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Sucede que Zenitsu está enamorado. Realmente enamorado. Y no es algo superficial, como que las mujeres son bellas y él es —se cree— un príncipe dorado, que ha de salvar de la más agónica de las tristezas a la dulce y desdichada princesa. Quizás fuera así antes. Antes, palabra que refiere a un hecho que ya ha sucedido, a un pasado. Porque con la aparición de Nezuko todo se convirtió en un después.

Y el después es relativo.

Después de Nezuko no hay nada. Es ella, en toda su extensión, en sus sonidos y en sus silencios (que son más usuales, dada su condición), en sus miradas y en su omisión, en su presencia y en su ausencia.

Después de Nezuko hay dudas. Qué será de ellos, si es que ese pronombre puede utilizarse para referirse a sus personas como un conjunto, como algo que va adherido al otro, como una entidad única.

Después de Nezuko todo se vuelve incierto. Y es que ella ha trazado, sin quererlo, una línea que delimita su futuro. Le ha marcado el rumbo con el aroma que desprende su cabello y con sus ojos que refulgen al mirarlo y señalarle que allá más adelante les espera su hermano. Ya no es capaz de ver un camino que no esté guiado por ella y se siente perdido ante tal realización.

Después de Nezuko no hay después, porque sin ella su vida pierde el motor que le impulsa. Sin ella —y se siente devastado, verdaderamente, realmente— no hay algo que ver en el mundo, alguna cosa, por más valiosa que sea a ojos del resto de las personas, que valga el estar sin ella.

Y en sus ensoñaciones está cuando ella, impávida, se recuesta sobre su hombro. Y —y Tanjiro les mira, boquiabierto— él no sabe dónde poner sus manos ni su corazón (que se le ha salido del pecho).

Se da cuenta de que pensar en el después es estúpido, algo fútil, innecesario. Porque Nezuko es dueña de su propio destino, ella elige y proclama (y él le sigue sin dudar) y no hay nada que él, por mucho que lo piense, pueda hacer al respecto.

Después de Nezuko, al fin y al cabo, hay todo.