Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M

Disculpen la demora en la publicación, estoy de vacaciones y me ha costado encontrar tiempo entre todas las actividades que estoy haciendo, sin embargo, me esforzaré por darle continuidad a esta historia. (ya el Lunes volverá a la normalidad porque vuelvo a trabajar :/ )

Además quiero agradecer sus follows, favorites, reviews y demás y comentar que como he dicho desde el principio estas historias NO son mías son de Elizabeth Hoyt y cuando las leí pensé que deberían conocerse mucho porque me encantaron y me he dado cuenta que a ustedes también les ha gustado y quiero darle el mérito que se merece la autora

Capítulo 9 El encuentro en la Torre más alta

El Sincero regresó a la jaula del monstruo y allí estaba la mujer.

Se acercó a los barrotes y preguntó:

¿Quién eres?

La mujer se puso de pie muy despacio y respondió:

Soy la princesa Compasión. Mi padre es el rey de una gran ciudad al este. Yo vivía

en salones de cristal, llevaba vestidos de hilo de oro y plata y veía cumplidos todos mis

deseos.

El Sincero frunció el ceño:

Y entonces, ¿por qué...

Shhh. —La mujer se inclinó hacia delante—. Viene tu señor. Ha atrapado a las

golondrinas y si te descubre hablando conmigo, se enfadará.

Así que a El Sincero no le quedó otra opción que entrar en el castillo, dejando a la

mujer enjaulada...

De El Sincero

Por la tarde, Alice estaba deseando poder hacer una siesta. Charlotte y Peter no parecían

cansados después de la aventura matutina.

De hecho, habían aceptado encantados acompañar a las señoritas Withlock y McDonald a una excursión para cazar tejones. Alice, en cambio, subía las escaleras de la torre bostezando.

No había visto a sir Jasper desde la mañana. Había estado encerrado en su despacho toda la mañana, y a ella se le había acabado la paciencia. ¿Qué había pretendido con aquellos besos?

¿Acaso sólo estaba jugando con ella? ¡O, ¡algo terrible!, ya había perdido el interés después de besarla dos veces? Todas esas preguntas la habían martirizado durante la mañana, hasta que decidió que necesitaba saber las respuestas.

Y por eso quizás ahora mismo le estaba subiendo una bandeja con té y galletas.

La puerta del despacho estaba medio abierta así que, en lugar de llamar, la empujó con el

hombro. Se abrió en silencio. Sir Jasper estaba sentado en su mesa, como de costumbre, ajeno a su presencia. Ella se quedó de pie, observando. Estaba dibujando algo, con la cabeza inclinada sobre el papel que tenía delante, pero lo que le llamó la atención no fue eso.

Dibujaba con la mano derecha, donde le faltaban dos dedos.

Sujetaba el lápiz con el pulgar y los dos dedos centrales, con la mano en forma de extraño

gancho. Sólo de mirarlo, la mano de Alice se estremeció de pena, pero él seguía haciendo

movimientos pequeños y precisos. Resultaba obvio que llevaba muchos años utilizando la mano de aquella forma. Alice reflexionó en lo que debía de ser regresar lisiado de las Colonias y tener que volver a aprender a dibujar. A escribir. ¿Se había sentido humillado al tener que practicar un dibujo que incluso un niño de colegio sabía hacer? ¿Se había sentido frustrado?

Pues claro que sí. Dibujó una pequeña sonrisa. Ahora ya sabía algo de sir Jasper. Seguro que había roto lápices, había arrugado papeles y se había enfurecido, pero al final, había sido tan terco que había conseguido reproducir los delicados dibujos que había contemplado en su libro. Seguro que lo había hecho, porque ahora tenía ante ella la prueba: un estudioso frente a su manuscrito.

Avanzó unos pasos, pero cuando lo hizo, él gritó y soltó el lápiz.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella. Jasper levantó la cabeza y la miró con el ceño fruncido.

—Nada, señora Halifax. Puede dejar el té en esa mesa.

