Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
Disculpen la demora en la publicación, estoy de vacaciones y me ha costado encontrar tiempo entre todas las actividades que estoy haciendo, sin embargo, me esforzaré por darle continuidad a esta historia.
Capítulo 5
El apuesto joven acompañó a El Sincero al patio del castillo. Había un jardín circular
de tejos decorado con estatuas de caballeros y guerreros. En una esquina, había una
jaula con golondrinas. Los pájaros sacudían las alas contra los barrotes. En el centro del
jardín había una enorme jaula de hierro. El suelo estaba lleno de paja sucia y, al fondo,
algo muy grande estaba encogido. Era de color negro, con escamas y pelo fibroso.
Medía más de dos metros con unos enormes cuernos doblados hacia los hombros.
Tenía los ojos amarillos y llenos de venas rojas. En cuanto vio al joven, se abalanzó
sobre las barras y gruñó y enseñó los afilados colmillos.
El joven sonrió y se volvió hacia El Sincero.
—¿Y ahora tienes miedo?
—No —respondió El Sincero.
El anfitrión se rió.
—Pues serás el guardián del monstruo...
De El Sincero
Había cometido un terrible error. Alice acarició la sudorosa cabeza de Peter mientras se
regañaba a sí misma. Peter se había dormido llorando, desolado por la muerte de Lady Grey. Al otro lado de la cama, Charlotte estaba en silencio. No había abierto la boca desde el grito del comedor. Ahora estaba a su lado, de espaldas a Peter y con el cuerpo totalmente inmóvil debajo de las sábanas.
Alice cerró los ojos. ¿Qué les había hecho a sus hijos? Se los había llevado de la seguridad de su casa de Londres, los había alejado de todo lo que conocían y les resultaba familiar, y los había traído a este sitio extraño y oscuro donde los encantadores perros viejos morían. Quizá se había equivocado. Quizá podría haber seguido soportando a James y la vida sin esperanza y de encierro que llevaba como su amante olvidada, aunque sólo fuera por sus hijos.
Pero no. Durante los últimos años, había sido consciente de que sólo era cuestión de tiempo ofenderlo de alguna forma y sabía que, ese día, se despertaría y sus hijos ya no estarían. Aquél había sido el principal motivo para abandonar al duque: no podía vivir sin Charlotte y Peter.
Abrió los ojos, se levantó y se acercó a las oscuras ventanas. Sin embargo, la vista no era nada agradable. La hiedra que cubría las paredes del castillo estaba tan mal cuidada que también cubría las ventanas y la luna se convertía en un espectro brillante. Debajo de la ventana, había una pequeña mesa que ella había habilitado como escritorio para transcribir los cuentos de lady Vale.
Acarició los papeles. Debería trabajar en ellos un poco más, pero esa noche estaba agotada.
Se volvió hacia los niños. Peter estaba profundamente dormido y Charlotte no se había movido. Por si acaso todavía estaba despierta, Alice fue al otro lado de la cama y se acercó a su carita.
Le acarició el hombro con delicadeza, para no despertarla si estaba durmiendo, y susurró:
—Voy a dar un paseo, cariño. Vuelvo enseguida.
Charlotte tenía los ojos cerrados, y no los movió, pero Alice sospechaba que no estaba dormida.
Suspiró y le dio un beso en la mejilla antes de salir de la habitación y cerrar la puerta con cuidado.
El pasillo estaba oscuro, como siempre, y no tenía ni idea de dónde podía ir. El castillo no
invitaba a dar un paseo meditativo. Sin embargo, estaba inquieta y necesitaba moverse. Avanzó por el pasillo dibujando extrañas formas con la única vela que llevaba en la mano. El castillo tenía cinco plantas. La habitación que compartía con los niños estaba en la tercera, donde también había otras salas que antaño debieron ser preciosos salones y habitaciones. Pasó el dedo por encima de los paneles que forraban las paredes. Tendría que decir a las doncellas que sacaran el polvo y pulieran esta madera algún día, aunque esta planta estaba al final de la lista de las cosas que tenía que hacer.
De repente, se detuvo y se estremeció. Estaba haciendo planes, planes de futuro, para el
castillo cuando no sabía si estaría aquí mañana. Estaba segura de que Lister había enviado a varios hombres a buscarlos. La idea le erizó los pelos de la nuca y provocó que quisiera huir ahora mismo.
Pero había acudido a reuniones de caza en el campo y sabía qué le pasaba al pájaro que salía volando cuando se acercaban los cazadores. Les disparaban en pleno vuelo. No. Lo mejor era conservar la calma y quedarse en este escondite que había encontrado.
