Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
Disculpen la demora en la publicación, estoy de vacaciones y me ha costado encontrar tiempo entre todas las actividades que estoy haciendo, sin embargo, me esforzaré por darle continuidad a esta historia.
Capítulo 3 Empoderarse
El castillo negro era cavernoso y sombrío, con sinuosos pasillos que comunicaban
con más pasillos. El Sincero siguió al apuesto joven y aunque caminaron durante varios
minutos no se cruzaron con nadie más. Al final, el joven acompañó a El Sincero hasta
un precioso comedor y le colocó delante un plato de carne asada, pan recién hecho y
toda clase de frutas exóticas. El soldado se lo comió todo encantado, pues hacía tiempo
que no veía un manjar tan delicioso. Y, mientras El Sincero comía, el joven se sentó,
sonrió y lo contempló...
De El Sincero
Alice apoyó la cabeza contra la pared del carruaje justo cuando el vehículo giró en una curva y perdieron de vista el castillo.
—Era un castillo muy sucio —dijo Charlotte, desde el otro lado del carruaje.
Alice suspiró.
—Sí, cariño.
Un castillo muy sucio con un amo muy malhumorado, y ella había permitido que ambos la
derrotaran. Mientras subían al carruaje alquilado que los estaba esperando, había visto
movimiento en la ventana de la torre. Seguro que sir Bestia estaba encantado con su marcha.
—Nuestra casa de Londres es mucho más bonita —continuó Charlotte—. Y quizás el duque se alegre de que hayamos vuelto.
Alice cerró los ojos. «No. No se alegrará.» Estaba claro que Charlotte creía que ahora volverían a Londres, pero Alice no se lo planteaba. Lister no los recibiría con los brazos abiertos.
Le quitaría a los niños y la dejaría en la calle.
Y eso si tenía suerte.
Miró a su hija e intentó sonreír.
—No volveremos a Londres, cariño.
La decepción se reflejó en el rostro de Charlotte.
—Pero...
—Tendremos que encontrar otro sino donde quedarnos. —«Y escondernos.»
—Yo quiero ir a casa —dijo Peter.
Alice notó una punzada de dolor en la sien.
—No podemos ir a casa, amor mío.
Peter hizo pucheros.
—Yo quiero...
—Es imposible. —Alice respiró hondo y luego añadió, más tranquila—. Lo siento mucho, hijos. A mamá le duele la cabeza. Ya lo hablaremos después. Por ahora, lo único que tenéis que saber es que tenemos que encontrar otro sino donde quedarnos.
Pero, ¿adónde podían ir? Puede que el castillo Greaves estuviera asqueroso y que el dueño fuera insufrible, pero como escondite, era perfecto. Se acercó la mano a la cintura, donde llevaba una bolsa de piel debajo de la falda. Guardaba monedas y algunas joyas: el tesoro que había podido llevarse de todo lo que Lister le había regalado. Tenía dinero, pero encontrar un sitio donde una mujer sola con dos hijos no levantara rumores será complicado.
—¿Queréis que os lea una historia del libro de cuentos? —preguntó Charlotte, muy despacio.
Alice la miró e intentó sonreír. La verdad es que, a veces, su hija era un encanto.
—Sí, por favor. Me encantaría.
Charlotte relajó las facciones y se agachó para rebuscar en la bolsa de tela que tenía a sus pies.
A su lado, Peter empezó a dar botes en el asiento.
—¡Lee la historia del hombre con el corazón de hierro! Charlotte sacó un fajo de papeles y, con cuidado, pasó las páginas hasta que encontró lo que buscaba. Se aclaró la garganta y empezó a leer muy despacio.
—Erase una vez, hace mucho, mucho tiempo, cuatro soldados que volvían a casa después de largos años de guerra...
Alice cerró los ojos y dejó que la alta y nítida voz de su hija la invadiera. El «libro» de cuentos del que leía era, en realidad, un fajo de hojas sueltas. El libro original estaba escrito en alemán y Bella Masen viscondeza de Vale traducía dichos cuentos para su amiga, lady Esme Cullen. Cuando la vizcondesa había enviado a Alice y a sus hijos hacia el norte, le había pedido a Alice que los transcribiera para poder, al final, tener la traducción lista para lady Esme.
Durante el largo viaje hacia Escocia, Alice había leído las historias a los niños y ahora ya se habían convertido en sus favoritas.
Miró por la ventana. En el exterior, las colinas verdes y púrpura se sucedían, acercándolos cada vez más al pequeño pueblo de Glenlargo. Si todavía fuera el ama de llaves de sir Bestia, habría venido al pueblo a comprar comida. Algo más apetitoso que beicon pasado y avena.
¡Si no fuera una completa inútil! Se había pasado la vida de adulta ejerciendo de juguete de un caballero rico. Nunca había recibido ningún tipo de formación en nada práctico.
