Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
Capítulo 10 Nunca más
A la noche siguiente, El Sincero volvió a soltar las golondrinas y, otra vez, el apuesto
joven las siguió hasta el exterior del jardín. El Sincero se levantó y observó cómo el sol
se escondía y cómo el monstruo se convertía en una rubia princesa.
Entonces, le preguntó:
—¿Cómo te han hecho esto?
La mujer suspiró muy triste.
—El hombre al que sirves es un poderoso brujo. Un día, me vio mientras montaba a
caballo con mi corte por el bosque. Esa misma noche, acudió al castillo de mi padre a
pedirle mi mano, pero lo rechacé, porque el brujo es un hombre malvado y no quería
tener nada que ver con él. Pero se enfureció. Me secuestró y me trajo aquí. Me lanzó un
hechizo de modo que, de día, soy un monstruo repulsivo. Únicamente vuelvo a ser yo
misma de noche. Y ahora vete y que no te vea hablando conmigo.
Y, otra vez, El Sincero tuvo que marcharse...
De El Sincero
La carta desde Francia llegó esa tarde. Jasper estaba tan distraído con lo que había pasado con Alice, y con lo que podría pasar esa noche, que casi ni la vio entre el correo que le subió un lacayo.
Estaba suscrito a varios periódicos y revistas de Londres, Birmingham y Edimburgo, y todos tenían la tendencia a llegar el mismo día de la semana. Sin embargo, debajo de la pila había un sobre muy arrugado, que parecía que llegaba desde el Cuerno de África, algo que, teniendo en cuenta las relaciones actuales con Francia, era absolutamente posible.
Jasper la cogió y la abrió con un afilado cuchillo que previamente había utilizado para
diseccionar a un ratón de campo. La leyó, haciendo varias pausas para releer algunos párrafos, y luego la lanzó encima de la mesa, llena de cosas. Se levantó, paseó hasta la ventana y contempló el paisaje.
Etienne había redactado sus palabras con prudencia, pero su mensaje estaba claro.
Había oído rumores en el gobierno francés de que, efectivamente, un espía inglés había delatado la posición del Regimiento 28, lo que provocó la matanza de Spinner's Falls. Y, es más, los rumores apuntaban a que el espía era un noble inglés. Jasper repiqueteó los dedos contra el alféizar de la ventana. Aquella sí que era información nueva.
Etienne le había dicho que, por escrito, no podía darle más datos, pero que podía hablar con él en persona. De hecho, estaba preparándose para embarcar en un barco que atracaría en el puerto de Londres dentro de quince días. Si Jasper quería reunirse con él, Etienne podría darle más datos.
Jasper se acarició las cicatrices del lado izquierdo de su cara. Saber que eso lo había hecho
alguien a propósito le llenaba el pecho de una rabia fría y decidida. No era lógico. Atrapar al traidor no le devolvería su cara. Pero aun sabiendo que era ilógico no podía frenar a la bestia que había despertado en su interior. Por Dios que quería que el traidor de Spinner's Falls pagara.
Alguien llamó a la puerta del despacho y él se volvió, con la cabeza en sus asuntos.
—¿Sí?
—La cena está servida, señor —dijo una de las doncellas, antes de salir y bajar las escaleras.
Jasper se acercó a la mesa y cogió la carta de Etienne. La contempló un momento, murmuró un improperio, la dobló y la guardó en un cajón que ya estaba lleno. Tenía que pensárselo bien antes de hacer cualquier movimiento, o quizás informar a Edward de la nueva información, pero por el momento, la cena lo estaba esperando.
Mientras se acercaba al comedor, oyó la voz aguda de Peter mientras hacía un comentario
sobre el pescado. Ese sonido le hizo dibujar una sonrisa. Era curioso cómo el sonido de la voz de un niño, algo que lo habría irritado hace tan sólo quince días, ahora le provocaba una sonrisa. ¿Tan voluble era? La idea lo incomodó, y la alejó de su mente. ¿Por qué pensar en el futuro cuando el presente albergaba regalos mucho mejores?
