Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M

Disculpen la demora en la publicación, estoy de vacaciones y me ha costado encontrar tiempo entre todas las actividades que estoy haciendo, sin embargo, me esforzaré por darle continuidad a esta historia.

Capítulo 6 Despertando placeres

Cada día, El Sincero guardaba aquella cosa monstruosa en medio del jardín de tejos.

Era un trabajo monótono. La criatura se quedaba en una esquina de la jaula, las

golondrinas batían las alas sin cesar y las estatuas miraban al frente mudas.

Por la noche, antes del oscurecer, el apuesto joven se acercaba y tranquilizaba a El

Sincero, y siempre le hacía la misma pregunta:

¿Has visto algo que te haya asustado, hoy?

Y, cada noche, El Sincero respondía:

No

De El Sincero

—¡Señor Wiggins! —Gritó Alice bajo la intensa lluvia—. ¡Señor Wiggins, venga a ayudarme!

—Shhh —gimió Jasper que, por lo visto, se había recuperado del desmayo—. Si Wiggins no

está dormido, estará borracho como una cuba. O ambas cosas.

Ella le hizo una mueca. Había caído en un charco, con el cachorro pegado al pecho, y los dos estaban temblando de frío.

—Necesito ayuda para entrarlo en el castillo.

—No. —Se incorporó—. No necesita ayuda.

Ella lo tomó del brazo y tiró con todas sus fuerzas, para intentar ayudarlo a levantarse.

—Cabezota.

—Cabezota —murmuró él—. No le haga daño al perro. Me ha costado un chelín.

—Y casi muere en el camino de regreso —dijo ella, jadeando.

Él se levantó y ella lo agarró por el congelado pecho para mantenerlo de pie. En aquella

posición, la cabeza le quedaba debajo del brazo de sir Jasper y la mejilla, pegada a su pecho. Él la rodeó con un pesado brazo.

—Está loco.

—¿Así habla un ama de llaves a su señor? —Le repiqueteaban los dientes, pero agarró el perro con el otro brazo.

—Puede despedirme por la mañana —le espetó ella mientras lo ayudaba a subir las escaleras. A pesar del sarcasmo, dejó caer todo su peso sobre ella y Alice notaba lo mucho que le costaba respirar. Era un hombre corpulento y cabezota, pero debía de llevar horas cabalgando bajo la lluvia.

—Olvida usted, señora Halifax, que he intentado despedirla desde la noche que llamó a mi

puerta. Cuidado. —Se había desequilibrado y había caído sobre el marco de la puerta,

arrastrándola con él.

—Si se limitara a pisar donde yo piso... —jadeó ella.

—Es usted muy mandona —se burló él mientras atravesaba las puertas de madera—. No sé cómo me las apañaba sin usted.

—Yo tampoco. —Lo apoyó en la pared y cerró la puerta. El cachorro gimoteó—. Si coge fiebre, lo tendrá bien merecido.

—Oh, qué dulce es el tono femenino —murmuró él—. Tan delicado, tan amable, suficiente para despertar el lado protector de cualquier hombre.

Ella se rió y lo acompañó hasta las escaleras. Estaban dejando un rastro de agua que tendría que limpiar por la mañana. A pesar de las palabras sarcásticas de sir Jasper, estaba pálido y temblaba con violencia, y ella estaba muy asustada por si enfermaba de gravedad. Cuando ayudaba a su padre, había visto caer a hombres fuertes a consecuencia de la fiebre. Una semana estaban vivos y felices y, a los pocos días, estaban muertos.

—Cuidado con el escalón —dijo. Era tan alto y pesaba tanto que, si tropezaba, no estaba segura de poder evitar que cayera por las escaleras.

Él gruñó y aquello la preocupó un poco más. ¿Acaso ya no le quedaban fuerzas para discutir con ella? Su mente empezó a hacer planes mientras lo ayudaba, muy despacio, a subir las escaleras.

Tendría que calentar agua y, quizá, preparar un té. La señora McCleod había dejado una tetera junto al fuego de la cocina la noche anterior; quizás hoy también lo había hecho. Lo dejaría en su habitación y luego iría a buscar la tetera.

Sin embargo, cuando llegaron al pasillo que había frente a la habitación de sir Jasper, estaba temblando con fuerza. El cachorro corría el peligro de que lo soltara en cualquier momento.

