Nota de la traductora: Éste es el penúltimo capítulo. :) Al fin, después de todos estos años.
Quiero agradecer a todos los que han leído la historia y la han puesto en favoritos. Significa mucho para mí y para el autor original. Por favor cualquier comentario sobre la traducción es bienvenido, me encanta saber lo que opinan y sus consejos para mejorar. Todavía estoy en proceso de actualizar las otras dos traducciones (¡Y la racha va bien éste mes! ;) ) así que la crítica constructiva me viene de maravilla para darme ánimos.
Saludos,
H
Blight:
Puedo escuchar el rugido de la multitud desde abajo del escenario. Es la noche de mi gran Celebración de la Victoria y me encuentro temblando como una hoja de álamo. No quiero salir ahí afuera y sonreír frente a toda la gente que vitoreaba mientras veintitrés niños morían en la arena. No quiero revivir los Juegos en un "resúmen" de tres horas ni mirar a los ojos al Presidente Snow por primera vez desde nuestro intercambio jocoso de la última vez.
No quiero, de verdad de verdad, no quiero.
Y sin embargo tengo que hacerlo si quiero volver a casa con Jason. Tengo que hacerlo.
Hay una pequeña televisión en este cuartito y mantengo los ojos pegados a la pantalla para intentar distraerme de los traicioneros escalofríos que me recorren el cuerpo y amenazan con ponerme de rodillas. Afortunadamente, los primeros en subir al escenario son los miembros de mi equipo de preparación y de inmediato me hacen sentir mejor. Hasta tengo que reprimir una de las primeras sonrisas genuinas que he tenido después de la arena.
Poppaea, Romulus y Remus están extasiados, hacen reverencias de agradecimiento y reciben los aplausos con toda la humildad de la que son posibles, derrochando arcoíris de entusiasmo y felicidad, la multitud los ama. Honestamente estoy contento de que el hecho de haber ganado los Juegos le traiga felicidad a alguien, incluso si no soy el más grande fan de mi equipo. Claro que no puedo negar que hicieron lo mejor que pudieron para que la gente me recordara, pero no les puedo perdonar la pérdida de mi pelo en pecho.
Tutti Marble es la siguiente, y estoy preparado para ver cómo toma la nauseabunda felicidad de mi equipo de preparación y la multiplica por mil. Sin embargo, lo que veo me sorprende. Tutti camina al frente, hace una profunda reverencia, manda un par de besos a la multitud y toma su lugar. Nada de histerias, nada del dramatismo excesivo al que estoy acostumbrado. Madame Lucia ha sido una buena influencia porque parece que Tutti Marble ha crecido un poco.
Es el turno de Lucia en el escenario y el ruido se intensifica. Lucia ha sido una leyenda por muchos años y el hecho de que ha logrado vestir a otro tributo ganador solidifica su posición como LA estilista a seguir en Los Juegos del Hambre. Siendo Madame Lucia quien es, se ve tan solo ligeramente agradecida cuando le da las gracias a la multitud con la túnica plateada ondulando en el escenario.
Jules le sigue casi de inmediato. El viejo ha tomado el puesto de Eamon como mi mentor y no puedo evitar negar con la cabeza ante la actitud endeble del capitolio que adoró a Eamon durante diez años y hoy no parece importarles a dónde ha ido. Me pregunto cuántas personas saben que se encuentra entre ellos, en el balcón de los Vigilantes con su nuevo uniforme rojo, sirviendo bebidas.
De cualquier manera, me hace inmensamente feliz que el agradable Vencedor de los Séptimos se lleve el crédito por mi victoria. Después de esa silla de montar, los dioses saben que lo merece. El asistente del Capitolio que se encuentra conmigo comienza a hacerme gestos frenéticos para que me suba al pedestal, y le hago caso. Pronto estoy subiendo a la superficie.
Mi estómago da un vuelco tremendo, pues estoy convencido de que estoy en el matadero otra vez, y que cuando llegue arriba la Ciudad de los Gigantes me estará esperando. Pero el momento pasa y al verme, lo único que el Capitolio puede ver es la sonrisa ladeada de su elfo favorito, a pesar de que el rugido de la audiencia casi me hace tambalear.