Aunque, pensándolo bien, no era cierto. Hacía mucho tiempo, antes de Lister, antes de que rompiera los lazos con su familia, cuando todavía era joven e inocente, ayudaba a su padre mientras él hacía la ronda de visitas. Su padre era médico, uno de renombre, y a veces, lo acompañaba durante las visitas a los pacientes. Bueno, no lo ayudaba durante la visita, porque se consideraba que no era adecuado para una chica joven, pero siempre llevaba una libreta donde anotaba las reflexiones de su padre sobre los pacientes que atendía, organizaba su agenda de visitas y hacía las listas. Muchas listas.
Había ejercido de ayudante de su padre, de organizadora de listas. Ella era quien ponía orden en su vida y en su negocio. No era nada trascendental, pero haciendo esto se sentía importante. Y, ahora que lo pensaba, ¿no era eso lo que hacían la mayoría de las amas de llaves? Sí, tenían que saber limpiar y llevar una casa, pero ¿no solían delegar esas tareas a otras personas?
Alice se incorporó tan repentinamente que Charlotte se asustó y dejó de leer.
—¿Qué te pasa, mamá?
—Un momento, cielo. Déjame pensar. Tengo una idea. —El carruaje ya había llegado a las
afueras de Glenlargo. Comparado con Londres, era un pueblo muy pequeño, pero disponía de todo lo que una comunidad pequeña y aislada pudiera necesitar: tiendas, artesanos y personas a las que poder contratar.
Alice se levantó dentro del carruaje en movimiento y golpeó el techo.
—¡Deténgase! ¡Detenga el carruaje!
El vehículo se detuvo y casi la lanzó contra el asiento.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Peter muy emocionado.
Y Alice no pudo evitar sonreírle.
—Ha llegado la hora de conseguir refuerzos.
Jasper se pasó la tarde en la torre escribiendo o, al menos, intentando escribir. Igual que los días anteriores, las palabras se negaban a salir. En lugar de eso, se dedicaba a llenar la papelera de hojas arrugadas llenas de intentos fallidos para iniciar un ensayo sobre los tejones. Ni siquiera podía encontrar la primera frase. Antes, escribir le resultaba tan sencillo como respirar, pero ahora... Ahora tenía miedo de no poder ser capaz de volver a terminar un ensayo. Se sentía como un estúpido oxidado.
Cuando dieron las cuatro y vio que Lady Grey no estaba en la torre, lo interpretó como una buena excusa para abandonar sus intentos por escribir e ir a buscar al perro. Además, no había comido nada desde el execrable desayuno.
El castillo estaba en silencio mientras bajaba por la escalera de caracol de la torre. Casi siempre estaba en silencio, aunque anoche, cuando la señora Halifax y sus hijos durmieron allí, parecía menos muerto. Meneó la cabeza ante aquella idea tan morbosa. Había visto cómo la mujer y sus hijos se marchaban por la mañana y había disfrutado de la sensación de volver a estar virtualmente solo; Wiggins apenas lo molestaba. Le gustaba estar solo. Le gustaba que nadie lo interrumpiera mientras trabajaba.
Eso cuando podía trabajar.
Frunció el ceño cuando llegó al pasillo y, en primer lugar, se dirigió hacia sus aposentos. Por la tarde, a Lady Grey le gustaba hacer la siesta en una zona debajo de las ventanas donde daba el sol.
Sin embargo, las habitaciones estaban como las había dejado por la mañana: vacías y
desordenadas. Volvió a fruncir el ceño cuando vio la cama deshecha y las sábanas y la colcha por el suelo. Bueno, quizás un ama de llaves no habría sido tan mala idea.
Volvió al pasillo y gritó:
—¡Lady Grey!
No oyó ningún sonido de pezuñas acercándose.
La mayoría de las habitaciones de ese piso estaban cerradas, así que bajó la siguiente. Había un viejo salón que a veces utilizaba. Se asomó pero Lady Grey no estaba encima de ninguno de los abullonados sofás. Un poco más adelante estaba la habitación que le había dejado a la señora Halifax. Asomó la cabeza y no vio nada, excepto que la cama estaba hecha. Todo estaba intacto, de modo que nadie habría dicho que allí había dormido alguien. Le pareció oír el ruido de un carruaje alejándose. Bobadas. Continuó con la búsqueda. Bajó a la planta principal y buscó por todas las habitaciones, sin éxito. Acabó en la biblioteca.
—¡Lady Grey!
Se quedó un momento observando la polvorienta biblioteca. Por una ventana donde antes
había una cortina que había caído y que nadie había repuesto entraba el sol y, a veces, hacía la siesta allí. Lady Grey tenía más de diez años y ya empezaba a moverse con lentitud.
«Maldita sea.»
Se volvió y se dirigió hacia la cocina. Normalmente, no iba allí sin él. Wiggins y ella no se
entendían, y la cocina era el rincón donde el criado solía estar. De hecho...
Se paró en seco en cuanto oyó voces. Voces chillonas de niños. No eran imaginaciones suyas; en su cocina había niños. Y lo más extraño, y lo más inesperado, fue que su primera emoción fue de alegría. Después de todo, no lo habían abandonado. Su castillo no estaba realmente muerto.
Por supuesto, la rabia llegó enseguida. ¿Cómo se atrevía esa mujer a desobedecer sus órdenes?
