Los personajes de Candy, Candy no me pertenecen, son propiedad de sus creadoras Kioko Misuki y Yumiko Igarashi
Resistiéndose Al Amor
By Rossy Castaneda
Capítulo Diez
Varios días habían pasado desde el incidente en la casa de moda de Madam Charlotte en donde habían capturado no solo al cobarde que intentó abusar de Lady Candice Ardley 2 años atrás, sino también a quienes en el presente fueron sus cómplices para raptarla y difundir luego un chisme que acabaría con la reputación de la menor de los Ardley.
Las súplicas de Lady Sara y su esposo no fueron suficientes para ablandar el corazón de Lady Elroy sino todo lo contrario, pidió, no, exigió que todo el peso de la ley recayera sobre Lord Niel Leagan y Lady Elisa.
De la misma manera los Condes Marlowe pidieron clemencia para con su hija, pero sus ruegos fueron infructuosos.
Al ver el esfuerzo perdidos de los familiares de los otros jóvenes, los padres de Lady Luisa no vieron necesidad de pedir clemencia puesto que sería una pérdida de tiempo, ya que ellos sabían el peso que el apellido Grantchester tenía dentro de la corona Inglesa y la capacidad que tenían para destruir a quien o quienes se metían con un miembro de su familia y desafortunadamente, su hija y los demás jóvenes se habían metido con las personas equivocadas.
Por su parte los padres de Lord Benedict Luttern decidieron no mover un solo dedo a favor de su hijo, ya que las acciones de este, trajeron deshonra al apellido de sus antepasados, y eso sería algo con lo que tendrían que cargar por el resto de sus vidas.
Los testimonios de Dan Juskin, Lord Alfred, Lady Daisy Longford, y la presión de las familias de la joven agredida, facilitaron a que el proceso legal contra los 5 jóvenes llegara a su fin en un tiempo record y en total privacidad, ya que hasta el momento el rumor de lo sucedido en el Hyde Park hacía 2 años solo era del conocimiento de 2 familias y Sir Garcia y su esposa Mary James, a estos últimos y conociendo la reputación de cotillas que ostentaban, se les advirtió que si esparcían aquella infamia, serian acusados de injurias y calumnias contra la integridad de la próxima Duquesa de Grantchester, aquella advertencia fue mas que suficiente para callarles la boca.
Los 5 jóvenes acusados, fueron declarados culpables de todos los delitos que les imputaron y sentenciados a pasar el resto de sus vidas en las mazmorras mas frías de todo el Reino Unido.
Lord Alfred Longford sintió tristeza al escuchar la sentencia de quienes fueron en el pasado sus mejores amigos, pero sintió a su vez un gran alivio el no haber sido parte de aquel siniestro plan, de lo contrario él estaría ocupando una de las sillas en el banquillo de los acusados.
Tres días después...
Dando indicaciones de aquí para allá se encontraba Lady Elroy, como anfitriona de aquella noche, no quería dar lugar a una sola falla. No se le apetecía que un pequeño olvido por mínimo que fuera echara a perder la mejor noche de su vida luego de la muerte de los padres de sus sobrinos. Finalmente después de tantos años le cumpliría dos de cuatro promesas a su cuñada. No solo presentaría a su pequeña hija en sociedad sino también celebraría su compromiso matrimonial.
Alzó la mirada al cielo —Priscilla estoy a punto de cumplir dos de las cuatro promesas que te hice y espero me alcance la vida para cumplir las otras dos —dijo para sus adentros.
La hora de la fiesta llegó. Uno a uno los comensales comenzaron ha hacer su arribo a la Mansion Ardley que abría sus puertas después de muchos años de no hacerlo. Como era de esperarse unos llegaban por alimentar su curiosidad, ya que querían comprobar por ellos mismos los cotilleos que finalmente el escurridizo y el mas cotizado soltero de toda Londres le decía adiós a su soltería por la hermana menor de un Conde Escocés de quién conocían muy poco y quien a su vez jamas hubo sido presentada en sociedad.
Dorothy se encontraba dando los últimos toques al peinado de la joven rubia, quien se encontraba hecha un manojo de nervios al ser consiente que sería el centro de las miradas no solo de los caballeros Ingleses sino también de muchas damas jóvenes y no tan jóvenes que estarían presentes esa noche.
—Luces encantadora —la voz de la nana Pony hizo que la joven alzara el rostro y la mirase a travez del reflejo del enorme espejo —tu madre estaría feliz de verte en estos momentos.
—Ella siempre ha estado conmigo aquí —Lady Candice tocó con su mano la parte izquierda de su pecho —Y tu y Tia Elroy han cuidado de mi de la misma manera que estoy segura mi madre lo hubiera hecho.
