Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
Disculpen la demora en la publicación, estoy de vacaciones y me ha costado encontrar tiempo entre todas las actividades que estoy haciendo, sin embargo, me esforzaré por darle continuidad a esta historia. (ya el Lunes volverá a la normalidad porque vuelvo a trabajar :/ )
Además quiero agradecer sus follows, favorites, reviews y demás y comentar que como he dicho desde el principio estas historias NO son mías son de Elizabeth Hoyt y cuando las leí pensé que deberían conocerse mucho porque me encantaron y me he dado cuenta que a ustedes también les ha gustado y quiero darle el mérito que se merece la autora
Capítulo 7 Una visita inesperada
Una noche, mientras El Sincero vigilaba al monstruo, el joven no apareció a la hora
que solía hacerlo. El sol bajó y se ocultó en el horizonte, las sombras del jardín se
alargaron y las golondrinas dejaron de aletear y se encaramaron a la jaula. Cuando El
Sincero se volvió hacia el monstruo, vio una cosa pálida detrás de los barrotes. Curioso,
se acercó y, para su mayor asombro, descubrió que el monstruo había desaparecido. En
su lugar, había una mujer desnuda con la larga melena oscura envuelta a su alrededor
a modo de abrigo. En ese momento, el joven apuesto entró corriendo al jardín del
castillo y gritó:
—¡Vete! ¡Vete ahora!
El Sincero, obediente, se volvió para marcharse, pero el joven lo llamó:
—¿Has visto algo que te haya asustado, hoy?
El Sincero se detuvo, pero no se volvió.
—No.
De El Sincero
Lo estaba evitando. A media mañana, cuando una de las nuevas doncellas le subió una bandeja de té con galletas en lugar del ama de llaves, Jasper se acabó de convencer. ¿Le había provocado rechazo con ese beso? ¿La había asustado con sus claras intenciones? Bueno, al diablo con todo.
Era su castillo, maldita sea; era ella quien había insistido en perturbar su paz. Ahora no podía esconderse de él. Además, razonó mientras bajaba las escaleras de la torre, ya era hora de bajar a ver si había llegado el correo de la mañana.
Cuando entró en la cocina, vio a la señora Halifax arrodillada junto a la cocinera frente a una olla humeante que estaba al fuego, y ella no lo vio. Cerca de la puerta por donde había entrado, los niños estaban jugando con el cachorro. No había más criados.
—¿Ha bajado a comer? —preguntó Peter, abrazando al perro, que no dejaba de moverse—. Dentro de poco, vamos a darle a Meón un cuenco de leche.
—Acordaos que después tenéis que sacarlo —murmuró Jasper. Se dirigió hacia el fuego—. Y pensad en otro nombre para el perro.
—Sí, señor —dijo Charlotte, tras él.
La señora Halifax levantó la cabeza cuando se acercó y abrió los ojos, como si la sorprendiera verlo.
—¿Puedo ayudarlo en algo, sir Jasper?
Tenía la mirada cauta. «O quizá sólo está horrorizada por haber permitido que una bestia tan desagradable se le acercara», dijo una voz burlona en su interior.
La idea provocó que frunciera el ceño mientras decía:
—He bajado a buscar el correo.
La cocinera farfulló algo y se acercó a la olla. La señora Halifax fue hasta una mesa cercana, donde había un pequeño fajo de cartas.
—Lo siento. Debería haber hecho que se las subieran al despacho —le ofreció el fajo.
Él lo cogió, le rozó los dedos y frunció el ceño mientras revisaba las cartas. La respuesta de
Etienne todavía no había llegado, claro. Era demasiado pronto, aunque no había perdido la esperanza. Jasper había estado dando vueltas a la idea del traidor de Spinner's Falls desde que recibió la carta de Edward Masen. O quizás había sido por la llegada de la señora Halifax y la toma de conciencia de todo lo que había perdido, junto con el rostro, en aquella terrible masacre.
—¿Esperaba una carta? —La señora Halifax interrumpió sus oscuros pensamientos.
Él se encogió de hombros y se guardó las cartas en el bolsillo.
—Sí, la respuesta de un colega de otro país. Nada sumamente importante.
—¿Mantiene correspondencia con caballeros del extranjero? —Ladeó la cabeza, intrigada.
Él asintió.
—Intercambio descubrimientos e ideas con otros naturalistas de Francia, Noruega, Italia, Rusia y las Colonias Americanas. Además, un amigo mío está en las tierras inexploradas de China ahora mismo y otro, en lo más profundo de África.
—¡Qué maravilla! Y usted también debe de viajar para visitar a esos amigos y explorar.
Jasper la miró fijamente. ¿Le estaba tomando el pelo?
—Yo nunca salgo del castillo.
Ella se quedó inmóvil.