A estas horas, debería estar a medio camino de Edimburgo. Traería otro carruaje y metería su precioso culo dentro él mismo, si era necesario. En su castillo, y en su vida, no había espacio para un ama de llaves demasiado atractiva y sus dos hijos. Se puso en marcha, decidido y con paso firme.
Y entonces las voces infantiles se convirtieron en palabras:
—No podemos volver a Londres, Peter —dijo la niña.
—No veo por qué no —respondió el niño, en tono rebelde.
—Por él. Lo ha dicho mamá.
Jasper frunció el ceño. ¿La señora Halifax no podía regresar a Londres por culpa de un hombre?
Se había presentado como viuda, pero si su marido seguía vivo y ella lo había abandonado...
Maldición. Quizá le había pegado. Si un hombre trataba mal a una mujer, había pocas cosas que ella pudiera hacer, y huir era una de ellas. Aquello cambiaba un poco las cosas.
Aunque no significaba que tuviera que recibirla con los brazos abiertos. Jasper notó cómo sus labios dibujaban una picara sonrisa.
Recuperó el gesto serio y entró en la cocina. Los niños estaban al otro lado, de cuclillas frente al fuego. En cuanto lo vieron, se levantaron enseguida con cara de culpabilidad. Entre los dos estaba Lady Grey, tendida junto al fuego. Estaba bocarriba, con las enormes patas en el aire. Lo miró avergonzada y levantó las orejas en un gesto cómico, pero no se movió. ¿Por qué iba a hacerlo?
Estaba claro que había estado recibiendo la adoración de los niños.
«Hmmm.»
El niño dio un paso adelante.
—¡No ha sido culpa suya, se lo juro! Es una perra muy buena. Sólo la estábamos acariciando. No se enfade.
¿Qué clase de ogro se creía que era? Jasper frunció el ceño y avanzó hacia ellos.
—¿Dónde está vuestra madre?
El niño miró por encima del hombro hacia la puerta de la cocina que comunicaba con la parte trasera y retrocedió mientras respondía:
—En el establo.
¿Qué diantres estaba haciendo en el establo? ¿Bañando a Griffin, su caballo? ¿Trenzándole margaritas en la crin?
—¿Y qué estáis haciendo vosotros aquí?
La niña se colocó delante de su hermano para protegerlo con su cuerpo. Irguió la espalda y el diminuto cuerpo casi temblaba de la tensión.
—Hemos vuelto.
Él arqueó una ceja. Parecía una mártir dispuesta a morir en la hoguera.
—¿Por qué?
La niña lo miró con los mismos ojos azules de su madre.
—Porque nos necesita.
Jasper se detuvo en seco.
—¿Qué?
La niña respiró hondo y habló con cautela:
—Su castillo está sucio y nos necesita para que lo limpiemos.
Charlotte miró la cara de sir Jasper. A veces, desde el carruaje que los había traído a Escocia, habían pasado junto a grupos de rocas enormes, plantadas de pie en mitad de un campo, sin nada que las aguantara. Mamá les había dicho que se llamaban piedras de pie y que los pueblos antiguos las habían puesto allí, pero nadie sabe por qué. Sir Jasper era como una de esas piedras de pie: gigantesco, duro y daba un poco de miedo. Tenía unas piernas muy largas, tenía los hombros anchos y la cara... Tragó saliva.
Llevaba una barba rubia oscura que era desigual, porque no crecía en la zona de la cara que tenía llena de cicatrices. Las señales le atravesaban la barba, rojas y horribles. Hoy se había tapado la cuenca del ojo vacía con un parche. Ella lo agradecía porque, si no, no habría podido mirarlo a la cara. El ojo que tenía era de color azul claro y la miraba como si fuera un insecto. Quizás un escarabajo. Uno de esos negros y horribles escarabajos que salían corriendo cuando alguien levantaba una piedra.
—Ya —dijo sir Jasper. Se aclaró la garganta con un sonido áspero y fuerte. Y luego frunció el ceño. Cuando lo hacía, las cicatrices rojas de la mejilla se torcían.
Charlotte bajó la mirada. No sabía qué hacer. Debería disculparse por haber gritado anoche cuando lo vio, pero no se atrevía. Llevaba el nuevo delantal enganchado a la ropa y lo alisó con las manos. Nunca había llevado delantal, pero mamá había comprado uno para ella y otro para su hija en el pueblo. Le dijo que los necesitarían si tenían que limpiar la cocina del castillo. A Charlotte le parecía que limpiar un castillo no iba a ser tan divertido como mamá quería hacerles creer.
Miró de reojo a sir Jasper. Tenía las comisuras de los labios hacia abajo pero, por extraño que pareciera, su gesto no daba tanto miedo como la noche anterior. Si sir Jasper no fuera un caballero tan grande y severo, ella habría dicho que él tampoco sabía qué hacer.
—Esta mañana, casi no había nada de comida en la despensa —dijo la niña.
—Lo sé —recuperó el gesto neutro.