—Puede dejarme aquí —gruñó él cuando llegaron a la puerta de su habitación.

Ella lo ignoró y abrió la puerta.

—Será idiota.

—Varios eminentes científicos de Edimburgo y del continente no estarían de acuerdo con

usted.

—Dudo que lo hayan visto medio muerto y con un cachorro en los brazos.

—Cierto. —Avanzó, tambaleándose, hacia la cama. La habitación era enorme. Había una

gigantesca cama con dosel entre dos ventanales con gruesas cortinas y la colcha rozaba el suelo.

En una pared, había un antiguo fuego muy grande, de la misma piedra rosada que el resto del castillo. Por un momento, Alice se preguntó si el amo del castillo siempre había utilizado esa habitación desde que se construyó.

Pero enseguida apartó la idea de su mente.

—No se acueste. Empapará la cama.

Lo acompañó hasta el fuego, que estaba casi apagado. Delante de la chimenea había una

enorme silla. Sir Jasper se dejó caer en el asiento, sacudiéndose de frío, mientras ella se agachaba y atizaba el fuego. Todavía quedaba alguna brasa. Con cuidado, Alice colocó trozos de carbón encima y sopló hasta que el fuego prendió. El pelo le goteaba mojando el suelo. Se estremeció, pero no tenía, ni de lejos, tanto frío como él.

Se levantó y se volvió hacia sir Jasper.

—Quítese la ropa.

—Vaya, señora Halifax, qué atrevida. —Arrastraba las palabras, como si hubiera bebido,

aunque ella no había notado ningún olor a alcohol en su aliento—. No sabía que tenía las miras puestas en mi persona.

—Bah. —Tomó al tembloroso cachorro en las manos y lo colocó cerca del fuego, donde se

quedó hecho un ovillo empapado. Ya se ocuparía del perro después. En esos momentos, su dueño era más importante.

Alice se levantó y empezó a quitarle el abrigo. Él se inclinó hacia delante para ayudarla, pero sus movimientos eran torpes. Colgó el abrigo en la pared junto al fuego, donde empezó a humear.

Luego, se arrodilló frente a él y le desabotonó el chaleco. Notaba cómo la miraba, con el ojo entrecerrado, y el corazón se le aceleró. Acabó de desabotonar el chaleco, se lo quitó y lo dejó encima del abrigo. Cuando empezó con los botones de la camisa, era consciente de que respiraba de forma agitada. Se concentró y fijó la mirada en la tela blanca pegada al pecho terso de sir Jasper. Bajo la tela, se adivinaba una mata de pelo. Notaba el cálido aliento de sir Jasper en la cabeza. Aquella posición era demasiado íntima.

Con decisión, le quitó la camisa antes de detenerse y pensárselo dos veces pero, aun así, vaciló cuando reveló su torso desnudo. Tenía un cuerpo todavía más precioso que en su imaginación. Los anchos y gruesos hombros se convertían en unos brazos sorprendentemente fuertes, y el pecho era grande y estaba cubierto por un pelo claro y rizado. Entre el vello, asomaban dos pezones marrones rosados, duros, erguidos y sorprendentemente desnudos. El firme abdomen sólo estaba adornado por una hilera de vello que rodeaba el ombligo antes de ensancharse y desaparecer por la cintura de los pantalones. Había alargado una mano hacia aquella seductora franja de vello antes de darse cuenta.

Alice retiró la atrevida mano, la escondió entre los pliegues de la falda y, con firmeza, dijo:

—Levántese para que pueda quitarle el resto de la ropa. Está casi azul de frío.

—Señora Halifax, su mirada basta para ca-calentarme —dijo, arrastrando las palabras, mientras se levantaba. El efecto de las disolutas palabras quedó diluido por el repiqueteo de los dientes.

—Bah.

Alice sabía que debía de estar sonrojada, pero tenía que quitarle los pantalones mojados.

Empezó a desabotonarlo, y le apartó las torpes manos cuando él intentó ayudarle. Sir Jasper se balanceó cuando le desabrochó el último botón y, de repente, a Alice le daba igual estar sonrojada o lo que él pudiera pensar de ella.

—A la cama —ordenó.

