, con esa sonrisa que buscaba doblar rodillas. Era perfectamente consciente que Isabelle no necesitaría demasiado para contraatacar y por supuesto, someterlo a su voluntad…
Hasta que quedó patente el férreo carácter de ese tipo, sus convicciones y su decisión de ir más allá de los límites que dictan la razón con tal de alcanzar unas metas perseguidas con afán casi fanático. Y sí, ahora puede reconocer que, de una u otra forma, siempre admiró eso en él
Pero cuando lo enfrentara no tenía esa imagen. Todo lo contrario. Estaba más que dispuesta a someterlo a punta de varita si hacía falta con tal de proteger a su niña.
Porque todo empezó cuando descubrió su procedencia inglesa. Eso unido a su juventud, su pasión y cierta tristeza en su semblante, añadido a las noticias que llegaban de la isla y la cantidad de locos que se reunían alrededor con tal de oír lo que tuviera que decir terminaron por dejar claro el panorama.
Así que el hecho de que Isabelle pudiera estar reuniéndose con un sujeto así no hizo otra cosa que saltar las alarmas.
Apolline despeja la placa de algunas briznas de césped mientras sigue la trayectoria de las letras con el dedo índice. Un trabajo pulcro. Delicado, incluso. ¿Tendrá algún encantamiento que la proteja de las inclemencias del clima? ¿O todo el lugar cuenta con semejante protección? Es difícil saberlo. Pero tendría sentido. Duda que esa ala del recinto esté al acceso de todos, pero…
Y lo estuviera, ¿qué? Duda que a alguien le pueda parecer algo más que sólo extraño. Sólo son nombres y placas, abundan por aquí. Tan… anodino… ¿Cómo pensar que alguien como Isabelle podría quedarse aquí?
No. Incluso siendo tan joven, iluminaba. Fuera como fuera, era tan sencillo como que a su lado era imposible sentir que algo pudiera estar mal. Incluso en silencio, a Apolline le bastaba con saberla a su lado, sentirla cerca, a veces sólo necesitaba que estuviera en el mismo espacio. Irónico tratándose la misma Apolline de la hermana mayor…
¿Habría sido distinto de haber sido otros sus padres? ¿O de ella misma no haber sido así? Puede que tuviera razones legítimas para encarar a Black esa noche, pero… bueno, el tiempo, al parecer, ofrece otras perspectivas y lo cierto es…
En verdad le cuesta reconocer algo así. A la luz de los hechos, es casi absurdo. Que lo legítimo terminara confundiéndose de esa forma con sus propias razones y al final… al final ninguna supo ganar el duelo…
Como tampoco ayuda demasiado que Fleur se parezca tanto a ella.
Al principio el parecido era más acentuado. De niñas casi parecían compartir los mismos reflejos con un respetable lapso de diferencia. El reflejo de una cruzando las fronteras temporales… ¿Tiene algún sentido? Con los años, sin embargo… no puede decir que, al mirarla, Fleur le recordara tanto a Isabelle. Puede que algo haya tenido que ver la actitud adoptada por su pequeña…
Por Fleur. La actitud. Eso debió ser. Esa maldita actitud, siempre tan dispuesta a mantenerlos a todos apartados al tiempo que nadie parecía capaz de resistir ese involuntario magnetismo…
¿Fue rápido en verdad o todo se cocinó a fuego lento?
El caso es…
El caso es que Apolline nunca deseó apreciar esas semejanzas entre ellas una vez más.
–Cómo estás, hermana –interroga la mujer a la impávida placa de piedra con el nombre tallado y que tanto ha amado en vida y muerte–. Aunque no lo parezca… te extraño siempre.
Aunque no lo parezca…
No parecen demasiadas. Nunca las han parecido. Por principio de cuentas, Isabelle nunca le perdonó que encarara… que amenazara a Sirius Black por el solo hecho de intentar acercarse e ilusionar a su hermana…
¿Lo vio entonces? Hace tanto ya… puede que tampoco haga tanto, pero…
Tampoco le favorecía esa actitud canallesca y temeraria que parecía acompañarlo allá donde iba. ¿Fue eso lo que le atrajo a Isabelle? ¿La emoción de domar a la bestia? ¿O supo ver algo en la mirada gris del que, a la postre, se convertiría en el último de los Black?
Puede que existiera una sombra de esa tristeza, pero mezclada con el desafío del que hizo gala cuando puso la punta de la varita en su mentón…
¿Le habrá contado su encuentro a Isabelle o la misma siempre fue capaz de ver un poco más allá, muy en particular tratándose de ese hombre?
