Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
Disculpen la demora en la publicación, estoy de vacaciones y me ha costado encontrar tiempo entre todas las actividades que estoy haciendo, sin embargo, me esforzaré por darle continuidad a esta historia.
Capítulo 2 un insuperable trabajo
El Sincero se detuvo delante del castillo negro. Había cuatro torres, una en cada
esquina, que se levantaban amenazadoras hacia el cielo oscuro. Estaba a punto de dar
media vuelta cuando las puertas de madera crujieron y se abrieron. Apareció un joven
apuesto, vestido de color blanco y dorado y con un anillo con una piedra blanca en el
dedo índice.
—Buenas noches, viajero —dijo—. ¿Quieres entrar y protegerte del frío y del viento?
Tenía un presentimiento acerca de aquel castillo, pero la nieve se arremolinaba a su
alrededor, y a El Sincero le gustaba la idea de poder disfrutar de un fuego caliente.
Asintió y entró en el oscuro castillo...
De El Sincero
Estaba oscuro. Muy, muy oscuro.
Charlotte estaba tendida en la cama mientras sentía la oscuridad del castillo. A su lado, Peter estaba roncando. Estaba pegado a ella, literalmente, con la cabeza apoyada en su hombro y echándole el aliento al cuello. Estaba a punto de caer de la cama. Al otro lado del colchón, mamá respiraba profundamente. Había parado de llover, pero oía cómo las hojas de los árboles goteaban. Parecía como si un enano estuviera escalando la pared, acercándose más a cada paso.
La niña se estremeció. Tenía que orinar.
Quizá si se quedaba inmóvil volvería a dormirse. Pero luego estaba el temor de levantarse en una cama mojada. Ya había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo había hecho, pero todavía recordaba la vergüenza que había pasado.
La señorita Cummings, la niñera, la había obligado a confesarle a mamá lo que había hecho. Charlotte estuvo a punto de vomitar el desayuno antes de poder decírselo. Y resulta que al final mamá no se enfadó, aunque la miró con preocupación y lástima, y aquello fue casi peor.
Detestaba decepcionar a mamá.
A veces, mamá la miraba con una expresión de tristeza y Charlotte lo sabía: no era normal. No reía como las demás niñas, no jugaba con muñecas ni tenía montones de amigas. Le gustaba estar sola.
Le gustaba pensar en cosas. Y a veces se preocupaba por las cosas que pensaba; no podía evitarlo.
Independientemente de lo mucho que decepcionara a mamá.
Suspiró. Era inútil. Tendría que utilizar el orinal. Estiró el cuello y se asomó, aunque estaba
demasiado oscuro para ver el suelo. Sacó un pie de debajo de la colcha y lo deslizó lentamente hasta que tocó el suelo con un dedo.
No pasó nada.
El suelo de madera estaba frío, pero no había ratones, arañas ni otros insectos. Al menos, no cerca de ella. Charlotte respiró hondo y bajó de la cama. El camisón le quedó atrapado entre las sábanas y le dejó las piernas expuestas al frío. En el colchón, Peter masculló y se deslizó hasta su madre.
Charlotte se puso de pie y tiró del camisón, luego se agachó y sacó el orinal de debajo de la cama.
En el silencio de la habitación, el ruido de la orina cayendo en el recipiente fue considerable y silenció el sonido de las gotas de agua que caían de los alerones del castillo. Charlotte suspiró
aliviada.
Oyó un crujido al otro lado de la puerta. Se quedó inmóvil, evacuando las últimas gotas de
orina. Vio luz por debajo de la puerta. Había alguien en el pasillo. Recordó la horrible cara
cicatrizada de sir Jasper. Era muy alto; más alto incluso que el duque. ¿Y si había decidido echarlos del castillo?
O algo peor.
Contuvo el aliento y esperó, con las piernas temblorosas por el esfuerzo de permanecer de cuclillas y con el culo frío por la exposición al aire fresco. Fuera, alguien carraspeó, un borboteo ronco y líquido que provocó arcadas en la niña, y luego escupió. Y después, el ruido de las botas arrastrándose por el suelo mientras se alejaban.
Charlotte esperó hasta que ya no oía nada y luego se levantó del orinal de un salto. Lo escondió, se metió en la cama y se tapó la cabeza, y la de su hermano, con la colcha.
