Blight:
En su mayor parte me desconecto del resto de las entrevistas. Estoy sentado en mi silla, sin expresión alguna, entumecido, mientras Qin Li habla animada con Caesar Flickerman. El último obstáculo entre los Juegos del Hambre y yo se ha ido. Mañana en la mañana no estaré usando un disfraz con brillantes símbolos y brazaletes de plata. Estaré en la arena. Enfrentando a estas hermosas y letales chicas, fuertes y desesperados chicos en una batalla a muerte. No se había sentido tan real como ahora. Me encuentro apretando los puños, deseando que la moneda de Jason me reconforte, pero se la he dado a Madame Lucia esta mañana para que la mande aprobar antes de los Juegos.
Las entrevistas pasan en un destello borroso. Salgo de mi ensimismamiento cuando Devon toma el escenario. Tengo que suprimir una carcajada porque Caesar Flickerman a penas puede decir algo. Devon comienza a hablar sin parar con ése acento peculiar del Distrito 10, actuando como el gran tonto que es, explicando cómo los Juegos no serán diferentes de arrear el ganado salvaje en casa. Se las arregla para agregar unas palabras para su chica, le dice que volverá a ella y unos sorbidos y suspiros se escuchan en la audiencia. Me habría gustado hacer lo mismo por Jason, hacerle saber que el niño enojado del Palacio de Justicia estaba equivocado. Decirle que lucharé por él. Pero no lo hice y ahora es demasiado tarde. Quizá es mejor así. Podré decirle cuando vuelva a casa.
La última entrevista por fin termina, el tributo del doce visiblemente tembloroso durante todo el asunto. El himno de Panem comienza a sonar. Todos nos levantamos y nos paramos lo más derechos que podemos, respetuosamente. Puedo ver al presidente Snow en su balcón privado, una sonrisa satisfecha en su cara al mirar a toda la gente por debajo de él. Escondo el sentimiento de repulsión de mi cara e intento encontrar a mi madre tras él. No tengo suerte. O está fuera de mi vista, tapada por concubinas más queridas o simplemente no vino.
Los tributos salimos del escenario seguidos se un estruendoso aplauso, tomo la mano de Charlie, guiándola a los choches que nos esperan. Viajamos sin hablar, su cabeza en mi hombro y mis manos en su cabello. Nuestros últimos momentos de paz. Nuestros últimos momentos de amistad. Alcanzamos el Centro de Entrenamiento y tomamos el elevador. Las puertas no alcanzan a cerrarse antes de que Devon y su pequeña compañera de distrito entren. Devon me sonríe.
—¡Colega, estuviste asombroso! Tu así de "si, soy asombroso" y Caesar como de "si, eres bastante asombroso" y después tú de "espera a ver mis habilidades en los Juegos" y luego de "soy un elfo y todos pueden metérselo por donde les quepa si les causa problemas", y luego todos hicieron "¡wooooooooo Blight!"
Me río a pesar de mi mismo mientras Devon continúa. Charlie se ríe y cuando acaba, mira a su compañera de distrito.
—¡Lo has hecho muy bien también Clare!
Clare le dedica una sonrisa lacrimosa que nos indica que intenta no llorar. Devon voltea hacia otro lado incómodo. Encuentro su mirada y le pregunto con los labios "¿aliada?" Él niega con la cabeza y rehuye mis ojos. Entiendo lo que dice. Intentar cuidar de una niña de trece años en medio de los Juegos del Hambre es un suicidio, y a pesar de su amable corazón, sé que Devon hará lo que sea para regresar a casa. Incluyendo abandonar a su compañera a su suerte, así como yo abandonaré a Charlie.
Alcanzamos el piso siete. Devon me estrecha la mano.
—Te veo en la Cornucopia mañana —Dice. Después mira a Charlie y toma su mano —¿Me permite?
Ella sólo tiene tiempo de lucir confundida antes de que él le de un tierno beso en los labios. Ambos se sonrojan furiosamente.
—Eres... muy parecida a ella. Tanto que yo quería recordar...
Las puertas se cierran y los dedos de Charlie siguen el contorno de sus labios. Pero no tenemos tiempo para esto. La tomo de la otra mano y la miro directo a los ojos.
—Mañana y los días que sigan..
—Si se reduce a nosotros dos y parece que puedas ganarme...
