Nota de la traductora:

Muchas gracias a todos los que han seguido la historia durante todos estos años. Gracias por tenerme paciencia y muchas gracias por leer.

Éste proyecto ha terminado, pero si quieren saber más sobre este fanon, pueden encontrar los diez primeros capítulos del Proyecto de los Vencedores en mi perfil y algunos capítulos sobre Cecelia Rhyes en "Entra al Rio".

Otra vez, muchísimas gracias.

H


Johanna Mason:

La casa se encuentra en silencio, y una capa de polvo lo cubre todo. Así ha estado durante tres años.

Me siento en el mullido sofá, intentando no quedar cubierta por una nube de polvo. La casa podría ser cualquiera de las otras, que nunca fueron habitadas en la Villa de los Vencedores, de no ser por pequeños detalles que revelan los fantasmas de los hombres que vivían aquí: una bufanda de seda brillante olvidada en la mesa, algunas letras escritas con letra elegante en la mesa de la sala. Y por supuesto, el enorme retrato colgado encima de la chimenea que muestra a un chico, vestido de negro, con un palo de madera en la mano derecha y las riendas de un hermoso y rampante caballo dorado.

No puedo evitar sonreír cada vez que lo veo. Blight odiaba esa pintura con una pasión tremenda desde el momento en que llegó como regalo de alguno de sus admiradores del Capitolio, pero Jason no pudo contener la carcajada al ver la ostentosa obra de arte y la cara de disgusto de Blight y lo obligó a ponerla en el lugar de honor de la sala.

Veinte años después sigue ahí, Jason no.

El polvo me alcanza, me hace toser y me obliga a levantarme. Camino hacia la chimenea. Debajo de la pintura hay una fotografía pequeña, dos chicos abrazados y riendo en las playas del Distrito 4 durante el Tour de la Victoria de Blight, hace veintitrés años. Jason se ve igual que siempre, la sonrisa que nunca se desvanecía, su cara que parecía nunca ceder ante los años y sus ojos que jamás proyectaron otra cosa que amabilidad. Blight por otro lado. No se parece en nada al hombre que conozco y el muchacho que se convirtió en leyenda hace tantos años. No sólo lo digo por la apariencia, pues Blight, a diferencia de muchos otros Vencedores que cedieron ante diversos vicios para olvidar los Juegos, se mantuvo a fuerza de hacer lo contrario, de recordar todo. Y tenía a Jason.

Su cuerpo permaneció fuerte, su cara envejeció de forma natural, lo que en realidad cambió fue su actitud de sabelotodo al que nada le importa con sonrisa rápida y maliciosa. Ni siquiera el hombre serio y adusto que conocí cuando me cosecharon. Al final, sus ojos carecían de toda forma de vida. Era la misma mirada que tenía Haymitch, y Cecelia a veces. Las miradas mía y de Enobaria.

Tengo que sacudir la cabeza para alejar los pensamientos mientras camino por la casa. Es una tontería compararme con Blight porque como Vencedores, no podíamos ser más diferentes. Yo tenía una reputación, cautelosamente cultivada, como la perra más fiera del Distrito 7. ¡coman sus Vegetales o le llamaré a Johanna Mason! ¡No pelees con tu hermana o vendrá Johanna! Es lo que las madres les decían a sus hijos en el Capitolio. Soy el monstruo bajo sus camas.

En el distrito, me dejan en paz pero no puedo escapar las miradas de compasión y pena que me dedican. Todos saben, sin importar cuando lo odie, que a pesar de lo que digan los reportes sobre el accidente que masacró a toda mi familia, en realidad fue mi negativa ante las exigencias de Snow lo que acabó con ellos.

Blight pudo ganar esa batalla, antes de que el Presidente tuviera el poder absoluto. Yo no. Yo fui testigo de la ejecución de mi madre, Merrill y mis demás hermanos. Soy una mártir, y un horrible, horrible desastre.

Blight por otro lado, era la vergüenza del Distrito, y no por lo que hizo, sino por lo que se le hizo. Lo vendieron a los Juegos para poder apostar en su contra, todos conocemos la historia. La gente le teme, y lo dejan en paz. Si Blight alguna vez tenía deseos de mostrar amabilidad o generosidad al Distrito, lo hacía a través de Jason. Los demás lo evitaban en las calles, como a mí, pero diferente.