Cuando entró en el salón, descubrió que todos estaban ya sentados. Extrañamente, Alice se había sentado lo más lejos posible de su silla. Evitó mirarlo y se sonrojó ligeramente. Nunca sería una buena mentirosa y tuvo unas ganas irrefrenables de besarla allí mismo, delante de su hermana y de los hijos de Alice. Sin embargo, se dirigió hacia su silla, evitando la mirada especulativa de Sophia, y se sentó. Esta noche, Sophia estaba sentada a su derecha y, a su lado, estaba la señorita McDonald. Por algún motivo desconocido, Peter estaba sentado a su izquierda.
Charlotte estaba sentada a su lado y parecía muy apagada. Alice estaba junto a su hija, tan lejos que prácticamente tendría que agitar una bandera para comunicarse con ella.
Uno de los lacayos entró con una bandeja de pescado.
—Ah, perfecto —dijo Jasper, frotándose las manos. Hacía meses que no comía trucha fresca, a pesar de que era uno de sus platos preferidos—. Aquí tienes un buen trozo. —Clavó el tenedor en un lomo de trucha y lo dejó en el plato de Peter.
—Gracias —respondió el chico, en tono monótono y con la barbilla pegada al pecho mientras miraba el trozo de pescado del plato.
La señorita McDonald tosió con la servilleta delante de la boca. Jasper arqueó las cejas hacia su hermana.
—¿Sucede algo?
—No, nada —respondió Sophia, frunciendo el ceño hacia su amiga—. Pero quizá Peter
preferiría empezar con un trozo más pequeño.
Jasper miró a Peter.
—¿Sí?
El chico asintió, con gran pesar.
—Entonces, yo me comeré tu pescado y tú te quedas con mi plato vacío —dijo Jasper,
mientras cambiaba los platos—. Come un poco de pan.
Peter levantó la cabeza, contento, cuando oyó esas palabras.
—Trae un poco de mermelada o jamón —ordenó Jasper a un lacayo en voz baja—. ¿Y tú,
Charlotte? ¿Te apetece un poco de pescado?
—Sí —susurró ella, y cogió un trozo cuando le ofrecieron la bandeja, aunque luego sólo lo
removió con el tenedor.
Jasper miró a Alice. Ella meneó la cabeza, desconcertada.
Quizá la niña se encontraba mal. Jasper frunció el ceño y bebió un sorbo de vino. Había un
médico en Glenlargo, pero era más sanguinario que curandero y Jasper no le confiaría la salud de un hombre, y menos la de una niña. De hecho, el médico decente más cercano estaba en Edimburgo. Si Charlotte estaba realmente enferma, tendría que llevarla él. Las enfermedades infantiles podían ser muy debilitantes, y a menudo fatales. Maldición. Quizá no debería haberlos despertado tan temprano. ¿Acaso el río estaba demasiado frío?
¿Acaso Charlotte se había sobreexcitado? Siempre lo había sorprendido la estúpida teoría de que las mujeres podían enfermar por una sobreexcitación pero ahora, con una niña en casa, se daba cuenta de lo poco que sabía de niños.
—¿No te encuentras bien? —le preguntó a Charlotte, quizá demasiado severo, porque tanto Alice como Sophia se volvieron hacia él.
Sin embargo, la niña parpadeó y meneó la cabeza. Jasper chasqueó los dedos para llamar al lacayo.
—Trae un vaso de vino muy pequeño, por favor.
—Sí, señor. —El lacayo salió del comedor, pero Jasper no apartó la mirada de Charlotte.
Sophia se aclaró la garganta.
—Hemos visto un halcón y dos conejos durante nuestra excursión, pero ningún tejón. ¿Estás seguro de que hay alguna madriguera cerca?
—Sí —respondió Jasper, sin mirarla. ¿Estaba Charlotte más pálida de lo habitual? Era una niña tan blanca que costaba decirlo.
—Bueno, tendremos que esperar a nuestra próxima visita para buscarlo —suspiró Sophia.
Jasper la miró, sorprendido.
—¿Qué?
El lacayo regresó con el vaso de vino y Jasper señaló a la niña. Ella miró sorprendida el
pequeño vaso con el líquido rojizo.
—Bebe un poco de vino —le dijo Jasper, un poco brusco—. Te fortalecerá la sangre. —Se
volvió hacia su hermana y frunció el ceño—. ¿Qué quieres decir? ¿Os marcháis pronto?
—Mañana a primera hora —confirmó su hermana.