—Mi niña —Pony se acercó a ella y la tomó de las manos —daría mi vida por ti de ser necesario.
—Lo sé nana, me lo has demostrado tantas veces desde que tengo uso de razón, tu eres como mi segunda madre.
Los ojos de Pony se cristalizaron ante aquellas palabras.
—Tus hermanos y tu son como los hijos que nunca tuve.
—Nana, ¿alguna vez estuviste casada?.
—No —respondió la mujer con sinceridad.
—¿Como? —¿Nunca te enamoraste?.
—Lo hice cuando nació Albert —respondió con una sonrisa —me enamoré de ese pequeño de ojos azules y mirada curiosa —suspiró —luego me enamoré por segunda vez cuando nació Anthony, sus dulces ojos azul cielo y su sonrisa dulce me cautivaron, pero sin duda la tercera vez que me enamoré y supe que ese amor duraría para siempre, fue cuando tu naciste, te veías tan bella con aquellos mechones rubios y tus ojos verdes como las mismísimas esmeraldas, eras tan parecida a tu madre cuando nació que era imposible no amarte y consentirte.
—No me refiero a esa clase de amor.
—Sé muy bien a lo que te refieres, mi niña y la verdad no, nunca sentí la necesidad de hacerlo, he sido feliz con lo que Dios nuestro señor a puesto en mis manos, estoy convencida que mi misión en esta vida es y será velar por cada uno de ustedes y amarlos como si hubiesen salido de mis entrañas.
—Y nosotros te amamos como si fueras nuestra segunda madre, eso ni lo dudes.
Tres toques a la puerta hicieron que ambas dejaran du charla de lado.
—Pequeña ya es ...las palabras de Albert se quedaron en el aire al ver a su pequeña hermana vistiendo un hermoso vestido color durazno —¡Wow! Te ves hermosa —sonrió —cada vez te pareces mas a mamá.
—Gracias —lady Candice se ruborizó por el cumplido. —¿Que es eso que traes ahí? —preguntó curiosa señalando una pequeña caja que su hermano sostenía.
—Oh si, es cierto —Albert rió —Es un obsequio que nuestra madre me pidió te entregara cuando llegara este momento —Albert extendió sus manos ofreciendo la caja.
—¡Oh Dios!, es hermoso —dijo Candy al ver el collar de esmeraldas a juego con los pendientes y una pequeña tiara.
—Mamá dijo que nuestro padre lo mandó hacer especialmente para ti.
Los ojos de Candy se cristalizaron al recordar a sus padres.
—Oh no pequeña, no es momento de ponernos tristes, sé que nuestros padres no querrían eso.
—Albert tiene razón mi niña —Pony le limpió las lágrimas que rodaron por sus mejillas —es mejor que bajen ahora, seguro los invitados ya han comenzado a llegar en especial uno de hermosos ojos azul verdosos —le guiñó un ojo —sin duda Pony sabía cual era la medicina perfecta para alegrarle el día a su pequeña rubia —Los ojos de Lady Candice adquirieron aquel brillo que solo los enamorados son capaces de mostrar —.Permíteme ayudarte con esto —sacó el collar los pendientes y al tiara y la coloco en el lugar correspondiente —Ahora si, luces como una verdadera princesa de ensueño.
—Nos vamos —Albert ofreció su brazo para que se apoyase en él.
Lady Candice entrelazó el suyo y juntos emprendieron la marcha.
—¿Estas nerviosa? —le preguntó Albert al sentir como ella temblaba ligeramente.
—Como no estarlo —musitó ella —toda la alta sociedad Londinense está ahí abajo.
—¿Y que con eso? No estarás sola, estoy seguro que Terry no se apartará de ti ni un segundo.
—Lo sé —respondió ella entre suspiros, la pura mención de aquel nombre hacía que sus músculos se relajaran.
Terry se encontraba conversando con Stair, Archie y Anthony, cuando escuchó que el mayordomo anunciaba el arribo de Lady Candice y Lord Albert Ardley conde de Aberdeen, se giró y la miró. Las pulsaciones de su corazón incrementaron a tal punto que el joven creyó que sus amigos podían escucharlo.
Ella, la joven que le había robado el corazón cuando él menos se lo esperaba ya que llevaba años Resistiéndose Al Amor argumentando que era demasiado joven para perder su preciada soltería, estaba ahí de pie junto a su hermano mayor, aquel a quien un día fue a visitar sin imaginar que el Amor le pegaría tan fuerte. Aquella mirada verde esmeralda que lo cautivó desde la primera vez que se vio reflejado en ellas, y que a pesar de ocultar un dolor tan grande transmitían una paz y una dulzura infinita, era dirigida solamente a él a pesar de haber mas caballeros presentes. Aquello sin duda le hinchó no solo el pecho sino otra parte de su anatomía.