Todos lo veíamos en las pantallas de la taberna reírse con sus amigos del Capitolio todos los años. Sus poderosos amigos y aliados que aseguraban la supervivencia de Jason. Frío algunos lo llamaban. Calculador y sin sentimientos. Corazón de piedra. Pero ninguno tenía el coraje de llamarle traidor, porque nadie creía que nos debiera nada, mucho menos lealtad.

Pero estaban en un error. a Blight si le importaba, era capaz de sentir compasión y empatía, y ese lado suyo lo reservaba para los chicos que quedaban a su cargo cada año durante los Juegos del Hambre. Él hacía lo posible para que los días no fueran una espiral de desesperación sin control. Logró su cometido sin falta, sin importar la persona. Incluso cuando Connell, el que había torturado a Blight toda su infancia, fue a buscarlo cuando su hermano menor fue cosechado. Fue un cambio extraño de situaciones, el hombre lloraba y le suplicaba que lo trajera a casa y si Blight tenía una ocasión para descartar a un tributo, era aquella. Connell era el mejor amigo de una de las mentes que planearon su desventura, pero no importando en quién se había convertido, jamás sería Eamon.

Y ese año, Connor volvió a casa, silencioso y roto, pero vivo.

Blight no fue mi mentor, Vera lo fue. Ella me descartó mucho antes de que el tren entrara al Capitolio, y yo estaba satisfecha con eso. Mi plan era, después de todo que todos subestimaran a mi persona en exceso. Pero Blight nunca me creyó, quizás siempre lo supo. Y aunque no es un genio como Voltio o Majara, nadie duda de la habilidad de Blight para engañar, convencer y manipular. Él lo supo y consiguió patrocinadores para su tributo y para mí.

Él envió el hacha que salvó mi vida y me ayudó a desvelar mi trampa. Estuvo ahí para advertirme que no le llevara la contra al Presidente, y estuvo ahí cuando no escuché. Jason también lo estuvo. Mientras yo temblaba de rabia, lloraba, clamaba y me destruía en mi casa vacía, Jason entró por la ventana, me tomó entre sus brazos y me llevó con ellos, al único lugar en el que me sentí a salvo de nuevo, entre los brazos de Jason mientras Blight se afanaba para hacer té como ama de casa del Capitolio.

Todo aquél que se encontrara en casa de Blight estaba a salvo, debía ser dejado hacer lo que quisiera. Aquél era el trato que hizo con el Presidente Snow y había sido inventado para Jason y nadie más. Hasta que llegué yo.


Puedo sentirlo detrás de mí aunque no lo haya escuchado. Incluso a los cuarenta, Blight aún tiene la habilidad de moverse en silencio. Blight me sonríe, con más gentileza que antes, pero mucho menos humor.

— Toma asiento, Johanna —me dice

— Prefiero no hacerlo —respondo—. No puedo imaginar un lugar más sucio que éste. Ni siquiera la pocilga de Haymitch.

— Las palabras duelen, Johanna.

— No puedes decirme que no te las mereces —su expresión es seria, pero sabe que conmigo lo delatan sus ojos, que continúan sonriendo.

— Como sea, hablando de nuestro querido y exótico Vencedor del siempre encantador Distrito Doce, acabo de colgar el teléfono con él. Supongo que quieres escuchar lo que se dijo ésta vez —me dice.

— ¿Estás seguro que podemos hablar aquí? —le pregunto mirando a mi alrededor.

— Voltio dice que sí, y yo confío en él. Bueno, ya no confío en nadie, pero le creo —dice y yo suspiro.

— Bien, ¿qué dijo Don Trasero de Tequila? —digo y Blight me sonríe.

— ¿Sabes por qué se anunció el Vasallaje, no? ¿La razón verdadera detrás de las reglas de éste año?

— Yep. Snow está furioso con la pareja perfecta y quiere matar dos pájaros de un tiro. Literalmente en este caso porque también va a acabar con la mitad de los rebeldes más prominentes y su símbolo de resistencia.

— Entonces imagino que ya sabes el plan.

— Si uno de los dos es cosechado, nos aseguramos de volver a casa y reagruparnos bajo un estandarte que ocasionalmente pueda actuar como si fuera una persona funcional —Blight se carcajea ante mi comentario.

