Un cordial saludo a todos.
Después de este tiempo prolongado, regreso. Como dije, mi intención siempre ha sido acabar esta historia. En parte porque si bien es más pequeña que muchas otras que he publicado, siendo que cada capítulo encierra un desafío mayúsculo mezcla de la narración, los personajes y los acontecimientos. Por no mencionar que se trata de una de las sagas más queridas y respetadas de los últimos treinta años. La suma de todos estos factores me ha llevado al límite de mi capacidad literaria y es un desafío que no estoy dispuesto a abandonar. No tanto porque lo insólito de la pareja me atraiga en más de un sentido, sino porque me he descubierto escribiendo como nunca en mi vida soñé que lo haría. J.K Rowling, estaremos de acuerdo, es una magnífica escritora y tomar como base su trabajo obliga al desquiciado que intente tomar el reto, si no a estar a la altura, al menos a dar todo de sí con tal de acercarse unos cuantos niveles respecto del Everest que es su obra completa.
Así que retomamos la historia en los comienzos del sexto año de Hogwarts y en los primeros compases de la declarada Segunda Guerra Mágica y en una noche en particular. Aquí la distancia entre la narración original y este proyecto se ensancha más si cabe, pero la línea principal prevalece. Mentiría si dijera que sé cómo continuar. Puede que en el siguiente capítulo quiera ahondar un poco más en el sexto año o me lance de cabeza al séptimo, tengo algunas ideas pero quiero madurarlas como se debe. Porque ustedes merecen un gran trabajo.
Como siempre, quiero agradecer la oportunidad que me dan sus lecturas, comentarios y marcando como favorita esta historia, en especial a la querida Chiara Polairix, Fitsulon, carlos29, moorei, thisdarkpassenger, TaoRyu, Josuh todos aquellos que quizá se me ha escapado olvidar, pero no duden, todos ustedes, que son el motor de esta historia, su corazón. Su alma toda.
Y sin nada más que agregar salvo que J.K Rowling es la autora intelectual y culpable de una generación de lectores del mundo mágica, les doy la bienvenida a la lectura.
IX
Si el muchacho se detiene a considerarlo, no es como que imaginara alguna vez cómo sería su vida solo.
De algún modo, muchos detalles han confabulado, hasta el día de hoy, para recordarle mejor esa situación. No será tan malagradecido para olvidar la presencia de esos amigos suyos, ni qué decir de la familia de su amigo, pero el vacío que deja tras de sí la pérdida de su padrino no hace sino subrayar un hecho que, hasta ahora, ha pasado por alto. Sea inconsciente o no… puede que la falta de esa certeza volviera todo algo más cómodo.
Él es el último de los suyos. De cerrar los ojos, no quedará rastro.
Y ahora más que nunca, la posibilidad es muy, muy cierta.
Y no importa lo que diga el resto. Es cuestión de mirar alrededor. No puede sentarse. Tampoco desaparecer y volver cuando ya esté listo. Es tan sencillo como que debe ser pronto. No antes. No después. Ni siquiera ahora. Pero pronto. Quizá hasta sea mejor que sea ahora, pero eso ya es demasiado pedir.
Pero sabe que, mientras tanto, el día a día sigue su curso, acentuando la urgencia.
Puede que no lo supiera con anterioridad. Que no dejara de ser la suerte de fantasma en su cabeza del que debía desprenderse en algún momento. Ahora, sin embargo, es una certeza. Un hecho cierto. Una marca tan real como su propia cicatriz. Qué dice, la misma parece diseñada para subrayar todo lo demás.
Así que si antes no pensó en cómo sería su vida tras terminar los estudios porque le parecía demasiado lejano para intentar aferrarse a ello, ahora no es como que las cosas hayan cambiado para mejor.
Es tan simple como que el futuro inmediato sólo lo ocupa una cosa. Después de eso…
¿Qué?
