Blight:

El himno suena. Las caras aparecen en el cielo, desde el baño de sangre no aparecían tantas. Alabaster, Quintus, Plautia, Tara y Devon. Mi estómago se hace pequeño al verlo sonreír desde las estrellas. Quiero llorar pero no lo hago, simplemente lo miro a los ojos, el único amigo verdadero que he tenido.

A pesar de lo que los Juegos pretenden hacer Devon no dejó que lo lograran con él. Se mantuvo como mi amigo hasta el final. Le ganó al capitolio en su propio juego, y pagó por ello.

El sello de Panem se va por fin pero a penas lo noto porque las lágrimas que he intentado contener todo el día ya no pueden quedarse en mi organismo. Sin importar cuánto estoy sufriendo ahora sé que no se compara con lo que debe estar pasando en el Distrito 10. Los padres de Devon quienes lo adoraban, su novia que tuvo que mirar al amor de su vida morir de la forma más horrible posible. ¿Cómo se recupera alguien de eso? ¿Qué es lo que los detiene de convertirse en una cáscara de ser humano? Pienso en los hermanos de Devon, tan diferentes de los míos.

Devon dijo que Dalton soñaba con empacar y salir del distrito de una vez por todas, él siempre lo callaba diciéndole que tenía una responsabilidad con su hermanito menor pero no dejo de pensar en que Dalton podría escaparse ahora e ir a… ¿quién sabe a dónde?

Me acosté y dejé que las lágrimas corrieran y se secaran solas, no hago un sonido porque me rehuso a darle al Capitolio la satisfacción de verme tan desolado pero Abel parece haber captado mi humor. El muto que una vez fue salvaje es tan dócil como un gatito ahora y me pone de nervios, aún así me conforta de manera extraña cuando su hocico dorado se acerca y mi rostro es limpiado por su babosa pero amable lengua.

Aún no estoy seguro de cómo fui capaz de lograr que el muto se sometiera a mi control pero no seré quien le vea el diente al caballo regalado, literalmente. Además estaba a punto del colapso cuando llegaron las riendas. Sólo la inmensa satisfacción de saber que la presión finalmente había hecho que Eamon se rompiera y me ayudara hizo que pudiera ensillar a Abel y montarme sobre él. Marchamos a lo largo del río llenando mis botellas de agua y limpiando mis heridas lo mejor que pude como si mi clavado en el agua no hubiera hecho lo suficiente. Y entonces, justo cuando pensé que me desmayaría de dolor y cansancio otro paracaídas cayó del cielo con crema milagrosa del Capitolio. Desafortunadamente era milagrosa nivel "te curo las heridas en un par de días" y no de la instantánea pero en éste punto de los Juegos un regalo así dejaría en bancarrota al Capitolino promedio. En su lugar la crema me entumeció por completo el dolor de las laceraciones que me había hecho esta mañana.

No vi un alma el resto del día y no me sorprende pues sólo quedamos cuatro. Yo, Link y Romani. ¿Se habrá roto la alianza? ¿Se habrán dado cuenta que no tienen comida, suministros y que sus aliados están muertos? ¿Tardarán mucho en enfrentarse por las pocas cosas que les quedan? ¿O seguirán aliados hasta que me den caza? Cualquier cosa que intenten hacer contra mí no les será fácil porque ahora tengo a Abel. Si me buscan en la noche Abel los destrozará y si los veo durante el día puedo montar al otro lado de la arena antes de que puedan decir "elfo".

Y luego está Charlie. No la he visto desde que estábamos en los pedestales frente a la Cornucopia. Todo lo que sé es que está viva y sobrevivió a la ruptura de su alianza con Bobbi y Qin Li pero no le he visto ni el polvo desde que comenzaron los Juegos. ¿Dónde ha estado todo este tiempo?

Estoy casi dormido pero la cara de mi compañera de Distrito sigue apareciendo en mi cansada mente. La veo como se veía después de las entrevistas, adorable, inocente y determinada. Y recuerdo las últimas palabras que nos dijimos, casi las escucho haciendo eco en la arena vacía.

—Mañana y los días que vengan.

—Si se reduce a alguno de los dos y parece que puedes ganar…

—Te mataré. Y si parece que tú puedes ganar…

—Yo te mataré.

El último pensamiento consciente que tengo es que los Vigilantes podrían convertirnos en profetas.

El siguiente día se sume en una rutina intranquila, casi como si estuviese de vuelta en el 7; si no fuera por el hecho de que el hielo que se instaló en mi estómago desde la cosecha sigue ahí, más molesto que nunca. Ah claro, y la enorme ciudad en ruinas.

