Jason:
El sol se asoma en el horizonte. El Distrito Siete cobra vida lentamente mientras los sinsajos comienzan a cantar y unos cuantos niños comienzan a salir de sus casas con sigilo, tomando ventaja de que sus padres se quedaran dormidos. No hay trabajo hoy y nadie irá al bosque ya que los Juegos comienzan a las once y se extenderán hasta el atardecer. La gente sensata toma ésta oportunidad para dormir mientras puedan. Yo estoy tendido en mi catre mirando al techo como lo he hecho por cuatro horas. Es hoy.
Blight está de camino a la arena. En unas horas iniciarán los Juegos del Hambre, podría estar muerto en minutos. Recuerdo a los dos tributos de nuestro distrito del año anterior. Un año con terrible mala suerte en donde dos niños de doce años de la casa comunitaria fueron elegidos, ellos toman más tesela que el resto del distrito combinado. Los Profesionales fueron particularmente brutales, probablemente para borrar la vergüenza de haber perdido el Vasallaje contra el Doce. El chico corrió veinte yardas fuera de su plataforma antes de que un Profesional lo cortara a la mitad. La chica corrió cinco.
Cuando lo recuerdo ahora, ambos tienen la cara de Blight.
Me levanto con el sol, seguro de que no podré descansar un minuto más. Me visto y lavo en silencio, intentando no despertar a mamá. Ella insiste en que yo tenga el catre ya que soy el que trabaja más duro, casi siempre se queda dormida en el pequeño y raído sofá frente a la televisión, con su bordado en las piernas. En unas horas llegarán sus amigas a ver los Juegos.
Dejo la casa y ando sin rumbo por las calles del pueblo. La poca gente que camina por la calle me ignora, igual que los agentes de paz y lo agradezco, no estoy de humor para hablar con nadie. Temo que lleguen las once, temo que llegue el momento en que debo sentarme en la taberna y comenzar a vivir una pesadilla perpetua. No sólo es la vida de Blight en juego. Si falla, todo el distrito podría volverse cenizas. Un ejemplo para los demás, por ésas estúpidas apuestas. Sabemos que el Capitolio es capaz de ello, hemos visto lo que le pasó al Trece.
No estoy del todo sorprendido al darme cuenta que he terminado mi andar en el establo. Es el lugar en que la presencia de Blight se siente con más fuerza, el lugar que era sólo suyo. Las puertas están desatrancadas, así que entro sin más. Los caballos están despiertos, los sementales que los agentes usan me miran con desprecio, como ofendidos por mi intrusión. Los caballos de carga alzan las cabezas curiosos, pero pronto pierden interés y continúan comiendo de su paja. Voy a la pared y tomo un cepillo, encuentro el garañón al que atendí la última vez, cuando hablé con Blight antes de que fuera cosechado. Intento recordar ése momento, cómo se reía y bromeaba bajo el sol, casi como si fuéramos amigos. Buenos amigos. Mi cepillo se para de pronto y el caballo voltea a verme.
—Apuesto a que lo extrañas ¿no es así amigo? —le susurro a la bestia. Me dedica un suave relincho, como de apoyo—También lo extraño.
Un semental relincha fuerte, agitado.
—Si, iré contigo después. —Él patea el suelo y mueve su cabeza. Voy a ver cuál es su problema cuando me doy cuenta de que una cabeza castaña clara se esconde tras la puerta. Espero un momento, y veo dos ojos cafés asomándose rápidamente.
—No tiene caso esconderse, ya te he visto —digo, intentando sonar severo—. Sal ahora mismo. No es seguro estar en un corral con un caballo encabritado.
La cabeza aparece de nuevo, seguida de un chico no mayor a trece años. Lo sigue una niña pequeña y cinco o seis otros muchachos y muchachas, todos mirando al suelo.
—¿Estamos en problemas?
—Bueno, eso depende. ¿Están haciendo algo malo? —reconozco al primer chico, el que parece mayor, pero no recuerdo su nombre— ¿Cuál es tu nombre niño?