No se lo ha dicho a nadie. Supone que estar solo no es únicamente una forma de lidiar con el duelo. Se parece más a un retiro. A la necesidad de hacer suya esa realidad. Ese nuevo estatus. Por muy extraño que pueda parecer, incluso tras la explicación recibida. Por muy lógico que ahora mismo suene, dentro del absurdo que encierran los posibles escenarios.
Porque el hecho de ser él… de tener que ser…
Puede que eso y no una explicación más predecible lo llevara a hacer abandono de esa maldita casa que, al parecer, tuvo que sentir como su hogar en algún momento de su malograda infancia. Voldemort querría acabar pronto con ello y él se ha tenido que comer tantísimos años aguantando ser algo menos que el paria en una familia que no lo quiere cuando habría bastado desde el comienzo…
A veces no puede evitarlo. La idea está ahí. Y cuando el abismo le devuelve la mirada, le resulta casi seductora.
Fue más sencillo en soledad. Cuando se hartó. Cuando consideró que el peso de ese todo o nada fue tan cierto que ya no merecía la pena pretender que sentía el menor deseo de esconderse de la realidad. ¿Pero habrá sido el duelo? ¿Habrá sido el peso de la verdad misma? Un cincuenta y cincuenta… qué mitad y mitad puede haber frente al maldito mago oscuro más poderoso de los últimos tiempos siendo él apenas… apenas…
Y nadie lo detuvo esa tarde. Lo último que esperaba era un gesto de esa gente que, se suponía, eran parientes suyos. Nada, por supuesto. Con los pies en el exterior, algo. Una tontería en la línea de regresar, que la situación era un caos, que no podía permitirse andar por ahí así como así…
Como si no supiera que lo vigilaban noche y día…
Un movimiento de varita y ese absurdo autobús lo encontró. Tampoco es que la tripulación le hiciera muchas preguntas (no más de las adivinadas, las consabidas). Y nadie subió tras él. Fue tan simple como llegar con sus pertenencias y una jaula vacía. Aparecer en la puerta del bar que lo recibiera en su undécimo cumpleaños, cuando el mundo en verdad se abrió ante sus ojos…
Y preguntarse si no sería posible volver al tiempo en que ignoraba esa parte de sí mismo, pero… ¿Habría sido más sencillo entonces?
Puede que sorprendiera un poco su presencia, más considerando que no hacía tanto del inicio de las vacaciones de verano, pero Tom el administrador no ha sido del tipo de los que hacen preguntas, menos a las caras que parecen pedir a gritos más silencio que otra cosa, independiente de que esas caras pertenezcan a muchachos que aún siguen en sus quince.
Y luego… ¿Qué?
Los días pasaron. Lentos. Pesados. Uno tras otro. Quizá llorar aflojara un poco la marcha, pero no lo hizo. Ni una lágrima. Porque el silencio parecía llevarse hasta las fuerzas necesarias para derramarlas.
Al menos la pena no llegaba a nublar el juicio de un joven que venía a experimentar, en parte, aquello que llevaba un tiempo anhelando.
Algo muy parecido a la paz. Sin esperar a mañana. Sin esperar nada en realidad que no fuera lo inevitable e incluso lo mismo no tenía para cuándo llegar, a pesar de la fatalidad que se respiraba en las calles de Londres.
A pesar de atreverse a mirar la ventana a la espera de la llegada de la lechuza blanca y lo que pudiera llevar atado a la pata.
A veces esas preguntas suavizaban el duelo.
Suponiendo que saliera todo bien… ¿Sería así la independencia? ¿O tendría mayores matices de pertenecerle la habitación?
Vista ahora, más que una paz silenciosa o una soledad buscada, al muchacho le parece casi un grito enmudecido de alguien que no tiene… no conoce otra forma de desahogarse. Porque durante años, se obligó a callar el miedo o la pena por temor a algo peor. Y cuando ese algo peor se convirtió en rutina, tanto la pena como el temor pasaron a perder significado.
Tal vez porque, en aquel tiempo, lo poco que pudiera perder carecía de importancia.