—Qué mujer más mandona —murmuró él, aunque volvió a arrastrar las palabras y caminó

hasta la cama, con muchos esfuerzos.

Una vez allí, Alice lo hizo apoyarse en el colchón mientras le desataba las botas, los

pantalones, las calzas y la ropa interior. Vio unas piernas muy largas y velludas y una clara mata de pelo donde se unían, antes de meterlo en la cama y taparlo con la sábana y la colcha.

Esperaba algún comentario burlón por parte de él, quizá sobre las prisas con las que lo había metido en la cama, pero Jasper cerró los ojos. Y ese gesto la asustó sobremanera. Sólo se detuvo a coger el cachorro y lo colocó debajo de la sábana junto a él, y luego salió corriendo hacia la cocina.

¡Gracias a Dios! La señora McCleod había dejado una tetera calentándose al fuego. Alice

preparó té y cogió la tetera, una taza, mucho azúcar y un antiguo calentador de cama de metal y subió a la habitación de sir Jasper. Cuando entró, jadeando por haber subido las escaleras corriendo, el cuerpo de sir Jasper estaba inmóvil debajo de la sábana y el corazón le dio un vuelco.

Pero entonces se movió.

—Empezaba a preguntarme si la visión de mi cuerpo desnudo había provocado que se

marchara del castillo.

Ella se rió mientras dejaba la bandeja en la mesita de noche.

—Soy madre de un niño. He visto un cuerpo masculino desnudo muchas veces. Precisamente esta noche he bañado a Peter.

Él gruñó.

—Espero que mi cuerpo sea un poco distinto al de un niño.

Ella se aclaró la garganta antes de decir, con remilgo:

—Hay algunas diferencias, por supuesto, pero siguen siendo igual.

—Vaya. —Alice sabía que la estaba mirando mientras acercaba el calentador al fuego y lo

llenaba de carbones ardiendo—. Entonces, desnudarme no le ha supuesto más problemas que bañar a Peter.

—Naturalmente que no —respondió ella, con lo que le pareció que era un aplomo admirable.

—Mentirosa —dijo él, con la voz áspera.

Ella lo ignoró y acercó el calentador a la cama.

—¿Puede moverse un poco?

Él asintió, con la cara agotada y llena de arrugas. Consiguió desplazarse un poco y ella apartó la sábana para calentar el colchón. Lo intentó, pero era imposible no fijarse en la larga línea que formaban la pierna desnuda, la cadera y el costado. Notó un calor en el estómago. Enseguida apartó la mirada.

Cuando terminó, Jasper volvió a ponerse plano y gimió mientras cerraba el ojo.

—Qué agradable.

—Perfecto. —Alice dejó el calentador en el fuego y volvió corriendo—. Intente levantarse para poder tomar una taza de té.

Él abrió el ojo, y fijó la mirada directamente en su escote.

—Está empapada, señora Halifax. Usted también tendría que calentarse.

Ella bajó la mirada y vio que el camisón y el chal eran prácticamente transparentes. Tenía los pezones erguidos y se vislumbraban claramente bajo la tela. ¡Madre mía! Sin embargo, no era momento para el recato.

—Lo haré en cuanto acabe con usted. Siéntese.

—Tendré que compensarla por tanta oficiosidad —advirtió él, pero se incorporó y apoyó la espalda en la almohada.

—Hágalo —respondió ella, mientras le echaba azúcar en la taza y luego la llenaba de té.

—No creo que el azúcar mejore su té, señora Halifax —dijo él, tras ella.

—Oh, cállese. —Se volvió y vio que le estaba mirando el escote—. Está caliente y dulce, que es lo que necesita justo ahora. Bébaselo.

Le ofreció la taza y él bebió un sorbo, y luego hizo una mueca.

—Este té podría quitar el orín del hierro. ¿Pretende matarme?

—Sí, es exactamente lo que pretendo —murmuró ella, con suavidad. Un pedazo de su corazón parecía herido por aquellas palabras bruscas. Era tan testarudo, tan hosco, y la necesitaba tanto en esos momentos—. Beba un poco más.

Él bebió otro sorbo y no apartó la mirada de su cara, una mirada firme y desconcertante. A

Alice le temblaron los dedos mientras veía cómo tragaba. Enseguida le quitó la taza y la dejó en la bandeja.