—Te mataré —Digo —Y si se reduce a ambos y parece que puedas ganarme...
—Yo te mataré —susurra. Y es todo el tiempo que tenemos antes de que la puerta del recibidor se abra y una ola de gente salga por ella.
A Charlie la engulfe rápidamente su equipo de estilistas. No tengo tiempo de pensar en nada antes de que Poppaea salte sobre mí y me comience a hablarme muy rápido.
—¡Cariño lo has hecho, ah súper bien!
Romulo y Remo me dan besos en ambas mejillas, repiten la acción cada uno en la otra y cuando están a punto de hacerlo de nuevo Madame Lucia los aleja de mí moviendo su abanico enojada.
—Madame Lucia está orgullosa de ti, mi niño —Dice, tomando mi cara con sus manos. Dejo que me abrace, y sólo se separa para dar paso a que Tutti Marble bese mi cabeza y me agradezca por ser el tributo más emocionante que ha tenido en años. Finalmente Vera se hace oír y grita que es hora de discutir estrategias de último minuto. El piso se vacía con rapidez, le doy a la mano de Charlie un último apretón amistoso y le digo que la veré mañana antes de que Vera se la lleve a su cuarto, dejándome sólo con Eamon.
Está ebrio. Considerablemente. Aún se ve fuerte y guapo, pero tengo la sensación de que si me ataca otra vez, podré resistirme esta vez. En lugar de eso me mira como una manada de lobos a un alce, pensando si vale la pena el riesgo. No digo nada. No hay nada que decir. Se me ocurre que si vuelvo a ver a este hombre aluna vez, será porque seré un campeón. El pensamiento es reconfortante de cualquier manera.
—Ve a dormir Blight. Tienes un gran día mañana.
—Tu también. Disfruta el show.
—Lo haré. Muere bien.
—Lo haré.
—Antes de irte, hay un último protocolo que debemos seguir —Me guía hacia el final de la mesa del comedor, donde una pieza de papel en blanco y una pluma me esperan. Lo miro confuso —A los tributos se les permite escribir una carta a casa a un ser querido antes de ir a la arena. Cuando mueras la mandarán al Distrito.
—¿De verdad? ¿Cómo es que nunca he escuchado de ésto?
—No muchos lo saben. El Capitolio usa las cartas para saber a quién entrevistar en caso de que llegues a los últimos ocho. Como sea, buenas noches Blight. Felices Juegos del Hambre. —Hace una pequeña reverencia con las palmas levantadas. Es un gesto en nuestro distrito para demostrar respeto, un saludo a un igual o superior. No estoy seguro si lo hace como burla o no, pero no importa mucho. Eamon toma este momento para salir del comedor y dejar mi vida para siempre.
Quince minutos pasan y aún veo la hoja blanca de papel. No tengo idea de qué escribir, o a quién dedicarle mi último adiós. Sé que no puedo escribirle a mi madre, ya que un Avox recibiendo una carta de un tributo sólo puede hacerle daño. Lo que me deja con una persona pero, ¿qué puedo decir?
Pasan otros quince minutos. Y otros más. He estado sentado casi una hora, sabiendo que debo ir a la cama. Finalmente escribo la carta y voy a dormir. Me tumbo en la cama y a pesar de estar seguro de que no podré dormir esta noche, lo hago casi de inmediato. Mis últimos pensamientos en el pedazo de papel y su corto mensaje.
Querido Jason,
No es verdad que crea que eres un bastardo.
Blight
Estoy corriendo a través del pantano, me atraganto con el aire que respiro e intento amilanar el dolor de mi costado apretando con la mano. He estado en la arena casi tres semanas, respirando el aire caliente y lodoso cada segundo de mi estadía en este infierno. Mis piernas sangran por el ataque del que a penas he escapado, intento no recordar a los lagartos mutantes rasgando la piel y el músculo de ellas.
Tomo un pequeño descanso, intentando calmar mi pulso. Y es cuando lo veo. El del Distroto Dos. Brutus. Con el hacha. Intento gritar pero el sonido no sale. Levanto mi brazo en un intento futil de protegerme, pero mis palmas son cortadas limpiamente por el hacha, que se abre paso a mi cabeza...
