Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M

Disculpen la demora en la publicación, estoy de vacaciones y me ha costado encontrar tiempo entre todas las actividades que estoy haciendo, sin embargo, me esforzaré por darle continuidad a esta historia.

Capítulo 4

Cuando El Sincero ya no podía comer más, el apuesto joven lo acompañó basta una

habitación grande, y con una preciosa decoración y le dio las buenas noches. Allí, el

soldado durmió sin soñar y por la mañana se despertó y vio que su anfitrión estaba

junto a la cama.

He estado buscando a un hombre valiente que me ayude con un trabajo —dijo el

joven—. ¿Eres tú ese hombre?

Sí —respondió El Sincero.

El joven sonrió.

Ya lo veremos.

De El Sincero

Al día siguiente, por la tarde, Alice se dijo que la señora McCleod, la nueva cocinera, era una mujer alta y arisca que apenas hablaba. Una vez había cocinado para una de las grandes casas de Edimburgo, pero las prisas y los ruidos de la ciudad no le gustaron y se había retirado en la cercana ciudad de Glenlargo, donde su hermano era el panadero. Alice se preguntaba si la señora McCleod no se habría aburrido ya de la apacible existencia en Glenlargo y de la panadería de su hermano, puesto que aceptó el trabajo en cuanto se lo ofreció.

—Espero que la cocina merezca su aprobación —le dijo ahora, retorciendo el delantal entre las manos.

La cocinera era casi tan alta como un hombre y tenía la cara ancha y plana. Era absolutamente inexpresiva, pero sus enrojecidas manos trabajaban con destreza mientras aplanaba una masa con el rodillo en la mesa de la cocina.

—Hay que limpiar el fuego.

—Sí, claro. —Alice miró la enorme chimenea con nerviosismo. Se había levantado al alba y

había limpiado la cocina lo mejor que había podido para dejarla lista para la cocinera, pero no había tenido tiempo de limpiar el fuego. Le dolía mucho la espalda y tenía las manos ásperas a consecuencia del agua caliente y el potente jabón—. Diré a una de las doncellas que lo limpie.

La señora McCleod giró la masa con pericia, la colocó sobre una fuente y empezó a doblar los bordes.

Alice tragó saliva.

—Bueno, tengo otros asuntos que atender. Volveré dentro de una hora, más o menos, para ver si necesita algo, ¿de acuerdo?

La cocinera se encogió de hombros. Estaba llenando la masa con carne y verduras.

Alice asintió, para fingir que sabía lo que hacía y salió al pasillo. Allí sacó una pequeña libreta y un lápiz del bolsillo. Fueron las dos primeras cosas que compró ayer en Glenlargo. Abrió la libreta, fue a la tercera página y escribió: «Limpiar el fuego». Esa nota estaba al final de lo que se estaba convirtiendo en una lista bastante larga que incluía, entre otras tareas: «Airear la biblioteca; Cortar la hiedra de las ventanas del salón; Pulir el suelo del recibidor y Encontrar la cubertería buena».

Alice guardó la libreta y el lápiz, se arregló el pelo y se dirigió al comedor. Decidió que aquella sería la primera sala que acondicionaría del castillo. Así, sir Bestia podría disfrutar de una cena decente esa noche y, lo más importante, se daría cuenta de lo útil que era tener un ama de llaves.

De hecho, no lo había visto en toda la mañana. Cuando le había subido el desayuno a la torre, le había gritado desde el otro lado de la puerta que se lo dejara fuera. Esperaba que no se pasara el día encerrado en la torre y luego, en un ataque de mal genio, los echara a todos del castillo por la noche. Y por eso era muy importante tener el comedor limpio.

Sin embargo, cuando giró la esquina, lo que vieron sus ojos era un auténtico caos. Una de las doncellas estaba gritando y se estaba cubriendo la cabeza con el delantal. La otra doncella tenía agarrada la escoba mientras perseguía un pájaro por toda la sala. Peter y Charlotte estaban ayudando a la doncella de la escoba y los dos lacayos, dos chicos jóvenes del pueblo, se estaban partiendo de risa.

Por un momento, Alice se quedó boquiabierta y horrorizada. ¿Por qué? ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil? Pero luego sacudió la cabeza. Un dolor de espalda, unos criados incompetentes y un castillo asqueroso... todo daba igual. Ella estaba al mando. Si no podía poner orden en aquella escena, nadie podría. Y si no podía poner orden, sir Jasper la echaría a la calle con los niños la semana que viene. Era tan fácil como eso. Corrió hasta las ventanas que ocupaban todo un lateral del comedor. Estaban hechas de piezas de cristal en forma de diamante y la mayoría no se abrían, pero encontró una con pestillo y la abrió.

