Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M

Disculpen la demora en la publicación, estoy de vacaciones y me ha costado encontrar tiempo entre todas las actividades que estoy haciendo, sin embargo, me esforzaré por darle continuidad a esta historia. (ya el Lunes volverá a la normalidad porque vuelvo a trabajar :/ )

Además quiero agradecer sus follows, favorites, reviews y demás y comentar que como he dicho desde el principio estas historias NO son mías son de Elizabeth Hoyt y cuando las leí pensé que deberían conocerse mucho porque me encantaron y me he dado cuenta que a ustedes también les ha gustado y quiero darle el mérito que se merece la autora

Capítulo 8 Nos vamos de Pesca

Al día siguiente, El Sincero reflexionó sobre lo que había visto y, mientras las

sombras se alargaban en el jardín, fue hasta la jaula de las golondrinas y abrió la

puerta. Los pájaros salieron de inmediato e inundaron el cielo nocturno. Cuando el

apuesto joven entró en el jardín, gritó furioso. Sacó una bolsa de seda y un pequeño

gancho dorado de entre los pliegues de la ropa y fue tras ellas, alejándose del castillo

mientras las perseguía.

De El Sincero

A la mañana siguiente, Jasper se despertó antes del amanecer, como de costumbre. Atizó el fuego, encendió una vela, se lavó con el agua congelada del barreño del tocador y se vistió muy deprisa. Sin embargo, cuando salió al pasillo, se detuvo indeciso. Cuando Lady Grey estaba viva, iban a dar paseos juntos a esa hora, pero ahora ella no estaba y el cachorro, que todavía no tenía nombre, era demasiado pequeño para pasear.

Se dirigió, vagamente irritable y triste, hasta la ventana del final del pasillo. La señora Halifax había pasado por allí. La ventana estaba sospechosamente limpia por la parte de dentro, aunque por fuera todavía estaba medio cubierta por la hiedra. Una brumosa luz anaranjada empezaba a iluminar las colinas. Sería un día soleado. Un día perfecto para pasear se dijo, malhumorado. Un día para...

La alocada idea cristalizó y se dirigió hacia las escaleras. En el piso inferior, no se veía luz debajo de la puerta de la habitación de su hermana y la señorita McDonald. Hacía años que no se adelantaba a su hermana. Llamó a la puerta.

—¿Qué? —gritó ella, desde dentro. Como él, se despertaba enseguida, alerta.

—Hora de levantarse, dormilona —dijo él.

—¿Jasper? ¿Has perdido la poca cabeza que pueda quedarte? —Se levantó, caminó hasta la puerta y la abrió. Llevaba un voluminoso camisón y el pelo canoso recogido en dos trenzas.

Él sonrió cuando vio su expresión furiosa.

—Es verano, hace un día precioso y los peces se están despertando.

Ella abrió los ojos y luego, cuando comprendió lo que le estaba diciendo, los entrecerró.

—Dame media hora.

—Veinte minutos —respondió él, por encima del hombro. Ya se dirigía hacia la habitación de la señora Halifax, al girar la esquina.

—¡Hecho! —gritó Sophia, y cerró la puerta.

El espacio de debajo de la puerta de la señora Halifax también estaba oscuro, pero eso no lo frenó y llamó con fuerza. Oyó un gemido y un golpe. Y luego, silencio. Volvió a llamar.

Oyó unos pies descalzos que cruzaban la habitación y la puerta se abrió. La pequeña carita

pálida de Charlotte asomó por detrás.

Jasper la miró.

—¿Eres la única que está despierta?

Ella asintió.

—Mamá y Peter tardan mucho en despertarse.

—Entonces, tendrás que ayudarme.

Jasper abrió la puerta con cuidado y entró en la habitación. Era una habitación grande, que en su día se utilizó de almacén, y había olvidado la enorme y horrible cama que había.

Peter y la señora Halifax seguían durmiendo y, en una esquina, donde había estado Charlotte, la colcha estaba doblada. El cachorro estaba hecho un ovillo encima de la sabana, pero, en cuanto vio a Jasper, se despertó y se desperezó, sacando la lengua rosada.

