Blight:
¿Cuántos días he estado acostado aquí? ¿Dos, tres, diez? Mantengo los ojos cerrados porque cuando los abro veo las paredes de mi cuarto en el Centro de Entrenamiento cerrarse encima de mí. Estoy en mi cama, mi suave cama en el cuarto donde pasé la semana previa a los Juegos. El cuarto en donde mi madre vino a visitarme a mitad de la noche, donde me dio la moneda de Jason.
Cierro los ojos, y las pesadillas vuelven.
Jason ha muerto. Y todo es mi culpa.
No importa cuánto lo intente, cuánto tiempo me quede despierto mirando al techo repitiendo todo en mi cabeza. Ese último momento, la lanza que sale volando de mi mano, recuerdo cómo se incrustó en la espalda de Link. Observé cómo colapsó, su cuerpo tirado sobre el cuerpo de Jason. Mi garganta aún está ronca del grito que me escapó al ver sangre en su ropa. Mis manos aún arden con el recuerdo del calor que todavía emanaba su cuerpo al separarlo de Link. Lo sostuve lánguido entre mis brazos, rogando y pidiendo que no me dejara. Le dije que lo amaba, lloré sin parar durante todo el discurso de Antonia y Antonius y durante el sonido de las trompetas de victoria.
Todo para nada. Para nada.
El aerodeslizador se posó sobre nosotros y descendieron tres garras de metal. Una se llevó a Link y las otras dos vinieron a separarme de Jason. Peleé como pude para no despegarme de él, pero la última visión que tuve, era su cuerpo colgando a varios metros por encima de mí, abatido como una muñeca de trapo.
No recuerdo el viaje de regreso. Estuve inconsciente la mayoría de él aunque estoy seguro que destruí una aceptable cantidad de maquinaria millonaria antes de que pudieran conmigo. Cuando la morfina hizo efecto, colapsé en un piadoso estado de inconsciencia, el nombre de Jason aún en mis labios.
Y así es como acabé aquí, en el purgatorio. Esta prisión de lujo. Me despierto por décima vez esta noche, gritando a todo lo que dan mis pulmones intentando escapar de la mirada acusatoria de Plautia, el cuerpo malherido de Devon, el grito desesperado de Chip al explotar en mil pedazos. No importa si logro sacar a Jason de mi cabeza por un segundo, hay otros veintitrés rostros listos para tomar su lugar.
La televisión en la contra esquina de la habitación está prendida. Naturalmente sólo pasa recapitulaciones de los Juegos recientes. Mis ojos se enfocan en la pantalla a tiempo para ver a Alabaster desollando al chico del Ocho mientras Charlie corre de ella.
Ver a Charlie hace que un sonido angustiado provenga de mi garganta y tomo un jarrón de flores para aventarlo a la pantalla. Mi debilidad da miedo, pues el jarrón no logra llegar a la pared, cae al piso a medio vuelo y se estrella dejando un rastro de rosas, agua y cristal en la alfombra.
Escucho un par de pies presurosos en la distancia pero no me importa. Entra mi única compañía desde que volví al Capitolio, una Avox que se apresura en cambiar mi bandeja de comida, que no he tocado por u na nueva y comienza a recoger el desastre que he causado. Su presencia es dolorosa, y le quiero gritar que se largue. Ella voltea a verme como si supiera lo que pienso y no baja la mirada ni un segundo. No hay nada que decirnos, tan sólo con su presencia me recuerda que hay muchas cosas rotas en este cuarto, no sólo yo.
El momento se rompe con la llegada de Madame Lucia. Camina con esa dignidad agraciada tan característica y por un momento me aturde un recuerdo. La vi en el Centro de Renovación.
No le presta atención alguna a la Avox dirigiéndose derecha a mi cama. Se sienta a mi lado y evalúa mi deplorable estado antes de envolverme en un abrazo. No sé si espera que llore o muestre algún tipo de emoción pero si es así se va a decepcionar. Las lágrimas no han vuelto y no creo que lo hagan algún día. Las he encerrado en un lugar muy dentro de mí al que me rehúso a ir. Pero Lucia no me suelta y después de dos eternos minutos la rodeo con mis brazos y la aprieto con fuerza también. Soltar este agarre es una de las cosas más difíciles que he hecho.
