Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Tema 96: En la tormenta (O In the storm).


La ironía del clima

"There are some things you learn best in calm, and some in storm."

Willa Cather.


—Hemos planificado esta cita por un mes, Oliver. Ya tenemos las reservaciones, ¿y ahora no quieres ir?

No se lo podía decir, debido a que no lo iba a entender y se burlaría de él.

Además que, en su modesta opinión, no tenía ningún sentido. El clima nunca le había impedido realizar sus entrenamientos o convencer a sus compañeros de la selección para que cumplieran el horario designado por el entrenador Corner. Al parecer su buena intención no era bien apreciada, ya que la semana pasada un par de bromistas lo habían encerrado en uno de los vestidores por dos horas. Eso normalmente no le molestaría pero ni siquiera le habían dejado algo con qué escribir. ¿Cómo pretendían ganar esta temporada si no le permitían idear nuevas jugadas? A veces no los entendía. Era increíble que todavía no comprendieran la hermosa sensación de llevarse la gloria después de participar en el partido más extenuante de la temporada.

Cierto aspecto del clima se convertía en un problema, con mayúscula, cuando no estaba haciendo algo relacionado a su deporte favorito. No había una razón para temerle miedo a las tormentas. No recordaba ni una sola mala experiencia que le hiciera ese miedo irracional. Tuvo un conejo de felpa que le ayudó a mantener la calma; por supuesto, cuando tuvo que ir a Hogwarts, decidió no llevárselo. No quiso perderlo o depender de un juguete. Aunque en un niño pequeño se veía tierno, le parecía bastante humillante y algo patético que tuviera que hacerlo ahora. En especial, en presencia de su amiga–posible–novia.

Morag nunca le permitiría olvidarlo.

Se suponía que era un Gryffindor. No debía temer miedo por cosas tontas. A menos que la tormenta fuera causada por uno de los gemelos Weasley, esa era una buena razón para esconderse en la sala común y no salir; a menos que, por alguna razón, trasladaran la tormenta allá de nuevo. Literalmente. Fred y George tenían doce años, pero se las habían ingeniado para hacer que lloviera papas fritas y queso por quince minutos ininterrumpidos durante cada tiempo de comida.

A Dumbledore le pareció divertido, a los otros profesores no tanto. Sobre todo a McGonagall.

—Quiero ir —le respondió desde su habitación. Se había asegurado que Morag no pudiera abrir la puerta con magia y sabía que se arrepentiría más tarde—. ¿Y si lo trasladamos para otra fecha? ¿No crees que será romántico esperar un poco más? Ya esperamos un mes, ¿qué son un par de horas en comparación?

—¿Qué te pasa? Si no te conociera, diría que estás aterrorizado —bromeó Morag. En estos momentos, no entendió su sentido del humor y decidió no comentar nada. Ella se aburriría y se iría pronto. Entre tanto, él podía inventar una excusa—. Un momento, ¿tienes miedo?

—No —balbuceó un tanto sonrojado.

—Oliver, sé honesto.

—Un poco.

—Ajá —dijo ella. Se oyó un «crack» y apareció en frente de él. La próxima vez hechizaría su habitación para evitarlo—. Tienes un pésimo sentido de la moda. —Abrió su armario—. ¿Quién tiene tantas camisas del mismo color? Y ni hablar del resto de tu ropa. Aunque esto explica por qué te veo usando casi la misma combinación de atuendo cada vez que nos encontramos.

—Soy un chico práctico con necesidades básicas.

Morag negó con la cabeza.

—Creo que es inesperadamente adorable, viniendo de ti —dijo sonriéndole. Oliver se rascó la nuca e intentó no hacer contacto visual—. Vámonos. No perderemos las reservaciones.

—¡Morag!

—Si quieres superar un miedo, tienes que afrontarlo.

Aún no estaba convencido.

—De acuerdo, iré —dijo Oliver—. Pero no se lo digas a nadie.

—Lo prometo.