Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.
Esta historia participa en el minirreto de noviembre para La Copa de la Casa 2019/20 del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.
Adivina el personaje: Pomona Sprout.
Digno de mí
Se detuvo al llegar a la puerta del despacho y observó las paredes, carentes de la decoración que añadió con el transcurrir de las décadas.
Lo que más a iba a echar de menos eran las conversaciones con Minerva después de una extenuante jornada. A veces hablaron de los desastres causados por los estudiantes —generalmente los de Gryffindor— y, en ocasiones, se dedicaron a recordar sus respectivas desventuras estudiantiles.
No le gustaba el té pero detestaba la cafeína; nunca iba a entender por qué Minerva dependía de tal brebaje mientras que su amiga jamás comprendería cómo Pomona podía, o se atrevía a, vivir sin probarlo aunque fuera por una vez.
—¿Está segura? —preguntó su aprendiz. No, ex aprendiz. La había superado hacía tiempo—. ¿Cómo sé que estoy preparado para ser un profesor? ¿Y si hago el ridículo en mi primer día? ¿Y si nadie me respeta porque no soy usted? ¿Y si la directora me despide solo porque…?
Le sonrió; el efecto fue instantáneo.
Neville se relajó como si aún fuera aquel niño de doce años que la siguió a todas partes, pregúntale más «datos impresionantes sobre la flora mágica», en sus palabras. No se equivocó al creer que Neville estaba destinado para grandes cosas. Él no creyó que podía cumplir con las altas expectativas de su abuela; sin embargo, floreció en el magnífico muchacho que tenía adelante.
No le iba a decir que lo comparó con una flor.
—Tampoco creí que estaba lista —confesó. Neville no esperó esa revelación, se quedó en silencio—. Tampoco creí que podía sobrevivir a mi primera semana. Y mírame ahora: le enseñé a uno de los míos el magnífico arte de ser un profesor. Eres digno de ser mi sucesor.
—Pero aún tengo tantísimo que aprender.
—Y es algo que harás por ti mismo —dijo—. Ya no hay nada más que pueda enseñarte.
Neville no pareció convencido. Pomona sacudió la cabeza mientras que jugueteó con las llaves; este no era un adiós, era un hasta pronto. Él iba a ser mejor profesor de lo que Pomona nunca lo fue: animaría a los estudiantes a superar sus límites autoimpuestos. ¿Qué más podría esperar de él?
Se las entregó.
Aún vacilante, él las aceptó.
—Profesora…
—Pomona.
—De acuerdo. Pomona… —La aludida suspiró con cierta añoranza. Neville pausó antes de continuar—. No lo sé. Sabía que este día llegaría pero no lo hace más fácil.
—Estarás bien.