Jasper se acercó al cabezal de la cama y se preparó para sacudir y despertar a la señora Halifax, pero se detuvo. A diferencia de su hermana, el ama de llaves dormía con el pelo suelto. Flotaba como una masa de delicada seda oscura encima de las almohadas. Tenía las mejillas sonrosadas y los labios rojizos separados mientras respiraba plácidamente. Por un momento, se quedó fascinado por su vulnerabilidad y su propia verga endurecida.

—¿Va a despertarla? —preguntó Charlotte desde detrás de él. ¡Dios santo! Era un libidinoso por tener esos pensamientos delante de una niña pequeña. Jasper parpadeó y se inclinó para agarrar el hombro del ama de llaves, que estaba suave y cálido bajo su mano.

—Señora Halifax.

—Mmm —suspiró ella, y apartó el hombro.

—¡Mamá! —gritó Charlotte.

—¿Qué? —La señora Halifax parpadeó y lo miró, desorientada, con esos ojos azules—. ¿Qué pasa?

—Tienes que levantarte —dijo Charlotte, a grito pelado, como si estuviera hablando con una persona sorda—. Vamos a... —Se volvió y miró a sir Jasper—. ¿Por qué nos hemos levantado tan temprano?

—Porque vamos a pescar.

—¡Bien! —exclamó Peter, que se incorporó en la cama al otro lado de su madre. O no le

costaba tanto despertarse como decía su hermana o la mención de ir a pescar lo había resucitado.

La señora Halifax gimoteó y se apartó un mechón de pelo de la frente.

—Pero, ¿por qué tenemos que despertarnos tan temprano?

—Porque a esta hora es cuando los peces se despiertan —le susurró Jasper al oído.

Ella gruñó, pero Peter ya estaba de rodillas en la cama, sacudiéndola y cantando:

—¡Levántate, levántate, levántate!

—De acuerdo —dijo su madre—, pero sir Jasper tendrá que dejarnos solos para que podamos vestirnos. —Cuando fue consciente de la poca ropa que llevaba, se sonrojó.

Por un momento, la mirada de Jasper la desafió. Parecía que, debajo de la colcha y de las

sábanas, llevaba un fino camisón, y estuvo a punto de quedarse hasta que ella no tuviera otra opción que levantarse. Ver los senos libres y balanceándose debajo de la delicada tela y verle el pelo suelto encima de los hombros.

Una locura. Una auténtica locura.

Sin embargo, decidió inclinar la cabeza sin dejar de mirarla.

—Veinte minutos. —Se llevó al cachorro y salió de la habitación antes de que se le ocurriera otra locura.

El cachorro se quedó tranquilamente en sus brazos mientras Jasper bajaba las escaleras y

entraba en la cocina. Sorprendió a la señora McCleod atizando el fuego de la mañana. Cuando entró, una de las doncellas estaba sentada en la mesa, bostezando. Cuando lo vio, chilló.

La señora McCleod irguió la espalda.

—¿Señor?

—¿Puede prepararnos un poco de pan, mantequilla y queso para llevar? —Miró a su

alrededor—. Y quizá también algo de fruta y carne fría. Nos vamos de pesca.

La señora McCleod asintió muy despacio, con la cara redonda y enrojecida absolutamente

impasible ante sus repentinas demandas.

—Por supuesto.

—Y un buen desayuno para cuando volvamos. —Jasper frunció el ceño—. ¿Ha visto a Wiggins?

La doncella soltó una risotada.

—Ése seguro que todavía está durmiendo. —Se sonrojó e irguió la espalda cuando Jasper la miró—. Lo... Lo siento, señor.

Jasper agitó la mano que tenía libre para restarle importancia a la disculpa.

—Cuando lo veas, dile que tiene que limpiar el establo.

Mientras salía al sol matutino, pensó que Wiggins era un vago. Y no se había dado cuenta de lo mucho que lo era hasta que aparecieron los demás criados. Dejó al cachorro encima de un trozo de hierba lleno de rocío. Siempre había sabido que Wiggins era un trabajador horrendo; sin embargo, nunca le había importado hasta ahora.

Jasper frunció el ceño cuando vio que el perro bostezaba y olía la brisa de la mañana. Wiggins era un problema con el que tendría que enfrentarse dentro de poco, aunque gracias a Dios, no esa mañana.