—Merrill Mason —dice. Y es cuando me doy cuenta que es el niño que había sido cosechado antes de que Blight se ofreciera.
—¿Qué estás haciendo aquí Merill Mason?
—Estamos cuidando a los caballos hasta que Blight regrese—dice desafiante, con la barbilla levantada—, y puedes decir lo que quieras como el resto del distrito, pero Blight volverá y cuando lo haga todos ustedes se arrepentirán de haberse reído de él tu... tu... ¡Leñabobo!
Suspiro y vuelvo a mi caballo. Tomo el cepillo y continúo acicálandolo.
—Bueno, entonces deberían comenzar a trabajar si queremos acabar antes de la vista obligatoria. —los niños me miran sin poder creerlo.
—Así que... ¿no estamos en problemas?
—Blight es mi amigo también —le digo mirándole a los ojos.
Con la ayuda de los niños, quienes de hecho hacen casi todo el trabajo, cepillamos al resto de los caballos. Es muy relajante, estar ahí con los animales, concentrarse en el trabajo. Terminamos y ponemos las herramientas en su lugar justo cuando el reloj del Palacio de Justicia marca las diez.
—Será mejor que vayan a casa —les digo, y salen corriendo. Merrill se toma un momento para despedirse de los caballos. Veo que aún lleva a su pequeña hermana de la mano, Johanna, que es aún muy joven para ayudar. Está afuera jugueteando con una hacha de leña en las manos, intentando clavarla en un árbol. Me acerco a ella y me pongo a su altura.
—Hola corazón. Ése es un juguete peligroso para una pequeña niña. ¿Por qué no vas a ver lo que hace tu hermano?
Me mira con sus enormes e inocentes ojos.
—Vete al cuerno leñabobo.
Puedo leer entre líneas, así que me alejo de ella. Ya en casa, me lavo un poco para quitarme el olor a caballo y me pongo una camisa limpia. Me despido de mi madre que ya está hablando animada con sus amigas.
La taberna está a rebosar. Incluso más que en las entrevistas o el desfile. A pesar de mi mismo, miro hacia la mesa principal donde el padre de Blight, Abel, Jonel, Connell, Tobin, Ram, Ercole y los demás están sentados. Hablan entre ellos, vigorosos, expectantes, felices miran la pantalla que aún no está encendida. Jono se mueve entre las mesas, hablando de probabilidades y tomando las apuestas de último minuto. Siento una mano en mi hombro: es Mack. Me lleva firmemente hacia la mesa más grande al final de la taberna, pero aún cerca de las pantallas para no perdernos nada. Casi toda la mesa está ocupada. Mack y su esposa Evelyn, el jefe Core, el patrón de la oficina de licencias para cazar, Reuben el jefe de los equipos de leñadores y una mujer llamada Greta que tenía la reputación de vender su cuerpo a los agentes por un par de sesterces. Es un grupo extraño y la foma en que están todos reunidos aquí se ve un poco... clandestina.
Me siento entre Mack y Greta, quien para mi sorpresa toma dos sillas más de la mesa contigua y las pone entre nosotros. Estoy por preguntar para quiénes son cuando dos figuras se sientan y una de ellas me abraza con fuerza.
—Oh Jason, venimos en cuanto pudimos.
Me quedo viendo a mi hermana y a su esposo con abierta incredulidad
—¡Lees! ¡Camden! ¿Qué hacen aquí?
—Estamos aquí por ti Jason. Necesitas a tu familia contigo, es decir, primero Cameron y ahora...
—Espera —la miro confuso—, tu... ¿tu sabes?
—Te he conocido por años hermanito. Y Mack nos habló de Blight, no nos dijo todo, pero lo suficiente para que lo averiguara. Camden y yo decidimos que necesitarías todo el apoyo que pudieras encontrar. Vamos a salir de ésto hermano —primero se ríe y después baja la voz—. También venimos para ayudar con la evacuación, si las cosas no van...