Alice obedeció, aunque ignoró la orden de marcharse. Se acercó a él.

—¿Qué le ha pasado?

Él se estaba frotando la palma de la mano derecha con la mano izquierda y murmurando algo acerca de las mujeres que no hacían caso.

Ella suspiró y le tomó la mano derecha entre los dedos, con cuidado, sorprendiéndolo tanto que se calló de inmediato. El dedo índice era un muñón enrojecido de menos de un centímetro. El dedo pequeño estaba amputado a la altura del primer nudillo. Los demás dedos eran largos con los extremos ligeramente anchos y las uñas perfectas. Eran unos dedos preciosos en lo que un día seguro que fue una mano muy bonita. Notó una punzada de lástima en el estómago. ¿Cómo había acabado mutilado algo tan bonito?

Tragó el nudo que tenía en el cuello y, con voz ronca, dijo:

—No veo ninguna herida.

Él la miró fijamente, y ella abrió los ojos cuando se dio cuenta de su error.

—Me refiero a una herida reciente.

Él meneó la cabeza.

—Sólo ha sido un calambre.

Intentó soltar la mano, pero ella se la sujetó con fuerza.

—Le diré a la señora McCleod que caliente un bálsamo para que se lo ponga después. Dígame, exactamente, dónde tiene el calambre.

Ella le sujetó la mano entre las suyas y le masajeó la enorme palma con los pulgares, apretando con fuerza. Tenía la mano caliente y la piel suave. Tenía callosidades al final de los dedos, como si fuera a consecuencia de algún trabajo físico.

—No tiene por qué...

Ella levantó la cabeza, de repente muy enfadada.

—¿Por qué no? A usted le duele y puedo ayudarle. A mí me parece muy normal.

Jasper miró a Alice con cinismo.

—¿Por qué se preocupa?

¿Acaso creía que iba a echar a correr ante sus duras palabras? ¿Qué echaría a correr con la cara llena de lágrimas infantiles? Ya no era una niña; había dejado de serlo a los diecisiete años.

Se acercó a su cara sin soltarle la mano.

—¿Qué clase de mujer cree que soy? ¿Cree que permito que cualquier hombre me bese?

Él entrecerró los ojos.

—Creo que es una buena mujer. Una mujer amable.

La respuesta condescendiente la sacudió al borde de la violencia.

—¿Una buena mujer? ¿Porque le he besado? ¿Porque he dejado que me toque? ¿Está loco? Ninguna mujer es tan buena, y yo tampoco.

Él se quedó observándola.

—Entonces, ¿por qué lo ha hecho?

—Porque —le tomó la cara entre las manos, el lado izquierdo rugoso y lleno de cicatrices y el derecho liso y cálido—... Porque le aprecio. Y usted a mí también.

Y le dio un beso en los labios. Un beso firme. Suave. Transmitiendo con el gesto toda la espera y toda la soledad que había experimentado. Inició el beso con delicadeza, pero él echó la cabeza hacia atrás y abrió más la boca y, sin saber cómo, acabó sentada en su regazo.

Aunque no se quejó. Llevaba días esperando ese momento y la realidad la dejó con las

extremidades temblando. Había sido amante de un hombre, una mujer comprada, durante toda su vida adulta, pero esto era algo nuevo para ella. Era compartir y explorar.

Aquí, con ese hombre, era su igual y, en cierto modo, la idea de que era tan responsable como él, y estaba tan implicada como él, la excitó todavía más. De hecho le temblaron los dedos encima del tejido de lana del abrigo mientras él le exploraba la boca con la lengua.

Era dulce, oscuro, erótico. Incluso temía alcanzar el orgasmo simplemente por la caricia de sus labios.

Echó la cabeza hacia atrás, jadeando.

—Yo...

—No me detengas —murmuró él. Tenía las manos encima de los cordones del vestido, y los estaba aflojando—. Déjame verte. Déjame tocarte.

