Blight:

Corre. Corre. Corre.

Es lo que me repito a mí mismo al correr junto a la orilla del lago, saltando pilas de escombro o agachándome bajo las varillas retorcidas que pueblan el destruido camino. Las caras de los Profesionales están grabadas a fuego en mi mente, cada que siento que ya tengo que parar, cada que los paquetes que llevo pesan cien kilos cada uno y cada que caigo al suelo, desgarrando mi rodilla contra los pedazos filosos de la Ciudad de los Gigantes recuerdo sus caras al abatir a los otros tributos. Y cuando mi concentración se pierde, cuando comienzo a pensar en otra cosa que el camino frente a mi, escucho los ecos de sus gritos de terror.

Pero eso no está en mi cabeza, los gritos aún se escuchan al otro lado del lago.

En favor de Devon he de decir que nunca para o me pide un descanso, aunque sé que quiere hacerlo. Es más grande que yo, su constitución no está hecha para correr largas distancias. También sé por lo que me ha dicho, que casi toda su vida la ha pasado montado en un caballo así que no tiene la condición física que me he creado caminando sin rumbo en los bosques. También hay que añadir que está sangrando por la pelea en la Cornucopia y su respiración es cada vez más irregular. Pero no paro y él me sigue, confiando en que nos llevaré a un lugar seguro. Confianza. Seguridad. Dos palabras que no tienen significado alguno en la arena. Pero continúa detrás de mi y no quiero cuestionarle.

Andamos entre dos edificios colapsados, abriéndonos paso por el laberinto de ruinas y llegamos al otro lado. Nos encontramos de pronto en un denso bosque y la sorpresa es tanta que paro de golpe. Devon emite un sonido de incredulidad. Nos tomamos un momento en el que ninguno de nosotros mueve un músculo, sé que estamos imaginando los horrores que los Vigilantes tienen preparados en el bosque, trampas, mutantes y quién sabe qué más. Entonces recuerdo haber visto áreas verdes como estas en el Capitolio, donde los árboles crecen en filas ordenadas y son cortados con diseños extravagantes, donde las flores forman un bello paisaje. Tutti Marble los señaló cuando a Charlie y a mi nos llevaban al Centro de Renovación, los llamó parques. Devon y yo nos hemos encontrado con lo que pasa con un parque que no ha sido podado en miles de años.

Miro a Devon y él levanta las cejas. Intenta lucir casual pero veo el miedo en sus ojos y sé que es un reflejo de los míos.

—Vamos —le digo—, estaremos a salvo de los profesionales por ahora.

Entramos al bosque caminando, porque los árboles son tan densos que toma mucho tiempo saber dónde poner los pies, puedo notar que Devon está feliz del cambio de ritmo. Me pega entonces un sentimiento de familiaridad, como cuando llegas a casa. Los árboles de aquí son diferentes y estoy cargando tres mochilas con un chico que seguro estará muerto en unos días pero el sentimiento es el mismo. Estoy en los árboles, donde pertenezco.

—Blight... —miro hacia atrás. La cara de Devon está blanca y se aprieta el brazo que le sangra copiosamente—. Blight no puedo. Tengo que parar. No puedo más.

Muerdo mi labio. Si fuera por mí, caminaría unos cuantos kilómetros más antes de que llegue la noche. Quiero poner la mayor distancia que pueda entre los Profesionales y yo. No he escuchado cañones todavía, así que la pelea debe de seguir en la Cornucopia, pero seguro termina pronto y entonces comenzarán a repartir recursos y a montar el campamento. Y a cazar a los demás tributos. Y a pesar de que la arena es grande seguro peinarán la orilla del lago primero, porque hasta donde he visto, es la única fuente de agua. Sin embargo, por mucho que me gustaría seguir le debo mucho a Devon. Salvó mi vida en la Cornucopia al cuidarme la espalda para que pudiera asegurar estos paquetes, no importa lo mucho que deba abandonarle no puedo hacerlo hasta que los dividamos.

—Aguanta un poco, sólo un poco más. Tenemos que encontrar un lugar donde estemos escondidos. No quiero caminar directo hacia Alabaster, Link y los otros y menos en estas condiciones.