Peter se había vuelto a agachar para jugar con el perro gris. Había sido él quien la había visto cuando entraron en la cocina. A pesar de las advertencias de Charlotte, el niño había corrido para acariciar al animal. A Peter le encantaban los perros, de la raza que fueran, y parecía que nunca considerara la posibilidad de que pudieran morderlo. Charlotte, en cambio, siempre que veía un perro extraño pensaba que la mordería.
De repente, sintió mucha añoranza de su casa, en Londres, donde conocía todo y a todos. Si estuvieran en casa ahora mismo, estarían tomando té y pan con la señorita Cummings. Aunque la señorita Cummings nunca le había caído demasiado bien, recordar su nariz estrecha y respingona y el pan con mantequilla que siempre les servía le provocó un nudo en la garganta. Mamá había dicho que quizá nunca volverían a Londres.
Sir Jasper estaba mirando a la perra con el ceño fruncido, como si estuviera enfadado con ella
—Mamá llegará enseguida —dijo Charlotte para distraerlo.
—Ah —dijo. La perra cansada por los años, apoyó una pezuña en su bota. Sir Jasper miró a
Charlotte y ella retrocedió. Tenía un aspecto muy severo—. ¿Cómo os llamáis?
—Yo me llamo Charlotte —respondió ella—, y él es Peter.
—Cuando mamá vuelva, tomaremos el té —dijo Peter. No parecía nada nervioso ante la
presencia de sir Jasper. Aunque estaba rascando las orejas de la perra con alegría.
Sir Jasper gruñó.
—Y huevos, jamón, pan y mermelada —recitó Peter. A veces, olvidaba las cosas, pero jamás los que tenían que ver con la comida.
—También preparará comida para usted —añadió Charlotte, con cautela.
—No cocina demasiado bien —dijo Peter. Charlotte frunció el ceño.
—¡Peter!
—¡Es verdad! Nunca antes ha cocinado, ¿no? Siempre hemos...
—¡Shhh! —susurró Charlotte con firmeza. Tenía miedo de que Peter dijera que siempre habían tenido criados. A veces era muy estúpido, aunque sólo tuviera cinco años.
Peter la miró con los ojos bien abiertos y luego los dos miraron a sir Jasper.
El hombre estaba agachado, acariciando al animal debajo de la barbilla. Charlotte se fijó que, en una mano, le faltaban dos dedos. Se estremeció. A lo mejor no los había oído.
Peter se rascó la nariz.
—Es una perra muy buena.
El animal ladeó la cabeza y agitó una pata en el aire como si hubiera entendido lo que Peter había dicho.
Sir Jasper asintió.
—Sí que lo es.
—Nunca había visto un perro tan grande. —Peter volvió a acariciarlo—. ¿De qué raza es?
—Es un galgo escocés —respondió sir Jasper—. Se llama Lady Grey. Mis antepasados utilizaban perros como ella para cazar ciervos.
—¡Guau! —exclamó Peter—. ¿Ha cazado ciervos alguna vez con ella?
Sir Jasper meneó la cabeza.
—En esta zona no suele haber ciervos. Además, lo único que Lady Grey caza a estas alturas son salchichas.
Charlotte se agachó con cautela y acarició la cálida cabeza de Lady Grey. Se aseguró de mantener su mano a cierta distancia de sir Jasper, para no rozarlo accidentalmente. La perra le lamió los dedos con una lengua muy larga.
—Aunque sólo cace salchichas, sigue siendo una buena perra.
Sir Jasper giró la cabeza para mirarla con el ojo bueno.
Charlotte se quedó inmóvil y se aferró al pelo lanoso de Lady Grey. Estaba tan cerca de él que veía unos destellos dorados alrededor de la pupila. Sir Jasper no estaba sonriendo, aunque tampoco tenía el ceño fruncido. Su cara seguía siendo una visión horrible, pero había algo triste en su gesto.
Cogió aire para decir algo.
Sin embargo, justo en ese momento se abrió la puerta de la cocina.
—¿A quién le apetece una taza de té? —preguntó mamá.
Alice se quedó de piedra en cuanto vio a sir Jasper arrodillado con sus hijos junto al fuego.
«Oh, no.» Esperaba que no descubriera su regreso hasta que hubiera preparado, al menos, un té.
Un plato de comida lo calmaría, y a ella también le vendrían bien uno o dos bocados antes de enfrentarse a sir Bestia. Hacer la compra era mucho más duro de lo que se había imaginado.
Sin embargo, por lo visto no iba a tener respiro. Sir Jasper se levantó muy despacio y las suelas de las botas viejas arañaron las piedras del suelo. ¡Santo Dios! Lo había visto por la mañana, pero había olvidado lo alto que era; en realidad, era imponente en todos los sentidos, pero mucho más si estaba junto a Charlotte y Peter. Intimidaba. Seguramente por eso, a Alice le costaba respirar.
Jasper sonrió y aquella expresión provocó que a Alice se le erizaran los pelos de la nuca.
—Señora Halifax.
Ella tragó saliva y levantó la barbilla.
—Sir Jasper.
Él avanzó hacia ella, atlético, masculino y bastante peligroso.