Ella asintió y lo miró. Detenerlo era lo último que tenía en mente. Él estaba concentrado, con el ojo puesto en la tarea de desabrocharle el vestido. Alice notó que empezaba a sonrojarse por el cuello.

Hacía años desde la última vez que James se había acostado con ella y ni siquiera entonces

recordaba esta intensidad, esa resolución. ¿Y si lo decepcionaba? ¿Y si no podía complacerlo?

Al fin, Jasper separó el canesú, lo apartó y lo dejó en la mesa, sin mirar, junto con el pañuelo del cuello. Nunca dejó de mirarle el escote. Empezó a desabrocharle el corsé.

Ella se aclaró la garganta.

—¿Puedo...?

—Déjame a mí. —La miró—. ¿Te importa?

Ella meneó la cabeza y se mordió el labio. Se quedó inmóvil mientras el corsé se iba aflojando.

Los dedos de Jasper le acariciaron la piel, pero no se detuvieron. Alice era consciente de cada respiración que hacía, de la respiración de Jasper y de su mirada implacable. Y, luego, el corsé desapareció y Jasper le bajó la camisola por los hombros hasta que estuvo desnuda de cintura para arriba.

Se la quedó mirando. Instintivamente, ella levantó la mano para cubrirse. Pero él la agarró por la muñeca y le apartó la mano.

—No —le susurró—. Déjame mirarte.

Alice cerró los ojos, porque no podía seguir soportando ver cómo la devoraba con la mirada.

—Eres preciosa —murmuró él—. Lo suficiente para volver loco a cualquier hombre.

Colocó el dedo índice de la mano izquierda encima del pulso acelerado del cuello y descendió hasta la curva del pecho. Ella esperó, casi sin respiración. Jasper movió el dedo hasta el pezón y lo rodeó, endureciéndolo. Ella tragó saliva.

—Quiero esto —dijo.

Alice abrió los ojos y descubrió que la estaba mirando fijamente, con la boca dibujando una sonrisa arrogante y plana. Subió la mirada para encontrarse con la de Alice.

—Lo quiero todo de ti.

Ella tenía la boca seca.

—Pues tómame.

Él alargó la mano y apartó las cosas que tenía encima de la mesa. Alice oyó cómo caían lápices y el golpe seco de un libro. Luego, la agarró por la cintura y la sentó en la mesa de madera.

—Quítate la falda. —Se levantó, se fue hasta la puerta del despacho y la cerró con llave.

Cuando regresó a su lado, ella todavía se estaba desatando las cintas del vestido. Le apartó las manos y se las siguió desatando él. Ella tuvo unas ganas irrefrenables de reírse a carcajadas, pero las contuvo. Se limitó a alargar las manos y quitarle la cinta que llevaba en el pelo. Los gruesos mechones rubios le cayeron sobre las mejillas, libres y despeinados, y ella los acarició con los dedos, disfrutando de aquella intimidad.

Jasper estaba tan concentrado en quitarle la poca ropa que le quedaba que no se fijó en su gesto. Un segundo después, le había quitado la falda. Alice se quedó con las medias y los zapatos y, de no ser que él se los quitó con un gesto tan serio, se habría sentido un poco estúpida. Se encontró desnuda y sentada en la mesa de madera, y él la estaba contemplando como si fuera una Afrodita de carne y hueso. Que la mirara así era embriagador. Embriagador y aterrador, porque no era ninguna Afrodita. Simplemente, era una mujer que ya había pasado de la treintena. Una mujer que sólo había conocido un amante en toda su vida.

—Jasper —susurró.

Él se quitó el abrigo.

—¿Qué?

Alice no sabía cómo explicarle su preocupación.

—No sé... Bueno, es que no tengo demasiada experiencia con... con...

Él arqueó la comisura de los labios. Estaba en mangas de camisa.

—Alice, pequeña, no te preocupes.