Con un gesto perezoso de la mano y una sonrisa más grande reconozco sus aplausos y gritos. Mi traje de seda brillante con bordados de hojas y símbolos mágicos parece danzar bajo las luces, y esta vez no llevo las orejas puntiagudas. Parece que los Vencedores pueden conservar un poco más de dignidad, además ya no hay necesidad de recordarle a la gente quién soy. Todos lo saben.
Caesar Flickerman me recibe, por supuesto, bromeando con la audiencia a gritos para que lo escuchen por encima del barullo. Nos damos un amistoso apretón de manos y un abrazo, como si fuéramos los mejores amigos y no un niño que acaba de ganar una batalla a muerte y el presentador del evento.
Caesar me presenta, pero es una formalidad y después me lleva al trono de los Vencedores.
Me siento en la silla decorada y de inmediato pienso en todos los Vencedores que se veían incómodos aquí, o en los que exudaban arrogancia o en Lyme, quien el año pasado no dejaba de rodar los ojos, como si todo aquello no valiera su tiempo. Así que me siento agradecido cuando veo mi expresión en la pantalla y no aparecen ninguno de estos sentimientos. No me veo como que crea que no me lo merezco, pero tampoco estoy feliz ni embarrando mi victoria en la cara de las veintitrés familias que sin duda siguen de luto.
El himno suena y el resumen comienza. Me he preparado para esto. Vera y Jules me advirtieron que sería difícil, Vera me aconsejó que apretara los labios y que me concentrara en un punto fijo lejos de la cámara y Jules se ofreció a enseñarme su truco para dormir con los ojos abiertos. Les agradecí a los dos pero ya había formado un plan en mi cabeza desde aquella mañana, mientras mi equipo me preparaba.
Naturalmente, como soy el campeón la mayoría de las escenas son mías, pero también se concentraron mucho en los otros tributos con los que interactúo. Durante las cosechas, el desfile y las entrevistas veo a Charlie y Devon sonreír, a Plautia molestar a sus compañeros y a Link fruncir el ceño. Entonces los Juegos comienzan y enfoco mi atención en la pantalla con toda la concentración de la que soy capaz.
Veintitrés niños y niñas tuvieron que morir para que yo estuviera sentado aquí, lo menos que puedo hacer es grabar a fuego en mi memoria sus rostros y sus nombres para nunca olvidar que mi vida es, y siempre será un monumento a sus muertes. Así es como empieza.
Kira, distrito 3, Quintus la aventó al lago. Caraway, distrito 5, Romani lo atravesó en el Baño de Sangre. Reesa del 6, Link le amputó las piernas y Quintus terminó con su sufrimiento. Cole, muerto por el chico del Ocho por una botella de agua. El chico del Ocho, Tune, muerto por una lanza de Alabaster. Owen, la espada de Link llegó a él mientras intentaba escapar de la Cornucopia. Doralie y Rae, los tributos del Doce que murieron abrazados y llorando. Clare, la niña con cara de ángel, que recibió un cuchillo de Plautia antes de que pudiera sufrir una muerte más grave.
Chip, explotado frente a mí por una trampa de los Vigilantes. Robin, muerta por Plautia en una excursión de los Profesionales. Sower y Monaghan que intentaron un desesperado ataque al campamento de los Profesionales y casi lo logran. Bobbi, muerta por su propio veneno después de ser víctima de la generosidad de Charlie. Qin Li, presa del pánico muerta por una aún más desequilibrada Charlie.
Plautia, asesinada por Alabaster por intentar salvar a Devon y a mí de la tortura. Devon, mi amigo, quien sufrió la muerte más horrenda que los Juegos hayan visto jamás. Alabaster, Tara y Quintus, destrozados por los mutos que llamé con mi voz. Me sorprendí de saber que a pesar de que los mutos hicieron todo el trabajo, las muertes habían contado como "mías".
Romani y Charlie, que cayeron de la rueda de la fortuna. Abel, no era un tributo, pero un amigo fiel que murió para salvar mi vida. Link, muerto por una lanza que aventé con tanta furia que atravesó su cuerpo casi por completo. Todas sus caras. Todos sus nombres. Han sido archivados como las muertes 1199 - 1221 de los Juegos del Hambre, pero para mí ellos siempre serán los chicos y chicas que habrían vuelto a casa de no ser por mí.