Tembló y bajó una escalera que había al final del pasillo. Los escalones eran firmes y fuertes, aunque estaban desnudos. ¿Acaso sir Jasper no tenía dinero para una alfombra? Quizá podría colgar uno o dos cuadros en el rellano. Hoy había encontrado varios cuadros escondidos. Todos estaban de pie y cubiertos con una tela en una de las habitaciones cerradas del segundo piso.
La escalera bajaba hasta la parte trasera del castillo, cerca de la cocina. Dudó un segundo
cuando llegó a la planta principal. Vio que había luz en la cocina. No podía ser ninguno de los nuevos criados. Las doncellas y los lacayos iban y venían del pueblo cada día.
La señora McCleod acabaría viviendo allí, pero había echado un vistazo a las habitaciones de la cocinera y había dicho que tendrían que limpiarlas antes de que se instalara. La luz sólo podía indicar dos cosas: que sir Jasper estaba comiendo algo antes de acostarse o que el señor Wiggins estaba por allí. Alice se estremeció. En esos momentos, no tenía la fortaleza suficiente para enfrentarse a ese hombrecillo asqueroso.
Así pues, dio media vuelta y se dirigió hacia la parte delantera del castillo. Cuando pasó por delante del comedor, vio que estaba oscuro y, por un momento, se preguntó qué habría hecho sir Jasper del enorme cuerpo de la perra. Había dejado al amo del castillo en el comedor cuando había ido a cuidar a Peter y a Charlotte. La última vez que lo había visto, estaba agachado en silencio junto al perro. Tenía los ojos secos, aunque todo su cuerpo proyectaba dolor.
Alice apartó la mirada del comedor. No quería sentir lástima por sir Jasper. Era un hombre
desagradable que se había tomado la molestia de dejarle claro que no la quería allí. Le gustaría creer que no se preocupaba por nadie ni por nada. Sin embargo, había quedado demostrado que no era así. Puede que llevara la máscara de ogro insensible, pero debajo de la coraza, era un hombre. Un hombre que podía sufrir.
Ya había llegado a la parte delantera, a esas enormes puertas por las que entró el primer día.
Tuvo que dejar la vela para deslizar el pesado cerrojo y abrir la puerta. Sir Jasper lo hacía sin ninguna muestra de esfuerzo. Obviamente, tenía unos buenos músculos debajo del viejo abrigo de caza que solía llevar. De repente, su excesivamente fértil cerebro proyectó una imagen del amo del castillo sin ropa y Alice se detuvo, en seco, extrañamente alterada. ¡Dios santo! ¿De verdad se había vuelto tan libertina? Porque imaginar a sir Jasper desnudo sólo despertaba su curiosidad:
¿Tendría pelo en el pecho? ¿Tenía la tripa tan plana como parecía? Y, de pie en la oscuridad, también se atrevió a pensar: ¿Tendría el miembro largo o corto? ¿Grueso o delgado?
Definitivamente, muy libertina.
Respiró hondo, alejó aquellas inquietantes ideas, y dejó la vela en la escalera de piedra de la entrada del castillo. La luna iluminaba lo suficiente para ver en la oscuridad, una vez los ojos se acostumbraran a aquella luz. El grupo de árboles que había junto al camino se sacudía ligeramente por el viento y las copas se levantaban firmes hacia el cielo nocturno. Tembló. Debería haberse puesto un chal.
Había una especie de camino que rodeaba el castillo por el lateral, y empezó a caminar. Llegó a la parte de atrás y la luna iluminó, blanca y redonda, las colinas en la distancia. Iluminaba casi tanto como el sol y, cuando apartó los ojos del astro, descubrió con algo de retraso que no estaba sola. Una corpulenta figura masculina estaba silueteada frente al cielo, como un antiguo monolito,
alta, firme y sola. Podría llevar allí siglos.
—Señora Halifax —dijo sir Jasper, con la voz áspera, mientras ella se daba la vuelta—. ¿Ha
venido a atormentarme también de noche?
—Lo siento —murmuró Alice. Notó que se había sonrojado y dio las gracias por la oscuridad, y no sólo para esconder la rojez de las mejillas, sino también para evitar que él viera su expresión.
Su rebelde imaginación volvió a proyectar la borrosa imagen de sir Jasper desnudo. «¡Madre mía!»—. No pretendía molestar.
Se volvió para regresar al castillo, pero la voz masculina la detuvo.
—Quieta.
Ella lo miró. Todavía estaba mirando hacia las colinas, pero había vuelto la cabeza hacia ella. Se aclaró la garganta.