—¿Qué pasa? —murmuró Peter, volviéndose hacia ella.
—¡Shhh! —siseó ella.
Contuvo la respiración, pero sólo oía los ruidos de Peter succionándose el dedo pulgar. Se
suponía que ya no debería hacerlo, pero la señorita Cummings no estaba aquí para reñirlo. Charlotte abrazó con fuerza a su hermano pequeño.
Mamá había dicho que tenían que irse de Londres. Que no podían seguir viviendo en su
preciosa y alta casa con la señorita Cummings y los demás criados que había conocido toda su vida. Que tenían que dejar los vestidos bonitos, y los libros ilustrados y el delicioso pastel de limón.
De hecho, tenían que dejar atrás todo lo que Charlotte conocía. Pero seguro que mamá no sabía lo horrible que sería este castillo. Ni lo oscuros y sucios que estarían los pasillos ni lo temible que sería el dueño. Además, si el duque supiera lo terrible que era ese lugar, seguro que no los dejaría volver a casa, ¿no?
¿Seguro?
Charlotte se quedó tendida en la cama en la oscuridad, escuchando cómo el enano escalaba por las paredes y deseó estar a salvo en su casa de Londres.
Al día siguiente, Alice se despertó con los primeros rayos de sol que entraron por la ventana.
La noche anterior, se había asegurado de correr las cortinas para no dormirse. Eso si los sucios cristales dejaban entrar la luz del sol. Suspiró y los limpió con una esquina de la cortina, pero sólo
consiguió que el polvo se pegara más al cristal.
—Es el sitio más sucio que he visto en la vida —comentó Charlotte en tono crítico mientras miraba a su hermano. Había varias sillas tapizadas amontonadas en el otro extremo de la habitación, como si alguna antigua señora del castillo las hubiera guardado allí y se hubiera olvidado de ellas.
Peter estaba saltando de una a otra. Cada vez que pisaba el tapizado levantaba una nube de polvo. Saltaba, con una fina capa de suciedad cubriéndole la cara.
Dios santo, ¿cómo iba a hacer aquello? El castillo estaba asqueroso, el señor era un hombre desagradable y rudo y no tenía ni idea de por dónde empezar.
Aunque no tenía muchas más opciones. Alice ya sabía el tipo de hombre que era el duque de Lister cuando lo dejó. Era de los que no se desprendían de nada que fuera suyo. Puede que hiciera años que no se acostaba con ella, y puede que durante ese tiempo hubiera tenido otras amantes, pero la seguía considerando su amante. Su posesión. Y a los niños también. Era su padre. Daba igual que apenas les hubiera dirigido un par de palabras en todos aquellos años o que jamás los hubiera reconocido.
Lister no se desprendía de lo que era suyo. Si hubiera sospechado que tenía la intención de huir con Charlotte y Peter, se los habría quitado; no lo dudaba ni por un segundo. Una vez, hacía casi ocho años, cuando Charlotte era pequeña, Alice se había planteado la posibilidad de abandonarlo.
Cierto día, volvió a casa después de una tarde de compras y descubrió que Charlotte no estaba y que la niñera estaba hecha un mar de lágrimas. Lister se quedó a la niña hasta la mañana siguiente; una noche con la que Alice todavía tenía pesadillas. Cuando el duque se presentó en su puerta por la mañana, ella estaba hecha un manojo de nervios. ¿Y Lister? Entró sin ninguna prisa, con la niña en brazos, y le dejó claro que si quería mantener a su hija a su lado tenía que resignarse a la relación que tenían. Era suya y nada ni nadie podría cambiarlo.
Así que, cuando decidió abandonar a Lister, sabía que estaba emprendiendo un camino sin retorno. Si quería mantener a salvo a los niños, tenía que impedir que éste los encontrara. Con la ayuda de lady Vale, había huido de Londres con un carruaje prestado. Había cambiado de carruaje en la primera posada que encontró en la carretera hacia el norte y cambiado de transporte con mucha frecuencia. Había querido ir por los caminos menos transitados y pasar lo más desapercibida posible.