—¿De veras? Ya sé que le gusta su castillo, pero seguro que a veces viaja. ¿Qué hay de su
trabajo?
—No he viajado desde que regresé de las Colonias. —No podía seguir mirando esos ojos azules y desvió la mirada, hacia los niños que jugaban con el perro junto a la puerta—. Ya sabe qué aspecto tengo. Ya sabe por qué no me muevo de aquí.
—Pero... —Arrugó las cejas antes de dar un paso hacia él, cosa que lo obligó a encontrarse una vez más con su solemne mirada—. Sé que debe de ser muy duro salir. Sé que la gente debe de mirarlo. Debe de ser horrible. Pero encerrarse aquí para siempre... Usted no se merece tal castigo.
—¿Merecer? —Hizo una mueca con la boca—. Los hombres que murieron en las Colonias no se merecían morir. Mi destino no tiene nada que ver con si lo merezco o no. Es la realidad: tengo cicatrices. Asusto a los niños y a las personas sensibles. Por lo tanto, me quedo en mi castillo.
—¿Cómo puede soportar vivir así el resto de su vida?
Él se encogió de hombros.
—No pienso en el resto de mi vida. Simplemente, éste es mi destino.
—No podemos cambiar el pasado. Lo sé —dijo ella—. Pero, ¿no podemos aceptarlo y seguir teniendo esperanza?
—¿Esperanza? —La miró fijamente. Defendía su postura con demasiada pasión, como si
también fuera su caso en cierto modo. Lo que no sabía era en qué modo—. No sé a qué se refiere.
Ella se acercó a él, con los ojos azules muy serios.
—¿No piensa en el futuro? ¿No planea tiempos felices? ¿No busca una vida mejor?
Jasper meneó la cabeza. La filosofía de la señora Halifax era totalmente ajena a su modo de pensar.
—¿Qué sentido tiene planear un futuro si no puedo cambiar el pasado? No soy infeliz.
—Pero, ¿es feliz?
Él se volvió hacia la puerta.
—¿Importa?
—Por supuesto que importa. —Jasper notó su pequeña mano en su brazo. Se volvió para
mirarla otra vez, tan brillante, tan guapa—. ¿Cómo puede vivir su vida sin felicidad o sin la
esperanza de felicidad?
—Ahora estoy seguro de que se burla de mí —gruñó él, y liberó el brazo.
Salió decidido de la cocina, haciendo oídos sordos a las protestas del ama de llaves. Sabía que no pretendía ser cruel pero, en cierto modo, su honestidad era más dura de aceptar que la risa más burlona. ¿Cómo podía pensar en un futuro cuando no tenía ninguno, cuando había abandonado la esperanza de cualquier futuro hacía siete años? Incluso la idea de volver a despertar ese optimismo lo aterraba. No, era mejor salir corriendo de la cocina y del ama de llaves demasiado perceptiva que enfrentarse a sus propias debilidades.
Por la tarde, Alice estaba en la puerta principal, barriendo las escaleras, cuando un ruido le hizo levantar la cabeza. Un gran carruaje tirado por cuatro caballos se estaba acercando por el camino y era algo muy extraño, puesto que ya se había acostumbrado al aislamiento de castillo, que sólo pudo quedarse allí de pie, mirando. Y entonces, el miedo le encogió el corazón. Dios santo, ¿acaso James los había encontrado?
De hecho, Meg o Nellie tendrían que estar barriendo, pero estaban ocupadas limpiando el
salón del primer piso. De modo que ella misma había cogido la escoba después de comer, furiosa ante la visión de las malas hierbas creciendo entre las grietas. Y allí estaba, con un delantal arrugado y una escoba como única arma. Ni siquiera tuvo tiempo para intentar esconder a los niños.
El carruaje se detuvo con majestuosidad y un lacayo con peluca bajó para colocar el escalón y abrir la puerta. Primero, apareció una mujer muy alta, tanto que tuvo que inclinar la cabeza para no golpearse con el techo del carruaje. Alice estuvo a punto de desmayarse del alivio. La señora llevaba un elegante vestido color crema con unas enaguas de rayas, un casquete de encaje y un sombrero de paja encima. Tras ella, apareció una señora más bajita y rechoncha, vestida de lavanda y amarillo, con un gran casquete de volantes y un sombrero que enmarcaba su cara rojiza.
La señora alta irguió la espalda, miró a Alice y frunció el ceño desde detrás de unas formidables y extrañas gafas. Eran grandes, redondas, con la montura de color negro y gruesa y una X entre las lentes.
—¿Quién es usted? —preguntó.
Alice hizo una reverencia y, teniendo en cuenta que tenía una escoba en la mano, le salió
bastante bien.