A Apolline le ha tomado años ser honesta consigo misma.
Se trataba de su hermanita. Su niñita. Cómo no le iba a preocupar que ese… ese aparecido apareciera con todos los ánimos de llevársela consigo…
–Allá donde voy ella no puede acompañarme, Apolline –le soltó Black esa noche, tras apartar la varita con la punta del dedo y aparente delicadeza.
–Eso no te ha detenido a la hora de ilusionarla –gruñó ella, por su parte, convencida de que, contrario a lo que dicta su herencia, en ese segundo su ira semejaba más una fría ventisca.
–Eso no me detendrá a la hora de regresar por ella –tamaña seguridad… tamaño descaro por parte de ese aristócrata rebelde casi permitieron que una carcajada escapara de los labios de la mujer.
–Vienes de una guerra, Black, volverás a pelear, ¿qué te hace pensar que serás capaz de regresar?
–Por ella iría al infierno y regresaría con las astas del diablo.
Se lo reconoció entonces y lo hace aún ahora. Sí era bueno con las palabras. Muy ingenioso. Casi diría que tenía dotes actorales. Incluso con ella, desafiante, intentaba desplegar parte de su propio encanto. Porque sí. Siempre se supo encantador y sabía echar mano de esa herencia que parecía manar de sus poros o de la mirada correcta.
No es que hiciera temblar sus rodillas ni mucho menos. Que no le fuera indiferente no quería decir que, en otras circunstancias, estaría dispuesta a caer a sus pies. Sólo le permitía entender qué podía ver en semejante tipo una mujer más o menos vulnerable. Lo bastante para ceder en cuestión de segundos… minutos, siendo generosa. Y valiéndose de las palabras adecuadas…
Eso lo volvía intolerable. Isabelle no era la clase de mujer que cedería con tanta facilidad ante el indiscriminado despliegue de encanto de un tipo que, con verlo un instante, descubría ese potencial donjuán, el perro listo para saltar al ataque…
Puede que de potencia tuviera poco y de movimiento, en realidad…
¿Por cuántas antes dijo estar dispuesto a desafiar a Satanás en persona? Pobre insensato.
–Tengo los ojos puestos sobre ti, Black –advirtió Apolline al joven, quien le devolvió una mirada cargada de confianza y apenas una sutil sonrisa.
–Mejor, serás la primera en ver cómo cumplo con mi palabra.
–Lo digo en serio, Black, desearás arrodillarte ante el diablo si le llegas a hacer algo…
–Si llega a ser el caso, mátame, lo aceptaré con gusto –la descolocó momentáneamente su desparpajo, mas supo apelar a toda su fuerza para no quedar en evidencia–. Si acaso llego a provocarle una sola lágrima… me lo tendré bien merecido.
No quiso creerlo de inmediato. ¿De qué servía, después de tantos años, darle la razón?
Entonces mantuvo la confianza, pero al decirlo, cualquier brizna sardónica quedó diluida ante el paso de la decisión que lo dominara al pronunciar esas palabras sin vacilar, sin la más mínima inflexión.
En ese segundo, no quiso creerle. No quiso ofrecerle semejante victoria. Por mucho que un hombre, con tal grado de decisión, no habría considerado ese instante como tal, sino como apenas un paso necesario en un camino que sólo puede terminar de una forma.
Al regresar, sin embargo, se sorprendió deseando que algo así pudiera estar en sus manos.
Porque seguía siendo un muchacho insensato que volvería a la guerra. Un muchacho abrumado también por un sentimiento que podía irle muy grande y… Dios, ¿cómo podía él atreverse a garantizar nada desde la seguridad que podía ofrecerle la distancia antes de regresar? Dudaba que hubiera emprendido la marcha al recrudecer el conflicto, ¿qué podía saber él?
Tampoco es como que ella misma pudiera saber algo más salvo… salvo lo que podía acarrear vivir en la primera línea…
Y el peso que tendría en Isabelle…
Sí. Isabelle. La menor de la familia. Y sin embargo, la primera de las dos hermanas en descubrir cuán grande podía ser el alcance de la herencia en algo tan delicado como pueden ser los sentimientos.