El resumen termina conmigo gritando el nombre de Jason mientras nos suben en el aerodeslizador. Mientras miro mi figura inconsciente siendo sacada de la arena los sentimientos me invaden y tengo que hacer un enorme esfuerzo para convencerme de que no está realmente muerto. El himno suena de nuevo. La multitud vuelve a enloquecer.
Cantan mi nombre y el nombre de Jason y Caesar Flickerman sonríe y emite sonoras carcajadas, alentando a la gente a que continúe con las palabras de aliento para el Elfo y el Leñador.
— Sin duda, si algún día tenemos en los Juegos una historia de amor más grande que ésta, va a sacudir a Panem hasta los cimientos —grita. Yo niego con la cabeza y sonrío. Caesar sabe cómo manejar a la audiencia, pero estoy seguro que sabe que si algo sacudirá a Panem, no será un romance.
Me quedo en el trono durante otra hora, mientras se dicen más discursos y palabras amables. Sólo me levanto de mi asiento cuando el Presidente Snow sube al escenario. Sonriendo, lo saludo con un gesto de la mano y él me sonríe también abriendo los brazos en señal de saludo, yo camino hacia él y estrechamos nuestros brazos. El Presidente levanta mi mano en señal de victoria. Todo el que nos vea ahora, felices y sonrientes creería que nos guardamos un afecto verdadero. Me enorgullezco de saber que sólo hay dos personas en la nación que saben la verdad, quizás tres, si Madame Lucia es tan astuta como sé que es.
El presidente toma la corona de los Vencedores del cojín que una niña en un impecable vestido trae y la pone en mi cabeza. Cuando lo hace, nuestros ojos se encuentran e intercambiamos miradas. No hay ninguna clase de afecto en sus pupilas, pero tampoco veo odio o aborrecimiento, sólo un ligero sentimiento desafiante. Quiere que yo sepa que si juego mal mis cartas, que si lo empujo de más, él va a empujar también. Y mucho más duro. Pero en ése desafío también existe respeto.
Imagino que las emociones intensas como el odio son demasiado mundanas para que el Presidente de Panem se entretenga con ellas. No puedo imaginarme lo que alguien tendría que hacer para hacer que Snow los mirara con odio desenfrenado. Y espero nunca saberlo.
La multitud sigue ovacionando y el himno suena por tercera vez. Juro que parece ser la única pieza musical que se saben en el Capitolio, y ni siquiera es tan buena, algo sobre las estrellas y las bombas y un nuevo amanecer. Caesar Flickerman les recuerda a todos que mañana habrá una entrevista final y entonces todos comienzan a salir del lugar.
Tutti me abraza, después mi equipo de preparación y Madame Lucia. Jules es el último y al abrazarme me susurra:
— Sólo la entrevista, y después a casa.
Casa.
Me iré a casa.
Pero, ¿qué clase de casa me espera?
Una fría voz femenina anuncia que llegaremos en diez minutos a la estación en el Distrito 7 y tengo que tragarme el nudo de la garganta e ignorar el sentimiento de mariposas en el estómago. Llegó la hora. Llegó la hora de enfrentarlos a todos. Me levanto y le doy una última inspección al tren.
Tutti está sentada entre Jules y Vera, charlando amistosamente. Jules se ríe con ganas de sus anécdotas y Vera sonríe cuando es requerido, mirando por la ventana con expresión ausente cuando no. Desearía que Lucia estuviera aquí porque entonces, podríamos hablar de la nueva peluca de Tutti, que ahora es magenta brillante. Reprimo una sonrisa y me guardo mis comentarios. Me digo a mí mismo que es porque la sátira sin filtro sólo funciona con una audiencia que la aprecie, y no porque Tutti Marble cada vez me cae mejor.
Cuatro agentes del Capitolio se sientan en el cuarto en silencio. La escolta y los tres Vencedores bajamos, pero los agentes cargan la caja de madera con el cuerpo de Charlie y será sepultado en el cementerio dedicado a los tributos de los Juegos.