Por estúpido que suene, ahora intenta encontrar un rastro del sentir de esos días. No lo consigue.
En tanto tenga los dedos atrapados en esas hebras finas y doradas, lograr algo así es imposible en todos los sentidos.
Sonríe. No demasiado. Pero es un avance. Ya no es tan complicado.
Antes le sorprendía. Ahora es sencillo. Basta con no buscar una explicación. La observa y pierde la noción del tiempo. Así de simple. Abstracción. Distracción. ¿Cómo puede llamarlo? Tal vez entrar en una realidad en que todo pierde valor. Todo más allá de ella y el cabello que se enreda entre sus dedos.
A veces le basta con eso. Con las hebras enredadas. Con escucharla respirar. Con verla dormir.
Con convencerse de que todo eso en verdad le está pasando a él.
Algo… ¿Bueno? ¿Malo? Sólo sabe que es grande. Enorme… maldita sea, jodidamente inmenso. Inabarcable en absolutamente todos los malditos sentidos. No sabe dónde empieza o termina. Sólo sabe que semejante inmensidad lo abruma. Lo intimida. Lo asusta.
Y al mismo tiempo, dentro de su propia pena silenciada, comprende que todo eso pierde valor si se detiene a pensar que, antes de ella… antes de ese momento, no estaba ni cerca de rozar algo tan parecido a la felicidad con la punta de los dedos.
Y si es verdad que su padre habló a través de la boca de Sirius, es ahora que puede entenderlo.
Es simple en su inmensidad. En su extraña complejidad. Es… es tantas cosas que tal vez la descripción de su padre sea precisa, pero se queda corta.
Hará un largo rato que pasa de medianoche y Fleur duerme en su cama. No ha notado que él se ha movido de entre las mantas para tomar asiento en la primera silla que encontró. Porque necesitaba verla desde otro ángulo. Convencerse de que era… es… sigue siendo real.
Pudo leerlo en su expresión en cuanto cruzaron el umbral de su habitación en la taberna. Pudo percibir el desconcierto, casi el desagrado, la incredulidad ante el solo hecho de que él se estuviera quedando en semejante sitio. Sigues siendo tú después de todo, pensó el chico con una pizca de humor, apenas curvando los labios.
–Mi depagtamento es más amplio –comentó desde la patética ventana del cuarto, contemplando la perspectiva de unos edificios, mágicos y no, que se confundían más allá del halo grisáceo que parecía cubrirlo todo a esa hora del día.
En esencia todos los hombre son iguales, les pese o no, recuerda que le soltó Hermione alguna vez. No tanto como crítica sino como advertencia. Un adusto consejo. O un llamado de atención. Una forma de obligarlo a leer entre líneas. Lo hacía parecer tan sencillo… ¿Cómo es que en ese segundo no supuso dificultad?
No es que pudiera leerla a la perfección, pero en ese segundo… Fleur estaba tan absolutamente lejos de la hermética y arrogante presencia de los primeros días en suelo británico… ¿Sería así con todos a causa de su estado de ánimo o todo se reduciría a una ventaja con que sólo él contaba y que ella no le ofrecería a nadie más?
O puede que la sugerencia fuera lo bastante cristalina como para superar la aparentemente sólida ceguera que parece unir a todos los hombres del planeta más allá del código genético.
–No dudo que lo sea, pero… por ahora… sé mi invitada, dame ese honor.
Si Hermione lo hubiera oído, se habría sentido enormemente orgullosa.
Se suponía que bajarían. Que irían a dar un paseo. Que buscarían un lugar donde tomar asiento. Que en última instancia, intentarían conversar en una atmósfera menos opresiva. Ahora, sin embargo, mira lo que puede a través de la ventana. Es una idea ridícula. Quizás estén mejor encerrados. Quizá siempre estuvieron mejor tras esa puerta.
