Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
¡Hola! Bienvenidos a la tercera historia de esta saga, para quienes no han leído las historias anteriores, esta es una saga de 4 historias que entremezclan a los personajes de la familia Cullen, en una historia sucedida en el Londres de 1765, con un fondo motivador basado en la masacre de Spinner´s Falls donde nuestros protagonistas cambiaron sus vidas para siempre, en el primer libro Tentación Americana nos introducimos en la historia presentada por Esme y Carlisle, luego en Licencioso Pecador Bella y Edward continuaron con la historia y ahora llegamos aquí a Someter a un salvaje donde Jasper y Alice continuarán la historia que hemos estado contando.
Siempre digo que es mejor leer las historias anteriores pero si no lo deseas en esta misma historia se van aclarando cosas de los anteriores por lo que si deseas partir desde aquí no hay problema.
Prólogo
Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, un soldado que
cruzaba las montañas de un país extraño de vuelta a casa. El
camino era escarpado y rocoso, estaba bordeado de árboles
oscuros y torcidos, y un viento helado le golpeaba las mejillas.
Sin embargo, el soldado siguió con paso firme. Había visto
lugares más tenebrosos y extraños que aquél y ya no se
asustaba ante cualquier cosa.
Nuestro personaje había luchado con gran valor en la guerra,
pero muchos soldados luchan igual. Viejos, jóvenes, inocentes o
perseguidos por la desgracia; todos ellos van a la batalla
dispuestos a dar lo mejor de sí mismos. A menudo, lo que
determina quién muere y quién vive es más una cuestión de
suerte que de justicia. Así pues, a pesar de su valor, su honor y
su virtud, seguramente, nuestro soldado no era mejor que miles
de sus compañeros. Aunque sí que había algo en lo que nuestro
hombre era distinto. No sabía mentir.
Por eso lo llamaban El Sincero...
De El Sincero...
Capítulo 1 El castillo del Terror
Cuando El Sincero llegó a la cima de la montaña y vio un espléndido castillo negro
como el pecado, empezaba a oscurecer...
De El Sincero
Escocia
Julio 1765.
Cuando el carruaje tomó la curva y el decrépito castillo apareció, ante sus ojos bajo la luz del atardecer, Alice Brandon se dio cuenta por fin, aunque un poco tarde, de que aquel viaje quizás había sido un error.
—¿Es ése? —Peter, su hijo de cinco años, estaba arrodillado en los cojines del anticuado
vehículo y asomado a la ventana—. Creía que se suponía que tenía que ser un castillo.
—Es un castillo, tonto —respondió la hija de nueve años, Charlotte—. ¿No ves la torre?
—Que tenga una torre no significa que sea un castillo —protestó Peter, mientras miraba el sospechoso castillo con el ceño fruncido—. No tiene foso. Si es un castillo, no es de los de verdad.
—Niños —intervino Alice, un poco enfadada, aunque enseguida se dijo que llevaban de
carruaje en carruaje los últimos quince días—. Por favor, no discutáis.
Naturalmente, sus hijos hicieron oídos sordos a su petición.
—Es de color rosa —Peter tenía la nariz pegada a la ventana y estaba empañando el cristal con el aliento. Se volvió hacia su hermana con el ceño fruncido—. ¿Te parece que un castillo de verdad sería de color rosa?
Alice contuvo un suspiro y se masajeó la sien derecha. Hacía ya varios kilómetros que tenía dolor de cabeza y sabía que estaba a punto de estallar, justo cuando necesitaba todas sus energías. No le había dado muchas vueltas al plan. Aunque, en realidad, nunca daba demasiado rodeo a las cosas, ¿no era cierto? El ímpetu con que actuaba y rápidamente lamentaba, era su cruz en la vida. Por eso, a los treinta y un años, estaba dirigiéndose hacia un país extranjero para entregarse, ella y sus hijos, a la merced de un extraño.
