Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en el minirreto de septiembre para La Copa de la Casa 2019/20 del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.

Animal sorteado: snallygaster.

Corregido por un error señalado por Robinfleur. ¡Gracias!


Róbame el tiempo


Quiso desatenderse de sus obligaciones en la granja por un par de semanas, aunque en realidad lo que anhelaba hacer era escapar de las consecuencias del reino de terror de El Innombrable. Se fue al sitio más interesante que encontró: Maryland, en América.

«¿Por qué allá?», preguntó su hermano mayor, confundido. ¿Quién le pudo culpar? La única vez que fue a una fiesta no fue iniciativa propia. «Eres joven, ¡diviértete! Además que estarás castigada si te confinas un día más aquí, querida», dijo el señor Timms. Lo único positivo fue que se interesó por el quidditch. «¡No, otra no!», gimió la señora Timms.

—¿Te das cuenta que si notan que estás aquí, te harán olvidar que viste al snallygaster? —preguntó una voz divertida. Una irritante y seductora voz que la perseguía en sus dulces pesadillas—. A menos que se den cuenta que no eres una muggle, entonces estarás en muchísimos problemas.

—Tienes valor para estar aquí. ¡Aún me debes dinero!

La adorable bestia avanzó unos pasos. Le estaba acariciando el hocico con una suave sonrisa en su rostro, que se transformó en un ceño fruncido cuando escuchó la risa exasperante de Ludo. La curiosidad natural del snallygaster hacía que compitiera con el Monstruo del Lago Ness por el título de «Bestia hambrienta de publicidad».

Fue sencillo desbloquear las barreras mágicas.

Hubiera pretendido ser una muggle que le halló por accidente, pero la Liga de Protección del Snallygaster la haría olvidarlo.

—¿Exactamente qué te debo a ti?

—¿Estás de broma?

—El que recuerde todas las apuestas que he hecho, ya sea que las ganase o las perdiese, no quiere decir que recuerde contra quiénes aposté.

—Estoy acostumbrada a lidiar con bestias…

—Querida, trabajas con anguilas.

—… pero tú eres la más desagradable de todas.

El snallygaster alternó la vista entre ambos. Se alejó de Agatha, para pesar de la muchacha, y le indicó a Ludo que avanzara unos pasos hacia él con un movimiento de su ala. Él lo hizo, principalmente porque quería seguir vivo. La bestia usó su cola para darle un suave golpe en la espalda que la envió hacia adelante, como un corchete disparado de una botella de vino, directo a los brazos de Ludo, quien le sirvió como soporte para evitar que terminara en el suelo.

—Parece que ya no te podré llamar «pequeña Agatha» —se burló.

—Eres exasperante.

Pero le sonrió.

Ludo devolvió el gesto.