—Quédese y hable conmigo, señora Halifax.
Era una orden expresada en tono de mando, pero Alice se dijo que quizás había una nota de súplica debajo de la dureza de su voz y aquello la convenció.
Se acercó a él.
—¿De qué le gustaría hablar?
Él se encogió de hombros, con la cara otra vez hacia las colinas.
—¿Acaso las mujeres no saben siempre de qué hablar?
—¿Quiere decir de moda, chismes y otras cosas sin importancia? —preguntó ella, con dulzura.
Él dudó, quizá desconcertado por el tono de hierro que escondían sus palabras.
—Lo siento.
Alice parpadeó, porque estaba segura de que no lo había oído bien.
—¿Qué?
Él se encogió de hombros.
—No estoy acostumbrado a la compañía de gente civilizada, señora Halifax. Le ruego que me disculpe.
Ahora le tocaba a ella sentirse incómoda. Estaba claro que el hombre estaba afectado por la muerte de su leal compañera; era grosero por su parte ofenderlo. De hecho, teniendo en cuenta que los últimos catorce años había vivido gracias a satisfacer las necesidades de un hombre, parecía poco propio de ella.
Alice apartó aquella idea extraña y se acercó un poco más a sir Jasper, al tiempo que
intentaba buscar un tema de conversación neutro.
—Me ha parecido que el pastel de carne estaba bastante bueno, ¿verdad?
—Sí. —Se aclaró la garganta—. Me he fijado que el niño se ha comido dos trozos.
—Peter.
—¿Eh?
—Se llama Peter —dijo ella, aunque sin ningún tipo de reprimenda.
—Ya. Peter, claro. —Cambió el peso de pierna—. ¿Cómo está Peter?
Alice deslizó la mirada hacia los pies.
—Ha llorado hasta quedarse dormido.
—Ah.
Alice contempló el paisaje iluminado por la luna.
—Qué paisaje más salvaje.
—No siempre fue así. —Sir Jasper habló en voz baja, y la gravilla del camino la hizo resonar de una forma acogedora—. Antes había unos jardines que bajaban hasta el río.
—¿Y qué fue de ellos?
—El jardinero murió y nunca contraté a otro.
Ella frunció el ceño. El jardín con terrazas estaba cubierto por el manto plateado de la luna, pero vio que estaba muy abandonado.
—¿Cuándo murió el jardinero?
Él echó la cabeza hacia atrás y miró las estrellas.
—Hace diecisiete... No, dieciocho años.
Ella lo miró fijamente.
—¿Y no ha contratado a otro jardinero desde entonces?
—No me parecía necesario.
Y luego se quedaron en silencio. Una nube pasó por delante de la luna. Alice se preguntó
cuántas noches había estado así, de pie y solo, contemplando las ruinas del jardín.
—¿Ha...?
Él inclinó la cabeza.
—¿Sí?
—Disculpe. —Daba gracias de que la oscuridad escondiera su expresión—. ¿No se ha casado nunca?
—No. —Jasper dudó uno segundos y luego, con aspereza, añadió—. Estuve prometido, pero ella murió.
—Lo siento.
Él hizo un movimiento, quizás un sentido encogimiento de hombros. No necesitaba su
compasión. Sin embargo, ella parecía no poder olvidarse del asunto.
—¿Tampoco tiene familia?
—Tengo una hermana mayor que vive en Edimburgo.
—Pero está cerca. Deben de verse a menudo.
Alice pensó en su familia. No los había visto desde que se había ido con Lister. Ni a sus
hermanas, a su hermano, su padre o su madre. Sus sueños románticos le habían salido muy caros.
—Hace años que no veo a Sophia —respondió él, interrumpiendo los pensamientos de Alice.
Ella se volvió hacia su oscuro perfil, intentando descifrar su expresión.
—¿Están peleados?
—Nada tan formal. —Habló con voz fría—. Sencillamente, he elegido no viajar demasiado,
señora Halifax, y mi hermana no encuentra ningún motivo para visitarme.
—Ah.
Él se volvió muy despacio, hasta que estuvo frente a frente con ella. Le daba la espalda a la luna y Alice no le veía la cara. De repente, al tenerlo tan cerca, parecía muy grande y más inquietante de lo que ella recordaba.
—Está haciendo muchas preguntas sobre mí, señora Halifax —gruñó él—. Pero creo que
preferiría hablar sobre usted.