—Le confieso que su presencia en mi cocina me sorprende un poco.
—¿Sí?
—Creo... —La rodeó hasta que estuvo tras ella, y ella tuvo que girar el cuello para intentar no perderlo de vista—. Creo que la despedí esta misma mañana.
Alice se aclaró la garganta.
—En cuanto a eso...
—De hecho, estoy seguro de que la vi subirse a un carruaje.
—Bueno, yo...
—Un carruaje que contraté para que se la llevara. —¿Era su aliento lo que notaba contra la piel del cuello?
Ella se volvió, pero él ya estaba a varios pasos, junto al fuego.
—Le expliqué al conductor que había cometido un error.
—¿Yo había cometido un error? —Deslizó la vista hasta la cesta que llevaba en las manos—. Entonces, sí que ha estado en el pueblo, ¿no es así?
Ella levantó la barbilla. Era inútil dejar que la intimidara.
—Sí.
—Y ha traído huevos, jamón, pan y mermelada. —Se fue directo hacia ella y, con esas piernas tan largas, cubrió la distancia en un segundo.
—Sí. —Ella retrocedió, ¡de forma totalmente involuntaria!, y de repente vio que estaba
apoyada en la mesa de la cocina.
—¿Y qué clase de error le ha dicho al conductor que he cometido? —Le quitó la cesta de las manos.
—¡Oh! —Ella intentó recuperarla, pero él la sostuvo por encima de su cabeza, a una altura
inalcanzable para Alice.
—Señora Halifax, estaba a punto de explicarme cómo ha convencido al conductor para que volviera a traerla hasta aquí. —Sacó el jamón de la cesta y lo dejó encima de la mesa—. ¿Lo ha sobornado?
—Por supuesto que no. —Observó, con preocupación, cómo dejaba el pan y la mermelada
junto al jamón. ¿Tenía hambre? ¿Estaba enfadado? El problema era que no tenía ni idea. Soltó un suspiro de exasperación—. Le dije que se había confundido.
Él la miró.
—Confundido.
Si no hubiera tenido la mesa pegada a la espalda, habría huido.
—Sí. Confundido. Le dije que sólo necesitaba el carruaje para ir a Glenlargo a hacer la compra.
—¿De veras? —Había vaciado la cesta y estaba examinando el contenido. Aparte del jamón, el pan, la mermelada y los huevos, había comprado té, una tetera de cerámica vidriada de color marrón, mantequilla, cuatro preciosas manzanas, un manojo de zanahorias, una cuña de queso amarillo cremoso y un arenque.
Jasper se volvió hacia ella.
—Menudo banquete. ¿Lo ha comprado con su dinero?
Alice se sonrojó. Naturalmente, había tenido que pagar con su dinero.
—Bueno, yo...
—Un gesto muy generoso de su parte, señora —dijo él, en tono áspero—. No creo haber oído jamás que un ama de llaves haga la compra para su amo con su propio dinero.
—Estoy segura de que me lo devolverá...
—¿Ah, sí? —murmuró él.
Alice colocó los brazos en jarra y se sopló un mechón de pelo que le caía sobre los ojos. Esa tarde había sido la más dura de toda su vida.
—Sí, estoy segura. Me lo devolverá porque he suplicado y amenazado al conductor para que se detuviera en Glenlargo. Luego, he tenido que encontrar las tiendas, engatusar al panadero para que volviera a abrir la panadería, porque cierra a mediodía, ¿se lo puede creer?; negociar con el carnicero los precios escandalosos, y luego he tenido que decirle al frutero que no iba a quedarme con las manzanas con gusanos. —Y ni siquiera le había comentado la tarea que le ha ocupado la mayor parte del tiempo que ha estado en el pueblo—. Y, después de todo eso, tuve que persuadir al conductor del carruaje para que nos trajera de vuelta y me ayudara a descargar la compra. ¡Así que sí, lo mínimo que podría hacer sería devolverme el dinero!
Una esquina de aquellos carnosos y sensuales labios se arqueó.
Alice se inclinó hacia delante, al borde de la violencia.
—¡Y no se atreva a reírse de mí!
—No osaría. —Sacó un cuchillo del cajón—. Charlotte, ¿puedes poner la tetera al fuego tú sola? —
Empezó a cortar el pan.
—Sí, señor. —Charlotte dio un respingo y cogió la tetera. Alice dejó caer los brazos, un poco desalentada.
—Quiero volverlo a intentar. Lo del puesto de ama de llaves, quiero decir.
—Y ya veo que yo, como dueño del castillo, no voy a tener ni voz ni voto. No, no toque eso. —
Aquellas palabras las dijo mirándola a la cara, porque Alice había empezado a desenvolver el jamón—. Tendrá que hervirlo, y tardará horas.
—Sí, claro.
—Sí, claro, señora Halifax. —La miró con aquel ojo de color marrón claro—. Puede untar el pan con mantequilla. Imagino que será capaz de untar pan, ¿verdad?
Alice ni siquiera se molestó en responder a ese comentario tan insultante y se limitó a tomar el cuchillo de untar y a impregnar el pan con mantequilla. Parecía que sir Jasper estaba de mejor humor, pero todavía no le había dicho si permitiría que los niños y ella se quedaran en su castillo.
