Jason:

El Distrito Siete ya está de luto y aún no hemos visto nada.

Los agentes de paz no nos dejan ver los Juegos en la taberna esta noche. Core tiene órdenes especificas y hemos salido del trabajo a media tarde. Comienza a esparcirse la voz de que tendremos que ver la recapitulación de los Juegos en la plaza y es entonces cuando lo supe. Supe que algo le había pasado a Bligh y el Capitolio -esas mentes retorcidas y enfermas que nos gobiernan- tendría su diversión voyeurista capturando cada una de las emociones y horrores en cámara para toda la nación.

Estoy en medio de la plaza con casi todo el distrito. Hay sillas para las embarazadas, los ancianos y frágiles pero casi todo el mundo está de pie. Sin embargo no tengo a nadie junto a mí y algo en mi cara debe de indicar que no quiero compañía, que soportaré esto yo sólo. No me importa, porque todos mis pensamientos están con Bligh y por lo que está pasando. No puede ser muy diferente a la noche anterior.

Cuando Blight escapa de los ponis mutantes y se une con Devon los vítores recorren el lugar. Desde la revelación de Mack en el bar, el humor para con Bligh ha cambiado de antagónico a desesperadamente esperanzador, como si supiéramos que la única forma de redimirnos por mandarlo a los Juegos es trayéndole a casa.

He visto los Juegos por años, hay un par de individuos que son lo suficientemente viejos para recordar cincuenta Juegos del Hambre pero por la expresión en sus caras nadie podía imaginar que los Juegos pudieran producir esto; que el hambre del Capitolio por la violencia y la muerte los llevara a transmitir las siete horas de la tortura del chico del Diez y forzar a todos a verlo.

Perdí la cuenta de cuántas veces escuché gritos de puro terror ante el espectáculo en las pantallas. Cada hora se hacía más común que la gente vaciara sus entrañas en el piso y el olor mezclado con el sudor, las lágrimas y el calor de la noche pronto hicieron que fuera difícil respirar. Me esforcé por mirar las pantallas sin parpadear, bebiéndome cada momento en que veía a Blight con vida, sé que está muerto, que murió horas atrás, pero hasta que no lo vea no podré terminar de creerlo.

Finalmente, después de lo que parece un año de mi vida el muchacho del Dos le da a Devon el golpe de gracia con su lanza y su cañón suena. La multitud suspira de alivio y tristeza. Las pantallas muestran al distrito Diez en silencio sepulcral. Una pareja anciana y dos muchachos han colapsado en un abrazo familiar mientras una chica grita histérica. Una reportera en tono emocionado anuncia que son la familia y la novia de Devon y entonces los Profesionales encaran a Blight.

Un repentino sentimiento de ira renovada hacia los Profesionales me asalta junto con más dolor, miedo y pena, tanto que a penas puedo respirar. Quiero tirarme al suelo como la novia de Devon y llorar y gritar y sacar todo lo que tengo dentro pero no jugaré el juego del Capitolio. He endurecido mi corazón como una roca frente a la lluvia, inamovible, impasible. Esto es lo último que puedo hacer por Blight, dignificar su muerte con mi propia rebeldía.

Antes de que empezara la tortura de Devon, Blight tuvo una conversación con Link en la que mencionó que había encontrado a alguien y había fijado la vista en la moneda de madera incrustada en su cinturón. Era la primera indicación que había escuchado de que sabía cómo me sentía.

Una pequeña mano toma la mía y me encuentro a Merrill Mason mirando la pantalla con lágrimas en los ojos.

—Debí ser yo —dice—. Se suponía que sería yo.

Pongo un brazo a su alrededor y lo acerco a mí. No hablamos más pues Link ha comenzado a jugar con Blight, pasándole el cuchillo por la piel y cortándole un poco la mejilla. El miedo en sus ojos es evidente; Tara usa su propio cuchillo en sus brazos. Y cuando Blight comienza a gritar de miedo mi corazón de piedra se rompe.

Juré el día en que cosecharon a Blight que no lloraría hasta que los Juegos acabaran y Blight volviera a casa pero las lágrimas no me hacen caso y caen libres por mi cara. Merrill solloza a mi lado y pronto todos en la plaza lo hacen en mayor o menor medida mientras los Profesionales se ríen del atado tributo que aúlla por su vida. Cada que se acercan a él grita más fuerte y su voz comienza a romperse del esfuerzo pero no se detiene.