—Aquí no —la corta Greta. Y en voz más alta anuncia que ya empieza.
Las pantallas se prenden y en segundos Antonius y Antonia ya están hablando rápidamente. Todos los ojos se concentran en ellos, la conversación cesa y Lees toma mi mano y me aprieta. Mack pone su mano en mi hombro y me susurra al oído: —Ten coraje hijo —lo miro para agradecerle, pero rápidamente vuelvo la cara cuando noto sus ojos cristalinos de lágrimas.
Una enorme audiencia es mostrada en el Capitolio, reunida en el centro de la ciudad.
—Señoras y señores, Capitolio y distritos. ¿Están listos para empezar los Quincuagésimo segundos Juegos del Hambre? —un rugido emerge de la multitud.
—Primero, demos un vistazo a las apuestas de éste año —grita Antonia. Las pantallas muestran las caras de los tributos y las probabilidades en su contra o a su favor. Las mejores están con los Profesionales, en especial Link. Charlie Blight y Devon están un poco por debajo. Las demás van en picada, terminando con el Distrito Doce.
—Los del Doce nunca tienen oportunidad —dice Greta, más que nada para sí misma.
—Tienen una gran desventaja. La mitad del Doce se muere de hambre en las calles —le dice Lees en voz baja. Greta la mira con curiosidad—. Jason y yo tenemos familiares ahí.
Vagamente me acuerdo que los tenemos, primos segundos. Creo que tienen una panadería.
—Y ahora, prepárense para el primer vistazo a la Arena de éstos Juegos —la multitud enloquece anticipando lo que los Vigilantes tienen preparado para éste año—. ¡Señoras y señores, les presentamos... La ciudad de los gigantes!
Los gritos de la audiencia se pierden entre los gemidos en la taberna. La ciudad de los gigantes es una leyenda, o eso se suponía. Una historia para antes de dormir. Hay personas que creen que las ciudades de los antiguos americanos aún existen pero nadie los toma en serio. Hasta ahora.
Antonia y Antonius nos llevan por una visita virtual a la arena. Tiene tres principales componentes. Primero está el enorme lago de agua dulce que se extiende más allá de la vista. La ciudad está en la orilla del agua. Es una intrincada red de metal retorcido y enormes pilas de escombro que años de erosión y descuido han vuelto un bizarro espectáculo de pasto y cemento. Algunos edificios conservan las paredes, como frágiles centinelas de los fantasmas americanos. En tres puntos hay torres gigantes que se elevan metros y metros sobre el suelo. Tan altas como montañas. Dos de ellas son negras y rectangulares, la de en medio es plateada y cilíndrica. Al rededor no hay más que ruinas de la enorme ciudad. Se puede ver que aquél laberinto de piedra y metal está lleno de trampas y mutantes de los vigilantes.
Si los tributos quieren escapar de la ciudad, terminan en un enorme terreno al noroeste. Los suburbios no son nada más que un par de paredes y pequeños montículos. El pastizal se extiende por kilómetros y uno que otro árbol seco se puede ver. Cualquiera que escapara de la ciudad por aquí se encontraría sin protección, sin agua y con muy poca comida.
Se han lucido éste año. No podría imaginar un lugar más maldito yo mismo.
—Creo que los tributos están listos —anuncia Antonia.
La cámara panea sobre la ciudad para que tengamos una buena vista de la península. Algo parece extraño en ella, demasiado artificial, y entonces me doy cuenta que no es una península, es un muelle. No hay ningún edificio a parte de un artilugio masivo. Es una rueda de metal con pequeñas cabañas atadas en ella a intervalos. Está moviéndose en un círculo lentamente. No puedo imaginar para qué es, y lo dejo de lado, puesto que la dorada Cornucopia se alza junto al lago. Está llena a tope de agua, comida, refugio, medicinas y armas. Los tributos no tendrán la opción de correr. Los han puesto en un semicírculo entre el lago y la Cornucopia. A menos que elijan saltar al lago, tendrán que correr hacia ella, pasar la rueda, salir del muelle y entrar en la ciudad de los gigantes.