¡Qué estúpida era!
Una estúpida que tenía que repasar su historia, porque el carruaje estaba a punto de detenerse ante las imponentes puertas.
—¡Niños! —exclamó, entre dientes.
Los pequeños se volvieron en silencio hacia ella ante su tono. Peter tenía los ojos marrones abiertos como platos mientras que Charlotte la miraba con una expresión cansada y temerosa.
Su hija se daba cuenta de demasiadas cosas para su edad; era muy sensible a la atmósfera que creaban los adultos.
Alice respiró hondo y se obligó a sonreír.
—Esto será una aventura, pequeños, pero debéis recordar lo que os he dicho —miró a Peter—. ¿Cómo nos llamamos?
—Halifax —respondió el niño enseguida—. Pero sigo siendo Peter y Charlotte sigue siendo
Charlotte.
—Sí, cariño.
Aquello lo habían decidido en el camino al norte desde Londres ante la dolorosa obviedad de que Peter tendría serios problemas para no llamar a su hermana por su nombre real. Alice suspiró. Sólo esperaba que los nombres de sus hijos fueran lo suficientemente comunes para no delatarlos.
—Hemos vivido en Londres —dijo Charlotte, muy decidida.
—Eso es fácil de recordar —murmuró Peter—, porque es verdad.
Charlotte lanzó una mirada de desdén a su hermano y continuó:
—Mamá ha vivido en la casa de la vizcondesa viuda de Vale. —Y nuestro padre está muerto y no... —Peter abrió los ojos, acongojado.
—No entiendo por qué tenemos que decir que está muerto —murmuró Charlotte.
—Para que no nos encuentre, cariño —Alice tragó saliva, se inclinó hacia delante y acarició la rodilla de su hija—. Todo va a salir bien. Si conseguimos...
De repente, la puerta del carruaje se abrió y apareció la horrible cara del conductor.
—¿Bajan o no? Parece que va a llover y, cuando empiece la tormenta, quiero estar de vuelta en el hostal calentito y seco, ¿de acuerdo?
—Por supuesto. —Alice asintió con gesto regio hacia el conductor, que era, de largo, el más malhumorado de todos los que habían tenido—. Descargue nuestro equipaje, por favor.
El hombre soltó una risotada.
—Ya lo he hecho. ¿No lo ve?
—Venga, niños. —Sólo esperaba no sonrojarse delante de aquel horrible hombre. La verdad es que nada más llevaban dos bolsas de tela, una para ella y otra para los niños. Seguro que el conductor creía que estaban desolados. Y, en cierto modo tenía razón, ¿verdad? Alejó aquel pensamiento de su mente. No era momento para ser negativa. Para salir adelante, tenía que estar alerta y ser persuasiva.
Se alejó del carruaje alquilado y miró a su alrededor. El antiguo castillo se levantaba frente a ellos, sólido y silencioso. El edificio principal era un rectángulo de poca altura y estaba hecho de una piedra rosada erosionada por el clima. De las esquinas emergían unas altas torres circulares.
Delante del castillo había una especie de camino que antaño debía de estar perfectamente cubierto de gravilla pero que ahora estaba lleno de hierbajos y barro. Un grupo de árboles que crecían junto al camino sufrían para formar una barricada contra el viento que empezaba a soplar con fuerza. Al fondo, las oscuras colinas se prolongaban hasta el horizonte.
—Eso es todo, ¿verdad? —el conductor volvió a meterse en la cabina sin ni siquiera mirarlos—. Me voy.
—¡Al menos déjenos un farol! —gritó Alice, pero el ruido de las ruedas del carruaje silenciaron su grito. Se quedó mirando el vehículo, abatida.
—Está oscuro —dijo Peter, mirando hacia el castillo.
—Mamá, no se ve ninguna luz —añadió Charlotte.