—Gracias, señora Halifax —dijo. Tenía el ojo cerrado, y se había hundido en la cama, pero

volvía a recuperar el color—. Creo que sobreviviré esta noche sin usted.

Ella frunció el ceño.

—Quizá debería calentar más agua o traerle más té.

—Por favor, más té no. Puede retirarse. A menos que... —Abrió el ojo marrón claro y la miró con ironía—. A menos que quiera acompañarme.

Ella abrió los ojos de forma involuntaria ante la invitación tan directa y, por un segundo crucial, no supo qué hacer o decir. Luego, giró sobre sí misma y salió de la habitación, aunque la risa de sir Jasper resonó por los pasillos mientras corría hacia su habitación.

Quizás era el recuerdo de los exuberantes pechos del ama de llaves debajo del camisón. O

quizás era el aroma a limón de su pelo que permanecía en la habitación como una presencia fantasmagórica. O quizá simplemente era la necesidad biológica que llamaba a su puerta. En cualquier caso, Jasper se despertó con la visión de los carnosos y rojos labios de Alice alrededor de su duro miembro. Un sueño erótico terriblemente real pero, por desgracia, la carne no diferenciaba entre realidad y fantasía.

Jasper gruñó y se destapó. Le dolía mucho la cabeza, y todo el cuerpo pero, aun así, estaba

totalmente erecto. Contempló aquella parte arcillosa de su anatomía. Era una ironía que incluso el hombre más intelectual se viera reducido a aquella necesidad primaria por unos labios carnosos y un escote firme y pálido. Su verga reaccionó ante la imagen de la señora Halifax. Orgullosa.

Dispuesta a plantar cara.

Completamente desnuda.

Tragó saliva y se tocó, acarició aquella carne caliente hecha hierro y cubrió el extremo doloroso con el puño. Estaba tan erecto que el prepucio ya se había retirado, y el semen le resbalaba entre los dedos. La imaginaria señora Halifax estaba arrodillada frente a él y se acariciaba los pechos con las manos. Los levantaba, ofreciéndoselos, lasciva y tímida a la vez, mientras se mordía el labio inferior. Apretó la punta de la verga y notó cómo el estallido de placer le llegaba hasta los testículos. Ella tenía unos pechos grandes y preciosos, y sus pequeñas manos no los cubrían del todo. Agarró los pezones con los dedos pulgar e índice y se los apretó, mirándolo con malicia.

Jasper gruñó y descendió la mano, apretando con suavidad. Si la señora Halifax juntara esos senos, si él se inclinara hacia delante y ponía su miembro entre sus dulces y calientes pechos...

Oyó un gemido canino junto a él.

De forma instintiva, se incorporó y levantó la colcha.

—¡Mierda!

Luego, se acordó de todo y dejó caer el cuerpo sobre las almohadas. Miró hacia abajo. El animal estaba encogido de miedo, medio enterrado entre las sábanas que lo tapaban.

—No pasa nada, chico —dijo Jasper—. No es culpa tuya. Soy tonto. —Tampoco era culpa del cachorro que todavía estuviera erecto y dolorido.

Sin embargo, se había levantado en aquel estado muchas mañanas. Y, desde que había

regresado de las Colonias, sólo había podido recurrir a su mano para satisfacer sus deseos

animales. Un día, hace varios años, había alcanzado un punto de tanta frustración que se había desplazado hasta una zona lóbrega de Edimburgo. Allí buscó los servicios de una mujer que cobraba para aliviar a los hombres de sus necesidades eróticas. Sin embargo, cuando la prostituta le vio la cara bajo la luz de la luna de la habitación que habían alquilado, le pidió más dinero. Él se marchó, humillado y enfadado consigo mismo, mientras la puta maldecía a gritos. Nunca había vuelto a repetir aquella horrible experiencia. En lugar de eso, siempre que la lujuria podía más que la razón, recurría a su mano.

El cachorro asomó la cabeza cuando oyó su voz y empezó a mover la cola. Era un spaniel blanco y marrón con unas orejas flexibles y la nariz moteada. Pertenecía a una camada de un granjero que vivía a las afueras de Glenlargo. Ensillar a Griffin y salir en busca de un cachorro ayer había sido un capricho. La imagen de Peter repartiendo pétalos sobre la tumba de Lady Grey se le había quedado grabada en la memoria y lo había atormentado toda la tarde. Aunque lo más perturbador fue Charlotte alejándose corriendo del entierro. La pobre, tan rígida y antipática. No era dulce y obediente como todas las niñas. Se rió. En cierto modo, le recordaba a él.