Ahora mira atrás y sabe que no tiene utilidad. Puede que ese pobre chico sólo hiciera la promesa movido… no, aplastado por la presencia de una Isabelle que, embriagada en ese segundo por lo que ese rebelde aristócrata pudiera hacerle sentir, terminó por arrebatarle también, y sin saberlo, algo fundamental en cualquier hombre y que en el caso de Black, al momento de abrir la boca, pareció brillar por su ausencia…
Aunque ahora Apolline se atreve a sonreír, al tiempo que permanece arrodillada en la hierba. Porque ahora sí lo sabe y lo puede afirmar. Puede que no tuviera tanto que ver con Isabelle el hecho de que Sirius Black careciera, en ese segundo de sentido común. Puede que tuviera una importante carencia del mismo a lo largo de su vida…
Y puede que Isabelle acentuara un poco la misma carencia sin quererlo… sin saberlo… claro que es perfectamente posible, pero… ¿Cómo saberlo ahora? No… no sólo eso… en realidad… ¿Serviría de algo?
–Te preguntarás a qué he venido, mi niña, pero… ya debes saberlo.
Claro que sí. Claro que debe saberlo. Incluso puede imaginar una triste sonrisa irónica.
Ella también supo de la partida de Sirius Black. Por mucho que Isabelle se empeñó en disimularlo. Y es que nadie resultó ajeno al cambio.
Y al presenciar el mismo y contemplar la dolorosa incertidumbre de sus padres, se culpó. ¿No debió esforzarse un poco más por impedirlo? No… ante la fuerza de algo así… ¿Habría sido posible conseguir un resultado, por pequeño que éste fuera?
Puede que la vida volviera en parte a la chica cuando nació Fleur.
Porque Apolline no tardó demasiado en entenderla a su vez. Cuando él apareció en su vida. Cuando careció por completo de sentido pensar demasiado las cosas. Cuando la seguridad fue tal que el único miedo posible era que pudieran perderse el uno al otro… y con tamañas certezas en mente, ¿qué más les quedaba por pensar o esperar?
A veces Apolline se esfuerza por recordar el instante en que conoció a su marido, la duración exacta del noviazgo, la proposición, la aceptación… todo lo que vino después…
A veces le parece un torbellino, un ciclón… cualquiera de esos eventos climáticos caracterizados por su poderío y velocidad. En otras, en tanto, sólo parecía una nebulosa de la que no sentía deseos de escapar. ¿Pero se vio tan extasiada? ¿O en última instancia supo conservar un atisbo de claridad?
Nadie se queda cuando llega, comentó alguna vez su madre, sin llegar a entenderla. Entonces… claro que era pequeña, pero Isabelle mucho más. ¿Lo habría pensado mejor de haber tenido chance? Quizá la tuvo y la llegada sólo hizo que la desdeñara.
Porque al mismo tiempo que Apolline celebraba esa inesperada llegada de aquello que nunca supo que esperaba hasta que apareció, la menor intentaba ser la misma, que la ausencia no resultara evidente… no dar chance a alguien más de extrañarla, a pesar de tener cartas de tanto en tanto que mantenían vivo un lazo, confirmaban una existencia que la añoranza bien podría haber desterrado a una tierra de sueños e ilusiones.
Pero si debe ser del todo sincera consigo misma, siente que fue ahí cuando su error dio comienzo en verdad.
Permitirse creer estúpidamente que bastaría con la partida de Black… que el tiempo haría el resto, sin importar cuántas cartas pudieran llegar, noticias correr o la de veces que la muchacha acariciara ese fino brazalete que, antes de él, jamás usó, plata labrada con intrincadas formas, demasiado exótico para atribuirse a orfebrería francesa…
Ni siquiera se atreve a recordar a su favor el embarazo que sobrevino tan poco después de todas las formalidades, la alegría de la espera, porque incluso cuando la acompañaba, Isabelle dejaba traslucir lo mismo a través de cada sonrisa o en aquellas ocasiones en que dejaba descansar una mano sobre su vientre, como hablando con la criatura, su futura sobrina…
¿Por qué no dijo nada cuando la vio sostener a Fleur, recién nacida, y esa humedad en sus ojos que bien podía ir más allá de la emoción del momento? ¿Tan ciega estaba en su propia dicha que no fue capaz de ir, en ese segundo, un poco más allá y aferrarse a la cotidiana soledad a la que una chica tan joven parecía ya consagrada?
Ahora tiene que verlo. Incluso en la expresión de su esposo por aquellos días, tan poco dado a captar las sutilezas de las emociones más escondidas… él, el mismo que, ahora entiende, veía a su joven cuñada con tanta compasión… tanta lástima… incapaz de recuperar algo de temple tras sus visitas…
Tuvo que decírselo. ¿Cuánta pena le inspiró para impulsarlo a hablar? ¿A qué punto tuvo que llegar para que tuviera que hacerla reaccionar a ella, la verdadera familia, la misma sangre?