Lucia se suelta y hace un ademán con la mano, señalando la comida en la mesa a mi lado.
—Tiene que comer, mi niño —dice con una cara estricta, poniéndose de pie. Se pone cómoda en el sofá junto a la puerta y saca dos agujas para tejer y una bola de estambre de su pequeña bolsa de mano. Veo cómo sus instrumentos se mueven estupefacto de que Madame Lucia esté haciendo algo tan... poco Capitolino. Ella siente mi mirada—. ¡Come ahora! —dice con más energía apuntando a la bandeja una vez más.
La misma voz que hace llorar equipos enteros de estilistas es suficiente para que mi cuerpo reaccione. Tomo la sopa de tomate y la sorbo despacio. Tan sólo comer es suficiente para que esté exhausto, sin embargo esta vez el sueño es natural y no por morfina. Al cerrar los ojos, caballos mutantes ya chillan en mis orejas.
Me despierta unas horas después alguien gritando a mi puerta.
—¿Dónde está? ¿Está bien? ¿Está vivo? —entonces se da cuenta de mi presencia y deja salir un grito que me perfora las orejas. Tutti cruza la habitación en tiempo récord para abrazarme, exclamando entre sollozos que nunca había tenido un tributo como yo y lo agradecida que estaba de que estaría con vida para el Tour de la Victoria en seis meses. Me aseguro que todo el mundo le decía que iba a morir diariamente pero que ella siempre creyó en mí y me defendió.
—Tutti, niña, por favor. Madame Lucia sabe que está agradecida de ver a Blight a salvo, pero intente contener sus histerias habituales por un momento para que el muchacho siga respirando —con sorpresiva gentileza Madame Lucia toma a Tutti de los hombros y la separa de mi ofreciéndole un pañuelo para que limpie sus lágrimas. Tutti le agradece y acepta el gesto. Con un respingo entiendo que los Juegos han convertido a éstas dos en, si no amigas, personas civilizadas.
Mis ojos se desvían hacia la puerta donde Jules y Vera me observan con ojos ansiosos.
—Jules, gracias por todo —le digo recordando las riendas, la medicina y la comida. Él asiente.
—Lo hiciste bien chico. Estamos muy orgullosos de ti.
Vera llora en silencio. Se podría pensar que después de ser mentora durante más de treinta años se volvería más fácil perder tributos, pero Charlie y Vera tenían un vínculo especial. Además, creo que Vera había esperado que contra todo pronóstico ella volviera, una esperanza que se intensificó al llegar a los cuatro finalistas, y que se desplomó junto con Charlie en la noria.
Intento incorporarme lentamente. Lucia sisea con desaprobación y me quiere hacer acostarme de nuevo. Le tomo la muñeca con firmeza para terminar de levantarme. La Avox viene a mi ayuda y juntas logran ponerme de pie. Les doy las gracias acercándome a Vera. Nos abrazamos durante unos momentos, como con Lucia, no hay palabras necesarias o suficientes para la pena que nos invade al haber perdido a Charlie.
Cuando nos separamos y puedo ver a todo mi comité de bienvenida, noto que falta una persona.
—¿Dónde está Eamon? —pregunto. Por la mirada que intercambian, el tono de mi voz fue horrible.
—Nadie lo sabe —dice Vera.
—Alguien lo sabe, alguien tiene que saberlo y voy a averiguarlo.
—Desapareció el día de la final —dice Tutti preocupada—. Nadie lo ha visto desde entonces.
—Bueno, necesito ayuda para vestirme, porque voy a cazarlo en todos los bares y clubes de esta ciudad hasta que lo encuentre, para descuartizarlo pedazo a pedazo.
—A Madame Lucia le han dicho que no permita que haga nada que pueda cansarle. Un asesinato violento califica como actividad extenuante, sin importar qué tanto lo merezca la víctima.
—Me gustaría verla intentándolo —murmuro dando tumbos por el cuarto—. ¿Dónde están mis zapatos? ¿Y mis cuchillos?
Lucia y Tutti se miran como si ya tuvieran un plan de contingencia. Ni bien he corrido hacia la puerta Madame Lucia me tiene inmovilizado de los brazos y Tutti inserta una jeringa de morfina en mi yugular con un grito, sin duda nunca ha hecho algo tan físico y atrevido. La negrura me invade. Lo último que recuerdo es la voz de Jules en mi oreja.