La luz de la luna acariciaba su cara, resaltando una belleza que no necesitaba ningún adorno especial. Sin embargo, su esplendor ya no lo distraía. La veía, la admiraba, pero era capaz de ir más allá de la superficie para analizar a la mujer que se escondía debajo. Una mujer vivaz que Jasper sospechaba que no estaba acostumbrada a trabajar y que, sin embargo, se había pasado el día limpiando su asqueroso comedor. Una mujer que no estaba acostumbrada a arreglárselas por cuenta propia y que, a pesar de todo, había conseguido meterse en su casa y en su vida. ¿Qué la motivaba? ¿Qué clase de vida había dejado atrás? ¿Quién era el hombre de quien se escondía?
Jasper observó a la señora Halifax e intentó ver la expresión de sus ojos azules, pero la noche los protegía.
—¿Qué quiere saber de mí? —preguntó ella.
Habló con voz serena, y tan directa que pareció una voz masculina, y el contraste con su figura extremadamente femenina era sorprendente. Fascinante.
Él ladeó la cabeza y la observó.
—Ha dicho que es viuda.
Ella levantó la barbilla.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Ella apartó la mirada y dudó una milésima de segundo.
—Este otoño hará tres años.
Él asintió. Era muy buena, pero estaba mintiendo. ¿Acaso su marido seguía vivo? ¿O huía de otro hombre?
—¿Y a qué se dedicaba el señor Halifax?
—Era médico.
—Pero no uno de éxito, supongo.
—¿Por qué lo dice?
—Si hubiera tenido éxito —señaló él—, usted no tendría que trabajar.
Ella se acercó una mano a la frente.
—Disculpe, pero hablar de esto me afecta.
Estaba seguro de que tendría que apiadarse de ella en ese punto y no insistir, pero la tenía
arrinconada y la curiosidad pudo más. Su angustia sólo lo provocaba un poco más. Se acercó a ella, tan cerca que casi le rozaba el hombro con el pecho. Olió el aroma a limón de su pelo.
—¿Quería a su marido?
Ella bajó la mano, lo miró y habló con un tono áspero.
—Lo quería con locura.
Él dibujó una sonrisa que no era demasiado amable.
—En ese caso, su muerte fue una tragedia.
—Sí.
—¿Se casó joven?
—A los dieciocho años. —Bajó la mirada al suelo.
—¿Y fue un matrimonio feliz?
—Extremadamente feliz. —Hablaba con la voz desafiante y la mentira era transparente.
—¿Cómo era?
—Yo... —Se abrazó—. ¿Podemos hablar de otra cosa, por favor?
—Por supuesto —respondió él, arrastrando las palabras—. ¿Dónde vivía en Londres?
—Ya se lo he dicho. —Su voz era un poco más firme—. En casa de lady Vale.
—Claro —murmuró él—. Culpa mía. Nunca me acuerdo de su extensa experiencia al frente de una casa.
—No es extensa —susurró ella—. Ya lo sabe.
Por un momento, se quedaron callados y sólo se oía el viento que envolvía el castillo.
Y entonces, con la cara girada, Alice añadió:
—Es que... Necesito un sitio donde quedarme una temporada.
Y algo en el interior de Jasper gritó victoria. La tenía. No podía marcharse. Aquella sensación era un sinsentido. Había intentado que se fuera desde el momento en que llegó pero, de alguna forma, saber que tenía que quedarse, y que él, como perfecto caballero, tenía que permitir que se quedara, lo llenaba de satisfacción.
Aunque no lo demostró.
—Debo confesarle, señora Halifax, que hay una cosa que me sorprende.
—¿Cuál?
Se inclinó y casi le rozó el pelo y su perfume a limón con los labios.
—Hubiera creído que una mujer de su belleza estaría rodeada de pretendientes.
Ella volvió la cara y, de repente, sus rostros estaban muy cerca. Jasper notó su aliento en los labios cuando ella dijo:
—Cree que soy guapa.
No era una pregunta, pero tampoco una afirmación. Él ladeó la cabeza y observó la suave ceja, la carnosa boca y los delicados y grandes ojos.
—Mucho.
—Y seguramente creerá que la belleza es un motivo suficiente para casarse con una mujer. — Ahora el tono era más amargo. ¿Qué había hecho el misterioso señor Halifax a su mujer?
—Sin duda, muchos hombres lo creen.
—Nunca piensan en la mujer —murmuró—. En lo que le gusta o le disgusta, en sus miedos y esperanzas, en su alma.
—¿Ah no?
—No. —Sus preciosos ojos habían adquirido una trágica oscuridad. El viento le sacudió un
mechón de pelo frente a la cara.
—Pobre señora Halifax —se burló él. Cedió al impulso y levantó la mano izquierda, la que
mantenía intacta, y le apartó un mechón de pelo de la cara. Tenía una piel fina como la seda—. Qué terrible ser tan encantadora.