—Soy la señora Halifax, la nueva ama de llaves de sir Jasper.
La mujer arqueó las cejas con escepticismo y se volvió hacia su acompañante.
—¿Lo has oído, Phoebe? Esta chica dice que es el ama de llaves de Jasper. ¿Te parece que hay alguna posibilidad de que haya contratado a un ama de llaves?
La mujer bajita y rechoncha se sacudió la falda y sonrió a Alice.
—Sophie, puesto que dice serlo y teniendo en cuenta que estaba barriendo la entrada cuando hemos llegado, creo que debemos asumir que Jasper la ha contratado.
—Ya —respondió la señora alta—. Acompáñanos dentro, chica. Dudo que Jasper tenga una habitación decente, pero vamos a quedarnos de todas formas.
Alice notó que se sonrojaba. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que la habían llamado chica, pero la señora no parecía haberlo dicho de forma desdeñosa.
—Estoy segura de que podré encontrarles algo —dijo, aunque no estaba tan segura. Si decía a las doncellas que se pusieran a limpiar dos de las habitaciones vacías ahora mismo, a lo mejor estaban listas por la noche. A lo mejor.
—Quizá deberíamos presentarnos —murmuró la señora bajita.
—¿Tú crees? —se preguntó su acompañante.
—Sí. —Fue su respuesta firme.
—De acuerdo —dijo la señora alta—. Soy la señorita Sophia Withlock, la hermana de sir Jasper, y ella es la señorita Phoebe McDonald.
—Encantada. —Alice hizo otra reverencia.
—Un placer conocerla —respondió la señorita McDonald, sonriendo, con las mejillas rellenas y rojas brillantes. Parecía haber olvidado que Alice era una criada.
—Pasen por aquí —dijo Alice, muy educada—. Eh... ¿Sir Jasper las está esperando?
—Por supuesto que no —espetó enseguida la señorita Withlock en cuanto entró en el castillo—. Si supiera que íbamos a venir, no estaría. —Se quitó el sombrero y miró a su alrededor con el ceño fruncido—. Porque está, ¿verdad?
—Sí —respondió Alice, mientras recogía los sombreros de las dos señoras. Miró por todo el vestíbulo y, al final, los dejó encima de una mesa de mármol. Ojalá no estuviera demasiado sucia—. Estoy convencida de que le hará mucha ilusión que hayan venido a visitarlo.
La señorita Withlock se rió.
—Es usted mucho más optimista que yo.
Alice prefirió no responder. En lugar de eso, las llevó hasta el salón que había ordenado limpiar y cruzó los dedos para que hubieran avanzado desde la hora de la comida.
Sin embargo, cuando abrió la puerta, Tom, el lacayo, estaba estornudando con fuerza, con una polvorienta tela de araña en la cabeza, y Meg y Nellie se estaban riendo a carcajadas.
Todos irguieron la espalda cuando la vieron, aunque Nellie tuvo que taparse la boca con la mano para no seguir.
Alice suspiró y se volvió hacia las señoras.
—Quizá prefieran esperar en el comedor. Es la única sala del castillo que está absolutamente acondicionada, aparte de la cocina.
—De ningún modo. —La señorita Withlock entró en la habitación y miró con ojo crítico la hilera de cabezas de animales disecados, carcomidos por las polillas, que ocupaba una pared—. Phoebe y yo podemos encargarnos de organizar esto mientras usted va a buscar a Jasper.
Alice asintió y dejó a los criados con las señoras. Mientras subía las escaleras, oyó a la señorita Withlock vociferando órdenes. No había visto a sir Jasper desde la discusión de aquella mañana en la cocina. La verdad era que lo había estado evitando; incluso había enviado a Meg a subirle la comida al despacho en lugar de hacerlo ella. De hecho, mientras subía hasta el tercer piso se dio cuenta de que en realidad no sabía si estaba en su despacho. Lo último que había oído era que se iba a dar uno de sus paseos.
Sin embargo, cuando llamó a la puerta, la voz grave de sir Jasper dijo:
—Adelante.
Alice abrió la puerta y entró en la torre. Sir Jasper estaba detrás de la mesa grande, inclinado sobre un libro con una lupa en la mano.
Jasper habló sin levantar la mirada.
—¿Ha venido a distraerme de mi trabajo, señora Halifax?
—Su hermana está aquí.
Entonces sí que levantó la cabeza.
—¿Qué?
Ella parpadeó. Se había afeitado. La mejilla cicatrizada estaba suave y era bastante bonita. Ella misma se riñó mentalmente.
—Su hermana...
Él salió de detrás de la mesa.
—Bobadas. ¿Por qué iba a venir Sophia?
—Creo que sólo...
Pero él ya estaba saliendo del despacho.
—Debe de haber pasado algo.