—Tráelo hacia aquí —le gritó a la chica de la escoba.

La joven, una corpulenta pelirroja que obviamente tenía una cabeza bien amueblada, la

obedeció y tras varios minutos de histeria, el pájaro encontró la libertad.

Alice cerró la ventana y el pestillo.

—Está bien. —Se volvió hacia sus tropas y respiró hondo—. ¿Qué ha pasado?

—¡Salió por la chimenea! —exclamó Peter. Estaba tan emocionado que tenía los pelos de

punta y la cara sonrojada—. Nellie la estaba limpiando —añadió, señalando a la doncella que se estaba quitando el delantal de la cabeza—, y el pájaro cayó entre una nube de hollín.

En el fuego había una montaña de hollín y lo que parecía un viejo nido de ave.

—Me he asustado mucho, señora —asintió la chica.

—Y entonces te has quedado ahí de pie y gritando mientras el pájaro volaba por todo el

comedor. —La chica pelirroja tenía la escoba sobre el hombro, como un mosquete, y la otra mano en la cadera.

—Ah, claro, y ahora me echarás en cara para siempre que sabes cómo perseguir a un pájaro con una escoba, ¿verdad, Meg Campbell? —replicó Nellie.

Las doncellas empezaron a discutir mientras los chicos se reían a carcajadas.

A Alice le empezó a doler la cabeza.

—¡Basta!

El ruido de las voces se apagó y todas las miradas se volvieron hacia ella.

—Tú —dijo, señalando al más alto de los chicos—, ve a la cocina y limpia el fuego.

—Pero es un trabajo de chicas —protestó él.

—Bueno, pues hoy lo vas a hacer tú —añadió Alice—. Y procura que quede bien barrido y

fregado.

—Grrr —gruñó el chico, pero salió del comedor.

Alice se volvió hacia los demás.

—Meg, acompáñame a pulir la mesa. Y vosotros dos, terminad de limpiar la chimenea —dijo, señalando a la otra doncella y al chico más bajito—. Tiene que estar limpia si queremos encender el fuego esta noche y que el castillo no arda en llamas.

Trabajaron toda la tarde limpiando, fregando, puliendo, e incluso sacaron las alfombras y las cortinas para sacudirlas al aire libre. A las seis, el comedor estaba limpio como una patena y el fuego estaba encendido, a pesar de que todavía sacaba un poco de humo.

Alice miró a su alrededor mientras, con una mano, se masajeaba el punto de la rabadilla

donde le dolía. ¡Menudo hartón de trabajar! Nunca volvería a pensar que el trabajo de un ama de llaves era fácil. Al mismo tiempo, no pudo evitar sonreír con satisfacción. ¡Se lo había propuesto y lo había conseguido! Alice dio las gracias a las doncellas y a los dos agotados lacayos y los envió a la cocina para que se tomaran una merecida taza de té.

—¿Y ahora qué vamos a hacer, mamá? —preguntó Charlotte. Los niños se habían portado de maravilla toda la tarde. Peter incluso había ayudado a limpiar los cristales de las ventanas.

Alice les sonrió.

—Ahora vamos a lavarnos para recibir a sir Jasper en condiciones cuando baje a cenar.

—¡Y comeremos en el comedor con él! —exclamó Peter. A Alice le dio mucha pena.

—No, cariño, nosotros comeremos una deliciosa cena en la cocina.

—Pero, ¿por qué? —preguntó Peter.

—Porque mamá es el ama de llaves y no es adecuado que comamos con sir Jasper —dijo

Charlotte—. Ahora somos criados. Comeremos en la cocina.

Alice asintió.

—Exacto. Pero el pastel de carne estará igual de bueno en la cocina, ¿verdad? Venga, vamos a arreglarnos.

Sin embargo, cuarenta y cinco minutos después, cuando Alice y los niños volvieron a bajar las escaleras, sir Jasper no estaba.

—Creo que todavía está en la torre —dijo Charlotte, y miró hacia el techo con el ceño fruncido, como si pudiera ver al amo del castillo cuatro pisos más arriba—. Quizá también duerme ahí arriba.