— Desafortunadamente, las personas como la Srta. Everdeen llegan una vez cada cien años, probablemente. Haymitch y Heavensbee lo tienen claro, y los demás están de acuerdo. Vamos a la arena con un solo objetivo: salvar al Sinsajo y a su pedacito de pan, vivos —me toma un par de segundos hacerme a la idea de que éstas palabras están saliendo de la boca de Blight. Y entonces comienzo a gritar.

— ¿Qué? ¿QUÉ? No. Ni de broma. ¡NO HAY MANERA! ¡No hay forma de que arriesgue mi vida por esa mocosa engreída y remilgada zorra de las cámaras!

— Lo harás si quieres que la Rebelión tenga a su Sinsajo —me dice Blight—. Lo harás si hablabas en serio cuando le dijiste a Heavensbee que harías lo que fuera para derrotar a Snow.

— ¡Pensé que hablábamos de tortura o desmembramiento! No achuchar a Katniss, la méndiga y fabulosa planta comestible!

— Lo sé Johanna, si por mí fuera estaría en la sala de control haciendo hasta lo imposible por traerte a casa. Pero no depende de mí, lo sabes. Y tenemos que pensar en el bien mayor, sin importar cuánto nos gustaría que Cinna envolviera a Katniss con fuego real y no sintético —su boca parece haber chupado un limón y logra devolver el buen humor a mi cara.

— No me digas que sigues celoso porque su vestimenta fue mejor que la tuya —él me mira afrontado.

— ¿Qué? ¡no! ¡La simple idea de que...! Por favor —Blight continúa murmurando incoherencias entre las que se distinguen "zorra en llamas"—. De cualquier modo, ella no es nuestro trabajo, al menos no al principio. Ser guardaespaldas de Everdeen y Mellark es el trabajo de Finnick. Todos sabemos que él será cosechado y Jade y Nolan accedieron a unirse a él si terminan en la arena. Eventualmente nos juntaremos todos, así que intenta no ser la Enobaria de la historia y lanzarte a su garganta hasta que la guerra haya terminado. ¿Ok? Un poco de autocontrol estaría bien, al menos al principio.

Levanto una ceja, una expresión que aprendí de él.

— Tendré autocontrol, siempre y cuando tú puedas controlar tus instintos de besar a Mellark frente a Everdeen. Al menos al principio. Llévalo a cenar primero —Blight me mira, con la boca abierta.

— Peeta Mellark es más jóven que yo por casi veintitrés años, ¡qué mujer tan repulsiva eres!

— Eres viejo, pero no estás muerto. Ni ciego

— No tengo ninguna aspiración con Peeta Mellark. Ni ninguna ilusión tampoco, sólo porque es un Mellark no significa que... —no termina la frase. Sus ojos se vuelven distantes y sé que se ha perdido en la pesadilla una vez más. La terrible pesadilla en la que ha vivido durante tres años.

Llegó al Distrito Siete a la mitad de el verano. La Gran Enfermedad que nos había golpeado muchas veces anteriores, pero más fuerte que nunca. La Plaga Sangrienta la llamábamos. Siempre se llevaba a los más ancianos y a los más jóvenes primero, como la mayoría de las enfermedades, pero se extendió demasiado rápido ésta vez. Los nombres de las víctimas crecían día con día. Vera, mi mentora y la única otra vencedora del Siete. Greta y Reuben, los líderes locales de la rebelión. El área de los comerciantes fue azotada con violencia y muchos de los acomodados del Distrito se dieron cuenta con rapidez que el dinero no podría salvarles. El ex-alcalde Lourdes, sus hijas, sus familias y la Avox que les servía, todos desaparecieron. La Taberna se encontraba en silencio, excepto por los ocasionales aullidos que se extendían por la plaza y hacían eco dentro de los muros de madera.

Blight no estaba en casa. Él y Connor se encontraban trabajando en los Juegos del Hambre, edición Setenta y Dos. Pero yo sí que estaba, porque me negué a ir y quién iba a obligarme? Jason había vuelto a casa también, claro que no podía marcharse cuando la gente necesitaba de su ayuda.

Utilizó el dinero de la pensión de Blight para comprar comida para los enfermos, y medicinas para el hospital de emergencia que se había erigido en una de las bodegas de madera. Por supuesto, él estaba ahí, corriendo de cama en cama, haciendo bromas con los niños, ayudando a bañar a los enfermos, cambiando sábanas e hirviendo agua. Se negó a detenerse insistiendo en que estaba bien, incluso cuando comenzó a toser sin control y su hermosa y redonda cara se volvió blanca y fantasmal. No fue hasta que la sangre comenzó a salir de su nariz y orejas que lo convencí de volver conmigo a la Villa de los Vencedores.