—No creo que haya pasado nada —dijo ella mientras lo seguía. Él parecía no oír nada mientras bajaba las escaleras. Cuando llegaron al pasillo de la planta principal, ella estaba jadeando, pero sir Jasper no parecía cansado.
Se detuvo y frunció el ceño.
—¿Dónde la ha puesto?
—En el salón con las horribles cabezas de animales.
—Estupendo. Seguro que hará algún comentario sobre eso —murmuró sir Jasper.
Alice puso los ojos en blanco. No podía dejar a su hermana esperando en la entrada.
Sir Jasper avanzó a zancadas y entró en el salón.
—¿Qué ha pasado?
La señorita Withlock se volvió hacia él y frunció el ceño desde detrás de las gafas.
—Los trofeos de caza del abuelo están absolutamente deteriorados. Deberías tirarlos.
Sir Jasper hizo una mueca.
—No has venido desde Edimburgo para criticar el estado de conservación de los trofeos de caza del abuelo. ¿Y qué es eso que llevas en la cara?
La señorita Withlock se tocó las horribles gafas.
—Son las gafas visuales del señor Benjamín Martin, que ha desarrollado científicamente para reducir el daño que provoca la luz en el ojo. Hice que me las enviaran especialmente desde Londres.
—Santo Dios, son horribles.
—¡Sir Jasper! —exclamó Alice.
—Bueno, lo son —murmuró él—. Y ella lo sabe.
Sin embargo, su hermana estaba sonriendo.
—Exactamente la reacción que esperaba de un inculto como tú.
—¿De modo que has venido hasta aquí sólo para enseñármelas?
—No, he venido para ver si mi único hermano seguía vivo.
—¿Por qué no iba a estar vivo?
—No he recibido ninguna respuesta a mis últimas tres cartas —le espetó su hermana—. Lo único que se me ocurría es que estarías tirado muerto en algún rincón de este viejo castillo.
—Respondo a todas tus cartas. —Sir Jasper frunció el ceño. —A las últimas tres, no.
Alice se aclaró la garganta.
—¿A alguien le apetece una taza de té?
—Sí, me encantaría —dijo la señorita McDonald, que estaba junto a la señorita Withlock—. ¿Y tendría unos bollos? A Sophie le encantan los bollos, ¿no es cierto, querida?
—Odio... —dijo la señorita Withlock, pero se interrumpió de golpe. Si Alice no conociera las normas de etiqueta, juraría que la señorita McDonald la había pellizcado. La señorita Withlock respiró hondo y añadió—. Pero me encantaría una taza de té.
—Perfecto. —Con un gesto de la cabeza, Alice llamó a Meg que, como el resto de los criados, se había quedado de pie escuchando la conversación—. Por favor, pídele a la cocinera que prepare un poco de té y mira a ver si hay unos bollos o alguna tarta para acompañar.
—Sí, señora. —Meg salió corriendo del salón.
Alice miró con fijeza a los demás sirvientes hasta que, murmurando, siguieron a su compañera.
—¿No va a ofrecerle a su hermana que se siente? —le murmuró a sir Jasper.
—Tengo trabajo —gruñó él, pero acabó añadiendo—. Sentaos, Sophia y Phoebe, por favor. Usted también, señora Halifax.
—Pero... —empezó a decir, aunque se lo pensó mejor cuando él volvió su único ojo hacia ella y la miró fijamente. Se sentó con decoro en una silla.
—Gracias, Jasper —dijo la señorita Withlock, y tomó asiento en uno de los sofás.
La señorita McDonald se sentó junto a ella y dijo:
—Es un placer volver a verte, Jasper. Nos entristeció mucho que no pudieras venir por
Navidad. Comimos un ganso asado delicioso; el más grande que he visto nunca.
—Nunca os visito por Navidad —murmuró sir Jasper. Se sentó en una silla junto a Alice,
incomodándola bastante.
—Pero quizá deberías —lo reprendió con dulzura la señorita McDonald.
Aquellas palabras parecieron mucho más efectivas que las estridencias de la señorita Withlock.
En realidad, las mejillas angulosas de sir Jasper parecían algo sonrojadas.
—Sabes que no me gusta viajar.
—Ya lo sé, querido —respondió la señorita McDonald—, pero eso no es motivo suficiente para ignorarnos. A Sophia le dolió que ni siquiera le escribieras una felicitación de Navidad.
A su lado, la señorita Withlock se rió y no parecía herida.
Sir Jasper frunció el ceño y abrió la boca para responder.
A Alice le dio miedo lo que pudiera decir y se apresuró para dirigirse a la señorita McDonald.
—Así que viven en Edimburgo, ¿no es así?
La señora sonrió.