Alice y Peter también levantaron la mirada hasta el techo. La señora McCleod había dicho que tendría la cena preparada para las siete en punto. Si sir Bestia no bajaba pronto, tendría la cena fría y, lo más importante, podría ofender a la única cocinera decente en kilómetros a la redonda.

Aquello fue definitivo. Se volvió hacia los niños.

—Tesoros, ¿por qué no vais a la cocina a ver si una de las doncellas os puede preparar una taza de té?

Charlotte la miró.

—¿Y tú qué vas a hacer?

Alice se arregló el delantal limpio.

—Voy a sacar a sir Jasper de su guarida.

Los golpes en la puerta sonaron justo en el momento en que Jasper estaba encendiendo las velas. Estaba oscureciendo y se hallaba en pleno proceso de guardar sus observaciones acerca de los tejones. Era parte de su próxima gran obra: una lista completa de la flora y la fauna de Escocia, Inglaterra y Gales. Era una tarea gigantesca, una que, modestamente, creía que lo situaría entre los grandes científicos de su tiempo. Y hoy había podido escribir por primera vez en semanas; bueno, para ser sincero, en meses. Había empezado la obra hacía tres años pero, durante este último, más o menos, había reducido el ritmo considerablemente. Lo había acosado una especie de letargo que dificultaba sobremanera el trabajo de escribir. De hecho, durante las últimas semanas, apenas había avanzado.

Hoy, en cambio, se había levantado sabiendo exactamente qué quería relatar en el manuscrito.

Había sido como si algún dios desconocido le hubiera llenado los pulmones con una bocanada de aire renovado. Se había pasado el día escribiendo y dibujando sin parar, avanzando más que en el último mes.

De modo que, cuando alguien lo interrumpió, no le hizo ninguna gracia.

—¿Qué? —gritó. Había echado el pestillo para que determinada dama no pudiera entrar

cuando quisiera.

—La cena está lista —dijo ella.

—Entonces, súbamela aquí —respondió él, ausente. Dibujar la nariz de un tejón podía llegar a ser muy complicado.

Se produjo un breve silencio y, por un momento, pensó que se habría ido.

Pero entonces, Alice intentó girar el pomo de la puerta.

—Sir Jasper, tiene la cena servida en la mesa del comedor.

—Bobadas —respondió él—. He visto mi comedor. Hace una década que nadie lo usa y está asqueroso. No está acondicionado para que ningún hombre o animal coma en él.

—Me he pasado el día entero limpiándolo.

Aquello le picó la curiosidad y levantó la cabeza y miró hacia la puerta de la torre con

suspicacia. ¿De veras que se había pasado el día limpiando el comedor? Si lo había hecho, era un trabajo hercúleo. Por un momento, se sintió culpable.

Aunque enseguida recuperó el sentido común.

—Si lo que dice es cierto, señora Halifax, y realmente tengo un comedor limpio, estoy seguro de que en algún momento incluso lo utilizaré. Pero no esta noche. Váyase.

Esta vez, el silencio se alargó tanto que estaba convencido de que se había ido. Volvió a

concentrarse en el dibujo del tejón y estaba trabajando en las laboriosidades de la zona de los ojos cuando un fuerte golpe sacudió la puerta. Jasper movió la mano y el lápiz salió disparado.

Miró el dibujo arruinado con el ceño fruncido.

—Sir Jasper. —La voz de la señora Halifax llegó desde el otro lado de la puerta como si

estuviera hablando con los dientes apretados—. O baja ahora mismo y se come la deliciosa cena que la señora McCleod lleva todo el día cocinando, en el comedor que los criados y yo hemos limpiado durante todo el día, o daré orden a los lacayos para que tiren al suelo esta puerta.

Jasper arqueó las cejas.

—Me he pasado el día fregando, puliendo, sacudiendo y limpiando —continuó la señora

Halifax.

Jasper dejó el lápiz en la mesa, se levantó con rapidez y se acercó a la puerta.

—Y me parece que sería un gesto de buena educación... —estaba diciendo cuando él abrió la puerta. Se calló, con la boca abierta, y lo miró.

Jasper sonrió y apoyó un hombro en el marco de la puerta.

—Buenas noches, señora Halifax.

Ella empezó a retroceder, pero se detuvo, a pesar de que sus enormes ojos azules estaban

alerta.

—Buenas noches, sir Jasper.

Él se inclinó sobre ella para ver si salía corriendo.

—Tengo entendido que me ha servido la cena en el comedor.

Ella apretó los puños pero se mantuvo firme.

—Sí.

—En tal caso, será un placer cenar con usted.