Quizá habría sido diferente de haberse decidido a hablar un poco, sólo un poco antes…
En vez de eso, vino primero el grito. El grito que la alertó y le dio apenas el tiempo necesario para agradecer la ausencia de su hija y esposo. Un peso menos antes de correr al interior, sabedora de la habitación de dónde provino el grito…
–Aquí las cosas… casi están como las dejaste –comenta en voz alta. Lo hace incluso habiendo deudos cercanos. Sabe que un entorno así elimina los cuestionamientos–. Las niñas han… las niñas han crecido mucho, ¿has visto lo mucho que ha avanzado Fleur este año?
Si a avanzar se le puede llamar seguir semejante ejemplo…
¿Cuántas veces le contó la historia de una muchacha llamada Isabelle que, al enterarse de semejante noticia, perdió la fuerza por completo y no supo escapar del abismo que la pena terminó creando?
Apolline aún puede verla en la habitación. Ni siquiera necesita cerrar los ojos. Le basta con hallar una pizca de concentración para recrear su palidez espectral y los ojos húmedos y enrojecidos… no, el rostro húmedo. Desencajado. Enmarcado por el rubio cabello revuelto.
–Isabelle…
La misma que no tuvo fuerzas para responder a su llamado de inmediato. Con las manos aferrando el destrozado periódico… antes de mirarla… con tanta… tantísima pena… cómo podía caber tanta pena ahí…
–No es cierto…
No lo denotó. El estremecimiento que le causó esa lastimera súplica de su hermana menor. Al punto de casi arrebatarle su propia fuerza, sin saber de qué podía estar hablando, pero temiéndolo a cada instante…
–Qué…
–Dímelo…
–Isab…
–¡Dime que es mentira!
Tuvo que correr hacia ella. Y abrazarla. Impedirle soltarse. Que no se derrumbara. No sabe cómo. Porque terminó haciéndolo. Llorando a gritos contra su pecho. Como nunca hizo de niña. Como la niña que alguna vez fue y volvía a ser entre sus brazos.
Todo mientras en el periódico destrozado y tirado en el piso, encontraba de refilón las razones.
Tantos muertos a causa de una explosión causada por…
No…
Tantos muertos y las responsabilidad atribuida a…
No… no…
El mismo al que pasaron sumariamente, encerraron y ya atribuían su lealtad y mano en…
No… no… ¡No!
Porque no podía ser… debía ser una mentira… tenía que serlo, porque… porque él…
Él no.
Sin importar cuánto pudiera haberle desagradado ese tipo en su momento, verlo en la primera plana como el responsable de semejante masacre… revelándolo como un siervo de ese Señor Tenebroso que tanto temor ya causaba en todo el continente con su solo nombre…
Un crimen de tal magnitud que el Departamento de Seguridad Mágica consideró necesario prescindir de juicio y encerrarlo de inmediato y…
Y de por vida…
Un miedo similar vuelve a como lo recuerda entonces. Sin semejante carga por esos años… ¿Qué tan distintas habrían sido las cosas? Ahora se conocen los detalles. Ahora… ahora el escándalo llega tantos… tantos años tarde… y la memoria del criminal devenido en héroe… de qué… ¿De qué demonios sirve ahora cuando en vida no tuvo una pizca de la justicia por la que se consagró en vida y por la que perdió todo?
Pero entonces nadie pronunció palabra. Ninguna escandalizada autoridad mágica internacional dijo "esta boca es mía". Porque todos tenían miedo de que algo así se pudiera repetir en sus propios territorios. Por aquel tiempo, claro que el miedo los volvería susceptibles de creer cualquier cosa, incluso que un tipo así tuviera relación con semejante masacre sin echar mano de lo necesario para esclarecerlo todo…
Porque claro, las enloquecidas carcajadas de un hombre en estado de shock siempre han sido las mejores pruebas ante cualquier cuestionamiento…
Pero Isabelle no supo explicarlo.
Por mucho que intentó viajar a Inglaterra y sus familiares se lo impidieron de todas las formas. Por mucho que ese tipo en particular tuviera terminantemente prohibidas las visitas, condenado no sólo a secarse, sino también a perder el juicio en el infierno en la tierra.
Por mucho que tal vez… sólo tal vez… hubiera sido más sencillo para ella lidiar con su muerte que con algo así…
Con la idea de saberlo destruido… perdiéndose poco a poco…
Porque así tanto lo amaba. Mientras el mundo lo señalaba y le escupía, ella nunca perdió la fe en él.
Pero sí la fuerza. Cada día. Y más ante la certeza de que su familia, en este caso, se ponía de lado del miedo y del mundo mismo.
Al final del día… ¿Se podía decir que ese pobre hombre tuviera culpa?