Y bajó la boca hasta un pecho y succionó con fuerza, con calidez, el tierno pezón. Ella arqueó la espalda, se aferró a su cabeza y lo mantuvo pegado a su pecho. Le acarició el pelo sedoso. Quizá tenía razón. Quizá no debería preocuparse. Quizá sólo debería sentir, mientras pudiera.

Jasper se trasladó al otro pecho, sujetándolo en la curvatura del dedo pulgar y el índice.

Acarició el pezón húmedo que acababa de dejar, provocándole destellos de placer. Ella separó las piernas e intentó acercarlo más, pero él se mantuvo en su sitio y no pensaba moverse hasta que estuviera listo.

Ella emitió un pequeño gemido de frustración.

Él levantó la cabeza, con las mejillas sonrojadas y el ojo con un brillo pícaro.

—¿Es esto lo que quieres?

La siguió mirando a los ojos mientras deslizaba la mano por debajo de la temblorosa tripa y la escondía entre los rizos de la entrepierna.

—¡Jasper! —exclamó ella—. No sé si...

—¿No? —Murmuró él, intensificando la mirada—. ¿No lo sabes, Alice?

Y mientras ella lo observaba, fascinada, avergonzada y muy excitada, él la tocó ahí abajo. Ella separó los labios en un gesto mudo de asombro. El pulgar de Jasper la estaba masajeando en círculos. Sus dedos la acariciaban con delicadeza, la abrían y la exploraban.

—Oh —gimió ella.

—Mírame —susurró él—. No me quites los ojos de encima.

La penetró con un dedo, muy despacio, y sonrió cuando ella abrió los ojos. Retiró el dedo y volvió a penetrarla, mientras el pulgar seguía dibujando círculos en el centro. Ella cerró los ojos.

Estaba ardiendo. Tenía miedo de que, si Jasper continuaba, acabaría emitiendo algún terrible sonido animal y, al mismo tiempo, no quería que se detuviera.

—Alice —canturreó él—. Hermosa Alice. Disfruta y cubre mis dedos con tu rocío.

Ella echó la cabeza hacia atrás, colgando de los hombros. Era como si estuviera en un sueño.

Era una libertina, una libertina preciosa y deseable, y él era un hombre que la estaba adorando.

Notó la cálida boca de Jasper en el cuello, besándola y lamiéndola, y todo empezó. Pequeños temblores que se convirtieron en una sacudida, una invasión de calor y placer; tanto placer que, por un momento, se perdió.

Cuando volvió a abrir los ojos, él la estaba mirando y sus dedos seguían acariciándola.

—¿Te ha gustado? —le preguntó con la voz más tierna que Alice había oído jamás.

Ella sólo pudo asentir mientras notaba el calor en las mejillas.

—Perfecto. —Jasper retiró la mano y se desabrochó los pantalones—. Pues a ver si podemos repetirlo, ¿te parece?

Alice sólo vio, de reojo, una mata de pelo púbico y un trozo de piel oscura, mucho más grande de lo que se había imaginado, y Jasper se colocó entre sus piernas. La besó. Con delicadeza. Con suavidad. Sin embargo, ella estaba concentrada en lo que estaba pasando ahí abajo. Él le dio un codazo y ella respiró hondo ante la magnitud de...

Interrumpió el beso y, casi sin aliento, dijo:

—No sé...

—Shhh —susurró él. Le mordisqueó un lado de los labios—. Es simple biología. Yo estoy hecho para entrar en ti. Y tú estás hecha para recibirme. Así.

—Pero...

Jasper la penetró y la corona de su pene separó sus pliegues, abriéndola y estirándola. Ella

abrió los ojos.

Jasper la estaba mirando con un brillo diabólico en el ojo. Sonrió y volvió a empujar. Ella notó cómo la invadía, cómo la penetraba.

—¿Lo ves? —ronroneó él—. Así de fácil.

Empujó una vez más con las caderas y la base del pene contactó con su cuerpo. Estaba

completamente dentro de ella. Alice nunca se había sentido tan llena. Él tragó saliva y, de

repente, Alice supo que no era tan optimista como fingía. Estaba sonrojado, tenía el ojo

entrecerrado y la boca dibujando una mueca.