Presentarse como la nueva ama de llaves de sir Jasper había sido idea de lady Vale. El castillo estaba lejos de la civilización y lady Vale estaba segura de que el duque jamás la buscaría allí. En ese aspecto, la casa de sir Jasper era el escondite perfecto. Aunque Alice se preguntaba si lady Vale tenía alguna idea del estado tan lamentable del castillo.
O de lo tozudo que era el amo.
«Una cosa detrás de otra.» No tenía otro sitio donde ir. Había elegido ese camino y tenía que conseguir que funcionara. Las consecuencias del fracaso eran, simplemente, demasiado inimaginables para planteárselas.
Peter aterrizó mal en una silla y cayó al suelo provocando una avalancha de polvo.
—¡Basta ya, por favor! —gritó Alice.
Los dos niños la miraron. No solía levantarles la voz, aunque también es verdad que, hasta
hacía una semana, tenía una niñera que se encargaba de los niños. Ella sólo los veía cuando quería, que era a la hora de acostarlos, para el té de la tarde o para salir a pasear por el parque.
Momento en que todos ellos estaban un tanto relajados. Si Charlotte o Peter se cansaban, se enfadaban o se irritaban, siempre tenía la opción de enviarlos con la señorita Cummings. Por desgracia, la señorita Cummings se había quedado en Londres.
Alice respiró hondo para intentar tranquilizarse.
—Ya va siendo hora de que nos pongamos a trabajar.
—¿Trabajar? —preguntó Peter. Se levantó y empezó a dar patadas a un cojín que había caído al suelo con él.
—Sir Jasper dijo que esta mañana tendríamos que marcharnos —recordó Charlotte.
—Sí, pero lo convenceremos para que cambie de opinión, ¿verdad?
—Quiero irme a casa.
—No podemos, cariño. Ya os lo he dicho. —Alice sonrió con dulzura. No les había dicho lo que Lister les haría si los encontraba. No quería asustarlos—. Sir Jasper necesita a alguien que limpie el castillo y lo ponga en orden, ¿no os parece?
—Por supuesto —respondió Charlotte—. Pero dijo que le gustaba que estuviera sucio.
—Bobadas. Pienso que es demasiado reservado para pedir ayuda. Además, nuestro deber
cristiano es ayudar a aquellos que más lo necesitan, y me parece que sir Jasper necesita mucha ayuda.
Charlotte la miró dubitativa.
Alice juntó las manos delante de la cara antes de que su observadora hija hiciera más
comentarios.
—Vamos abajo y preparemos un espléndido desayuno para sir Jasper y algo para nosotros. Después, hablaré con la cocinera y las doncellas sobre la mejor forma de organizar la limpieza y la gestión del castillo.
Incluso Peter se animó ante la idea del desayuno. Alice abrió la puerta y todos salieron al
estrecho pasillo.
—Creo que anoche vinimos por aquí —dijo Alice, y se dirigió hacia la derecha.
Al final resultó que no habían venido por allí pero después de varios intentos fallidos dieron con la planta principal del castillo. Alice se dio cuenta de que Charlotte iba arrastrando los talones mientras iban hacia la parte posterior del castillo, donde se suponía que tenía que estar la cocina.
La niña, de repente, se detuvo.
—¿Tengo que saludarlo?
—¿A quién, cariño? —preguntó Alice, aunque lo sabía perfectamente.
—¡A Charlotte le da miedo sir Jasper! —canturreó Peter.
—No es verdad —respondió la niña, enfurecida—. Al menos, no mucho. Es que...
—Te asustó y gritaste —dijo Alice. Miró las lóbregas paredes del pasillo mientras intentaba encontrar una respuesta adecuada para su hija. Charlotte podía ser muy sensible. La más mínima crítica la dejaba melancólica varios días—. Sé que te sientes extraña, cariño, pero también tienes que pensar en los sentimientos de sir Jasper. No debe de ser agradable que una niña grite cuando te vea.
—Seguro que me odia —susurró Charlotte. Y Alice notó cómo se le encogía el corazón. A veces, ser madre era muy difícil. Quieres proteger a tus hijos del mundo y de sus propias debilidades y, al mismo tiempo, tienes que inculcarles honor y decoro.