–Hace poco… supimos que Sirius… falleció en combate –se siente tonta sólo diciéndolo y el silencio posterior no ayuda a mejorar la impresión–. Siempre lo dijiste y… nunca te creímos, ¿recuerdas? Que él… él era un buen hombre… que llegado el día… volvería por ti, porque… te dio su palabra y… mucho más que eso… yo… sé que sí lo recuerdas.
Pero qué sentido tiene decirlo ahora. Ahora que él no está. Y no cuando tuvo la oportunidad…
Porque la fuga de un hombre tan peligroso fue noticia mundial. Por aquellos días, estúpidamente se le tenía por el segundo más peligroso después de su supuesto amo. Y tan grande fue el impacto de un escape virtualmente imposible que hasta se puso al tanto a los muggles de su peligrosidad.
Así que claro que semejante noticia corrió a toda velocidad por los canales habilitados. Por supuesto que las niñas comprendían que semejante sujeto desharrapado que reía en los carteles con su cara debía ser el más peligroso de los fugitivos. Puede que el mismo peligro disfrazara la melancolía en el semblante de una Apolline que apenas si podía creer que en ese despojo de ser humano se hubiera convertido el que alguna vez le pareció un muchacho mordaz, arrogante… pero bien parecido… un maldito temerario…
¿Cuánto tuvo que mediar de paranoia y tiempo antes de que la noticia se diluyera? ¿Cuánto antes de casi arrancarle el aire a través del pecho?
Un día como hoy. Una de esas extrañas ocurrencias. Ir a verla. Como lo hizo cuando supo que él se fugó. Como informó oportunamente, aunque ella ya debía de estar enterada. Como hizo ese día, tiempo después, porque sí. Aunque la noticia seguía fresca, sin saber por qué. A la hora a la que nadie acude. A la hora de la privacidad necesaria para poder dirigirle la palabra.
¿Lo reconoció a lo lejos o en verdad necesitó cubrir esa distancia?
Lo único que conservaba de sus mejores años era la estatura. Ni el largo del cabello ni la barba ni la piel adherida a los huesos… ni esas ropas… nada. Nada invitaba a ver en él… lo que vio. O puede que fuera, tras los pasos dados, las lágrimas que no se molestó en contener ni menos en disimular.
Antes de hincar la rodilla y depositar un pequeño objeto sobre la placa.
–¿Qué me hubieras dicho, mi ángel?
Ni siquiera era la misma voz. Parecía la de quien ha perdido el hábito de hablar y la necesidad lo empuja a recuperar aquello que casi creía olvidado. Algo que parecía atribuirse también a su capacidad de asombro, pues ni siquiera se inmutó en cuanto vio la varita de Apolline apuntando a su pecho.
–Tú…
–Sí, Apolline, yo –musitó Black tras reconocerla, habiéndose incorporado y permitiéndose incluso el amago de una sonrisa triste.
–Cómo te atreves… a regresar… después de todo lo que le hiciste –no fue consciente del temblor que sacudía su varita ni del ardor de sus ojos hasta que las lágrimas obstaculizaron su visión–. ¿Tienes una idea de todo lo que sufrió por ti?
No contestó. Porque claro que no tenía idea. De lo que pudo representar verla apagarse de verdad, cada día, desde que se enterara de esa noticia, pero sin dejar de aferrarse a su fe en él… incluso cuando las fuerzas la abandonaron al punto de confinarla a su lecho, desde el cual miraba la ventana casi con una especie de anhelo…
¿Por cuántas noches veló su sueño? ¿Cuántas veces la escuchó llamarlo dormida?
Demasiadas. Simplemente demasiadas. Hasta que una mañana…
Bueno… una mañana decidió no volver a despertar. Recuperando parte del brillo que la caracterizara justo cuando ya era demasiado tarde…
¿Cuánto tardaron en arrancarle de los brazos el cuerpo inane de una joven consumida por ese dolor?
¿Cuánto tardó en volver a ser la misma para su propia familia antes de que todo lo demás se cayera a pedazos?
Incluso sin esas culpas… ¿Era digno un sujeto como él de algo así? ¿Era alguien digno de tanto?
No… cómo tan siquiera se le ocurría preguntar…
–¿Sabes que ella está ahí por tu culpa? –Él, siempre tan locuaz, permanecía de pie ante ella sin variar su expresión–. Te lo pedí, Black… te pedí… si sabías que no ibas a regresar… si no estabas seguro… si no podías prometerlo… ¡Por qué lo hiciste, desgraciado! ¡Por qué!