El cachorro se estiró sobre sus pezuñas demasiado grandes para su tamaño, casi tocando la cama con la barriga redonda, y bostezó. Sin duda, pronto tendría que hacer sus necesidades y, al ser tan pequeño, le daría igual dónde las hiciera.

—Aguanta, chico —murmuró Jasper.

Se levantó, con las articulaciones doloridas, y empezó a vestirse, pero sólo había conseguido ponerse la ropa interior cuando la puerta de su habitación se abrió de golpe. Por segunda vez esa mañana, se tapó con las sábanas. El cachorro se volvió y ladró al intruso.

Jasper suspiró, contuvo un improperio y miró los sorprendidos ojos azules.

—Buenos días, señora Halifax. ¿No se le ha ocurrido llamar antes de entrar?

Los preciosos ojos azules parpadearon y Alice frunció el ceño.

—¿Qué está haciendo levantado?

—Si insiste, intento encontrar mis pantalones. —Se golpeó la cadera con el puño y dio gracias porque todavía llevaba el parche en el ojo—. Si me permite un poco de intimidad, la podré recibir en condiciones más decentes.

—Bah. —En lugar de marcharse, Alice pasó junto a él y dejó una bandeja en la mesita—. Tiene que volver a la cama.

—Lo que tengo que hacer —dijo, con la voz áspera, y consciente de que su verga había

renacido con la llegada de la señora Halifax —es vestirme y sacar al perro.

—Le he traído un poco de leche caliente y pan —respondió ella, alegremente, y se quedó frente a él con los brazos cruzados, como si realmente esperara que se comiera aquella papilla.

Él miró el cuenco que le había dejado en la mesita de noche. Estaba lleno de leche hasta la

mitad y con pedazos de pan revenido flotando encima; un desayuno vomitivo.

—Estoy empezando a preguntarme, señora Halifax —dijo, mientras levantaba las sábanas y cogía al perro—, si ha emprendido una campaña deliberada para volverme loco.

—¿Qué...?

Su insistencia a la hora de molestarme mientras trabajo, que contrate criados que no necesito y alterar mi vida en general no puede ser un accidente.

—¡Yo no he...!

Dejó al perro frente al cuenco mientras ella balbuceaba. El cachorro hundió la cabeza y una pata en el cuenco y empezó a comer, derramando leche y pedazos de pan encima de la mesa.

Jasper miró a su ama de llaves.

Quien, por fin, había recuperado el habla.

—Yo nunca...

—Y también está el problema de su vestimenta.

Ella bajó la cabeza y se miró.

—¿Qué tiene de malo mi vestimenta?

—Este vestido —dijo, rozando el encaje del escote y, de paso, acariciando la cálida y suave piel de los pechos mientras lo hacía—, es demasiado elegante para un ama de llaves. Y, sin embargo, insiste en pasearse por mi castillo vestida con él, en un intento por distraerme.

Ella se sonrojó y los ojos azules le brillaron con indignación.

—Si quiere saberlo, sólo tengo dos vestidos. Y no es culpa mía que a usted le parezcan

inaceptables.

Él avanzó un paso hacia ella y su pecho casi tocó el vestido en cuestión. Ya no estaba seguro de si pretendía que saliera corriendo o que se quedara cerca de él. El aroma a limón le inundó las fosas nasales.

—¿Y qué me dice de su insistencia en entrar en mi habitación sin llamar a la puerta?

—Es que...

—Sólo puedo llegar a una conclusión, y es que desea ver mi cuerpo desnudo. Otra vez.

Ella bajó la mirada, quizá de forma inevitable, hasta su ropa interior, tensa a causa de la

erección. Separó los carnosos y atractivos labios. ¡Dios! Aquella mujer lo volvía loco.

Jasper no pudo evitar inclinar la cabeza y observar aquellos preciosos labios rojizos mientras ella se los humedecía.

—Quizá debería satisfacer su curiosidad.