—Lo encontraremos chico. No te preocupes. Lo haremos por ti.
Paso los próximos días encerrado en mi cuarto. El letargo comienza a desvanecerse siendo reemplazado por dolor puro. Paso el tiempo caminando de un lado a otro con la intención de que mis piernas vuelvan a sostener mi peso sin temblar. Lucia, Tutti y los Vencedores del Distrito Siete me visitan ocasionalmente, pero hablamos poco.
Acumulé muchas heridas a mi paso por la arena, desde puñaladas hasta mordeduras y laceración de pulmones, pero las cicatrices de mi cuerpo desaparecen día con día.
Una mañana examino mi pecho intentando encontrar algún indicio de daño. Nada. Lucia decide entrar en ese momento, tiene la cara más maquillada de lo usual y está pálida por el polvo.
—La celebración es mañana por la noche —dice retorciéndose las manos. No puedo mirarla, así que me concentro en la pantalla negra del cuarto—. Blight. Hay alguien que quiere verte, ¿por qué no te cambias y vienes al salón? —algo en su voz me hace ponerle atención. Su cara no está blanca de maquillaje, sino de miedo. Sale con su clásico deslizamiento y me deja pensando en qué podría hacer que mi formidable estilista tiemble como una hoja al viento. Me pongo una camisa verde y pantalones cafés, un clásico mío y salgo de mi cuarto por primera vez en quién sabe cuánto tiempo.
Ahí, sentado en el sofá blanco, tomando un vaso de vino, está el presidente Snow.
Siento como si alguien dejara caer una piedra en mi estómago. El hombre más poderoso del mundo me mira con esos ojos terroríficos, piernas cruzadas y los brazos reposados como si no tuviese preocupación alguna. Su cabello dorado muestra un par de canas rebeldes y sus gruesos labios forman una sonrisa.
—Ah. Señor Gavin, el hombre del momento. Ven, ¿por qué no te sientas? —como si tuviera opción. Hago lo que me pide lentamente, y lo más lejos posible de su persona como el sofá me permite sin hacer evidente que solo el pensar en la presencia de éste hombre me repugna.
—¿Quería verme, señor Presidente? —me alegro de que mi voz se escuche fuerte y clara. Snow debe saber que muero de miedo, pero no voy a hacerle más fácil esta visita.
—Así es, me parece que una charla entre nosotros es necesaria, pero primero —levanta una mano y entra la Avox—. Bebidas, por favor. Y que el nuevo Avox en tu grupo las traiga —Ella asiente y desaparece, Snow vuelve su atención a mí—. Antes de que digas nada, ¿por qué no acordamos ser completamente honestos el uno con el otro? Tengo suficientes dobles sentidos y doble caras con los que lidiar aquí en el Capitolio, además de que nos ahorrará mucho tiempo.
—Concuerdo. Será lo mejor —no tengo idea de lo que Snow quiere decir, pero asiento. Snow se ríe.
—Me caes bien señor Gavin. Me caes muy bien, de hecho.
—Es una pena señor. Debo admitir que cualquier sentimiento similar de mi parte tardará mucho tiempo en concebirse —ante esto Snow se carcajea con gusto.
—Tu lengua no se ha quedado en la arena. Es bueno saberlo. No, Blight, de verdad que eras mi tributo favorito este año. Fuiste uno de los competidores más entretenidos que los Juegos han visto. Naturalmente, después de un Vasallaje, los años siguientes parecen aburridos en comparación, especialmente el año pasado cuando Lyme se abrió paso a machetazos y caras desagradables, pero tú, prácticamente solo le devolviste la novedad y la emoción a los Juegos del Hambre de una forma tan contundente que las hordas de gente sin qué hacer de por aquí aún gritan de alegría.
—Gracias señor. Debo decir que no puedo imaginar que alguien tan importante como usted haya venido hasta acá sólo para felicitarme por mis muchos logros. Teniendo en cuenta que puede hacerlo mañana en la ceremonia de celebración —la sonrisa de Snow se mantiene pero sus ojos brillan peligrosamente.
—Muy astuto. El punto es, que mientras fuiste inmensamente popular con las masas y admiro tu actuación en la arena, has creado un par de dificultades para mi gobierno.