Tal vez ella ya estaba al tanto mucho antes de que él pudiera decir nada. En un comienzo, sin embargo, resultó evidente que estaba nerviosa y sobre todo, ansiosa por llenar los vacíos silentes con cualquier cosa, empezando por una pormenorizada descripción de sus días en el país desde su llegada, el trabajo, cómo terminó desarrollando una rutina de la que estaba muy orgullosa, casi desesperada por no perder detalle, que hasta el gato al que solía darle de comer cuando pasaba por ahí cerca parecía ser importante, por mucho que no pensara en un nombre con anterioridad, no fuera a ser que el desgraciado infiel tuviera una familia y fuera con ella en aquellos días en que…
–Fleur…
No es que no quisiera oírla. En realidad, se habría quedado escuchándola hablar de importancia y tonterías quizá cuánto, quizá no tuviera importancia el cuánto, no entonces, no después. Tan siquiera nunca. Sólo interrumpió porque lo necesitaba. Porque a medida que hablaba… a medida que la escuchaba, más seguro estaba de una sola certeza, que era todo lo que necesitaba y más en ese segundo, frente a ella, atreviéndose por una vez a poner una mano sobre la suya, rezando porque no se percibiera su propio temblor…
Y sobresaltándola ligeramente. No sabía cómo la miraba. Ni siquiera estaba seguro de que existiera una manera específica de mirarla más allá de su propio sentir…
–No sabes… cuánto… –cuánto qué. La extrañó. La escuchó. La pensó. La leyó. Tantas… tantísimas cosas en cada línea de las cartas que acumuló… tantas–. No sabes cuánto… te extrañé…
Ella se detuvo. Lo escuchó. Sonrió. El par de lágrimas las atrapó en el trayecto.
–Y… ¿Tuve que buscagte paga que lo entendiegas?
Fue extraño cuando ella apretó su mano. Sintió como si tuviera que devolverle el tacto con decisión. Como si lo contrario no existiera ni siquiera como una opción. No quiso decirle la verdad. Que lo entendió hace mucho. Cuando se vio incapaz de… demonios, ¿en serio estuvo a punto de…?
Porque en ese instante, teniéndola tan cerca… las cosas parecían tan… tan diferentes…
No se trataba de no saberlo. Se trataba de quererlo. Y en ese segundo quería tanto… con tantas ganas…
–Para que te lo dijera –corrigió Harry con amargura.
–¿Pog qué?
–Mírame, Fleur –musitó el joven, sin querer dejarse abatir. Del dicho al hecho…–. Tú sabes quién soy… y sabes… sabes que mereces…
–Meguezco que ni siquiega pienses eso –interrumpió ella, feroz de súbito, sin soltarlo.
–Pero… tú…
–Yo te elegí –fue la primera vez que las palabras brotaron de sus labios con tal claridad, neutras, despojadas del acento. Si ella lo notó, no dio señales de ello–. Y mucho antes de elegigte… y mucho más ahoga.
¿Sabría ella todo? No, claro que no. Sabe que debe decírselo, pero… no es tan… no, incluso si se lo dice, ¿cambiará en algo su forma de verlo?
–Oí lo que pasó –continuó ella en voz baja–. Ese hombge que muguió… no sólo ega inocente.
–Si no fuera por él… yo no estaría aquí.
–Lo sé, yo…
–Lo que te quiero decir, Fleur –cómo decírselo. ¿Sería acaso más sencillo si no lo miraba? Sin esa… decisión grabada en la mirada–. Lo que quiero… quiero decir es… que ahora… no soy el más apropiado para prometerte nada.
–Hagy…
–No sé qué será de mí el día de mañana… ni siquiera sé si tendré un día de mañana, pero tú… tienes todo lo que yo jamás podré tener –no quería delatarse. Por supuesto que quiere eso y tantas cosas… no quiere entregarse sin pelear, pero… pero la esperanza no le alcanza para nublar su juicio. Y en ese segundo, al menos, más que nada tenía claro que lo último que quería era fallarle–. Al menos sabes en qué estoy metido y mis posibilidades y…
–Yo cgeo en ti, Hagy.