—Un hecho interesante que quizá sepas es que —dijo, con una voz grave—, cuando un hombre ha llegado hasta aquí, es casi imposible... ¡Ah! —Echó la cabeza hacia atrás y cerró el ojo mientras ella se tensaba por dentro. Abrió el ojo y dibujó una mueca de determinación con la boca—. Es imposible que se detenga.

Se retiró unos centímetros y volvió a embestirla. —Se ve obligado a completar el acto como si le fuera la vida en ello —dijo, mientras volvía a embestirla, esta vez más fuerte.

Ella sonrió y aferró las piernas alrededor de su cintura. Él apoyó una mano en la mesa, junto a su cadera, y con la otra se aferró a sus nalgas e impuso un ritmo exigente. La mesa tembló y algo de cristal cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.

A Alice le dio igual. La risa volvió a subirle por la garganta, y esta vez no la contuvo. Echó la

cabeza hacia atrás riéndose mientras sir Jasper le hacía el amor con su fuerte, rápido y decidido cuerpo. Ella sonrió hacia el techo llena de alegría y notó cómo su grueso pene entraba y salía, frotándose contra ella, llenándola por completo, y nunca se había sentido tan ligera.

Tan libre.

Y, entonces, otra oleada se apoderó de ella por sorpresa y la subió hasta la cresta del placer más puro y exquisito. Y cuando estaba en la cumbre, miró hacia abajo y lo vio, empujando con más fuerza, con los hombros tensos y el pelo resplandeciente por el esfuerzo. Echó la cabeza hacia atrás y gritó. Y luego se quedó quieto, temblando y sacudiéndose en su interior, mientras que su rostro se había quedado curiosamente relajado.

Al principio, Alice no reconoció la expresión de su cara, pero luego lo entendió todo: era paz.

Dios, hacía mucho tiempo que no se acostaba con una mujer; en realidad, desde antes de

Spinner's Falls. Había olvidado lo embriagadora que era la sensación. De hecho, se dijo Jasper mientras jadeaba contra el cuello de Alice, no recordaba que jamás hubiera sido tan dulce. Sonrió mientras sujetaba la carne fresca de mujer contra él. Quizás algunas cosas mejoraban con el tiempo.

Ella se retorció debajo de él, como si la mesa fuera demasiado dura para su delicada piel. Él se incorporó y la miró. Estaba sonrosada, con los ojos soñolientos y la punzada de orgullo masculino que le recorrió el cuerpo debía de ser algo natural. ¿Qué hombre no estaría orgulloso de complacer a una mujer como ésa?

—Oh —dijo ella, en voz baja—. Oh, ha sido... Eh...

Él sonrió. Parecía aturdida.

—¿Maravilloso? —sugirió él, besándole la comisura de los labios.

Ella suspiró.

—Eh...

—¿Estupendo? —Cubrió un redondo pecho con la mano y acarició el rosado pezón con los

dedos. Los pechos eran algo maravilloso y, los de Alice eran particularmente fascinantes. Hacían que uno se preguntara por qué no podían ir descubiertos y libres todo el tiempo y olvidarse de las civilizadas ideas del decoro. Aunque entonces otros hombres podrían comérselos con los ojos, y eso ya no le gustaba tanto. Cubrió también el otro pecho. No, era mejor que estuvieran cubiertos.

Así, el descubrimiento en privado era más emocionante.

Entrecerró el ojo ante esa idea y la miró con especulación. Lo dejaría volver a acostarse con ella, ¿verdad? Si tenía suerte. De hecho, si lo dejaba descansar unos minutos, estaba seguro de que podría repetirlo una vez más esa misma tarde.

Como si le hubiera leído el pensamiento, ella se incorporó de repente.

—¡Dios mío! Volverán del paseo dentro de poco.

—¿Quién? —preguntó él, que no quería soltar esos pechos por nada del mundo.