No responde, sólo asiente con la cabeza. Comienza a dar tumbos hacia adelante pero puedo ver que sus hombros se curvan y las rodillas le fallan. Pongo su brazo bueno al rededor de mi e intento ayudarle con su peso mientras nos internamos aún más en el bosque.

Los dioses están de mi lado. No hemos caminado ni cien yardas cuando nos encontramos con una ancha y no tan profunda vasija. Un masivo pedestal ornamental está puesto en el medio, en los bordes tiene estatuas de caballos. La fuente en ruinas se encuentra cubierta de musgo que la camufla con el verde de los alrededores desde lejos. Es perfecto.

Llevo a Devon dentro de la enorme vasija y le ayudo a tenderse sobre el musgo. Abro el primer paquete y me encuentro con que está lleno de cuchillos y nada más. Tengo más suerte con el segundo paquete. Dentro hay vendas y una botella de crema antibiótica. Los vigilantes son lo suficientemente corteses como para etiquetarla. Ayudo a Devon a quitarse la chaqueta y a subir la manga de su playera para exponer la herida, se ve peor de lo que es en realidad. Limpio el corte y le pongo un poco de crema. Devon logra quedarse quieto pero un suave siseo escapa de sus labios. Sus manos sujetan firmemente su collar mientras lo vendo y atiendo mi rodilla. No hablamos hasta que he terminado.

—Agua, necesitamos agua —dice Devon volteando a verme. Asiento con la cabeza y él intenta incorporarse pero lo siento de nuevo.

—Descansa —le digo—, traeré el agua. —Tomo un par de botellas del tercer paquete y una del segundo que también está marcada como "yodo" para purificarla. Salgo de la fuente y me adentro en el bosque hacia donde creo que es el este, pronto llego a la orilla del lago. He llenado las botellas y les estoy poniendo yodo cuando escucho los cañones.

Me congelo. He oído cañones antes, toda mi vida, en cada uno de los Juegos del Hambre que he visto en el curso de mis dieciséis años pero no se compara con escucharlos retumbar en el agua del lago que lo vuelve todo más real. O quizás sea porque cada uno de ellos representa a alguien que conocí. Alguien que con su muerte me ha acercado cada vez más a casa. A Jason, a Lucia, a mi madre. Es enfermizo.

Al volver a la fuente encuentro a Devon sentado y luciendo mucho mejor, me mira ansioso y le tiendo una botella con agua. Devon tiene la suficiente sensatez para no tomársela de golpe, así que la bebemos poco a poco mientras discutimos lo que hemos oído, él ha recobrado su gusto por la charla.

—¿Escuchaste los cañones?

—Si. Conté nueve.

—También yo. ¿De casualidad has visto a mi compañera de distrito en la Cornucopia? ¿Clare?

—No desde que sonó el gong.

—Tampoco yo, pero vi a Charlie.

—¿Qué? —le miro con intensidad.

—La vi corriendo por el malecón mucho más adelante de nosotros. No parecía haber tomado nada de la Cornucopia, creo haber visto al menos a una de las chicas con las que se juntaba en el entrenamiento.

Me recargo en el borde de la fuente. Así que Charlie está viva. Es reconfortante y a la vez inconveniente, reconfortante porque espero que sobreviva si las cosas no me salen bien a mí, inconveniente porque las probabilidades de que tenga que enfrentarla se han disparado drásticamente. Sugiero que abramos todos los paquetes y los dividamos antes de que se ponga oscuro para no tener pensar en verme obligado a degollar a mi pareja de distrito.

Casi de inmediato descubrimos una falla en nuestro plan. Somos dos, y tenemos cinco mochilas, simplemente es demasiado para cargar nosotros solos. Pensamos en dejar algo escondido pero no queremos arriesgarnos a que otro tributo se encuentre con ellos, finalmente decidimos que cada quién tomará lo más que pueda y después hundiremos lo demás en el lago. Devon se sujeta seis cuchillos en el cinturón, igual que yo, pero pongo otros dos en mis botas. Combinado con su hacha y mi bastón estamos bien armados. Cada quien toma tres botellas con agua y una de yodo. Devon toma casi toda la soga, ya que sabemos que la puede usar como arma y poner trampas mucho mejor que yo, también insisto en que tome casi toda la comida. Él se niega vehemente.