—¿En serio? —levanto la ceja en mi mejor imitación de Madame Lucia—. Francamente, es mucho más difícil de imaginar una cosa como esa, pero de ser cierta, no puedo evitar sentir satisfacción.
—Sin duda, sin duda. Pero algo me lleva a pensar que estarás de acuerdo en que quedaron cabos sueltos que deben ser remediados. Primero que nada, todo este asunto contigo y el muto Abel. ¿Recuerdas cómo ganó Haymitch Abernathy el Vasallaje hace dos años?
—Usó el campo de fuerza que contiene a la arena para que el hacha de la Profesional le partiera el cráneo.
—Y esto hizo que nos convirtiéramos en una burla. La arena es un símbolo del control del Capitolio, no un recurso que los tributos puedan usar contra sus oponentes. Así como el campo de fuerza nunca fue un arma, los mutos no son animales de compañía —me dirige una mirada severa. Como no digo nada, Snow continúa—. En el caso del Sr. Abernathy no había manera de hacernos quedar mejor, pero contigo es diferente. Los desarrolladores de mutos, los que conservan la vida y el empleo claro, han dado entrevistas acerca de cómo crearon a estos caballos con la habilidad de ser domados y te los enviaron para ponerte a prueba. el Capitolio y los distritos han aceptado esta verdad e incluso vendemos réplicas miniatura de Abel para los habitantes de la ciudad, así que al final no hubo daño alguno. Eres un hombre con suerte, señor Gavin.
»Pero tengo un segundo problema, uno que nace de usted mismo incluso si no tuvo nada que ver. ¿Puede adivinar de qué se trata?
—Soy un elfo —digo sin tener que pensarlo un segundo.
—Así es. El que usted haya revelado que es un elfo, como dice, en la entrevista le ganó mucha simpatía en el Capitolio y estoy seguro que lo ha notado por los magníficos regalos que recibió. Verá, sus preferencias sexuales me tienen sin cuidado y también al Capitolio entero. Sin embargo, los elfos son una gran parte de la comunidad, estilistas, vigilantes, escoltas, políticos, empresarios, banqueros, socialités, en fin, personas con gran influencia y aún más grandes opiniones.
—Déjeme adivinar otra vez, ¿usted cree que voy a usar este poder de alguna manera?
—Ahora es su mascota. Un representante dentro del círculo de Vencedores. Lo han apoyado de una manera por demás abierta y vocal.
—Yo no pedí nada de esto.
—Y yo lo sé, pero rara vez pedimos por las cosas que la vida nos arroja. Deberías saberlo mejor que nadie. La situación es que con la influencia y afecto que posee, podría volverse peligroso, muy peligroso para la estabilidad de Panem. Con tan solo una palabra, frase o la simple impresión de que usted apoya las opiniones de la persona equivocada. Y no importa lo mucho que me agrade, señor Gavin, no puedo permitirlo.
Finalmente comprendo qué es lo que Snow hace aquí. Aparentemente tengo seguidores en el Capitolio y Snow teme que comience una revolución o algo parecido, y entonces vino a sentarse a este sofá a llenarme los oídos con palabras amables que ilustran lo precarios que son los lazos que sostienen mi vida.
—Entonces, señor Presidente, me está amenazando.
—Oh, vamos. Amenazar es una palabra muy corriente hasta cuando es cierta. Digamos que vine a firmar un compromiso mutuamente beneficioso. Usted acepta apoyar al régimen actual con cada oración y aparición pública que haga en el Capitolio y a cambio yo me aseguro que toda persona que lo espera en casa esté segura y cómoda, no tendrá que preocuparse por que les pase nada desafortunado.
Es aquí cuando me toca carcajearme. Evidentemente Snow no se lo esperaba, debe estar acostumbrado a caras acongojadas cada que ofrece uno de sus compromisos de mutuo beneficio.
—Muy intrigante señor Presidente, sin embargo no me interesa en lo más mínimo que nadie del Distrito Siete viva seguro o cómodo. Después de lo que ha pasado las últimas tres semanas, ¿cree que me importa si el Distrito entero arde en llamas?
—¿Así que no queda nadie para proteger?
—Ni una sola persona.
—¿Qué hay de ése chico? ¿Jason?