—Sophia tiene una reunión con la Sociedad Filosófica de Edimburgo por la mañana —dijo la señorita McDonald—. El señor William Watson vendrá especialmente desde Londres para hacer una demostración con su botella de Leuden. Si tenemos suerte, podremos experimentar el fenómeno de la electricidad nosotras mismas.
—Watson dice que si una docena de personas forman un círculo y se agarran de las manos, el éter eléctrico viajará alrededor del círculo —dijo Sophia—. Me parece absurdo pero, si es cierto, no quiero ser la única que se lo haya perdido.
—Pero si acabáis de llegar —gruñó Jasper. Cuando Sophia y la señorita McDonald llegaron se enfadó, pero ahora estaba repentinamente afectado por su partida.
—Siempre puedes venir con nosotras, hermano. —Sophia arqueó las cejas desde detrás de las gafas, desafiándolo.
Charlotte se quedó inmóvil.
—No creo —murmuró Jasper, observando a la niña. ¿Qué le pasaba?
—Al menos, puedes venir a visitarnos por Navidad —propuso la señorita McDonald.
Jasper no respondió. Todavía faltaba mucho para Navidad. Miró a Alice que,
inexplicablemente, se sonrojó. ¿Para qué hacer planes para el futuro si no le hacía ninguna
ilusión? Era mejor quedarse en casa disfrutando de Alice mientras ella le dejara. Su terrible y solitario futuro podía esperar.
Esa noche, Alice acabó subiendo sigilosamente las escaleras del castillo como una ladrona. O como una mujer con una misión en mente, y resulta que era verdad. Le pareció que los niños habían tardado una eternidad en dormirse, incluso después de leerles cuatro cuentos. Charlotte en concreto, había dado vueltas y vueltas. También había insistido en llevarse al cachorro a la cama con ella y nada de lo que Alice pudiera decir había conseguido disuadirla. Cuando se durmió, tenía al pequeño cachorro pegado a la mejilla. Por suerte, al animal parecía no importarle.
Alice frunció el ceño mientras avanzaba de puntillas por el pasillo del piso de arriba. Empezaba a creer que Charlotte se estaba relajando en el castillo. Por la mañana, pescando, parecía muy feliz.
Pero ahora estaba más huraña que nunca. Lo más frustrante que había aprendido de su hija en esos años era que no servía de nada intentar sonsacarle qué le pasaba. Charlotte necesitaba tomarse su tiempo para revelar qué le sucedía. Aunque, por supuesto, eso no disminuía la culpa maternal que Alice sentía por no saber qué atemorizaba a su hija.
A veces, se había quedado mirando a otras niñas; niñas bonitas, despreocupadas y habladoras, y se había preguntado por qué la suya era de un humor tan variable y sensible. Y entonces miraba la pálida y preocupada carita de Charlotte y la invadía una oleada de amor. Aquella era su hija, tanto si era difícil como si no. Y le costaría tanto dejar de quererla como cortarse un brazo.
Alice se detuvo frente a la puerta de la habitación de Jasper.
El amor, físico y emocional, había sido su perdición. ¿Se estaba volviendo a hundir en la
depravación, acudiendo así a Jasper? Sabía que muchos creerían que sí. Sin embargo, había una diferencia principal entre lo que pretendía hacer con Jasper y lo que había hecho con James.
Con James, nunca había tenido el control. Él siempre había marcado el ritmo a seguir y había tomado todas las decisiones. Por muy arrogante y malhumorado que pareciera Jasper, no estaba tomando decisiones por ella.
Hacer eso era su elección. Suya y de nadie más.
Respiró hondo y llamó a la puerta. Silencio. Se asustó y se frotó un pie helado con el otro. Quizá no la había oído. O quizá no estaba en su habitación. Quizás había subido al despacho y se había olvidado de su promesa de la tarde o había cambiado de opinión. ¡Madre mía! Qué vergüenza si...
De repente, la puerta se abrió, Jasper la agarró del brazo y la metió en la habitación.
Ella gritó del susto.
—¡Shhh! —Jasper frunció el ceño mientras le desataba la bata. La habitación estaba en la
penumbra; sólo había varias velas encendidas y el fuego se había extinguido. Jasper llevaba un batín de rayas azules y negras, raído en los puños. Llevaba el pelo suelto y Alice se fijó en que tenía las mejillas húmedas. Se había afeitado para ella.