Ella entrecerró los ojos.

—No puede cenar conmigo. Soy su ama de llaves.

Él se encogió de hombros y se dio una palmada en el muslo para llamar a Lady Grey.

—Ayer cené con usted.

—¡Pero eso fue en la cocina!

—¿Es correcto que cene con usted en la cocina pero no en el comedor? Su lógica se me escapa, señora Halifax.

—No creo que...

Lady Grey pasó junto a ellos y empezó a bajar las escaleras. Jasper hizo un gesto al ama de

llaves para invitar a precederlo.

—Y espero que sus hijos cenen con nosotros.

—¿Charlotte y Peter? —preguntó, como si tuviera más hijos en la casa.

—Sí.

Iba por delante en las escaleras, pero le lanzó una mirada por encima del hombro como si se hubiera vuelto loco. Y quizás era cierto. Los niños nunca comían con los adultos, al menos en su clase social.

La preciosa ama de llaves todavía protestaba cuando llegaron a la puerta del comedor, aunque Jasper estaba convencido de que, para entonces, ya se había olvidado de la idea de cenar en la cocina. Ahora, sus protestas sólo eran una muestra de tozudez.

Saludó a los niños con la cabeza cuando los vio esperando en el pasillo.

—¿Entramos?

Peter entró en el comedor corriendo, pero Charlotte frunció el ceño y miró a su madre a la

expectativa.

La señora Halifax apretó los labios y, para ser una señora tan atractiva, puso un gesto de

desagrado.

—Esta noche cenaremos con sir Jasper. Pero sólo por hoy.

Jasper la tomó del brazo con firmeza y la acompañó hasta el comedor.

—Todo lo contrario. Espero que los niños y usted cenen conmigo cada noche que pasen en el castillo Greaves.

—¡Hurra! —celebró el pequeño. Ya había encontrado su sitio en la mesa.

—¡No puede! —siseó la señora Halifax.

—Es mi castillo, señora. Y permítame que le recuerde que aquí hago lo que me place.

—Pero los demás criados pensarán... pensarán...

Él la miró. Sus enormes ojos del color de las campánulas eran suplicantes y quizá debería

haberse apiadado de ella.

Pero no lo hizo.

—¿Qué pensarán?

—Que soy su amante.

Tenía los labios rojos y entreabiertos, el pelo sedoso y azabache, y la piel del cuello y el escote tan blancos y puros que perfectamente podían estar hechos de plumas de paloma.

La ironía bastaba para matarlo.

Hizo una mueca.

—Señora, me da igual lo que piensen los demás, sobre mí o sobre cualquier otra persona. Y creía que, a estas alturas, ya lo habría descubierto. Puede marcharse de mi castillo esta misma noche o puede quedarse y cenar conmigo esta noche y todas las noches de ahora en adelante. Sólo depende de usted.

Jasper retiró la silla con el pulgar y observó si la preocupación por su reputación acababa

imponiéndose.

Ella respiró hondo y los pechos se le hincharon por encima del escote cuadrado del vestido.

Esta noche no llevaba el pañuelo por encima de los hombros, y Jasper lo lamentaba. Parecía que, así al descubierto, mostraba kilómetros cuadrados de piel sedosa. Notaba cómo la sangre corría por sus venas y se concentraba en la parte más terrenal de su cuerpo.

—Me quedaré. —Alice se sentó en la silla que le ofrecía.

Jasper la acercó con delicadeza y se inclinó sobre su cabeza dorada.

—Me alegro mucho.

«¡Maldito, maldito hombre!»

Alice lo miró con el ceño fruncido mientras sir Jasper rodeaba la mesa y se sentaba en su sitio.

No le preocupaba la sociedad ni las consecuencias de alardear de ello y, por si fuera poco, ¡la había puesto en una situación comprometida por puro capricho! Ella respiró hondo y llamó a Tom, el más alto de los chicos. Había contemplado, boquiabierto, toda la escena desde una esquina.

—Ve a buscar platos y cubiertos para los niños y para mí —le ordenó.

Tom salió casi corriendo del comedor.

—La señora McCleod ha hecho pastel de carne —confesó Peter a sir Jasper.

—¿De veras? —respondió sir Bestia, con la solemnidad propia de la conversación con un

obispo.

Alice frunció el ceño ante la mesa pulida que tenía delante. A Lister nunca le había interesado

lo que Peter o Charlotte dijeran.