—Tu hermana y los niños —respondió ella, con impaciencia.

Volvió a retorcerse y la verga flácida de Jasper resbaló de forma vergonzosa. Él suspiró.

Entonces, tendría que ser otro día. Se inclinó, dio un beso de despedida a cada pecho, se incorporó y se abrochó los pantalones. Cuando terminó, Alice todavía estaba intentando vestirse, aunque sin demasiado éxito.

—Déjame —dijo y, con suavidad, le apartó los dedos del corsé. Se lo abrochó, cubriendo esos magníficos pechos y la ayudó a ponerse el resto de la ropa, al tiempo que pensaba cómo plantearle su petición.

Le alisó el pañuelo del escote y respiró hondo.

—Alice...

—¿Dónde están mis zapatos? —Se agachó y los buscó debajo de la mesa—. ¿Los has visto?

—Toma. —Se los sacó de los bolsillos del abrigo, donde los había metido antes—. Alice...

—¡Ah, gracias! —Se sentó en la silla de Jasper para ponérselos.

Él la miró y frunció el ceño con impaciencia.

—Alice...

—¿Llevo bien el pelo?

—Sí.

—No estás mirando.

—¡Sí que te estoy mirando! —Las palabras salieron con más fuerza de la que pretendía. Cerró el ojo y se maldijo a sí mismo. Cuando levantó la mirada, ella lo estaba observando expectante.

—¿Te encuentras bien?

—Sí —gruñó él, y luego respiró hondo—. Alice, quiero volver a verte.

Ella arrugó las cejas, como si estuviera confundida.

—Pues claro que volveremos a vernos. Vivo aquí, ya lo sabes.

—No me refería a eso.

—Ah. —Sus ojos azules se abrieron y a él se le pasó por la cabeza volver a poseerla sobre la mesa y olvidarse de los buenos modales. No tenía ningún problema de comunicación con ella cuando hacían el amor—. Ooohhh.

Él intentó contener la impaciencia.

—¿Y bien?

Ella dio un paso adelante hasta que sus senos, ¡aquellos deliciosos senos!, le rozaron el pecho.

Todavía estaba ligeramente sonrosada y le brillaban los ojos. Se puso de puntillas y le dio un casto beso en los labios pero cuando él hizo ademán de profundizarlo un poco más ella se separó.

Caminó hasta la puerta del despacho y allí se detuvo y volvió la cabeza para mirarlo.

—¿Esta noche?

Salió y cerró la puerta con suavidad.

—Pero es que no me gusta el pescado —dijo Peter mientras regresaban a casa después del paseo con la señorita McDonald y la señorita Withlock—. No sé por qué tenemos que cenar pescado.

—Porque, si no, no sirve de nada pescarlo —respondió Charlotte. Estaba sin aliento porque Meón había decidido que no quería caminar y Peter y ella lo cargaban en brazos por turnos—. Si no noscomiéramos el pescado, sería un pecado.

—¡Pero si yo no lo he pescado! —protestó Peter.

—Es triste, ¿verdad? —Dijo la señorita McDonald, muy contenta—. Cómo uno está condenado a comerse la presa incluso cuando es totalmente inocente de la pesca.

—Phoebe —gruñó la señorita Withlock—, estás demostrando la actitud incorrecta.

—Personalmente —susurró la señorita McDonald en voz alta a Peter—, me hincho a comer pan y sopa. No soporto el pescado.

—¡Phoebe!

—Si pudieran pescar un delicioso pudin de Yorkshire, estaría encantada de cenar lo que han pescado —reflexionó en voz alta.

Peter se rió y Charlotte notó que dibujaba una sonrisa con los labios. No habían encontrado ningún tejón durante el paseo, pero igualmente se lo habían pasado muy bien.

La señorita Withlock era muy seria, pero sabía muchas cosas interesantes, y la señorita McDonald era muy divertida.