Ella frunció el ceño y arrugó la perfecta frente.
—Ha dicho «muchos hombres».
—¿Ah sí? —Dejó caer la mano. Ella lo miró, muy suspicaz.
—¿Usted considera que la belleza es el rasgo más importante en una esposa?
—Me temo que se ha olvidado de mi aspecto. Es natural que una esposa preciosa acabe
dejando u odiando a un marido feo. Un hombre tan repugnante como yo sería idiota si se uniera a una mujer bonita. —Sonrió a aquellos fascinantes y encantadores ojos—. Y soy muchas cosas, señora Halifax, pero idiota no.
Inclinó la cabeza y se marchó hacia el castillo, dejando a la señora Halifax, a aquella sirena sola y desesperadamente tentadora, tras él.
—¿Cuándo volveremos a casa? —preguntó Peter al día siguiente, por la tarde. Cogió una piedra y la tiró.
La piedra no fue a parar demasiado lejos, pero Charlotte frunció el ceño.
—No hagas eso.
—¿Por qué no? —se quejó Peter.
—Porque puedes darle a alguien. O a algo.
Peter miró a su alrededor, al campo, que estaba vacío exceptuándolos a ellos y a algún gorrión.
—¿A quién?
—¡No lo sé!
Charlotte también quería tirar una piedra, pero las señoritas no hacían esas cosas. Además, se suponía que estaban sacudiendo una vieja alfombra. Mamá le había dicho a uno de los lacayos que colgara una cuerda desde una de las esquinas del establo y ahora había toda una hilera de alfombras colgadas, esperando a que las sacudieran. A Charlotte le dolían los brazos, pero dio otro golpe a la alfombra con la escoba que tenía en las manos. Le gustaba golpear la tela. Se formó una enorme nube de polvo.
Peter se agachó para coger otra piedra.
—Quiero irme a casa.
—Ya lo has dicho muchas veces —respondió Charlotte, irritada.
—Pero es que es verdad. —Se levantó y lanzó la piedra. Golpeó la pared del establo y cayó
contra las piedras grises del suelo del camino del establo—. En la casa de antes no teníamos que sacudir alfombras. Y la señorita Cummings nos llevaba al parque de vez en cuando. Aquí sólo trabajamos.
—Pues no podemos volver a casa —le espetó Charlotte—. Y te he dicho que no...
—¡Au! —el grito venía de detrás de ellos. Charlotte volvió la cabeza sin soltar la escoba.
El señor Wiggins se dirigía hacia ellos, con el cabello pelirrojo despeinado y agitando los
enormes brazos en el aire.
—¿Qué haces, tirando piedras? ¿Eres burro o qué te pasa?
Charlotte irguió la espalda.
—No es...
El señor Wiggins soltó una risotada como un caballo sorprendido.
—Si tirar piedras con las que puedes darle a cualquiera, incluido a mí, no es de burro, no sé cómo llamarlo.
—¡No diga eso! —exclamó Peter. Se había levantado y tenía las manos a los lados, con los
puños cerrados.
—¿Qué no diga el qué? —El señor Wiggins imitó su acento—. ¿Qué eres tú? ¿Un burro marica de Londres?
—¡Mi padre es un duque! —gritó el niño, colorado.
Charlotte se tensó, horrorizada.
Sin embargo, el señor Wiggins echó la cabeza hacia atrás y se rió.
—Un duque, ¿eh? ¿Y eso en qué te convierte? ¿En duquito? ¡Ja! Bueno, duquito o no, no tires piedras. Y se marchó, riéndose.
Charlotte esperó y contuvo el aliento hasta que perdió de vista al hombre; entonces, volviéndose hacia su hermano muy, furiosa, susurró:
—¡Peter! Sabes que no tenemos que hablar del duque.
—Me ha llamado marica. —Todavía estaba colorado—. Además, el duque es nuestro padre.
—Pero mamá dijo que no se lo tenemos que decir a nadie.
—¡Odio esto! —Se agachó y, como un toro, salió corriendo hacia el castillo.
O, al menos, lo intentó. Cuando llegó a la esquina del castillo, embistió a sir Jasper, que venía de frente.
—Vaya, tranquilo. —Sir Jasper lo levantó con ambas manos sin muchos problemas.
—¡Suélteme!
—De acuerdo.
Sir Jasper levantó las manos y Peter fue libre. Sin embargo, después de conseguir la libertad, parecía que no sabía qué hacer. Se quedó de pie delante del amo del castillo, con la cabeza agachada y el labio inferior arrugado.