—Sí, y huele de ma-ra-vi-lla —deletreó la última palabra para resaltar la ambrosía que les

esperaba.

A pesar de haber trabajado toda la tarde, Peter estaba lleno de energía. Alice no pudo evitar sonreír al mirarlo, aunque se preguntó si el agotamiento esperaría hasta el momento de acostarse.

Varias veces, durante el viaje hacia el norte, Peter se había dormido de agotamiento a última hora del día. Y luego, acostarlo era muy difícil. Tampoco volvería a infravalorar a las niñeras nunca más.

Sir Jasper se sentó a la cabeza de la mesa rectangular, como era correcto. Peter estaba a su derecha, Charlotte a su izquierda y Alice delante de él, en el otro extremo de la mesa, por suerte lo más lejos posible del amo del castillo. Peter apenas asomaba la cabeza por encima de la mesa. Si tenían que cenar allí cada noche, tendría que buscar algo para poner en la silla y que quedara más alto.

—Mamá dijo que no podríamos comer con usted. —Los ojos azules de Charlotte estaban teñidos de tristeza.

—Ah, pero es mi castillo y las reglas las pongo yo —respondió sir Jasper—. Y mi deseo es que tu hermano, tu encantadora madre y tú cenéis conmigo. ¿Te parece?

Charlotte arrugó la ceja, pensativa, antes de responder.

—Sí. Me gusta comer en el comedor. Hoy hemos pulido la mesa y sacudido la alfombra. No se creería la nube de polvo que ha sacado. Nellie, la doncella, ha tosido tan fuerte que creí que se iba a ahogar.

—¡Y había un pájaro en la chimenea! —exclamó Peter.

Sir Jasper miró hacia la chimenea. Estaba rodeada de piedras talladas y había una repisa de madera pintada.

—¿De qué color era el pájaro?

—Negro, pero tenía el pecho pálido y volaba muy rápido —respondió Peter.

Sir Jasper asintió mientras Tom entraba en al comedor con más platos y cubiertos.

—Seguramente, sería una golondrina. A veces, hacen los nidos en las chimeneas.

Meg y Nellie iban y venían con bandejas de comida. Meg lanzaba miradas breves de curiosidad mientras servía la comida y Nellie miraba la cara cicatrizada de sir Jasper hasta que Alice la miró y frunció el ceño. A partir de aquel momento, Nellie agachó la cabeza y se concentró en el trabajo.

Aparte del pastel de carne, había guisantes frescos, zanahorias, pan recién hecho y compota de fruta. Durante un minuto, mientras las doncellas se retiraban, el comedor se quedó en silencio.

Sir Jasper miró la mesa. Los platos de comida humeaban y las copas resplandecían bajo la luz de las velas. Levantó la copa de vino e hizo un gesto con la cabeza hacia Alice.

—Felicidades, señora. Ha organizado un banquete de la nada y también ha conseguido limpiar el salón. Si no lo viera con mis propios ojos, no lo creería.

Alice sonrió como una tonta. Por algún motivo desconocido, aquellas palabras la agasajaron más que la retórica repetitiva que tantas veces había recibido en los salones de Londres.

Él la miró por encima del borde de la copa mientras bebía, y ella no sabía dónde mirar.

—¿Por qué? —preguntó Peter.

Sir Jasper desvió la mirada hacia el niño y Alice respiró hondo. Ojalá pudiera abanicarse.

—¿Por qué, qué? —preguntó el amo del castillo.

—¿Por qué las golondrinas a veces anidan en las chimeneas? —preguntó Peter.

—Es una pregunta estúpida —intervino Charlotte.

—Ah, no hay preguntas estúpidas para un naturalista —dijo sir Jasper y, por un momento,

Charlotte se quedó defraudada.

Alice abrió la boca para defender a su hija.

Pero entonces sir Jasper sonrió a la niña. Sólo fue una pequeña curva en la comisura de los

labios, pero bastó para que la niña se relajara y Alice cerrara la boca.

—¿Por qué querría una golondrina anidar en una chimenea? —Preguntó sir Jasper—. ¿Por qué ahí y no en cualquier otro sitio?

—¿Quiere esconderse del gato? —propuso Charlotte.

—El fuego la mantiene caliente —dijo Peter.

—Pero hace años que aquí no se enciende un fuego —objetó Charlotte.

—Entonces, no lo sé. —Peter se olvidó de la pregunta y decidió clavar el tenedor en un trozo de pastel de carne.

Sin embargo, Charlotte seguía con el ceño fruncido.