Mientras intento alisar las arrugas de mi pantalón y mi saco, una pequeña figura me pone un artilugio del Capitolio en la ropa. Es cálido, y las arrugas desaparecen cuando mi Avox pasa el aparato por ellas. La mujer, pequeña y de mediana edad tiene el cabello rubio típico del Distrito 7, pero al posar su mirada en mí, sé que compartimos los ojos de quienes han visto lo peor que el Capitolio puede ofrecer.
— Gracias —le susurro cuando termina. Y ella sonríe y me aprieta la mano con cariño. Fue apenas ayer, la noche después de mi última entrevista que me informaron que habían localizado al Avox que pedí. Y con eso, mi madre entró en el cuarto y nos abrazamos durante un larguísimo tiempo. Le conté del trato que había hecho con Snow y que él había accedido a darme cualquier Avox que escogiera. Le dije, sonando como un hijo orgulloso de su dibujo de lodo, que la había liberado y que vendría conmigo a casa a vivir en el lujo de la Villa de los Vencedores, y que nunca tendría que temerle al Capitolio.
Era mi más grande triunfo, más grande que haber domado a Abel, más grande que ganar los Juegos y más grande que hacer que Snow bailara a mi ritmo. Nunca se me ocurrió que ella se negaría. Pero lo hizo. Y durante esa larga y horrible noche intentó hacerme entender mediante señas y escrituras que a pesar de que había privaciones en el Capitolio, también había gente por la que se preocupaba, gente que dependía de ella. Me dijo que su posición en el Capitolio era muy importante para algunos intereses y que algún día entendería.
Y también me dijo que se negaba a dejar que el Presidente Snow supiera que ella era mi única debilidad, la única otra persona que me importaba además de Jason. Y me dijo que jamás podría regresar al Distrito 7 y enfrentarse a mi padre, no después de lo que él y mis hermanos me habían hecho. Me prometió que nos veríamos otra vez, porque yo iría al Capitolio todos los años. Ciertas personas organizarían reuniones entre nosotros, todo el tiempo que fuera necesario.
Me dijo que no era una despedida, y me dio un papel con un sólo nombre. Cuando lo ví, supe lo que tenía que hacer, ¿cómo podría negarme?. Y por eso, tengo a ésta Avox, a quien nunca había visto antes pero tenía una cara demasiado familiar.
— Distrito 7 —anuncia la voz del tren y nos detenemos por completo. Tutti me escolta a la puerta, los otros Vencedores y la Avox me rodean.
Un asistente abre la puerta y una ráfaga de sonido me da la bienvenida.
Todo el Distrito parece estar aquí, gritando, vitoreando y llorando. Las banderas y pancartas bailan en el viento y mi nombre suena por toda la plaza. Bajo del tren y camino al Edificio de Justicia como en trance. Los Agentes de Paz forman una columna para mantener el orden y las cámaras del capitolio no se me despegan, para asegurarse de tener la imágen perfecta, cada levantamiento de ceja y cada movimiento de cabeza.
— ¡Vamos, dejen que respire! —grita Jules, y los reporteros dan un paso atrás para no aplastarme y sofocarme hasta la muerte. Puedo sentir dos golpes en las piernas, y veo a Merrill Mason sonriendo desde abajo, abrazando mi cintura, y debajo de él, Johanna haciendo lo mismo con mi pierna, con su sonrisa infantil llena de dientes. Me agacho para mirarla a los ojos, justo como hice hace tres semanas, cuando no era más que un tributo asustado y ella la única que creía en mí.
— Tenías razón —le digo y ella rueda los ojos.
— Te dije leñabobo —la fotografía de mí en aquél momento riendo y abrazando a Merrill y Johanna se esparce por todo Panem en las siguientes semanas.
A penas he dado dos pasos más, libre de los muchachos, cuando alguien más se me ha aventado encima.
— Blight, lo siento. Lo siento Blight, por favor... —es mi hermano Jonel que llora en mi hombro y toda su culpa y miseria puede leerse en su cara. Le empujo hacia atrás.
— Quítate —le digo—. Obtuviste lo que querías. Tu hermano no volvió del Capitolio.