Nada. Dios, si tan solo dijera o hiciera algo… algo… lo que fuera que alimentara su propia rabia y no el temblor o las lágrimas que ya desfilaban por sus mejillas…
–Cómo te… atreves a regresar aquí –casi miró la placa y buscó en ella el recuerdo de días felices para darse valor–. Ni siquiera… debería entregarte y lo sabes.
Casi hubiera dicho que la sonrisa del hombre, tan pequeña, terminaba de perderse en su expresión desencajada.
–Siempre lo he sabido, Apolline.
¿Cuánta pena puede encerrar la voz de un hombre destruido?
Aún se lo pregunta. Entonces ni siquiera cabía el signo de interrogación en su cabeza, pero sí un atisbo de duda que hizo temblar su varita. Sabiendo que no podía apuntar a una cara tan… tan…
El temblor cesó cuando sintió la punta de la varita presionar el huesudo pecho del aparecido.
Pero ella no había dado ni un paso.
–¿Conoces Azkaban, Apolline? –La vio estremecerse. Fue apenas un instante que nadie habría percibido de no hallarse a la distancia adecuada. Por supuesto, incluso del otro lado del canal, todos conocían la existencia del infierno en la Tierra y la naturaleza de sus carceleros–. Toma todas las historias que has oído, todas ellas, todas aquellas que guardan relación con los gritos, la locura, el terror a quedarte dormido cada noche… a la idea de que la esperanza que te pueda quedar, el deseo de seguir con vida… cómo todo eso se pierde día tras día, noche tras noche… hasta la última gota de felicidad.
Las recordaba. Todas esas historias. De otro modo no podía explicar el posterior estremecimiento que la recorrió la noche después de la noticia. Cuando supo a ciencia cierta adónde lo habían enviado…
Y asumiendo que él, independiente de lo que pudiera pensar, no podía haber cometido un crimen de tal magnitud que lo volviera merecedor de… de algo… algo así como…
–Tómalas –continúa Black con esa voz ronca que hablaba de años de silencio–. Tómalas y multiplícalas por el número más grande que conozcas, una o dos o tres potencias, ¿a cuántas puedes llegar? Hazlo, no importa cuántas veces, sólo hazlo, incluso entonces… te quedarás corta.
Le creyó. Eso era lo peor de todo. Creerle. A la versión o al hombre. O a la pena de ese hombre. A cualquiera. Cualquiera de las dos. El mismo que apoyaba el pecho en la punta de la varita. El mismo que miraba la placa. El nombre. El anhelo de, al menos, poder tocar su nombre con los dedos.
–Esos desgraciados toman todos tus recuerdos felices… y te devuelven la locura misma –continuó como si nada, mientras tanto ella se preguntaba de dónde sacaba las fuerzas para mantener la varita levantada–. Pero si estoy aquí, hablándote y… pude escapar de todo eso… no pensarás que se debió a que me quitaron la alegría, ¿o sí? –Casi pudo sentirlo tragar el nudo en la garganta. El movimiento de la manzana lo delataba–. Dime… ¿Qué alegría me podía quedar si me quitaron a mis mejores amigos? Qué… ¿Qué maldita alegría me podía quedar si me apartaban para siempre de Isabelle?
Fue en esa última sílaba, al pronunciar su nombre, que esa voz ronca se quebró y la primera lágrima escapó de sus ojos grises, perdiéndose en esa mata descuidada de vello facial. Le temblaba el labio inferior. No volvió a mirarla. Quizá creía que el solo nombre le devolvería el rastro de su cara.
–En esas instancias… los mejores recuerdos… sólo me subrayaban que ya la había perdido… que no podría regresar –dejó escapar algo de aliento, el mismo pareció raspar todo a su paso–. No es… como que la libertad me sirva de mucho… si al menos… he cumplido en parte con mis amigos… pero ella ya no está –dejó escapar una risa irónica y la húmeda mirada se posó en ella–. Pensaba hacer esto tras acabar lo que sea que esto sea, creía… que vengarme… bueno, es una parte, ¿verdad? Porque no tengo mucho de lo que echar mano y… sé quién hizo esto y… sé lo que prometí.
–Sirius…
–No me entregues, no es necesario –fueron esos huesudos dedos los que se cerraron en torno a su mano casi con gentileza, afianzando la posición de la vara–. Tienes razón, la tienes en absolutamente todo, así que hazlo.
–Si… Sirius…
–Hazlo, Apolline.
Aún se pregunta qué la hizo desistir.