—¿Por qué iba a anidar en la chimenea? Parece una estupidez... aparte de que está muy sucio.

—Tu idea de que la golondrina quiere criar a sus pequeños donde el gato no pueda

encontrarlos es buena —dijo sir Jasper—. Quizá también anida donde no lo hace ningún otro pájaro.

Charlotte miró fijamente a sir Jasper.

—No lo entiendo.

—Las aves, y los animales en general, tienen que comer y beber como nosotros. Necesitan su espacio para vivir y crecer. Pero si otra ave, y sobre todo si es de la misma especie, está cerca, quizá quiera arrebatárselo. Las aves defienden su casa.

—Pero a algunos pájaros les gusta vivir juntos —comentó Charlotte. Tenía las cejas arrugadas—. Los gorriones siempre van en bandada, picoteando por el suelo.

—¿Siempre? —Sir Jasper se untó un trozo de pan con mantequilla—. ¿Y también anidan

juntos?

Charlotte dudó.

—No lo sé. Nunca he visto un nido de gorrión.

—¿Nunca? —Sir Jasper miró a Alice con las cejas arqueadas. Ella se encogió de hombros.

Siempre habían vivido en Londres. Seguro que los pájaros de la ciudad anidaban en algún sitio, pero no recordaba haberlo visto—. Ah, entonces tendré que enseñaros algunos nidos.

—¡Genial! —exclamó Peter aunque, por desgracia, lo hizo con la boca llena.

Sir Jasper ladeó la cabeza hacia el chico, con el ojo resplandeciente.

—Los gorriones anidan por separado, pero tienes razón, pequeña. Algunos pájaros y animales conviven e incluso crían a sus pequeños en grupo. Por ejemplo, en estos momentos estoy escribiendo mis descubrimientos sobre los tejones. Les gustaba vivir juntos en un conjunto de madrigueras que se llama tejonera.

—¿También podrá enseñarnos un tejón? —preguntó Peter.

—Son bastante tímidos —respondió sir Jasper mientras cortaba su trozo de pastel de carne—. Pero, si queréis, os puedo enseñar una tejonera que hay aquí cerca.

Peter tenía la boca llena de guisantes, pero asintió con entusiasmo para demostrar que le

encantaría ver una tejonera.

—¿Eso es lo que hace en la torre? —Preguntó Alice—. ¿Escribir sobre tejones?

Jasper la miró.

—Sí, entre otras cosas. Estoy escribiendo un libro sobre los animales, pájaros y flores de Escocia e Inglaterra. Soy naturalista. ¿No se lo dijo lady Vale antes de enviarla aquí?

Alice meneó la cabeza y evitó su mirada. La verdad era que lady Vale no había tenido

demasiado tiempo para explicarle muchas cosas. Cuando Alice acudió a Bella, estaba

huyendo de James y tenía miedo de que la siguieran. Bella enseguida le recomendó a sir

Jasper porque vivía en Escocia, muy lejos de Londres, y Alice aceptó en el acto. Estaba

desesperada.

—¿Ha escrito muchos libros? —Se sentía estúpida por no haber pensado qué hacía en aquel caótico despacho.

—Sólo uno. —Bebió un sorbo de vino mientras la miraba—. Estudio breve sobre la flora y la fauna de Nueva Inglaterra.

—Pero si me suena. —Ella lo miró sorprendida—. Está haciendo furor en Londres. Le diré que vi cómo dos respetables damas casi llegan a las manos por hacerse con el último ejemplar en una librería de Bond Street. Se considera un libro obligado para cualquier biblioteca. ¿Lo ha escrito usted?

Él inclinó la cabeza con ironía.

—Lo confieso.

Alice se sentía extraña. El libro en cuestión era muy elegante, un volumen tamaño cartera

lleno de ilustraciones hechas y coloreadas a mano. Ni en un millón de años se habría imaginado que sir Jasper podía escribir algo tan bonito.

—¿También lo ilustró?

—En cierto modo sí; los grabados están hechos en base a mis dibujos.

—Es precioso —dijo ella, de corazón.

Él levantó la copa pero no dijo nada, simplemente la observó.

—Quiero ver el libro —dijo Peter.

Charlotte dejó de comer. No secundó la súplica de Peter, pero estaba claro que también tenía curiosidad.

Sir Jasper inclinó la cabeza.

—Supongo que debe de haber un ejemplar en la biblioteca, por algún sitio. ¿Queréis que

vayamos a ver?