Se mordió el labio y lo miró de reojo. Parecía absolutamente feliz cortando pan. Ella suspiró. Qué fácil era para él estar feliz; no tenía que preocuparse por si esa noche tendría un techo sobre la cabeza.
Sir Jasper no dijo nada durante un buen rato, pero iba cortando el pan y se lo iba dando para que lo untara. Charlotte había ido a buscar el té y ahora estaba limpiando con agua caliente la tetera nueva antes de utilizarla. Al cabo de poco, estaban todos sentados a la mesa frente a una taza de té y un festín a base de pan con mantequilla, mermelada, manzanas y queso. Hasta que no empezó a mordisquear la segunda rebanada de pan, Alice no se dio cuenta de lo extraña que sería la escena para cualquiera que entrara por la puerta. El amo del castillo comiendo en la cocina con su ama de llaves y los hijos de ésta.
Miró de reojo a sir Jasper y vio que la estaba mirando. El pelo largo y rubio le cubría la ceja y el parche del ojo, y le confería el aspecto de un salteador de caminos desaliñado. Él sonrió, con un gesto extraño, y ella se puso en alerta.
—He estado dándole vueltas a algo, señora Halifax —comentó él, con su habitual voz ronca y rota.
Ella tragó saliva.
—¿Sí?
—¿Cuál era, exactamente, su ocupación en la casa de la vizcondesa viuda de Vale?
«Maldita sea.»
—Bueno, ocupaba el puesto de ama de llaves.
Técnicamente, era cierto, puesto que Lister la había dejado sola en su propia casa. Aunque, por supuesto, había contratado a un ama de llaves profesional...
—Pero usted no era la oficial porque, de ser así, lady Vale me lo habría comunicado en su carta.
Alice se apresuró a meterse un trozo de pan en la boca para ganar tiempo y pensar.
Sir Jasper la estaba mirando de aquella forma tan desconcertante, algo que la cohibía bastante.
Otros hombres la habían mirado con anterioridad, porque todo el mundo la consideraba muy guapa, y no admitirlo sería un gesto de falsa modestia. Y además, por supuesto, como la amante del duque de Lister era objeto de curiosidad. De modo que estaba acostumbrada a las miradas masculinas, pero la mirada de sir Jasper era distinta. Los otros hombres siempre la habían mirado con especulación o con una curiosidad grosera, pero nunca habían ido más allá de la superficie.
Miraban lo que ella representaba para ellos: amor físico, un premio codiciado o un objeto al que mirar boquiabierto. Cuando sir Jasper la miraba, la miraba a ella. A Alice, la mujer. Y eso la desconcertaba. Era casi como estar desnuda frente a él.
—Seguro que no era la cocinera —murmuró él, interrumpiendo sus pensamientos—. Creo que eso ya ha quedado claro.
Ella meneó la cabeza.
—¿Era una especie de acompañante remunerada?
Ella tragó saliva.
—Sí, creo que mi trabajo podría definirse así.
—Y, sin embargo, nunca he oído hablar de ninguna acompañante a la que permitieran vivir con sus hijos.
Alice miró a los niños, que estaban al otro lado de la mesa. Peter estaba concentrado
devorando una manzana, pero Charlotte deslizaba la mirada de sir Jasper a su madre con gesto de preocupación.
Alice ofreció a ese hombre abominable su mejor sonrisa junto a una bomba dialéctica:
—¿Le he hablado de los dos lacayos, las tres doncellas y la cocinera que he contratado en el pueblo?
La señora Halifax era una mujer de lo más asombrosa, reflexionó Jasper mientras dejaba la taza de té en el plato muy despacio. A pesar de su inexistente hospitalidad, estaba decidida a quedarse en el castillo Greaves, a comprar teteras y comida y, en definitiva, a convertirse en su ama de llaves. Y ahora había contratado a un equipo entero de criados.
Lo dejó boquiabierto.
—¿Ha contratado a media docena de criados? —le preguntó, lentamente.
Ella arqueó las cejas y con el gesto le aparecieron dos arrugas en la impoluta frente.
—Sí.
—Criados que no quiero ni necesito.
—Creo que es indudable que los necesita —respondió ella—. He conocido al señor Wiggins y parece muy informal.
—Es que es informal. Y barato. Sus criados esperarán que alguien les pague, ¿verdad? —Había habido hombres adultos que habían huido cuando les había hablado de aquella manera.
Pero ella no. Ella levantó la redondeada barbilla.
—Sí.
—Fascinante. —Parecía que no le tenía miedo. —¿Y qué pasa si no tengo dinero para pagarles?
Ella abrió los preciosos ojos azules. ¿Acaso no se le había ocurrido? ¿No había pensado que un hombre que vivía en un castillo quizá no tenía criados porque no podía pagárselos?
—No... No lo sé —tartamudeó ella.
—Tengo dinero para contratar criados, si quisiera. —Sonrió con amabilidad—. Pero no quiero.