Ahí lo atendí lo mejor que pude, a pesar de saber que no había esperanza alguna cuando los síntomas estaban tan avanzados y se habían presentado tan rápido como lo hicieron con Jason, quien, con una suprema fuerza de voluntad, se mantuvo con vida hasta que los Juegos terminaron. Yo seguía ahí, limpiando el sudor de su frente cuando escuché los pasos corriendo en las escaleras. La puerta se abrió de golpe y cuando ví la expresión en el rostro de Blight, me asusté como hacía mucho no me asustaba. Johanna Mason, la que ya no le temía a nada. Estaba asustada por él en ese momento.

Le di el pañuelo a Blight y me fui. Él asintió en reconocimiento pero sus ojos no se movieron del hombre apostado en la cama. Me fui a casa, me tendí en mi cama y escuché. Más pronto de lo que me hubiera gustado, la Villa entera se sacudió con los lamentos desesperados de un hombre con el corazón roto.

Los aerodeslizadores llegaron unos días después. Era una misión de ayuda del Capitolio, con medicinas que podían curarnos a todos. Un milagro justo antes de que fuéramos demasiado pocos para seguir talando árboles. La confirmación llegó casi diez días después de aquello. La Plaga Sangrienta había sido creada en el Capitolio, y su objetivo era el Distrito Trece, pero necesitaban un Distrito de prueba primero, y los leñadores estaban sobrepoblados.

Éste experimento tuvo un efecto que el Capitolio no predijo. Blight se convirtió en el último Vencedor en unirse a la rebelión, ahora que, como el resto de nosotros, no tenía nada más por lo que vivir que la venganza.

— ¿Blight? —digo después de unos momentos. Sacándolo de sus pensamientos.

— Lo siento —me dice—. Como sea, proteger a Everdeen no es nuestro trabajo inicial. Éso es para Odair y compañía. Como te estaba diciendo, Seeder, Chaff, Bovina y Cecelia intentarán alejar a los Profesionales de nuestro precioso Sinsajo, acabando con todos los que puedan —yo emito un sonidito despectivo.

— ¿Cecelia? ¿En serio? Incluso si la cosechan, ¿crees que pueda contra un Pro?

— No la llamaban el ángel de la muerte por nada. Diez niños murieron por su mano.

— Ugh. Me alegra que nunca me hayan puesto un apodo. "El Ángel de la Muerte", "El Elfo" "El Sinsajo". Es tan patético —digo yo.

— Como sea —me interrumpe Blight—. Ése tampoco es nuestro trabajo, Connor, tu y yo tenemos algo mucho mejor. Mucho más peligroso y lleno de gloria y prestigio. Nos aseguraremos de que Voltio y Majara no se maten antes de que podamos llegar a Everdeen —Blight hace una pausa para que mis gritos enojados se detengan. Puede que haya tomado un par de minutos.

— ¿POR QUÉEEEE? —éste último es más una pregunta genuina que un quejido al aire. Así que Blight continúa.

— Porque Voltio y Majara son los que los van a sacar de la arena para que ustedes puedan hacer algo bueno por éste mundo.

— Ay, ésto es genial —digo—. Magnífico, grandioso. Ser la niñera de dos ancianos locos mientras juegan con... con.. espera un segundo. ¿Qué quieres decir con "ustedes"? —me mira con tristeza.

— Johanna...

— No. No. No. Tu vas a volver a casa. Si tengo que lidiar con esos dos y con Everdeen, tendrás que estar conmigo a cada maldito paso. No te queda otra opción.

— Johanna, soy un hombre mayor...

— ¡No tienes ni cuarenta!

— Y he tenido veinte años de felicidad. Estoy listo para irme. Estoy listo para que todo se acabe. Quizás sobreviva, quizás los dioses tienen otro propósito para mi, pero en la arena, no pondré mi supervivencia por encima de la tuya, o la de Odair o la de Everdeen. Así que si alguien tiene que arriesgarse, o sacrificarse. Yo lo haré, y no quiero escuchar una sola palabra al respecto. ¿Entendido?

—Pero... pero —con horror, me doy cuenta de que las lágrimas se acumulan en mis ojos—. No puedes dejarme. Eres todo lo que me queda... tú eres... eres mi hogar. Eres el único aquí que queda por querer.