–Fleur, no…
–Déjame tegminag –no sabía por qué hablaban en voz baja ni mucho menos por qué, de pronto, se había vuelto necesaria tal cercanía para poder hablar–. Sé que egues El Elegido paga muchos y… sé que… sé que mucho antes de todo esto… tú has sido la espeganza de mucho, pego… si cgees pog un segundo que tomo mis decisiones pensando en eso… me ofendeguías.
–Qué… qué dices…
–Ega una niña cuando de conocí y tú… tú egas más pequeño, ¿guecuegdas? –A veces aún tenía pesadillas con ese momento, la pregunta casi sobraba–. Pego incluso entonces… yo tuve clago que seguías paga mí y paga nadie más.
–Tú…
–Así que… no impogta lo que digas tú o el guesto, es tan simple como que lo decidí hace años y he peleado toda mi vida pensando que encontgaguía y haguía todo eso guealidad, ¿entiendes? –Una de sus manos subió a la cara del joven y se detuvo en la cicatriz, como recordando la propia marca que le dejó–. No sólo abandoné mi casa… la seguguidad de mi familia pog buscagte, vine a este país a asegugagme que nadie, ni siquiega ese idiota caga de segpiente te apagte de mí.
Sonaba tan… tan insensato y al mismo tiempo… era imposible no tomarla en serio. La misma convicción de años antes. La misma que parecía destilar cada una de sus cartas, necesitando estúpidamente verla de frente y escucharla para entender hasta qué punto estaba ella dispuesta a ir con tal de…
Pero lo más importante. Con ese grado de decisión… ¿Cómo podía tan siquiera considerar ser menos?
–Hagy…
–¿Fleur?
–¿Me vas a decig algo?
–¿Por qué lo preguntas?
–Pogque… no cgeo que quiega espegagte más.
No ha pasado tanto, así que el muchacho aún puede verse desconcertado antes de entender… antes de que ella le hiciera entender lo que quería decirle tras agarrarle la cara con ambas manos y reducir la distancia entre ambos a la nada misma. Independiente de que nunca antes pasara por algo así… que la vez más cercana se detuviera por el solo hecho de pensar en ella…
Dios… ¿Qué diría si se enterara de algo así? No, no quiere tentar la suerte. Poniendo a prueba su temperamento…
Tocar el cielo… ¿Eso fue? O no, tal vez… creer que el fuego también sea vida.
Pero más allá de las sensaciones físicas que podía traer consigo que ella lo aferrara del cuello con ambos brazos para impedir que se alejara… más allá de obligarlo una parte de sí mismo que parecía comprender, más allá de la abrasadora humedad que parecía rodearlo todo, que sus propias manos debían estar en su cintura y en ningún otro lugar, porque la sola idea de que ella se esfumara y se convirtiera en un maldito y cruel sueño…
¿Habría sido menos real si no hubiera sentido sus lágrimas a la par de sus labios? No… no… ¿Era posible que hubiera una niña perdida en ese incendio decidido de mujer?
Antes de ese beso que pareció llenar de color el abismo de esa destartalada habitación… ¿Hubo vida? ¿O todo se redujo desde el comienzo a nacer para encontrarla en sus brazos, en sus labios?
O tal vez… todos nosotros, pensó, nacemos una vez a esta vida. Y volvemos a nacer cuando encontramos el color de la vida misma.
Es increíble que ahora se vea tan tranquila entre las mantas. Aún está vestida. Pero casi diría que está teniendo el mejor sueño de su vida. Echa una mirada al deteriorado reloj que se deja ver en su muñeca. Ya casi es hora. Antes de dejar la habitación, sin embargo, Harry deposita, con algo más de confianza, un beso en su frente. Se queda ahí más de lo necesario. No le importaría que despierte, pero sabe que no lo hará.
De cualquier manera, el cosquilleo de la piel le acompaña hasta el comedor de la taberna, allá donde ya lo espera el anciano profesor, tan sereno como siempre. Cualquier diría incluso que está disfrutando de esa solitaria espera, pese a que la mano ennegrecida y chamuscada que el muchacho consigue ver apenas de refilón, sin duda, habla de un dolor considerable.