—Ah, ya hemos llegado —dijo la señorita Withlock en cuanto vieron el castillo—. Me apetece una taza de té y unas magdalenas. ¿A vosotros no?

—¡A mí sí! —exclamó Peter.

—Excelente —la señorita Withlock le sonrió.

—¿Qué voy a hacer con Meón? —Charlotte miró al cachorro dormido que tenía en los brazos.

—Tenemos que encontrar un nombre mejor para ese perro —murmuró la señorita McDonald.

—¿Tiene cama en la cocina? —preguntó la señorita Withlock.

—Encontramos una antigua caja de carbón —respondió Peter.

—Mmm. Pues será mejor que la llenéis de paja y le pongáis una manta, si tenéis —dijo la

señorita Withlock.

—Iré a mirar en los establos —dijo Charlotte.

—Buena chica —respondió la señorita Withlock—. Te guardaremos una magdalena en el salón.

Los demás entraron en el castillo mientras Charlotte seguía caminando por el lateral hasta los establos.

—Quizás encontremos una manta vieja o un abrigo para ti —susurró al animal dormido que llevaba en los brazos. Las suaves orejas de Meón se movieron, como si la hubiera oído incluso en sueños.

En comparación con el exterior, los establos estaban oscuros. Se quedó en la entrada un

momento para que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. En este extremo, había varias casillas vacías. Charlotte empezó a avanzar por el pasillo central. Griffin, el enorme caballo de sir Jasper, y el pequeño poni del carruaje estaban en la otra punta. Seguramente, allí encontraría paja fresca. Oyó un resoplido y el golpe de un casco contra el suelo cuando se acercó al otro lado de los establos, y entonces oyó algo más. A un hombre murmurando.

Charlotte se quedó inmóvil. Meón gimió cuando lo apretó con fuerza contra su pecho. El caballo volvió a resoplar y, entonces, el señor Wiggins salió de una casilla con algo en los brazos. Charlotte tensó el cuerpo y se preparó para salir corriendo, pero antes de que pudiera hacerlo, el hombrecillo se volvió y la vio.

—¿Qué estás haciendo? —Gruñó, en voz baja—. ¿Espiándome? ¿Me estás espiando?

Y Charlotte vio que lo que llevaba en los brazos era una bandeja de plata. Meneó la cabeza y retrocedió, con la mirada fija en la bandeja.

El señor Wiggins entrecerró los ojos con gesto diabólico.

—Si se lo dices a alguien, incluido el señor del castillo, te cortaré el cuello, ¿me oyes? Te cortaré el cuello, y a tu madre y a tu hermanito también, ¿entendido?

Charlotte sólo pudo asentir, horrorizada.

Wiggins dio un paso hacia ella y, de repente, Charlotte descubrió que sus piernas volvían a

funcionar. Se volvió y salió corriendo del establo, lo más deprisa que pudo. Sin embargo, oía los gritos de Wiggins a sus espaldas.

—¡No digas nada! ¿Me has oído? ¡No digas nada!

James, el Duque de Lister estaba mirando por la ventana de su despacho.

—Creo que debería ir al norte yo mismo.

Tras él, Henderson suspiró:

—Excelencia, sólo han pasado unos días. Dudo que los hombres que ha enviado hayan llegado a Edimburgo.

Lister se volvió hacia su secretario.

—Y, en cuanto lleguen y hagan correr la voz, ella habrá tenido tiempo de sobras para huir al otro lado del océano.

—Hemos hecho todo lo que hemos podido.

—Sí, y por eso debería ir yo mismo.

—Pero, excelencia... —Henderson parecía estar buscando las palabras correctas—. Sólo es una mujer cualquiera. No sabía que sus sentimientos hacia ella fueran tan fuertes.

—Es mía y me ha abandonado. —Lister miró fijamente a su secretario—. Me ha desafiado. Y a mí nadie me desafía.

—Por supuesto que no, excelencia.

—Está decidido. —Se volvió hacia la ventana—. Prepara mi equipaje. Saldré hacia Escocia por la mañana.