—Venga, chico, haz tus necesidades —le murmuró al perro—. Es mejor que aprendas a hacerlo aquí fuera desde pequeño. Sólo Dios sabe lo que te haría la señora Halifax si te cagas en el castillo.

Como si lo hubiera entendido, el perro dobló las cuatro patas en la hierba.

Y Jasper echó la cabeza hacia atrás y se rió.

Alice se detuvo cuando salieron de la cocina del castillo y, por un momento, Charlotte no supo por qué. Luego, se colocó al lado de ella y lo entendió. Sir Jasper estaba bajo el sol, con el cachorro a sus pies, las manos en las caderas y riéndose. Una risa fuerte, profunda y masculina como Charlotte no había oído nunca. No había visto al duque casi nunca, pero no lo recordaba riendo de aquella manera. Dudaba que el duque pudiera reírse así. Era demasiado estirado. Seguro que, si lo intentaba, se rompería algo.

La risa de sir Jasper era extraña y maravillosa, y lo mejor que había oído nunca. Charlotte levantó la mirada hacia su madre y se preguntó si ella pensaría igual. Seguro que sí, porque tenía los ojos muy abiertos y una sonrisa de total sorpresa dibujada en los labios.

Peter salió de detrás de ella y se fue corriendo hasta donde estaban sir Jasper y el cachorro.

—Todavía estoy soñando —dijo una voz.

Charlotte se asustó y se volvió.

La señorita Withlock estaba en la puerta de la cocina, con los ojos ensombrecidos detrás de aquellas curiosas gafas.

—Hacía años que no lo oía reírse.

—¿De veras? —preguntó Alice. Estaba mirando a la señorita Withlock como si le hubiera

preguntado otra cosa. Algo más importante.

La señorita Withlock asintió. Alzó la voz para hablar con su hermano.

—¿Dónde tienes los utensilios de pesca, hermano? Imagino que no esperarás que pesquemos truchas con las manos, ¿verdad?

—Ah, ya estás aquí, Sophia. Había empezado a pensar que habías decidido quedarte en la

cama.

La señorita Withlock se rió de una forma no demasiado femenina.

—¿Con el escándalo que has formado esta mañana? Lo dudo.

—¿Y la señorita McDonald?

—Ya sabes que a Phoebe le gusta dormir hasta tarde.

Sir Jasper sonrió.

—Las cañas están en el establo. Puedo ir a buscarlas con los niños. Le he pedido a la señora McCleod que nos preparara una cesta con comida. Quizá podríais ir las dos a ver si está lista.

Había dado media vuelta dirigiéndose a los establos, así que Charlotte corrió hacia él.

Peter levantó al perro en brazos.

—Nunca he ido a pescar.

Sir Jasper lo miró.

—¿Ah, no?

Peter meneó la cabeza.

—Pero si es el deporte de los caballeros elegantes en todas partes. ¿Sabes que hasta el propio rey Jorge pesca?

—No. —Peter tenía que correr para seguir el paso de sir Jasper.

Sir Jasper asintió.

—Me lo dijo él mismo cuando tomé té con él.

—¿Y los duques también pescan? —preguntó Peter.

—¿Los duques? —sir Jasper lo miró curiosidad. A Charlotte se le paró el corazón. Pero, entonces, sir Jasper dijo—: Los duques también pescan, no tengo ninguna duda. Es una suerte que esté aquí para enseñarte. Y a tu hermana también.

Charlotte notó cómo se le hinchaba el pecho y una sonrisa pareció apoderarse de su cara; no podría haberla detenido, aunque hubiera querido.

Entraron en el oscuro establo y se dirigieron hacia una puerta que había en una esquina. Sir Jasper la abrió y empezó a rebuscar dentro.

—Aquí están —gruñó, y sacó una caña de pescar más alta que él. La apoyó en la pared y volvió a meterse en la diminuta habitación—. Creo que... Sí, con éstas bastará. —Sacó cuatro cañas más.

Salió de la habitación y sostuvo una vieja cesta con asa y bisagras de cuero.

—¿Puedes llevarla, Charlotte?

—Sí —respondió ella, decidida, a pesar de que la cesta pesaba más de lo que parecía. Agarró el asa con ambas manos y se la pegó al pecho.