—Dudo que sienta algo tan grave como odio —le dijo, con suavidad—. Pero creo que tendrás que disculparte con él, ¿no te parece?
Charlotte no dijo nada, pero asintió con un movimiento extraño y con la cara pálida y preocupada.
Alice suspiró y siguió caminando hacia la cocina. En su opinión, estaba segura de que después de un buen desayuno tendría una mejor perspectiva de las cosas.
Sin embargo, resultó que había poca comida en el castillo Greaves. La cocina era muy grande y antigua. El enlucido de las paredes y el techo abovedado, que antaño seguro que eran blancos, mostraban un tono grisáceo y sucio. Un cavernoso fuego en el suelo, que necesitaba una limpieza con urgencia, ocupaba toda una pared. A juzgar por el polvo que acumulaban los utensilios de los armarios, aquí hacía mucho tiempo que nadie cocinaba.
Alice miró a su alrededor consternada. En una mesa había un plato sucio, prueba de que
alguien había comido allí no hacía mucho. Seguro que, en algún sitio, había una despensa con comida. Empezó a abrir armarios y cajones en un estado rozando el pánico. Quince minutos después, estaba frente a su botín: un saco de harina, un poco de avena, té, azúcar y un puñado de sal. También había encontrado un trozo de beicon colgado en la despensa. Estaba mirando aquellas provisiones y preguntándose qué desayuno podía preparar con aquello cuando, horrorizada, se dio cuenta de su situación.
No había cocinera.
Además, esta mañana no había visto a nadie del servicio. Ni fregona ni lacayo. Ni limpiabotas ni doncella. ¿Acaso sir Jasper no tenía servicio?
—Tengo hambre, mamá —dijo Peter gimiendo.
Alice lo miró con la vista perdida un segundo, abrumada por la responsabilidad que tenía
frente a ella. Una vocecita gritaba en su cabeza: «¡No puedo hacerlo! ¡No puedo hacerlo!»
Pero no le quedaba más remedio. Tenía que hacerlo.
Tragó saliva, silenció la vocecita de su interior y se arremangó.
—Entonces, será mejor que nos pongamos manos a la obra, ¿no?
Jasper cogió un viejo cuchillo de cocina y rompió el grueso sello de una carta que había
recibido esa misma mañana. Su nombre estaba escrito en la parte exterior con una letra grande y serpenteante, casi ilegible, que reconoció de inmediato. Seguro que Vale le escribía para exhortarlo a que fuera a Londres o cualquier otra bobada. El vizconde era un hombre persistente, incluso cuando nadie le daba pie.
Jasper estaba sentado en la torre más grande del castillo. Cuatro grandes ventanas separadas entre ellas y que daban la vuelta a la sala circular dejaban entrar una buena cantidad de luz, convirtiéndola en un espacio perfecto para su despacho. Tres enormes mesas ocupaban casi todo el espacio. Estaban llenas de libros abiertos, mapas, especímenes de animales e insectos, lupas, pinceles, pesas para preservar hojas y flores, algunas piedras interesantes, corteza, nidos de aves y sus dibujos a lápiz. En las paredes, entre las ventanas, había armarios de cristal y estanterías con más libros, mapas, diarios y periódicos científicos.
Junto a la puerta había un pequeño fuego a tierra, que estaba encendido a pesar de que el día era cálido. Lady Grey empezaba a hacerse mayor y le encantaba estar calentita en la alfombra que había delante del fuego. Se tendía allí y hacía una siesta matutina mientras Jasper trabajaba detrás de la mesa más grande, que hacía las funciones de escritorio.
A primera hora de la mañana habían salido a dar el paseo matutino. Ya no iban tan lejos como antes y en las dos últimas semanas Jasper se había visto obligado a reducir el paso para que Lady Grey pudiera seguirlo. Dentro de poco, tendría que salir sin ella.
Pero ya pensaría en eso más adelante. Desdobló la carta y la leyó detenidamente mientras el fuego seguía crujiendo.