—Sí. Sophie y yo vivimos en una preciosa casa de leptinita con unas bonitas vistas sobre la ciudad. Sophie forma parte de varias sociedades científicas y filosóficas y asistimos a conferencias, demostraciones o reuniones casi cada día de la semana.
—Qué bien —dijo Alice—. Entonces, a usted también debe de interesarle la ciencia y la
filosofía, ¿verdad, señorita McDonald?
—Sí, me interesa —respondió, sonriendo—, pero no tengo la vocación de Sophie.
—Bobadas —intervino la señorita Withlock—. No lo haces nada mal para no ser una experta, Phoebe.
—Vaya, gracias, Sophia —murmuró la señorita McDonald, aunque le guiñó un ojo cómplice a Alice.
Alice contuvo una sonrisa. La señorita McDonald parecía saber manejar perfectamente a su formidable amiga.
—¿Sabían que sir Jasper está trabajando en otro libro maravilloso? —preguntó.
—¿De veras? —La señorita McDonald juntó las manos—. ¿Podemos verlo?
La señorita Withlock arqueó una ceja y miró a su hermano.
—Me alegra oír que vuelves a trabajar.
—Todavía está en fase de preparación —murmuró él.
Las doncellas entraron en el salón con el té y, por un momento, mientras lo dejaban todo
encima de la mesa, el salón fue un caos.
Sir Jasper se aprovechó del desconcierto para acercarse a Alice y preguntarle.
—¿Maravilloso?
Ella notó que se sonrojaba.
—Su libro es maravilloso.
Su ojo celeste le recorrió la cara.
—Entonces, ¿lo ha leído?
—No, bueno, no del todo, aunque estuve hojeándolo anoche. —Notaba que se ahogaba bajo la intensidad de su mirada—. Es fascinante.
—¿Sí?
Le estaba mirando la boca, con el ojo entrecerrado y directo, y Alice se preguntó si se estaría acordando del beso. Se había jurado no repetirlo. Establecer una relación con ese hombre sólo demostraría, una vez más, la facilidad con la que se lanzaba a la locura sin pensar en los posibles peligros. Sin embargo, cuando él levantó la mirada y la miró, Alice lo supo.
Por peligrosa que fuera, aquella locura empezaba a resultar muy tentadora.
Después del té, Jasper se pasó el resto de la tarde en la torre, y no sólo porque quisiera
terminar el apartado sobre los tejones, sino también porque tenía miedo de que, si se quedaba mucho más tiempo junto a su seductora ama de llaves, acabaría haciendo algo realmente estúpido. Además, estaba seguro de que Sophia estaba reclutando ayuda para limpiar el castillo. Y sería muy inteligente por su parte mantenerse lo más alejado posible.
De modo que no volvió a ver a la señora Halifax hasta la noche. Acababa de salir de su
habitación, y se había acordado de arreglarse para la cena, e incluso se había puesto unos
pantalones y un abrigo decentes para que su hermana no lo riñera demasiado. Y, por lo visto, la señora Halifax también había decidido ponerse sus mejores galas. Jasper se detuvo a los pies de la escalera, observándola mientras ella no lo veía. Desde que había llegado al castillo, siempre había llevado el mismo vestido azul, pero esta noche llevaba uno verde y dorado demasiado lujoso para un ama de llaves y, lo que era peor, mucho más escotado que el azul. De repente, Jasper se alegró de haberse tomado la molestia de echarse el pelo rubio hacia atrás y haberse afeitado.
En ese momento, Alice se volvió y lo vio y, por un segundo, se quedó inmóvil, con los ojos
azules abiertos y vulnerables, y las preciosas mejillas sonrosadas e inocentes. Jasper tendría que dar media vuelta y subir las escaleras, encerrarse en su torre y sacarla de su castillo y de su vida.
Ella esperaba un futuro prometedor y él no podía ofrecerle ninguno.
Sin embargo, se acercó a ella.
—Parece que lo tiene todo controlado para la cena, señora Halifax.
Ella miró hacia el comedor.
—Creo que sí. Si el servicio no está a la altura, dígamelo. Tom todavía está aprendiendo a servir la sopa.
—Pero si podrá comprobarlo usted misma —respondió él, mientras la tomaba del brazo—. ¿Acaso ha olvidado nuestro trato de cenar juntos? Se mostró bastante firme conmigo anoche por no haberme presentado a la cena.
—Pero, ¿qué dirá su hermana? —Se sonrojó—. Creerá que... que... Ya sabe.
—Pensará que soy un tipo excéntrico, y eso ya lo sabe. —La miró con ojos burlones—. Venga, señora Halifax, no es momento de remilgos. ¿Dónde están sus hijos?
Ella lo miró todavía más escandalizada, si es que era posible.
—En la cocina, pero no puede...
Jasper llamó a una de las doncellas.