—¿Exactamente cuánta recolección has hecho en el Distrito 10? —pregunto levantando una ceja. Sé que he ganado el argumento a pesar de no escuchar su muda réplica. Estoy acostumbrado a forrajear en los bosques gracias a que la mitad de mi vida me he ido a la cama sin cenar y a veces sin comer, cortesía de mi familia. Me puedo alimentar mucho mejor de lo que Devon puede y él lo sabe. También intento apelar a su sentido de la decencia y me siento un poco mal de manipularlo de ésta forma pero estos son los Juegos del Hambre espués de todo.

A cambio de la comida, obtengo un encendedor, un recurso inmensamente valioso, y la única bolsa de dormir, mientras Devon se conforma con una manta de lana. No se congelará pero no estará tan cómodo como yo. Tomo un paquete de fruta seca, un paquete de carne seca y unas barras de granola que servirán para unos días si la comida escasea.

Estamos terminando de dividir las cosas cuando escuchamos el himno. Alzamos la vista al cielo pero los árboles no nos dejan ver. Le doy un codazo a Devon y lo guío hacia la orilla del lago justo a tiempo para que la primera cara aparezca en lo alto.

La primera es la niña del Distrito Tres, ambos del Cinco. De pronto la imagen de la madre de la chica del Cinco siendo golpeada por no querer soltar a su hija me asalta la cabeza. Sacudo la escena fuera de mi mente, no sin antes preguntarme cómo estará ahora. Aparecen ambos del Seis, y el chico del Ocho. Así que Devon tenía razón, Charlie está viva así como sus amigas Qin Li y Bobbi. Es el turno de Clare, con su carita de ángel. No me atrevo a mirar a Devon. Los últimos son ambos del Doce y aparece el escudo de Panem.

En el camino de regreso no digo nada, Devon se empeña en repasar quiénes quedan. Me preocupa que alguien nos oiga, los profesionales seguro están buscando tributos ahora, pero lo dejo hablar porque sé que quiere alejar sus pensamientos de Clare. Aún se siente culpable por dejarla morir en la Cornucopia, pero no es como si hubiera tenido muchas opciones.

—Así que los seis profesionales siguen vivos. Bastardos.

—Plautia no está mal —digo, recordando el momento en que reímos juntos en la estación de plantas comestibles.

—Si, ella es decente. Éso sólo logrará que la maten. Después está el chico del Tres, Charlie y tú, yo, el del Nueve, ambos del Once y... me faltan dos.

—Qin Li y Bobbi, las amigas de Charlie.

—Ah claro.

Acampamos dentro de la fuente. Devon quiere hacer una fogata pero no lo dejo. No estoy convencido de que no seremos vistos incluso con todo el bosque cubriéndonos. Pronto escucho los suaves ronquidos de Devon y sé que ha llegado el momento. Sin hacer ruido y utilizando todas las habilidades que he adquirido en el bosque, guardo mi bolsa de dormir y las cosas que me tocan. Tomo mi bastón y salgo de la fuente, camino lejos sin mirar atrás.

Estoy confiando en que Devon hunda el resto de las cosas en el lago como acordamos. Una parte de mi, el lado más pequeño, frío y superviviente sabe que sería fácil tomar las de Devon y hundirlas también, pero así como apelé a la decencia de Devon con la comida, sé que no sería capaz de escapar a la mía. Además destruir los recursos de un aliado es bajo incluso para los Juegos. Así que sigo mi camino, dejando a Devon a su suerte. Está en una posición comprometida, dormido cerca del lago, no lo suficientemente lejos del campamento de los profesionales y espero que lo encuentren esta noche para no tener que preocuparme de matar a Devon Hooley yo mismo. Es tan decente como se puede llegar a ser en la arena.

Hago una parada en el lago para rellenar mis botellas y me dirijo al oeste. Dos cuchillos están en mis manos y salto con cada sonido, por mínimo que sea. Una vez veo una sombra correr por el suelo y antes de darme cuenta el cuchillo sale volando de mi mano y ha atravesado al conejo. Me felicito por mi buena puntería y meto al conejo muerto en mi mochila. Lo comeré mañana, incluso si eso significa hacer una fogata porque no durará mucho y no soy lo suficientemente estúpido para comer conejo crudo.