Sir Jasper lo miró un momento y luego miró a Charlotte con una ceja arqueada. Llevaba el pelo en la cara, las cicatrices brillaban bajo la luz del sol y tenía la mandíbula cubierta de barba, pero no daba, ni de lejos, tanto miedo como el señor Wiggins.
Charlotte cambió el apoyo de pierna, aferrada a la escoba.
—Estábamos sacudiendo las alfombras. —Señaló, sin demasiada convicción, la hilera de
alfombras que tenía detrás.
—Ya lo veo. —Se volvió hacia Peter—. Yo iba al establo a buscar una pala.
—¿Para qué? —preguntó Peter.
—Voy a enterrar a Lady Grey.
Peter encorvó los hombros y dio una patada a las piedrecitas del suelo.
Todos se quedaron en silencio un momento.
Hasta que Charlotte se humedeció los labios y dijo.
—Lo... Lo siento.
Sir Jasper la miró con su único ojo y no tenía una expresión agradable, pero Charlotte reunió todo su valor y soltó lo que quería decir antes de que el miedo y la vergüenza la inmovilizaran.
—Siento lo de Lady Grey y siento haberle gritado.
Él parpadeó.
—¿Qué?
Ella respiró hondo.
—La noche que llegamos. Siento mucho haberle gritado. No fue correcto por mi parte.
—Ah, bueno... Gracias. —Él apartó la mirada, se aclaró la garganta y se produjo otro silencio.
—¿Podemos ayudarle? —Preguntó Charlotte—. A enterrar a Lady Grey, me refiero.
Sir Jasper frunció el ceño y las cejas se le unieron encima del parche.
—¿Seguro que queréis?
—Sí —respondió Charlotte.
Peter asintió.
Sir Jasper los miró unos instantes y luego asintió.
—Está bien. Esperad aquí.
Entró en el establo y enseguida salió con una pala.
—Vamos.
Se dirigió hacia la parte trasera del castillo sin volverse hacia ellos.
Charlotte dejó la escoba y abrazando a su hermano lo siguieron. Miró a Peter. Tenía los ojos humedecidos. La noche anterior había llorado durante horas y el sonido de sus sollozos le había roto el corazón. Charlotte frunció el ceño y miró el camino. Estaba lleno de piedras y de baches; sir Jasper estaba cruzando el antiguo jardín y bajaba hacia el río. Era una estupidez, porque no hacía tanto tiempo que conocían a Lady Grey, pero ella también tenía ganas de llorar. Ni siquiera sabía por qué le había pedido que les dejara ayudarle.
Debajo de los jardines había una pequeña zona de hierba. Sir Jasper la atravesó y, a medida que se iban acercando al río, Charlotte oyó el agua. Un poco más arriba había algunas rocas grandes en medio del curso del río, y el agua pasaba por encima, espumosa. Pero en la parte baja del jardín, las aguas estaban más tranquilas y se arremolinaban bajo la sombra de los árboles. A los pies de un árbol había un bulto envuelto en una manta vieja.
Charlotte apartó la mirada porque notó un nudo en la garganta.
Peter, en cambio, fue directo hasta el bulto.
—¿Es ella?
Sir Jasper asintió.
—Parece una tontería desperdiciar una buena manta —murmuró Charlotte.
Sir Jasper la miró con su único ojo azul claro.
—Le gustaba tenderse en esa manta frente al fuego en mi despacho.
Charlotte apartó la mirada porque estaba avergonzada.
—Oh.
Peter se agachó y acarició la manta como si se tratara de la piel del animal. Sir Jasper se colocó en posición y empezó a cavar un agujero debajo del árbol.
Charlotte se acercó al río. El agua estaba clara y fría. Varias hojas flotaban tranquilamente sobre la superficie. Se arrodilló con cuidado y miró las piedras del lecho del río. Parecía que estaban cerca, pero ella sabía que estaban a más de un metro de profundidad.
Tras ella, Peter preguntó:
—¿Por qué la entierra aquí?
Charlotte oía el ruido de la pala contra la tierra.
—Le gustaba pasear conmigo. Yo venía aquí a pescar y ella hacía la siesta debajo de este árbol. Le gustaba.
—Perfecto —dijo Peter.
Y luego sólo se oyó el ruido de la pala de sir Jasper. Charlotte alargó el brazo y hundió los dedos en el agua. Estaba sorprendentemente fría.
Tras ella, el ruido terminó y oyó cómo sir Jasper arrastraba la manta. No paraba de murmurar.