Sir Jasper asintió.

—Buena chica. Y ésta para Peter. —Le dio una cesta más pequeña al chico—. Pues ya está.

Él se puso las cañas encima del hombro y regresaron hasta el castillo, donde mamá y la señorita Withlock los estaban esperando.

—Mamá, ¿sabías que al rey Jorge le gusta la pesca? —preguntó Peter. Llevaba al cachorro

agarrado bajo un brazo y la cesta en la otra mano.

—¿De veras? —Mamá miró con suspicacia a sir Jasper.

—Sí. —Sir Jasper tomó a mamá del brazo con la mano que le quedaba libre—. Cada día, y los lunes dos veces.

—Hmmm —dijo mamá. Pero parecía feliz. Feliz por primera vez desde que se habían marchado de Londres, pensó Charlotte mientras avanzaba por el campo verde.

Media hora después, Alice se dijo que pescar era una actividad que implicaba muchos ratos de espera. Se anudaba un anzuelo al hilo, se camuflaba entre plumas y se lanzaba al agua, con la esperanza de engañar a algún pez y que lo mordiera. Uno no diría que los peces fueran tan tontos como para confundir un anzuelo y unas plumas con una mosca pero, por lo visto, sí que lo eran. O quizá sólo eran muy cortos de vista.

—Piense en la muñeca —dijo sir Jasper—. Agítela como la cola de un pez.

Alice arqueó una ceja y lo miró por encima del hombro. Estaba un poco más arriba en la

orilla, observándola con ojo crítico y, por lo visto, las correcciones se las decía muy en serio. Ella suspiró, volvió la cara y se concentró en su muñeca mientras daba un latigazo con la caña. El final del hilo voló por los aires, se enredó y se enganchó en la rama de un árbol.

—Maldición —dijo, entre dientes.

Charlotte, que había conseguido lanzar el anzuelo al agua tres veces, se rió. La señorita Withlock, muy educada, no dijo nada, aunque a Alice le pareció ver que ponía los ojos en blanco. Y Peter, que había perdido el interés por aprender a lanzar el hilo y estaba cazando libélulas con el perro, ni siquiera lo vio.

—Deme. —De repente, sir Jasper estaba a su lado, con los largos brazos encima de su cabeza.

Alice notaba su respiración cálida en la mejilla mientras soltaba el hilo. Se quedó muy quieta.

Por dentro, estaba temblando, pero él no parecía alterado por estar tan cerca de ella.

—Ya está —dijo, cuando el anzuelo se soltó. Se quedó tras ella y la rodeó con los brazos para enseñarle a agarrar la caña. Mientras le colocaba las manos como a él le gustaba la rozó, y la caricia fue devastadora.

«Concéntrate en lo que estás haciendo», se riñó Alice, e intentó fingir que prestaba atención.

Enseguida se había dado cuenta de que, aunque no le importaba esperar en la orilla del río un buen rato, nunca sería una gran pescadora.

En cambio, Charlotte era otra historia. Había escuchado las instrucciones de sir Jasper con la seriedad de un alumno que aprende un arte antiguo y místico. Y cuando había lanzado el anzuelo al medio del río por primera vez, la cara pálida se le llenó de alegría y orgullo. Aunque sólo fuera por eso, había valido la pena levantarse antes del alba y caminar por la hierba mojada.

—¿Lo entiende ahora? —le preguntó sir Jasper al oído, con la voz áspera.

—Eh... Sí. —Alice se aclaró la garganta.

Él volvió ligeramente la cabeza y su ojo se encontró con el de Alice a escasos centímetros.

—Si quiere, puedo seguir enseñándole cómo se agarra la caña. Ella se sonrojó, aunque se lo había dicho en voz baja y nadie lo había oído.

—Creo que ya sé bastante bien cómo se hace.

—¿Sí? —Arqueó una ceja y el ojo le sonrió, diabólico.

Ella deslizó la mano hacia arriba y sonrió con dulzura.

—Aprendo deprisa, señor.

—Sí, pero estoy seguro de que quiere convertirse en una experta. Y creo que para eso hay que practicar. —Se inclinó sobre ella y, por un segundo de locura, Alice creyó que iba a besarla, allí al aire libre, delante de los niños y de su hermana.