–Buenas noches, Harry –saluda el anciano, una vez el chico ha tomado asiento frente a él, dedicándole una sonrisa serena–. ¿Cómo se encuentra la señorita Delacour?
Hará ya un tiempo que el muchacho ha decidido dejar de hacerse preguntas. Sea que las mismas tengan o no una respuesta satisfactoria. Supone que el misterio de cómo el anciano director de la escuela es capaz de estar al tanto de todo haciendo o no uso de espías sigue siendo, en el mejor de los casos, una de esas tantas preguntas que quizá quiera responder, pero el esfuerzo que las mismas habrán de requerir debe ser considerable. En el mejor de los casos.
Así que el muchacho, más allá del inicial desconcierto que le supone una pregunta tan directa, consigue mantener el hilo.
–Muy bien, gracias profesor, ¿y usted?
–Ah, me temo que, por mucho que me gustaría invertir esta agradable noche charlando de lo mucho que me sorprende tu actual situación, no tenemos mucho tiempo que perder, espero no te moleste.
–No se preocupe, imagino que tendrá muchos asuntos.
–Desde luego, desde luego, mas ello no me excusa de mostrar mayor diligencia, ¿cómo te encuentras?
Ahora que la pregunta se deja caer, el muchacho no sabe cómo sentirse. Imagina que no saca nada con mentir. Lo cierto es que, tras esas gafas de media luna, los ojos serían capaces de ver más allá de las endebles barreras que pueda levantar el joven. Y supone que eso podría derivar en la imperiosa necesidad de fortalecer la capacidad que pueda tener de cerrar su mente.
Así y todo, tal vez el anciano director no sea del todo idóneo para preguntar nada considerando el estado de su mano y las lógicas preguntas que la misma debe acarrear. El muchacho incluso se siente en la tentación de plantear un potencial intercambio. Del mismo modo que el director, en su momento, reconoció ver su reflejo en ese particular espejo sosteniendo un par de media… por favor, ¿a quién demonios creía engañar?
Pero el muchacho no tiene ánimos para discutir. Ni siquiera tiene idea de para qué lo puede necesitar tanto, a él en particular y en una noche como aquella. Es más, mucho le sorprende que no haya hecho aún comentario alguno respecto de su solitaria condición. De haber abandonado la supuesta seguridad que debería brindarle la horrenda casa de sus tíos. De hallarse en el punto neurálgico que parece unir lo mágico con lo que no…
Casi se diría que el anciano se muestra inusualmente… ¿Conforme con todo?
–Supongo que… algo mejor –confiesa el muchacho, aún incapaz de mirarlo del todo sin recordar sus propios gritos en el despacho. Su doloroso arrebato de pérdida, rabia… desolación pura…
–Puedo entender que hayan sido días difíciles –tantea el viejo profesor con delicadeza. No. No intenta sonsacarle nada. En verdad… es la primera vez que el chico lo ve así. Temeroso de utilizar las palabras equivocadas.
–Sí… bueno… la parte más difícil es asumir que… él no volverá a escribirme.
Dicho así, suena tan tonto…
Y sin embargo, casi le sorprende el propio ardor de sus ojos. El delgado hilo de voz que escapa de sus labios. Como el niño que alguna vez fue, obligado a confesar cualquier pequeña travesura, en su momento amplificada. Llevada a extremos irracionales. Convertida en poco menos que un crimen que sólo se purgaba con una atroz sentencia.
–Lo creas o no… también lo extraño –confiesa el anciano, desconcertando al joven un poco más si cabe–. Supongo que… a pesar de todo lo ocurrido… él seguía representando mejores años en que… daba la impresión de que, si seguíamos todos juntos, nada ni nadie nos detendría; no me malentiendas, lo sigo creyendo, pero… él siempre destiló una chispa de vitalidad que todos, incluso sin saberlo, vimos y no pudimos agradecer a tiempo, como es debido.