—¡Hurra! —repitió Peter, aunque esta vez, por suerte, ya se había tragado la comida.

Sir Jasper miró a Alice y arqueó la ceja que había encima del parche del ojo. Parecía un

desafío.

Jasper se levantó de su mesa recién pulida y se acercó a la señora Halifax para ayudarla a

levantarse. Ella lo miró, sospechando de su cortesía, de modo que él le ofreció el brazo,

únicamente para confundirla un poco más.

Ella apoyó las yemas de los dedos en su manga, como si tocara un cazo caliente.

—No queremos entretenerle. Sé que está ocupado.

Él ladeó la cabeza para verla mejor. No iba a salirse con la suya tan fácilmente.

—Tranquila, no tengo ningún asunto urgente entre manos ahora mismo. Coja una vela.

Ella no respondió, sólo asintió, aunque tenía los labios ligeramente apretados. Cogió una vela de un aparador. Jasper la acompañó hasta la biblioteca, y los niños iban tras ellos. Era consciente de sus dedos rozándole la ropa y de su calidez mientras caminaban. Las mujeres, especialmente las atractivas, no solían acercarse a él. Podía oler el jabón con que se había lavado el pelo; desprendía un ligero aroma a limón.

—Ya hemos llegado —dijo, delante de la puerta de la biblioteca. Abrió la puerta y entró. La señora Halifax se separó de él de inmediato, aunque no era ninguna sorpresa, pero él notó la pérdida. Una idiotez sensiblera. A estas alturas, ya debería estar acostumbrado a que las mujeres huyeran de él. No dijo nada, pero tomó la vela que ella llevaba y empezó a encender las de la biblioteca.

Esta sala había pertenecido a su padre y a su abuelo. A diferencia de las bibliotecas de muchas grandes casas, a ésta se le daba uso y los libros se leían y releían. Era una sala rectangular con una pared que daba al exterior y que tenía algunas de las ventanas más grandes del castillo. Las ventanas estaban escondidas detrás de largas y polvorientas cortinas que hacía años que nadie corría. Todas excepto la que había caído y que dejaba entrar el sol que Lady Grey aprovechaba. Las otras tres paredes estaban cubiertas, desde el suelo hasta el techo, con estanterías a rebosar de libros. En un extremo de la sala había un fuego. Y, delante del fuego, dos decrépitas sillas y una

pequeña mesa.

Jasper acabó de encender las velas y se volvió. La señora Halifax y los niños todavía estaban en la puerta. Arqueó la comisura de los labios.

—Adelante. Sé que no está tan limpia como el comedor, pero no os haréis daño.

La señora Halifax murmuró algo entre dientes y frunció el ceño cuando vio una de las sillas que

estaban delante del fuego. Estaba coja; tenía una pata rota y estaba apoyada sobre dos libros.

Charlotte pasó el dedo por una estantería y comprobó lo sucia que estaba.

Sin embargo, Peter corrió hasta un globo de la Tierra y lo miró.

—No veo Inglaterra.

El globo estaba cubierto de polvo.

—Vaya —Sir Jasper sacó un pañuelo del bolsillo y lo limpió—. Ya está. Aquí está Inglaterra, y Escocia. Estamos aquí. —Señaló la zona al norte del fiordo de Forth.

Peter echó un vistazo al globo y luego miró a sir Jasper.

—¿Dónde está su libro?

Jasper recorrió la biblioteca con la mirada y el ceño fruncido. Hacía bastante tiempo que no revisaba su libro.

—Por aquí, creo.

Se dirigió a una esquina donde había varios volúmenes de grandes dimensiones apilados en el suelo.

—Tendría que estar en una estantería —murmuró la señora Halifax—. No puedo creerme que guarde su libro en el suelo.

Jasper gruñó antes de rebuscar entre la pila con Peter.

—Ah, aquí está.

Dejó el libro en el suelo y lo abrió. Peter se tendió con el pecho en el suelo para observar las páginas de cerca, y Charlotte se sentó a su lado a mirar.

—Debe de haberse pasado muchos años en Nueva Inglaterra. —La señora Halifax estaba de pie detrás de los niños, mirando el libro por encima de sus cabezas—. Peter, ten cuidado con las páginas al pasarlas.

Jasper se colocó a su lado.

—Tres años.

Ella lo miró, con los ojos azules sorprendentemente brillantes bajo la luz de las velas.

—¿Cómo?

—Tres años. —Jasper se aclaró la garganta—. Me pasé tres años en Nueva Inglaterra

recopilando la información para escribir el libro.