Aquello la hizo estremecerse y le provocó mariposas en el estómago. Se puso de puntillas para acariciarle el pelo y descubrió que estaba un poco húmedo. También se había bañado para ella.
—Me encanta tu pelo —murmuró.
Él parpadeó.
—¿Ah sí?
Ella asintió.
—Sí.
—Bueno, es... —Frunció el ceño, como si no supiera qué decir.
—Y me encanta tu cuello. —Le dio un delicado beso en la suave piel notando el pulso debajo de los labios. Debajo del batín, no llevaba camisa y tenía el pecho deliciosamente a su alcance.
—¿Te apetece... eh... un poco de vino? —preguntó él. Hablaba con voz cada vez más grave a medida que ella iba descendiendo por la V del batín.
—No.
—Ah. —Se agachó y la levantó en brazos—. Supongo que perfecto. A mí tampoco me apetece.
Dio tres zancadas y la dejó encima de la enorme cama. Alice se hundió un poco en el colchón y entonces él la desequilibró más cuando apoyó la rodilla en la cama.
Alice se sentó sobre los talones y lo detuvo con la mano en el pecho.
—Quítate el batín.
Jasper arqueó las cejas.
—Por favor —añadió ella, con dulzura.
Jasper resopló, pero se levantó y se quitó el batín. Y ahí estaba su pecho, tan precioso como Alice lo recordaba. Ancho, fuerte y peludo, pero ahora era mejor que la última vez que lo había visto, el día que trajo a Meón a casa, porque hoy también podía tocarlo.
Y pretendía hacerlo.
Cuando hizo el gesto de subir a la cama, ella meneó la cabeza.
Él se detuvo.
—¿No?
Ella señaló, cual emperatriz, la parte baja de su anatomía.
—Los pantalones también, por favor.
Ante aquello, frunció el entrecejo.
De modo que ella se quitó la bata. Debajo, llevaba la camisola. Movió un hombro y la tela le resbaló por el brazo.
Jasper miró fijamente su pecho semi-descubierto y se quitó los pantalones de inmediato. Se detuvo, con los dedos en la cintura de la ropa interior, y la miró.
Ella arqueó una ceja y, muy despacio, soltó el cordón que ataba el escote del camisón. El cuello se abrió y el pecho quedó al descubierto.
Jasper respiró hondo y se quitó la ropa interior, los calcetines y los zapatos. Y luego irguió la espalda, desnudo y erecto.
Alice tragó saliva y contempló aquella parte de su anatomía. Le quedó claro que por la tarde no la había visto bien porque era más grande que Lister; considerablemente más grande. El pene estaba erecto y orgulloso, con unas impresionantes venas recorriendo toda su longitud hasta el prepucio, brillante y casi lila. Debajo, los testículos estaban tensos y pesados entre las tersas piernas.
Suspiró.
Él se aclaró la garganta.
—Me parece que es tu turno.
—¡Ah! —Se había olvidado de su jueguecito. Enseguida se arrodilló en la cama y se quitó la camisola por la cabeza.
La mirada de Jasper se dirigió de inmediato a sus pechos y dibujó una malvada sonrisa.
—Aquí están.
Ella se miró.
—¿Te refieres a mis pechos?
Él avanzó y apoyó una rodilla en la cama.
—Sí.
Ella frunció el ceño.
—Pareces bastante... posesivo.
—Ya lo creo. —Se inclinó y le lamió un pezón, lo que provocó que ella inhalara de golpe—.
Tienes los pechos más espléndidos que he visto jamás.
—Gracias —respondió ella, casi sin aliento—. ¿Yo también tengo permiso para comentar partes de tu anatomía?
—Mmm —murmuró, pegado a su pecho, provocándole escalofríos por toda la columna—.
Aunque no sé qué puede interesarte. Mi cuerpo no es tan bonito como el tuyo.
—Por supuesto que sí —respondió ella, sorprendida.
Él arqueó una ceja escéptico.
—Mi cuerpo es grande, feo, peludo... Como todos los hombres.