Alice sabía que iba a besarla. La intención estaba clara en cada rasgo de su cara, en la sensual mirada de sus ojos y en la posición decidida de su cuerpo. Iba a besarla y lo más terrible era que quería que lo hiciera. Quería sentir esos labios a veces sarcásticos, a veces torturadores, junto a los suyos. Quería saborearlo, respirar su aroma masculino mientras la lamía. De hecho, se inclinó hacia él, levantó la cabeza y notó cómo el corazón se le aceleraba. Sí, quería que la besara, quizá más que volver a respirar.

Y entonces, los niños entraron corriendo en la habitación. En realidad, Peter entró corriendo, como siempre, mientras que su hermana lo seguía más despacio. Sir Jasper maldijo entre dientes y se volvió para atarse la sábana a la cintura. Aunque no debería haberse molestado, porque los niños no le prestaron atención.

—¡Un cachorro! —gritó Peter, y alargó los brazos para agarrar a la pobre criatura.

—Cuidado —dijo sir Jasper—. No ha...

Sin embargo, su advertencia llegó demasiado tarde. Peter levantó al perro en brazos y, al

mismo tiempo, un pequeño chorro de líquido amarillo cayó al suelo. Peter se quedó allí, inmóvil y boquiabierto, sujetando al animal delante de él.

—Ah... —sir Jasper lo estaba mirando sin decir nada, con su espléndido torso todavía desnudo.

Alice se compadeció de él. Anoche casi se muere de frío y, esta mañana, cuando ni siquiera había podido vestirse, se veía invadido por perros incontinentes y niños desbocados.

Se aclaró la garganta.

—Creo que...

Pero la interrumpió una risa. Una dulce, aguda e infantil risa que no había oído desde que se habían ido de Londres. Alice se volvió.

Charlotte todavía estaba en la entrada de la puerta, con las manos frente a la boca, mientras se le escapaba la risa entre los dedos. Bajó las manos.

—¡Se te ha hecho pis! —Se rió de su hermano—. ¡Pis, pis, pis! Deberíamos llamarlo Meón.

Meón, no —advirtió sir Jasper, y los dos niños se volvieron hacia él y lo miraron como si

hubieran olvidado que estaba ahí. Charlotte se puso seria.

—No es nuestro perro, Peter. No podemos ponerle nombre.

—No, no es vuestro —dijo, como si nada, sir Jasper—, pero voy a necesitar ayuda para

buscarle un nombre. Y, ahora mismo, necesito a alguien que lo saque y se asegure de que haga el resto de sus necesidades fuera y no dentro del castillo. ¿Algún voluntario?

Los niños se ofrecieron encantados y sir Jasper apenas había asentido cuando los tres salieron corriendo de la habitación. De repente, Alice volvía a estar a solas con el señor del castillo.

Alice se agachó para limpiar el charco del suelo con el trapo que había traído de la cocina junto con la papilla. Evitó la mirada de sir Jasper.

—Gracias.

—¿Por qué? —Habló con desenfado mientras volvía a dejar la sábana en la cama.

—Ya lo sabe. —Ella levantó la mirada y descubrió que tenía los ojos humedecidos—. Por dejar que Charlotte y Peter se encarguen del cachorro. Es... Es lo que necesitaban justo ahora. Gracias.

Él se encogió de hombros y parecía un poco incómodo.

—No es nada.

—¿No es nada? —Ella se levantó, muy irritada—. Estuvo a punto de morir por ir a buscar ese perro. ¡Le aseguro que es algo más que nada!

—¿Quién ha dicho que lo he ido a buscar para los niños? —gruñó él.

—¿Ah no? —preguntó ella. Sabía que le gustaba hacerse el duro, pero también sabía que, por dentro, era un hombre completamente distinto.

—¿Y si lo he hecho? —Se acercó a ella y la agarró por los hombros con suavidad—. Quizá me merezco una recompensa.

Alice no tuvo tiempo para pensar, debatir o prepararse. Los labios de sir Jasper la estaban

besando, cálidos y ligeramente ásperos por la barba y, ¡oh!, eran maravillosos. Masculinos.

Ansiosos.

Hacía tiempo que nadie la deseaba de aquella forma. Hacía años que un hombre no la besaba.