—Es mucho tiempo. ¿Y la guerra no interfirió con su trabajo?

—Todo lo contrario. Iba siempre acompañando a algún regimiento del ejército de Su Majestad.

—Pero, ¿no fue peligroso? —Tenía las cejas arrugadas en un gesto de preocupación.

Preocupación por él.

Él apartó la mirada. Sus ojos eran demasiado bonitos para aquella sala tan sucia y lamentó el impulso de haberlos traído allí. ¿Por qué abrirse de aquella forma y dejarles ver su vida y su pasado? Había sido un error.

—¿Sir Jasper?

No sabía qué decir. Sí, había sido peligroso; tanto que en los bosques de Norteamérica se había dejado un ojo, dos dedos y el orgullo. Pero no podía decírselo. Ella sólo quería entablar conversación.

Se evitó tener que responder cuando Peter levantó la cabeza de golpe.

—¿Dónde está Lady Grey?

El galgo no los había seguido a la biblioteca. Jasper se encogió de hombros.

—Seguramente, se habrá quedado dormida junto al fuego del comedor.

—Pero nos echará de menos —dijo Peter—. Iré a buscarla. Y se levantó de un salto antes de que nadie pudiera decirle algo y salió corriendo.

—¡Peter! —gritó Charlotte—. ¡Peter, no corras! —Y salió tras él.

—Lo siento —dijo la señora Halifax.

Él frunció el ceño, sorprendido.

—¿Por qué?

—Pueden llegar a ser muy impetuosos.

Jasper se encogió de hombros. No estaba acostumbrado a los niños, pero estos dos eran

bastante interesantes.

—Yo... —empezó a decir ella, pero se interrumpió al oír un grito agudo.

Jasper salió por la puerta sin esperarla. Corrió por el pasillo. No se oyó ningún grito más, pero estaba seguro de que había venido del comedor. Quizás Charlotte había visto una araña. Pero, en cuanto cruzó la puerta del comedor, supo que era algo totalmente distinto.

Lady Grey estaba frente al fuego, como había supuesto, pero Peter estaba arrodillado a su lado, acariciándole el costado con histerismo, mientras que Charlotte estaba de pie, pálida, y cubriéndose la boca con las manos. «No.»

Avanzó hacia el fuego despacio, con la señora Halifax detrás. Charlotte lo miró, con lágrimas silenciosas resbalándole por las mejillas.

Sin embargo, Peter levantó la cabeza cuando se acercó.

—¡Está herida! Lady Grey está herida. Tiene que ayudarla.

Jasper se arrodilló junto a la perra y le colocó la mano sobre el lomo. Ya estaba fría. Debió de suceder mientras dormía y ellos cenaban. Y luego había ido a enseñarle la biblioteca a la señora Halifax, completamente inconsciente de lo que había pasado.

Tuvo que aclararse la garganta.

—No puedo hacer nada.

—¡Sí! —gritó el niño. Tenía la cara colorada y los ojos llenos de lágrimas—. ¡Sí! ¡Tiene que hacer algo!

—Peter —murmuró la señora Halifax. Intentó agarrar el brazo de su hijo, pero él la apartó y se abalanzó sobre el animal. Charlotte salió corriendo.

Jasper acarició la cabeza de Peter. Temblaba al ritmo de los sollozos del niño. Lady Grey había sido un regalo de Sophia de hacía muchos, muchos años, antes de irse a las Colonias. No se la había llevado con él; entonces era un animal joven y le daba miedo que el largo viaje en barco resultara demasiado incómodo para ella. Sin embargo, cuando regresó a casa, destrozado y con una vida distinta a la que siempre había soñado, Lady Grey estaba allí. Había corrido por el camino para recibirlo, se había levantado y se había apoyado sobre él rascándole las orejas, y la perra rió y sacó la lengua. Caminó a su lado en lo que él recorría el brezal y se quedó junto al fuego mientras él escribía su libro. Le acariciaba la mano cuando Jasper se despertaba en mitad de la noche, empapado en sudor a consecuencia de las terribles pesadillas.

Tragó saliva con dificultad.

—Buena perra —susurró, con la voz áspera—. Buena chica. La acarició y notó el pelo duro y frío.

—¡Ayúdela! —Peter se levantó y le pegó en la mano con la que lo había acariciado—. ¡Ayúdela!

—No puedo hacer nada —dijo Jasper, con la voz ahogada—. Está muerta.