—Traiga a los hijos de la señora Halifax, por favor.
La doncella se alejó hacia la cocina. Jasper arqueó la ceja y miró al ama de llaves.
—Ya está. ¿Lo ve? Ha sido muy sencillo.
—Sólo si nos olvidamos del decoro —murmuró ella, desconcertada.
—Aquí estás, hermano. —La firme voz de Sophia apareció detrás de ellos.
Jasper se volvió e inclinó la cabeza ante su hermana.
—Ya lo ves.
Ella acabó de bajar las escaleras.
—No estaba segura de que bajaras a cenar. Y tan arreglado. Supongo que debo sentirme
honrada. Aunque —se fijó en la mano de la señora Halifax en el brazo de su hermano—, quizá no tenías otro brazo para mí.
La señora Halifax intentó retirar la mano, pero Jasper se la cubrió con la suya y no se lo
permitió.
—Tu bienestar siempre es una prioridad para mí, Sophia.
Ella se rió.
—Sophie. —Phoebe la riñó. Le lanzó una mirada de disculpa a Jasper. La pobre Phoebe
McDonald siempre intentaba suavizar el terreno después del paso del vendaval Sophia.
Jasper estaba a punto de abrir la boca para comentarlo, aunque quizá no era una buena idea, cuando Peter llegó corriendo y casi se lleva a Sophia por delante.
—¡Peter! —exclamó la señora Halifax.
Tras él, llegó su hermana, más calmada como siempre.
—Meg ha dicho que podíamos venir a cenar.
Sophia miró a la niña desde encima de su larga nariz.
—¿Quienes sois?
—Yo me llamo Charlotte, señora —respondió la niña, al tiempo que hacía una reverencia—. Y él es mi hermano Peter. Le pido disculpas por su comportamiento.
Sophia arqueó una ceja.
—Imagino que lo haces muy a menudo.
Charlotte suspiró, y parecía agotada.
—Sí.
—Buena chica. —Sophia casi sonrió—. Los hermanos pequeños pueden ser un tormento, pero debemos perseverar.
—Sí, señora —respondió Charlotte, muy seria.
—Venga, Peter —dijo Jasper—. Vamos a cenar antes de que creen la Sociedad de las
Hermanas Mayores Mandonas.
Peter entró en el comedor a toda prisa. Jasper se colocó en su posición habitual en la cabeza de la mesa, colocó a Sophia a su derecha, como era lo correcto, aunque se aseguró de que la señora Halifax estuviera a su izquierda. Le retiró la silla cuando vio que intentaba evitarlo y sentarse al otro extremo de la mesa.
—Gracias —murmuró ella, incómoda, mientras se sentaba.
—De nada —respondió él, con delicadeza, mientras arrastraba la silla hacia la mesa.
Sophia parecía estar muy ocupada enseñando a Charlotte cómo colocar el vaso de agua, así que se perdió la escena, pero Phoebe los observó atentamente desde el otro lado, frente a la señora Halifax. Maldición. Jasper había olvidado lo observadora que era esa mujer. Asintió con la cabeza y, como respuesta, obtuvo un guiño del ojo.
—Así que has vuelto a escribir —dijo Sophia mientras Tom entraba con una sopera y una
doncella para servirla.
—Sí —respondió Jasper, con cautela.
—¿Y es el mismo trabajo? —preguntó ella—. ¿El estudio sobre las aves, animales e insectos de Gran Bretaña?
—Sí.
—Perfecto. Me alegro de oírlo. —Agitó la mano para rechazar la cesta de pan que Charlotte intentaba pasarle—. No, gracias. Nunca tomo pan con levadura después de comer. Espero — continuó, volviéndose hacia él—, que hagas un buen trabajo. A Richards le fue muy mal con su Zoología hace unos años. Intentó demostrar que los pollos estaban relacionados con los lagartos, el muy idiota. ¡Ja!
Jasper se reclinó en la silla para permitir que la doncella le sirviera la sopa.
—Richards es un estúpido pedante pero, en mi opinión, la comparativa entre pollos y lagartos era bastante razonable.
—Sí, e imagino que crees que los tejones están relacionados con los osos, ¿verdad? —Las gafas de Sophia lanzaban unos destellos peligrosos.
—En realidad, las garras de ambos tienen muchas similitudes...
—¡Ja!
—Y —continuó él, imperturbable, porque al fin y al cabo llevaban discutiendo sobre eso desde que eran niños—, cuando el pasado otoño diseccioné una carcasa de tejón, también encontré similitudes en los huesos del cráneo y los antebrazos.
—¿Qué es una carcasa? —preguntó Peter antes de que Sophia pudiera responder.
—Un cadáver —le explicó Jasper. A su lado, la señora Halifax tosió. Él se volvió y, muy atento, le dio unas palmaditas en la espalda.