Unos pasos más allá, encuentro los ojos de mi padre. Había estado temiendo este momento desde que desperté en el Centro de Entrenamiento después de ganar los Juegos, pero me encuentro con la sorpresa de que no tengo emoción alguna por este hombre. El sufrimiento y el abuso al que me sometió ya no existen, quedaron atrás y ya no tengo que perder ni un segundo más pensando en él.
Nos miramos largo y tendido hasta que le susurro:
— Vi a mamá en el Capitolio, y le ofrecí volver. Soy un Vencedor ahora, pudo hacerlo. Pero dijo que no quería volver a verte nunca más. —me alejo sabiendo que con una sola frase, lo he lastimado más de lo que él jamás pudo en nueve años.
La gente me sigue hasta que llego al Edificio de Justicia, donde el Vencedor saluda al alcalde de su Distrito. Éste es otro de los momentos que me han quitado el sueño. No quiero estrechar la mano del alcalde Lourdes y los ojos acusatorios de un hombre que se pregunta por qué yo volví a casa y no su hija. Pero para mi sorpresa el Alcalde Lourdes no se ve por ningún lado. En su lugar, cuatro personas me esperan en el escenario de las cosechas. Reuben, el jefe de los leñadores. El Jefe Core en su inmaculado uniforme blanco, y en el centro, luciendo dignificado y extremadamente oficial en sus nuevas ropas hechas a la medida, están Mack y su esposa Evelyn.
Mack me estrecha la mano muy formal y me abraza poquito.
— Bienvenido de vuelta muchachón. Sabíamos que podrías hacerlo, lo sabíamos —lo miro confundido.
— Mack... no entiendo. ¿Dónde está el alcalde? —Mack sonríe ante mi pregunta.
— ¡Lo estás viendo chico! —mi cara debe verse completamente estúpida porque ya no se ríe, se carcajea—. Después de que Charlie... cayera, el alcalde Lourdes renunció alegando que dificultades personales estaban interfiriendo con sus deberes. Me nominó como alcalde interino hasta las elecciones y anoche se hizo oficial —en ese momento veo el broche dorado en su corbata de seda y el nuevo vestido con influencias del Capitolio de Evelyn. Ella me guiña un ojo.
— Bueno, al menos te pagan bien —le digo. Evelyn y Mack intercambian una mirada de complicidad. Sus expresiones me son familiares, se ven exactamente como yo cuando hice algo travieso.
— Sólo porque todos apostaban a que ibas a morir en los Juegos, no quiere decir que teníamos que hacerlo también —dice Mack—. Fuimos los únicos que apostamos a tu favor, y la paga fue muy buena —me río alto y claro de la audacia de mi antiguo líder de escuadrón.
— Y como todos los demás perdieron, el Capitolio no sospecha mucho —agrega Evelyn.
— Yo no estaría tan seguro —les susurro—. El Distrito Siete ha llamado la atención de un individuo muy frío, que no está nada feliz de lo cerca que estuvo esta conspiración de apuestas de volver rico al Distrito. Va a haber muchos cambios por aquí —Mack intercambia una mirada con Core y ambos asienten. Se lo esperaban.
— ¿Tu familia te ha dado dolores de cabeza? —me pregunta.
— Ni un poco —les digo—. Ni siquiera he visto a Abel.
— Ni lo harás. Escuchamos lo que pasó con Eamon y tu hermano habría desaparecido también de no ser porque Core le encontró un lugar con los agentes de paz y lo mandaron al Doce. Era la única manera de mantenerlo con vida —inclino la cabeza, pero no sé si es de agradecimiento porque no tendré que verle la cara o porque me han quitado otra muerte de los hombros.
Tutti y los Vencedores nos interrumpen en ese momento. Mack los voltea a ver y sus ojos se posan en la Avox que viene detrás, la que mi mamá me pidió que trajera de vuelta. Su cara, para mi suprema satisfacción se vuelve blanca al reconocer a la mujer que había desaparecido trece años atrás.
— Por los Dioses —susurra—. Es... no puede ser...
— Sr. Alcalde, supongo que ya conoce Magdeline Lourdes —digo mientras "presento" a la madre de Charlie—. Es mi nueva Avox, y estoy seguro que tendré muchos asuntos que tratar con el ex-alcalde Lourdes, así que probablemente se la viva en esa casa.