— Y cuando me vaya, encontrarás a más personas que querer Johanna, a Finnick le importas y a Annie le agradas, o le agradarías si le dieras una oportunidad. Incluso podrías darte cuenta de que tienes más en común con Everdeen de lo que piensas.

— Popó de caballo.

— Ya lo veremos. Pero basta de discusiones. Cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él. Mientras tanto, pensemos en cómo salvar a Voltio y Majara de sí mismos —a pesar de mí misma, me acurruco en el sofá a su lado.

— No puedo creer que nuestro rol en la Gran Rebelión sea ser niñeros del Tres.

— Muy glamoroso. Oh, yo tengo otro trabajo también. Haymitch quiere que le escriba a Finnick un poema.

— ¿Un poema? —pregunto—. ¿Para qué?

— Para las entrevistas. Ya sabes lo mucho que el Capitolio lo ama. Haymitch quiere que escriba algo que toque unas cuantas fibras, que los haga sentir la pérdida de su amado Finnick Odair, que los haga llorar con desesperación y amargura —el talento de Blight era escribir poesía. Es conocido en el Capitolio por sus reflexiones sobre la naturaleza, sus letras sobre la simplicidad del amor y sus versos que exaltan la virtud del Capitolio. Pero claro, yo he visto lo otro, lo que no le enseña a nadie. Las sátiras brutales sobre las vidas privadas de oficiales del gobierno, y los puros y altamente indecentes relatos que publica con un alias y es devorado por el Capitolio.

— Estoy segura de que Finnick estará encantado —Blight se ríe.

— Creo que será mi mejor trabajo. Sólo espero que no lo lea antes de salir al escenario —las lágrimas se mezclan con risas mientras Blight y yo nos sentamos en el sofá una última vez, compartiendo memorias, viejas bromas y secretos. Hablamos hasta el día siguiente.

Que venga en Vasallaje, decimos. Hoy no puede entrar en ésta vieja casa de la Villa de los Vencedores.


La historia de Blight no tiene un final feliz. Nada puede cambiar eso. Su historia terminó de forma abrupta, casi en la oscuridad, un final brutalmente anti-climático. Pero Blight tuvo, como él lo dijo, veinte años de felicidad, y estaba en paz con eso, contento incluso.

Llovía el día de la cosecha. Los cuatro Vencedores parados en el centro mientras Lola Puddlemeer -porque Tutti Marble se había negado rotundamente a asistir- sacaba el nombre de Johanna de la urna vacía. Y después Connor, Blight y Jules se miraron con resolución antes de que el nombre fuera leído: Blight Gavin.

Los enviaron al capitolio a todos juntos, y nadie dijo mucho. No había más que decir en realidad. La Ceremonia de Apertura comenzó y Messalina vistió a Blight y Johanna como árboles. Blight había persuadido a Madame Lucia de que aquél año no sería un buen año para ser estilista, pero se encontró lamentando su decisión cuando Katniss y Peeta salieron en la pantalla luciendo como salidos de las puertas del infierno. Pero valió la pena cuando tanto él como Haymitch y Chaff vieron a Johanna desvestirse frente a Katniss. Tanto Haymitch como Chaff compraron a Blight una ronda después de aquello.

Johanna había ido a todos los días de entrenamientos gracias a la insistencia de Blight, entrenando cuerpo y mente y reportando todo sobre la dinámica entre los Vencedores. Blight sin embargo tenía mejores cosas que hacer con sus últimos días. Se encerró en su cuarto por horas y horas, sin recibir visitas, escribiendo cartas. Carta tras carta, tras carta. A su madre, diciéndole lo mucho que la extrañaba, a su padre, expresándole que al fin, había encontrado la manera de perdonarle. A sus sobrinas y sobrinos, recordándoles que tenían que encargarse de los caballos cuando él ya no estuviera. A Tutti Marble, su entrañable amiga, agradeciéndole por todo lo que había hecho por él y por Jason. A Madame Lucia, una carta llena de chismes y cotilleos sabiendo que ella podría leer entre líneas la ubicación de una casa de seguridad para pasar los primeros días del ataque al Capitolio. Y a Peeta Mellark, diciendo cosas que alguien que sabe lo que es estar total e irrevocablemente enamorado podría entender. Y por último, al hombre en el que pesaba todos los días, cada hora de su vida durante veintitrés años. A él sólo le escribió: sabes que te veré pronto.