Después de años dándole vueltas a una idea que adquirió ribetes de obsesión. La misma que pudo haber concretado en cuanto lo tuvo frente a frente, la varita confirmando la existencia de la carne y los huesos… y él. Entregándose voluntariamente… ¿Esperaba acaso resistencia? Se consideraba una duelista capaz, de modo que bien podría haber reducido a un fugitivo que no tenía demasiado de haber alcanzado su liberta tras años del peor de los confinamientos.
Y aun así…
Lo siguiente que recuerda es a ella misma apareciendo en la sala de su casa, apenas pudiendo contener el llanto e incapaz de explicarle a su marido ese estado de ánimo. Porque nunca se lo dijo a nadie. No porque no pudieran entenderlo. Más bien porque no lo necesitaba. Porque en el fondo quería creer que había sido una forma diferente de vengarse del hombre que se llevó consigo a su hermana.
Sí. La muerte supondría el descanso. La vida sería el verdadero suplicio. Eso quería creer.
Eso quería. Porque eso tenía más sentido. Encajaba mejor con el alcance del daño sufrido y no la mera clemencia, la misericordia con un hombre destrozado que había perdido tanto o más que ella misma. Un hombre que, incluso en la cima de su propio dolor, sólo volvía para cumplir con su palabra.
Un hombre que mantuvo la cordura amparado en la certeza de que no volvería a ver a la mujer que amaba… ¿Quién vive después de algo así?
Pero por sobre todas las cosas, Apolline sabe que no pudo por la misma razón por la que él regresó.
A pesar de todos esos años… a pesar de la culpa y de haber perdido tantas, tantísimas otras cosas, ella aún cree… confía en que la verá del otro lado y será entonces cuando le pida perdón por todo.
¿Podría perdonarle ella el haberle quitado la vida al hombre que amaba?
Quién sabe. Puede que incluso lo entendiera de algún modo. Que de ese lado, las cosas pudieran ser diferentes a tal punto que sucesos como un crimen tal vez pudieran verse con algo más de piedad.
La misma que le tuvo a un hombre que, a pesar de todo, terminó cumpliendo con el destino que ella le negara. Siendo él mismo. Recuperando una razón para volver a ser valiente. Dándolo todo para abrir los ojos del mundo a la verdad. No sólo a la verdad de su inocencia. La verdad de que la lucha nunca terminó. De que ésta continúa…
Volvió para convertirse en héroe. El primero. El punto de partida de un nuevo comienzo.
–Dale a Sirius mis recuerdos, hermana –musita Apolline con tristeza–. Y dile que lo siento… lo siento de verdad, pero con ustedes ya he tenido suficiente, yo… no quiero más… no más héroes en esta familia.
Eso es lo que quiere, pero… ¿Qué saca ya? Hace mucho que su hija ha dejado claras sus intenciones y ha corrido lejos de ellos. Recalcando que el día a día no es más que una colmena sobre la cual todos descansamos. Nuestros actos hallan sus ecos en las profundidades. Tarde o temprano vuelven a nosotros. Tarde o temprano, todo se vuelve a repetir.
Lo supo cuando Fleur señaló a ese muchacho. Independiente de la cicatriz, él ya estaba marcado. Independiente de todo, hay cosas que van más allá de la sangre.
Y en Harry Potter yacía ya la sombra de todos aquellos que pudieron haberle antecedido. Supone que, ahora, carga consigo la huella, el vestigio del último Black. ¿Sabrá que también carga con aquello que mantuvo vivo su corazón?
No más héroes, suplica en vano Apolline. Porque muy en el fondo sabe que ya es demasiado tarde.
Desde el comienzo mismo, Harry Potter es un héroe. Y no es algo de lo que pueda renegar.
Sólo espera que el eco de eso no alcance a su pequeña Fleur.
Muchos clientes dentro de esa cafetería muggle se mantienen en sus mundos. Sumidos todos en su propia tristeza.
El delgado muchacho no quiere contemplar, a través de la ventana, el principio de niebla que asoma por la calle a esa hora de la mañana. Las calles londinenses prometen relativo bullicio, pero el mismo no termina de asomar la nariz.
Es apenas una mirada que despega del periódico y del comienzo de las primeras notas fatalistas. Apenas una que dedica al ventanal.
Tiene la impresión de que siempre ha estado ahí. A la espera del descubrimiento. Porque la sonrisa que le dedica tiene cierto cariz de alivio.
Ni siquiera se tiene a pensar si ha hecho un pedido o pagado el mismo. Si lleva todo consigo o ha olvidado algo. Será una tontería. Porque independiente de las implicancias, lo cierto es que necesita… necesita más que nada convencerse…
Sigue de pie en esa acera. La delgada chaqueta la protege del inusual frío matinal. Tiene la impresión de que su presencia bebe de los colores del entorno. De otro modo no se explica esa suerte de halo que parece rodearla.