—Estoy bien —dijo ella, con la voz ahogada—. Quizá deberíamos cambiar de tema.
—Está bien —accedió él—. A lo mejor podemos hablar de excrementos.
—Ay, Señor —murmuró la señora Halifax a su lado.
Él la ignoró y se volvió hacia su hermana.
—No te creerás lo que encontré en un excremento de tejón el otro día.
—¿Qué? —preguntó Sophia, muy interesada.
—El pico de un pájaro.
—¡Bobadas!
—De verdad. Uno pequeño, quizá de un paro o un gorrión, pero estoy seguro que era el pico de un pájaro.
—De un paro, seguro que no. No bajan al suelo tan a menudo.
—Pero yo creo que el pájaro ya estaba muerto cuando el tejón se lo comió.
—Ha prometido que nada de animales muertos —le recordó la señora Halifax.
Jasper la miró y tuvo que hacer un esfuerzo por no reírse.
—He prometido no seguir hablando de carcasas de tejones. Pero ahora estamos hablando de la carcasa de un pájaro.
Ella frunció el ceño, aunque seguía estando preciosa, claro.
—Habla en tono didáctico.
—Sí, por supuesto. —Sonrió—. ¿Y qué va a hacer al respecto? —De reojo, vio que Sophia y
Phoebe intercambiaban una mirada de complicidad, pero las ignoró.
La señora Halifax levantó la nariz hacia el aire.
—Sólo digo que quizá debería ser más educado con la mujer que vigila que le hagan la cama cada día. Él arqueó las cejas.
—¿Me está amenazando con llenarme la cama de sapos, señora?
—Quizá —respondió ella, vergonzosa, aunque su rostro reflejaba una sonrisa.
La mirada de Jasper descendió hasta su boca, carnosa y húmeda, y notó cómo se le endurecía el miembro. Bajó la voz para que nadie más los oyera.
—Prestaría más atención a la amenaza si el peligro fuera que colocara otra cosa en mi cama.
—No lo haga —susurró ella.
—¿El qué?
—Ya lo sabe. —Esos ojos azules miraron fijamente a su ojo, muy abiertos y vulnerables—. No se burle de mí.
Aquellas palabras susurradas deberían haberlo avergonzado, pero como el adolescente más inexperto, sólo consiguieron aumentar su interés. «Cuidado —susurró una voz en su interior—. No dejes que te seduzca y te haga creer que puedes darle lo que quiere.» Debería escuchar a esa voz.
Debería hacerle caso y alejarse de la señora Halifax antes de que fuera demasiado tarde. Sin embargo, se inclinó hacia delante, seducido a pesar de sí mismo.
Esa misma noche, la señorita Withlock levantó la taza de té, miró fijamente a Alice y preguntó:
—¿Cuánto tiempo hace que mi hermano la contrató como ama de llaves?
Alice tragó el sorbo de té que acababa de tomarse y respondió con cautela:
—Sólo hace unos días.
—Ah. —La señorita Withlock se reclinó en el sofá y removió el té con brío.
Alice bajó la mirada hasta su taza, un poco desconcertada. Costaba saber si aquel «Ah» había sido positivo, negativo o cualquier otra cosa. Después de cenar, se habían trasladado al salón, que ya estaba limpio; bueno, al menos más limpio que antes. Las doncellas se habían empleado a fondo toda la tarde, e incluso tenían un fuego encendido en la vieja chimenea. Las cabezas de animales seguían observándolos con sus horribles ojos vidriosos, pero ya no les colgaban telarañas de las orejas. Era toda una mejora.
Peter y Charlotte sólo habían entrado al salón para dar las buenas noches. Cuando Alice volvió después de acostarlos, sir Jasper y la señorita McDonald estaban charlando en el otro extremo de la sala. La señorita Withlock estaba esperando junto a la puerta. Si Alice fuera desconfiada, diría que la estaba esperando.
Se aclaró la garganta.
—Sir Jasper dijo que hacía bastante tiempo que no se veían.
La señorita Withlock hizo una mueca por encima de la taza de té.
—Se esconde aquí como si fuera un leproso.
—Quizá se siente cohibido —murmuró Alice.
Desvió la mirada hacia donde sir Jasper y la señorita McDonald estaban charlando. En lugar de té, él estaba tomando brandy en un vaso de cristal. Tenía la cabeza inclinada hacia la señora, para escuchar atentamente lo que le estaba diciendo. El pelo recogido dejaba al descubierto las cicatrices, pero también civilizaba su rostro. Mientas observaba su perfil se dio cuenta de que, sin las cicatrices, era un hombre muy atractivo. ¿Estaría acostumbrado a las atenciones femeninas antes de que le destrozaran la cara? Aquella idea la desconcertó y apartó la mirada.