Mack me mira con renovado respeto.
— ¿Quién eres? —me pregunta—. Ciertamente no el niño que se llevaron.
— Espero que no —le digo. Pero no hay más tiempo para hablar porque las cámaras vuelven a lo suyo, tomando miles de fotos durante los discursos y los saludos oficiales. Yo sonrío hasta que me duele, y al fin, me llevan a la Villa de los Vencedores, el área con doce enormes mansiones donde Vera, Jules y ahora yo vivimos. Más fotos son tomadas cuando me entregan las llaves, yo continúo sonriendo y saludando hasta que cierro la puerta.
Ni siquiera me quito los zapatos, mis ojos ven el lujoso interior pero siguen enfocados en las ventanas de la cocina. Abro una de ellas, y salto hacia afuera, hacia el bosque.
Jason:
Escucho atento los vítores de la multitud, incluso desde aquí son fuertes, y duran horas y horas. Ahora sé que Blight está en casa. Ha vuelto. Pero no quiero encontrarme con él ahí afuera, con las cámaras y la gente y los reporteros. Así que lo espero aquí, donde sé que va a encontrarme.
El sol se está poniendo cuando la puerta del establo se abre y una delgada figura negra se desliza hacia adentro. Estoy recargado en la pared, atento a él, recordando la primera conversación que tuvimos es este lugar que huele a heno y caballos. Ésa conversación, justo antes de la cosecha, que fue el catalizador de todos los sentimientos que había albergado durante mucho, mucho tiempo.
Blight... no, Levi. Levi no me mira al entrar al establo. Los caballos pueden olerlo y le dan la bienvenida con suaves relinchos, los gatos corren a meterse entre sus piernas y ronronear. Él los saluda también con palabras susurradas que no puedo escuchar. Finalmente, se voltea y me mira, sus ojos llenos de fuego y calor.
— Hola, Levi —le dijo.
— Hola, Jason.
— Has vuelto.
— Así es. Y aquí estoy.
— Aquí estás —dioses, soy un idiota. Miro al suelo para ocultar mi estupidez—. ¿Y qué sigue? Me refiero a... ahora que estamos juntos.
— ¿Juntos? ¿A qué te refieres? —contesta él y mi corazón se me cae hasta el estómago. Miro a Levi y él me está sonriendo con la monstruosa expresión con la que nos veía a Connell y Tobin y a mí, durante todos esos años. No puedo juntar las palabras en una oración.
— Bueno... yo creí que... ya sabes. Después de todo... que quizás tú y yo... —balbuceo y me callo. Levi me mira con una mezcla de pena y tristeza.
— Oh Jason, ¿no hablarás en serio? Digo, a penas nos conocemos —mi cuerpo se convierte en hielo, pero él continúa—. ¿Qué hemos hecho juntos? Hablamos en éste establo, peleamos en el Edificio de Justicia después de que tus amigos me ofrecieran para los Juegos del Hambre y luego tuve que degollar a un niño para que no te abriera las entrañas. No creo que ninguna de esas cosas sea una base sólida para una relación. —sigo mirando al suelo, con las manos dobladas detrás de la espalda, intentando adivinar cómo me equivoqué tanto con ésto. Pero Levi está a mi lado y pone una mano en mi hombro.
— Así que hoy, cenaremos en mi casa, a las ocho. Y podemos conocernos como se debe —y se voltea y se va. Casi ha llegado a la puerta cuando me acuerdo de cómo moverme y le alcanzo, le doy la vuelta y lo beso.
Lo presiono contra mí y su calor inunda mi cuerpo, sus brazos también me aprietan. Una de mis manos está en su cintura, la otra en su nuca para poder sostenerlo si quiere escapar. Pero no lo hace. Después de un tiempo, tenemos que respirar. Levi levanta una ceja, esperando que yo deje de jadear.
— O podríamos besuquearnos en el establo un rato.
— No tengo tiempo —le digo—. Tengo una cita a las ocho y tengo que prepararme. Levi suelta una risotada franca.
— ¡Oh Jason!
— ¡Oh Levi!
Y lo decimos al mismo tiempo:
— ¡Eres un cabrón!