El himno comienza a sonar. Los tributos se alzan desde debajo de la tierra. Busco desesperado a Blight pero sólo veo lo que la cámara quiere enseñarnos. Tienen sesenta segundos de espera antes de que suene el gong. Si corren antes, los volarán en pedazos. La cámara muestra a los tributos uno por uno. Link, Quintus, Caraway, ¡Charlie!, se la ve muy compuesta y determinada. Chip, Kira, ¡Ahí, ahí está Blight!
Tiene la mandíbula apretada, los puños cerrados con fuerza. A pesar de todo mi terror, no puedo dejar de pensar que está más guapo que nunca. Y entonces veo la moneda de madera en su cinturón.
—¿Esa es...? ¡Mi moneda! ¿Cómo...? —volteo a ver a Mack— ¡Fuiste tú! Aquella noche, se la hiciste llegar. ¿Cómo?
Mack no dice nada, sólo me guiña el ojo. Antonius comienza la cuenta atrás desde cinco. El gong suena. los Juegos han comenzado.
¡Es tan rápido! Blight sale disparado de su plataforma, directo hacia la Cornucopia. La taberna grita cosas que no logran distinguirse y estoy entre ellos, gritando: —¡VE, CORRE, VE!—la cámara cambia de tributo y suelto un bramido de frustración.
Quintus, el profesional masivo del Distrito Dos intercepta a la niña del Tres a media carrera. Está cargando la lanza que encontró cerca de su plato peo no la usa. La levanta del cuello, la lleva a la orilla del lago y la sostiene bajo el agua. La cámara sólo muestra el momento en que sus gritos son ahogados por el líquido, pero todos sabemos que no volverá a salir.
¿Dónde está Blight? Las peleas se han esparcido al rededor de la Cornucopia. La arena se llena de gritos. Una toma aérea muestra a dos docenas de chicos batallando por sus vidas. Y entonces la cámara cambia de nuevo, ansiosa de capturar la acción más emocionante. Y entonces lo veo. Justo sobre la Cornucopia.
¡Está sobre ella! ¿Cómo llegó ahí tan rápido? Encuentro la respuesta en su mano, donde lleva un palo de madera firmemente agarrado y lo puedo imaginar todo. Sus ojos peinan el campo, buscando algo desesperadamente.
La chica del Cuatro se ha hecho de algunos cuchillos. Blight ni siquiera mira en su dirección al desviar el primero con su palo, parece que tan sólo lo ha escuchado. El segundo cuchillo vuelve a impactar muy lejos de su objetivo. Tara chilla de frustración y arroja dos más, uno tras otro. Blight esquiva el primero agachándose y el segundo se clava en su palo, a centímetros de su cara.
Mack está de pie, derramando su cerveza y gritando: —¡Ese es mi chico! ¡Ese es mi chico! ¡DISTRITO SIETE!
Tara se da cuenta que está perdiendo armas y se está exponiendo a un ataque por detrás. Se da la vuelta y comienza a buscar a sus aliados. Blight al fin encuentra lo que estaba buscando y da una voltereta hacia atrás, cayendo limpiamente sobre la pila de armas unos metros más abajo. Toma un hacha mandoble y se la avienta al chico del Distrito Diez, que le agradece a gritos y le da la espalda. La estrategia es evidente. Diez es libre de usar el hacha para ahuyentar a cualquiera que se les acerque, mientras Blight toma todo lo que pueda del corazón de la Cornucopia sin tener que cuidarse demasiado. Es un buen plan. Tara y Quintus se han encontrado pero se la piensan dos veces antes de atacar a éstos dos tributos con altos puntajes sin el resto de la alianza. Les gritan a sus compañeros que se junten, pero poco puede oírse.
Charlie ha logrado alejarse de la Cornucopia con una pequeña bolsa.