De hecho, Jasper suponía que si los informes que le enviaba su gestor eran ciertos, se le podía considerar rico. Las inversiones que había hecho antes de partir hacia las Colonias Americanas habían funcionado muy bien. Además, el libro que había escrito describiendo la flora y la fauna de Nueva Inglaterra había sido un éxito bastante espectacular. Por lo que sí, tenía dinero para contratar a media docena de criados, o varias docenas si quisiera. Era irónico, puesto que su intención nunca había sido amasar una fortuna.
—¿Por qué no quiere contratar criados si tiene dinero? —Parecía sinceramente perpleja.
Jasper se reclinó en su vieja silla de cocina.
—¿Por qué debería gastarme el dinero en criados que me parecen inútiles? —Y no lo añadió, pero seguro que se esconderían en los pasillos para mirarlo a él y a sus cicatrices.
—Las cocineras no son inútiles —protestó Peter.
Jasper arqueó las cejas y lo miró. Peter estaba sentado frente a él, con los codos encima de la mesa y con una rebanada de pan con mermelada en las manos.
—¿De veras?
—Si saben hacer pastel de carne, no —añadió el niño. Tenía las mejillas manchadas de
mermelada. Y la mesa también estaba manchada—. O flan.
A Jasper se le hizo la boca agua. Un flan calentito, recién salido del horno, también era uno de sus platos preferidos cuando tenía la edad de Peter.
—¿Esa cocinera sabe hacer pastel de carne y flan?
—Creo que sí —respondió la señora Halifax, con remilgo.
—Por favor, ¿podemos quedarnos con la cocinera? —Peter tenía los ojos muy abiertos y
honestos.
—¡Peter! —lo reprendió Charlotte. Sus ojos no suplicaban nada. Interesante.
—No creo que mamá pueda hacer un pastel de carne. ¿Y tú? —le susurró a su hermana—. Al menos, no uno decente.
Jasper miró de reojo a la señora Halifax. Tenía las mejillas coloradas, y el sofoco le descendía por el cuello hasta que se escondía por debajo de un pañuelo que se había atado alrededor del cuello y había metido por dentro del elegante escote del vestido. Ella lo miró con sus ojos azules muy abiertos y un poco tristes. La visión de aquellos ojos, incluso más que la de la tierna piel de la garganta, le provocó una repentina y poco grata oleada de deseo.
Jasper separó la silla de la mesa y se levantó.
—Les daré a la cocinera y a usted, señora Halifax, una semana de prueba. Una semana. Si
dentro de siete días no estoy convencido de la utilidad de una cocinera y un ama de llaves, se irán todos, ¿entendido?
El ama de llaves asintió y, por un momento, Jasper se sintió un poco culpable cuando vio su mirada acongojada. Aunque luego hizo una mueca ante su propia idiotez.
—Si me disculpa, señora, tengo que trabajar. Vamos, Lady Grey.
Se dio una palmada en el muslo y el perro se levantó muy despacio. Jasper salió de la cocina sin mirar hacia atrás.
«¡Maldita mujer!» Venir a su castillo y cuestionar, pedir y quitarle su tiempo cuando él lo único que quería era que lo dejaran en paz. Subió las escaleras de la torre de dos en dos, pero tuvo que parar y esperar a Lady Grey. El animal subía muy despacio y con rigidez, como si le dolieran las piernas. Aquello lo enfureció todavía más. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que cambiar todo? ¿Era pedir demasiado que lo dejaran escribir sus libros tranquilo? Suspiró y retrocedió hasta Lady Grey.
—Venga, chica. —Se agachó y la abrazó. Notaba el latido del corazón contra sus manos y el temblor de las piernas. Pesaba mucho, pero la levantó en brazos y subió las escaleras de la torre. Cuando llegó arriba, se arrodilló y la dejó en su sitio preferido: en la alfombra delante del fuego—. No tienes de qué avergonzarte —le susurró mientras le acariciaba las orejas—. Eres una chica muy valiente y si necesitas un poco de ayuda para subir las escaleras, bueno, estoy encantado de ofrecértela.
Lady Grey suspiró y apoyó la cabeza en la alfombra.
Jasper se levantó y se acercó a la ventana que daba a la parte de atrás del castillo. Había un viejo jardín, con varias terrazas que descendían hasta un río. Más allá, las onduladas colinas rojizas y verdes llegaban hasta el horizonte. El jardín estaba lleno de malas hierbas que escalaban por los muros e invadían los caminos. Hacía años que nadie lo cuidaba. Desde que se marchó a las Colonias.
Había nacido y crecido en este castillo. No se acordaba de su madre, que había fallecido al dar a luz a una niña muerta cuando él no tenía ni tres años. La muerte de su madre podría haber inundado el castillo de tristeza pero, a pesar de que todos la querían mucho, no fue así. Había crecido corriendo por las colinas, pescando en el río con su padre y discutiendo de historia y filosofía con María, su hermana mayor. Jasper sonrió con ironía. María solía ganar todas las discusiones y no sólo porque fuera cinco años mayor que él, sino porque era mejor estudiante.