Paso la noche alternando entre una o dos horas de sueño y otra hora caminando por el viejo parque. Sé que estoy lejos de los límites del parque de años atrás pero los árboles se han expandido. Comienza a amanecer cuando llego al final del bosque. Trepo a una pequeña montaña de escombros y musgo para ver dónde estoy y me doy cuenta que he llegado al centro de la Ciudad de los Gigantes.

Es una vista horrible. Estoy seguro que los vigilantes han manipulado el ambiente para que parezca que la ciudad acaba de ser destruida por alguna guerra. Los coches y algunas secciones se queman, emitiendo gases nocivos. El acero se tuerce y enreda como una red de metal punzante y no todos los edificios están colapsados por completo, puertas y ventanas abiertas llevan sin duda a trampas de los vigilantes. Mis rodillas tiemblan, puedo sentir el sudor bajando por mi frente. Mis ojos están tan concentrados en el yermo frente a mí que casi no noto el paracaídas plateado que desciende suavemente.

¿Qué es esto? ¿Un regalo de mis patrocinadores? Eamon dejó muy en claro que no recibiría ninguno. ¿Entonces, es una trampa? Pienso que sólo hay una forma de averiguarlo abro el empaque. Dentro hay una pequeña navaja de afeitar.

Ahora estoy confundido. Si hablamos de objetos filosos, éste es un buen ejemplo, pero tengo ocho cuchillos decentes. No puedo lanzarla y no será útil en combate tampoco dado que mi oponente seguro tendrá algo mucho más largo y fácil de manejar. Mi estómago da un vuelco al comprender lo que Eamon trata de decirme. Sólo hay una cosa en la que puedo usar ésta navaja, en mí mismo. Quizá pensó que ver la Ciudad de los Gigantes en todo su esplendor me haría querer terminar con mi vida aquí y ahora. Bueno, pues le dejaré en claro una cosa. Estoy a punto de aventar la navaja cuando me doy cuenta de lo idiota que eso sería. Los patrocinadores me observan, no saben cuál es el propósito de la navaja y si me ven tirándola por ahí pensarían que soy un desperdicio de dinero y seguro dejarán de patrocinarme en favor de un tributo más agradecido. Y la presión que ellos ejercen sobre Eamon es mi única esperanza, así que a pesar de mí mismo guiño un ojo al cielo y busco en mi mochila un pedazo de cuerda y ato la navaja a mi brazo, bajo la manga. Quién sabe, podría terminar usándola después de todo.

Entro a la Ciudad de los Gigantes, lo que puede ser suicidio pero estoy pensando en el conejo en mi mochila. Hay muchos fuegos encendidos por aquí y nadie notará uno más. Me detengo en un valle de escombro, lo suficientemente bajo para que los gases de los incendios se acumulen por encima de mí y haya suficiente aire respirable debajo. Supongo que aquí se está de lo más seguro que se puede estar, pocos tributos se aventurarán aquí y los profesionales tienen objetivos más fáciles. Tomo un poco de agua, sabiendo que eventualmente tendré que volver al lago, pero no he perdido la esperanza de encontrar otra fuente de agua. Enciendo una fogata y pronto tengo un conejo decentemente rostizado. Mañana iré a cazar al parque de nuevo y quizás busque plantas comestibles también, pero por ahora sólo queda ponerse cómodo.

Hago tan buen trabajo en ello que casi omito las señales: el polvo elevándose entre los escombros, el sonido de una piedra cayendo. Mi mente está tan exhausta que funciona en cámara lenta y sólo logro levantarme cuando el niño del Distrito Tres aparece en mi visión.

Me mira aterrado, sin duda intentaba robar un poco de comida mientras dormía. Parece tener unos catorce, pero es un chico flacucho y pequeño. Yo también soy así, pero tengo el músculo suficiente para intimidarle. Sus manos están negras y vacías, debió haber huido del baño de sangre tan rápido como pudo sin detenerse por nada.

—Por favor —murmura—, no me hagas daño. No me mates.

—Vete —digo moviendo el cuchillo amenazante—. Ahora

—Mi... mi nombre es Chip —me mira con sus enormes ojos.

Ruedo los ojos. ¿Qué se cree este niño que es ésto? ¿La heladería interdistrital para hacer amigos de Panem?

—No me importa tu nombre, sólo me importa qué tan rápido puedes irte de aquí. No te daré otra oportunidad.

—Tengo mucha, mucha hambre —dice mirando con tristeza a mi conejo.