Un grito se une al suyo, esta vez de la multitud; volteo a ver a Jonel que está siendo restringido por Mack y Reuben de correr hacia la pantalla.

—¡Lo siento! ¡Blight perdóname! ¡Por favor, por favor Blight! —está histérico y Mack tiene que voltearlo del hombro y golpearlo en la nariz para que se calme pues los camarógrafos y agentes de paz ya se abren paso para llegar a él. Su ataque de nervios se corta de inmediato y vuelve con su padre y hermano que evitan todo contacto visual con todos y todo.

Link y Alabaster se debaten sobre si cortar o no la lengua de Blight para que se calle. Alabaster tiene todas las ganas de hacerlo pero Link insiste en que quiere escucharlo rogar por su vida y pedir piedad hasta que suene su cañón. Ella rueda los ojos y acepta; entonces, tan rápido como comenzaron, los gritos de Blight cesan.

—¿Te quedaste sin aliento? —se burla Link—. No te preocupes, gritarás otra vez en un momento —dice seleccionando un largo cuchillo de aspecto brutal de la inagotable mochila de Tara. Blight no lo mira, sus ojos están posados en un punto en la distancia, detrás de los Profesionales. En su rostro no se ve miedo, no está feliz, en su lugar tiene una expresión de total satisfacción. Un nuevo chillido, mucho más alto y sobrenatural que el de Blight resuena en la arena.

Los Profesionales se voltean despacio, la cámara cambia de ángulo para mostrar la colina a unos metros de ellos. La plaza queda en silencio cuando mira a los seis ponis trotar hacia ellos fijando su mirada en los tributos. El más grande; el semental dorado golpea la tierra con sus cascos agitado.

—¿Qué demon…? —murmura Link y eso es todo lo que los ponis necesitan para echarse sobre todos.

Link grita órdenes a sus aliados y toma una lanza, en éste momento de distracción Blight corta las cuerdas que lo atan con lo que parece ser la navaja que le envió Eamon en el primer día de los Juegos. Corre a través de los Profesionales y Link les ruge para que lo atrapen. Quintus lo intenta pero Blight es demasiado rápido para él. En unos segundos Blight ha saltado al lago y se ha sumergido lejos de la vista. El grito enojado de Link se convierte en un grito de miedo cuando los mutos los rodean.

Ni siquiera noto que mis rodillas comienzan a fallarme cuando ya estoy en el piso. Se ha librado, pienso mientras la multitud en la plaza respira de alivio sin poder creerlo. En verdad lo ha logrado.

Dos pares de manos, unas pequeñas y unas enormes me envuelven. Merril y Mack logran levantarme a tiempo para ver la batalla entre los mutos y los Profesionales.

Alabaster nunca tiene oportunidad. La espada se le resbala de las sudorosas manos y una yegua plateada la embiste tirándola al suelo y encajándole los dientes en la garganta. Sus gritos se convierten en un gorgoteo cuando la yegua logra arrancarle la piel. Link blande su propia espada contra la criatura pero es claro que no servirá de nada. Alabaster está muerta y Link pronto se encuentra batallando con el semental blanco que suelta una dentellada que casi le alcanza el hombro.

La alianza se ha separado, Quintus y Tara pelean con tres mientras Romani y Link se enfrentan a uno cada uno. Link despacha al suyo y él y su compañero del 4 intentan desesperadamente acabar con el último enemigo para ayudar al resto. Quintus y Tara pelean bien, hiriendo a dos bestias antes de que la tercera se aferre a la muñeca de Tara.

Ella grita de dolor y al instante otro muto la muerde en el otro brazo; por un segundo eterno vemos cómo sus ojos se abren de terror al darse cuenta de lo que está por pasar. Cubro la cara de Merrill con mi cuerpo para que no pueda ver cómo los dos ponis mutantes corren en direcciones opuestas. Los mutos dejan los restos de Tara tirados en el suelo y se voltean a ver a Quintus.

—¡Link, Romani! —llama a sus aliados. Aún intenta mantener a los equinos a raya con el hacha que solía ser de Devon—. ¡Ayuda!