El nombre de Jason en los labios de aquél hombre es un golpe en el pecho que me lleva a recordar su cuerpo inerte flotando bajo el aerodeslizador.
—Jason murió —escupo con más veneno del que pretendía—. Link lo mató. Él murió en sus preciados Juegos del Hambre y no veo por qué tiene que venir a colación.
—Oh, señor Gavin —Snow sonríe negando con la cabeza—. Sin duda usted es brillante, pero nunca debe asumir que lo sabe todo. Ah, perfecto, ¡refrigerios!
Hace un ademán de levantarse cuando los Avox regresan y ponen frente a nosotros sendas bandejas de frutas y pequeños pastelillos. Sin duda se regodea de la reacción que no pude evitar al escuchar sus palabras, de la forma en que mis ojos se abrieron de par en par y mis manos apretaron el tapizado del colchón. Para recuperar un poco la calma, miro a la Avox y su compañero y tomo una dona. Un siseo peligroso escapa mis labios.
Es Eamon. Está vestido con el uniforme rojo de los Avox, con la cabeza gacha y las manos juntas en su pecho. El Presidente Snow me mira con una sonrisa. Mi mentor es cruel y despiadado, pero no hay maldad más pura que la de los ojos de Snow. No puedo esquivarlos, sin embargo, involuntariamente muevo mi lengua en la boca para asegurarme que sigue ahí.
—Voy a contarle lo que pasó en la arena, Señor Gavin, y me gustaría que no me interrumpa. Vuestro mentor, Eamon, estaba muy interesado en su muerte claro, y no lo culpo, con la cantidad de apuestas que él y su distrito hicieron en su contra. Si usted hubiera muerto, su deseo de ver al Siete arder en llamas se habría materializado. Sin embargo, no lo hizo, usted sobrevivió, pero el Distrito va a tener un par de años difíciles de todas formas.
»Bueno, me estoy adelantando. Eamon, en su desesperación ideó una trampa de la que creyó que usted no podría escapar. Él y sus amigos Vigilantes tomaron a Jason y lo pusieron en la arena. No sólo tendría que enfrentar a tres tributos peligrosos, sino cuidar de la vida de otra persona. Por supuesto, se tomaron medidas para que él no corriera ningún peligro. Las leyes del Tratado estipulan que veintucuatro entran y veintitrés no regresan. No veintitrés y un extra. En caso de que Jason muriera, sería una violación directa al Tratado por parte del Capitolio, que ocasionaría que los distritos quisieran revelarse, preocupados de que esto se convirtiera en moda.
»Una de las precauciones tomadas con este propósito era el rastreador en su brazo que enviaba choques que le incapacitaban si intentaba interferir o ponerse en una situación de peligro. En medio del drama de la final, desafortunadamente, los Vigilantes dejaron de hacer su trabajo como se debe. Estaban seguros de que Link terminaría contigo y reclamaría la victoria, y jamás pensaron que se volvería contra Jason. En el último segundo, se tuvieron que tomar medidas desesperadas y deshabilitaron a Jason. Esperaban que esto hiciera recordar a Link quién era el verdadero oponente. Al final, la distracción te permitió ganar a ti. Tu cumpliste con tu propósito, al igual que Jason, quien ha vuelto sano y salvo al Distrito Siete.
»No negaré que los intentos de tu mentor y sus amigos casi crean un desastre de proporciones mayúsculas. Por fortuna todo quedó en un susto. Puedes estar tranquilo, habrá muchas caras nuevas entre los Vigilantes el próximo año.
La corriente eléctrica que me había recorrido las entrañas durante toda aquella palabrería de Snow paró en sincronía con el movimiento de sus labios. Y no pude responder más que tres palabras.
—No te creo.
—Pensé que habíamos acordado ser honestos el uno con el otro.
—Estoy siendo honesto. Y honestamente no le creo.
Snow vuelve a sonreír y con una seña le indica a la Avox que prenda la televisión. La pantalla muestra una celebración por todo lo alto en el Distrito Siete. Hay banderas y afiches agitándose al viento, pegadas en las casas, el Palacio de Justicia y la taberna. La gente baila en la plaza y los reporteros del Capitolio se mezclan entre el bullicio entrevistando a todo el que se deje. Puedo reconocer algunas caras, si, ahí está Mack con su esposa, y ahí, a su lado rodeado de admiradores capitolinos de todos los colores, con una carcajada en los labios y su cabello dorado resplandeciendo al sol, está Jason. Vivo. Jason está vivo.