—¡Jasper! —exclamó la señorita Withlock.

Alice se volvió, víctima de la culpa, pero Jasper sólo dijo:

—Después.

—¡Jasper, he pescado uno!

Al final, se volvió ante aquellas noticias y se dirigió, a paso lento, hasta donde su hermana se estaba peleando con el hilo. Peter también se dejó arrastrar por la emoción y, durante unos minutos, nadie prestó atención a Alice mientras recuperaba el control sobre su respiración.

Cuando se volvió, sir Jasper se estaba mofando de su hermana sobre el tamaño del pez que había pescado. No se fijó en que el anzuelo de Alice se había hundido hasta la parte más honda del río, donde seguramente no habría demasiados peces. El cielo azul ya estaba iluminado y unas nubes blancas lo adornaban. El río bajaba con fuerza y, a través del agua clara, se veían las rocas del fondo. Las orillas eran verdes, llenas de hierba fresca y, a este lado, había un bosquecillo donde descansaba Lady Grey. El río de sir Jasper era precioso, un lugar mágico donde parecía que las preocupaciones ordinarias no cabían.

Sir Jasper gritó y del agua salió un pez plateado, colgado del hilo de la caña. Peter se acercó corriendo para verlo. Charlotte estaba dando saltos de alegría y la señorita Withlock gritó y ayudó a su hermano a atrapar el hilo. En medio de aquella emoción, a Alice se le cayó la caña al agua.

—Oh, mamá —dijo Charlotte, con tristeza, después de guardar el pez en una vieja cesta—. Has perdido la caña.

—No se preocupe —respondió sir Jasper—. Seguramente, estará en la orilla, detrás del

bosquecillo. Hay una especie de remolino. Sophia, vigila a los niños, por favor. La señora Halifax y yo iremos a buscar la caña.

La señorita Withlock asintió, con la mirada absolutamente concentrada en su hilo, mientras Jasper tomaba a la señora Halifax del brazo para ayudarla a subir la orilla. Incluso aquella pequeña caricia, que la agarrara por el brazo, la dejaba sin aliento. «No seas tonta —se riñó—. Sólo es educado.» Sin embargo, no la soltó cuando llegaron a lo alto de la orilla, y Alice empezó a sospechar. Jasper la guió por la hierba, sin decir nada. Quizás estaba enfadado por haber tenido que dejar su caña para ir a buscar la de Alice. Era una estúpida, se dijo de mal humor, por perder así su caña de pescar.

Llegaron al bosquecillo y giraron hacia la orilla del río, donde quedaban fuera de la vista de los niños y de la señorita Withlock.

—Lo siento —empezó a decir Alice.

Pero, sin decir nada, sin ningún tipo de aviso, Jasper la pegó a su pecho y le dio un beso en los labios. Ella se estremeció de forma involuntaria. No se había dado cuenta de lo mucho que había estado esperando ese momento, imaginando de forma inconsciente cuándo Jasper daría el siguiente paso. Tenía los senos pegados contra su pecho y sus manos la tenían agarrada con fuerza mientras movía la boca con una determinación firme. Era encantador.

Tan encantador.

Alice echó la cabeza hacia atrás y se derritió contra él como el flan caliente encima de la tarta de manzana. Llevaba una falda sencilla, sin tontillo, y si se acercaba a él quizá, sólo quizá, notaría su miembro. Hacía mucho tiempo que nadie la deseaba. Mucho tiempo que no sentía la llama del deseo.

Jasper separó los labios y su lengua pidió paso. Ella abrió la boca encantada. Sentirse así de deseada era embriagador. La reclamaba como un conquistador, y ella lo recibió con los brazos abiertos. Jasper deslizó la mano, le acarició el estómago cubierto de encaje y ascendió hasta los pechos, que estaban cubiertos únicamente por la delicada tela del vestido. Ella esperó, sin aliento, ajena incluso a la cálida lengua que tenía en la boca, a que aquella mano se moviera. Y él no la decepcionó. Metió los dedos por debajo del vaporoso pañuelo que le cubría el escote y acarició, provocó, buscó y excitó. Alice tenía los pezones endurecidos hasta un extremo doloroso y deseaba con todas sus fuerzas poder apartarse la ropa y permitir que esas manos le cubrieran los pechos.