Despierto cubierto en sudor, luchando contra las sábanas, intentando recordarme a mí mismo que soy Blight Gavin, no el niño del Distrito Cindo al que Brutus evisceró hace unos años. No tiene caso intentar dormir, pero debo hacerlo. No sé todas las cosas que podrían salir mal en la arena si llego exhausto.
Pero las pesadillas no dejan de llegar. A veces peleo contra Cora en el horrendo parque, intentado esquivar sus cuchillos. O estoy en el Vasallaje de los Venticinco hace dos años, siendo devorado por ardillas come carne mientras Haymitch me mira. Una y otra vez.
Decido caminar un poco, alejar las pesadillas. Salgo de mi cuarto y me dirijo a la cocina cuando escucho el llanto. Intento salir de la sala con cuidado, no queriendo perturbar más a Charlie. Pero me doy cuenta que no puede ser ella. He oído llorar a Charlie antes y no lo hace así, tan alto. Tan afectado. Tan devastado.
La curiosidad me gana y doy un rodeo para llegar del otro lado. La pantalla muestra la entrevista de Charlie. Se la ve hermosa, besando la mejilla de Caesar y yendo a su lugar. De pronto se para y se regresa al inicio de su entrevista. Y ahí sentada, viéndolo todo desde el gran sofá blanco está Vera.
Doy dos pasos hacia atrás, queriendo salir rápido, Vera parece sentirme y se voltea. Sus ojos violetas están rojos e hinchados. Un enorme vaso de licor está lleno en su mano.
—Oh Blight —Dice —, lo lamento, no quería despertarte.
—Ya estaba despierto —Comento y me siento a su lado. Veo a Charlie en la pantalla —Es hermosa, tiene mucho apoyo. Es probable que lleves un tributo a casa este año Vera.
—No, Blight. Regresaré al Distrito sola —Solloza. La miro con estupefacción. Sabía que Eamon no haría ningún esfuerzo por mí, pero Vera siempre pareció tan concentrada en Charlie. Desde el fondo de su corazón. No puedo creer que esté matando a su tributo antes de que los Juegos comiencen.
Vera parece sentir mi animosidad porque limpia su nariz en un pañuelo de seda y se explica.
—He visto muchos Juegos Blight. Muchos tributos. Después de hacer ésto por treinta años, digamos que tengo una idea de quienes tienen posibilidades y quienes no. Charlie es adorable. Realmente bella. Pero no es una asesina, y nunca lo será. Quizás dure un rato, incluso hasta los últimos ocho. Pero cuando llegue el momento en que no debe dudarlo y tomar una vida, sé que dudará. Y le costará todo.
Veo la pantalla una vez más y entiendo por qué Vera está viendo esto una y otra vez. Para recordad a Charlie como era, una hermosa y adorable niña. No un tributo muerto más en la arena.
Siento la mano de Vera en la mía.
—Pero tú Blight. Tú tienes una oportunidad de verdad. Eres valiente, has conocido el lado duro de la vida. Sabes lo que es protegerte a cualquier costo. Y lo que hiciste hoy en las entrevistas fue un golpe maestro. —La miro confundido. No intentaba ser estratégico, sólo hacía lo que Devon dijo: ser yo mismo en el poco tiempo que me quedaba. Pero Vera continúa —Hay mucha gente como tú en el Capitolio. Elfos, por decirles de una manera. Estilistas, vigilantes, políticos, extremadamente ricos. Te ven como una mascota, su representante en los Juegos. Y querrán protegerte.
Sólo quiero ir a la cama. Porque las palabras de Vera tienen sentido, y lo último que quiero es darme más esperanzas de las que necesito. Me levanto y creo que ella lo entiende porque le da un apretón a mi mano antes de que me valla. Regreso a mi cuarto y dejo que el cansancio me tome.
Estoy esperando a que las pesadillas vuelvan en cualquier momento, sin embargo, cuando abro los ojos el sol se cuela por las ventanas y un Avox toca a mi puerta. Millones de pensamientos cruzan por mi cabeza al darme cuenta que es el día de los Juegos, pero los alejo de mí. Pensar en Madame Lucia, Jason o mi madre sólo serán una distracción. Entraré a esto completamente concentrado. Viviré para ver el atardecer y después me concentraré en ver el amanecer.