Los otros dos han logrado acabar con el muto contra el que peleaban y observan el predicamento del chico del 2.

—Lánzale tu lanza al más pequeño, yo iré por el dorado —ordena Link pero Romani sólo mueve la cabeza de Quintus a Link, de Link a Quintus y sale corriendo hacia el bosque perdiéndose entre los árboles, destruyendo lo que quedaba de la alianza de Profesionales. Link lo mira alejarse sin decir palabra.

—¡Link, por favor!

Éste mira a su antiguo aliado una vez más que sigue blandiendo el hacha cada vez con menos fuerza frente a los tres mutos que juegan a lanzarle dentelladas, esperando el momento para atacar.

—Lo siento —susurra antes de correr por la orilla del lago y no voltea ni cuando escucha el grito iracundo de Quintus.

La batalla entre Quintus y los mutos es larga y sangrienta pero el final es inevitable. Él es masivo y en sus manos el hacha no goza de mucha precisión pero sí de fuerza bruta. Logra matar a uno de los ponis cuando el otro se le lanza encima. Sus gritos agonizantes son ahogados por los de los mutos, el hacha corta una, dos veces y todos caen, dejando la arena en silencio al fin, excepto por el cañón que marca la muerte heroica del muchacho del 2.

La multitud hace eco del silencio mientras esperamos la confirmación de que Blight sobrevivió. No hemos visto nada de él desde que saltó al lago. Las cámaras sobrevuelan la cornucopia, el bosque, las ruinas y el yermo. Todo en silencio, todo en calma.

Cuando el sol ha salido el día de hoy había nueve tributos en la arena y ahora hay sólo cuatro y no vemos a ninguno. ¿Qué más podría pasar? ¿Qué más quiere el capitolio de un día que seguro entrará en la historia de los Juegos del Hambre?

Un par de pies se hacen visibles, pertenecen a una figura menuda que se abre paso entre los cadáveres de mutos; los tributos muertos ya han sido levantados por los aerodeslizadores. Es él, es Blight. Mojado, cansado y con frío pero vivo. Todos dejamos salir un suspiro de alivio cuando él levanta su bastón y navaja y el paquete que los Profesionales le quitaron en la fuente. Toca el hacha que Quintus ha dejado al morir y una expresión de dolor cruza por su cara, sin duda recordando a Devon. Entonces el sonido de la piedra removiéndose lo sorprende por la espalda; Blight se congela en su lugar y después, lentamente se voltea.

El semental dorado lo mira a unos cien metros, herido y cansado pero también vivo y también mirándolo con el mismo odio ciego de siempre.

Esto es demasiado. ¿Cuánto más piensan que puede aguantar? Ha visto a un hombre ser torturado hasta la muerte, su pierna sigue vendada, casi se ahoga, es un cascarón de hombre pero el Capitolio quiere su espectáculo. Quieren saber qué es lo que se necesita para romper a un elfo.

Blight deja caer todo al suelo y toma la cuerda que lo ató al árbol. Sus ojos nunca dejan de ver al muto pero logra hacer un lazo decente como el que Devon usaba con tanta habilidad. Lo mueve de forma extraña y torpe, sin nada de la gracia de su antiguo aliado.

—Ven a por mí maldito —sisea sabiendo que su voz hará que el caballo cargue.

La audiencia ahoga un grito. La mirada de Blight es desesperada, incluso loca pero sigue moviendo el lazo. En el último momento esquiva el ataque el muto y avienta el lazo. Por un golpe de suerte o designio de los dioses el lazo atrapa el cuello del poni. Al momento que éste siente la horrible y familiar cuerda grita e intenta zafarse, cuando no puede se suelta a galopar, arrastrando a Blight con él.

Casi tengo que mirar hacia otro lado pues Blight queda reducido a una masa sangrienta. Las piedras sueltas de la arena le abren la piel y a penas imagino lo que debe estar sintiendo pero el muto no se detiene, enloquecido por el peso en su cuello.

Por fin el cansancio puede más y detiene la marcha. Tomando ventaja de la velocidad reducida y de las fuerzas que le quedan Blight va subiendo por la cuerda hasta que en un cambio de dirección logra subirse al animal.