—Tu cuerpo es grande, bonito y sí, peludo. Y no sé nada de los demás hombres pero, para mí, es precioso. —Le acarició el pecho—. Precioso y peludo. Me gusta que el vello de aquí sea tan grueso. —Le dio unas palmaditas en el pecho—. Y que aquí mengüe. —Deslizó los dedos por encima del estómago—. Y que aquí abajo vuelva a reproducirse, donde...
Sin embargo, no pudo terminar. Mientras agarraba la parte más masculina de su cuerpo, él la tomó por los hombros, la tendió en la cama y la besó con pericia. Cuando levantó la cabeza para respirar, ella lo estaba mirando con un reproche burlón en los ojos.
—No había terminado.
—Bueno, ya he terminado yo —murmuró él.
Ella sonrió y, con suavidad, le apretó el pene.
Él cerró el ojo un momento y luego lo abrió, más brillante que antes.
—Además, si quieres que esto dure más de un minuto, desistirás de este jueguecito.
Con suavidad, le soltó la mano y colocó un musculoso muslo entre sus piernas. Alice notaba el vello de la pierna rozándole la entrepierna húmeda. Tragó saliva, arqueó la espalda y pegó la pelvis a su pierna.
—Bruja —le susurró él contra el cuello.
La agarró con más firmeza y la sujetó casi hasta inmovilizarla mientras le lamía la piel y
descendía hasta un pecho. Se lo metió en la boca y succionó el pezón, como si tuviera todo el tiempo del mundo para saborearla.
Alice se retorció.
—Quieta —gruñó él, con la voz vibrando contra la piel húmeda.
—Pero quiero moverme —jadeó ella.
—Y yo quiero saborear tus pezones —respondió él, y se desplazó hasta el otro pecho.
Ella bajó la mirada y sólo vio piel y pelo oscuros deslizándose por su cuerpo pálido. Se
estremeció por los pensamientos eróticos que aquella imagen generaba.
—Creo que estás obsesionado con los pechos.
—No —murmuró él, incorporándose para poder tomarle los dos pechos en las manos. Mientras hablaba, iba jugueteando con los pezones y ella se mordió el labio—. Estoy obsesionado con tus pezones. Quiero lamerlos, chuparlos y quizá... —se inclinó para rozarle el sensible lateral de un pecho con los dientes —... morderlos.
—¿Morderlos? —exclamó ella.
Él sonrió, una sonrisa lenta y picara.
—Mmm. Morderlos.
Y bajó la cabeza para tomar un pezón entre los dientes con mucho cuidado. Ella contuvo el
aliento y tensó todo el cuerpo ante la amenaza. Jasper la miró a los ojos, con el pelo en la cara como un pirata y le lamió el pezón con la lengua.
Alice siempre había tenido los pechos terriblemente sensibles. Y notaba cómo se le aceleraba la respiración mientras él la torturaba de aquella manera. Sin embargo, cuando Jasper cerró el ojo y succionó el pezón, con fuerza, ella apretó las piernas contra su muslo e hizo fuerza.
Durante unos largos y apasionados minutos, Jasper lamió y succionó y la mordió hasta que
Alice tuvo los pezones hinchados, rojos y empapados de saliva. Ella se retorcía debajo de él, totalmente excitada e incapaz de alcanzar ningún placer.
Jasper se separó y Alice observó lo que le había hecho. Tenía las angulosas mejillas
sonrosadas, el párpado le pesaba y tenía los labios enrojecidos de tanto lamerla, aunque
dibujaban una expresión casi cruel.
—Pareces un sacrificio pagano —dijo, con voz áspera—. Preparada y dispuesta para que algún dios... —Se le acercó y le susurró al oído —...Te folle.
Ella gimió ante la palabra prohibida. Nadie le había hablado nunca así, ni le había hecho el amor así. Necesitaba satisfacer sus necesidades de inmediato.
—Tócame —le suplicó mientras intentaba abrir las piernas lo suficiente para que determinada parte de su cuerpo se frotara contra el muslo de Jasper.
Él ladeó la cabeza y la observó como si fuera un espécimen particularmente interesante.
Únicamente su pene erecto, que estaba pegado a su pierna, desmentía su gesto impasible.
—No sé si estás lista —murmuró. Ella lo miró fijamente.
—Estoy lista.