Después de una pequeña ducha, salgo de mi cuarto por última vez. Me han llevado al techo donde me espera Madame Lucia. Vera y Eamon ya están en el Centro de Control donde pasarán el resto de los Juegos hasta que su tributo muera. Gloudus no está, así que creo que Charlie ya se ha ido. No hablamos. Un aerodeslizador aparece de pronto. Baja una escalera y al momento de tocarla una corriente me mantiene en mi lugar, impidiendo que me caiga. Veo hacia abajo al Capitolio y miro a Madame Lucia en su propia escalera, pareciera que hace esto todo el tiempo por el estilo que tiene. Reprimo una sonrisa.
El desayuno está esperándome al interior del aerodeslizador y las ventanas han sido cubiertas para que no sepa a dónde vamos. No creo poder comer nada, pero Madame Lucia me dedica una fiera mirada que no cesa hasta que he comido lo que ella considera una buena cantidad. Tiene razón, debo preparar mi cuerpo con toda la nutrición e hidrogenación posible. Aún así, la comida parece lodo.
Un dolor penetrante en el brazo me toma por sorpresa. Quiero zafarme y gritarles que aún no estoy en la arena, aún no pueden hacerme daño, pero sólo es un médico del Capitolio insertando el rastreador para que no me pierdan. Estoy sobando el área cuando noto que el aerodeslizador se ha detenido. Estamos en la arena.
Soy bajado a las catacumbas bajo la arena. El Corral, como le llaman en el distrito. Donde los condenados esperan sus muertes. La metáfora debe ser especialmente apropiada para Devon y el resto del Diez. Es sólo un cuarto de cemento con una mesa en una esquina con más comida. En la otra está el plato de metal en el que me subirán.
Me las arreglo para tomar dos vasos de agua y una pasta que parece carne mientras Madame Lucia desaparece un momento. Regresa con un paquete con la ropa que usaré. Mientras me ayuda a ponérmela me doy cuenta que se parece a lo que usé ayer en las entrevistas. Pantalones negros de algún material sintético. Playera negra. Chaqueta de cuero negra. Guantes sin dedos y botas negras de combate.
Hago una pausa al terminar de atar los cordones, siento que algo falta. Madame Lucia saca un paquete más pequeño, lo abre y dentro hay una banda de cuero con una hebilla. En el centro esta la moneda con el tallado de un caballo. Mi pedazo de casa. La moneda para recordar a Jason, los detalles en plata para recordar a Madame Lucia, las hojas grabadas en el cuero para recordarme al Distrito Siete. Es una obra de arte. No encuentro palabras para agradecerle a Madame Lucia, pero ella lo sabe exactamente.
—Para que recuerdes por qué estás aquí. —Dice al ponerlo al rededor de mi cintura. Se voltea y saca otro objeto de los bolsillos invisibles de su túnica y pinta con delicadeza mi mejilla. Me muestra mi reflejo en un espejo, tengo un pequeño símbolo en ella. —Para que recuerdes quién eres.
Una voz femenina anuncia que es tiempo de subir a la plataforma. Lucia camina conmigo hacia ella y toma mi mano. Antes de que el tubo de plástico descienda por completo me da un beso en la frente.
—Que los dioses te bendigan mi precioso elfo.
Y el tubo me engulfe y la plataforma se eleva.
Estoy bajo tierra. El mundo lejos. Esperando a que empiece.
Estoy en los establos, sólo los caballos y yo. Sólo y feliz.
Estoy corriendo en el bosque con Jonel y Abel, en tiempos felices, cuando no era un sucio elfo y mi familia estaba completa.
Estoy en lo alto de un árbol en el Distrito Siete, donde pertenezco.
Ya no hay tiempo. El sol me ciega por segundos.
La luz se refleja en la dorada Cornucopia. El sonido de suaves olas llega distante. Los tributos están en un semicírculo. Plautia está a mi lado derecho. Boca abierta y ojos desmesurados.
Observo la arena por primera vez. Al instante comprendo que no es un sueño. O una historia. Sé dónde estoy. Y por un momento, soy un niño pequeño en una cabaña del Siete, escuchando a mamá contarme cuentos antes de dormir.
«Mamá ¿Las ciudades gigantes son reales? ¿Existen de verdad?»
«Es real si tú lo crees cariño»
Oh Jason. Estoy en el infierno.