—¿Por eso Eamon es un Avox? —pregunto desesperado, no por una respuesta, sino por tiempo para ordenar mis ideas. }
—En parte. Obviamente nos tomamos las violaciones al Tratado muy en serio, pero más que nada, después de los Juegos vinieron los cobradores y le dieron una opción; la prisión o los agentes de paz. Escogió correr, y lo atrapamos —la tele se apaga y Snow me mira—. Entonces señor Gavin, sobre ese acuerdo...
Mi cerebro trabaja como nunca antes, mucho más que al enfrentarme a las rastrevíspulas o al domar a Abel o al pelear contra Link. Porque es la vida de Jason la que pende de un hilo y de mis siguientes palabras.
Volteo a ver al presidente sentado a mi lado. ¿De verdad voy a hacerlo? ¿Voy a hacer que me muestre su mano el hombre más poderoso del mundo? Pues sí, porque soy el elfo del Distrito Siete y acabo de ganar los mentados Juegos del Hambre.
—Voy a tener que declinar la oferta señor Presidente y creo que usted entiende por qué. No puede hacerme nada porque hay demasiada gente importante que me apoya. Piensa que al amenazarme con mis seres queridos va a amedrentarme, pero la cosa es que sólo me queda Jason, y para su mala suerte a Jason no solo lo amo yo. Lo ama todo Panem. Nos ama el Capitolio y ama vernos juntos. Esas personas que me ven como su mascota quieren verme feliz con el hombre al que rescaté en el festín —la cara de Snow confirma mis sospechas, así que continuo—. No creo que esté enojado porque el Tratado fue violado, creo que no le importa un pepino. Lo que le molesta es que usaron la vida de Jason como carnada antes de que usted pudiera hacerlo. Y entonces, si quiere que yo coopere con usted, no podrá amedrentarme, tendrá que convencerme.
Snow aprieta su copa con tal fuerza que me parece que la romperá, o me la aventará a la cabeza, pero al final echa la cabeza para atrás con una sonora carcajada.
—Oh, señor Gavin, es un desperdicio usted en el Distrito Siete. ¿Ha decidido ya cuál será su talento? Porque le iría bien en la política.
—Me estoy decantando por poesía erótica.
—Bueno, estoy seguro que hará bien lo que sea que escoja. Estoy contento de que no le repela la idea de cooperar. Así que señor Gavin, parece que no me deja opción. Dígame qué quiere.
—Cuando esté en el Capitolio, actuaré encantado del poder y la belleza que proyectan. Nadie cuestionará que mi lealtad está aquí y con usted. Lo trataré como a un tío lejano al cual admiro y aprecio. En el Distrito Siete seré conocido como un admirador del Capitolio aún más grande de lo que Eamon jamás fue. Me han odiado por diesciséis años, y ahora que los odio también por mí pueden hacerlo por siempre. Pero, quiero que me dejen en paz, que me olviden mientras esté en casa. A mí y a cualquiera que entre a mi casa. Es todo lo que quiero, si me dejan ser yo no causaré un solo disturbio. Sus rivales no escucharán una sola palabra negativa contra usted de mis labios.
—Usted pide demasiado —dice Snow con los ojos entrecerrados.
—Lo sé, soy un fresco. ¿No es así?
—Está bien. Pero sepa que si por un momento siento que no está cooperando con nuestros términos tendré que... hacerle un recordatorio.
—Comprendo.
—Entonces creo que es todo señor Gavin. Felicidades otra vez —Snow se levanta y se dirige a la puerta. Antes de que pueda salir, hablo otra vez.
—¡Señor Presidente!, ¿Señor? De hecho, me gustaría pedir otra cosa.
—¿Ah si? —se voltea Snow—. ¿Y qué podría ser?
—Quiero un Avox.
—¿Eso es todo? —sonríe con indulgencia—. Eso se puede arreglar con facilidad.
—Pero no cualquier Avox...
Snow voltea a ver a Eamon que sigue parado en el mismo lugar con una cara horrorizada y su sonrisa se vuelve aún más cruel.
—Haremos los arreglos necesarios.
Y al fin, se va.