Charlotte acercó la cara al agua y observó un alga. Si fuera una sirena, se sentaría sobre esas rocas y tendría un jardín de algas. El río fluiría a su alrededor y no podría oír nada del mundo exterior.
Estaría a salvo. Feliz.
Un pez provocó un destello plateado entre las rocas y ella irguió la espalda.
Cuando se volvió, sir Jasper estaba acariciando el montículo de tierra sobre la tumba de Lady Grey. El niño tenía en la mano una flor blanca que había arrancado de entre la tierra y la dejóencima de la tumba.
Se volvió hacia su hermana, ofreciéndole otra flor.
—¿Quieres una, Charlotte?
Y, sin saber por qué, de repente Charlotte notó que el pecho le iba a estallar. Y si eso sucedía, moriría.
Así que se volvió y subió corriendo la cuesta hacia el castillo, tan deprisa como pudo, sintiendo el viento en la cara hasta que le eliminó todos los pensamientos de la mente.
En los primeros años, cuando todavía era inocente y estaba enamorada, Alice se había
quedado despierta muchas noches por si a Lister le apetecía dignarse a hacerle una visita. Y, muchas noches, había acabado dándose por vencida sintiéndose sola. Ahora esas noches de espera habían quedado atrás; hacía muchos años que habían quedado atrás. De modo que le resultó particularmente molesto verse paseando por la biblioteca a medianoche en camisón y chal, esperando a sir Jasper.
¿Dónde estaba?
No había bajado a cenar y cuando ella había subido hasta la torre había descubierto que el
despacho estaba vacío. Al final, después de esperar hasta que el asado de pato se hubo enfriado, había tenido que comer sin él, sola con los niños, en el impoluto comedor. Cuando preguntó a éstos que les había parecido el pato frío y la salsa cuajada, Peter le explicó que habían enterrado a Lady Grey por la tarde. Charlotte se limitó a juguetear con los guisantes en el plato y pidió permiso para levantarse e irse a la cama temprano, con la excusa de una migraña.
Su hija era demasiado joven para tener migrañas, pero Alice se había apiadado de ella y la había dejado retirarse.
Aquella era otra preocupación: Charlotte y su carita triste y reservada. Alice deseó saber qué podía hacer para ayudarla.
Se había pasado el resto de la noche hablando con la señora McCleod sobre comidas y la
renovación de la cocina. Luego había bañado a Peter junto al fuego de la cocina, lo que provocó un charco considerable en el suelo que tuvo que fregar antes de acostarle. Durante todo ese tiempo había estado muy atenta por si oía regresar a sir Jasper. Sin embargo, lo único que oyó fue al señor Wiggins arrastrándose hasta el establo borracho como una cuba. Al poco rato, había empezado a llover.
¿Dónde estaba? Y, lo más importante, ¿por qué le preocupaba? Se detuvo frente a la enorme pila de libros donde todavía estaba su enorme volumen sobre las aves, los animales y las flores de América. Dejó la vela que llevaba encima de una gran mesa que había contra la pared, se agachó y levantó el enorme tomo hasta la mesa. Provocó una pequeña nube de polvo y estornudó. Luego, se acercó la vela lo suficiente para iluminar las páginas, pero sin derramar cera y abrió el libro.
El frontispicio era una ilustración de un arco clásico hecha a mano. A través del arco se veía un exuberante bosque, un cielo azul y un lago de agua transparente. A un lado del arco había una preciosa mujer con una túnica clásica, que estaba claro que era una alegoría. Ofrecía una mano, invitando al lector a cruzar el arco. Al otro lado, había un hombre bajito con unos pantalones de ante y un sombrero flexible en la cabeza. Llevaba una mochila a la espalda, una lupa en una mano y un bastón para caminar en la otra. Bajo la ilustración, se leía: el nuevo mundo saluda al naturalista de su majestad Jasper Withlock para que descubra sus maravillas.
¿Se suponía que aquel hombre menudo era sir Jasper? Alice se acercó un poco más. De ser así, no se parecía en nada a él. El hombre de la ilustración tenía unos labios con forma de corazón y las mejillas sonrosadas, y parecía una mujer vestida de hombre. Arrugó la nariz y pasó la página.
Eso era la portada, donde aparecía el título con una elaborada letra: Breve estudio sobre la flora y la fauna de Nueva Inglaterra por Jasper Withlock. En la siguiente página, se leían las siguientes palabras:
La dedicatoria
A su más serena Majestad JORGE Por la gracia de Dios REY DE GRAN BRETAÑA.
Si es de su agrado, Le dedico este libro y mi obra.
Su humilde servidor
Jasper Withlock, 1762.