Me levanto y como unas raíces que recogí el día anterior, acomodo las riendas de Abel y recorremos el perímetro de la Ciudad de Gigantes hacia la parte oeste de la arena, la única área en la que no he estado. Una parte de mi piensa que es mejor que parezca que hago algo, que tengo un propósito antes de que los Vigilantes y la audiencia decidan que soy demasiado aburrido. Pero otra parte de mí cree (y espera) que hoy sea un día tranquilo ya que ayer fue otro baño de sangre y de seguro el Capitolio lo está repitiendo una y otra vez, analizando cada momento, cada grito y cada gota de sudor. Incluso si se cansan de eso siempre pueden verme montando en mi poni. Al Capitolio le gustan las cosas bonitas y estoy seguro que me veo muy bien.

Abel y yo pasamos la mayoría del día buscando comida; encuentro más raíces, mastico un poco de corteza y Abel se zampa casi todo el pasto y un ratoncito. El sol comienza a ponerse en el cielo y Abel y yo nos miramos, sé que pensamos lo mismo. Tenemos hambre y no debería ser así, somos lo mejor que le ha pasado a los Juegos del Hambre desde que Brutus se dio cuenta que las espadas son más divertidas si las tomas del extremo filoso.

—¡Hey Eamon! Si no estás muy ocupado, creo que tu tributo estrella se merece un festín —es casi gracioso lo rápido que cae el paracaídas justo a mis pies, en él hay una bandeja de plata que seguro cuesta más que mi vecindario. Levanto la tapa y veo que dentro hay una rata del tamaño de un gato. Es repulsivo pero me río porque la verdad es que he comido cosas peores; cuando Papá, Jonel y Abel están ebrios y acaban con todo el grano de tesela se sorprenderían de lo bien que saben las patatas podridas y los ratones.

Aún así es extraño que Eamon se preocupe tanto por mis heridas y tan poco por mi hambre, aunque no es que Eamon sea la persona más emocionalmente estable de la vida tampoco.

Miro al cielo y tomo un riesgo. ¿Qué daño puede hacer? El peor de los males es que le esté hablando al aire.

—¡Oye Jules! Puedes hacerlo mejor que mi mentor gigoló.

El segundo paracaídas viene con un faisán rostizado, y pequeños vegetales aderezados con mantequilla, incluso un pequeño plato de fresas con chocolate. En un segundo entiendo de dónde vino todo y me pregunto cuánta presión de los ciudadanos tuvo que acumularse para que los vigilantes sentaran a Jules en los controles. No creo que esto tenga precedentes pero la regla número uno de los Juegos es que el público debe estar entretenido y la frustración que debieron sentir los capitolinos al ver que sus donaciones no eran usadas seguro que no era divertida.

Estoy tentado a pedirle a Jules algo ridículamente caro sólo porque puede pero aún no salgo de la arena y quién sabe lo que podría necesitar en el futuro. Me siento extasiado y confortable. Link podría acechar en la oscuridad y desollarme mientras duermo y no estaría ni la mitad de incómodo que ayer. Primero porque Abel lo haría pedazos antes de que pudiera levantar su espada y segundo porque sin importar lo que pasara había ganado mi batalla privada con Eamon y aquello valía mucho.

Abel me mira con sus enormes ojos suplicantes y pasa su lengua sobre sus afilados dientes. Sin pensarlo le lanzo la rata y la atrapa satisfecho engulléndola de un bocado en una demostración tremenda digna de un león. Me río y me acuesto al lado de Abel, no hay necesidad de fuego pues su cuerpo mutante está bastante calientito, casi como la chimenea en casa… casa, donde Jason me espera.

Las orejas de Abel se mueven de pronto y suelta un bufido antes de levantarse. Hago lo mismo, con el bastón en una mano y el cuchillo en la otra. Abel trota hacia unos arbustos bajos cerca de nosotros que proyectan largas sombras en el yermo haciendo que se vea mucho más macabra que la vegetación fuera de la arena. Abel olisquea y sisea furioso.

—Tranquilo muchacho —digo—. Probablemente es sólo un conejo o ardilla —o un muto o una trampa de los Vigilantes o Link esperando emboscarnos. Cualquier cosa.

Con un chillido un pequeño animal salta hacia mí. Levanto mi cuchillo y Abel se medio encabrita pero el animal no va directo a mi cuello, lo que me hace pensar que no es un muto. Y entonces veo la mata de cabello, la sucia piel, la ropa que a penas se distingue de la capa de barro que la cubre; y los ojos que una vez fueron amables y gentiles, ahora salvajes e inhumanos.

—Oh Charlie —susurro—. Por los dioses Charlie, ¿qué te han hecho?