Es una forma diferente de referirse al padrino ausente. Aunque esa imagen no parezca encajar con sus últimos años, ahogado por la sombra de la clandestinidad apenas rota, confinado en la casa que siempre maldijo y odió.
A veces vuelve a esa imagen suya. Quiere reemplazarla. Inventar recuerdos. Qué habría sido de ellos si se hubieran conocido como debía ser. Un padrino joven, vital, ruidoso, alegre… esa carismática figura que alguna vez tuvo que cruzar al continente para hacerse escuchar. Porque se resiste a recordarlo así. En esos años desesperados y sobre todo, por su culpa…
–Si de algo puedo estar seguro, Harry, es que incluso en el último instante, Sirius creyó en ti y… consideró que por eso merecía dar la vida.
Por qué tiene que decirlo… ¿No sabe que eso no aligera la carga de ninguna manera? Peor aún…
Yo cgeo en ti, Hagy.
Si antes era un nudo, ahora la tensión a la altura de su garganta asemeja el traumatismo causado por un puño de piedra. Un golpe que lo deja sin aire, al tiempo que el ardor en sus ojos amenaza con descontrolarse. No quiere que el anciano lo vea perder la poca firmeza que le va quedando.
Porque… es poco… tan poco lo que le va quedando…
¿Y qué pasaría si él no puede…?
–Profesor…
–Dime, Harry.
–Usted… usted lo sabe, ¿no es así? Todo esto… lo sabe.
El anciano se limita a mirarlo. Da la impresión de que el brillo de esos ojos azules se ve amplificado por las gafas y supera con creces la luz que pueda reflejar la larga barba blanca. No abre la boca. No ofrece una respuesta que intenta ser ingeniosa y lleva al punto de partida. Sólo calla. Sólo espera. Lo espera. Y espera, a su vez, que baste con esa respuesta. La misma que el chico entiende y lo insta a continuar.
–Cómo… digo, qué… ¿Qué se hace en este caso? Cómo… ¿Cómo se puede seguir? Yo… yo… no lo sé –parece que se ahoga con su propia lengua. Que la misma lo traiciona. Que las ideas se le escurren entre las grietas de su frágil temple–. Ahora mismo, yo… siento tanto que no sé… no sé cómo debo seguir… cómo puedo impedir que llegue a pasar… es decir, tengo… tengo tanto miedo de… de…
–¿De qué, Harry?
–De perderla.
La confesión resuena en la solitaria estancia. Harry tiene la impresión de que las palabras remecen sus huesos y le arañan la garganta en su frenético camino hacia el exterior. Decirlo no lo alivia. Ahora el temor tiene cuerpo. Una forma imprecisa, pero forma al fin. Aquello que confirma su existencia en paralelo a la suya propia. Al menos ya no lo mata con lentitud por dentro, pero ahora…
Ahora ni siquiera se atreve a mirar al anciano profesor y encontrar el reflejo de su propio semblante derrotado cuando se supone que ese descubrimiento reciente…
No. No. No ha descubierto nada. Sólo ha bendecido el sentir con la forma física que lleva exigiendo desde su génesis. Y ahora mismo se arrepiente. Como lleva arrepintiéndose de tantas, tantísimas cosas ya…
–Harry… ¿Has pensado alguna vez cuántos seres humanos pueblan este planeta?
Es tan extraño escucharlo inquirir algo que parece de una naturaleza tan… tan apartada de lo que es el mundo de ambos y tantos otros, que le resulta difícil decidir cómo debe reaccionar ante semejante cuestionamiento.
–Hay miles, millones de especies clasificadas en diversos géneros, algunas más o menos conocidas y así y todo… de ese infinidad, ese número que tan lejos parece de nuestro alcance… surgimos nosotros, seres tan frágiles en tantos aspectos y al mismo tiempo, conscientes de tantas cosas… incluyendo de nosotros mismos… ¿Te has detenido alguna vez a pensar lo que eso significa?