Parecía asustada y Alice también se notó inquieta. No se había fijado en la ausencia de luces hasta ahora. ¿Y si no había nadie? ¿Qué harían, entonces?
«Ya cruzaré ese puente cuando llegue el momento.» Ella era la adulta. Una madre debe lograr que sus hijos se sientan seguros.
Ladeó la barbilla y sonrió a Charlotte.
—Quizás están encendidas en la parte de atrás y desde aquí no las vemos.
La niña no parecía particularmente convencida ante aquella teoría, pero asintió. Alice recogió las bolsas del suelo y subió los escalones de piedra bajos que llevaban hasta las enormes puertas de madera. Estaban enmarcadas por un arco gótico, casi negro de los años que tenía, y las bisagras y los cerrojos eran de hierro; tenía un aspecto totalmente medieval. Levantó la anilla de hierro y golpeó la puerta.
El sonido resonó en su interior, que parecía vacío.
Alice se quedó frente a la puerta, porque se negaba a creer que no hubiera nadie. El viento le arremolinaba la falda entre las piernas. Peter golpeó uno de los escalones con las botas y Charlotte suspiró casi en silencio.
Alice se humedeció los labios.
—Quizá no nos han oído porque están en la torre.
Volvió a llamar.
Ya era de noche, el sol había desaparecido por completo y con él la calidez del día. Era verano y en Londres hacía calor pero en el viaje hacia el norte Alice había descubierto que las noches en Escocia podían llegar a ser muy frías, incluso en verano. A lo lejos, vio un relámpago. ¡Ese lugar era muy solitario! Era incapaz de entender por qué alguien habría decidido vivir allí voluntariamente.
—No viene nadie —dijo Charlotte, mientras oyeron el rugido de un trueno—. Creo que no hay nadie.
Alice tragó saliva cuando notó las primeras gotas de lluvia en la cara. El último pueblo que
habían pasado estaba a más de diez kilómetros. Tenía que encontrar un refugio para los niños.
Charlotte tenía razón. No había nadie. Se los había llevado en una misión desesperada.
Les había vuelto a fallar.
Le temblaron los labios ante aquella idea. «No puedes derrumbarte delante de los niños.»
—Quizás haya un establo o algún edificio en la parte trasera... —se interrumpió cuando una de las puertas de madera se abrió y la asustó.
Retrocedió y a punto estuvo de caer por las escaleras. Al principio no vieron nada detrás de la puerta, como si la hubiera abierto una mano fantasma. Sin embargo, algo se movió y Alice distinguió una figura. Era un hombre alto, delgado y con un aspecto muy, muy intimidante.
En la mano sujetaba una vela que apenas iluminaba. A su lado había una bestia de cuatro patas demasiado grande para ser un perro de cualquier raza de las que ella conocía.
—¿Qué quiere? —espetó, en voz baja y ronca, como si hiciera tiempo que no la usara o
estuviera tenso. El acento era refinado, pero el tono estaba lejos de ser acogedor.
Alice abrió la boca e intentó encontrar las palabras adecuadas. Aquel hombre no era lo que se esperaba. Madre de Dios, ¿qué era esa cosa que estaba a su lado?
En ese instante, un rayo atravesó el cielo y cayó muy cerca con toda su fuerza. Iluminó al
hombre y al animal como si estuvieran en un escenario. La bestia era alta, gris y esbelta, con unos ojos negros cristalinos. El hombre daba más miedo. El pelo claro y largo le caía enmarañado sobre los hombros. Llevaba unos pantalones viejos, polainas y un abrigo roído que tendría que ir a la basura. Tenía una mejilla llena de cicatrices rojas. Un único ojo azul cielo claro reflejó la luz del rayo mientras los miraba de forma diabólica.
Y lo más horrible era que, donde tenía que estar el ojo izquierdo, sólo había un agujero
hundido.
Charlotte gritó.
Siempre gritaban.