Quiere nombrarla. Necesita darle un sentido a su forma y convencerse de que es real. No otro sueño. No otro miedo que teme diluir con el solo contacto. Necesita… Dios, en verdad necesita…
–Hagy…
Hace… hace tanto de la última vez que la viera… y no parece ni siquiera que haya sido ayer…
Fleur permanece ahí, temerosa. Mirándolo. Comprendiendo cuán delgado luce. Cuán abatido. Esas huellas de noches y noches sin dormir… como si hubiera pasado más de un año, mucho más desde que abandonara el castillo, prometiendo regresar aunque él dijera que no era conveniente…
Quieta. Temerosa de que pueda perderlo de intentar vencer la niebla que comienza a rodearlos…
–Viniste –musita el muchacho con voz temblorosa. La reconoce. Hay… hay tanto en esa triste palabra…
–¿Lo dudaste?
–Confiaba… confiaba que… con todo esto…
–Hagy…
–Confiaba, pero… no quería –la mira. La mira con la decisión con que le pidiera marcharse. Pero también con la desesperación del náufrago que parece ahogarse–. Te he extrañado.
–Hagy –musita la chica con voz susurrante, temiendo que una nota más la haga perder el control sobre la misma–. ¿Aún quiegues que me vaya?
Le tiembla el labio al hablar. Apenas si puede mantenerse en pie. Sin embargo, nunca ha estado tan seguro de algo como ahora mismo en su vida.
–Si he seguido vivo… ha sido para esto, Fleur –quiere, pero algo le falta para dar esos malditos pasos–. Desde que te fuiste… sólo he querido… ver de nuevo tus ojos y creer… que no tendré que aceptar que despertaré y los perderé –esas palabras parecen haberse llevado sus fuerzas, pero le queda algo para añadir–: No soportaría… no otra vez.
Quiere reír. Quiere llorar. Quiere gritar… porque… cómo es posible que, con todo, siga siendo él…
Y sigue siendo ella misma. La misma que decide cruzar la distancia. Porque demasiado peso lo retiene a él de cualquier cosa. Porque no opondrá resistencia y lo sabe. Porque no importa cuánto pase, le sigue sacando una ligera ventaja y eso, aunque él no lo diga, le avergüenza, incluso cuando le toma la cara con ambas manos.
No. No es el mismo. Hay más en esos rasgos. Más de lo que dicen las noticias. Más de lo que pueda imaginar por el solo hecho de pensarlo cada noche al apoyar la cabeza en la almohada. Cada mañana, al despertar y recobrar la conciencia de su ser. Más de lo que pueden abarcar términos como pena, pérdida, dolor o muerte.
Así y todo, la cicatriz sigue en ese lugar y sus labios la reconocen al contacto. Sintiendo que con el solo tacto, le devuelve y le quita las energías al muchacho.
–Me has hecho espegag, Hagy Potteg –murmura contra su frente, sintiendo de súbito las manos del chico posándose sobre las suyas y apretando ligeramente.
–Fleur…
–¿Tengo que pagagme fgente a un gan pego paga que vengas pog mí?
Al principio no lo entiende. Tiene que mirarla un largo rato a los ojos para terminar de comprender. Cuando lo hace, sus propios ojos se abren a más no poder antes de que ella le ofrezca otra sonrisa, sin separar la propia frente de la de él.
–Tú… tú eras…
–Ya escapaste una vez –le recuerda la joven con fingida indignación–. Tomó años, pego aquí estás.
–Fleur…
–¿Ahoga sabes qué pasagá si lo intentas otga vez?
Sí. Lo sabe. Claro que lo sabe. Incluso cuando ella lo abraza. Incluso cuando siente que podría vender su alma para detener el tiempo y quedarse así, con ella… sabe que no puede responder a esa pregunta.
Porque la pérdida de Sirius sólo confirma que esto no ha hecho más que comenzar. Y ahora lo sabe, está marcado. En absolutamente todos los sentidos. Y no sabe cómo decirle a ella toda la verdad. A ella. Tal vez lo más grande que le ha pasado, incluso sin saberlo hace ya tantos años.
No puede responder. No quiere su tristeza. En cambio, sólo la abraza. Porque es lo que lleva deseando desde la despedida.
Porque ahora mismo… ella es toda la razón que necesita para seguir viviendo.
La certeza de abrazarla. De saber que, esta vez, no sólo no desaparecerá.
La recordará. Desde el principio hasta el final.