Debió de hacer algún sonido, porque él separó la boca y habló tan bajo que Alice tuvo que

hacer un enorme esfuerzo para oírlo.

—Shhh. No pueden vernos, pero sí oírnos.

Él se miró la mano, escondida debajo del pañuelo. Y Alice no pudo evitarlo: arqueó la espalda bajo su mirada. Él le lanzó una provocativa mirada. Luego, cerró el ojo y bajó la cabeza hasta su escote. Ella notó la lengua, húmeda y caliente, en los límites del vestido.

Santo Dios.

Desde la otra orilla, Peter gritó:

—¡Mamá, ven a ver este bicho!

Alice parpadeó.

—Un momento, cariño.

—No puedo saciarme de ti —murmuró sir Jasper. Alice percibió una oleada de deseo.

—¡Mamá!

Jasper irguió la espalda y le arregló el pañuelo con unas manos seguras y firmes.

—Quédate aquí.

Bajó la orilla y con pericia atrapó la caña de pescar que, efectivamente, estaba dando vueltas por el efecto del remolino. Jasper volvió a subir la orilla y la tomó del codo.

—Vamos.

Y, mientras volvían con Peter y los demás, Alice se preguntó si Jasper no sentía la misma ansia que ella cuando se besaban.

«Una locura. Una auténtica locura», se dijo Jasper mientras volvía a agarrar su caña de pescar.

La señora Halifax estaba lanzando su anzuelo al río de forma totalmente incorrecta un poco más abajo, pero él no se atrevía a acercarse y ayudarla; no confiaba en sí mismo. ¿En qué estaba pensando al besar a su ama de llaves? ¿Qué debía de pensar de él, de un hombre corpulento y feo, que se había abalanzado sobre ella de aquella forma? Seguro que estaba horrorizada y afligida.

Aunque no le había parecido demasiado horrorizada o afligida cuando había abierto la boca para dejar entrar su lengua y había pegado su cuerpo contra él. El recuerdo de ese momento lo volvió a excitar por completo y a punto estuvo de soltar la caña al río. En ese momento, se cruzó con la sospechosa mirada de Sophia. Sólo Dios sabía qué diría si se le caía la caña. Seguro que algún comentario mordaz.

Se aclaró la garganta.

—Creo que la señora McCleod nos ha preparado un poco de pan y unas cuantas cosas más.

Aquellas palabras llamaron la atención de Peter. Acudió corriendo con el cachorro y la señora Halifax dejó su caña en el suelo casi de inmediato.

—¡Fantástico! Hay jamón, pan y fruta. Ah, y un pastel de carne y unos bollos. —Lo miró—. ¿Qué le apetece?

—Un poco de todo —respondió Jasper. La miró por el rabillo del ojo. Le estaba sonriendo a su hijo y charlaba mientras servía platos de comida y, de vez en cuando, si creía que Jasper no la veía, lo miraba de reojo.

¿Qué tenía esa mujer? Sí, era guapa, menudita, con las curvas en los lugares correctos, un rostro hermoso con unos ojos azules hermosos y una cabellera oscura como la seda, pero normalmente, para él eso sería un elemento disuasorio. Las mujeres guapas lo hacían ser más consciente de su propio aspecto repulsivo. Pero ella era distinta. No sólo parecía haberse recuperado de la sorpresa inicial ante su apariencia, sino que, además hacía que él se olvidara de su aspecto. Con ella, simplemente era un hombre flirteando con una mujer hasta extremos peligrosos.

La sensación era embriagadora.

Charlotte emitió un sonido de frustración y Jasper se acercó hasta donde la niña estaba

intentando desenredar el hilo.

—Espera, déjame ayudarte.

—Gracias —respondió ella. Jasper miró aquella cara solemne.

—Puedes ir a buscar un poco de comida, si quieres. Sin embargo, ella meneó la cabeza.

—Esto me gusta. Me gusta pescar.

—Parece que tienes aptitudes.

Ella lo miró con recelo.

—¿Aptitudes?

Él sonrió.