—Debes aprender a controlar a tu amigo de entrepierna, en una de estas romperás la cremallera de tu pantalón.
¡Diablos! —Terry maldijo por lo bajo. Ya se estaba volviendo costumbre ser pillado por quien ahora era su cuñado. Anthony quien reía entre dientes junto a Stair y Archie. ¿Habría algún castigo peor que ese, ser sorprendido en el momento mas vergonzoso por la mirada y risas burlonas de Anthony y sus condenados primos? —Se obligó a hacer las caderas hacía atrás para ocular su irreverente miembro.
—Y tu ni te hagas el santo, ¿crees que no me he dado cuenta la manera como tu amigo también se vuelve insolente y eres incapaz de controlarlo cuando vez a Lady Daisy Longford?
—¡Eh! —las mejillas de Anthony se sonrojaron furiosamente provocando que Terry se sintiera vencedor de aquella pequeña batalla. Él siempre ganaba...bueno no siempre. Había perdido una batalla contra el Amor pero fue frente a una contendiente condenadamente hermosa y en quien se centró nuevamente.
—Jajajaja —Stair y Archie rieron.
Al llegar al último escalón Terry posó su brazo para que Lady Candice se apoyara en él.
—Esta noche seré la envidia de todos los caballeros solteros.
—¿Solo esta noche?.
—Me temo que no —respondió él con una sonrisa de lado.
Albert llamó la atención de todos para primeramente presentar a su hermana y posteriormente anunciar el compromiso entre ella y Lord Terrence Grantchester.
Entre aplausos y suspiros, Terry sacó un anillo de compromiso proveniente de los tesoros de la familia Grantchester, el cual pasaba de generación en generación y lo colocó en el dedo anular de su ahora prometida, para posteriormente abrir el baile con el tan esperado vals.
Desde el otro lado del salon de baile, Lady Elroy sonreía complacida al ver a la menor de sus sobrinos radiante de felicidad. Giro el rostro y se encontró con Anthony que bailaba con Lady Daisy. A pesar de no haberse casado nunca, Lady Elroy podía reconocer una mirada enamorada, y así eran las miradas que ambos jóvenes se dirigían mientras bailaban un vals.
—Hacen una hermosa pareja, ¿no le parece? —Pony se acercó a ella.
Lady Elroy asintió —creo que es hora que nos ocupemos de conseguir una buena esposa para Albert, ya sabes, el condado de Aberdeen necesita un heredero —miró a su alrededor —tal vez entre los invitados encontramos a la candidata indicada.
Pony barrió con la mirada el salon de baile, hizo una mueca de desagrado al ver unas cuantas viudas abanicando sus pestañas de manera descarada a Albert quien como el caballero que era les dedicaba una sonrisa amable la cual era mas que evidente confundían con coqueteo.
—Me temo que hoy no encontrará nada apropiado para mi niño, excepto aquel par de jovencitas —dijo señalando a un grupo de jóvenes de la edad de Candy —y conociendo a Albert dudo mucho que las vea como posibles candidatas.
—Que me dices de aquella hermosa castaña —dirigió su mirada hasta donde Lady Karen se encontraba.
—Es linda, pero no es el tipo de dama que Albert necesita.
—Tienes razón —Lady Elroy siguió mirando a su alrededor .
—Tal vez tengamos mayor suerte el día de la boda de Candy —Pony sonrió.
Dos meses después...
Se puso de pie para apreciar con mayor detalle cada una de las telas dentro de la casa de moda de Madam Charlotte, cuando de pronto vio como un carruaje estaba a punto de arrollar a una dama que iba ensimismada leyendo un libro sin prestar atención a nada a su alrededor. Sin pensarlo dos veces salió del establecimiento y se lanzó sobre la distraída dama, evitando que fuera arrollada.
—Que demonios cree que ha... —los ojos de ella se abrieron como platos —¿Albert, en verdad eres tu?.
El corazón de Conde del Aberdeen comenzó a latir desbocadamente. El tiempo se detuvo para él en ese instante. Todo a su alrededor dejó de existir. Ella estaba mas bella que la última vez que la vio, aquella ultima vez donde él iba a declararle su amor, pero ella había ido para despedirse de él ya que iría a Italia para realizar su sueño, algo que él consideraba una locura, ya que debía vencer primero los prejuicios de una sociedad extremadamente machista que no veía con buenos ojos que una mujer se abriera camino por su cuenta en un mundo dominado por hombres; pero al juzgar por el libro que sostenía con una mano, y un maletín en la otra, era mas que evidente que lo había logrado. Pero... ¿seguiría soltera? y de estarlo, —¿tendría él ahora la oportunidad de conquistar su corazón?
Continuará...