Recorrió las letras con las manos. Seguro que había sido del agrado del rey, porque recordaba que el autor había sido nombrado caballero poco después de la publicación del libro. El día anterior, cuando habían mirado el libro, no le había prestado demasiada atención. Las inquietas cabezas de los niños tapaban parte de las páginas, porque estaba detrás de ellos. Pero ahora...
Ante ella tenía una ilustración de una página entera de una flor de largos pétalos curvados que nacía de una rama. Las flores eran extravagantes y múltiples, apelotonadas, y estaban pintadas con un gusto exquisito de color rosa lavanda. Debajo de la flor había una rama con una flor diseccionada para poder observar las distintas partes. Junto a esta flor vio una rama con capullos abriéndose. Y sobre una hoja, había una llamativa mariposa de color negro y amarillo, y las patas y las antenas estaban dibujadas con mucha meticulosidad. Bajo los dibujos, podía leerse: rhododendron canadense.
¿Cómo podía ser tan hosco e incivilizado y, a pesar de todo, ser el artista que había hecho los esbozos originales para ese libro? Meneó la cabeza y pasó la página. La biblioteca estaba ensilencio, a excepción de la lluvia que golpeaba contra las ventanas. Las ilustraciones la fascinaron yestuvo allí lo que podrían haber sido minutos u horas, maravillada por las ilustraciones y laspalabras mientras iba pasando las páginas lentamente.
Alice no supo qué rompió el hechizo, aunque seguro que no había sido un ruido, porque la
lluvia lo enmascaraba todo, pero levantó la cabeza al cabo de un rato y frunció el ceño. La vela se había consumido casi por completo y la levantó con cuidado antes de dirigirse hacia la puerta de la biblioteca. El pasillo estaba vacío y oscuro y se oía cómo la lluvia golpeaba contra las puertas de la entrada. No había ningún motivo en concreto para explicar lo que hizo a continuación.
Dejó la vela en una mesa e intentó abrir las puertas. Al principio, se resistieron, pero al final cedieron y, quejándose, se abrieron. La lluvia entró y la empapó de inmediato desde la cabeza hasta los pies. Gritó ante el repentino frío y contempló la oscuridad del camino.
No se movió nada.
¡Qué estúpida que era! Había acabado empapada ¿para qué? Ya había comenzado a cerrar las puertas cuando lo vio: una sombra alargada que apareció entre los árboles. Un hombre a caballo.
Sintió un gran alivio, y luego la visión la enfureció.
Bajó la escalera a trompicones y, con el pelo pegado a la cabeza por el efecto de la lluvia, le gritó con las horas de preocupación reflejadas en la voz:
—¿Qué hace? ¿Cree que friego, limpio y me paso el día planificando una cena para que usted se la pierda desdeñosamente? ¿No sabe que los niños lo estaban esperando? Peter se quedó muy decepcionado por su ausencia. Y el pato estaba frío, muy frío. No sé si podré disculparme con la señora McCleod, ¡y es la única cocinera de la zona!
Él estaba un poco inclinado sobre el caballo, sin sombrero y tenía los hombros del viejo abrigo de caza brillantes por la humedad. Debía de ir totalmente calado. La miró con una cara pálida y, con la comisura de los labios, se burló de ella.
—Su recibimiento es de lo más cortés, señora Halifax.
Ella agarró la brida del caballo y se quedó bajo la lluvia, parpadeando.
—Hicimos un trato. Yo me sentaba a la mesa a cenar con usted y usted... ¡Usted!... Se
presentaba cada noche. ¿Cómo se atreve a hacer un pacto conmigo para luego no cumplirlo?
¿Cómo se atreve a menospreciarme de esta manera?
Él cerró los ojos un momento y ella vio las líneas del agotamiento marcadas en su cara.
—Le debo una disculpa, señora Halifax.
Ella hizo una mueca. Parecía enfermo. ¿Cuánto tiempo llevaba cabalgando bajo aquel
aguacero?
—Pero, ¿dónde estaba? ¿Qué era tan importante para que tuviera que salir en mitad de esta tormenta?
—Un capricho —suspiró, cerrando los ojos—. Sólo un capricho.
Y cayó del caballo.
Alice gritó. Por suerte, el caballo estaba bien entrenado y no echó a correr pisándole. Había caído de espalda y, cuando ella se agachó sobre su cuerpo inmóvil, notó cómo algo se movía debajo del abrigo. Vio una diminuta nariz negra, y luego una preciosa cabecita asomó entre los pliegues de la tela empapada.
Sir Jasper protegía a un cachorro debajo del abrigo.