En aquellos tiempos, él también creía que algún día se casaría. Traería a su esposa al castillo y criaría a otra generación de Withlock, como sus antepasados. Pero no había sido así. A los veintitrés años se comprometió con una chica llamada Sarah, pero ella murió por culpa de una fiebre antes de que pudieran casarse. La pena le había impedido entablar otra relación durante años y después, casi sin saberlo, los estudios se convirtieron en su prioridad. Viajó a las Colonias a los veintiocho años y se quedó allí otros tres para regresar, antes de tiempo, a los treinta y uno.
Y después de volver de las Colonias...
Se acarició el parche del ojo mientras contemplaba sus tierras. Para entonces, ya era demasiado tarde, ¿verdad? No sólo había perdido un ojo, sino también el alma. Lo que quedaba de él no era adecuado para una compañía civilizada, y él lo sabía. Se mantuvo alejado de los demás para protegerse y, quizá lo más importante, para protegerlos a ellos. Había visto el dolor, había olido el apestoso aliento de la muerte y sabía la ferocidad que acechaba debajo del delicado velo de la sociedad. Su rostro les recordaba que la violencia primaria estaba muy cerca. Que también podía golpearles a ellos.
Se resignó, satisfecho, por no decir tremendamente contento. Tenía sus estudios; tenía las
colinas y el río. Y tenía a Lady Grey que le hacía compañía.
Y entonces llegó ella.
No necesitaba un ama de llaves oficiosa y demasiado atractiva que se adentrara en su casa y en su vida. No necesitaba que ella cambiara su retiro. No necesitaba ese repentino deseo que le endurecía los músculos y le irritaba la piel. La señora Halifax se horrorizaría, sentiría repugnancia, si supiera las reacciones físicas que provocaba en él.
Jasper dio la espalda a la ventana, asqueado. Dentro de poco, se cansaría de jugar a ser ama de llaves y se buscaría otro sitio donde esconderse de lo que fuera, o de quien fuera, que huía.
Mientras tanto, Jasper se aseguraría de que no lo distrajera del trabajo.
—Han pasado dos semanas —dijo James, el duque de Lister, con una voz neutra y serena—. Te ordené que contrataras a los mejores hombres de Londres. ¿Cómo es posible que no encuentren a una mujer que viaja sola con dos niños?
Cuando pronunció la última sílaba, se dio la vuelta y clavó la mirada en Henderson, su fiel
secretario, con frialdad. Estaban en el estudio de Lister, una elegante habitación que
recientemente había redecorado en tonos blancos, negros y granate. Era un despacho apropiado para un duque y el quinto hombre más rico de Inglaterra. Al fondo, Henderson estaba sentado en una silla frente al espacioso escritorio de Lister. Henderson era un hombre menudo y delgado, básicamente huesos y músculos, con un par de gafas sin montura por la parte de arriba apoyadas en la frente. Tenía una libreta abierta encima de la pierna y un lápiz en la mano temblorosa para anotar órdenes.
—Admito que es muy angustioso, excelencia, y le pido disculpas —dijo Henderson, casi en un susurro. Hojeó la libreta como si buscara allí la respuesta a su incompetencia—. Aunque debemos recordar que la señora Brandon seguro que ha cambiado su aspecto y el de los niños. Además, Inglaterra es muy grande.
—Sé perfectamente lo grande que es Inglaterra, Henderson. Quiero resultados, no excusas.
—Por supuesto, excelencia.
—Mis recursos en hombres, dinero y contactos deberían haber servido para encontrarla.
Henderson asintió varias veces y muy deprisa.
—Naturalmente, excelencia. Hemos podido seguirle el rastro hasta el camino que va hacia el norte.
Lister hizo un gesto cortante con la mano.
—Eso fue hace casi una semana. Puede que haya dejado un rastro falso, que haya ido hacia el oeste a Gales o a Cornualles o, por el mismo precio, ha podido embarcarse hacia las Colonias. No. Esto es simplemente inaceptable. Si los hombres que tenemos tras ella no la encuentran, contrata a otros. De inmediato.
—De acuerdo, excelencia. —Henderson se humedeció los labios con nerviosismo—. Daré
órdenes para que se haga enseguida. Y ahora, en cuanto al viaje de la duquesa a Bath...
Henderson habló en tono monótono sobre los planes de viaje de la esposa de Lister, pero el duque no lo estaba escuchando. Era el duque de Lister desde los siete años; ese título tenía siglos de historia. Era miembro de la Cámara de los Lores y poseía tierras, minas y barcos. Caballeros de todos los rangos lo respetaban y lo temían. Y, sin embargo, una mujer, ¡la hija de un medicucho nada menos!, creía que podía abandonarlo y, todavía más, llevarse con ella a sus hijos bastardos.
«Inaceptable.» Todo aquello era simplemente inaceptable.
Lister se acercó a las altas ventanas del despacho, con cortinas de seda con franjas blancas y negras. La encontraría, los traería a los tres de vuelta y luego le haría ver lo estúpido que era contrariarlo. Nadie lo contrariaba y vivía para contarlo.
Nadie.