—¿Seguro? —Le lamió un lado del cuello, lanzando ansiosos estremecimientos por su sensible piel—. No querría penetrarte demasiado pronto. Si lo hago, quizá no experimentes todos los placeres de hacer el amor.
Ella jadeó, casi histérica.
—Eres un diablo.
Él sonrió como un niño.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Terminó la palabra con un gemido porque, de repente, Jasper había colocado la punta del pene junto a los hinchados pliegues de la entrepierna de Alice—. Oh.
—¿Te gusta? —preguntó él, interesado.
Ella sólo pudo asentir, porque él empezó a penetrarla. Realizó un pequeño y controlado
movimiento, avanzando en su interior. Ella tragó saliva, sin importarle los sonidos húmedos y resbaladizos que hacían.
—Entonces —ronroneó él—, quizá sí que estás lista. Para esto. Se retiró y la penetró por
completo. Alice arqueó el cuello por la sorpresa y la emoción de verse plena tan de repente.
Y entonces la movió, le separó más las piernas y se colocó encima de ella. Encima de su clítoris. ¡Santo Dios!
Alice se sentía incoherente; más allá de cualquier discurso, pensamiento o humanidad. Todo su ser estaba concentrado en ese instante, en experimentar y en recibir su exquisito amor. Ni siquiera supo cuándo empezó a alcanzar el orgasmo. Fue una larga e interminable implosión de calor. Tembló de forma descontrolada.
Y en algún sitio, en algún momento, durante aquel proceso, lo oyó gruñir y abrió los ojos. Tenía los brazos estirados y la estaba mirando mientras le hacía el amor. Pero ahora ya era imposible confundir su expresión con desinterés. Ahora tenía el labio superior arrugado en un gesto erótico.
Ahora le brillaba la cara por el esfuerzo y el sudor. Ahora su único ojo resplandecía con su oscura intención.
Una intención masculina.
Mientras lo miraba, aceleró el ritmo hasta que la cama golpeó contra la pared. Ella separó las piernas un poco más y las entrelazó alrededor de sus caderas, mientras lo contemplaba hasta que su cara se deformó como si estuviera sufriendo. Gritó y la penetró una última vez.
Y ella notó cómo su fuerza la llenaba de calidez.
A la mañana siguiente, Jasper alargó un brazo, buscando algo que quería a nivel instintivo y, hasta que se despertó por completo, no descubrió que buscaba a Alice y que ya no estaba.
Suspiró y se frotó la cara con una mano. Todavía llevaba el parche desde la noche anterior, y le picaba. Se lo sacó, lo tiró al suelo y se quedó allí tendido bajo las primeras luces del día. Su cama olía a sexo y a Alice.
Se había marchado en algún momento de la noche. Él estaba tan agotado que no sabía cuándo, exactamente. Pero tenía que marcharse. Había que pensar en los niños, en el decoro y en el hecho de que su hermana todavía estaba en el castillo, pero a pesar de todo, se dijo que ojalá estuviera allí. No sólo para volver a hacerle el amor, que también, sino porque quería estar en la cama con ella. Quería notar sus cálidas curvas contra su cuerpo. Quería tenerla entre sus brazos mientras dormía y despertarse a su lado.
Mientras ella lo dejara. Porque, aunque ella nunca había dicho nada, sabía que no era el tipo de mujer que podía vivir el momento. Tarde o temprano, empezaría a hablar de futuro y quizás a cuestionarse si podría pasarlo con él. Y entonces, inevitablemente, descubriría que él no podía ofrecerle ningún futuro.
Y entonces lo dejaría. Una idea deprimente. Por eso la apartó de su mente, al menos por ahora, porque había aprendido que no tenía sentido luchar contra el destino. Al final, acabaría abandonándolo; al final, él la acabaría llorando, pero hoy no. Retiró las sábanas, se lavó, volvió a colocarse el parche del ojo con cuidado y se vistió. Sophia había dicho que se marchaba esta mañana y se la imaginaba abajo, esperando impaciente mientras cargaban su equipaje en el carruaje.
Sin embargo, cuando bajó, descubrió que el recibidor estaba vacío. Salió a la entrada y, aunque el carruaje estaba allí esperando, no había ni rastro de su hermana. Quizás estaría desayunando.