Sir Jasper Withlock miró a la mujer y a los niños que estaban frente a su puerta con el ceño fruncido. De repente, la lluvia se convirtió en una cortina de agua y provocó que los pequeños se pegaran a la falda de su madre. Los niños, y sobre todo los más pequeños, casi siempre gritaban huyendo de él. A veces, incluso las mujeres también huían. El año pasado, una joven bastante melodramática se desmayó en High Street, en Edimburgo, cuando lo vio.
A Jasper le vinieron ganas de darle una bofetada.
Pero en lugar de eso se alejó a toda prisa como una rata apestosa y escondió el rostro lisiado lo mejor que pudo con el tricornio de ala ancha y el cuello alto del abrigo. Esperaba la misma reacción en pueblos y ciudades. Por eso no le gustaba frecuentar las zonas donde la gente se aglomeraba. Lo que no esperaba era que una niña gritara en la misma puerta de su casa.
—Cállate —gruñó, y la niña cerró la boca.
Había dos chiquillos, un niño y una niña. El niño era un pajarillo castaño que podría tener entre tres y ocho años. Jasper no tenía criterio, puesto que evitaba a los niños siempre que podía. La niña era la mayor. Tenía la piel pálida, era rubia y lo estaba mirando con unos ojos azules que parecían demasiado grandes para su cara tan estrecha. Quizás era culpa de la consanguinidad; aquellas anormalidades solían indicar una deficiencia mental.
Su madre tenía los ojos del mismo color. Jasper se fijó cuando, al final, y a regañadientes, la miró. Era preciosa. Por supuesto. Si aparecía alguien en su puerta en mitad de una tormenta, tenía que ser una preciosidad. Tenía los ojos del color de las campánulas cuando acaban de abrirse, el pelo oscuro y un espectacular escote que cualquier hombre, incluso un recluso cicatrizado y misántropo como él, catalogaría de atractivo. Después de todo, era la reacción natural de un macho ante una hembra cuya habilidad reproductora era obvia, por mucho que le pesara.
—¿Qué quiere? —repitió.
Quizá toda la familia era deficiente mental, porque lo estaban mirando sin decir nada. La mujer tenía la mirada fija en la cuenca vacía de su ojo izquierdo. Lógicamente. Se había vuelto a olvidar el parche (ese maldito trasto le molestaba mucho) y seguro que su rostro le provocaría pesadillas esa noche.
Suspiró. Cuando oyó que llamaban a la puerta, estaba a punto de sentarse frente a un plato de avena y salchichas hervidas. La comida ya era mala de por sí, pero fría todavía le apetecía menos.
—Carlyle Manor está aproximadamente a dos kilómetros en esa dirección. —Jasper señaló con la cabeza hacia el oeste. Seguro que eran huéspedes de sus vecinos, que se habían perdido. Cerró la puerta.
Bueno, al menos lo intentó.
La mujer se lo impidió colocando el pie entre la puerta y el marco. Por un momento, se planteó cerrar la puerta igualmente y aplastarle el pie, pero la poca cortesía que le quedaba se impuso y se detuvo. La miró con el ojo entrecerrado y esperó una explicación.
La mujer levantó la barbilla.
—Soy su ama de llaves.
Definitivamente, un caso de deficiencia mental. Seguramente, el resultado de demasiados
cruces entre sangre aristocrática porque, a pesar de su poca lucidez mental, tanto ella como los niños iban muy bien vestidos.
Lo que exageraba todavía más la estupidez de su comentario. Suspiró.
—No tengo ama de llaves. Oiga, señora, Carlyle Manor está al otro lado de la colina...
La mujer cometió la temeridad de interrumpirlo.
—No, no me ha entendido. Soy su nueva ama de llaves.
—Se lo repito. No tengo ama de llaves. —Habló muy despacio para que su cerebro entendiera las palabras—. Ni me apetece tenerla. Le...
—¿Es el castillo Greaves?
—Sí.