El semental se encabrita y da coces intentando quitarse a Blight de encima pero él se agarra con más fuerza de su crin. Por más esfuerzos que hace el caballo no puede tirar a Blight.

—¡Mátalo! ¡Con la navaja de afeitar! ¡Córtale el cuello! —doy un salto porque el grito de Mack me tomó por sorpresa. Gritos similares corren por la plaza pero Blight no hace ningún esfuerzo por sacar su última arma; en su lugar acaricia el cuello de la bestia y le susurra cosas al oído. Se me hace familiar porque es lo que hizo cuando montó al caballo en el desfile y me doy cuenta de que mi chico ha perdido la cabeza.

—No va a matarlo —le digo a Mack—, quiere domarlo.

—Imposible… —comenta mirando la pantalla con los ojos entornados—. No puede hacerse, es una locura.

—Lo es.

Todos concuerdan conmigo, incluyendo a los comentaristas Antonius y Antonia, a las celebridades invitadas, y a las audiencias de todos los demás distritos a través de Panem. Esta es una batalla de voluntades entre el instinto salvaje artificial programado del Capitolio y la magia equina de Blight.

El muto grita, salta, corre por toda la arena y finalmente se quiebra. Los que miramos la pantalla podemos ver cómo el muto se torna de una bestia desprovista de cordura a un caballo domesticado. Antonius especula que los vigilantes dejaron que se desactivara el programa del Capitolio y Antonia dice que quizás con la sobrecarga de la voz de Blight la bestia perdió su propósito pero a penas los oigo ya que Blight escoge ése momento para caer al suelo exhausto.

El muto lo mira, agacha la cabeza y lo toca con su hocico un par de veces. Él no responde así que el poni muerde con delicadeza su hombro, Blight gime y rueda para ponerse de pie apoyándose en el muto justo cuando el paracaídas más grande que he visto cae a sus pies.

Blight abre el paquete y el silencio reina entre la multitud. Dentro hay una montura completa, con riendas, estribos y todo. Mack me aprieta el hombro.

—Funcionó hijo. La donación funcionó.

Me invaden la felicidad y el orgullo aunque sé que de ninguna manera fue sólo el dinero del distrito el que hizo esto posible. El costo de tal regalo debe ser inconmensurable a estas alturas del juego; pero es exactamente lo que Blight necesita y él poco a poco hace lo que debe y le pone la montura al caballo en automático, con sus expertos dedos. Al terminar mira al muto directo a los ojos.

—Tu nombre es Abel —le dice—, porque intentaste destruirme pero no pudiste.

Dicho esto se sube y desaparece de vuelta al lago. La cámara cambia de foco y muestra a Charlie durmiendo bajo un arbusto en el yermo. Romani está encaramado a un árbol en el bosque, es evidente que tiene hambre, frío y pocos cabales. Link se pasea por la cornucopia intentando discernir exactamente en dónde fue que todo salió mal. El himno de Panem suena, el escudo aparece en el cielo y la transmisión termina.

Al momento de silencio le sigue una lluvia de aplausos, gritos y muestras de felicidad y alivio. Hay cuatro tributos en la arena y dos son de los nuestros. Esto nunca ha pasado en la historia del Distrito 7. Los agentes de paz intentan que todos mantengan la calma pero los camarógrafos y reporteros están encantados con la respuesta del público que pronto se transforma en una fiesta.

No quiero ser parte de ella. No puedo reír y beber cuando Blight sigue en la arena, herido y muerto de cansancio. Volveré a sonreír cuando lo vea sano y salvo. Me aparto de Merrill, le digo a Mack que iré a casa y me alejo de la plaza.

Es una distancia corta a casa pero aún así decido tomar un atajo entre los callejones. Estoy por llegar cuando escucho pasos detrás de mí. Veo a dos agentes avanzando y volteo de nuevo encontrando a Tray, el agente que me arrestó la semana pasada, bloqueándome el paso.

—Es él —dice Tray—. El que Eamon dijo. Agárrenlo.

El terror me asalta e intento correr. Le grito a Mack, a Core, a todos. Estoy determinado a volver a la plaza bajo la protección de Mack pero me atrapan y una tela cubre mi rostro. Pateo y doy codazos pero pronto no siento mi cuerpo y mi visión se nubla. Ni siquiera siento cuando caigo al suelo.