Aunque entonces descubrió que la señorita Withlock la estaba observando con una expresión inescrutable.
—Es algo más que cohibición.
—¿A qué se refiere? —Alice frunció el ceño mientras miraba su té, pensativa—. La primera vez que Charlotte lo vio, gritó.
La señorita Withlock asintió una vez, con rotundidad.
—Exacto. Los niños que no lo conocen, le tienen miedo. Incluso algunos hombres adultos lo han llegado a mirar con bastante desconfianza.
—No le gusta incomodar a los demás —Alice miró a la señorita Withlock a los ojos, y vio un brillo de aprobación.
—¿Se lo imagina? —se preguntó en voz alta la señorita Withlock—. ¿Tener un rostro que la convirtiera en el centro de atención allá donde fuera? ¿Que la gente se parara, la mirara y se asustara? No puede ser él mismo, no puede perderse entre el gentío. Vaya donde vaya, siempre le recuerdan su aspecto. Nunca tiene un momento de descanso.
—Sería horrible. —Alice se mordió el labio y notó que la invadía una oleada de indeseada
compasión que amenazaba con ahogar a su sentido común—. Y sobre todo para él. Es hosco por fuera, pero por dentro, creo que es más sensible de lo que permite ver.
—Ahora empieza a entenderlo. —La señorita Withlock se reclinó en su asiento y miró a su
hermano con melancolía—. En realidad, estaba mejor cuando regresó de las Colonias. Sí, las heridas eran más frescas, más llamativas, pero creo que todavía no era consciente de la realidad. Pasaron uno o dos años hasta que se dio cuenta de que su vida sería así para siempre. Que ya nunca más sería un hombre anónimo, sino un bicho raro.
Alice emitió un sonido de disconformidad ante aquella descripción.
La señorita Withlock la miró directamente.
—Es verdad. No le hace ningún bien restarle importancia, fingir que las cicatrices no existen o que es un hombre normal. Es lo que es. —Se inclinó hacia delante, con la mirada tan intensa que Alice quería apartar los ojos—. Y lo quiero por eso. ¿Me oye? Cuando se fue a las Colonias era un buen hombre. Cuando regresó era un hombre extraordinario. Muchos creen que el valor es un simple gesto de coraje en el campo de batalla, sin pensar en las consecuencias. Un gesto que dura un segundo, un minuto o dos como máximo. Lo que mi hermano ha hecho, lo que está haciendo, es vivir con esa carga durante años. Sabe que la llevará encima el resto de su vida. Y sigue adelante. —Se reclinó, aunque no apartó la mirada de Alice—. Para mí, ese es el auténtico valor.
Alice apartó la mirada de la otra mujer y se quedó mirando su taza de té, con la mano
temblorosa. Antes, en la cocina, no había entendido del todo la carga que llevaba sir Jasper en los hombros. Para ser sincera, le había parecido un poco cobarde por esconderse en su sucio castillo.
Pero ahora... Vivir como un paria de la sociedad durante años y comprender aquella maldición, y que, seguro que un hombre tan inteligente como sir Jasper comprendía, requería auténtica fuerza.
Auténtico valor. Nunca se había parado a pensar en lo que tenía que soportar sir Jasper, lo que tendría que soportar durante el resto de su vida natural.
Levantó la mirada. Seguía hablando con la señorita McDonald y estaba de perfil. Desde ese ángulo, las cicatrices quedaban ocultas. Tenía la nariz recta y larga, la barbilla firme y un poco pronunciada. Las mejillas eran delgadas y tenía muchas pestañas. Parecía un hombre apuesto e inteligente. Quizás un poco cansado a esas horas de la noche.
Debió de percibir su mirada, porque se volvió y le enseñó todas las cicatrices, gruesas, rojas y horribles. El parche ocultaba la cuenca del ojo vacía, pero debajo, la mejilla colgaba ligeramente.
Alice le miró la cara, lo miró a él, y vio al hombre apuesto e inteligente, y al recluso deformado y burlón. Notaba que le faltaba aire, y le costaba respirar, pero siguió mirándolo, obligándose a verlo en su plenitud. Ver a sir Jasper entero. Lo que veía debía de darle asco, pero en lugar de eso, sintió una atracción tan intensa que estuvo a punto de levantarse y abalanzarse sobre él.
Él levantó el vaso de brandy muy despacio y la saludó antes de beber, sin dejar de mirarla por encima del borde.
Sólo entonces, Alice pudo apartar la mirada e intentar llenar los pulmones de aire. En esos
escasos segundos en que sus miradas se habían encontrado, había pasado algo. Era como si Alice le hubiera visto el alma.
Y quizás él había visto la suya.