Se pegó a él, apoyó las manos en sus antebrazos desnudos y aquello también fue maravilloso, el tacto de su piel cálida y suave bajo sus dedos. Jasper abrió la boca y sacó la punta de la lengua, y ella separó los labios y lo recibió. Feliz. Encantada. Y fácil.

Quizá demasiado fácil.

Aquél era su gran defecto: la tendencia a correr demasiado. A enamorarse demasiado deprisa.

A entregarse por completo para luego arrepentirse de su impulsiva pasión. Un día, los besos de Lister también le parecieron encantadores, ¿y cómo había acabado todo?

En desesperación.

Se separó, jadeando, y lo miró. Tenía el ojo entrecerrado, las mejillas sonrojadas y la cara

sensual con la barba. Alice intentó encontrar algo que decir.

—Yo...

Al final, se apretó los dedos a los labios y salió corriendo de la habitación como la más pura de las vírgenes.

Vagabundo —dijo Peter. Estaba sentado en la hierba, detrás del castillo, mirando cómo el perro olfateaba una cucaracha que se había encontrado.

Charlotte puso los ojos en blanco.

—¿Te parece un vagabundo?

—Sí —respondió Peter, y luego añadió—. O quizá Capitán.

Charlotte se arremangó la falda con cuidado y encontró un trozo de hierba seca donde sentarse.

Casi todo estaba empapado después de la tormenta de anoche.

—A mí me parece que Tristán sería bonito.

—Es un nombre de chica.

—No lo es. Tristán era un gran guerrero. —Charlotte frunció el ceño, porque no estaba segura de lo que estaba diciendo—. O algo así. Pero seguro que no era una chica.

—Bueno, pero parece un nombre de chica —dijo Peter, con rotundidad.

Arrancó una rama y la sostuvo frente a la nariz del perro. El cachorro la mordió y se la llevó. Se tendió en la hierba, con las patas de atrás estiradas, y empezó a morder la rama.

—No dejes que se coma eso —dijo Charlotte.

—No lo dejo —respondió Peter—. Además...

—¡Vaya! —Exclamó una voz conocida—. ¿Qué tenéis aquí?

Detrás de ellos apareció el señor Wiggins. Su cabeza bloqueaba la luz del sol y el pelo rojizo que flotaba en el aire parecía que estaba ardiendo. Se tambaleó un poco y frunció el ceño cuando vio el perro.

—Es el perro de sir Jasper —dijo enseguida Charlotte, porque tenía miedo de que se lo quitara—. Se lo estamos vigilando.

El señor Wiggins entrecerró los ojos, que casi desaparecieron entre las arrugas de la cara.

—Un trabajo un poco vulgar para la hija de un duque, ¿no te parece?

Charlotte se mordió el labio. Tenía la esperanza de que se hubiera olvidado de las palabras de Peter.

Sin embargo, el señor Wiggins estaba pensando en otras cuestiones.

—Vigilad que no se mee en la cocina. Ya tengo suficiente trabajo con lo desordenada que está, ¿no os parece?

—No... —empezó a decir Peter, pero Charlotte lo interrumpió.

—Lo haremos —dijo, con dulzura.

—Ya —gruñó el señor Wiggins, y luego se marchó. Charlotte esperó hasta que hubo entrado en el castillo; luego, se volvió hacia su hermano.

—No puedes volver a decirle nada.

—¡Tú no mandas en mí! —A Peter le tembló el labio inferior y se estaba empezando a sonrojar.

Charlotte sabía que aquello indicaba que iba a ponerse a gritar o a llorar, o las dos cosas, pero insistió.

—Es importante, Peter. No debes permitir que te pinche para que hables más de la cuenta.

—No lo he hecho —murmuró él, aunque los dos sabían que era mentira.

Charlotte suspiró. Peter todavía era muy pequeño y no iba a conseguir nada más de él. Sujetó al cachorro.

—¿Quieres coger a Meón?

—No se llama Meón —dijo, pero cogió al animalito, lo pegó a su pecho y escondió la cara entre el suave pelo.

—Ya lo sé.

Charlotte volvió a sentarse y cerró los ojos, dejando que el sol le calentase la cara. Tendría que decirle a mamá lo que Peter había dicho. Pero mamá se enfadaría y se preocuparía y eso estropearía esta nueva felicidad. Además, quizá tampoco tenía demasiada importancia.