Era temprano y estaba seguro de que los inesperados visitantes de la noche anterior todavía dormían. A pesar de que decía ser ama de llaves, la señora Halifax tenía
aspecto de ser una dama de la sociedad. Quizá estaba allí por una apuesta, como respuesta al desafío de otra dama aristocrática que le había propuesto perturbar al cicatrizado sir Jasper en su solitario castillo. La idea era terrible, y lo avergonzaba y enfurecía al mismo tiempo. Pero entonces recordó lo sorprendida que se había quedado cuando lo vio. Eso, al menos, no formaba parte de ningún juego. Y, en cualquier caso, lady Vale no era una de esas mujeres frívolas capaces de esos jueguecitos.
Suspiró y lanzó la carta a la mesa. No podía pensar en el plan de lady Vale de enviarle a una supuesta ama de llaves.
En lugar de eso, la misiva estaba llena de noticias acerca del traidor de
Spinner's Falls y de la muerte de Jacob Black, una pista falsa que se había terminado.
Acarició el borde del parche del ojo mientras miraba por la ventana de la torre. Hacía seis años, en las colonias americanas, Spinner's Falls fue el lugar donde el 28º Regimiento de a Pie había caído en una emboscada. Casi todo el regimiento murió a manos de los indios hurones, aliados de los franceses. Los pocos supervivientes, entre los que estaba Jasper, fueron capturados y cruzaron los bosques de Nueva Inglaterra. Y cuando por fin llegaron al campamento hurón…
Deslizó una mano para acariciar una esquina de la carta. Él ni siquiera era miembro del
regimiento. Tan sólo era un civil. Encargado de descubrir y describir la flora y la fauna de Nueva Inglaterra, a Jasper le faltaban tres meses para regresar a Inglaterra cuando tuvo la mala fortuna de pasar por Spinner's Falls. Tres meses. Si se hubiera quedado atrás con el resto del ejército inglés en Quebec, que era el plan inicial, ni siquiera habría pasado por allí.
Volvió a doblar la carta con cuidado. Edward, Vizconde de Vale y otro superviviente, un colono llamado Carlisle Cullen, tenían pruebas de que alguien había traicionado al 28° Regimiento. Sabían que un traidor había informado a los franceses y a sus aliados hurones del día en el que el regimiento pasaría por Spinner's Falls. Masen y Cullen estaban convencidos de que podían descubrir al traidor, sacarlo a la luz y castigarlo.
Jasper repiqueteó los dedos sobre el papel. Desde la visita de Vale, la idea de la
existencia de un traidor le había empezado a dar vueltas por la cabeza. Que ese hombre todavía estuviera libre, y vivo, mientras tantos hombres buenos habían muerto era insoportable.
Hacía tres semanas, por fin había pasado a la acción. Si había un traidor, casi seguro que había tenido que tratar con los franceses. ¿A quién mejor que preguntar a un francés? Tenía un colega en Francia, un hombre llamado Etienne LeFabvre, al que había escrito para preguntarle si había oído algún rumor acerca de Spinner's Falls. Desde aquel día, esperaba impaciente la respuesta de Etienne. Frunció el ceño. Las relaciones con Francia eran terribles, como siempre, pero seguro que...
Alguien abrió la puerta de la torre e interrumpió sus pensamientos. La señora Halifax entró con una bandeja.
—¿Qué diantres está haciendo? —le preguntó, con voz áspera, aunque la sorpresa provocó que fuera más desagradable de lo que pretendía.
Ella se detuvo en seco y dibujó una mueca de desagrado con su boca grande y preciosa.
—Le he traído el desayuno, sir Jasper.
Tuvo que hacer un esfuerzo para no preguntarle qué diantres le había preparado. A menos que hubiera cazado los ratones del castillo y los hubiera frito, no había mucho más que comer. De hecho, anoche se comió las últimas salchichas.
Ella entró en el despacho con la intención de dejar la bandeja sobre un tomo de insectos
italiano bastante valioso.
—Ahí no.
Ella se quedó inmóvil y medio agachada.
—Ah, un momento. —Le hizo un espacio amontonando varios papeles en el suelo, junto a la silla—. Aquí mismo.
Ella dejó la bandeja y destapó un plato. Había dos tiras de beicon, bastante secas, y tres galletas pequeñas y secas. Junto al plato había un cuenco de avena cocida y una taza de té muy oscuro.
—Habría subido la tetera —explicó la señora Halifax mientras colocaba los platos en la mesa—, pero por lo visto no tiene. Una tetera, quiero decir. Me he visto obligada a hervir el té en un cacharro de cocina.