Entró al castillo otra vez y se dirigió hacia el comedor, donde encontró a una de las doncellas colocando los cubiertos. La chica hizo una reverencia cuando lo vio.
—¿Ha visto a la señorita Withlock? —le preguntó Jasper.
—Todavía no ha bajado, señor —respondió la chica.
Jasper sonrió. Sophia se había dormido, algo extraordinario y un motivo para tomarle el pelo.
—Por favor, suba y despiértelas a las dos. Mi hermana quería marcharse esta mañana a primera hora.
—Sí, señor. —La doncella hizo otra reverencia y salió del comedor.
Encontró una cesta con panecillos calientes en un aparador y cogió uno; y luego volvió al
pasillo. Quería estar presente cuando su hermana hiciera su tardía aparición. Masticó el panecillo mientras avanzaba hacia la cocina y, entonces, lo oyó. El sonido le puso la piel de gallina y convirtió el delicioso panecillo en ceniza en la boca.
Un llanto. Un llanto infantil.
Alice todavía no había limpiado esta parte del castillo y había varias habitaciones vacías a lo largo del pasillo. Pasó por delante de todas las puertas hasta que localizó de dónde venía aquel sonido tan triste y abrió la puerta. La habitación estaba en la penumbra y motas de polvo flotaban en el único rayo de sol que entraba por una grieta de una ventana sucia. Al principio, no la vio, hasta que se movió y lloró.
Charlotte estaba acurrucada en una esquina, al lado de un sofá cubierto con una sábana, y con el cachorro pegado al pecho.
Avanzó despacio, porque no sabía qué le pasaba o si podía ayudarla. De reojo, vio a Wiggins entrar a hurtadillas por la puerta que había en el otro lado de la habitación.
Y la visión se le nubló de rojo.
No tenía recuerdo de moverse, ni de pensar nada pero cuando recuperó la conciencia, tenía el esquelético cuello de Wiggins en las manos y le estaba quitando la vida mientras le golpeaba la cabeza contra las piedras del suelo del pasillo.
—¡Jasper!
Alguien que estaba cerca gritó su nombre, pero a él sólo le interesaba la estúpida y enrojecida cara que tenía delante. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía a tocarla? No volvería a hacerlo.
Nunca, nunca jamás.
—¡Jasper!
Una delicada mano femenina le acarició la mejilla cicatrizada. Aquel gesto le hizo volver la
cabeza. Y se encontró delante de unos ojos azules.
—No lo hagas, Jasper. Suéltalo.
—Charlotte —dijo él, con la voz áspera.
—Está bien —respondió Alice, muy despacio—. No sé qué le ha dicho, pero no le ha hecho
daño.
Al final, aquello fue lo único que le hizo recuperar la razón. Soltó a Wiggins de repente, se
levantó y retrocedió un paso. Y entonces vio a Sophia y a la señorita McDonald a los pies de la escalera, todavía con camisón y chal. La señorita McDonald tenía la mano alrededor de los hombros de un boquiabierto Peter. Alice estaba temblando y sólo llevaba el camisón. Había debido de bajar corriendo las escaleras sin esperar a taparse con un chal. Y Charlotte estaba tras ella, con la cara llena de lágrimas y el cachorro en los brazos.
Jasper respiró hondo para calmarse y, en voz baja, le preguntó:
—¿Te ha tocado?
Charlotte meneó la cabeza sin decir nada, mirándolo fijamente. Él asintió y se volvió hacia
Wiggins, que estaba en el suelo intentando recuperar la respiración.
—Largo. Largo de mi castillo y de mis tierras, y procura que no vuelva a verte la cara.
—¡Se arrepentirá! —Exclamó el hombre—. Ya lo verá. Volveré. Cogeré a esa pequeña furcia y...
Jasper cerró los puños y avanzó hacia él. Wiggins salió como un relámpago por la puerta del castillo.
Jasper cerró el ojo, intentando recuperar su aspecto civilizado, y notó que unos brazos
pequeños lo rodeaban por la cintura. Se agachó, con el ojo todavía cerrado, y abrazó ese diminuto cuerpo.
—Nunca más —le susurró contra el pelo, igual que el de su madre—. Nunca más dejaré que te vuelvan a hacer daño. Te lo prometo.