—Estos son los Juegos del Hambre chico, no es una sorpresa. —Le aviento mi cuchillo, en realidad no le estoy apuntando pero cae muy cerca de él. El niño grita y sale corriendo. Lo miro con satisfacción y después frunzo la cara, tendré que moverme ahora.

Empaco todo, tomo mi cuchillo y camino por una calle oscura donde los edificios están relativamente intactos. La mayoría están cerrados para que los tributos no puedan esconderse dentro pero uno o dos están abiertos. A pesar de querer desaparecer de la vista de todos, no caigo en la tentación de esconderme en uno de ellos.

No pasa mucho tiempo antes de escuchar sonidos detrás de mi. Volteo justo a tiempo para ver una cabeza de cabello negro esconderse tras un barril de metal. Niño idiota. Me va a hacer matarlo. Es ruidoso, un peligro, y como nunca ha sido mi aliado no tengo ninguna obligación moral con él. Desafortunadamente está fuera de rango cuando sale de su escondite para enfrentarme ahora que lo he visto. Vuelve a su rutina de "no me mates, no me mates" y a pesar de estar deseoso de callarlo no puedo terminar con su vida sin hacer más ruido de lo necesario.

—¿Niño, por qué me sigues?

—Porque... tienes comida.

—Si, y tú no tendrás a menos que consigas unos cuantos patrocinadores. Ahora vete de aquí, no fallaré la próxima vez.

Un sonido vibrante a mi lado me hace voltear. Hay un pedestal saliendo de la tierra dentro de uno de los edificios. Es una mesa de piedra de cuatro pies de altura justo dentro del marco de la puerta. Sobre ella hay dos paquetes.

—¿Qué crees que sea? —susurra Chip a mi lado.

—No lo sé.

—Quizás... —los ojos se le iluminan— ¡Quizás es comida!

—¡Chip, no! ¡Alto! —Corre hacia la puerta y lo sigo intentando que vuelva. Se voltea y se burla de mi.

—¿Qué pasa Siete, estás asustado?

—Si —replico—. Soy de esas personas que no se fían de los regalos de los vigilantes.

A pesar de mis palabras de aviso, Chip entra al edificio. Sé que debería correr, escapar mientras pueda, pero estoy inmóvil por el miedo y sí, la curiosidad. Chip toma una de las bolsas y la levanta de la mesa. Cierro los ojos con fuerza, esperando. Los abro de nuevo pero nada ha pasado. Chip abre el paquete.

—¡Es comida! —grita. Suspiro de alivio, quizás no es una trampa sino otra forma para mandar regalos de patrocinadores. Los de Chip deben ser generosos si pueden mandar dos paquetes de comida. Dos. Uno para cada uno.

Chip me mira y sé que está pensando lo mismo que yo. Una sonrisa traviesa le cruza la cara y se estira para tomar el segundo paquete. Una ola de ¿intuición? ¿presentimiento? me golpea de pronto.

—¡Chip, no seas tonto! ¡No la toques! —grito.

—¡Sé más rápido la próxima vez perdedor! —Y toma la bolsa.

El rugido es inmediato. Los ojos de Chip de abren de miedo y corre hacia la puerta pero la explosión es más rápida. Su cañón se pierde entre el sonido del edificio colapsando mientras su cuerpo es vaporizado al instante.

Corro. Corro calle abajo y me atrevo a mirar hacia atrás para ver el suelo abriéndose detrás de mi. Una pared de polvo y piedra me alcanza. Algo me golpea en la espalda y estoy en el suelo sin poder respirar o moverme mientras el aire se vuelve gris y mi visión negra.


Nota de autor:
El autor original Oisin55 y yo les agradecemos infinitamente su apoyo y sus (tristemente pocos) reviews que nos animan a continuar. También quiero que sepan que comenzaré con la saga del Proyecto de los Vencedores (The Victor's Project) del mismo autor en breve, donde veremos más de Blight, Madame Lucia y todos y cada uno de los Vencedores antes de Katniss y Peeta. También les recuerdo que el primer capítulo de la historia de Cecelia Rheys (Fall into the River) está ya en fanfiction en español bajo el título de Entra al río, por si les interesa.

De nuevo gracias por leer y comentar. Un abrazo gigante, Hueto.