Cierto que no, quiere decir el chico, abrumado de súbito ante el escenario que le pinta el director de la escuela, acaso desesperado por dejarse llevar por una conjetura que sea capaz de abstraerlo el tiempo necesario para recuperar la entereza.
–Y dirás que de todas las criaturas que pueblan este mundo tan complejo, no somos los únicos a los que se nos bendijo con la capacidad de amar, pero… ¿Te has detenido a pensar cuántas de esas maravillosas criaturas son conscientes de lo que amar significa?
El muchacho quiere responder algo. Cualquier cosa. Algo que lo rescate. Que lo ayude a emerger. Que no suponga una aterradora dificultad…
–¿Cómo podría, Harry, algo tan sorprendente encerrar un peligro? Puedes poner la inteligencia, la libertad en la cima de una pirámide como las cualidades que nos distinguen verdaderamente de las demás criaturas, pero… ¿Qué sería de ellas si no existieran al servicio del amor? –Tras las gafas, los ojos del profesor parecen sonreír a la par de su semblante todo–. De todas las decisiones que has tomado hasta ahora, Harry, amar tal vez sea la más maravillosa de ellas.
–Pero… yo…
–Y es normal que tengas miedo, que te sientas abrumado… que ante algo así, no sepas exactamente qué hacer y es ahí donde el amor demuestra su extraordinaria naturaleza, en el hecho de que no debes encontrar la respuesta en soledad –ahora la sonrisa del anciano es abierta y franca–. Te aseguro que ella debe estar tanto o más asustada que tú por el hecho de quizá creer que puede arruinarlo todo, pero no se detiene porque sabe que pelea por algo… por alguien que vale absolutamente la pena.
Es inevitable. Las palabras de Dumbledore lo azoran. No sabe hacia dónde mirar y por un momento, podría jurar que el director sonríe casi divertido ante su actitud.
–No eres más valiente por apartarte de todos ni más cobarde por decidir amar, Harry, porque el día de mañana te pueden faltar fuerzas, a todos nos faltan llegado un punto, pero si te aferras a lo más grande que tienes… no tienes cómo fallar –de pronto, el anciano se halla de pie a su lado y deja reposar la arrugada mano sana que le queda en el hombro del atribulado joven–. Ni el más cobarde se resiste a su influencia transformadora.
Sí. Aún tiene miedo. Pero ahora tiene más sentido. Incluso cree que puede levantarse. Ponerse de pie y permanecer así un lapso prolongado. No. No está bien. No del todo, al menos. Pero está mejor. Al menos ahora puede ver su pérdida con otros ojos. Al menos ahora… puede dejar de temer en parte por lo que tiene y valorar en plenitud su magnitud.
Tal vez le tome lo suyo, pero… las circunstancias apremian y es tan difícil sobreponerse a ellas…
–Profesor…
–¿Si, Harry?
–La profecía, yo… no se lo he dicho a Fleur aún…
–Todo tiene su momento, Harry, no está en tu mano forzar las cosas, sabrás cuando llegue la ocasión, por no decir que es una noticia que aún debes asimilar correctamente.
–Pero… ¿Cree que debo decírselo?
–Si no podemos confiar en quienes amamos, ¿qué sentido tendría amar? –En verdad Harry desea que el anciano deje de emplear esas palabras o la vergüenza no le permitirá mirarlo a los ojos más de unos segundos–. Ahora vamos, muchacho, la noche aún es joven.
–¿Adónde iremos, señor?
–Primero iremos a visitar a un viejo amigo y después podremos charlar un poco más en profundidad de ciertas decisiones que he tomado respecto de tu formación.
–¿Disculpe?
–Luego, Harry, primero lo primero y por cierto, espero que hayas dejado una nota a la señorita Delacour con las debidas explicaciones; no dudo que estaremos de regreso antes del amanecer, pero por delante tenemos muchas horas y ciertamente no puedo garantizar que regreses antes de que ella despierte.