—Se me rompió el mes pasado —farfulló Jasper. ¿Qué panorama era ese? ¿Y se suponía que tenía que comerse eso delante de ella?
Ella lo miró, con las mejillas sonrosadas y los ojos resplandecientes.
—¿El qué?
—La tetera. —Gracias a Dios que esa mañana se había puesto el parche—. Es muy... amable, señora Halifax, pero no tenía que molestarse.
—No es ninguna molestia —mintió ella. Jasper era plenamente consciente del estado de la
cocina. Él entrecerró los ojos.
—Supongo que querrá marcharse esta mañana...
—Será mejor que compre otra, ¿no cree? Otra tetera —lo interrumpió como si de repente
estuviera sorda—. El té no sabe igual hervido en un cacharro. Yo creo que las teteras de cerámica son las mejores.
—Pediré un carruaje...
—Aunque hay quien prefiere las metálicas...
—Del pueblo...
—La plata es perfecta, por supuesto, pero una buena tetera metálica...
—¡Y así podrá dejarme en paz!
Las últimas palabras fueron un rugido. Lady Grey levantó la cabeza del suelo. Por un momento, la señora Halifax lo miró con aquellos enormes ojos azules.
Sin embargo, después abrió la carnosa boca y dijo:
—Tiene dinero para una tetera metálica, ¿verdad?
Lady Grey suspiró y se volvió hacia la calidez del fuego.
—¡Claro que tengo dinero para una tetera metálica! —Cerró el ojo un momento, irritado por haberse dejado llevar por su verborrea. Luego la miró y suspiró—. Pero se irán en cuanto pueda...
—Bobadas.
—¿Qué ha dicho? —le preguntó, con voz áspera, con mucha educación.
Ella levantó la barbilla en gesto impertinente.
—He dicho: «Bobadas». Está claro que me necesita. ¿Sabe que apenas tiene comida en el
castillo? Bueno, claro que lo sabe, pero esto tiene que cambiar. Tiene que cambiar de forma radical. Cuando vaya al pueblo a por la tetera, haré algunas compras.
—No necesito...
—Espero que no pretenda que vivamos a base de avena y beicon. —Apoyó las manos en las caderas y lo miró con determinación.
Él frunció el ceño.
—Claro que...
—Y los niños necesitan verdura fresca. Y espero que usted también.
—¿No iba a...?
—Iré al pueblo esta tarde, ¿le parece?
—Señora Halifax...
—Y en cuanto a la tetera, ¿la prefiere de cerámica o metálica?
—De cerámica, pero...
Estaba hablando con una habitación vacía. Ella ya había salido y había cerrado.
Jasper se quedó mirando la puerta. Jamás en su vida había sufrido una derrota tan aplastante, y menos por parte de una mujer menuda que la noche anterior creía que era deficiente.
Lady Grey había levantado la cabeza ante la salida de la señora Halifax. Ahora la había vuelto a agachar y a apoyar encima de las patas, y parecía que lo estaba mirando con compasión.
—Al menos, he podido escoger la tetera —farfulló Jasper, a la defensiva.
Lady Grey gruñó y se volvió.
Alice cerró la puerta de la torre y no pudo evitar dibujar una sonrisa. ¡Ja! Le había ganado la batalla al señor Bestia. Bajó las escaleras corriendo antes de que saliera y la llamara. Las escaleras eran de piedra vieja, gastada y altas, y las paredes de la torre eran de piedra hasta que llegó a los pies de una puerta. Ésta la condujo a un pasillo estrecho, oscuro y sucio pero que al menos estaba forrado con paneles de madera y el suelo estaba cubierto de alfombras.
