Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en el minireto de marzo para La Copa de las Casas 2017–18 del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.


Luz del sol


Al menos está recuperando la movilidad del cuerpo, que es lo único que ha pedido desde que está confinado a la cama del hospital. En ocasiones le ha dado jaqueca cuando ha tratado de recordar más de aquel momento en que todo se ha tornado un tormento para él, pero lo que sabe es más que suficiente para alertar a Fudge de los peligros que corren en frente de sus narices. El Ministro de Magia podrá ser lo incompetente que quiera, sin embargo, no lo cree tan estúpido para ignorar lo que desencadena una profecía.

La profecía que involucra a Voldemort y Harry Potter, ni más ni menos.

Lamentablemente, la constante compañía que tiene es la Flor Voladora que le ha regalado algún alma caritativa. La sanadora Strout lo ha convencido para que la cuide, alegando que ya está mejorando lo necesario para ocuparse de la planta. Honestamente, Miriam Strout está chiflada. Una cosa es estar sanándose; otra, muy diferente, es estar apto para cuidar de una flor, ya sea mágica o muggle.

Herbología le ha enseñado que hay que tener un fuerte respeto a las plantas, dado que algunas especies asesinan o atacan fácilmente. Aun así, no perderá nada por descubrir cómo se siente una Flor Voladora.

—Ahí voy.

Se inclina hacia un costado, apoyando una mano en la cama mientras extiende la otra hacia la flor. Es cansado, no agotador. En el instante en que la yema de los dedos roza una hoja de la Flor Voladora, las enredaderas y zarcillos de la flor se dirigen rápidamente hacia sus extremidades superiores, inferiores y cuello. Intenta abrir la boca para emitir un grito pero la enredadera impide que lo consiga.

¡Lumos solem! —grita Strout.

Broderick vuelve a respirar y el ritmo cardíaco se va normalizando. Cuando le va a dar las gracias a Strout por haberle salvado, la ve luchando contra el Lazo del Diablo. Las enredaderas están apresándola más y más fuerte mientras ella intenta quitar las enredaderas de su cuello. Al cabo de dos minutos, la fuerza que está ejerciendo Strout sobre la planta va cesando mientras ella se desploma en el suelo, con los brazos en un ángulo extraño y sin dar señales que siquiera esté respirando.

—¿Qué? —dice Augustus Pye incrédulo y agitado, parece que ha corrido desde el otro extremo de San Mungo—. Strout, para esto… Habérmelo dicho…

Pye cierra los ojos de Strout.