—Que se te da bien.

—¿De veras?

—Sí.

Charlotte se aferró a la caña.

—Nunca se me ha dado bien nada.

Ahora fue el turno de Jasper de mirarla con recelo. Quizá debería responderle con algún

tópico, alejar sus dudas, pero no encontró las fuerzas para aligerar su pesar.

Ella miró a su madre por encima del hombro.

—Decepciono a mamá. No soy... No soy tan buena como las demás niñas.

Jasper frunció el ceño. Charlotte era extraordinariamente solemne para una niña de su edad, pero sabía que la señora Halifax quería a su hija.

—Creo que eres suficientemente buena.

Charlotte arrugó las cejas y Jasper sabía que no había dicho lo más adecuado. Abrió la boca para volver a intentarlo, pero en ese momento lo llamaron.

—Su comida, sir Jasper —dijo Peter.

La señora Halifax le ofreció un plato, aunque esquivó su mirada. Jasper estuvo a punto de

gruñir. Su intento por ser discreta llamaba más la atención que si hubieran flirteado abiertamente.

Levantó la mirada por encima de su cabeza mientras se dirigía hacia donde ella estaba sentada y se encontró con la mirada curiosa de Sophia, que tenía las cejas arqueadas.

Jasper aceptó el plato y lanzó una severa mirada a Sophia mientras murmuraba a la señora Halifax:

—Gracias. No pretendía que dejara de pescar para servirnos a todos.

—No es ninguna molestia. Además, creo que este pasatiempo tampoco se me da bastante bien.

—Ah, pero la perfección se consigue con la práctica —respondió él, arrastrando las palabras.

Ella levantó la cabeza y entrecerró los ojos, con recelo.

Jasper notó que dibujaba una mueca. Si no estuvieran rodeados de tanta gente podrían...

—¡Oh! ¡El hilo! —gritó Charlotte.

Jasper se volvió y vio que tenía la caña prácticamente en posición horizontal, con el hilo tenso y que desaparecía debajo del agua.

—¡Sujétalo, Charlotte!

—¿Qué hago? —Tenía los ojos abiertos como platos y la cara pálida.

—Sujétalo fuerte y no tires.

Jasper ya estaba a su lado. Charlotte tenía los dos pies plantados en la orilla y estaba echando el cuerpo hacia atrás con todas sus fuerzas para no soltar la caña.

—Firme —murmuró Jasper. El hilo estaba dibujando círculos en el agua—. Se está cansando. Tú eres más grande, más fuerte y más lista que el pez. Sólo tienes que esperarlo.

—¿No debería ayudarla? —preguntó la señora Halifax.

—Lo ha pescado ella —respondió la señorita Withlock con rotundidad—. Podrá sacarlo del agua, no tema.

La cara de Charlotte demostraba su absoluta concentración. El hilo empezaba a moverse más despacio.

—No lo sueltes —dijo Jasper—. A veces, un pez es un poco más listo que el resto de su familia y finge estar cansado para poder arrancarte la caña de las manos.

—No la soltaré —declaró la niña.

Pronto, el movimiento desapareció. Jasper alargó la mano y levantó el hilo, sacando del agua un resplandeciente pez.

—¡Oh! —suspiró Charlotte.

Jasper sostuvo el pez, que daba los últimos coletazos en el aire. No era el más grande que

había visto en su vida, pero tampoco el más pequeño.

—Una buena trucha, ¿no crees, Sophia?

Sophia analizó la presa con detenimiento.

—Admito que es la más bonita que he visto en mucho tiempo.

Charlotte sonrió ligeramente y Jasper se dio cuenta de que se estaba sonrojando. Fingió no darse cuenta, se arrodilló y le enseñó cómo quitarle el anzuelo de la boca.

Ella lo observó atentamente y luego asintió cuando dejó su pez en la cesta junto a los demás.

—La próxima vez, lo haré yo.

Y una extraña emoción invadió el pecho de Jasper; tan extraña que tardó varios segundos en identificarla: orgullo. Orgullo de esa niña arisca y decidida.

—Por supuesto —dijo, y ella le sonrió.

Y, por encima de su cabeza, la madre le sonrió como si le hubiera regalado un collar de

esmeraldas.