Esperaba que el desayuno de sir Jasper no estuviera demasiado frío pero si lo estaba no era culpa suya. Había tardado una eternidad en encontrarlo. Había recorrido todos los lóbregos pisos superiores hasta que, al final, se le ocurrió que quizás estaría en las torres. Debería haberse imaginado que estaría escondido en una torre como en una escena sacada de un cuento para asustar a los niños. Antes de abrir la puerta, había respirado hondo para intentar no reaccionar con espanto ante su aspecto. Por suerte, esa mañana se había puesto un parche en el ojo. Sin embargo, todavía llevaba el pelo suelto sobre los hombros y no se había afeitado hacía por lo menos una semana. Tenía la mandíbula oscura a consecuencia de la barba. No le sorprendería que lo hiciera a propósito para asustar a la gente. Y también estaba la mano. Se detuvo mientras la recordaba. Por la noche no se había fijado en su mano, pero cuando había abierto la puerta de la torre, había visto que sujetaba un papel con los dedos corazón y anular y el pulgar. Le faltaban el índice y el meñique de la mano derecha. ¿Qué había provocado aquella horrible mutilación? ¿Acaso había sufrido un accidente? ¿Y también tenía la cara cicatrizada y le faltaba un ojo por ese accidente? Si era así, seguro que no agradecía su lástima ni
siquiera su compasión.
Se mordió el labio mientras lo recordaba. La última visión de sir Jasper le provocaba cierto
remordimiento. Había estado igual de hosco y desaliñado que la noche anterior. Igual de rudo y sarcástico. Todo lo que ella esperaba después de la noche anterior. Sin embargo, había algo más.
Estaba sentado frente a aquella mesa enorme, protegido detrás de sus libros, sus papeles y su desorden y parecía... Solo.
Alice parpadeó mientras miraba a su alrededor el oscuro pasillo. Aquello era una tontería. Si le explicara la impresión que había tenido de él, seguro que le soltaría un comentario cortante.
Jamás había conocido a nadie con menos probabilidades de aceptar de buen grado la
preocupación de otro ser humano. Y, sin embargo, ahí estaba: le había parecido que estaba solo.
Vivía solo, alejado de la civilización, en aquel castillo inmenso y sucio, y su única compañía era ese perro gigantesco. ¿Era posible que alguien, incluso un hombre que parecía aborrecer a las personas, fuera feliz en aquellas circunstancias?
Meneó la cabeza y reemprendió la marcha hacia la cocina. En esos momentos, no había espacio en su vida para esos pensamientos sentimentales. No podía permitirse que las emociones la debilitaran. Ya lo había hecho una vez y mira cómo había acabado: huyendo con sus hijos y muerta de miedo. No, sería mejor mostrarse pragmática con el castillo y con su dueño. Tenía que pensar en Charlotte y en Peter.
Giró la esquina y oyó unos gritos que procedían de la cocina. ¡Santo Dios! ¿Y si había entrado un vagabundo o un ladrón? ¡Charlotte y Peter estaban allí solos! Se arremangó la falda y corrió hasta la cocina, donde entró sin aliento.
Y lo que vio no la tranquilizó. Había un hombre achaparrado que estaba gritando y agitando los brazos frente a los niños, que estaban de pie delante de él. Charlotte sujetaba una sartén de hierro con ambas manos, decidida, aunque estaba blanca como el papel. Tras ella, Peter saltaba sobre un pie y sobre el otro, con los ojos abiertos y emocionados.
—¡... todos! ¡Ladrones y asesinos, robando en casas que no son vuestras! ¡No os merecéis que gasten cuerda para colgaros!
—¡Fuera! —gritó Alice. Se dirigió hacia la criatura que estaba arengando a sus hijos—. ¡He
dicho que fuera!
El hombre menudo dio un brinco y se volvió en cuanto oyó su voz. Llevaba un chaleco grasiento encima de unos pantalones que le iban grandes y calcetas remendadas. Era pelirrojo con las primeras canas y llevaba el pelo encrespado a ambos lados de la cabeza.
Tenía los ojos saltones, pero los entrecerró cuando la vio.
—¿Quién es usted?
Alice irguió la espalda.
—Soy la señora Halifax, el ama de llaves de sir Jasper. Y ahora será mejor que salga de la cocina o me veré obligada a llamar al mismísimo sir Jasper.
El hombre se la quedó mirando boquiabierto.
—No diga bobadas, señora. Sir Jasper no tiene ama de llaves. Yo soy su hombre de confianza. ¡Si la tuviera, lo sabría!
Por un momento, Alice se quedó mirando a aquella criatura repulsiva, desconcertada. Había empezado a pensar que sir Jasper no tenía ninguna ayuda. Sin embargo, esa idea, por desalentadora que fuera, era preferible al asqueroso criado que tenía delante.