—¿Y usted es sir Jasper Withlock?
Él frunció el ceño.
—Sí, pero...
Ella no lo estaba mirando. Se había inclinado para buscar algo en una de las bolsas que tenía a los pies. Él la miró, irritado, perplejo y ligeramente excitado, porque aquella postura le facilitaba una amplia visión de su escote. Si fuera un hombre religioso, creería que era una visión.
La mujer emitió un sonido de satisfacción y se incorporó con una amplia sonrisa.
—Tome. Es una carta de la vizcondesa de Vale. Me envía para ser su ama de llaves.
En la mano sostenía una hoja de papel bastante arrugada.
Él miró la carta unos segundos antes de arrebatársela de la mano. Alzó la vela para poder tener luz y leer la misiva garabateada. A su lado, Lady Grey, su galgo, decidió que aquella noche no cenaría salchichas. Suspiró, relamiéndose, y se tendió en las losas del recibidor.
Jasper terminó de leer la carta entre el ruido de la lluvia golpeando con fuerza el camino de tierra que llevaba hasta el castillo. Y luego levantó la mirada. Sólo había visto a lady Vale una vez.
Ella y su marido, Edward Masen, el vizconde de Vale, le habían hecho una visita sorpresa hacía algo más de un mes. En ese momento, no le pareció una mujer entrometida, sin embargo la carta lo informaba de que, efectivamente, tenía una nueva ama de llaves. Qué locura. ¿En qué estaba pensando Bella Masen? Aunque luego se dijo que era casi imposible descifrar el funcionamiento de la mente femenina. Tendría que echar a la preciosa y bien vestida ama de llaves y a sus hijos mañana por la mañana. Por desgracia, parecía que eran protegidos de lady Vale y no podía abandonarlos en mitad de la noche.
Jasper miró los ojos azules de la mujer.
—¿Cómo ha dicho que se llama?
Ella se sonrojó y sus mejillas adquirieron el precioso tono del amanecer en primavera sobre los brezales.
—No se lo he dicho. Me llamo Alice Halifax. Señora Halifax. Por si no se ha fijado, aquí fuera nos estamos mojando.
Jasper levantó la comisura del labio ante la ironía del tono de voz. Definitivamente, no era una deficiente mental.
—Claro, será mejor que entren, señora Halifax.
Aquella pequeña sonrisa que sir Jasper dibujó sorprendió a Alice. Atrajo su atención hacia una boca amplia y firme, suave y masculina. Revelaba que no era la gárgola que se había imaginado, sino un hombre.
Desapareció enseguida, por supuesto, en cuanto vio que ella lo estaba mirando. Al instante, su expresión se volvió dura y ligeramente cínica.
—Seguirán mojándose hasta que entren, señora.
—Gracias. —Alice tragó saliva y entró en el oscuro recibidor—. Es muy amable, sir Jasper.
Él encogió los hombros y se dio la vuelta.
—Si usted lo dice.
¡Será maleducado! Ni siquiera se había ofrecido a llevarles las bolsas. Aunque, claro, casi ningún caballero cargaba con el equipaje de su ama de llaves. Pero, aun así, habría sido un detalle haberse ofrecido igualmente. Alice cogió una bolsa con cada mano.
—Venga, niños.
Tuvieron que caminar deprisa, casi correr, para seguir el paso de sir Jasper y lo que parecía ser la única luz del castillo: la vela que llevaba en la mano. El gigantesco perro avanzaba sigilosamente a su lado, esbelto, negro y alto. En realidad, era como su amo. Pasaron junto a un gran salón y avanzaron por un oscuro pasillo. La luz de la vela bailaba delante de ellos, provocando espeluznantes sombras sobre las paredes sucias y los techos llenos de telas de araña. Peter y Charlotte caminaban al lado de su madre. Peter estaba tan cansado que se dejaba llevar por los pies, pero Charlotte miraba con curiosidad a un lado y a otro mientras avanzaba corriendo.