Las entrevistas llegaron y los Vencedores las atacaron con maestría. Las súplicas veladas, los agradecimientos, los humildes discursos clichés que volvían loca a la audiencia. Blight estaba silencioso, agradeció a Caesar por todo pero no dijo mucho más. Le dio a la audiencia del Capitolio sólo una pequeña sonrisa, que compartío Johanna. Ambos vieron las miradas asesinas que Finnick le lanzaba a Blight, y ambos supieron que no había leído el poema antes de subir después de todo.

Los Juegos comenzaron, esta vez no eran veinticuatro niños asustados, eran veinticuatro individuos rotos que, a pesar de todo, se habían convertido en amigos y ahora tenían que acabar el uno con el otro, para romper el último vínculo al que se habían aferrado. El baño de sangre estuvo lleno de lágrimas y disculpas. Johanna logró arrastrar a una temblorosa Wiress, pero no tenía a su compañero de distrito a la vista hasta que Beetee llegó corriendo de quién sabe dónde hacia la Cornucopia, intentando alcanzar un rollo de cable de cobre.

Logró obtenerlo pero Enobaria lo apuñaló en la espalda baja. Él soltó un grito de dolor, Enobaria avanzó, dispuesta a acabar el trabajo cuando algo la tiró al suelo. Rodó sobre sí misma, con un gruñido en los labios, pero incluso ella tuvo que hacer una pausa al ver la terrible mirada del Elfo del Distrito 7, tan alto como era, con un palo en su mano.

Fue tiempo suficiente para que Chaff, Seeder y Cecelia vieran lo que pasaba y se encararan con Enobaria quien se vio forzada a retirarse, llamando a Brutus. Blight mientras tanto tomó a Beetee sobre su hombro y se lanzaron al agua, directo a la costa. Johanna y Wiress detrás.

Era un sentimiento extraño estar de vuelta en la arena, para Blight, también resultó envigorante. Se sintió más vivo de lo que se había sentido en años, sabiendo que sólo le quedaban un par de días para dejar su huella en el mundo. Entretuvo a Wiress con cuentos de lugares escandalosos que él y Jason encontraban para perderse en los brazos del otro e intentaba alejar los pensamientos de todos de la intensa sed que sentían haciendo bromas sobre el Distrito 3 y preguntándose en voz alta si Finnick alguna vez superaría la vergüenza de haber dicho "bazumkas bamboleantes" en televisión nacional.

Todos escucharon el estruendo del trueno y después la lluvia, y corrieron hacia el bosque con las bocas abiertas. Cuando la lluvia comenzó a caer, se encontraron con que era sangre. Blight los organizó a gritos, determinado a sacarlos de ahí. Él los guió con soltura. Su cuerpo no era lo que solía ser, el bosque era completamente diferente a los del Distrito 7, pero Blight seguía siendo el Elfo del Bosque y logró encontrar un camino directo, por el que iban cada vez más y más rápido hasta chocar con el campo de fuerza. Éste lo detuvo a él, y también detuvo su corazón. Acabando con su vida en un instante.

La extraordinaria vida de Blight Gavin había llegado a su final, y su mejor amiga no había podido permitirse un momento para llorarle. Johanna se encargó de sacar al Distrito 3 de la jungla, mientras el aerodeslizador elevaba el cuerpo de Blight a los cielos. Poco después encontraron a Finnick, Everdeen y Mellark. Johanna les dijo lo que había pasado, feliz de que la sangre ocultara las lágrimas en su cara.

— Lo siento, Johanna —dijo Finnick.

— Si bueno, no era mucho, pero era de casa —respondió ella. Sólo Finnick sabía lo que una casa, y un hogar significaban para Johanna.

Dicen que un sinsajo que bate sus alas en un bosque puede causar una tormenta en la pradera.

Blight y Katniss nunca se conocieron, nunca se dijeron una sola palabra, pero las vidas del Elfo y el Sinsajo se cruzaron mucho más de lo que ninguno de los dos llegó a saber jamás. Si Blight no hubiera salvado a Beetee de Enobaria, los Vencedores no habrían escapado de la arena, Katniss no se habría convertido en el Sinsajo, los distritos no se habrían levantado en su honor. Pero lo hizo, y Katniss lo hizo también, llegó al Distrito 13.