—¿Cómo se llama? —le preguntó, al final.
El hombre hinchó el pecho.
—Wiggins.
Alice asintió y se cruzó de brazos. Una de las cosas que había aprendido después de tantos
años en Londres era a no demostrar que tenía miedo delante de los que la intimidaban.
—Está bien, señor Wiggins. Puede que sir Jasper no tuviera ama de llaves en el pasado, pero ahora la tiene y soy yo misma.
—¿Qué está diciendo?
—Le aseguro que es cierto y le recomiendo que se vaya haciendo a la idea.
Wiggins se rascó las nalgas de forma contemplativa.
—Muy bien, si es cierto sepa que tiene una tarea considerable entre manos.
—Lo sé. —Alice suavizó el tono. Estaba claro que aquel hombre menudo se había asustado al encontrarse a unos extraños en la cocina del castillo—. Y espero poder contar con su ayuda, señor Wiggins.
—Ya —gruñó él, sin comprometerse a nada. Alice decidió no insistir, por ahora.
—¿Le apetece algo de desayunar?
—No. —Wiggins se fue hacia el pasillo arrastrando los pies—. El señor me estará esperando para darme las órdenes del día. Salió de la cocina casi corriendo. Charlotte dejó la sartén de hierro en la mesa.
—Ese hombre apesta.
—Ya lo sé —respondió Alice—. Pero no deberíamos tenérselo en cuenta. De todos modos,
quiero que os alejéis de él siempre que yo no esté con vosotros.
Peter asintió con ganas mientras que Charlotte sencillamente se quedó preocupada.
—Bueno, cambiemos de tema —dijo Alice, con brío—. Tenemos que limpiar el castillo y
empezaremos por la cocina.
—¿Lo vamos a limpiar nosotros? —Peter miró con recelo las telas de araña que colgaban del techo.
—Por supuesto —respondió Alice, con confianza, ignorando el torbellino de nervios que se le arremolinó en el estómago. La cocina estaba muy sucia—. Venga. Vamos a buscar agua.
Encontró una vieja bomba de agua en una esquina de los establos por la mañana. Había sacado un cubo de agua, aunque la utilizó toda para hacer el desayuno. Peter cargó con el cubo de lata mientras los tres se dirigían hacia los establos. Alice agarró el mango de la bomba y dirigió una entusiasta sonrisa a los niños antes de empezar a subirla y bajarla con las manos. Por desgracia, la bomba estaba bastante oxidada y costaba mucho hacerla funcionar.
Pasados diez minutos, Alice se apartó el pelo sudado de la frente y miró el cubo medio lleno.
—No es demasiado —dijo Charlotte, con recelo.
—Bueno, pero por ahora servirá —respondió Alice, sin aliento. Cogió el cubo y regresó a la
cocina, con los niños pisándole los talones.
Dejó el cubo en el suelo y se mordió el labio. Para fregar, tenía que calentar el agua, pero había dejado que el fuego se apagara después de hacer el desayuno. Sólo quedaban unos pocos rescoldos.
El señor Wiggins entró en la cocina mientras ella estaba mirando el fuego de la chimenea con desánimo. El hombre la miró, luego miró el cubo de agua y gruñó:
—Un buen comienzo, ¿verdad? Vaya, la cocina está tan reluciente que me ciega. Pero no sufra. Su estancia no va a ser demasiado larga. El señor me ha mandado a buscar un carruaje al pueblo.
Alice irguió la espalda, asustada.
—Seguro que no será necesario, señor Wiggins.
El hombre se rió y se marchó.
—Mama —dijo Charlotte, muy despacio—, si sir Jasper ha mandado ir a buscar un carruaje para que podamos volver a casa, quizá no tenemos que limpiar la cocina.
Alice se notó, de repente, muy cansada. No era un ama de llaves. No sabía cómo limpiar una cocina ni, por lo visto, mantener vivo el fuego. ¿Qué estaba haciendo, enfrentándose a un trabajo tan insuperable? Quizá sir Jasper tenía razón.
Quizá debería admitir su derrota y subirse a ese carruaje y alejarse del castillo.