Meón no ha visto el establo —dijo Peter, a su lado. Parecía que había recuperado el buen humor—. Vamos a enseñárselo.

—De acuerdo.

Charlotte se levantó y siguió a su hermano por la hierba mojada hasta el establo. Hacía un día precioso y tenían un cachorro magnífico del que ocuparse. Algo hizo que volviera la cabeza por encima del hombro en dirección hacia donde se había ido el señor Wiggins. No lo vio pero, a lo lejos, unos nubarrones oscuros amenazaban la luz del sol.

Se estremeció y corrió para alcanzar a Peter.

—Dicen que Wheaton presentará un nuevo proyecto de ley sobre las pensiones de los soldados durante el nuevo curso parlamentario —dijo el conde de Blanchard, reclinándose tanto en su silla que Lister creía que iba a romperla.

—Ese hombre nunca se rinde —dijo lord King, satisfecho—. Creo que la rechazaremos

sin apenas debatir. ¿Usted qué dice, excelencia?

Lister estaba contemplando el vaso de brandy que tenía en la mano. Estaban en el despacho de King, una sala bastante agradable, a pesar de que estaba decorada en tonos púrpura y rosa. King era un hombre sobrio con la cabeza fría y la ambición de llegar a ocupar el puesto de primer ministro, quizá demasiado pronto, pero tenía una mujer con muy pocas luces y, seguramente, la decoración había corrido por su cuenta.

Lister miró a su anfitrión.

—La propuesta de ley de Wheaton es una barbaridad. Piensa en lo que supondría para este gobierno tener que pagar una pensión a todos y cada uno de los soldados que sirven en el ejército de Su Majestad. Sin embargo, tiene el respaldo popular.

—Señor, ¿de veras cree pasará el corte? —Blanchard parecía atónito.

—No lo pasará —dijo Lister—, pero la cosa estará reñida. ¿Habéis leído los panfletos que

circulan por la calle?

—La retórica de los panfletistas carece de cualquier sofisticación —se burló King.

—Cierto, pero influyen en la gente. —Lister frunció el ceño—. Y determinados acontecimientos recientes en las Colonias durante la guerra contra los franceses han colocado el destino del soldado raso en las mentes de muchos ingleses. Atrocidades como la masacre de Spinner's Falls provocan que haya quien se pregunte si nuestros soldados cobran lo suficiente.

King se inclinó hacia delante.

—Mi hermano murió en Spinner's Falls. Y la idea de que esa masacre pueda utilizarse en algún discurso de panfletistas me pone enfermo.

Lister se encogió de hombros.

—Estoy de acuerdo. Sólo destacaba la oposición que tendremos para rechazar esta propuesta de ley.

Blanchard hizo chirriar la silla otra vez cuando empezó una larga diatriba sobre los soldados y los ladrones borrachos, pero Lister estaba distraído. Henderson había abierto la puerta y había asomado la cabeza.

—Si me disculpáis —dijo Lister, interrumpiendo el parloteo de Blanchard.

Apenas esperó a que los otros caballeros asintieran antes de levantarse y dirigirse hacia la

puerta.

—¿Qué sucede?

—Le ruego que me disculpe, excelencia —susurró Henderson, muy nervioso—, pero tengo

novedades sobre la huida de determinada dama.

Lister miró por encima del hombro. King y Blanchard tenían las cabezas juntas, así que

dudaba que pudieran oírlo. Se volvió hacia su secretario.

—Dime.

—Excelencia, la vieron a ella y a los niños en Edimburgo hace poco más de una semana.

—¿Edimburgo? Interesante. No sabía que Alice conociera a alguien en Escocia. ¿Acaso había encontrado algún sitio donde quedarse o pretendía seguir viajando desde allí?

Volvió a centrarse en Henderson.

—Bien. Envía a una docena más de hombres. Quiero que recorran toda la ciudad, descubran si todavía está allí y, si no es así, dónde demonios ha ido.

Henderson hizo una reverencia.

—De acuerdo, excelencia.

Y James se permitió dibujar una pequeña sonrisa. La distancia entre el cazador y la presa se reducía. Pronto, muy pronto, tendría el precioso cuello de Alice entre las manos.