—¡Bobbi! ¡Qin Li! —grita.
Otro grito le contesta. Qin Li ha caído, su brazo lleno de sangre. Alabaster está avanzando hacia ella con una espada. Está a punto de clavarla cuando Charlie le lanza su única arma, una roca. Ésta le alcanza el hombro y le da a Qin Li el tiempo suficiente para rodar hacia un lado. Alabaster gruñe furiosa y se lanza hacia Charlie que parece petrificada de terror. Alabaster está a punto de alcanzarla cuando es tirada al suelo por el compañero de distrito de Qin Li. Alabaster se lo quita de encima, lo patea y le atraviesa el estómago con la espada, riéndose de sus gritos borboteantes se voltea a enfrentar a sus otras víctimas pero Charlie, Qin Li y Bobbi ya se han ido corriendo, llegan a la rueda de metal y escapan de la carnicería.
—¡Es hora de irnos Blight! —grita Distrito Diez, tiene razón. Alabaster corre a reunirse con sus compañeros, así que pronto los sobrepasarán en número. Blight baja de la pila de suministros con cinco paquetes en sus manos. Los baja un poco, parece que le pesan demasiado, pero los carga lejos de la Cornucopia bajo la protección del hacha del Diez. Una vez que han puesto un buen tramo entre ellos y los profesionales, Distrito Diez toma dos mochilas y salen corriendo.
Link los está esperando. Corre de la nada, espada en mano, esperando a Blight que corre hacia él sin saberlo. Grito con todas mis fuerzas para que voltee, el ruido de la taberna se incrementa y entonces la espada da un golpe y Blight se dobla hacia atrás, su espalda en un ángulo que hace que la mía grite de dolor de sólo verlo. La espada pasa sobre él y Blight escapa de la muerte por un pelo. Un momento después ya se ha enderezado y Link ha caído hacia abajo por la fuerza de su propio golpe. Se voltea para atacar pero a penas tiene tiempo de agacharse ya que Blight le ha lanzado el cuchillo que tenía clavado el su palo. Link grita de dolor, ya que le ha dado en el brazo, pero Blight y Distrito Diez ya están muy lejos.
—¡Sucio elfo! —grita.
Me aplasto en mi silla con un suspiro. Blight está vivo. Sigue vivo. Sobrevivió al Baño de sangre. Y Charlie también. Un mirada rápida a la taberna me indica que todos están tan sorprendidos como yo.
Miro a la gente en mi mesa. Evelyn ha enterrado su cabeza en el pecho de Mack. La cara del jefe Core es dura y sin expresión. Greta llora sin miramientos y sé que probablemente he roto la mano de mi hermana de tanto apretarla, pero no me ha soltado ni un momento.
La alianza de profesionales se ha reunido y han escogido sus armas. Forman una línea, bloqueando el escape de cualquier tributo que quede. Los dos tributos del Doce corren juntos, llorando lejos de la Cornucopia. Alabaster clava una lanza en la niña. Un segundo después Link decapita al niño.
Entonces toman un minuto para descansar y escanear el área, para ver si alguien queda vivo. Romani y Tara cargan a una pequeña niña del Distrito diez. Clare me parece, trece años.
—Encontré a ésta en el cuerno —dice Romani—. Pensé que podríamos divertirnos un poco. Link la mira y le sonríe.
—Tienes razón —dice—. La quiero quieta —Quintus y Romani la toman de los brazos. Los ojos de ella llenos de terror mientras las lágrimas caen por su cara. Alabaster brilla de alegría.
—¿Por dónde empezar? Las partes más pequeñas primero ¿no?
Su espada se mueve hacia los dedos de Clare y ella comienza a temblar, y entonces cae muerta entre Quintus y Romani. Un cuchillo en su espalda.
—¡Plautia! Era mía —se queja Link con enojo.
—Está muerta que es lo que importa. No tenemos tiempo para ésto.
Link se voltea con disgusto y los cañones comienzan a sonar. Ya puedo respirar otra vez.