Fue ahí donde se convirtió de una vez por todas en el Sinsajo y salvó la vida de Johanna en el proceso. También fue ahí donde se encontró con un ranchero del Distrito 10 llamado Dalton. Dalton le mostró siempre sinceridad, apoyo y bondad, y ella nunca supo por qué. Primrose Everdeen sí que lo supo, porque todos podían hablar con Prim, y casi todos lo hicieron. Dalton le contó por lo que había pasado, y sabía lo que era perder a alguien a quien amas en los Juegos del Hambre. Había sentido el dolor más grande cuando su hermano Devon fue cosechado, y torturado hasta la muerte frente al que sería el Vencedor de aquél año.

Llegó la guerra.

Imágenes de Katniss Everdeen recorrían todo Panem. Una de ellas la mostraba en el Distrito 8, detrás de un aerodeslizador derribado con la frase "¡si ardemos, arderás con nosotros!". Aquella aeronave ardió, junto con los agentes de paz dentro de ella, incluido uno con el nombre de Abel Gavin.

La invasión al Capitolio se planeó y se ejecutó. Snow cayó, Coin cayó. Paylor se convirtió en presidenta. Los Juegos del Hambre terminaron al fin.

El nuevo gobierno no era perfecto, pero era mucho mucho mejor.

Había tanto que hacer, tantas elecciones que tener, recursos que distribuir e infraestructura que reconstruir. Así que no fue hasta después de un año de la caída del Capitolio, que bajo un edificio del gobierno antiguo dedicado a los Juegos se encontró la morgue. Dentro, congelados y olvidados, estaban los tributos del tercer Vasallaje. Blight era uno de ellos, los ojos abiertos y una moneda de madera con un caballo rampante en las manos.

Su cuerpo regresó al Distrito Siete y Johanna planeó un pequeño funeral junto con Mack, era algo privado. Haymitch le comentó a Katniss y es por eso que Johanna recibió una llamada suya unas semanas antes expresando sus condolencias.

— Él murió por la misma razón que Finnick, y que Boggs y que los demás. No le habría gustado que nos juntásemos a llorar por él. De cualquier modo dudo que alguien lo recuerde —Katniss guardó un largo silencio.

El día del entierro no pudo haber sido más diferente al día de la cosecha. Era un hermosa tarde de primavera, el sol brillaba alto en el cielo. Habían querido que fuera algo pequeño pero nadie había anticipado la cantidad de vidas que Blight había tocado. Mack y Evelyn hablaron primero, seguidos de Johanna. Annie estaba ahí llorando en el hombro de Beetee. La mitad del Distrito había acudido también con algunos representantes de la Rebelión y el Distrito 13. Lucia estaba tan alta y rígida como siempre, su túnica plateada ondeando al viento y ofreciendo con su mano un pañuelo a Tutti Marble.

Johanna le dijo a Katniss que no era necesario que viniera, que ya había asistido a suficientes funerales tan sólo en ese año. Pero Katniss siendo Katniss vino de todas formas. Tenía una deuda con éste hombre, que a pesar de no haberla conocido estaba dispuesto a morir para sacarlos a ella y a Peeta de la arena. Y Katniss Everdeen paga sus deudas.

Abrazó tanto a Annie como a Johanna y estrechó la mano de Mack. Les dijo que Peeta había tenido un episodio sumamente poderoso y que no podía viajar. En sus manos, Katniss llevaba un libro con dibujos, fotografías y fina escritura. Pegó la foto de dos hombres sonrientes en una playa del Distrito 4 y escribió un par de frases que le dieron Mack y Johanna.

Después, se arrodillaron ante dos tumbas idénticas, con inscripciones diferentes. Sus dedos pasaron por la más antigua.

— No sabía que tenía parientes en el Siete —susurró.

Todo había terminado. El cuerpo de Blight fue encomendado a los dioses. La multitud desapareció hacia el pueblo, donde celebrarían la vida de Blight en la Taberna. Johanna fue la última en irse, fue ella quien dejó la moneda de madera junto a las flores antes de irse.

Los dos monumentos de piedra quedaron solitarios, sus epitafios, testigos de las dos vidas que se juntaron por tantos años y para hacer tanto, tanto bien.

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BLIGHT GAVIN

UN ELFO

NINGÚN HOMBRE HA SIDO MÁS VALIENTE.

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JASON MELLARK

UN LEÑADOR

NINGÚN HOMBRE HA SIDO MÁS AMADO.