Se ha vuelto loca, eso está claro. La forma en que sus ojos miran a ambos lados sin enfocarse en nada y sus dedos se encajan en la tierra me dice que ya no tiene control sobre su mente, es puro instinto. Esconderse y correr, correr y esconderse.

Abel se mueve hacia ella que me escupe y gruñe.

—¡No, Abel! —grito y me arrodillo para mirarla a los ojos. Charlie me devuelve la mirada con aquellos ojos confundidos clavados en mi mano extendida. Entonces, con otro chillido se abalanza y me muerde.

Grito de dolor y de inmediato intento modular mi voz para impedir que Abel termine con Charlie pero él logra empujarla con su fuerte cabeza y uno de sus etéreos resoplidos. Otro grito aún más agudo sale de mi compañera de distrito que se aleja varios metros, encorvada y resoplando, con sus dedos clavándose en la tierra una vez más. Abrazo el cuello de Abel y le susurro palabras reconfortantes.

Charlie nos ignora en favor de desenterrar insectos. De pronto me doy cuenta de lo mucho que debe estar sufriendo su familia al verla así y sé que le hice una promesa el día antes de venir aquí, y por mucho que recé para que esto no pasara parece que los dioses han decidido volver a probar los límites de mi mente y corazón.

En silencio y muy despacio me acerqué a ella cuchillo en mano, ella no se da cuenta y Abel no mueve un músculo, sólo me mira con sus ojos oscuros. Me concentro en no mostrar emoción alguna, en no pensar en lo que estoy a punto de hacer porque si lo hago toda mi resolución se irá a pique en un latido y no le haré ningún bien a Charlie al final.

Ninguna lágrima cae por mi cara mientras me pongo justo detrás de ella y levanto el cuchillo sobre mi cabeza. No puedo evitar susurrarle al cielo que me perdonen ella y los dioses por lo que estoy a punto de hacer.

Y entonces las trompetas resuenan por toda la arena y Charlie gira la cabeza asustada y se escabulle tan rápido que mi cuchillo queda clavado en el piso. A penas tengo un segundo para registrar lo que acaba de pasar cuando Antonia comienza a hablar.

—¡Felicidades a los cuatro finalistas de los cincuenta y doceavos Juegos del Hambre! ¡Enhorabuena por haber llegado tan lejos! Su coraje, valentía y sacrificio serán admirados y celebrados a través de Panem. Hemos notado que algunos de ustedes necesitan un poco de ayuda y queremos dársela como reconocimiento a su persistencia. ¡Los invito ahora a que miren al cielo!

Ruedo los ojos ante la teatralidad del asunto pero miro al cielo y me encuentro con un video de alguna parte de la arena. Parece el muelle donde empezaron los Juegos, donde está la rueda gigante de metal girando lentamente. Antonius continúa el discurso.

—¡Los invitamos a un Festín en la rueda de la fortuna! Al amanecer el muelle será accesible a todos los tributos, hasta ése momento disfruten la vista de lo que les espera.

Las voces se van apagando pero la imagen continúa. La rueda de metal mide casi veinte metros y tiene pequeños compartimentos en cada uno de sus rayos que giran con ella. Dentro de cada carro está la recompensa. La cámara hace un acercamiento y podemos ver que hay comida, armas, medicina, todo lo que atraería a un tributo desesperado, excepto que yo entro en esa categoría.

Es obvio que los vigilantes intentan que los tributos se junten para acabar con los Juegos pero no hay razón para ir al festín en la rueda. Tengo comida, un cuchillo y mi bastón, no estoy muriendo de ninguna herida y lo más importante de todo, tengo a Abel. No hay nada que los vigilantes puedan hacer para hacerme ir a esa trampa. Entonces el último carro entra a escena y no puedo evitar caer al suelo gracias a mis rodillas inestables.

No hay comida ahí, o medicinas o armas, hay una persona, alguien atado y amordazado que parece inconsciente. No tengo que ver el cuerpo musculoso, el pelo rubio o la cara infantil que me sonrió en los establos y me miró con desesperación en el Edificio de Justicia.

Mi voz se me escapa en un silbido.

—Eamon, bastardo infeliz —la imagen se borra y cae la noche. Me quedo ahí por lo que bien pudieron haber sido horas, preso de la incredulidad, la rabia y el miedo. Esta es mi pelea, siempre ha sido mi pelea pero ahora lo han llevado demasiado lejos.

Abel lame mi hombro y lo miro acordándome de su presencia.

—¿Estás listo para comerte a unos cuantos profesionales mi amigo? —Abel relincha feliz.

No me molesto en empacar nada, no hay nada que pueda necesitar aquí. Simplemente me monto en Abel con mi bastón y cuchillo y me encamino a la Ciudad de los Gigantes en su lomo dorado, listo para acabar con estos Juegos del Hambre.