—Está terriblemente sucio, ¿verdad? —le susurró a su madre.
Sir Jasper se volvió de golpe y, al principio, Alice creía que la había oído.
—¿Han comido?
Se había detenido de forma tan repentina que Alice por poco se le echa encima. De hecho,
terminó casi pegada a él. Tuvo que echar el cuello hacia atrás para mirarlo a la cara y, como él tenía la vela junto al pecho, la imagen resultante era diabólica.
—Nos tomamos un té en la posada pero... —respondió ella, casi sin aliento.
—Perfecto —dijo él, y se volvió. Cuando giró una esquina, volvió la cabeza y habló por encima del hombro—. Pueden quedarse y pasar la noche en una de las habitaciones de invitados. Por la mañana, alquilaré un carruaje para que los devuelva a Londres.
Alice encogió los brazos y se apresuró para ir tras él.
—Pero es que no...
El hombre ya había empezado a subir por una estrecha escalera de piedra.
—No tiene que preocuparse por el dinero.
Por un segundo, Alice se detuvo a los pies de la escalera y se fijó en la firme espalda que se alejaba por encima de ellos. Por desgracia, la luz también se alejaba.
—Deprisa, mamá —la apremió Charlotte. Llevaba a su hermano de la mano, como una buena hermana mayor, y ya estaba subiendo las escaleras con Peter.
Aquel horrible hombre se detuvo en el rellano.
—¿Viene, señora Halifax?
—Sí, sir Jasper —respondió Alice, apretando los dientes—. Estaba pensando que si se parara a considerar la idea de lady Vale de tener...
—No quiero un ama de llaves —gruñó él, y siguió subiendo las escaleras.
—Me cuesta creerlo —añadió Alice, casi sin aliento—, teniendo en cuenta el estado del castillo que he visto hasta ahora.
—Y, sin embargo, a mí me gusta así.
Alice entrecerró los ojos. Se negaba a creer que nadie, ni siquiera aquella bestia humana,
disfrutara en medio de la suciedad.
—Lady Vale me indicó específicamente que...
—Lady Vale se equivoca al creer que quiero tener un ama de llaves.
Por fin había llegado arriba y él se detuvo antes de abrir una puerta bastante estrecha. Entró y encendió una vela.
Alice se detuvo y lo miró desde el pasillo. Cuando él salió, volvió a mirarle con decisión.
—Quizá no quiera un ama de llaves, pero resulta obvio que la necesita.
Sir Jasper volvió a curvar la comisura del labio.
—Puede intentarlo tantas veces como quiera, señora, pero la realidad sigue siendo que no
necesito ni quiero tenerla aquí.
Hizo un gesto con la mano hacia la habitación. Los niños entraron corriendo. Él no se molestó en apartarse, así que Alice tuvo que entrar de lado y, aun así, sus pechos casi se rozaron.
Lo miró en cuanto estuvo dentro de la habitación.
—Debo advertirle que estoy decidida a hacerle cambiar de opinión, sir Jasper.
Él inclinó la cabeza y el ojo reflejó a luz de la vela.
—Buenas noches, señora Halifax.
Cerró la puerta con suavidad.
Alice se quedó mirando la puerta cerrada unos segundos y luego miró a su alrededor. La
habitación era grande y estaba muy desordenada. Unas horribles cortinas que llegaban hasta el suelo tapaban una pared y una enorme cama con el dosel de madera grabado dominaba la habitación. En una esquina había un pequeño fuego en el suelo. El otro lado de la habitación quedaba entre sombras, pero las siluetas de muebles amontonados le hacían sospechar que aquel espacio se utilizaba como trastero. Charlotte y Peter se habían metido en la enorme cama.
Hacía dos semanas, Alice no les habría permitido acercarse a algo tan polvoriento.
Pero hacía dos semanas ella todavía era la amante del duque de Lister.
